--¡Bonito gusto, hombre de Dios! ¡Ver cómo se matan esos locos! Si el

Rey de las Españas me hiciera caso, mandaría a paseo a los ingleses y

les diría: «Mis vasallos queridos no están aquí para que ustedes se

diviertan con ellos. Métanse ustedes en faena unos con otros si quieren

juego». ¿Qué creen? Yo, aunque tonta, bien sé lo que hay aquí, y es que

el Primer Cónsul, Emperador, Sultán, o lo que sea, quiere acometer a

los ingleses, y como no tiene hombres de alma para el caso, ha embaucado

a nuestro buen Rey para que le preste los suyos, y la verdad es que nos

está fastidiando con sus guerras marítimas. Díganme ustedes: ¿a España

qué le va ni le viene en esto? ¿Por qué ha de estar todos los días

cañonazo y más cañonazo por una simpleza? Antes de esas picardías que

Marcial ha contado, ¿qué daño nos habían hecho los ingleses? ¡Ah, si

hicieran caso de lo que yo digo, el señor de Bonaparte armaría la guerra

solo, o si no que no la armara!

--Es verdad--dijo mi amo--, que la alianza con Francia nos está

haciendo mucho daño, pues si algún provecho resulta es para nuestra

aliada, mientras todos los desastres son para nosotros.

--Entonces, tontos rematados, ¿para qué se os calientan las pajarillas

con esta guerra?

--El honor de nuestra nación está empeñado--contestó D. Alonso--, y una

vez metidos en la danza, sería una mengua volver atrás. Cuando estuve el

mes pasado en Cádiz en el bautizo de la hija de mi primo, me decía

Churruca: «Esta alianza con Francia, y el maldito tratado de San

Ildefonso, que por la astucia de Bonaparte y la debilidad de Godoy se

ha convertido en tratado de subsidios, serán nuestra ruina, serán la

ruina de nuestra escuadra, si Dios no lo remedia, y, por tanto, la ruina

de nuestras colonias y del comercio español en América. Pero, a pesar de

todo, es preciso seguir adelante».

--Bien digo yo--añadió doña Francisca--, que ese Príncipe de la Paz se

está metiendo en cosas que no entiende. Ya se ve, ¡un hombre sin

estudios! Mi hermano el arcediano, que es partidario del príncipe

Fernando, dice que ese señor Godoy es un alma de cántaro, y que no ha

estudiado latín ni teología, pues todo su saber se reduce a tocar la y a

conocer los veintidós modos de bailar la gavota. Parece que por su linda

cara le han hecho, primer ministro. Así andan las cosas de España;

luego, hambre y más hambre... todo tan caro... la fiebre amarilla

asolando a Andalucía... Está esto bonito, sí, señor... Y de ello tienen

ustedes la culpa--continuó engrosando la voz y poniéndose muy

encarnada--, sí señor, ustedes que ofenden a Dios matando tanta gente;

ustedes, que si en vez de meterse en esos endiablados barcos, se fueran

a la iglesia a rezar el rosario, no andaría Patillas tan suelto por

España haciendo diabluras.

--Tú irás a Cádiz también--dijo D. Alonso ansioso de despertar el

entusiasmo en el pecho de su mujer--; irás a casa de Flora, y desde el

mirador podrás ver cómodamente el combate, el humo, los fogonazos, las

banderas... Es cosa muy bonita.

--¡Gracias, gracias! Me caería muerta de miedo. Aquí nos estaremos

quietos, que el que busca el peligro en él perece.

Así terminó aquel diálogo, cuyos pormenores he conservado en mi memoria,

a pesar del tiempo transcurrido. Mas acontece con frecuencia que los

hechos muy remotos, correspondientes a nuestra infancia, permanecen

grabados en la imaginación con mayor fijeza que los presenciados en edad

madura, y cuando predomina sobre todas las facultades la razón.

Aquella noche D. Alonso y Marcial siguieron conferenciando en los pocos

ratos que la recelosa Doña Francisca los dejaba solos. Cuando ésta fue a

la parroquia para asistir a la novena, según su piadosa costumbre, los

dos marinos respiraron con libertad como escolares bulliciosos que

pierden de vista al maestro. Encerráronse en el despacho, sacaron unos

mapas y estuvieron examinándolos con gran atención; luego leyeron

ciertos papeles en que había apuntados los nombres de muchos barcos

ingleses con la cifra de sus cañones y tripulantes, y durante su

calurosa conferencia, en que alternaba la lectura con los más enérgicos

comentarios, noté que ideaban el plan de un combate naval.

Marcial imitaba con los gestos de su brazo y medio la marcha de las

escuadras, la explosión de las andanadas; con su cabeza, el balance de

los barcos combatientes; con su cuerpo, la caída de costado del buque

que se va a pique; con su mano, el subir y bajar de las banderas de

señal; con un ligero silbido, el mando del contramaestre; con los

porrazos de su pie de palo contra el suelo, el estruendo del cañón; con

su lengua estropajosa, los juramentos y singulares voces del combate; y

como mi amo le secundase en esta tarea con la mayor gravedad, quise yo

también echar mi cuarto a espadas, alentado por el ejemplo, y dando

natural desahogo a esa necesidad devoradora de meter ruido que domina el

temperamento de los chicos con absoluto imperio. Sin poderme contener,

viendo el entusiasmo de los dos marinos, comencé a dar vueltas por la

habitación, pues la confianza con que por mi amo era tratado me

autorizaba a ello; remedé con la cabeza y los brazos la disposición de

una nave que ciñe el viento, y al mismo tiempo profería, ahuecando la

voz, los retumbantes monosílabos que más se parecen al ruido de un

cañonazo, tales como ¡bum, bum, bum!... Mi respetable amo, el mutilado

marinero, tan niños como yo en aquella ocasión, no pararon mientes en lo

que yo hacía, pues harto les embargaban sus propios pensamientos.

¡Cuánto me he reído después recordando aquella escena, y cuán cierto es,

por lo que respecta a mis compañeros en aquel juego, que el entusiasmo

de la ancianidad convierte a los viejos en niños, renovando las

travesuras de la cuna al borde mismo del sepulcro!

Muy enfrascados estaban ellos en su conferencia, cuando sintieron los

pasos de Doña Francisca que volvía de la novena.

«¡Qué viene!--exclamó Marcial con terror.

Y al punto guardaron los planos, disimulando su excitación, y pusiéronse

a hablar de cosas indiferentes. Pero yo, bien porque la sangre juvenil

no podía aplacarse fácilmente, bien porque no observé a tiempo la

entrada de mi ama, seguí en medio del cuarto demostrando mi enajenación

con frases como éstas, pronunciadas con el mayor desparpajo: ¡la mura a

estribor!... ¡orza!... ¡la andanada de sotavento!... ¡fuego!... ¡bum,

bum!... Ella se llegó a mí furiosa, y sin previo aviso me descargó en

la popa la andanada de su mano derecha con tan buena puntería, que me

hizo ver las estrellas.

«¡También tú!--gritó vapuleándome sin compasión--. Ya ves--añadió

mirando a su marido con centelleantes ojos--: tú le enseñas a que pierda

el respeto... ¿Te has creído que estás todavía en la Caleta, pedazo de

zascandil?

La zurra continuó en la forma siguiente: yo caminando a la cocina,

lloroso y avergonzado, después de arriada la bandera de mi dignidad, y

sin pensar en defenderme contra tan superior enemigo; Doña Francisca

detrás dándome caza y poniendo a prueba mi pescuezo con los repetidos

golpes de su mano. En la cocina eché el ancla, lloroso, considerando

cuán mal había concluido mi combate naval.

-V-

Para oponerse a la insensata determinación de su marido, Doña Francisca

no se fundaba sólo en las razones anteriormente expuestas; tenía, además

de aquéllas, otra poderosísima, que no indicó en el diálogo anterior,

quizá por demasiado sabida.

Pero el lector no la sabe y voy a decírsela. Creo haber escrito que mis

amos tenían una hija. Pues bien: esta hija se llamaba Rosita, de edad

poco mayor que la mía, pues apenas pasaba de los quince años, y ya

estaba concertado su matrimonio con un joven oficial de Artillería

llamado Malespina, de una familia de Medinasidonia, lejanamente

emparentada con la de mi ama. Habíase fijado la boda para fin de

Octubre, y ya se comprende que la ausencia del padre de la novia habría

sido inconveniente en tan solemnes días.

Voy a decir algo de mi señorita, de su novio, de sus amores, de su

proyectado enlace y... ¡ay!, aquí mis recuerdos toman un tinte

melancólico, evocando en mi fantasía imágenes importunas y exóticas

como si vinieran de otro mundo, despertando en mi cansado pecho

sensaciones que, a decir verdad, ignoro si traen a mi espíritu alegría o

tristeza. Estas ardientes memorias, que parecen agostarse hoy en mi

cerebro, como flores tropicales trasplantadas al Norte helado, me hacen

a veces reír, y a veces me hacen pensar... Pero contemos, que el lector

se cansa de reflexiones enojosas sobre lo que a un solo mortal interesa.

Rosita era lindísima. Recuerdo perfectamente su hermosura, aunque me

sería muy difícil describir sus facciones. Parece que la veo sonreír

delante de mí. La singular expresión de su rostro, a la de ningún otro

parecida, es para mí, por la claridad con que se ofrece a mi

entendimiento, como una de esas nociones primitivas, que parece hemos

traído de otro mundo, o nos han sido infundidas por misterioso poder

desde la cuna. Y sin embargo, no respondo de poderlo pintar, porque lo

que fue real ha quedado como una idea indeterminada en mi cabeza, y nada

nos fascina tanto, así como nada se escapa tan sutilmente a toda

apreciación descriptiva, como un ideal querido.

Al entrar en la casa, creí que Rosita pertenecía a un orden de criaturas

superior. Explicaré mis pensamientos para que se admiren ustedes de mi

simpleza. Cuando somos niños, y un nuevo ser viene al mundo en nuestra

casa, las personas mayores nos dicen que le han traído de Francia, de

París o de Inglaterra. Engañado yo como todos acerca de tan singular

modo de perpetuar la especie, creía que los niños venían por encargo,

empaquetados en un cajoncito, como un fardo de quincalla. Pues bien:

contemplando por primera vez a la hija de mis amos, discurrí que tan

bella persona no podía haber venido de la fábrica de donde venimos

todos, es decir, de París o de Inglaterra, y me persuadí de la

existencia de alguna región encantadora, donde artífices divinos sabían

labrar tan hermosos ejemplares de la persona humana.

Como niños ambos, aunque de distinta condición, pronto nos tratamos con

la confianza propia de la edad, y mi mayor dicha consistía en jugar con

ella, sufriendo todas sus impertinencias, que eran muchas, pues en

nuestros juegos nunca se confundían las clases: ella era siempre

señorita, y yo siempre criado; así es que yo llevaba la peor parte, y si

había golpes, no es preciso indicar aquí quién los recibía.

Ir a buscarla al salir de la escuela para acompañarla a casa, era mi

sueño de oro; y cuando por alguna ocupación imprevista se encargaba a

otra persona tan dulce comisión, mi pena era tan profunda, que yo la

equiparaba a las mayores penas que pueden pasarse en la vida, siendo

hombre, y decía: «Es imposible que cuando yo sea grande experimente

desgracia mayor». Subir por orden suya al naranjo del patio para coger

los azahares de las más altas ramas, era para mí la mayor de las

delicias, posición o preeminencia superior a la del mejor rey de la

tierra subido en su trono de oro; y no recuerdo alborozo comparable al

que me causaba obligándome a correr tras ella en ese divino e inmortal

juego que llaman.

Si ella corría como una gacela, yo volaba como un pájaro para cogerla

más pronto, asiéndola por la parte de su cuerpo que encontraba más a

mano. Cuando se trocaban los papeles, cuando ella era la perseguidora y

a mí me correspondía el ser cogido, se duplicaban las inocentes y puras

delicias de aquel juego sublime, y el paraje más obscuro y feo, donde

yo, encogido y palpitante, esperaba la impresión de sus brazos ansiosos

de estrecharme, era para mí un verdadero paraíso. Añadiré que jamás,

durante aquellas escenas, tuve un pensamiento, una sensación, que no

emanara del más refinado idealismo.

¿Y qué diré de su canto? Desde muy niña acostumbraba a cantar el

_olé_ y las _cañas_, con la maestría de los

ruiseñores, que lo saben todo en materia de música sin haber aprendido

nada. Todos le alababan aquella habilidad, y formaban corro para oírla;

pero a mí me ofendían los aplausos de sus admiradores, y hubiera deseado

que enmudeciera para los demás. Era aquel canto un gorjeo melancólico,

aun modulado por su voz infantil. La nota, que repercutía sobre sí

misma, enredándose y desenredándose, como un hilo sonoro, se perdía

subiendo y se desvanecía alejándose para volver descendiendo con timbre

grave. Parecía emitida por un avecilla, que se remontara primero al

Cielo, y que después cantara en nuestro propio oído. El alma, si se me

permite emplear un símil vulgar, parecía que se alargaba siguiendo el

sonido, y se contraía después retrocediendo ante él, pero siempre

pendiente de la melodía y asociando la música a la hermosa cantora. Tan

singular era el efecto, que para mí el oírla cantar, sobre todo en

presencia de otras personas, era casi una mortificación.

Teníamos la misma edad, poco más o menos, como he dicho, pues sólo

excedía la suya a la mía en unos ocho o nueve meses. Pero yo era

pequeñuelo y raquítico, mientras ella se desarrollaba con mucha lozanía,

y así, al cumplirse los tres años de mi residencia en la casa, ella

parecía de mucha más edad que yo. Estos tres años se pasaron sin

sospechar nosotros que íbamos creciendo, y nuestros juegos no se

interrumpían, pues ella era más traviesa que yo, y su madre la reñía,

procurando sujetarla y hacerla trabajar.

Al cabo de lo tres años advertí que las formas de mi idolatrada señorita

se ensanchaban y redondeaban, completando la hermosura de su cuerpo: su

rostro se puso más encendido, más lleno, más tibio; sus grandes ojos más

vivos, si bien con la mirada menos errátil y voluble; su andar más

reposado; sus movimientos no sé si más o menos ligeros, pero ciertamente

distintos, aunque no podía entonces ni puedo ahora apreciar en qué

consistía la diferencia. Pero ninguno de estos accidentes me confundió

tanto como la transformación de su voz, que adquirió cierta sonora

gravedad bien distinta de aquel travieso y alegre chillido con que me

llamaba antes, trastornándome el juicio, y obligándome a olvidar mis

quehaceres, para acudir al juego. El capullo se convertía en rosa y la

crisálida en.

Un día mil veces funesto, mil veces lúgubre, mi amita se presentó ante

mí con traje bajo. Aquella transfiguración produjo en mí tal impresión,

que en todo el día no hablé una palabra. Estaba serio como un hombre que

ha sido vilmente engañado, y mi enojo contra ella era tan grande, que en

mis soliloquios probaba con fuertes razones que el rápido crecimiento de

mi amita era una felonía. Se despertó en mí la fiebre del raciocinar, y

sobre aquel tema controvertía apasionadamente conmigo mismo en el

silencio de mis insomnios. Lo que más me aturdía era ver que con unas

cuantas varas de tela había variado por completo su carácter. Aquel día,

mil veces desgraciado, me habló en tono ceremonioso, ordenándome con

gravedad y hasta con displicencia las faenas que menos me gustaban; y

ella, que tantas veces fue cómplice y encubridora de mi holgazanería, me

reprendía entonces por perezoso. ¡Y a todas éstas, ni una sonrisa, ni un

salto, ni una monada, ni una veloz carrera, ni un poco de

_olé_, ni esconderse de mí para que la buscara, ni fingirse

enfadada para reírse después, ni una disputilla, ni siquiera un pescozón

con su blanda manecita!

¡Terribles crisis de la existencia! ¡Ella se había convertido en mujer,

y yo continuaba siendo niño!

No necesito decir que se acabaron los retozos y los juegos; ya no volví

a subir al naranjo, cuyos azahares crecieron tranquilos, libres de mi

enamorada rapacidad, desarrollando con lozanía sus hojas y con todo lujo

su provocativa fragancia; ya no corrimos más por el patio, ni hice más

viajes a la escuela, para traerla a casa, tan orgulloso de mi comisión

que la hubiera defendido contra un ejército, si éste hubiera intentado

quitármela. Desde entonces Rosita andaba con la mayor circunspección y

gravedad; varias veces noté que al subir una escalera delante de mí,

cuidaba de no mostrar ni una línea ni una pulgada más arriba de su

hermoso tobillo, y este sistema de fraudulenta ocultación era una ofensa

a la dignidad de aquel cuyos ojos habían visto algo más arriba. Ahora me

río considerando cómo se me partía el corazón con aquellas cosas.

Pero aún habían de ocurrir más terribles desventuras. Al año de su

transformación, la tía Martina, Rosario la cocinera, Marcial y otros

personajes de la servidumbre, se ocupaban un día de cierto grave asunto.

Aplicando mi diligente oído, luego me enteré de que corrían rumores

alarmantes: la señorita se iba a casar. La cosa era inaudita, porque yo

no le conocía ningún novio. Pero entonces lo arreglaban todo los

padres, y lo raro es que a veces no salía del todo mal.

Pues un joven de gran familia pidió su mano, y mis amos se la

concedieron. Este joven vino a casa acompañado de sus padres, que eran

una especie de condes o marqueses, con un título retumbante. El

pretendiente traía su uniforme de Marina, en cuyo honroso Cuerpo servía;

pero a pesar de tan elegante jaez, su facha era muy poco agradable. Así

debió parecerle a mi amita, pues desde un principio mostró repugnancia

hacia aquella boda. Su madre trataba de convencerla, pero inútilmente, y

le hacía la más acabada pintura de las buenas prendas del novio, de su

alto linaje y grandes riquezas. La niña no se convencía, y a estas

razones oponía otras muy cuerdas.

Pero la pícara se callaba lo principal, y lo principal era que tenía

otro novio, a quien de veras amaba. Este otro era un oficial de

Artillería, llamado, de muy buena presencia y gentil figura. Mi amita le

había conocido en la iglesia, y el pérfido amor se apoderó de ella,

mientras rezaba; pues siempre fue el templo lugar muy a propósito, por

su poético y misterioso recinto, para abrir de par en par al amor las

puertas del alma. Malespina rondaba la casa, lo cual observé yo varias

veces; y tanto se habló en Vejer de estos amores, que el otro lo supo, y

se desafiaron. Mis amos supieron todo cuando llegó a casa la noticia de

que Malespina había herido mortalmente a su rival.

El escándalo fue grande. La religiosidad de mis amos se escandalizó

tanto con aquel hecho, que no pudieron disimular su enojo, y Rosita fue

la víctima principal. Pero pasaron meses y más meses; el herido curó, y

como Malespina fuese también persona bien nacida y rica, se notaron en

la atmósfera política de la casa barruntos de que el joven D. Rafael iba

a entrar en ella. Renunciaron al enlace los padres del herido, y en

cambio el del vencedor se presentó en casa a pedir para su hijo la mano

de mi querida amita. Después de algunas dilaciones, se la concedieron.

Me acuerdo de cuando fue allí. Era un señor muy seco y estirado, con

chupa de treinta colores, muchos colgajos en el reloj, gran coleto, y

una nariz muy larga y afilada, con la cual parecía olfatear a las

personas que le sostenían la conversación. Hablaba por los codos y no

dejaba meter baza a los demás: él se lo decía todo, y no se podía

elogiar cosa alguna, porque al punto salía diciendo que tenía otra

mejor. Desde entonces le taché por hombre vanidoso y mentirosísimo, como

tuve ocasión de ver claramente más tarde. Mis amos le recibieron con

agasajo, lo mismo que a su hijo, que con él venía. Desde entonces, el

novio siguió yendo a casa todos los días, sólo o en compañía de su

padre.

Nueva transformación de mi amita. Su indiferencia hacia mí era tan

marcada, que tocaba los límites del menosprecio. Entonces eché de ver

claramente por primera vez, maldiciéndola, la humildad de mi condición;

trataba de explicarme el derecho que tenían a la superioridad los que

realmente eran superiores, y me preguntaba, lleno de angustia, si era

justo que otros fueran nobles y ricos y sabios, mientras yo tenía por

abolengo la Caleta, por única fortuna mi persona, y apenas sabía leer.

Viendo la recompensa que tenía mi ardiente cariño, comprendí que a nada

podría aspirar en el mundo, y sólo más tarde adquirí la firme convicción

de que un grande y constante esfuerzo mío me daría quizás todo aquello

que no poseía.

En vista del despego con que ella me trataba, perdí la confianza; no me

atrevía a desplegar los labios en su presencia, y me infundía mucho más

respeto que sus padres. Entre tanto, yo observaba con atención los

indicios del amor que la dominaba. Cuando él tardaba, yo la veía

impaciente y triste; al menor rumor que indicase la aproximación de

alguno, se encendía su hermoso semblante, y sus negros ojos brillaban

con ansiedad y esperanza. Si él entraba al fin, le era imposible a ella

disimular su alegría, y luego se estaban charlando horas y más horas,

siempre en presencia de Doña Francisca, pues a mi señorita no se le

consentían coloquios a solas ni por las rejas.

También había correspondencia larga, y lo peor del caso es que yo era el

correo de los dos amantes. ¡Aquello me daba una rabia...! Según la

consigna, yo salía a la plaza, y allí encontraba, más puntual que un

reloj, al señorito Malespina, el cual me daba una esquela para

entregarla a mi señorita. Cumplía mi encargo, y ella me daba otra para

llevarla a él. ¡Cuántas veces sentía tentaciones de quemar aquellas

cartas, no llevándolas a su destino! Pero por mi suerte, tuve serenidad

para dominar tan feo propósito.

No necesito decir que yo odiaba a Malespina. Desde que le veía entrar

sentía mi sangre enardecida, y siempre que me ordenaba algo, hacíalo con

los peores modos posibles, deseoso de significarle mi alto enojo. Este

despego que a ellos les parecía mala crianza y a mí un arranque de

entereza, propio de elevados corazones, me proporcionó algunas

reprimendas y, sobre todo, dio origen a una frase de mi señorita, que se

me clavó en el corazón como una dolorosa espina. En cierta ocasión le oí

decir:

«Este chico está tan echado a perder, que será preciso mandarle fuera de

casa».

Al fin se fijó el día para la boda, y unos cuantos antes del señalado

ocurrió lo que ya conté y el proyecto de mi amo. Por esto se comprenderá

que Doña Francisca tenía razones poderosas, además de la poca salud de

su marido, para impedirle ir a la escuadra.

-VI-

Recuerdo muy bien que al día siguiente de los pescozones que me aplicó

D. Francisca, movida del espectáculo de mi irreverencia y de su profundo

odio a las guerras marítimas, salí acompañando a mi amo en su paseo de

mediodía. Él me daba el brazo, y a su lado iba Marcial: los tres

caminábamos lentamente, conforme al flojo andar de D. Alonso y a la poca

destreza de la pierna postiza del marinero. Parecía aquello una de esas

procesiones en que marcha, sobre vacilante palanquín, un grupo de santos

viejos y apolillados, que amenazan venirse al suelo en cuanto se acelere

un poco el paso de los que les llevan. Los dos viejos no tenían expedito

y vividor más que el corazón, que funcionaba como una máquina recién

salida del taller. Era una aguja imantada, que a pesar de su fuerte

potencia y exacto movimiento, no podía hacer navegar bien el casco viejo

y averiado en que iba embarcada.

Durante el paseo, mi amo, después de haber asegurado con su habitual

aplomo que si el almirante Córdova, en vez de mandar virar a estribor

hubiera mandado virar a babor, la batalla del 14 no se habría perdido,

entabló la conversación sobre el famoso proyecto, y aunque no dijeron

claramente su propósito, sin duda por estar yo delante, comprendí por

algunas palabras sueltas que trataban de ponerlo en ejecución a

cencerros tapados, marchándose de la casa lindamente una mañana, sin que

mi ama lo advirtiese.

Regresamos a la casa y allí se habló de cosas muy distintas. Mi amo, que

siempre era complaciente con su mujer, lo fue aquel día más que nunca.

No decía Doña Francisca cosa alguna, aunque fuera insignificante, sin

que él lo celebrara con risas inoportunas. Hasta me parece que la regaló

algunas fruslerías, demostrando en todos sus actos el deseo de tenerla

contenta; sin duda por esta misma complacencia oficiosa mi ama estaba

díscola y regañona cual nunca la había yo visto. No era posible

transacción honrosa. Por no sé qué fútil motivo, riñó con Marcial,

intimándole la inmediata salida de la casa; también dijo terribles cosas

a su marido; y durante la comida, aunque éste celebraba todos los platos

con desusado calor, la implacable dama no cesaba de gruñir.

Llegada la hora de rezar el rosario, acto solemne que se verificaba en

el comedor con asistencia de todos los de la casa, mi amo, que otras

veces solía dormirse, murmurando perezosamente los

_Pater-noster_, lo cual le valía algunas reprimendas, estuvo

aquella noche muy despabilado y rezó con verdadero empeño, haciendo que

su voz se oyera entre todas las demás.

Trafalgar · 第 2 / 12 段