Rey de las Españas me hiciera caso, mandaría a paseo a los ingleses y
les diría: «Mis vasallos queridos no están aquí para que ustedes se
diviertan con ellos. Métanse ustedes en faena unos con otros si quieren
juego». ¿Qué creen? Yo, aunque tonta, bien sé lo que hay aquí, y es que
el Primer Cónsul, Emperador, Sultán, o lo que sea, quiere acometer a
los ingleses, y como no tiene hombres de alma para el caso, ha embaucado
a nuestro buen Rey para que le preste los suyos, y la verdad es que nos
está fastidiando con sus guerras marítimas. Díganme ustedes: ¿a España
qué le va ni le viene en esto? ¿Por qué ha de estar todos los días
cañonazo y más cañonazo por una simpleza? Antes de esas picardías que
Marcial ha contado, ¿qué daño nos habían hecho los ingleses? ¡Ah, si
hicieran caso de lo que yo digo, el señor de Bonaparte armaría la guerra
solo, o si no que no la armara!
--Es verdad--dijo mi amo--, que la alianza con Francia nos está
haciendo mucho daño, pues si algún provecho resulta es para nuestra
aliada, mientras todos los desastres son para nosotros.
--Entonces, tontos rematados, ¿para qué se os calientan las pajarillas
con esta guerra?
--El honor de nuestra nación está empeñado--contestó D. Alonso--, y una
vez metidos en la danza, sería una mengua volver atrás. Cuando estuve el
mes pasado en Cádiz en el bautizo de la hija de mi primo, me decía
Churruca: «Esta alianza con Francia, y el maldito tratado de San
Ildefonso, que por la astucia de Bonaparte y la debilidad de Godoy se
ha convertido en tratado de subsidios, serán nuestra ruina, serán la
ruina de nuestra escuadra, si Dios no lo remedia, y, por tanto, la ruina
de nuestras colonias y del comercio español en América. Pero, a pesar de
todo, es preciso seguir adelante».
--Bien digo yo--añadió doña Francisca--, que ese Príncipe de la Paz se
está metiendo en cosas que no entiende. Ya se ve, ¡un hombre sin
estudios! Mi hermano el arcediano, que es partidario del príncipe
Fernando, dice que ese señor Godoy es un alma de cántaro, y que no ha
estudiado latín ni teología, pues todo su saber se reduce a tocar la y a
conocer los veintidós modos de bailar la gavota. Parece que por su linda
cara le han hecho, primer ministro. Así andan las cosas de España;
luego, hambre y más hambre... todo tan caro... la fiebre amarilla
asolando a Andalucía... Está esto bonito, sí, señor... Y de ello tienen
ustedes la culpa--continuó engrosando la voz y poniéndose muy
encarnada--, sí señor, ustedes que ofenden a Dios matando tanta gente;
ustedes, que si en vez de meterse en esos endiablados barcos, se fueran
a la iglesia a rezar el rosario, no andaría Patillas tan suelto por
España haciendo diabluras.
--Tú irás a Cádiz también--dijo D. Alonso ansioso de despertar el
entusiasmo en el pecho de su mujer--; irás a casa de Flora, y desde el
mirador podrás ver cómodamente el combate, el humo, los fogonazos, las
banderas... Es cosa muy bonita.
--¡Gracias, gracias! Me caería muerta de miedo. Aquí nos estaremos
quietos, que el que busca el peligro en él perece.
Así terminó aquel diálogo, cuyos pormenores he conservado en mi memoria,
a pesar del tiempo transcurrido. Mas acontece con frecuencia que los
hechos muy remotos, correspondientes a nuestra infancia, permanecen
grabados en la imaginación con mayor fijeza que los presenciados en edad
madura, y cuando predomina sobre todas las facultades la razón.
Aquella noche D. Alonso y Marcial siguieron conferenciando en los pocos
ratos que la recelosa Doña Francisca los dejaba solos. Cuando ésta fue a
la parroquia para asistir a la novena, según su piadosa costumbre, los
dos marinos respiraron con libertad como escolares bulliciosos que
pierden de vista al maestro. Encerráronse en el despacho, sacaron unos
mapas y estuvieron examinándolos con gran atención; luego leyeron
ciertos papeles en que había apuntados los nombres de muchos barcos
ingleses con la cifra de sus cañones y tripulantes, y durante su
calurosa conferencia, en que alternaba la lectura con los más enérgicos
comentarios, noté que ideaban el plan de un combate naval.
Marcial imitaba con los gestos de su brazo y medio la marcha de las
escuadras, la explosión de las andanadas; con su cabeza, el balance de
los barcos combatientes; con su cuerpo, la caída de costado del buque
que se va a pique; con su mano, el subir y bajar de las banderas de
señal; con un ligero silbido, el mando del contramaestre; con los
porrazos de su pie de palo contra el suelo, el estruendo del cañón; con
su lengua estropajosa, los juramentos y singulares voces del combate; y
como mi amo le secundase en esta tarea con la mayor gravedad, quise yo
también echar mi cuarto a espadas, alentado por el ejemplo, y dando
natural desahogo a esa necesidad devoradora de meter ruido que domina el
temperamento de los chicos con absoluto imperio. Sin poderme contener,
viendo el entusiasmo de los dos marinos, comencé a dar vueltas por la
habitación, pues la confianza con que por mi amo era tratado me
autorizaba a ello; remedé con la cabeza y los brazos la disposición de
una nave que ciñe el viento, y al mismo tiempo profería, ahuecando la
voz, los retumbantes monosílabos que más se parecen al ruido de un
cañonazo, tales como ¡bum, bum, bum!... Mi respetable amo, el mutilado
marinero, tan niños como yo en aquella ocasión, no pararon mientes en lo
que yo hacía, pues harto les embargaban sus propios pensamientos.
¡Cuánto me he reído después recordando aquella escena, y cuán cierto es,
por lo que respecta a mis compañeros en aquel juego, que el entusiasmo
de la ancianidad convierte a los viejos en niños, renovando las
travesuras de la cuna al borde mismo del sepulcro!
Muy enfrascados estaban ellos en su conferencia, cuando sintieron los
pasos de Doña Francisca que volvía de la novena.
«¡Qué viene!--exclamó Marcial con terror.
Y al punto guardaron los planos, disimulando su excitación, y pusiéronse
a hablar de cosas indiferentes. Pero yo, bien porque la sangre juvenil
no podía aplacarse fácilmente, bien porque no observé a tiempo la
entrada de mi ama, seguí en medio del cuarto demostrando mi enajenación
con frases como éstas, pronunciadas con el mayor desparpajo: ¡la mura a
estribor!... ¡orza!... ¡la andanada de sotavento!... ¡fuego!... ¡bum,
bum!... Ella se llegó a mí furiosa, y sin previo aviso me descargó en
la popa la andanada de su mano derecha con tan buena puntería, que me
hizo ver las estrellas.
«¡También tú!--gritó vapuleándome sin compasión--. Ya ves--añadió
mirando a su marido con centelleantes ojos--: tú le enseñas a que pierda
el respeto... ¿Te has creído que estás todavía en la Caleta, pedazo de
zascandil?
La zurra continuó en la forma siguiente: yo caminando a la cocina,
lloroso y avergonzado, después de arriada la bandera de mi dignidad, y
sin pensar en defenderme contra tan superior enemigo; Doña Francisca
detrás dándome caza y poniendo a prueba mi pescuezo con los repetidos
golpes de su mano. En la cocina eché el ancla, lloroso, considerando
cuán mal había concluido mi combate naval.
-V-
Para oponerse a la insensata determinación de su marido, Doña Francisca
no se fundaba sólo en las razones anteriormente expuestas; tenía, además
de aquéllas, otra poderosísima, que no indicó en el diálogo anterior,
quizá por demasiado sabida.
Pero el lector no la sabe y voy a decírsela. Creo haber escrito que mis
amos tenían una hija. Pues bien: esta hija se llamaba Rosita, de edad
poco mayor que la mía, pues apenas pasaba de los quince años, y ya
estaba concertado su matrimonio con un joven oficial de Artillería
llamado Malespina, de una familia de Medinasidonia, lejanamente
emparentada con la de mi ama. Habíase fijado la boda para fin de
Octubre, y ya se comprende que la ausencia del padre de la novia habría
sido inconveniente en tan solemnes días.
Voy a decir algo de mi señorita, de su novio, de sus amores, de su
proyectado enlace y... ¡ay!, aquí mis recuerdos toman un tinte
melancólico, evocando en mi fantasía imágenes importunas y exóticas
como si vinieran de otro mundo, despertando en mi cansado pecho
sensaciones que, a decir verdad, ignoro si traen a mi espíritu alegría o
tristeza. Estas ardientes memorias, que parecen agostarse hoy en mi
cerebro, como flores tropicales trasplantadas al Norte helado, me hacen
a veces reír, y a veces me hacen pensar... Pero contemos, que el lector
se cansa de reflexiones enojosas sobre lo que a un solo mortal interesa.
Rosita era lindísima. Recuerdo perfectamente su hermosura, aunque me
sería muy difícil describir sus facciones. Parece que la veo sonreír
delante de mí. La singular expresión de su rostro, a la de ningún otro
parecida, es para mí, por la claridad con que se ofrece a mi
entendimiento, como una de esas nociones primitivas, que parece hemos
traído de otro mundo, o nos han sido infundidas por misterioso poder
desde la cuna. Y sin embargo, no respondo de poderlo pintar, porque lo
que fue real ha quedado como una idea indeterminada en mi cabeza, y nada
nos fascina tanto, así como nada se escapa tan sutilmente a toda
apreciación descriptiva, como un ideal querido.
Al entrar en la casa, creí que Rosita pertenecía a un orden de criaturas
superior. Explicaré mis pensamientos para que se admiren ustedes de mi
simpleza. Cuando somos niños, y un nuevo ser viene al mundo en nuestra
casa, las personas mayores nos dicen que le han traído de Francia, de
París o de Inglaterra. Engañado yo como todos acerca de tan singular
modo de perpetuar la especie, creía que los niños venían por encargo,
empaquetados en un cajoncito, como un fardo de quincalla. Pues bien:
contemplando por primera vez a la hija de mis amos, discurrí que tan
bella persona no podía haber venido de la fábrica de donde venimos
todos, es decir, de París o de Inglaterra, y me persuadí de la
existencia de alguna región encantadora, donde artífices divinos sabían
labrar tan hermosos ejemplares de la persona humana.
Como niños ambos, aunque de distinta condición, pronto nos tratamos con
la confianza propia de la edad, y mi mayor dicha consistía en jugar con
ella, sufriendo todas sus impertinencias, que eran muchas, pues en
nuestros juegos nunca se confundían las clases: ella era siempre
señorita, y yo siempre criado; así es que yo llevaba la peor parte, y si
había golpes, no es preciso indicar aquí quién los recibía.
Ir a buscarla al salir de la escuela para acompañarla a casa, era mi
sueño de oro; y cuando por alguna ocupación imprevista se encargaba a
otra persona tan dulce comisión, mi pena era tan profunda, que yo la
equiparaba a las mayores penas que pueden pasarse en la vida, siendo
hombre, y decía: «Es imposible que cuando yo sea grande experimente
desgracia mayor». Subir por orden suya al naranjo del patio para coger
los azahares de las más altas ramas, era para mí la mayor de las
delicias, posición o preeminencia superior a la del mejor rey de la
tierra subido en su trono de oro; y no recuerdo alborozo comparable al
que me causaba obligándome a correr tras ella en ese divino e inmortal
juego que llaman.
Si ella corría como una gacela, yo volaba como un pájaro para cogerla
más pronto, asiéndola por la parte de su cuerpo que encontraba más a
mano. Cuando se trocaban los papeles, cuando ella era la perseguidora y
a mí me correspondía el ser cogido, se duplicaban las inocentes y puras
delicias de aquel juego sublime, y el paraje más obscuro y feo, donde
yo, encogido y palpitante, esperaba la impresión de sus brazos ansiosos
de estrecharme, era para mí un verdadero paraíso. Añadiré que jamás,
durante aquellas escenas, tuve un pensamiento, una sensación, que no
emanara del más refinado idealismo.
¿Y qué diré de su canto? Desde muy niña acostumbraba a cantar el
_olé_ y las _cañas_, con la maestría de los
ruiseñores, que lo saben todo en materia de música sin haber aprendido
nada. Todos le alababan aquella habilidad, y formaban corro para oírla;
pero a mí me ofendían los aplausos de sus admiradores, y hubiera deseado
que enmudeciera para los demás. Era aquel canto un gorjeo melancólico,
aun modulado por su voz infantil. La nota, que repercutía sobre sí
misma, enredándose y desenredándose, como un hilo sonoro, se perdía
subiendo y se desvanecía alejándose para volver descendiendo con timbre
grave. Parecía emitida por un avecilla, que se remontara primero al
Cielo, y que después cantara en nuestro propio oído. El alma, si se me
permite emplear un símil vulgar, parecía que se alargaba siguiendo el
sonido, y se contraía después retrocediendo ante él, pero siempre
pendiente de la melodía y asociando la música a la hermosa cantora. Tan
singular era el efecto, que para mí el oírla cantar, sobre todo en
presencia de otras personas, era casi una mortificación.
Teníamos la misma edad, poco más o menos, como he dicho, pues sólo
excedía la suya a la mía en unos ocho o nueve meses. Pero yo era
pequeñuelo y raquítico, mientras ella se desarrollaba con mucha lozanía,
y así, al cumplirse los tres años de mi residencia en la casa, ella
parecía de mucha más edad que yo. Estos tres años se pasaron sin
sospechar nosotros que íbamos creciendo, y nuestros juegos no se
interrumpían, pues ella era más traviesa que yo, y su madre la reñía,
procurando sujetarla y hacerla trabajar.
Al cabo de lo tres años advertí que las formas de mi idolatrada señorita
se ensanchaban y redondeaban, completando la hermosura de su cuerpo: su
rostro se puso más encendido, más lleno, más tibio; sus grandes ojos más
vivos, si bien con la mirada menos errátil y voluble; su andar más
reposado; sus movimientos no sé si más o menos ligeros, pero ciertamente
distintos, aunque no podía entonces ni puedo ahora apreciar en qué
consistía la diferencia. Pero ninguno de estos accidentes me confundió
tanto como la transformación de su voz, que adquirió cierta sonora
gravedad bien distinta de aquel travieso y alegre chillido con que me
llamaba antes, trastornándome el juicio, y obligándome a olvidar mis
quehaceres, para acudir al juego. El capullo se convertía en rosa y la
crisálida en.
Un día mil veces funesto, mil veces lúgubre, mi amita se presentó ante
mí con traje bajo. Aquella transfiguración produjo en mí tal impresión,
que en todo el día no hablé una palabra. Estaba serio como un hombre que
ha sido vilmente engañado, y mi enojo contra ella era tan grande, que en
mis soliloquios probaba con fuertes razones que el rápido crecimiento de
mi amita era una felonía. Se despertó en mí la fiebre del raciocinar, y
sobre aquel tema controvertía apasionadamente conmigo mismo en el
silencio de mis insomnios. Lo que más me aturdía era ver que con unas
cuantas varas de tela había variado por completo su carácter. Aquel día,
mil veces desgraciado, me habló en tono ceremonioso, ordenándome con
gravedad y hasta con displicencia las faenas que menos me gustaban; y
ella, que tantas veces fue cómplice y encubridora de mi holgazanería, me
reprendía entonces por perezoso. ¡Y a todas éstas, ni una sonrisa, ni un
salto, ni una monada, ni una veloz carrera, ni un poco de
_olé_, ni esconderse de mí para que la buscara, ni fingirse
enfadada para reírse después, ni una disputilla, ni siquiera un pescozón
con su blanda manecita!
¡Terribles crisis de la existencia! ¡Ella se había convertido en mujer,
y yo continuaba siendo niño!
No necesito decir que se acabaron los retozos y los juegos; ya no volví
a subir al naranjo, cuyos azahares crecieron tranquilos, libres de mi
enamorada rapacidad, desarrollando con lozanía sus hojas y con todo lujo
su provocativa fragancia; ya no corrimos más por el patio, ni hice más
viajes a la escuela, para traerla a casa, tan orgulloso de mi comisión
que la hubiera defendido contra un ejército, si éste hubiera intentado
quitármela. Desde entonces Rosita andaba con la mayor circunspección y
gravedad; varias veces noté que al subir una escalera delante de mí,
cuidaba de no mostrar ni una línea ni una pulgada más arriba de su
hermoso tobillo, y este sistema de fraudulenta ocultación era una ofensa
a la dignidad de aquel cuyos ojos habían visto algo más arriba. Ahora me
río considerando cómo se me partía el corazón con aquellas cosas.
Pero aún habían de ocurrir más terribles desventuras. Al año de su
transformación, la tía Martina, Rosario la cocinera, Marcial y otros
personajes de la servidumbre, se ocupaban un día de cierto grave asunto.
Aplicando mi diligente oído, luego me enteré de que corrían rumores
alarmantes: la señorita se iba a casar. La cosa era inaudita, porque yo
no le conocía ningún novio. Pero entonces lo arreglaban todo los
padres, y lo raro es que a veces no salía del todo mal.
Pues un joven de gran familia pidió su mano, y mis amos se la
concedieron. Este joven vino a casa acompañado de sus padres, que eran
una especie de condes o marqueses, con un título retumbante. El
pretendiente traía su uniforme de Marina, en cuyo honroso Cuerpo servía;
pero a pesar de tan elegante jaez, su facha era muy poco agradable. Así
debió parecerle a mi amita, pues desde un principio mostró repugnancia
hacia aquella boda. Su madre trataba de convencerla, pero inútilmente, y
le hacía la más acabada pintura de las buenas prendas del novio, de su
alto linaje y grandes riquezas. La niña no se convencía, y a estas
razones oponía otras muy cuerdas.
Pero la pícara se callaba lo principal, y lo principal era que tenía
otro novio, a quien de veras amaba. Este otro era un oficial de
Artillería, llamado, de muy buena presencia y gentil figura. Mi amita le
había conocido en la iglesia, y el pérfido amor se apoderó de ella,
mientras rezaba; pues siempre fue el templo lugar muy a propósito, por
su poético y misterioso recinto, para abrir de par en par al amor las
puertas del alma. Malespina rondaba la casa, lo cual observé yo varias
veces; y tanto se habló en Vejer de estos amores, que el otro lo supo, y
se desafiaron. Mis amos supieron todo cuando llegó a casa la noticia de
que Malespina había herido mortalmente a su rival.
El escándalo fue grande. La religiosidad de mis amos se escandalizó
tanto con aquel hecho, que no pudieron disimular su enojo, y Rosita fue
la víctima principal. Pero pasaron meses y más meses; el herido curó, y
como Malespina fuese también persona bien nacida y rica, se notaron en
la atmósfera política de la casa barruntos de que el joven D. Rafael iba
a entrar en ella. Renunciaron al enlace los padres del herido, y en
cambio el del vencedor se presentó en casa a pedir para su hijo la mano
de mi querida amita. Después de algunas dilaciones, se la concedieron.
Me acuerdo de cuando fue allí. Era un señor muy seco y estirado, con
chupa de treinta colores, muchos colgajos en el reloj, gran coleto, y
una nariz muy larga y afilada, con la cual parecía olfatear a las
personas que le sostenían la conversación. Hablaba por los codos y no
dejaba meter baza a los demás: él se lo decía todo, y no se podía
elogiar cosa alguna, porque al punto salía diciendo que tenía otra
mejor. Desde entonces le taché por hombre vanidoso y mentirosísimo, como
tuve ocasión de ver claramente más tarde. Mis amos le recibieron con
agasajo, lo mismo que a su hijo, que con él venía. Desde entonces, el
novio siguió yendo a casa todos los días, sólo o en compañía de su
padre.
Nueva transformación de mi amita. Su indiferencia hacia mí era tan
marcada, que tocaba los límites del menosprecio. Entonces eché de ver
claramente por primera vez, maldiciéndola, la humildad de mi condición;
trataba de explicarme el derecho que tenían a la superioridad los que
realmente eran superiores, y me preguntaba, lleno de angustia, si era
justo que otros fueran nobles y ricos y sabios, mientras yo tenía por
abolengo la Caleta, por única fortuna mi persona, y apenas sabía leer.
Viendo la recompensa que tenía mi ardiente cariño, comprendí que a nada
podría aspirar en el mundo, y sólo más tarde adquirí la firme convicción
de que un grande y constante esfuerzo mío me daría quizás todo aquello
que no poseía.
En vista del despego con que ella me trataba, perdí la confianza; no me
atrevía a desplegar los labios en su presencia, y me infundía mucho más
respeto que sus padres. Entre tanto, yo observaba con atención los
indicios del amor que la dominaba. Cuando él tardaba, yo la veía
impaciente y triste; al menor rumor que indicase la aproximación de
alguno, se encendía su hermoso semblante, y sus negros ojos brillaban
con ansiedad y esperanza. Si él entraba al fin, le era imposible a ella
disimular su alegría, y luego se estaban charlando horas y más horas,
siempre en presencia de Doña Francisca, pues a mi señorita no se le
consentían coloquios a solas ni por las rejas.
También había correspondencia larga, y lo peor del caso es que yo era el
correo de los dos amantes. ¡Aquello me daba una rabia...! Según la
consigna, yo salía a la plaza, y allí encontraba, más puntual que un
reloj, al señorito Malespina, el cual me daba una esquela para
entregarla a mi señorita. Cumplía mi encargo, y ella me daba otra para
llevarla a él. ¡Cuántas veces sentía tentaciones de quemar aquellas
cartas, no llevándolas a su destino! Pero por mi suerte, tuve serenidad
para dominar tan feo propósito.
No necesito decir que yo odiaba a Malespina. Desde que le veía entrar
sentía mi sangre enardecida, y siempre que me ordenaba algo, hacíalo con
los peores modos posibles, deseoso de significarle mi alto enojo. Este
despego que a ellos les parecía mala crianza y a mí un arranque de
entereza, propio de elevados corazones, me proporcionó algunas
reprimendas y, sobre todo, dio origen a una frase de mi señorita, que se
me clavó en el corazón como una dolorosa espina. En cierta ocasión le oí
decir:
«Este chico está tan echado a perder, que será preciso mandarle fuera de
casa».
Al fin se fijó el día para la boda, y unos cuantos antes del señalado
ocurrió lo que ya conté y el proyecto de mi amo. Por esto se comprenderá
que Doña Francisca tenía razones poderosas, además de la poca salud de
su marido, para impedirle ir a la escuadra.
-VI-
Recuerdo muy bien que al día siguiente de los pescozones que me aplicó
D. Francisca, movida del espectáculo de mi irreverencia y de su profundo
odio a las guerras marítimas, salí acompañando a mi amo en su paseo de
mediodía. Él me daba el brazo, y a su lado iba Marcial: los tres
caminábamos lentamente, conforme al flojo andar de D. Alonso y a la poca
destreza de la pierna postiza del marinero. Parecía aquello una de esas
procesiones en que marcha, sobre vacilante palanquín, un grupo de santos
viejos y apolillados, que amenazan venirse al suelo en cuanto se acelere
un poco el paso de los que les llevan. Los dos viejos no tenían expedito
y vividor más que el corazón, que funcionaba como una máquina recién
salida del taller. Era una aguja imantada, que a pesar de su fuerte
potencia y exacto movimiento, no podía hacer navegar bien el casco viejo
y averiado en que iba embarcada.
Durante el paseo, mi amo, después de haber asegurado con su habitual
aplomo que si el almirante Córdova, en vez de mandar virar a estribor
hubiera mandado virar a babor, la batalla del 14 no se habría perdido,
entabló la conversación sobre el famoso proyecto, y aunque no dijeron
claramente su propósito, sin duda por estar yo delante, comprendí por
algunas palabras sueltas que trataban de ponerlo en ejecución a
cencerros tapados, marchándose de la casa lindamente una mañana, sin que
mi ama lo advirtiese.
Regresamos a la casa y allí se habló de cosas muy distintas. Mi amo, que
siempre era complaciente con su mujer, lo fue aquel día más que nunca.
No decía Doña Francisca cosa alguna, aunque fuera insignificante, sin
que él lo celebrara con risas inoportunas. Hasta me parece que la regaló
algunas fruslerías, demostrando en todos sus actos el deseo de tenerla
contenta; sin duda por esta misma complacencia oficiosa mi ama estaba
díscola y regañona cual nunca la había yo visto. No era posible
transacción honrosa. Por no sé qué fútil motivo, riñó con Marcial,
intimándole la inmediata salida de la casa; también dijo terribles cosas
a su marido; y durante la comida, aunque éste celebraba todos los platos
con desusado calor, la implacable dama no cesaba de gruñir.
Llegada la hora de rezar el rosario, acto solemne que se verificaba en
el comedor con asistencia de todos los de la casa, mi amo, que otras
veces solía dormirse, murmurando perezosamente los
_Pater-noster_, lo cual le valía algunas reprimendas, estuvo
aquella noche muy despabilado y rezó con verdadero empeño, haciendo que
su voz se oyera entre todas las demás.