Otra cosa pasó que se me ha quedado muy presente. Las paredes de la casa

hallábanse adornadas con dos clases de objetos: estampas de santos y

mapas; la Corte celestial por un lado, y todos los derroteros de Europa

y América por otro. Después de comer, mi amo estaba en la galería

contemplando una carta de navegación, y recorría con su vacilante dedo

las líneas, cuando Doña Francisca, que algo sospechaba del proyecto de

escapatoria, y además ponía el grito en el Cielo siempre que sorprendía

a su marido en flagrante delito de entusiasmo náutico, llegó por detrás,

y abriendo los brazos exclamó:

«¡Hombre de Dios! Cuando digo que tú me andas buscando... Pues te juro

que si me buscas, me encontrarás.

--Pero, mujer--repuso temblando mi amo--, estaba aquí mirando el

derrotero de Alcalá Galiano y de Valdés en las goletas

_Sutil_ y _Mejicana_, cuando fueron a reconocer el

estrecho de Fuca. Es un viaje muy bonito: me parece que te lo he

contado.

--Cuando digo que voy a quemar todos esos papelotes--añadió Doña

Francisca--. Mal hayan los viajes y el perro judío que los inventó.

Mejor pensaras en las cosas de Dios, que al fin y al cabo no eres ningún

niño. ¡Qué hombre, Santo Dios, qué hombre!»

No pasó de esto. Yo andaba también por allí cerca; pero no recuerdo bien

si mi ama desahogó su furor en mi humilde persona, demostrándome una vez

más la elasticidad de mis orejas y la ligereza de sus manos. Ello es que

estas caricias menudeaban tanto, que no hago memoria de si recibí alguna

en aquella ocasión: lo que sí recuerdo es que mi señor, a pesar de haber

redoblado sus amabilidades, no consiguió ablandar a su consorte.

No he dicho nada de mi amita. Pues sépase que estaba muy triste, porque

el señor de Malespina no había parecido aquel día, ni escrito carta

alguna, siendo inútiles todas mis pesquisas para hallarle en la plaza.

Llegó la noche, y con ella la tristeza al alma de Rosita, pues ya no

había esperanza de verle hasta el día siguiente. Mas de pronto, y cuando

se había dado orden para la cena, sonaron fuertes aldabonazos en la

puerta; fui a abrir corriendo, y era él. Antes de abrirle, mi odio le

había conocido.

Aún me parece que le estoy viendo, cuando se presentó delante de mí,

sacudiendo su capa, mojada por la lluvia. Siempre que le traigo a la

memoria, se me representa como le vi en aquella ocasión. Hablando con

imparcialidad, diré que era un joven realmente hermoso, de presencia

noble, modales airosos, mirada afable, algo frío y reservado en

apariencia, poco risueño y sumamente cortés, con aquella cortesía grave

y un poco finchada de los nobles de antaño. Traía aquella noche la

chaqueta faldonada, el calzón corto con botas, el sombrero portugués y

riquísima capa de grana con forros de seda, que era la prenda más

elegante entre los señoritos de la época.

Desde que entró, conocí que algo grave ocurría. Pasó al comedor, y todos

se maravillaron de verle a tal hora, pues jamás había venido de noche.

Mi amita no tuvo de alegría más que el tiempo necesario para comprender

que el motivo de visita tan inesperada no podía ser lisonjero.

«Vengo a despedirme», dijo Malespina.

Todos se quedaron como lelos, y Rosita más blanca que el papel en que

escribo; después encendida como la grana, y luego pálida otra vez como

una muerta.

«¿Pues qué pasa? ¿A dónde va usted, señor D. Rafael?», le preguntó mi

ama.

Debo de haber dicho que Malespina era oficial de Artillería, pero no que

estaba de guarnición en Cádiz y con licencia en Vejer.

«Como la escuadra carece de personal--añadió--, han dado orden para que

nos embarquemos con objeto de hacer allí el servicio. Se cree que el

combate es inevitable, y la mayor parte de los navíos tienen falta de

artilleros.

--¡Jesús, María y José!--exclamó Doña Francisca más muerta que viva--.

¿También a usted se le llevan? Pues me gusta. Pero usted es de tierra,

amiguito. Dígales usted que se entiendan ellos; que si no tienen gente,

que la busquen. Pues a fe que es bonita la broma.

--¿Pero, mujer--dijo tímidamente D. Alonso--, no ves que es

preciso?...».

No pudo seguir, porque Doña Francisca, que sentía desbordarse el vaso de

su enojo, apostrofó a todas las Potencias terrestres.

«A ti todo te parece bien con tal que sea para los dichosos barcos de

guerra. ¿Pero quién, pero quién es el demonio del Infierno que ha

mandado vayan a bordo los oficiales de tierra? A mí que no me digan:

eso es cosa del señor de Bonaparte. Ninguno de acá puede haber inventado

tal diablura. Pero vaya usted y diga que se va a casar. A ver--añadió

dirigiéndose a su marido--, escribe a Gravina diciéndole que este joven

no puede ir a la escuadra».

Y como viera que su marido se encogía de hombros indicando que la cosa

era sumamente grave, exclamó:

«No sirves para nada. ¡Jesús! Si yo gastara calzones, me plantaba en

Cádiz y le sacaba a usted del apuro».

Rosita no decía palabra. Yo, que la observaba atentamente, conocí la

gran turbación de su espíritu. No quitaba los ojos de su novio, y a no

impedírselo la etiqueta y el buen parecer, habría llorado ruidosamente,

desahogando la pena de su corazón oprimido.

«Los militares--dijo D. Alonso--, son esclavos de su deber, y la patria

exige a este joven que se embarque para defenderla. En el próximo

combate alcanzará usted mucha gloria e ilustrará su nombre con alguna

hazaña que quede en la historia para ejemplo de las generaciones

futuras.

--Sí, eso, eso--dijo Doña Francisca remedando el tono grandilocuente

con que mi amo había pronunciado las anteriores palabras--. Sí: ¿y todo

por qué? Porque se les antoja a esos zánganos de Madrid. Que vengan

ellos a disparar los cañones y a hacer la guerra... ¿Y cuándo marcha

usted?

--Mañana mismo. Me han retirado la licencia, ordenándome que me presente

al instante en Cádiz».

Imposible pintar con palabras ni por escrito lo que vi en el semblante

de mi señorita cuando aquellas frases oyó. Los dos novios se miraron, y

un largo y triste silencio siguió al anuncio de la próxima partida.

«Esto no se puede sufrir--dijo Doña Francisca--. Por último, llevarán a

los paisanos, y si se les antoja, también a las mujeres... Señor

--prosiguió mirando al Cielo con ademán de pitonisa--, no creo ofenderte

si digo que maldito sea el que inventó los barcos, maldito el mar en que

navegan, y más maldito el que hizo el primer cañón para dar esos

estampidos que la vuelven a una loca, y para matar a tantos pobrecitos

que no han hecho ningún daño».

D. Alonso miró a Malespina, buscando en su semblante una expresión de

protesta contra los insultos dirigidos a la noble artillería. Después

dijo:

«Lo malo será que los navíos carezcan también de buen material; y sería

lamentable...»

Marcial, que oía la conversación desde la puerta, no pudo contenerse y

entró diciendo:

«¿Qué ha de faltar? El

_Trinidad_ 140 cañones: 32 de a 36, 34 de a 24, 36 de a 12, 18

de a 30, y 10 obuses de a 24. El _Príncipe de Asturias_ 118,

el _Santa Ana_ 120, el _Rayo_ 100, el

_Nepomuceno_, el _San_...

--¿Quién le mete a usted aquí, Sr. Marcial--chilló Doña Francisca--, ni

qué nos importa si tienen cincuenta u ochenta?»

Marcial continuó, a pesar de esto, su guerrera estadística, pero en voz

baja, dirigiéndose sólo a mi amo, el cual no se atrevía a expresar su

aprobación.

Ella siguió hablando así:

«Pero, D. Rafael, no vaya usted, por Dios. Diga usted que es de tierra;

que se va a casar. Si Napoleón quiere guerra, que la haga él solo; que

venga y diga: «Aquí estoy yo: mátenme ustedes, señores ingleses, o

déjense matar por mí». ¿Por qué ha de estar España sujeta a los antojos

de ese caballero?

--Verdaderamente--dijo Malespina--, nuestra unión con Francia ha sido

hasta ahora desastrosa.

--¿Pues para qué la han hecho? Bien dicen que ese Godoy es hombre sin

estudios. ¡Si creerá él que se gobierna una nación tocando la guitarra!

--Después de la paz de Basilea--continuó el joven--, nos vimos

obligados a enemistarnos con los ingleses, que batieron nuestra escuadra

en el cabo de San Vicente.

--Alto allá--declaró D. Alonso, dando un fuerte puñetazo en la mesa--.

Si el almirante Córdova hubiera mandado orzar sobre babor a los navíos

de la vanguardia, según lo que pedían las más vulgares leyes de la

estrategia, la victoria hubiera sido nuestra. Eso lo tengo probado hasta

la saciedad, y en el momento del combate hice constar mi opinión. Quede,

pues, cada cual en su lugar.

--Lo cierto es que se perdió la batalla--prosiguió Malespina--. Este

desastre no habría sido de grandes consecuencias, si después la Corte de

España no hubiera celebrado con la República francesa el tratado de San

Ildefonso, que nos puso a merced del Primer Cónsul, obligándonos a

prestarle ayuda en guerras que a él solo y a su grande ambición

interesaban. La paz de Amiens no fue más que una tregua. Inglaterra y

Francia volvieron a declararse la guerra, y entonces Napoleón exigió

nuestra ayuda. Quisimos ser neutrales, pues aquel convenio a nada

obligaba en la segunda guerra; pero él con tanta energía solicitó

nuestra cooperación, que para aplacarle, tuvo el Rey que convenir en dar

a Francia un subsidio de cien millones de reales, lo que equivalía a

comprar a peso de oro la neutralidad. Pero ni aun así la compramos. A

pesar de tan gran sacrificio, fuimos arrastrados a la guerra. Inglaterra

nos obligó a ello, apresando inoportunamente cuatro fragatas que venían

de América cargadas de caudales. Después de aquel acto de piratería, la

Corte de Madrid no tuvo más remedio que echarse en brazos de Napoleón,

el cual no deseaba otra cosa. Nuestra marina quedó al arbitrio del

Primer Cónsul, ya Emperador, quien, aspirando a vencer por el engaño a

los ingleses, dispuso que la escuadra combinada partiese a la Martinica,

con objeto de alejar de Europa a los marinos de la Gran Bretaña. Con

esta estratagema pensaba realizar su anhelado desembarco en esta isla;

mas tan hábil plan no sirvió sino para demostrar la impericia y cobardía

del almirante francés, el cual, de regreso a Europa, no quiso compartir

con nuestros navíos la gloria del combate de Finisterre. Ahora, según

las órdenes del Emperador, la escuadra combinada debía hallarse en

Brest.

Dícese que Napoleón está furioso con su almirante, y que piensa

relevarle inmediatamente.

--Pero, según dicen--indicó Marcial--, Mr. Corneta quiere pintarla y

busca una acción de guerra que haga olvidar sus faltas. Yo me alegro,

pues de ese modo se verá quién puede y quién no puede.

--Lo indudable--prosiguió Malespina--, es que la escuadra inglesa anda

cerca y con intento de bloquear a Cádiz. Los marinos españoles opinan

que nuestra escuadra no debe salir de la bahía, donde hay probabilidades

de que venza. Mas el francés parece que se obstina en salir.

--Veremos--dijo mi amo--. De todos modos, el combate será glorioso.

--Glorioso, sí--contestó Malespina--. ¿Pero quién asegura que sea

afortunado? Los marinos se forjan ilusiones, y quizás por estar

demasiado cerca, no conocen la inferioridad de nuestro armamento frente

al de los ingleses. Estos, además de una soberbia artillería, tienen

todo lo necesario para reponer prontamente sus averías. No digamos nada

en cuanto al personal: el de nuestros enemigos es inmejorable, compuesto

todo de viejos y muy expertos marinos, mientras que muchos de los navíos

españoles están tripulados en gran parte por gente de leva, siempre

holgazana y que apenas sabe el oficio; el cuerpo de infantería tampoco

es un modelo, pues las plazas vacantes se han llenado con tropa de

tierra muy valerosa, sin duda, pero que se marea.

--En fin--dijo mi amo--, dentro de algunos días sabremos lo que ha de

resultar de esto.

--Lo que ha de resultar ya lo sé yo--observó Doña Francisca--. Que esos

caballeros, sin dejar de decir que han alcanzado mucha gloria, volverán

a casa con la cabeza rota.

--Mujer, ¿tú qué entiendes de eso?--dijo D. Alonso sin poder contener

un arrebato de enojo, que sólo duró un instante.

--¡Más que tú!--contestó vivamente ella--. Pero Dios querrá preservarle

a usted, señor D. Rafael, para que vuelva sano y salvo».

Esta conversación ocurría durante la cena, la cual fue muy triste; y

después de lo referido, los cuatro personajes no dijeron una palabra.

Concluida aquélla, se verificó la despedida, que fue tiernísima, y por

un favor especial, propio de aquella ocasión solemne, los bondadosos

padres dejaron solos a los novios, permitiéndoles despedirse a sus

anchas y sin testigos para que el disimulo no les obligara a omitir

algún accidente que fuera desahogo a su profunda pena. Por más que hice

no pude asistir al acto, y me es, por tanto desconocido lo que en él

pasó; pero es fácil presumir que habría todas las ternezas imaginables

por una y otra parte.

Cuando Malespina salió del cuarto, estaba más pálido que un difunto.

Despidiose a toda prisa de mis amos, que le abrazaron con el mayor

cariño, y se fue. Cuando acudimos a donde estaba mi amita, la

encontramos: tan grande era su dolor, que los cariñosos padres no

pudieron calmar su espíritu con ingeniosas razones, ni atemperar su

cuerpo con los cordiales que traje a toda prisa de la botica. Confieso

que, profundamente apenado, yo también, al ver la desgracia de los

pobres amantes, se amortiguó en mi pecho el rencorcillo que me inspiraba

Malespina. El corazón de un niño perdona fácilmente, y el mío no era el

menos dispuesto a los sentimientos dulces y expansivos.

-VII-

A la mañana siguiente se me preparaba una gran sorpresa, y a mi ama el

más fuerte berrinche que creo tuvo en su vida. Cuando me levanté vi que

D. Alonso estaba amabilísimo, y su esposa más irritada que de costumbre.

Cuando ésta se fue a misa con Rosita, advertí que el señor se daba gran

prisa por meter en una maleta algunas camisas y otras prendas de vestir,

entre las cuales iba su uniforme. Yo le ayudé y aquello me olió a

escapatoria, aunque me sorprendía no ver a Marcial por ninguna parte. No

tardé, sin embargo, en explicarme su ausencia, pues D. Alonso, una vez

arreglado su breve equipaje, se mostró muy impaciente, hasta que al fin

apareció el marinero diciendo: «Ahí está el coche. Vámonos antes que

ella venga.»

Cargué la maleta, y en un santiamén Don Alonso, Marcial y yo salimos por

la puerta del corral para no ser vistos; nos subimos a la, y esta partió

tan a escape como lo permitía la escualidez del rocín que la arrastraba,

y la procelosa configuración del camino. Este, si para caballerías era

malo, para coches perverso; pero a pesar de los fuertes tumbos y

arcadas, apretamos el paso, y hasta que no perdimos de vista el pueblo,

no se alivió algún tanto el martirio de nuestros cuerpos.

Aquel viaje me gustaba extraordinariamente, porque a los chicos toda

novedad les trastorna el juicio. Marcial no cabía en sí de gozo, y mi

amo, que al principio manifestó su alborozo casi con menos gravedad que

yo, se entristeció bastante cuando dejó de ver el pueblo. De cuando en

cuando decía:

«¡Y ella tan ajena a esto! ¡Qué dirá cuando llegue a casa y no nos

encuentre!

A mí se me ensanchaba el pecho con la vista del paisaje, con la alegría

y frescura de la mañana y, sobre todo, con la idea de ver pronto a Cádiz

y su incomparable bahía poblada de naves; sus calles bulliciosas y

alegres; su Caleta, que simbolizaba para mí en un tiempo lo más hermoso

de la vida, la libertad; su plaza, su muelle y demás sitios para mí muy

amados. No habíamos andado tres leguas cuando alcanzamos a ver dos

caballeros montados en soberbios alazanes, que viniendo tras nosotros se

nos juntaron en poco tiempo. Al punto reconocimos a Malespina y a su

padre, aquel señor alto, estirado y muy charlatán, de quien antes

hablé. Ambos se asombraron de ver a D. Alonso, y mucho más cuando este

les dijo que iba a Cádiz para embarcarse. Recibió la noticia con

pesadumbre el hijo; mas el padre, que, según entonces comprendí, era un

rematado fanfarrón, felicitó a mi amo muy campanudamente, llamándole

flor de los navegantes, espejo de los marinos y honra de la patria.

Nos detuvimos para comer en el parador de Conil. A los señores les

dieron lo que había, y a Marcial y a mí lo que sobraba, que no era

mucho. Como yo servía la mesa, pude oír la conversación, y entonces

conocí mejor el carácter del viejo Malespina, quien si primero pasó a

mis ojos como un embustero lleno de vanidad, después me pareció el más

gracioso charlatán que he oído en mi vida.

El futuro suegro de mi amita, D. José María Malespina, que no tenía

parentesco con el célebre marino del mismo apellido, era coronel de

Artillería retirado, y cifraba todo su orgullo en conocer a fondo

aquella terrible arma y manejarla como nadie. Tratando de este asunto

era como más lucía su imaginación y gran desparpajo para mentir.

«Los artilleros--decía sin suspender por un momento la acción de

engullir--, hacen mucha falta a bordo. ¿Qué es de un barco sin

artillería? Pero donde hay que ver los efectos de esta invención

admirable de la humana inteligencia es en tierra, Sr. D. Alonso. Cuando

la guerra del Rosellón... ya sabe usted que tomé parte en aquella

campaña y que todos los triunfos se debieron a mi acierto en el manejo

de la Artillería... La batalla de Masdeu, ¿por qué cree usted que se

ganó? El general Ricardos me situó en una colina con cuatro piezas,

mandándome que no hiciera fuego sino cuando él me lo ordenara. Pero yo,

que veía las cosas de otra manera, me estuve callandito hasta que una

columna francesa vino a colocarse delante de mí en tal disposición, que

mis disparos podían enfilarla de un extremo a otro. Los franceses forman

la línea con gran perfección. Tomé bien la puntería con una de las

piezas, dirigiendo la mira a la cabeza del primer soldado... ¿Comprende

usted?... Como la línea era tan perfecta, disparé, y ¡zas!, la bala se

llevó ciento cuarenta y dos cabezas, y no cayeron más porque el extremo

de la línea se movió un poco. Aquello produjo gran consternación en los

enemigos; pero como éstos no comprendían mi estrategia ni podían verme

en el sitio donde estaba, enviaron otra columna a atacar las tropas que

estaban a mi derecha, y aquella columna tuvo la misma suerte, y otra, y

otra, hasta que se ganó la batalla.

--Es maravilloso--dijo mi amo, quien, conociendo la magnitud de la

bola, no quiso, sin embargo, desmentir a su amigo.

--Pues en la segunda campaña, al mando del Conde de la Unión, también

escarmenté de lo lindo a los republicanos. La defensa de Boulou, no nos

salió bien, porque se nos acabaron las municiones: yo, con todo hice un

gran destrozo cargando una pieza con las llaves de la iglesia; pero

éstas no eran muchas, y al fin, como un recurso de desesperación, metí

en el ánima del cañón mis llaves, mi reloj, mi dinero, cuantas baratijas

encontré en los bolsillos, y, por último, hasta mis cruces. Lo

particular es que una de estas fue a estamparse en el pecho de un

general francés, donde se le quedó como pegada y sin hacerle daño. Él la

conservó, y cuando fue a París, la Convención le condenó no sé si a

muerte o a destierro por haber admitido condecoraciones de un Gobierno

enemigo.

--¡Qué diablura!--murmuró mi amo recreándose con tan chuscas

invenciones.

--Cuando estuve en Inglaterra...--continuó el viejo Malespina--, ya

sabe usted que el Gobierno inglés me mandó llamar para perfeccionar la

Artillería de aquel país... Todos los días comía con Pitt, con Burke,

con Lord North, con el general Conwallis y otros personajes importantes

que me llamaban _el chistoso español_. Recuerdo que una vez,

estando en Palacio, me suplicaron que les mostrase cómo era una, y tuve

que capear, picar y matar una silla, lo cual divirtió mucho a toda la

Corte, especialmente al Rey Jorge III, quien era muy amigote mío y

siempre me decía que le mandase a buscar a mi tierra aceitunas buenas.

¡Oh!, tenía mucha confianza conmigo. Todo su empeño era que le enseñase

palabras de español y, sobre todo algunas de ésta nuestra graciosa

Andalucía; pero nunca pudo aprender más que _otro toro_ y

_vengan esos cinco_, frase con que me saludaba todos los días

cuando iba a almorzar con él pescadillas y unas cañitas de Jerez.

--Era lo que le gustaba más. Yo hacía llevar de Cádiz embotellada la

pescadilla: conservábase muy bien con un específico que inventé, cuya

receta tengo en casa.

--Maravilloso. ¿Y reformó usted la Artillería inglesa?--preguntó mi

amo, alentándole a seguir, porque le divertía mucho.--Completamente.

Allí inventé un cañón que no llegó a dispararse, porque todo Londres,

incluso la Corte y los Ministros, vinieron a suplicarme que no hiciera

la prueba por temor a que del estremecimiento cayeran al suelo muchas

casas.

--¿De modo que tan gran pieza ha quedado relegada al olvido?

--Quiso comprarla el Emperador de Rusia; pero no fue posible moverla del

sitio en que estaba.

--Pues bien podía usted sacarnos del apuro inventando un cañón que

destruyera de un disparo la escuadra inglesa.

--¡Oh!--contestó Malespina--. En eso estoy pensando, y creo que podré

realizar mi pensamiento. Ya le mostraré a usted los cálculos que tengo

hechos, no sólo para aumentar hasta un extremo fabuloso el calibre de

las piezas de Artillería, sino para construir placas de resistencia que

defiendan los barcos y los castillos. Es el pensamiento de toda mi

vida».

A todas éstas habían concluido de comer. Nos zampamos en un santiamén

Marcial y yo las sobras, y seguimos el viaje, ellos a caballo, marchando

al estribo, y nosotros como antes, en nuestra derrengada calesa. La

comida y los frecuentes tragos con que la roció excitaron más aún la

vena inventora del viejo Malespina, quien por todo el camino siguió

espetándonos sus grandes paparruchas. La conversación volvió al tema por

donde había empezado: a la guerra del Rosellón; y como D. José se

apresurara a referir nuevas proezas, mi amo, cansado ya de tanto mentir,

quiso desviarle de aquella materia, y dijo:

«Guerra desastrosa e impolítica. ¡Más nos hubiera valido no haberla

emprendido!

--¡Oh!--exclamó Malespina--. El Conde de Aranda, como usted sabe,

condenó desde el principio esta funesta guerra con la República. ¡Cuánto

hemos hablado de esta cuestión!... porque somos amigos desde la

infancia. Cuando yo estuve en Aragón, pasamos siete meses juntos cazando

en el Moncayo. Precisamente hice construir para él una escopeta

singular...

--Sí: Aranda se opuso siempre--dijo mi amo, atajándole en el peligroso

camino de la balística.

--En efecto--continuó el mentiroso--, y si aquel hombre eminente

defendió con tanto calor la paz con los republicanos, fue porque yo se

lo aconsejé, convenciéndole antes de la inoportunidad de la guerra. Mas

Godoy, que ya entonces era Valido, se obstinó en proseguirla, sólo por

llevarme la contraria, según he entendido después. Lo más gracioso es

que el mismo Godoy se vio obligado a concluir la guerra en el verano del

95, cuando comprendió su ineficacia, y entonces se adjudicó a sí mismo

el retumbante título de _Príncipe de la Paz_.

--¡Qué faltos estamos, amigo D. José María--dijo mi amo--, de un buen

hombre de Estado a la altura de las circunstancias, un hombre que no nos

entrometa en guerras inútiles y mantenga incólume la dignidad de la

Corona!

--Pues cuando yo estuve en Madrid el año último--prosiguió el

embustero--, me hicieron proposiciones para desempeñar la Secretaría de

Estado. La Reina tenía gran empeño en ello, y el Rey no dijo nada...

Todos los días le acompañaba al Pardo para tirar un par de tiros...

Hasta el mismo Godoy se hubiera conformado, conociendo mi superioridad;

y si no, no me habría faltado un castillito donde encerrarle para que no

me diera que hacer. Pero yo rehusé, prefiriendo vivir tranquilo en mi

pueblo, y dejé los negocios públicos en manos de Godoy. Ahí tiene usted

un hombre cuyo padre fue mozo de mulas en la dehesa que mi suegro tenía

en Extremadura.

--No sabía...--dijo D. Alonso--. Aunque hombre obscuro, yo creí que el

Príncipe de la Paz pertenecía a una familia de hidalgos, de escasa

fortuna, pero de buenos principios».

Así continuó el diálogo, el Sr. Malespina soltando unas bolas como

templos, y mi amo oyéndolas con santa calma, pareciendo unas veces

enfadado y otras complacido de escuchar tanto disparate. Si mal no

recuerdo, también dijo D. José María que había aconsejado a Napoleón el

atrevido hecho del 18 brumario.

Trafalgar · 第 3 / 12 段