Con éstas y otras cosas nos anocheció en Chiclana, y mi amo, atrozmente

quebrantado y molido a causa del movimiento del fementido calesín, se

quedó en dicho pueblo, mientras los demás siguieron, deseosos de llegar

a Cádiz en la misma noche. Mientras cenaron, endilgó Malespina nuevas

mentiras, y pude observar que su hijo las oía con pena, como abochornado

de tener por padre el más grande embustero que crió la tierra.

Despidiéronse ellos; nosotros descansamos hasta el día siguiente por la

madrugada, hora en que proseguimos nuestro camino; y como éste era mucho

más cómodo y expedito desde Chiclana a Cádiz que en el tramo recorrido,

llegamos al término de nuestro viaje a eso de las once del día, sin

novedad en la salud y con el alma alegre.

-VIII-

No puedo describir el entusiasmo que despertó en mi alma la vuelta a. En

cuanto pude disponer de un rato de libertad, después que mi amo quedó

instalado en casa de su prima, salí a las calles y corrí por ellas sin

dirección fija, embriagado con la atmósfera de mi ciudad querida.

Después de ausencia tan larga, lo que había visto tantas veces

embelesaba mi atención como cosa nueva y extremadamente hermosa. En

cuantas personas encontraba al paso veía un rostro amigo, y todo era

para mí simpático y risueño: los hombres, las mujeres, los viejos, los

niños, los perros, hasta las casas, pues mi imaginación juvenil

observaba en ello no sé qué de personal y animado, se me representaban

como seres sensibles; parecíame que participaban del general contento

por mi llegada, remedando en sus balcones y ventanas las facciones de un

semblante alborozado. Mi espíritu veía reflejar en todo lo exterior su

propia alegría.

Corría por las calles con gran ansiedad, como si en un minuto quisiera

verlas todas. En la plaza de San Juan de Dios compré algunas golosinas,

más que por el gusto de comerlas, por la satisfacción de presentarme

regenerado ante las vendedoras, a quienes me dirigí como antiguo amigo,

reconociendo a algunas como favorecedoras en mi anterior miseria, y a

otras como víctimas, aún no aplacadas, de mi inocente afición al

merodeo. Las más no se acordaban de mí; pero algunas me recibieron con

injurias, recordando las proezas de mi niñez y haciendo comentarios tan

chistosos sobre mi nuevo empaque y la gravedad de mi persona, que tuve

que alejarme a toda prisa, no sin que lastimaran mi decoro algunas

cáscaras de frutas lanzadas por experta mano contra mi traje nuevo. Como

tenía la conciencia de mi formalidad, estas burlas más bien me causaron

orgullo que pena.

Recorrí luego la muralla y conté todos los barcos fondeados a la vista.

Hablé con cuantos marineros hallé al paso, diciéndoles que yo también

iba a la escuadra, y preguntándoles con tono muy enfático si había

recalado la escuadra de Nelson. Después les dije que _Mr.

Corneta_ era un cobarde, y que la próxima función sería buena.

Llegué por fin a la Caleta, y allí mi alegría no tuvo límites. Bajé a

la, y quitándome los zapatos, salté de peñasco en peñasco; busqué a mis

antiguos amigos de ambos sexos, mas no encontré sino muy pocos: unos

eran ya hombres y habían abrazado mejor carrera; otros habían sido

embarcados por la leva, y los que quedaban apenas me reconocieron. La

movible superficie del agua despertaba en mi pecho sensaciones

voluptuosas. Sin poder resistir la tentación, y compelido por la

misteriosa atracción del mar, cuyo elocuente rumor me ha parecido

siempre, no sé por qué, una voz que solicita dulcemente en la bonanza, o

llama con imperiosa cólera en la tempestad, me desnudé a toda prisa y me

lancé en él como quien se arroja en los brazos de una persona querida.

Nadé más de una hora, experimentando un placer indecible, y vistiéndome

luego, seguí mi paseo hacia el barrio de la Viña, en cuyas edificantes

tabernas encontré algunos de los más célebres perdidos de mi glorioso

tiempo. Hablando con ellos, yo me las echaba de hombre de pro, y como

tal gasté en obsequiarles los pocos cuartos que tenía. Preguntéles por

mi tío, mas no me dieron noticia alguna de su señoría; y luego que

hubimos charlado un poco, me hicieron beber una copa de aguardiente que

al punto dio con mi pobre cuerpo en tierra.

Durante el periodo más fuerte de mi embriaguez, creo que aquellos

tunantes se rieron de mí cuanto les dio la gana; pero una vez que me

serené un poco, salí avergonzadísimo de la taberna. Aunque andaba muy

difícilmente, quise pasar por mi antigua casa, y vi en la puerta a una

mujer andrajosa que freía sangre y tripas. Conmovido en presencia de mi

morada natal, no pude contener el llanto, lo cual, visto por aquella

mujer sin entrañas, se le figuró burla o estratagema para robarle sus

frituras. Tuve, por tanto, que librarme de sus manos con la ligereza de

mis pies, dejando para mejor ocasión el desahogo de mis sentimientos.

Quise ver después la catedral vieja, a la cual se refería uno de los más

tiernos recuerdos de mi niñez, y entré en ella: su recinto me pareció

encantador, y jamás he recorrido las naves de templo alguno con tan

religiosa veneración. Creo que me dieron fuertes ganas de rezar, y que

lo hice en efecto, arrodillándome en el altar donde mi madre había

puesto un ex-voto por mi salvación. El personaje de cera que yo creía mi

perfecto retrato estaba allí colgado, y ocupaba su puesto con la

gravedad de las cosas santas; pero se me parecía como un huevo a una

castaña. Aquel muñequito, que simbolizaba la piedad y el amor materno,

me infundía, sin embargo, el respeto más vivo. Recé un rato de rodillas

acordándome de los padecimientos y de la muerte de mi buena madre, que

ya gozaba de Dios en el Cielo; pero como mi cabeza no estaba buena, a

causa de los vapores del maldito aguardiente, al levantarme me caí, y un

sacristán empedernido me puso bonitamente en la calle. En pocas zancadas

me trasladé a la del Fideo, donde residíamos, y mi amo, al verme entrar,

me reprendió por mi larga ausencia. Si aquella falta hubiera sido

cometida ante Doña Francisca, no me habría librado de una fuerte paliza;

pero mi amo era tolerante, y no me castigaba nunca, quizás porque tenía

la conciencia de ser tan niño como yo.

Habíamos ido a residir en casa de la prima de mi amo, la cual era una

señora, a quien el lector me permitirá describir con alguna prolijidad,

por ser tipo que lo merece. Doña Flora de Cisniega era una vieja que se

empeñaba en permanecer joven: tenía más de cincuenta años; pero ponía en

práctica todos los artificios imaginables para engañar al mundo,

aparentando la mitad de aquella cifra aterradora. Decir cuánto

inventaba la ciencia y el arte en armónico consorcio para conseguir tal

objeto, no es empresa que corresponde a mis escasas fuerzas. Enumerar

los rizos, moñas, lazos, trapos, adobos, bermellones, aguas y demás

extraños cuerpos que concurrían a la grande obra de su monumental

restauración, fatigaría la más diestra fantasía: quédese esto, pues,

para las plumas de los novelistas, si es que la historia, buscadora de

las grandes cosas, no se apropia tan hermoso asunto. Respecto a su

físico, lo más presente que tengo es el conjunto de su rostro, en que

parecían haber puesto su rosicler todos los Princeles de las Academias

presentes y pretéritas. También recuerdo que al hablar hacía con los

labios un mohín, un repliegue, un mimo, cuyo objeto era, o achicar con

gracia la descomunal boca, o tapar el estrago de la dentadura, de cuyas

filas desertaban todos los años un par de dientes; pero aquella supina

estratagema de la presunción era tan poco afortunada, que antes la

afeaba que la embellecía.

Vestía con lujo, y en su peinado se gastaban los polvos por almudes, y

como no tenía malas carnes, a juzgar por lo que pregonaba el ancho

escote y por lo que dejaban transparentar las gasas, todo su empeño

consistía en lucir aquellas partes menos sensibles a la injuriosa acción

del tiempo, para cuyo objeto tenía un arte maravilloso.

Era Doña Flora persona muy prendada de las cosas antiguas; muy devota,

aunque no con la santa piedad de mi Doña Francisca, y grandemente se

diferenciaba de mi ama, pues así como ésta aborrecía las glorias

navales, aquélla era entusiasta por todos los hombres de guerra en

general y por los marinos en particular. Inflamada en amor patriótico,

ya que en la madurez de su existencia no podía aspirar al calorcillo de

otro amor, y orgullosa en extremo como mujer y como dama española, el

sentimiento nacional se asociaba en su espíritu al estampido de los

cañones, y creía que la grandeza de los pueblos se medía por libras de

pólvora. Como no tenía hijos, ocupaban su vida los chismes de vecinos,

traídos y llevados en pequeño círculo por dos o tres cotorrones como

ella, y se distraía también con su sistemática afición a hablar de las

cosas públicas. Entonces no había periódicos, y las ideas políticas, así

como las noticias, circulaban de viva voz, desfigurándose entonces más

que ahora, porque siempre fue la palabra más mentirosa que la imprenta.

En todas las ciudades populosas, y especialmente en Cádiz, que era

entonces la más culta, había muchas personas desocupadas que eran

depositarias de las noticias de Madrid y París, y las llevaban y traían

diligentes vehículos, enorgulleciéndose con una misión que les daba gran

importancia. Algunos de éstos, a modo de vivientes periódicos,

concurrían a casa de aquella señora por las tardes, y esto, además del

buen chocolate y mejores bollos, atraía a otros ansiosos de saber lo que

pasaba. Doña Flora, ya que no podía inspirar una pasión formal, ni

quitarse de encima la gravosa pesadumbre de sus cincuenta años, no

hubiera trocado aquel papel por otro alguno, pues el centro general de

las noticias casi equivalía en aquel tiempo a la majestad de un trono.

Doña Flora y Doña Francisca se aborrecían cordialmente, como comprenderá

quien considere el exaltado militarismo de la una y el pacífico

apocamiento de la otra. Por esto, hablando con su primo en el día de

nuestra llegada, le decía la vieja:

«Si tú hubieras hecho caso siempre de tu mujer, todavía serías guardia

marina. ¡Qué carácter! Si yo fuera hombre y casado con mujer semejante,

reventaría como una bomba. Has hecho bien en no seguir su consejo y en

venir a la escuadra. Todavía eres joven, Alonsito; todavía puedes

alcanzar el grado de brigadier, que tendrías ya de seguro si Paca no te

hubiese echado una calza como a los pollos para que no salgan del

corral».

Después, como mi amo, impulsado por su gran curiosidad, le pidiese

noticias, ella le dijo:

«Lo principal es que todos los marinos de aquí están muy descontentos

del almirante francés, que ha probado su ineptitud en el viaje a la

Martinica y en el combate de Finisterre. Tal es su timidez, y el miedo

que tiene a los ingleses, que al entrar aquí la escuadra combinada en

Agosto último no se atrevió a apresar el crucero inglés mandado por

Collingwood, y que sólo constaba de tres navíos. Toda nuestra

oficialidad está muy mal por verse obligada a servir a las órdenes de

semejante hombre. Fue Gravina a Madrid a decírselo a Godoy, previendo

grandes desaires si no ponía al frente de la escuadra un hombre más

apto; pero el Ministro le contestó cualquier cosa, porque no se atreve a

resolver nada; y como Bonaparte anda metido con los austriacos, mientras

él no decida... Dicen que éste también está muy descontento de

Villeneuve y que ha determinado destituirle; pero entre tanto... ¡Ah!

Napoleón debiera confiar el mando de la escuadra a algún español, a ti

por ejemplo, Alonsito, dándote tres o cuatro grados de mogollón, que a

fe bien merecidos los tienes...

--¡Oh!, yo no soy para eso--dijo mi amo con su habitual modestia.

--O a Gravina o a, que dicen que es tan buen marino. Si no, me temo que

esto acabará mal. Aquí no pueden ver a los franceses. Figúrate que

cuando llegaron los barcos de Villeneuve carecían de víveres y

municiones, y en el arsenal no se las quisieron dar. Acudieron en queja

a Madrid; y como Godoy no hace más que lo que quiere el embajador

francés, Mr. de Bernouville, dio orden para que se entregara a nuestros

aliados cuanto necesitasen. Mas ni por esas. El intendente de marina y

el comandante de artillería dicen que no darán nada mientras Villeneuve

no lo pague en moneda contante y sonante. Así, así: me parece que está

muy bien parlado. ¡Pues no falta más sino que esos señores con sus manos

lavadas se fueran a llevar lo poco que tenemos! ¡Bonitos están los

tiempos! Ahora cuesta todo un ojo de la cara; la fiebre amarilla por un

lado y los malos tiempos por otro han puesto a Andalucía en tal estado,

que toda ella no vale una aljofifa; y luego añada usted a esto los

desastres de la guerra. Verdad es que el honor nacional es lo primero, y

es preciso seguir adelante para vengar los agravios recibidos. No me

quiero acordar de lo del cabo de Finisterre, donde por la cobardía de

nuestros aliados perdimos el _Firme_ y el _Rafael_,

dos navíos como dos soles, ni de la voladura del _Real

Carlos_, que fue una traición tal, que ni entre moros berberiscos

pasaría igual, ni del robo de las cuatro fragatas, ni del combate del

cabo de...

--Lo que es eso--dijo mi amo interrumpiéndola vivamente...--. Es

preciso que cada cual quede en su lugar. Si el almirante Córdova hubiera

mandado virar por...

--Sí, sí, ya sé--dijo Doña Flora, que había oído muchas veces lo mismo

en boca de mi amo--. Habrá que darles la gran paliza, y se la daréis. Me

parece que vas a cubrirte de gloria. Así haremos rabiar a Paca.

--Yo no sirvo para el combate--dijo mi amo con tristeza--. Vengo tan

sólo a presenciarlo, por pura afición y por el entusiasmo que me

inspiran nuestras queridas banderas».

Al día siguiente de nuestra llegada recibió mi amo la visita de un

brigadier de marina, amigo antiguo, cuya fisonomía no olvidaré jamás, a

pesar de no haberle visto más que en aquella ocasión. Era un hombre

como de cuarenta y cinco años, de semblante hermoso y afable, con tal

expresión de tristeza, que era imposible verle sin sentir irresistible

inclinación a amarle. No usaba peluca, y sus abundantes cabellos rubios,

no martirizados por las tenazas del peluquero para tomar la forma de ala

de pichón, se recogían con cierto abandono en una gran coleta, y estaban

inundados de polvos con menos arte del que la presunción propia de la

época exigía. Eran grandes y azules sus ojos; su nariz muy fina, de

perfecta forma y un poco larga, sin que esto le afeara, antes bien,

parecía ennoblecer su expresivo semblante. Su barba, afeitada con

esmero, era algo puntiaguda, aumentando así el conjunto melancólico de

su rostro oval, que indicaba más bien delicadeza que energía. Este noble

continente era realzado por una urbanidad en los modales, por una grave

cortesanía de que ustedes no pueden formar idea por la estirada fatuidad

de los señores del día, ni por la movible elegancia de nuestra dorada

juventud. Tenía el cuerpo pequeño, delgado y como enfermizo. Más que

guerrero, aparentaba ser hombre de estudio, y su frente, que sin duda

encerraba altos y delicados pensamientos, no parecía la más propia para

arrostrar los horrores de una batalla. Su endeble constitución, que sin

duda contenía un espíritu privilegiado, parecía destinada a sucumbir

conmovida al primer choque. Y, sin embargo, según después supe, aquel

hombre tenía tanto corazón como inteligencia. Era Churruca.

El uniforme del héroe demostraba, sin ser viejo ni raído, algunos años

de honroso servicio. Después, cuando le oí decir, por cierto sin tono de

queja, que el Gobierno le debía nueve pagas, me expliqué aquel

deterioro. Mi amo le preguntó por su mujer, y de su contestación deduje

que se había casado poco antes, por cuya razón le compadecí,

pareciéndome muy atroz que se le mandara al combate en tan felices días.

Habló luego de su barco, el _San Juan Nepomuceno_, al que

mostró igual cariño que a su joven esposa, pues según dijo, él lo había

compuesto y arreglado a su gusto, por privilegio especial, haciendo de

él uno de los primeros barcos de la armada española.

Hablaron luego del tema ordinario en aquellos días, de si salía o no

salía la escuadra, y el marino se expresó largamente con estas palabras,

cuya substancia guardo en la memoria, y que después con datos y noticias

históricas he podido restablecer con la posible exactitud:

«El almirante francés--dijo Churruca--, no sabiendo qué resolución

tomar, y deseando hacer algo que ponga en olvido sus errores, se ha

mostrado, desde que estamos aquí, partidario de salir en busca de los

ingleses. El 8 de octubre escribió a Gravina, diciéndole que deseaba

celebrar a bordo del _Bucentauro_ un consejo de guerra para

acordar lo que fuera más conveniente. En efecto, Gravina acudió al

consejo, llevando al teniente general Álava, a los jefes de escuadra

Escaño y Cisneros, al brigadier Galiano y a mí. De la escuadra francesa

estaban los almirantes Dumanoir y Magon, y los capitanes de navío

Cosmao, Maistral, Villiegris y Prigny.

»Habiendo mostrado Villeneuve el deseo de salir, nos opusimos todos los

españoles. La discusión fue muy viva y acalorada, y Alcalá Galiano cruzó

con el almirante Magon palabras bastante duras, que ocasionarán un lance

de honor si antes no les ponemos en paz. Mucho disgustó a Villeneuve

nuestra oposición, y también en el calor de la discusión dijo frases

descompuestas, a que contestó Gravina del modo más enérgico... Es

curioso el empeño de esos señores de hacerse a la mar en busca de un

enemigo poderoso, cuando en el combate de Finisterre nos abandonaron,

quitándonos la ocasión de vencer si nos auxiliaran a tiempo. Además hay

otras razones, que yo expuse en el consejo, y son que la estación

avanza; que la posición más ventajosa para nosotros es permanecer en la

bahía, obligándoles a un bloqueo que no podrán resistir, mayormente si

bloquean también a Tolón y a Cartagena. Es preciso que confesemos con

dolor la superioridad de la marina inglesa, por la perfección del

armamento, por la excelente dotación de sus buques y, sobre todo, por la

unidad con que operan sus escuadras. Nosotros, con gente en gran parte

menos diestra, con armamento imperfecto y mandados por un jefe que

descontenta a todos, podríamos, sin embargo, hacer la guerra a la

defensiva dentro de la bahía. Pero será preciso obedecer, conforme a la

ciega sumisión de la Corte de Madrid, y poner barcos y marinos a merced

de los planes de Bonaparte, que no nos ha dado en cambio de esta

esclavitud un jefe digno de tantos sacrificios. Saldremos, si se empeña

Villeneuve; pero si los resultados son desastrosos, quedará consignada

para descargo nuestro la oposición que hemos hecho al insensato proyecto

del jefe de la escuadra combinada. Villeneuve se ha entregado a la

desesperación; su amo le ha dicho cosas muy duras, y la noticia de que

va a ser relevado le induce a cometer las mayores locuras, esperando

reconquistar en un día su perdida reputación por la victoria o por la

muerte».

Así se expresó el amigo de mi amo. Sus palabras hicieron en mí grande

impresión, pues con ser niño, yo prestaba gran interés a aquellos

sucesos, y después, leyendo en la historia lo mismo de que fui testigo,

he auxiliado mi memoria con datos auténticos, y puedo narrar con

bastante exactitud.

Cuando Churruca se marchó, Doña Flora y mi amo hicieron de él grandes

elogios, encomiando sobre todo su expedición a la América Meridional,

para hacer el mapa de aquellos mares. Según les oí decir, los méritos de

Churruca como sabio y como marino eran tantos, que el mismo Napoleón le

hizo un precioso regalo y le colmó de atenciones. Pero dejemos al marino

y volvamos a Doña Flora.

A los dos días de estar allí noté un fenómeno que me disgustó

sobremanera, y fue que la prima de mi amo comenzó a prendarse de mí, es

decir, que me encontró pintiparado para ser su paje. No cesaba de

hacerme toda clase de caricias, y al saber que yo también iba a la

escuadra, se lamentó de ello, jurando que sería una lástima que

perdiese un brazo, pierna o alguna otra parte no menos importante de mi

persona, si no perdía la vida. Aquella antipatriótica compasión me

indignó, y aun creo que dije algunas palabras para expresar que estaba

inflamado en guerrero ardor. Mis baladronadas hicieron gracia a la

vieja, y me dio mil golosinas para quitarme el mal humor.

Al día siguiente me obligó a limpiar la; discreto animal, que hablaba

como un teólogo y nos despertaba a todos por la mañana, gritando:

_perro inglés, perro inglés_. Luego me llevó consigo a misa,

haciéndome cargar la banqueta, y en la iglesia no cesaba de volver la

cabeza para ver si estaba por allí. Después me hizo asistir a su

tocador, ante cuya operación me quedé espantado, viendo el catafalco de

rizos y moños que el peluquero armó en su cabeza. Advirtiendo el

indiscreto estupor con que yo contemplaba la habilidad del maestro,

verdadero arquitecto de las cabezas, Doña Flora se rió mucho, y me dijo

que en vez de pensar en ir a la escuadra, debía quedarme con ella para

ser su paje; añadió que debía aprender a peinarla, y que con el oficio

de maestro peluquero podía ganarme la vida y ser un verdadero

personaje.

No me sedujeron tales proposiciones, y le dije con cierta rudeza que más

quería ser soldado que peluquero. Esto le agradó; y como le daba el

peine por las cosas patrióticas y militares, redobló su afecto hacia mí.

A pesar de que allí se me trataba con mimo, confieso que me cargaba a

más no poder la tal Doña Flora, y que a sus almibaradas finezas prefería

los rudos pescozones de mi iracunda Doña Francisca.

Era natural: su intempestivo cariño, sus dengues, la insistencia con que

solicitaba mi compañía, diciendo que le encantaba mi conversación y

persona, me impedían seguir a mi amo en sus visitas a bordo. Le

acompañaba en tan dulce ocupación un criado de su prima, y en tanto yo,

sin libertad para correr por Cádiz, como hubiera deseado, me aburría en

la casa, en compañía del loro de Doña Flora y de los señores que iban

allá por las tardes a decir si saldría o no la escuadra, y otras cosas

menos manoseadas, si bien más frívolas.

Mi disgusto llegó a la desesperación cuando vi que Marcial venía a casa

y que con él iba mi amo a bordo, aunque no para embarcarse

definitivamente; y cuando esto ocurría, y cuando mi alma atribulada

acariciaba aún la débil esperanza de formar parte de aquella

expedición, Doña Flora se empeñó en llevarme a pasear a la alameda, y

también al Carmen a rezar vísperas.

Esto me era insoportable, tanto más cuanto que yo soñaba con poner en

ejecución cierto atrevido proyectillo, que consistía en ir a visitar por

cuenta propia uno de los navíos, llevado por algún marinero conocido,

que esperaba encontrar en el muelle. Salí con la vieja, y al pasar por

la muralla deteníame para ver los barcos; mas no me era posible

entregarme a las delicias de aquel espectáculo, por tener que contestar

a las mil preguntas de Doña Flora, que ya me tenía mareado. Durante el

paseo se le unieron algunos jóvenes y señores mayores. Parecían muy

encopetados, y eran las personas a la moda en Cádiz, todos muy discretos

y elegantes. Alguno de ellos era poeta, o, mejor dicho, todos hacían

versos, aunque malos, y me parece que les oí hablar de cierta Academia

en que se reunían para tirotearse con sus estrofas, entretenimiento que

no hacía daño a nadie.

Como yo observaba todo, me fijé en la extraña figura de aquellos

hombres, en sus afeminados gestos y, sobre todo, en sus trajes, que me

parecieron extravagantísimos. No eran muchas las personas que vestían

de aquella manera en Cádiz, y pensando después en la diferencia que

había entre aquellos arreos y los ordinarios de la gente que yo había

visto siempre, comprendí que consistía en que éstos vestían a la

española, y los amigos de Doña Flora conforme a la moda de Madrid y de

París. Lo que primero atrajo mis miradas fue la extrañeza de sus

bastones, que eran unos garrotes retorcidos y con gruesísimos nudos. No

se les veía la barba, porque la tapaba la corbata, especie de chal, que

dando varias vueltas alrededor del cuello y prolongándose ante los

labios, formaba una especie de cesta, una bandeja, o más bien bacía en

que descansaba la cara. El peinado consistía en un artificioso desorden,

y más que con peine, parecía que se lo habían aderezado con una escoba;

las puntas del sombrero les tocaban los hombros; las casacas, altísimas

de talle, casi barrían el suelo con sus faldones; las botas terminaban

en punta; de los bolsillos de su chaleco pendían multitud de dijes y

sellos; sus calzones listados se atacaban a la rodilla con un enorme

lazo, y para que tales figuras fueran completos mamarrachos, todos

llevaban un lente, que durante la conversación acercaban repetidas veces

al ojo derecho, cerrando el siniestro, aunque en entrambos tuvieran muy

buena vista.

La conversación de aquellos personajes versó sobre la salida de la

escuadra, alternando con este asunto la relación de no sé qué baile o

fiesta que ponderaron mucho, siendo uno de ellos objeto de grandes

alabanzas por lo bien que hacía trenzas con sus ligeras piernas bailando

la gavota.

Trafalgar · 第 4 / 12 段