Yo era el hombre más rico de la tierra; todo lo que había ansiado lo
tenía.
* * *
Los que no hayáis amado con toda vuestra alma y sin esperanza, no podéis
comprender lo que acabo de deciros.
Os reiréis de mí, y creeréis hacerme mucho favor llamándome solamente
loco.
Yo escribo para los que sufren; para los que lloran.
Los que no veis la vida sino al través del escepticismo, no podéis
comprenderme.
¡Callad! porque si estoy loco, mi libro es una verdad.
La verdad de la locura.
¿Estáis vosotros seguros de que tenéis razón?
¡Ah! ¡ah! ¡ah!
* * *
Puse otra vez los dos retratos y el estuche en el cofrecillo, éste en su
lugar, cerré el armario, y no sabiendo adónde había ido Amparo, me
resigné a esperar su vuelta con la menor impaciencia posible.
Al pasar por su gabinete vi una carta abierta sobre un velador.
Aquella carta era sin duda la que había causado la precipitada salida de
Amparo.
La leí y palidecí como ella había palidecido.
El padre Ambrosio había sido atacado de una congestión cerebral, y el
médico que le asistía lo participaba a Amparo.
Entonces comprendí por qué Amparo había salido de casa con tal
precipitación.
Yo salí del mismo modo, y recorrí en algunos minutos la distancia que
separaba mi casa de la del exclaustrado.
La primera persona que encontré en la habitación del religioso, sentada
y triste junto a una puerta cuyas cortinas estaban corridas, fue a
Amparo.
Al verme se levantó de una manera nerviosa, y sus ojos se fijaron en mí
con una alegría inmensa, pero aquella alegría tuvo la duración de un
relámpago.
--¡Ah!--dijo--yo no esperaba... que volviéseis tan pronto.
--¡Oh! sí--la dije--no puedo vivir separado de ti.
Y acercándome a ella, la abracé y la besé en la boca de una manera
ardiente.
Amparo dio un gritó, se retiró y me miró de una manera profunda.
Yo me rehice.
--He visto la carta en que te anunciaban el triste estado de nuestro
amigo--la dije.
--¡Oh! sí--dijo ella rehaciéndose a su vez--yo corrí, volé;
pero...--añadió tristemente--todos hemos llegado tarde.
--¡Ha muerto!
--No: pero no hay esperanza; se ha hecho cuanto puede hacerse.
Amparo calló y quedó profundamente triste.
--¿Y estás... sola?
--Sí... el infeliz duerme; Teresa ha ido a casa para que vengan Juan y
María; he mandado traer una cama; me siento mala, desesperada, Luis; era
mi padre.
* * *
El buen exclaustrado murió aquella misma tarde.
Amparo volvió a casa desolada, impresionada fuertemente; se encerró en
su aposento, y yo respeté su dolor.
* * *
Me vi obligado a continuar durante algunos días mi antiguo papel de
hermano.
Al fin, una mañana, Amparo me dijo:
--Siéntate a mi lado, Luis.
Me senté en el sofá junto a ella.
--Necesito que me expliques--me dijo--ciertas cosas que no comprendo
bien. Desde que has vuelto de tu extraño viaje eres otro.
--¿Otro?
--Sí por cierto, antes sufrías; ahora no sufres; antes no tenías ni fe
ni esperanza; ahora... Luis; yo veo en tus ojos otra vida... Luis; tú
has encontrado la felicidad que buscabas... yo quiero saber la causa de
tu felicidad.
Amparo tenía menos paciencia que yo, y pasaba la primera el límite que
tácitamente nos habíamos señalado.
Quise facilitarla el camino adelantándome a ella.
--Te engañas, Amparo--la dije--yo no soy feliz, bajo el punto de vista
que tú crees.
--¡Oh! sí, sí; yo no me engaño--me respondió.
--Pues te has estado engañando hasta ahora; por mejor decir, yo he
sabido engañarte.
-¡Tú!
-Sí.
--¡Cómo!
--Tú no has conocido mis celos.
--¡Tus celos! ¡amas acaso!
--Sí, con toda mi alma, con toda mi fe, con todo mi entusiasmo.
Y la rodee un brazo a la cintura.
--¡Oh! ¡qué es esto! ¡Dios mío!--exclamó Amparo levantándose pálida como
un cadáver.
--Mis celos son justos--dije fingiéndome desesperado--tu amor hacia un
ser misterioso, te hace horrible toda demostración de amor por mi parte.
Amparo continuaba de pie, aterrada, muda, pálida, fijando en mí una
mirada llena de ansiedad, de temor, de duda; ávida, dolorosa,
suplicante, llena de impaciencia.
Yo la atraje a mí y la senté sobre mis rodillas sin que ella opusiese
resistencia; inclinó la cabeza sobre el pecho, luego la alzó, me miró
destellando de sus magníficos ojos negros un fuego casi divino, y me
dijo con las manos puestas sobre mis hombros con la boca entreabierta,
los labios trémulos, embriagándome con el perfume de su aliento.
--¡Luis! ¡Luis! ¡ten compasión de mí!
Y luego reclinó la cabeza sobre mis hombros, y rodeó sus frescos brazos
a mi cuello.
--¡Yo te amo!--la dije con voz opaca y ardiente rozando con mis labios
sus mejillas.
Amparo se estremeció y rompió a llorar.
--¡Te amo--continué--no sé desde cuando! me parece que te he amado toda
mi vida; que te amaba antes de nacer.
Amparo se estrechó más contra mí.
--He callado, porque debía callar; he sufrido cuanto he podido sufrir;
pero ya no puedo sufrir más, porque tengo celos.
Amparo levantó su cabeza de sobre mi hombro, y me miró con una expresión
triste, grave, solemne, al través de sus lágrimas.
Luego me dijo con voz opaca y reconcentrada:
--¡Celos tú! ¡celos por mi amor y celos de otro hombre! ¡Esto es
horrible! ¡Esto no puede ser!
Fue para mí tan inesperada esta exclamación de Amparo, que me estremecí,
y brotaron a mis ojos, sin duda, todos mis enamorados deseos, porque las
mejillas de Amparo se coloraron, y pasó por sus labios una indicación de
sonrisa inefable.
--¿Con que yo lo soy para ti?--añadió--¿con que has sufrido y has
callado y has mentido, como yo he sufrido, mentido y callado? ¿con que
por una obcecación mutua hemos estado a punto de ser los más
desgraciados de la tierra?
--¿Pero ese hombre? ¿ese hombre a quien amas? ¿es imposible de tu
deseo?...
--Ese hombre, eres tú--me dijo exhalando en un grito inmenso toda su
alma, y dejándose caer abandonada y trémula entre mis brazos.
--¡Oh! qué feliz soy--añadió sollozando de placer--¡Dios! ¡y tú!
* * *
La memoria es un don funesto.
¡La memoria, que nos trae en la desgracia, el encendido recuerdo de la
felicidad perdida!
¡Oh! ¡la memoria!
¡Si Satanás no tuviese memoria, no estaría condenado!
* * *
Después de esto había en el manuscrito que me había entregado mi amigo
el loquero del hospital de Zaragoza, algunas hojas rasgadas.
Púsome de muy mal humor esta laguna que aparecía de repente, acaso en la
parte más interesante de la historia de aquel pobre loco; y tanto más,
cuanto en algunos girones de hojas que habían quedado adheridos, se
leían algunas frases que demostraban que Luis no había sido muy feliz
después de su matrimonio.
Pero para subsanar en cierto modo esta falta, quedaban íntegras más allá
de las hojas rasgadas, algunas otras escritas con seguridad, y aun nos
atreveremos a decir con reflexión, en estado de razón completa.
He aquí aquellas páginas:
* * *
He despertado de un largo sueño.
No sé cuánto tiempo ha durado mi sueño.
Pero ha debido de ser largo.
Me he encontrado en una prisión.
Esto es; en un pequeño aposento, cuya puerta demasiado fuerte, tiene una
rejilla espesa, y al que da luz una ventana con reja que corresponde a
un jardín abandonado.
En este aposento he visto algunos muebles modestos, y una cama de forma
extraña, inclinada, y a lo largo de cuyas maderas hay algunas correas.
Estas correas demuestran que algunas veces ha habido necesidad de
sujetar en aquel lecho, a la persona que en él durmiese.
Estando ese lecho en mi aposento, o yo en el aposento donde está ese
lecho, claro es que la persona a que alguna vez se han visto en la
necesidad de sujetar, soy yo.
¿Y por qué razón ha podido haber esa necesidad de sujetarme?
Yo no me acuerdo de nada.
Tengo un recuerdo confuso de una noche en que bebí demasiado, en que me
escité demasiado, en que ardía mi cabeza, en que me parecía sentir
dentro de ella un vacío doloroso.
Recuerdo que entonces tenía yo veinte y cuatro años; que era
desgraciado, porque la vida era para mí monótona, porque me había
hastiado de todo.
Recuerdo que yo buscaba una vida artificial, en los excesos, en el abuso
de los licores fuertes.
He debido pasar mucho tiempo sin la conciencia de mi existencia, o
mejor dicho, el período de mi existencia, cuyos sucesos no recuerdo, ha
debido de ser largo.
Porque me he mirado a un espejo que tengo aquí colgado en la pared, y me
he encontrado viejo, enfermo, horriblemente demacrado, con todas las
señales de la tisis.
He encontrado en mi mesa un manuscrito: manuscrito mío, no puedo dudar
de ello.
Ese manuscrito me ha dicho que he estado loco, que he soñado.
Que he vivido muchos años, entregado a una pesadilla dolorosa y que
despierto para morir.
He recobrado indudablemente la razón.
Al entrar un hombre con mi comida me ha mirado con asombro, y me ha
llamado: «señor duque.»
¡Con que ha muerto mi pobre tío!
¡Con que es verdad lo que dice ese manuscrito!
¿Quién sabe?
He preguntado acerca de mí mismo, acerca de mi tío, y nada ha sabido
contestarme el director del establecimiento.
Un día me trajeron aquí porque estaba enteramente loco.
Un curador, nombrado judicialmente, ha cuidado de mis bienes, porque yo
no tengo parientes.
He mandado llamar a ese hombre.
--¿Qué sabe usted de la causa de mi locura? le he preguntado.
--Nada puedo contestar a vuecencia, me ha respondido, sino que fue
recogido de las calles públicas por donde vuecencia discurría
diariamente perdida la razón: ningún pariente se presentó a reclamar la
curaduría de vuecencia como demente, y esa curaduría se me ha conferido
por providencia judicial: vuecencia ha recobrado la razón, y estoy
dispuesto a darle cuentas.
--No se trata ahora de eso. ¿Soy yo viudo?
--Lo ignoro, señor: en Zaragoza se sabe únicamente que un día llegó
vuecencia en una silla de posta, procedente de Madrid, a la fonda de las
Cuatro naciones, en donde tomó el mejor aposento: en el pasaporte de
vuecencia constaban su nombre y su título: muy luego se comprendió que
vuecencia estaba gravemente enfermo: al cabo su enfermedad se agravó: lo
que antes era una monomanía tranquila, se convirtió en una locura
furiosa, y fue preciso...
--Bien, bien; pero para reconocer mi título y mi nombre debió
identificarse mi persona.
--Sí, señor.
--¿Y no consta en las diligencias judiciales mi estado?
--No, señor.
--¿Y nadie me conocía en Zaragoza?
--No, señor.
--Pues bien, es necesario que usted, u otra persona de confianza, vayan
a Madrid: yo daré a usted, o a esa persona, cartas para mis antiguos
amigos. Necesito saber un período de mi historia que durante mi
enfermedad he olvidado.
* * *
Este hombre, que es un honrado propietario aragonés, ha partido para
Madrid.
Pero me temo que cuando vuelva...
Esta tos seca, lenta, sin esfuerzo...
Me he visto obligado a guardar cama.
* * *
¡Amparo!
¡Una mujer formada por la educación, sostenida por la virtud, por lo
exquisito de su sentimiento!
Esta mujer debe de haber sido un sueño mío.
Esta mujer no ha existido.
Ha sido un hermoso sueño de primavera.
Una horrible pesadilla de verano:
¡Esa mujer!
¿Y si ella hubiese existido?
¿Si no hubiera sido el sueño de un loco sediento de amor?
¡Oh! ¡qué horrible desgracia!
He rasgado la parte más dolorosa de ese sueño o de esas memorias.
La he rasgado y la he quemado temeroso de volver a la locura si leo
mucho ese fragmento horrible.
Pero su recuerdo está fijo en mi memoria.
Un día entré yo en mi casa, como suele entrarse por casualidad, sin ser
notado.
En el gabinete de mi mujer hablaba un hombre.
Uno de mis mayores amigos.
Pretendía una cosa horrible.
Pretendía que ella me hiciera traición.
* * *
Yo maté a aquel hombre.
Le maté como mata un caballero a un infame que le ha ofendido.
En duelo, con peligro de mi vida.
* * *
Todo esto ha debido ser un sueño.
* * *
¡Pero que sueño tan horrible!
Y si no ha sido sueño. ¡Qué verdad tan aterradora!
Parece que Dios me ha dicho:
«Tu dudaste de mí, y me negaste al cabo:
»Yo tuve compasión de ti, y te envié en Amparo un ángel de redención;
»Después te sujeté a una prueba;
»Te hice sufrir una injuria;
»Tú no supiste perdonar la injuria y levantaste tu mano armada contra un
hombre y le mataste.
»Tú no eras merecedor de la felicidad.
»El ángel que yo te había dado, vio sangre humana en tu frente y se
horrorizó de ti...
»Y el horror le mató.
»Le mató como un tósigo lento.
»Y el hijo, el hermoso hijo que el amor de Amparo te había dado, privado
de la ternura de su madre, murió también...
»Y tú enloqueciste.
»Y como Caín el maldito, fuiste separado de tus hermanos.»
* * *
Si esto ha sido verdad... ¡Oh Dios mío! tu justicia ha sido severa;
severa e implacable.
Si ha sido un sueño, ¿para qué me has dado ese ardiente sueño, Dios mío,
ese sueño escrito por mi mano, que me hace dudar, que me envenena el
alma?
¿Será acaso ese sueño un castigo a mi impiedad, a los impuros desórdenes
de mi juventud?
* * *
¡Cuánto tarda ese hombre que ha ido a Madrid!
Me siento cada día más débil.
Cada día escribo con más dificultad.
Ignoro si podré concluir.
* * *
Escribo estas últimas líneas en el lecho.
Apenas tiene fuerza mi mano para sostener la pluma.
Tal vez ese hombre no llegue a tiempo.
Oídme por la última vez:
No dudéis de Dios: si sois desgraciados, aceptad resignadamente la
desgracia: si Dios os da la felicidad, no os hagáis indignos de ella; y
nunca, oyendo la voz de vuestras pasiones, siguiendo a ese fantasma que
se llama honor, echéis sangre sobre vuestra frente: sufrid y perdonad,
no sea que os pregunte Dios cuando en un momento de desesperación le
pidáis cuenta de vuestra desgracia:
¡Caín! ¿qué has hecho con tu hermano Abel?
* * *
Aquí concluían las memorias del loco. Tuve la tentación de
esclarecerlas, pero me detuvo el temor de encontrar en el
esclarecimiento de estas memorias algo demasiado horrible.
Si hemos presentado a nuestros lectores una obra incompleta,
perdónennos, porque no hemos podido hacer más.
FIN