conmovida, sus ojos se llenaron de lágrimas y luego me asió las manos y
exclamó con un acento profundamente doloroso y sentido:
--Me ha consagrado usted su vida, a mí, a la pobre muchacha abandonada,
a la infeliz trapera. Dios se lo pague a usted. ¡Quiera Dios que yo
pudiera hacer a usted feliz!
--Yo soy feliz, la contesté, conque tú vivas tranquila, conque seas mi
hermana. Ha sido necesario dar este paso para arrancarte del convento.
Yo continúo mi vida sin deseos y sin esperanza, consagrada a ti, que
continúas siendo mi hija.
Aproveché un pretexto y fui por un instante a encerrarme en mi gabinete.
Allí seguro de no ser oído, de no ser visto, rompí a llorar: si no
hubiera llorado mi corazón se hubiera roto.
Yo la hubiera estrechado entre mis brazos, la hubiera arrancado
frenético aquella corona de rosas blancas...
De seguro Amparo hubiera sido para mí una esposa sumisa...
Pero... yo quería su amor... y ella... ¡ella se había casado conmigo
porque se lo mandaba yo! ¡por agradecimiento!
Temía hablarla de mi amor; temía indicárselo; temía que ella se
violentase, que se fingiese enamorada de mí para pagarme con un
sacrificio inmenso mi protección... ¡No! Esto no podía ser... ¡yo debía
continuar con mi careta puesta... es más: debía mostrarme contento,
feliz... sólo me quedaba un recurso: estar poco tiempo a su lado y
viajar mucho; evitar un momento de olvido.
Yo era infeliz.
Pero era indudablemente menos infeliz que lo hubiera sido siendo ella
monja.
No sé qué alegría misteriosa inundaba mi alma. Si no era mía, no sería
de otro...
Era una posición de cierto género, y acaso... con la costumbre de
verme... ¿quién sabe?
Yo esperaba.
¿Viviría el hombre a quien amaba Amparo?
¿La habría seducido este hombre?... ¿La habría abandonado?...
¡La duda! ¡Horrible espectro que ennegrece nuestra alma con su sombra!
¿Habéis dudado alguna vez de vuestra esposa o de vuestra madre...?
Porque si no habéis dudado alguna vez de cualquiera de esos dos seres
que son vuestro corazón y vuestro nombre, no comprenderéis lo terrible
de la duda cuando se refiere a objetos tan sagrados.
Yo me encontraba en una situación enteramente excepcional, y sufría
todas sus consecuencias.
Sin embargo, las aceptaba, y cien veces que hubiera sido necesario
hubiera vuelto a casarme con Amparo.
¡Cómo llenaba mi alma! ¡Cómo la enloquecía! ¡Cómo la desesperaba!
¡Cuánto la había divinizado mi amor!
Todo en ella para mí era perfecto.
Todo en ella para mí era ardiente.
Era un ángel de fuego que me precedía, me llevaba, me arrastraba, no
sabía a donde.
Ahora ya lo sé.
Ese ángel divino me ha traído a una casa de locos.
* * *
Volví a su lado perfectamente tranquilo.
Es decir fingiendo de una manera perfecta una perfecta tranquilidad.
Ella estaba sentada en un sillón junto a la chimenea y arreglaba
tranquilamente el fuego.
Cuando me sintió se reclinó en el sillón, y me dijo sonriendo, con la
cabeza echada atrás sobre el respaldo:
--¡Que feliz soy, Luis!
Era la primera vez que Amparo pronunciaba mi nombre de una manera tan
familiar.
Ahora recuerdo que es también la primera vez en que yo le escribo en
estas memorias.
En efecto, yo me llamó Luis.
Admirome aquella tranquilidad, aquella familiaridad, aquella sonrisa,
aquel no sé qué seductor, incitante que emana de ella.
Sin duda Amparo había tomado su partido aceptando por entero el
sacrificio.
Este pensamiento me desgarró el alma.
Sin embargo me mantuve firme.
--Yo también soy feliz--la dije--yo necesitaba el afecto desinteresado,
noble y puro de una hermana, y le tengo en ti.
--¡Oh! yo le amo a usted como si fuera mi padre... ¡y cuánta
generosidad, Dios mío! ¿Cómo no ha retrocedido usted ante la idea de que
el mundo donde vive pretenda averiguar quién soy y de dónde vengo?
--Nada me importa eso: lo que me estremecía era que sin vocación...
--¡Y se ha sacrificado usted por mí...! ¡se ha imposibilitado de ser
feliz mañana...! ¡si encuentra usted una mujer que le enamore...!
¡vamos no sé en qué he estado pensando...! ¡yo no he debido...! ¡si por
un acaso...! ¡pero no... no puede ser...!
Acercó un sillón al mío y me dijo pálida y conmovida.
--Estamos en una situación solemne, Luis: en una situación en que acaso
no se han encontrado dos personas solas: debemos ser francos... ¿Será
acaso?
Y se detuvo.
--Continúa, continúa; parece que te cuesta trabajo lo que me vas a
decir.
--Sí, sí; lo confieso; pero es preciso, es mi deber: habiendo llegado al
punto en que nos encontramos, es necesario que yo sepa... lo que debo
hacer para...
--¿Para qué?
--Para ser digna de tanto beneficio.
Y luego haciendo un supremo esfuerzo añadió de una manera penosa:
--Luis: ¿me ama usted?
--¡Yo! ¡no!--la contesté sonriendo, porque había adivinado la pregunta y
me había preparado.
--¡No! es decir... que se ha casado usted conmigo... ¡por... caridad!
--Amparo, hija mía--la dije--tu gran corazón te atormenta: ¡crees que he
hecho un sacrificio inmenso... que te he sacrificado mi libertad! no...
te engañas: estoy muerto para el amor, para ese amor ardiente que nos
embriaga y nos arroja a los pies de una mujer... no, hija mía, no; eres
demasiado pura para que mi corazón, gastado ya, pueda amarte más que con
ese otro amor desinteresado de la amistad; si no hubieras pretendido
entrar en un convento, yo... nada te hubiera propuesto: te hubiera
tratado como un hermano y nada más: el día en que te hubieras casado con
un hombre de tu elección hubiera sido completamente feliz. Pero te
obstinabas, no sé por qué en ser monja: habías dado un paso decisivo, y
era necesario dar otro paso contrario, decisivo también; me daba miedo
tu resolución... tú estabas sin duda desesperada...
--No--me contestó tristemente.
--Tú has amado, Amparo; amas.
--¿Es decir que somos hermanos...? ¿que es usted tan generoso que no
mira en mí siempre más que a la pobre Amparo?
--No hay en mí generosidad, más hay afecto.
--Pues bien: si somos hermanos, podemos hablar con franqueza.
Yo la observaba y vi que su frente se había serenado.
--Sí, hablemos con franqueza--la dije.
--Pues bien: he amado a un hombre.
--¿A un hombre digno de ti?
--¿Digno de mí! ¡digno de ser adorado, digno de una felicidad que le ha
negado Dios!
--¿Joven?
--Joven y hermoso.
--¿Y él te amaba?
--Sí--me contestó, con su triste sonrisa habitual.
--¿Y entonces... por qué no os habéis casado?
--¡Ha muerto!--exclamó Amparo.
Y se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar.
Pero de una manera desconsolada, como si su alma entera se exhalase en
aquel llanto.
--Pero--me dijo entre sus lágrimas--a usted le amo también: le amo de
una manera profunda; como a mi hermano... más... más aún... como amaría
a mi madre... por hacerle a usted feliz daría mi vida... y cuando el
padre Ambrosio me dijo que quería usted casarse conmigo...
--¡Te aterraste!
--No, no: en el momento de hacerme el padre Ambrosio la proposición en
nombre de usted, me dije: se casa conmigo por caridad: por arrancarme de
esta sepultura a que he venido desesperada: en él la caridad es la vida:
no amarguemos su vida y consentí. Pero cuando me quedé sola se me
ocurrió que tal vez podría haber en usted más que caridad: acaso me ame,
pensé: si me ama... yo le pertenezco, yo soy suya, yo debo amarle.
--¿Y tu amor?
--¡Es verdad! por eso debíamos hablar con franqueza y hemos hablado: en
mí hay dos amores: uno puro, desinteresado, noble, profundo: el que
usted me inspira: mi amor antes de hija, ahora de hermana: el otro amor
es un desdichado amor, sin esperanza: un amor que enluta mi alma y la
desespera: si un día me sorprende usted llorando, no lo extrañe usted:
yo cuidaré mucho que los extraños no vean el dolor en mi semblante; todo
el mudo me creerá feliz, y lo seré, en efecto, al lado de usted; pero...
permítame usted que llore alguna vez por mi amor perdido; por el amor
del hombre que Dios no me ha querido conceder. Esto no debe serle a
usted doloroso, porque no me ama sino como un hermano; no puede usted
temer que el objeto de mi amor manche su nombre, porque es imposible, de
todo punto imposible que pueda mancharle.
--Me harás amar por ti a ese fantasma: fantasma para mí puesto que ha
muerto y no sé ni quiero saber su nombre.
--¡Oh, sí! yo le amaré siempre, siempre, con toda mi alma. Usted no
tendrá celos, ¿no es verdad?
--Siento únicamente que ese hombre haya muerto... porque al fin,
viviendo él, hubieras sido su esposa...
--No hablemos nunca de esto más: nunca... nunca: ha sido una explicación
precisa. Ahora, mi buen hermano, suplico a usted me diga cuál es mi
aposento. Necesito descanso; reposo; he sufrido mucho.
--Vamos a tener dentro de un momento al lado personas extrañas; es
necesario que delante de ellas no me hables de usted.
Aquello era ir de mal en peor.
Comprendí que no podía vivir al lado de Amparo sin que muy pronto me
olvidase del todo y me convirtiese en su tirano.
En el tirano de una víctima resignada.
¿Acaso no tenía el reciente recuerdo de su repugnancia y de su terror al
sentir sobre su frente mis labios?
No, yo debía respetar aquella pasión viva; yo no debía ser infame; yo no
debía cobrar mis beneficios a tanta costa para Amparo.
Pero no pude resistir a una tentación.
Su aposento y el mío, para cubrir las apariencias, sólo estaban
separados por un gabinete y se comunicaban por dos puertas de escape.
Me retiré a mi aposento, cambié lentamente el traje negro que me había
puesto para la ceremonia por el de casa, dejé pasar, con una impaciencia
mortal algún tiempo, y luego abrí silenciosamente la puerta de escape de
mi alcoba, y me acerqué, sin causar el más leve ruido, a la otra puerta
de escape del dormitorio de Amparo.
Al frente, tras un bello pórtico de bambúes con cortinas de muselina
bordada, estaba su lecho.
Antes, esto es, entre la puerta desde donde yo observaba y el pórtico de
la alcoba, había un espacio cuadrado, y en su parte media, una mesa
arrimada a la pared.
Sobre la mesa había una lámpara con bomba de cristal opaca que esparcía
una luz velada a poca distancia.
Lo demás del dormitorio estaba en sombra; en una media sombra
fantástica.
Sentada en un sillón, junto a la mesa; apoyado en ella un precioso
brazo, que dejaban descubierto hasta el codo los encajes de la ancha
manga de su traje; apoyado el rostro en su mano, sola, inmóvil,
profundamente pensativa estaba Amparo.
Tenía ceñida aún la corona de rosas blancas.
Los brillantes de la especie de ajorca árabe, que yo la había enviado en
el canastillo de boda y que rodeaba el brazo en cuya mano apoyaba su
cabeza, me dejaban ver, heridos por la luz, destellos vivísimos, pero
inmóviles.
Amparo parecía una estatua de cera vestida de blanco.
Su mirada fija, abstraída, profunda, como vuelta hacia adentro, hacia su
alma, o como lanzada sin objeto a la inmensidad, al infinito, mirada que
no veía, dilatada, lúcida, brillante, llena de vida, pero de una vida
que espantaba, dejaba comprender la desesperación profunda, pero
resignada, paciente, intensamente dolorosa de un alma desolada.
Nunca había yo llegado a concebir tanto dolor y tanta resignación: nunca
una agonía tan lenta; nunca un sufrimiento tan agudo, soportado,
apurado, dominado con tanto valor: en Amparo no había esa expresión de
disgusto, de rabia, de lucha impotente; expresión de ángel rebelde y
condenado, que es una blasfemia muda; una blasfemia en imagen.
Era la víctima resignada al sacrificio.
La víctima humilde y fuerte, el alma cristiana que sufre la miseria de
la vida en su manifestación más dolorosa sin rebelarse contra la
voluntad de Dios.
En vano esperé que Amparo diese una muestra de debilidad ni de
impaciencia.
Continuaba inmóvil y tranquila: pero con una tranquilidad que me
desgarraba el alma.
Yo sufría de mil maneras distintas.
Primero, el inmenso infortunio de Amparo.
Después mi propio infortunio.
Luego sentía celos; unos horribles celos.
Yo no podía dudar que un amor malogrado, un amor sin esperanza, era la
causa de la desolación de Amparo.
Yo hubiera dado toda mi vida, por sentirme amado un solo momento y de
aquel modo por Amparo.
Además, al contemplarla tan hermosa, idealizada, transfigurada, casi me
atreveré a decir, divinizada por el sufrimiento, sentía hervir mi
sangre, latir mi corazón, abrasarse mi cabeza.
Yo estaba loco.
La misma fuerza de mi locura me contenía, impedía que yo lo olvidase
todo, que empujase la débil puerta que me separaba de ella y que me
arrojase en sus brazos.
Yo blasfemaba.
Acusaba de injusto, de cruel, de tirano, a Dios que me hacía comprender
de una manera tan horrible el tormento de Tántalo.
Estaba inmóvil; como petrificado.
La mirada de Amparo aunque no podía verme, caía sobre mi mirada,
absorbiendo mi alma, torturándola.
Lentamente fui perdiendo la conciencia de mí mismo.
Un sopor extraño se apoderó de mí.
Amparo empezó a tomar lentamente un aspecto fantástico; a abrillantarse
su mirada, a resplandecer; su figura se aisló en medio de una niebla
vaga, azulada: desapareció a mi vista todo lo que la rodeaba, y quedó
ella sola, inmóvil siempre, pero como suspendida en medio de un espacio
indefinible, en que ni había luz ni sombra.
Luego la vi alzarse lentamente, arrancarse su corona de rosas, y luego
irse despojando de sus joyas, de sus ropas; vi enteramente su hermoso
cuello: sus redondos hombros; luego su cabellera destrenzada agrupándose
de una manera maravillosa a ambos lados de su semblante; al fin se
volvió y se alejó lentamente; se abrieron las cortinas de la alcoba y
volvieron a cerrarse.
Amparo había desaparecido; la fascinación había cesado, y volví a sentir
la vida real.
A mi vez me retiré en silencio y me acosté.
Me acosté para apurar una horrible noche de fiebre y delirio.
* * *
¿Por qué había yo encontrado seis años antes, sola en medio de la noche,
recogiendo trapos a aquella niña?
¿Por qué me había causado compasión su miseria?
Yo maldecía mi caridad; la caridad que tan feliz me había hecho, y que
tan feliz había hecho a Amparo.
Y me decía:
«La caridad es una debilidad; la caridad es la manía de los imbéciles;
la caridad se vuelve contra quien la practica.
¿Por qué sentí caridad hacia Amparo?
Porque era un insensato.»
* * *
Al día siguiente Amparo se me presentó tranquila y afectuosa; en vano
busqué alrededor de sus ojos ese círculo lívido que imprime una noche de
insomnio y de fiebre.
En vano esa palidez vaga del cansancio.
Amparo estaba fresca, sonriente; parecía feliz.
--¿Has dormido bien?--la dije.
--¿Y por qué no? nunca se duerme mejor que cuando nada se desea, cuando
se ha obtenido todo lo que se anhelaba: ¿y tú Luis? estás pálido,
pareces triste; si continúas así, creeré que te has sacrificado a mi
felicidad.
--¡Oh! no: yo creía que tú... que sufrías; pero veo con placer que me he
engañado; te prometo dormir esta noche tan bien como tú.
--Pues tranquilízate completamente, me contestó; yo nada deseo, nada
quiero más que tu amor... tu amor tal cual le siento, tal cual yo le
siento por ti; hermanos, siempre hermanos; dos y uno... ¿no es cierto
que es una felicidad que podamos amarnos de este modo?
--¡Oh! si el mundo conociese la verdad de nuestra posición, ¿qué diría?
--Se burlaría de nosotros, porque el mundo, que nunca profundiza, que
nunca pasa más allá de las apariencias, es muy injusto, o por mejor
decir, muy ciego. Pero si el mundo supiese que entrambos hemos amado y
sufrido; que de nuestro sufrimiento y de nuestra lucha sólo hemos sacado
la conciencia ilesa, comprendería nuestra mutua posición; tú has dejado
enterrado tu amor en el lodazal de tu juventud; ha muerto allí sofocado,
no existe para ti; yo amo a un fantasma imposible y entrambos, con el
corazón vacío para ese amor ardiente, que Dios ha puesto en el alma del
hombre y de la mujer, satisfechos el uno del otro, nos apoyamos
mutuamente y nos amamos con un amor infinitamente más puro. Debemos,
pues, dar gracias de nuestra felicidad a Dios.
* * *
¿Me había yo engañado la noche antes?
¿Era en efecto feliz Amparo?
¿O era que tenía tanta fuerza, tanto poder para ocultar su sufrimiento
como para soportarle?
* * *
Nunca me pareció un día tan largo.
Cuando nos separamos aquella noche ya bastante tarde, corrí a mi
acechadero.
Amparo no estaba inmóvil como la noche anterior; tenía un cofrecito
sobre la mesa y sacaba de él papeles escritos, que leía y ordenaba.
Amparo con la cabeza inclinada sobre el pecho, lloraba leyendo aquellos
papeles.
Lloraba de una manera desconsoladora, comprimiendo sus sollozos.
¿Era que la noche antes, sobrecogida, aturdida del golpe, por llamar así
su casamiento conmigo, la intensidad del dolor había comprimido sus
lágrimas, anegado sus sollozos?
Era indudable que Amparo se rendía a su dolor.
Era indudable que Amparo sufría una desgracia inmensa.
Y leía y releía aquellos papeles.
¡Cartas sin duda del hombre a quien amaba!
Después vi en sus manos un medallón que sacó también del cofrecito,
parecía un retrato.
Amparo le estrechó contra sus labios, le separó de ellos, le miró de una
manera ansiosa, y exclamó:
--¡Oh Dios mío, Dios mío! ¡tened compasión de mí!
* * *
Se puso a escribir lentamente.
Con mucha frecuencia se abstraía y pasaba sin escribir un largo
intervalo.
Luego volvía a escribir.
Pasó así gran parte de la noche, y después recogió en el cofre los
papeles y el retrato, guardó cuidadosamente el cofre en un armario, se
desnudó y desapareció tras las cortinas de su alcoba.
Yo no supe ya qué pensar de Amparo.
Pero me cubrí con el más perfecto disimulo, como ella se cubría conmigo.
Nos tratábamos como si hubiéramos vivido juntos desde nuestros primeros
años.
Las gentes nos creían el matrimonio más feliz del mundo.
La tranquilidad aparente de Amparo cuando yo era testigo de su agonía
nocturna, de sus lágrimas y de lo intenso, de lo vivo, de lo inalterable
de su amor hacia aquel hombre, que era para mí un misterio, la
tranquilidad ficticia de Amparo, repito, me irritaba.
Durante un mes pude sufrir la lucha entablada entre mi razón y mis
celos; pero llegó un día en que me estremecí.
Empezaba a perder la razón; antes de perderla enteramente tomé una
resolución decisiva; la de separarme de Amparo, que era para mí un
tormento y un peligro, con el pretexto de un viaje para ir a visitar a
mi tío.
Amparo nada me dijo cuando la anuncié este viaje, más que las siguientes
palabras:
--Espero que volverás pronto.
Aquella noche salí de Madrid en una silla de postas.
Mi resolución era, no volver a ver más a Amparo.
* * *
Pero para cumplir una resolución es necesario ser dueño de sí mismo, y
yo no lo era.
Parecía... voy a procurar explicarme: parecía que mi alma había quedado
fuertemente asida a Amparo, y que cada vuelta de las ruedas de la silla
de postas que me conducía, estiraba mi alma, haciéndome sufrir un
tormento inexplicable.
Llegó un punto en que no pude resistir más.
Habían pasado algunas horas de una tortura aguda que se hacía más
dolorosa a medida que me alejaba de ella.
Mandé al conductor que volviese a Madrid.
Luego, le ofrecí una recompensa por cada minuto que ganase.
La silla de postas volaba.
Yo me había propuesto apurar mi destino cediendo sin resistencia a los
impulsos de mi corazón.
Había resuelto quitarme mi doloroso disfraz y morir poseyendo a Amparo.
A medida que este pensamiento tomaba consistencia, estimulaba al
conductor prometiéndole más.
La silla apenas tocaba con las ruedas al camino.
A pesar de esta agudez no pudimos llegar a Madrid hasta el medio día.
Cuando llegué a mi casa, subí anhelante las escaleras como si hubiese
estado mucho tiempo ausente de ella.
Dominado aún por la fiebre entré en las habitaciones de Amparo.
No estaba en ellas.
Pregunté a mi ayuda de cámara, y me dijo:
--La señora acaba de salir.
--¿Y adónde?
--Han traído una carta y la señora apenas la ha leído se ha puesto
pálida, ha pedido a Teresa una mantilla, y con el traje de casa,
acompañada de la misma Teresa, ha salido precipitadamente.
--¿A pie?
--Sí, señor, a pie.
--¿Y no sabe usted adónde ha ido?
--Nada ha dicho la señora.
Despedí a mi ayuda de cámara y me quedé solo paseándome por mi cuarto,
aterrado, sintiendo no sé qué recelos.
Yo no sabía qué pensar de Amparo; era para mí un misterio.
De repente una idea poco digna, pero disculpable en la situación en que
me encontraba, me llevó a su dormitorio:
«En el armario me había dicho, encierra el cofrecillo donde tiene el
retrato que besa, y los papeles que lee llorando. Si es necesario
forzaré el armario y conoceré a ese hombre, leeré esas cartas, sabré a
qué atenerme.»
Afortunadamente no me vi obligado a violentar nada: el armario tenía
puesta la llave en la cerradura.
Antes de abrir el armario, cerré las puertas para evitar una sorpresa
casual de los criados.
Luego abrí temblando el espejo que servía de puerta al armario.
En una tabla, cuidadosamente pegado a un rincón, estaba el cofrecillo.
En aquella misma tabla había otro objeto.
Un gancho de trapero.
El gancho representaba su pasado.
Acaso el cofrecillo constituía su presente.
Acaso yo al abrir aquel cofrecillo determinaría su porvenir.
Cuando el porvenir es sombriamente misterioso, tememos conocerle: como
el preso por una causa grave teme conocer la sentencia del juez.
Durante algunos minutos vacilé; dudé si debía desentrañar el misterio
que guardaba aquel cofrecillo, o si prefería la duda a la verdad.
Tres veces extendí mi mano hacia el cofrecillo, y tres veces la retiré.
Pero por terrible que sea la verdad es preferible a la duda.
Me apoderé al fin del cofrecillo, le puse sobre la mesa y le abrí.
Al abrirle mi corazón no latía.
Lo primero que vi fue un pequeño estuche.
Le abrí y encontré... la cruz de brillantes que le había regalado el día
que por primera vez almorzó conmigo.
La existencia en el cofrecillo de aquella cruz, me dio no sé qué
aliento, qué esperanza vaga, qué alegría íntima.
Luego seguí en mi inspección:
Buscaba el retrato y le hallé cuidadosamente envuelto en un papel muy
usado.
Necesité hacer un violento esfuerzo para mirar aquel retrato; pero
cuando le miré...
¡Oh! ¡Dios mío! ¡cuando le miré creí morir!
El retrato que Amparo besaba llorando; que estrechaba contra su corazón
y contra sus labios contemplando el cual pasaba inmóvil hora tras
hora... aquel retrato...
¡Aquel retrato era el mío!
* * *
¿Me habría yo engañado?
¿Habría otro retrato en el cofrecillo? sería aquel otro el que besaba
Amparo.
Revolví, busqué y encontré otro retrato.
Pero era un retrato de mujer, y tenía el marco negro.
Yo estaba seguro de que el retrato que besaba Amparo estaba contenido en
un medallón dorado.
Aquel retrato era el mío.
* * *
Sentí una vaguedad fría en mi cabeza: mis ojos se oscurecieron, no pude
sostenerme de pie, y me senté en el mismo sillón en que ella se sentaba.
Y allí, replegado sobre mí mismo, con la cabeza entre mis manos, creí
revolviendo mi destino; pasar mis dudas y mis celos; calmarse lentamente
mi desesperación; desaparecer mi presente de hacía un momento, e ir
creciendo aquel mi otro presente que hacía un momento había nacido.
Sentí comprimirse mi corazón, como necesitado de arrojar de sí un peso
insoportable, y luego sentí que mi corazón se dilataba y lloré en un
llanto largo, tranquilo, dulce, toda la hiel que había ido depositándose
en mi corazón.
Y luego me sentí inflamado de un fuego dulce, para mí desconocido; de un
fuego que parecía aislar dentro de sí mismo mi alma, purificarla,
levantarla hasta el cielo; pareciome tenerla en contacto con Dios,
bendecida por él; luego me sentí completamente abstraído,
espiritualizado, fuera del contacto de todo lo terreno, y pareciome
tocar con mi espíritu el espíritu de Dios, del Dios justo y bueno que
premia a los que lloran; y creí en Dios y le confesé con la inmensidad
de mi pensamiento.
Y ya no dudé, no: y al consagrar mi felicidad a Dios, me alcé fuerte y
tranquilo, lleno de vida y de juventud y de esperanza.
Aquel sueño de redención y de paz había pasado, y su reciente recuerdo
difundía en mi ser una calma inefable; ya mi aliento no salía ronco y
fatigoso de mi pecho: la vida me era fácil: el sol que penetraba por las
ventanas del jardín, tenía color de gloria: mis ojos veían luz: mi pecho
respiraba aire: parecíame que el espacio era armónico, que todo me
sonreía, que todo se asociaba a mi felicidad.
Al fin había encontrado aquel amor infinito, necesidad ardiente de mi
alma.
Al fin Dios me dejaba ver el ángel de fuego que debía ser paz y mi
gloria sobre la tierra.