quebrantado y molido a causa del movimiento del fementido calesín, se
quedó en dicho pueblo, mientras los demás siguieron, deseosos de llegar
a Cádiz en la misma noche. Mientras cenaron, endilgó Malespina nuevas
mentiras, y pude observar que su hijo las oía con pena, como abochornado
de tener por padre el más grande embustero que crió la tierra.
Despidiéronse ellos; nosotros descansamos hasta el día siguiente por la
madrugada, hora en que proseguimos nuestro camino; y como éste era mucho
más cómodo y expedito desde Chiclana a Cádiz que en el tramo recorrido,
llegamos al término de nuestro viaje a eso de las once del día, sin
novedad en la salud y con el alma alegre.
-VIII-
No puedo describir el entusiasmo que despertó en mi alma la vuelta a. En
cuanto pude disponer de un rato de libertad, después que mi amo quedó
instalado en casa de su prima, salí a las calles y corrí por ellas sin
dirección fija, embriagado con la atmósfera de mi ciudad querida.
Después de ausencia tan larga, lo que había visto tantas veces
embelesaba mi atención como cosa nueva y extremadamente hermosa. En
cuantas personas encontraba al paso veía un rostro amigo, y todo era
para mí simpático y risueño: los hombres, las mujeres, los viejos, los
niños, los perros, hasta las casas, pues mi imaginación juvenil
observaba en ello no sé qué de personal y animado, se me representaban
como seres sensibles; parecíame que participaban del general contento
por mi llegada, remedando en sus balcones y ventanas las facciones de un
semblante alborozado. Mi espíritu veía reflejar en todo lo exterior su
propia alegría.
Corría por las calles con gran ansiedad, como si en un minuto quisiera
verlas todas. En la plaza de San Juan de Dios compré algunas golosinas,
más que por el gusto de comerlas, por la satisfacción de presentarme
regenerado ante las vendedoras, a quienes me dirigí como antiguo amigo,
reconociendo a algunas como favorecedoras en mi anterior miseria, y a
otras como víctimas, aún no aplacadas, de mi inocente afición al
merodeo. Las más no se acordaban de mí; pero algunas me recibieron con
injurias, recordando las proezas de mi niñez y haciendo comentarios tan
chistosos sobre mi nuevo empaque y la gravedad de mi persona, que tuve
que alejarme a toda prisa, no sin que lastimaran mi decoro algunas
cáscaras de frutas lanzadas por experta mano contra mi traje nuevo. Como
tenía la conciencia de mi formalidad, estas burlas más bien me causaron
orgullo que pena.
Recorrí luego la muralla y conté todos los barcos fondeados a la vista.
Hablé con cuantos marineros hallé al paso, diciéndoles que yo también
iba a la escuadra, y preguntándoles con tono muy enfático si había
recalado la escuadra de Nelson. Después les dije que _Mr.
Corneta_ era un cobarde, y que la próxima función sería buena.
Llegué por fin a la Caleta, y allí mi alegría no tuvo límites. Bajé a
la, y quitándome los zapatos, salté de peñasco en peñasco; busqué a mis
antiguos amigos de ambos sexos, mas no encontré sino muy pocos: unos
eran ya hombres y habían abrazado mejor carrera; otros habían sido
embarcados por la leva, y los que quedaban apenas me reconocieron. La
movible superficie del agua despertaba en mi pecho sensaciones
voluptuosas. Sin poder resistir la tentación, y compelido por la
misteriosa atracción del mar, cuyo elocuente rumor me ha parecido
siempre, no sé por qué, una voz que solicita dulcemente en la bonanza, o
llama con imperiosa cólera en la tempestad, me desnudé a toda prisa y me
lancé en él como quien se arroja en los brazos de una persona querida.
Nadé más de una hora, experimentando un placer indecible, y vistiéndome
luego, seguí mi paseo hacia el barrio de la Viña, en cuyas edificantes
tabernas encontré algunos de los más célebres perdidos de mi glorioso
tiempo. Hablando con ellos, yo me las echaba de hombre de pro, y como
tal gasté en obsequiarles los pocos cuartos que tenía. Preguntéles por
mi tío, mas no me dieron noticia alguna de su señoría; y luego que
hubimos charlado un poco, me hicieron beber una copa de aguardiente que
al punto dio con mi pobre cuerpo en tierra.
Durante el periodo más fuerte de mi embriaguez, creo que aquellos
tunantes se rieron de mí cuanto les dio la gana; pero una vez que me
serené un poco, salí avergonzadísimo de la taberna. Aunque andaba muy
difícilmente, quise pasar por mi antigua casa, y vi en la puerta a una
mujer andrajosa que freía sangre y tripas. Conmovido en presencia de mi
morada natal, no pude contener el llanto, lo cual, visto por aquella
mujer sin entrañas, se le figuró burla o estratagema para robarle sus
frituras. Tuve, por tanto, que librarme de sus manos con la ligereza de
mis pies, dejando para mejor ocasión el desahogo de mis sentimientos.
Quise ver después la catedral vieja, a la cual se refería uno de los más
tiernos recuerdos de mi niñez, y entré en ella: su recinto me pareció
encantador, y jamás he recorrido las naves de templo alguno con tan
religiosa veneración. Creo que me dieron fuertes ganas de rezar, y que
lo hice en efecto, arrodillándome en el altar donde mi madre había
puesto un ex-voto por mi salvación. El personaje de cera que yo creía mi
perfecto retrato estaba allí colgado, y ocupaba su puesto con la
gravedad de las cosas santas; pero se me parecía como un huevo a una
castaña. Aquel muñequito, que simbolizaba la piedad y el amor materno,
me infundía, sin embargo, el respeto más vivo. Recé un rato de rodillas
acordándome de los padecimientos y de la muerte de mi buena madre, que
ya gozaba de Dios en el Cielo; pero como mi cabeza no estaba buena, a
causa de los vapores del maldito aguardiente, al levantarme me caí, y un
sacristán empedernido me puso bonitamente en la calle. En pocas zancadas
me trasladé a la del Fideo, donde residíamos, y mi amo, al verme entrar,
me reprendió por mi larga ausencia. Si aquella falta hubiera sido
cometida ante Doña Francisca, no me habría librado de una fuerte paliza;
pero mi amo era tolerante, y no me castigaba nunca, quizás porque tenía
la conciencia de ser tan niño como yo.
Habíamos ido a residir en casa de la prima de mi amo, la cual era una
señora, a quien el lector me permitirá describir con alguna prolijidad,
por ser tipo que lo merece. Doña Flora de Cisniega era una vieja que se
empeñaba en permanecer joven: tenía más de cincuenta años; pero ponía en
práctica todos los artificios imaginables para engañar al mundo,
aparentando la mitad de aquella cifra aterradora. Decir cuánto
inventaba la ciencia y el arte en armónico consorcio para conseguir tal
objeto, no es empresa que corresponde a mis escasas fuerzas. Enumerar
los rizos, moñas, lazos, trapos, adobos, bermellones, aguas y demás
extraños cuerpos que concurrían a la grande obra de su monumental
restauración, fatigaría la más diestra fantasía: quédese esto, pues,
para las plumas de los novelistas, si es que la historia, buscadora de
las grandes cosas, no se apropia tan hermoso asunto. Respecto a su
físico, lo más presente que tengo es el conjunto de su rostro, en que
parecían haber puesto su rosicler todos los Princeles de las Academias
presentes y pretéritas. También recuerdo que al hablar hacía con los
labios un mohín, un repliegue, un mimo, cuyo objeto era, o achicar con
gracia la descomunal boca, o tapar el estrago de la dentadura, de cuyas
filas desertaban todos los años un par de dientes; pero aquella supina
estratagema de la presunción era tan poco afortunada, que antes la
afeaba que la embellecía.
Vestía con lujo, y en su peinado se gastaban los polvos por almudes, y
como no tenía malas carnes, a juzgar por lo que pregonaba el ancho
escote y por lo que dejaban transparentar las gasas, todo su empeño
consistía en lucir aquellas partes menos sensibles a la injuriosa acción
del tiempo, para cuyo objeto tenía un arte maravilloso.
Era Doña Flora persona muy prendada de las cosas antiguas; muy devota,
aunque no con la santa piedad de mi Doña Francisca, y grandemente se
diferenciaba de mi ama, pues así como ésta aborrecía las glorias
navales, aquélla era entusiasta por todos los hombres de guerra en
general y por los marinos en particular. Inflamada en amor patriótico,
ya que en la madurez de su existencia no podía aspirar al calorcillo de
otro amor, y orgullosa en extremo como mujer y como dama española, el
sentimiento nacional se asociaba en su espíritu al estampido de los
cañones, y creía que la grandeza de los pueblos se medía por libras de
pólvora. Como no tenía hijos, ocupaban su vida los chismes de vecinos,
traídos y llevados en pequeño círculo por dos o tres cotorrones como
ella, y se distraía también con su sistemática afición a hablar de las
cosas públicas. Entonces no había periódicos, y las ideas políticas, así
como las noticias, circulaban de viva voz, desfigurándose entonces más
que ahora, porque siempre fue la palabra más mentirosa que la imprenta.
En todas las ciudades populosas, y especialmente en Cádiz, que era
entonces la más culta, había muchas personas desocupadas que eran
depositarias de las noticias de Madrid y París, y las llevaban y traían
diligentes vehículos, enorgulleciéndose con una misión que les daba gran
importancia. Algunos de éstos, a modo de vivientes periódicos,
concurrían a casa de aquella señora por las tardes, y esto, además del
buen chocolate y mejores bollos, atraía a otros ansiosos de saber lo que
pasaba. Doña Flora, ya que no podía inspirar una pasión formal, ni
quitarse de encima la gravosa pesadumbre de sus cincuenta años, no
hubiera trocado aquel papel por otro alguno, pues el centro general de
las noticias casi equivalía en aquel tiempo a la majestad de un trono.
Doña Flora y Doña Francisca se aborrecían cordialmente, como comprenderá
quien considere el exaltado militarismo de la una y el pacífico
apocamiento de la otra. Por esto, hablando con su primo en el día de
nuestra llegada, le decía la vieja:
«Si tú hubieras hecho caso siempre de tu mujer, todavía serías guardia
marina. ¡Qué carácter! Si yo fuera hombre y casado con mujer semejante,
reventaría como una bomba. Has hecho bien en no seguir su consejo y en
venir a la escuadra. Todavía eres joven, Alonsito; todavía puedes
alcanzar el grado de brigadier, que tendrías ya de seguro si Paca no te
hubiese echado una calza como a los pollos para que no salgan del
corral».
Después, como mi amo, impulsado por su gran curiosidad, le pidiese
noticias, ella le dijo:
«Lo principal es que todos los marinos de aquí están muy descontentos
del almirante francés, que ha probado su ineptitud en el viaje a la
Martinica y en el combate de Finisterre. Tal es su timidez, y el miedo
que tiene a los ingleses, que al entrar aquí la escuadra combinada en
Agosto último no se atrevió a apresar el crucero inglés mandado por
Collingwood, y que sólo constaba de tres navíos. Toda nuestra
oficialidad está muy mal por verse obligada a servir a las órdenes de
semejante hombre. Fue Gravina a Madrid a decírselo a Godoy, previendo
grandes desaires si no ponía al frente de la escuadra un hombre más
apto; pero el Ministro le contestó cualquier cosa, porque no se atreve a
resolver nada; y como Bonaparte anda metido con los austriacos, mientras
él no decida... Dicen que éste también está muy descontento de
Villeneuve y que ha determinado destituirle; pero entre tanto... ¡Ah!
Napoleón debiera confiar el mando de la escuadra a algún español, a ti
por ejemplo, Alonsito, dándote tres o cuatro grados de mogollón, que a
fe bien merecidos los tienes...
--¡Oh!, yo no soy para eso--dijo mi amo con su habitual modestia.
--O a Gravina o a, que dicen que es tan buen marino. Si no, me temo que
esto acabará mal. Aquí no pueden ver a los franceses. Figúrate que
cuando llegaron los barcos de Villeneuve carecían de víveres y
municiones, y en el arsenal no se las quisieron dar. Acudieron en queja
a Madrid; y como Godoy no hace más que lo que quiere el embajador
francés, Mr. de Bernouville, dio orden para que se entregara a nuestros
aliados cuanto necesitasen. Mas ni por esas. El intendente de marina y
el comandante de artillería dicen que no darán nada mientras Villeneuve
no lo pague en moneda contante y sonante. Así, así: me parece que está
muy bien parlado. ¡Pues no falta más sino que esos señores con sus manos
lavadas se fueran a llevar lo poco que tenemos! ¡Bonitos están los
tiempos! Ahora cuesta todo un ojo de la cara; la fiebre amarilla por un
lado y los malos tiempos por otro han puesto a Andalucía en tal estado,
que toda ella no vale una aljofifa; y luego añada usted a esto los
desastres de la guerra. Verdad es que el honor nacional es lo primero, y
es preciso seguir adelante para vengar los agravios recibidos. No me
quiero acordar de lo del cabo de Finisterre, donde por la cobardía de
nuestros aliados perdimos el _Firme_ y el _Rafael_,
dos navíos como dos soles, ni de la voladura del _Real
Carlos_, que fue una traición tal, que ni entre moros berberiscos
pasaría igual, ni del robo de las cuatro fragatas, ni del combate del
cabo de...
--Lo que es eso--dijo mi amo interrumpiéndola vivamente...--. Es
preciso que cada cual quede en su lugar. Si el almirante Córdova hubiera
mandado virar por...
--Sí, sí, ya sé--dijo Doña Flora, que había oído muchas veces lo mismo
en boca de mi amo--. Habrá que darles la gran paliza, y se la daréis. Me
parece que vas a cubrirte de gloria. Así haremos rabiar a Paca.
--Yo no sirvo para el combate--dijo mi amo con tristeza--. Vengo tan
sólo a presenciarlo, por pura afición y por el entusiasmo que me
inspiran nuestras queridas banderas».
Al día siguiente de nuestra llegada recibió mi amo la visita de un
brigadier de marina, amigo antiguo, cuya fisonomía no olvidaré jamás, a
pesar de no haberle visto más que en aquella ocasión. Era un hombre
como de cuarenta y cinco años, de semblante hermoso y afable, con tal
expresión de tristeza, que era imposible verle sin sentir irresistible
inclinación a amarle. No usaba peluca, y sus abundantes cabellos rubios,
no martirizados por las tenazas del peluquero para tomar la forma de ala
de pichón, se recogían con cierto abandono en una gran coleta, y estaban
inundados de polvos con menos arte del que la presunción propia de la
época exigía. Eran grandes y azules sus ojos; su nariz muy fina, de
perfecta forma y un poco larga, sin que esto le afeara, antes bien,
parecía ennoblecer su expresivo semblante. Su barba, afeitada con
esmero, era algo puntiaguda, aumentando así el conjunto melancólico de
su rostro oval, que indicaba más bien delicadeza que energía. Este noble
continente era realzado por una urbanidad en los modales, por una grave
cortesanía de que ustedes no pueden formar idea por la estirada fatuidad
de los señores del día, ni por la movible elegancia de nuestra dorada
juventud. Tenía el cuerpo pequeño, delgado y como enfermizo. Más que
guerrero, aparentaba ser hombre de estudio, y su frente, que sin duda
encerraba altos y delicados pensamientos, no parecía la más propia para
arrostrar los horrores de una batalla. Su endeble constitución, que sin
duda contenía un espíritu privilegiado, parecía destinada a sucumbir
conmovida al primer choque. Y, sin embargo, según después supe, aquel
hombre tenía tanto corazón como inteligencia. Era Churruca.
El uniforme del héroe demostraba, sin ser viejo ni raído, algunos años
de honroso servicio. Después, cuando le oí decir, por cierto sin tono de
queja, que el Gobierno le debía nueve pagas, me expliqué aquel
deterioro. Mi amo le preguntó por su mujer, y de su contestación deduje
que se había casado poco antes, por cuya razón le compadecí,
pareciéndome muy atroz que se le mandara al combate en tan felices días.
Habló luego de su barco, el _San Juan Nepomuceno_, al que
mostró igual cariño que a su joven esposa, pues según dijo, él lo había
compuesto y arreglado a su gusto, por privilegio especial, haciendo de
él uno de los primeros barcos de la armada española.
Hablaron luego del tema ordinario en aquellos días, de si salía o no
salía la escuadra, y el marino se expresó largamente con estas palabras,
cuya substancia guardo en la memoria, y que después con datos y noticias
históricas he podido restablecer con la posible exactitud:
«El almirante francés--dijo Churruca--, no sabiendo qué resolución
tomar, y deseando hacer algo que ponga en olvido sus errores, se ha
mostrado, desde que estamos aquí, partidario de salir en busca de los
ingleses. El 8 de octubre escribió a Gravina, diciéndole que deseaba
celebrar a bordo del _Bucentauro_ un consejo de guerra para
acordar lo que fuera más conveniente. En efecto, Gravina acudió al
consejo, llevando al teniente general Álava, a los jefes de escuadra
Escaño y Cisneros, al brigadier Galiano y a mí. De la escuadra francesa
estaban los almirantes Dumanoir y Magon, y los capitanes de navío
Cosmao, Maistral, Villiegris y Prigny.
»Habiendo mostrado Villeneuve el deseo de salir, nos opusimos todos los
españoles. La discusión fue muy viva y acalorada, y Alcalá Galiano cruzó
con el almirante Magon palabras bastante duras, que ocasionarán un lance
de honor si antes no les ponemos en paz. Mucho disgustó a Villeneuve
nuestra oposición, y también en el calor de la discusión dijo frases
descompuestas, a que contestó Gravina del modo más enérgico... Es
curioso el empeño de esos señores de hacerse a la mar en busca de un
enemigo poderoso, cuando en el combate de Finisterre nos abandonaron,
quitándonos la ocasión de vencer si nos auxiliaran a tiempo. Además hay
otras razones, que yo expuse en el consejo, y son que la estación
avanza; que la posición más ventajosa para nosotros es permanecer en la
bahía, obligándoles a un bloqueo que no podrán resistir, mayormente si
bloquean también a Tolón y a Cartagena. Es preciso que confesemos con
dolor la superioridad de la marina inglesa, por la perfección del
armamento, por la excelente dotación de sus buques y, sobre todo, por la
unidad con que operan sus escuadras. Nosotros, con gente en gran parte
menos diestra, con armamento imperfecto y mandados por un jefe que
descontenta a todos, podríamos, sin embargo, hacer la guerra a la
defensiva dentro de la bahía. Pero será preciso obedecer, conforme a la
ciega sumisión de la Corte de Madrid, y poner barcos y marinos a merced
de los planes de Bonaparte, que no nos ha dado en cambio de esta
esclavitud un jefe digno de tantos sacrificios. Saldremos, si se empeña
Villeneuve; pero si los resultados son desastrosos, quedará consignada
para descargo nuestro la oposición que hemos hecho al insensato proyecto
del jefe de la escuadra combinada. Villeneuve se ha entregado a la
desesperación; su amo le ha dicho cosas muy duras, y la noticia de que
va a ser relevado le induce a cometer las mayores locuras, esperando
reconquistar en un día su perdida reputación por la victoria o por la
muerte».
Así se expresó el amigo de mi amo. Sus palabras hicieron en mí grande
impresión, pues con ser niño, yo prestaba gran interés a aquellos
sucesos, y después, leyendo en la historia lo mismo de que fui testigo,
he auxiliado mi memoria con datos auténticos, y puedo narrar con
bastante exactitud.
Cuando Churruca se marchó, Doña Flora y mi amo hicieron de él grandes
elogios, encomiando sobre todo su expedición a la América Meridional,
para hacer el mapa de aquellos mares. Según les oí decir, los méritos de
Churruca como sabio y como marino eran tantos, que el mismo Napoleón le
hizo un precioso regalo y le colmó de atenciones. Pero dejemos al marino
y volvamos a Doña Flora.
A los dos días de estar allí noté un fenómeno que me disgustó
sobremanera, y fue que la prima de mi amo comenzó a prendarse de mí, es
decir, que me encontró pintiparado para ser su paje. No cesaba de
hacerme toda clase de caricias, y al saber que yo también iba a la
escuadra, se lamentó de ello, jurando que sería una lástima que
perdiese un brazo, pierna o alguna otra parte no menos importante de mi
persona, si no perdía la vida. Aquella antipatriótica compasión me
indignó, y aun creo que dije algunas palabras para expresar que estaba
inflamado en guerrero ardor. Mis baladronadas hicieron gracia a la
vieja, y me dio mil golosinas para quitarme el mal humor.
Al día siguiente me obligó a limpiar la; discreto animal, que hablaba
como un teólogo y nos despertaba a todos por la mañana, gritando:
_perro inglés, perro inglés_. Luego me llevó consigo a misa,
haciéndome cargar la banqueta, y en la iglesia no cesaba de volver la
cabeza para ver si estaba por allí. Después me hizo asistir a su
tocador, ante cuya operación me quedé espantado, viendo el catafalco de
rizos y moños que el peluquero armó en su cabeza. Advirtiendo el
indiscreto estupor con que yo contemplaba la habilidad del maestro,
verdadero arquitecto de las cabezas, Doña Flora se rió mucho, y me dijo
que en vez de pensar en ir a la escuadra, debía quedarme con ella para
ser su paje; añadió que debía aprender a peinarla, y que con el oficio
de maestro peluquero podía ganarme la vida y ser un verdadero
personaje.
No me sedujeron tales proposiciones, y le dije con cierta rudeza que más
quería ser soldado que peluquero. Esto le agradó; y como le daba el
peine por las cosas patrióticas y militares, redobló su afecto hacia mí.
A pesar de que allí se me trataba con mimo, confieso que me cargaba a
más no poder la tal Doña Flora, y que a sus almibaradas finezas prefería
los rudos pescozones de mi iracunda Doña Francisca.
Era natural: su intempestivo cariño, sus dengues, la insistencia con que
solicitaba mi compañía, diciendo que le encantaba mi conversación y
persona, me impedían seguir a mi amo en sus visitas a bordo. Le
acompañaba en tan dulce ocupación un criado de su prima, y en tanto yo,
sin libertad para correr por Cádiz, como hubiera deseado, me aburría en
la casa, en compañía del loro de Doña Flora y de los señores que iban
allá por las tardes a decir si saldría o no la escuadra, y otras cosas
menos manoseadas, si bien más frívolas.
Mi disgusto llegó a la desesperación cuando vi que Marcial venía a casa
y que con él iba mi amo a bordo, aunque no para embarcarse
definitivamente; y cuando esto ocurría, y cuando mi alma atribulada
acariciaba aún la débil esperanza de formar parte de aquella
expedición, Doña Flora se empeñó en llevarme a pasear a la alameda, y
también al Carmen a rezar vísperas.
Esto me era insoportable, tanto más cuanto que yo soñaba con poner en
ejecución cierto atrevido proyectillo, que consistía en ir a visitar por
cuenta propia uno de los navíos, llevado por algún marinero conocido,
que esperaba encontrar en el muelle. Salí con la vieja, y al pasar por
la muralla deteníame para ver los barcos; mas no me era posible
entregarme a las delicias de aquel espectáculo, por tener que contestar
a las mil preguntas de Doña Flora, que ya me tenía mareado. Durante el
paseo se le unieron algunos jóvenes y señores mayores. Parecían muy
encopetados, y eran las personas a la moda en Cádiz, todos muy discretos
y elegantes. Alguno de ellos era poeta, o, mejor dicho, todos hacían
versos, aunque malos, y me parece que les oí hablar de cierta Academia
en que se reunían para tirotearse con sus estrofas, entretenimiento que
no hacía daño a nadie.
Como yo observaba todo, me fijé en la extraña figura de aquellos
hombres, en sus afeminados gestos y, sobre todo, en sus trajes, que me
parecieron extravagantísimos. No eran muchas las personas que vestían
de aquella manera en Cádiz, y pensando después en la diferencia que
había entre aquellos arreos y los ordinarios de la gente que yo había
visto siempre, comprendí que consistía en que éstos vestían a la
española, y los amigos de Doña Flora conforme a la moda de Madrid y de
París. Lo que primero atrajo mis miradas fue la extrañeza de sus
bastones, que eran unos garrotes retorcidos y con gruesísimos nudos. No
se les veía la barba, porque la tapaba la corbata, especie de chal, que
dando varias vueltas alrededor del cuello y prolongándose ante los
labios, formaba una especie de cesta, una bandeja, o más bien bacía en
que descansaba la cara. El peinado consistía en un artificioso desorden,
y más que con peine, parecía que se lo habían aderezado con una escoba;
las puntas del sombrero les tocaban los hombros; las casacas, altísimas
de talle, casi barrían el suelo con sus faldones; las botas terminaban
en punta; de los bolsillos de su chaleco pendían multitud de dijes y
sellos; sus calzones listados se atacaban a la rodilla con un enorme
lazo, y para que tales figuras fueran completos mamarrachos, todos
llevaban un lente, que durante la conversación acercaban repetidas veces
al ojo derecho, cerrando el siniestro, aunque en entrambos tuvieran muy
buena vista.
La conversación de aquellos personajes versó sobre la salida de la
escuadra, alternando con este asunto la relación de no sé qué baile o
fiesta que ponderaron mucho, siendo uno de ellos objeto de grandes
alabanzas por lo bien que hacía trenzas con sus ligeras piernas bailando
la gavota.