--Sí, sí, señor, pero doña Gregoria me dijo al cuarto mes que no recibía

más... por aquel año... que a la señorita la bastaba para un año aquella

cantidad y...

--Usted debió insistir.

--Insistí... pero yo no podía obligar a doña Gregoria...

--Y al año siguiente...

--Fui el primero de enero con cuatro mil reales...

--Pero no constan.

--Es que doña Gregoria no los quiso recibir.

--Es usted un torpe.

--Yo puedo sacar a un deudor la cerilla de los oídos y se la saco, si no

encuentro otro medio de cobrar, para lo cual soy muy listo; pero no se

me ocurre que haya en lo humano un medio para hacer tomar dinero a una

persona que no quiere tomarlo; lo cual afortunadamente es muy raro.

--Pero ¿qué razones dio a usted doña Gregoria?

--Con las palabras más dulces del mundo, deshaciéndose en elogios y en

palabras de agradecimiento hacia usted, me dijo que la señorita Amparo,

ayudándola en el cuidado de las niñas del colegio, ganaba lo bastante

para sus necesidades.

No supe qué contestar. Amparo volvía a hacerse superior a mí.

Mi administrador continuó impasible relatándome sus cuentas.

Al fin en las de dos años antes, leyó lo siguiente:

--Cargo: recibido de doña Amparo, cuatro mil reales.

No pude contenerme: mi irritación estalló; mi administrador es un

asesino: apuré con él la suma de los dicterios conocidos y por conocer y

le destituí.

Amparo se engrandecía a mis ojos.

No puedo decir que me humillaba su dignidad, porque la amaba de tal modo

que su dignidad era la dignidad mía; pero la posición en que ella se

había colocado respecto a mí me desesperaba.

¿Con que lo que únicamente había hecho por ella había sido darla la

mano, ayudarla a salir de la precaria situación en que se encontraba?

¿Con que sólo me debía agradecimiento? ¿Con que el mayor trabajo de la

obra de su transformación había sido suyo?

El dinero es la piedra de toque del corazón humano.

Amparo había arrancado de en medio de entre nosotros dos el dinero.

Amparo se había colocado delante de mí a una inmensa altura.

Elevándose, elevó ante mis ojos a la mujer, a la humanidad, y me obligó

a confesar que existía la virtud sobre la tierra.

Y mi corazón y mi cabeza me decían:

--La amas, necesitas su amor para vivir.

Y mi desesperación me decía:

--Amparo no te ama.

Entonces blasfemaba yo.

--¡No hay Dios, decía!

* * *

Fui a verla.

Habían pasado ocho días desde mi visita de vuelta de viaje.

Tiré con fuerza de la campanilla y me hice anunciar.

Amparo salió hasta el recibimiento y me tendió la mano con la mayor

naturalidad.

--Otra vez no pida usted que le anuncien,--me dijo sonriendo.

Y me llevó a la sala asido de la mano.

El contacto de aquella preciosa mano, que estrechaba dulcemente la mía

con una noble confianza, como se estrecha la mano de un protector a

quien se ama, me causaba una impresión que en vano querría explicar:

parecíame que aquella mano me transmitía otra vida más pura, más fácil;

me embriagaba en un goce lánguido y tranquilo...

Indudablemente yo estaba enamorado de remate y divinizaba todo lo que

pertenecía a Amparo; todo lo que emanaba de ella.

Pero yo iba preparado, y tuve bastante fuerza de voluntad para no

mostrarme ni más ni menos interesado por ella que como lo estaba seis

años antes.

Ella estaba perfectamente tranquila, alegre, confiada y retenía mi mano

en la suya, no como la retiene un amante, sino como retiene una hija la

mano de su padre, de quien ha estado separada muchos años.

La contemplé durante algún tiempo sin perder ni un instante el cuidado

de mí mismo, temiendo que una mirada, un accidente cualquiera la hiciese

conocer el verdadero interés que me inspiraba.

Yo era entonces un cómico que representaba dolorosamente su papel.

--Me alegro--la dije al fin.

--¿Y de qué se alegra usted?--me contestó mirándome con gravedad.

--Me parece que eres feliz.

--¡Oh! sí; completamente feliz--me contestó--ya lo creo: al cabo le

tenemos a usted.

--¡Le tenemos!--exclamé con extrañeza.

--Sí, sí por cierto, el padre Ambrosio y yo. Y aun el mismo Mustafá,

mírele usted echado entre nosotros y mirándole de hito en hito. A pesar

de que es ya viejo no se ha olvidado de usted; no es usted para él una

persona desconocida... ¿Ha ido a verle a usted el padre Ambrosio?

--No por cierto, y me hubiera alegrado mucho de verle.

--No se habrá atrevido... es tan tímido.

--Yo iré a verle cuando salga de aquí; pero es necesario que me digas

donde vive.

Amparo se levantó y escribió las señas que me entregó.

Tenía un precioso carácter español.

--Escribes muy bien--la dije.

--Es mi obligación. ¿Se olvida usted de que soy _maestra de escuela_?

--Quisiera verte entre las niñas.

--Eso no puede ser. Pero figúrese usted que me ve: toda una madre de

familia: me pongo muy seria, riño mucho, las castigo con tratarlas

secamente, y las premio con un beso.

--¡Ah! ¡Ah!

--Y paso buenamente la vida: no sé si es soberbia, pero se me figura,

creo que el magisterio cuando se ejerce sobre niños es un sacerdocio

que impone sagrados deberes; ¡y es tan dulce el cumplimiento del deber!

Y cuando un ser cuya razón empieza a desarrollarse bajo nuestra

influencia es una niña, todo cuidado es poco, porque de la niña se hace

la mujer, la madre de familia, y la madre de familia, mal que les pese a

los que niegan toda participación a la mujer en el desarrollo social, es

la que siembra el fruto que ha de coger la sociedad: formad buenas

madres de familia, y habréis formado una generación llena de virtud, de

entusiasmo, de valor, de abnegación, de amor patrio, de virilidad, de

grandeza: los hijos son la madre: si la madre es buena, el hijo es

bueno; pero si la madre ha dado a sus hijos el pernicioso ejemplo de las

discordias domésticas, la falta de sufrimiento y de abnegación, el

escándalo continuo, el repugnante espectáculo de preferencias odiosas

respecto a este o al otro de sus hijos; si esos jóvenes corazones no han

tenido ningún buen ejemplo que imitar; si sólo han debido a su madre un

amor indiscreto y caprichoso, caricias exageradas, castigos inmotivados,

se pervierten, se desnaturalizan embotando o perdiendo todos sus buenos

instintos y constituyendo un ser artificial formado por una mala

educación. ¡Oh! ¡Las madres! ¡Las madres!

Y Amparo inclinó la cabeza profundamente pensativa.

Como ven mis lectores, nuestra conversación no podía ir más apartada del

punto a que mi amor hacia Amparo hubiera querido llevarla.

Este alejamiento de nuestra conversación de mi idea fija, me favorecía

ayudándome a mantenerme firme.

Durante dos horas, Amparo, haciendo casi sola la conversación, me dejó

conocer cuánto valía su moral: vinimos al fin a recaer en mis viajes; me

preguntó acerca de las civilizaciones extranjeras, y sin haber hablado

ni una sola palabra de su pasado ni de sus proyectos, me despedí de

ella.

* * *

Fui a ver al padre Ambrosio algunos días después.

Cuando entré en la casa de vecindad, al primero a quien pregunté me

indicó la puerta del aposento del exclaustrado.

Al asomar a ella, di un paso atrás.

Le había sorprendido... mondando patatas.

Pero ya era tarde.

El padre Ambrosio me vio, se levantó, dejó sobre una pequeña mesa el

plato donde tenía las patatas mondadas, y me salió alegremente al

encuentro; con timidez sí; pero no con una timidez de vergüenza, sino

con su timidez característica.

--¡Ah!--exclamó--usted por aquí, cuanto me alegro. Yo debiera haber ido

a verle a usted.

--¡Oh! de ningún modo.

--Sí, sí, pero no me he atrevido.

--Ha hecho usted muy mal en no... atreverse.

--Dejemos, pues, estos cumplimientos: yo me alegro mucho de verle a

usted: ¿y cómo le va a usted...? Siéntese usted aquí en el sillón...,

póngase usted el sombrero..., así...: ¿y qué me dice usted de nuestra

hija? añadió sentándose en una vieja arca: es un prodigio...; a mí ha

acabado por hacerme feliz, me ha regenerado... ¡qué niña, Dios mío, qué

niña! Ya puedo morir tranquilo, porque Amparo no necesita ya de nadie,

de nadie más que de Dios.

--¡Me pregunta usted qué pienso de Amparo! contesté: con usted puedo ser

franco: pienso lo que piensa un hombre de una mujer que realiza todos

sus sueños, todos sus deseos, todas sus aspiraciones: de la mujer a

quien ama.

--¡Ama usted a Amparo! exclamó el padre Ambrosio poniéndose mortalmente

pálido.

--Sí; la amo con toda mi alma.

--¿Y se lo ha dicho usted?

--No, ni se lo diré nunca.

Se tranquilizó el padre Ambrosio.

--Yo había previsto desde hace mucho tiempo, me dijo, que usted acabaría

por amarla, y me halagaba la esperanza de que mutuamente se harían

ustedes felices. El amor en usted le vi yo nacer hace seis años y...

pero a que soñar... Amparo no sería feliz con usted.

--¿Ama acaso a otro?

--Yo creo que sí.

--Yo también lo he creído.

--Sufre... Algunas veces la he sorprendido llorando, y he comprendido la

causa de sus lágrimas: he comprendido que estaba enamorada. Un día la

sorprendí mirando un retrato.

--¡Un retrato! ¿pero de quién?

--No lo sé. Al verme se puso vivamente encarnada, se volvió y ocultó el

retrato en el pecho. Yo nada la pregunté, nada la dije; Amparo, con la

fuerza de voluntad que Dios la ha dado, se serenó, y nada me dijo del

retrato, ni de mi sorpresa involuntaria; dejé pasar algunos días, y a la

primera confesión la dije:

--Tú sufres, Amparo.

--Tengo el alma triste, me contestó.

--¿Tienes triste el alma porque amas?

--Yo... No señor... No amo a nadie: yo no puedo amar: yo no daría a mis

hijos una madre sin nombre.

--Sé franca conmigo, repuse: ¿amas acaso a tu protector?

--¡Que si le amo...! Ya se ve que le amo, me contestó con la mayor

naturalidad: acaso ¿no es mi padre?

--No, no me refiero yo a ese amor, sino a otro más íntimo: el amor que

tiene una mujer al hombre de quien desearía ser esposa.

--No, no le amo así, ni le podría amar nunca de ese modo; me lo

impediría el respeto que me inspira.

--Pues, si no amas a tu protector, ¿a quién amas?

--A nadie.

--¿Y el retrato que ocultaste al verme el otro día?

--¡Ah! ¡el retrato de mi madre!

--El retrato de su madre, exclamé interrumpiendo al religioso; pues qué,

¿ha encontrado Amparo a su madre? ¿Habrá alguna razón que la impida...?

--Lo mismo la pregunté; pero ella me contestó: es el retrato fantástico

de mi buena madre, con quien sueño todas las noches; en quien pienso

todos los días; un rostro que yo he dibujado recordando mis sueños...

Mañana le verá usted.

No supe qué contestar.

La hacía llorar la vista de la reproducción material de un fantasma.

En efecto, al día siguiente me mostró una bellísima cabeza de mujer como

de cuarenta años, y había allí algo... en el semblante triste de aquel

fantasma estaba el alma de Amparo.

Calló el religioso, y yo quedé profundamente pensativo.

Me había dado a conocer un nuevo rasgo del carácter romancesco de

Amparo.

--Pues bien, si ella no puede amarme, le dije, continuaré comprimiendo

dentro de mi corazón el amor que me inspira: procuraré que no salga

delante de ella ni en mis palabras, ni en mi mirada, ni en mi semblante

la más leve manifestación de ese amor. Si no puedo vencerle, volveré a

mis viajes.

--Mucho me temo que no sea ella la primera en apartarse de nosotros.

--¡Cómo!

--Ella ama: estoy seguro de ello: y ama con toda la vehemencia, con toda

la firmeza de su alma: una de dos, o la persona a quien ama no repara en

ella, o no pertenece a esta vida. Amparo... acaba de decírmelo hoy por

la mañana, está resuelta a meterse en un convento, y me ha mandado

practicar las primeras diligencias.

--¡Oh! No, de ningún modo, exclamé. ¡Monja! ¡Monja Amparo! No puede ser.

--Ya es tarde, me dijo: es necesario decir a usted toda la verdad. Iba a

decírsela a usted; pero al revelarme usted que la amaba... temblé...

callé, no me atreví...; pero... en quince días que han pasado desde que

la vio usted por última vez, Amparo ha entrado en un convento, y dentro

de tres días más debe tomar el hábito de novicia. Esta mañana me dio

esta carta para usted. ¿Comprende usted ahora por qué no me atrevía a ir

a su casa?

Yo estaba aterrado, y apenas pude leer una carta que me dio el padre

Ambrosio, y que contenía estas palabras:

«Convento de.... Perdone usted si por mí misma he tomado tan grave

resolución. Yo no podía permanecer más en el mundo, y usted se opone

formalmente a que yo entre en el claustro. Perdóneme usted otra vez.

Pero mi corazón necesita paz y he venido a buscarla a esta santa

casa.--Su siempre agradecida. Amparo.»

Sin despedirme del padre Ambrosio salí comprimiéndome las sienes con las

manos.

Mi cabeza se rompía.

Aquella carta había sido para mí un golpe de muerte, y apenas pude salir

a la calle.

No sé lo que me sucedió: sólo recuerdo que al volver en mí me encontré

en un lecho extraño rodeado de una familia desconocida, y con un médico

a la cabecera.

Mi indisposición había sido un accidente pasajero.

Muy pronto, a consecuencia de los auxilios que se me prodigaron, volví

al uso de mis facultades.

Me encontré en la trastienda de una barbería.

Una buena mujer me aplicaba a las narices un paño mojado con vinagre.

Su marido, lanceta en mano, estaba a punto de sangrarme.

Impedí que lo hiciese, y les rogué que me procurasen un carruaje.

Aquella buena gente me sirvió de la manera más solícita, y se negó de

todo punto a recibir la gratificación que yo les ofrecía.

Es un bello rasgo, exclusivo de los españoles, el negarse a recibir una

recompensa cuando creen que han debido hacer lo que han hecho, y este

hecho se refiere a la caridad.

Es una bella manera de igualar al pobre con el rico.

En esos casos la palabra _gracias_ del fuerte, vale tanto como _el Dios

se lo pague_ del desvalido.

Esto suponiendo, que el rico que da las _gracias_ tiene corazón.

Yo adoro la caridad: los hombres que tienen caridad son mis hermanos.

* * *

Débil, con la cabeza llena de una vaguedad febril, con el corazón

fuertemente agitado, fui conducido a mi casa, donde hube de meterme en

cama.

El efecto que había causado en mí la resolución suprema de Amparo, mi

terror por perderla, mi ansiedad, mi duda acerca de recobrarla, me

decían claro que Amparo había llegado a constituirse para mí en ese ser

que es la mitad de nuestra existencia.

Sentía en el corazón un vacío doloroso; una hambre aguda, permítaseme

esta frase, vacío que sólo ella podía llenar, hambre que sólo ella podía

extinguir.

Nunca mi voluntad luchó tan poderosamente contra una dificultad que casi

tenía para mí el carácter de un imposible.

Amparo huía del mundo y se encerraba con la desesperación de su

misterioso amor en un convento.

Yo me desesperaba: yo tenía celos de un fantasma: yo aborrecía al hombre

que Amparo amaba.

Ninguna solución me venía al pensamiento bastante a consolarme, ya que

no a curarme de mi desesperación.

Yo, como todos los desesperados, como todos los vencidos, me hubiera

creído feliz con muy poco: con vivir a su lado como su hermano.

Este tímido deseo me inspiró un pensamiento, y la inspiración de este

pensamiento llevó mi mano al cordón de la campanilla, del que tiré

fuertemente.

--Vaya usted mismo al instante, dije a mi ayuda de cámara, a la calle

tal, tal número, tal cuarto; diga usted al padre Ambrosio que deseo

verle al momento, que estoy enfermo, que le espero con impaciencia;

lleve usted un carruaje, y tráigase usted al padre Ambrosio.

Media hora después, el exclaustrado entraba en mi alcoba.

* * *

Acercose a mí con la más viva solicitud.

--¡Oh! ¡Dios mío!--dijo, comprendiéndolo todo--¿con qué tanto la ama

usted?

--Amparo me ha convertido en un niño--le respondí.

--¡Que feliz hubiera sido amándole a usted!

--No pensemos en eso. Le he llamado a usted, no para hablarle de mi

amor, sino para pedirle que me ayude, que me auxilie.

--¿Y en qué? ¿Cómo?

--Yo comprendo que Amparo ha entrado en el convento desesperada.

--Es verdad: Amparo que nada espera en el mundo, se ha arrojado

sollozando en los brazos de Dios.

--Pero Dios está en todas partes.

--Indudablemente.

--Por ejemplo: en mi casa puede encontrar a Dios como en el convento.

--Y ¿de qué modo puede estar Amparo en su casa de usted sino como su

esposa?

--Cabalmente: eso es: quiero casarme con ella.

Volvió a ponerse pálido el padre Ambrosio como cuando le dije que la

amaba.

--Si usted pide a Amparo su mano--me dijo gravemente--se casará con

usted: si usted la abre sus brazos, se arrojará en ellos... pero ¿olvida

usted que ella ama?... ¿Que ella al ser de usted apurará un sacrificio

mortal? ¿No ha comprendido usted a Amparo?

--Sí; y del mismo modo que la comprendo a ella, quisiera que usted me

comprendiese.

--Comprendo que la ama usted, que la desea, que quiere casarse con ella.

--Quiero darla únicamente mi nombre, y con mi nombre, mi posición;

quiero arrancarla de la exageración del claustro; si desea soledad, en

mi casa la tendrá; independiente de mí su habitación, si lo desea, será

una especie de celda; si acepta mi brazo, si me presta el suyo, nos

apoyaremos el uno en el otro; seremos hermanos. Su virtud estará a

cubierto de toda murmuración, sin que ella se vea reducida a un

encarcelamiento eterno, a prácticas fatigosas, a rivalidades y a

pasiones de mujeres irritadas por el secuestro, desnaturalizadas,

convertidas en un ser de distinta especie por el aislamiento. Amparo

tiene el corazón demasiado grande para que no sufra comprimido por los

caprichos monjunos y por las mil penalidades sordas y continuas del

claustro; en una palabra: Amparo se ha arrojado en una tumba, y es

necesario sacarla de ella antes que la tierra de esa tumba la cubra y la

sofoque. Es necesario que Amparo sea mi hermana y que viva a mi lado

bajo el pretexto de que es mi mujer.

--¿Y está usted seguro de que un día no se irritará su amor y abusará en

su posición? ¿Sabe usted el inmenso sacrificio que será para Amparo

pertenecer a un hombre a quien no ama?

--Era necesario para que llegase ese caso que yo dejara de amarla, y que

además abdicase de mi corazón y de mi orgullo.

--¿Con que decididamente quiere usted casarse con ella?

--Sí.

--¿Y con qué pretexto la haremos la proposición?

--Con ninguno; usted la dirá únicamente la verdad.

--¡La verdad! ¡La diré que usted la ama!

--No: eso no sería la verdad. El amor que como mujer me inspira, no es

la causa de nuestro matrimonio. La causa de nuestro matrimonio es su

aislamiento. Yo no me había de casar nunca; necesito por otra parte a mi

lado un afecto dulce, tranquilo. Hágala usted comprender que me caso con

ella... por la misma razón porque la arranqué de su miseria.

--¡Por caridad!

--No; no nombremos la palabra caridad: me caso por afecto... por

interés... porque la amo como si fuese mi hermana... quitemos a la

verdad lo que pueda tener de humillante... ya sabe usted que las habemos

con un corazón altivo.

--Bien; la hablaré, pero desconfío: por lo mismo, y como esta comisión

es harto delicada, quiero que esté usted presente.

--¡Yo!... de ningún modo.

--Hay un medio: en el locutorio puede usted estar a un lado de la reja

sin que ella le vea.

--Eso es repugnante.

--Necesito que usted asista a esta grave conversación... compréndame

usted y disculpe como debe mi franqueza.

--Pero yo confío ciegamente en usted.

--Y yo desconfío del buen éxito de mi mensaje. Por lo mismo, quiero que

usted asista a mi lado.

--¿Y si yo resistiese?

--Resistiría yo.

--Pues bien: iremos.

* * *

Dos días después estábamos en uno de los locutorios del convento de...

el padre Ambrosio y yo.

Colocado junto a la pared en que estaba la reja del locutorio, Amparo no

podía verme.

El padre Ambrosio estaba sentado en un sillón delante de la reja

cabizbajo y profundamente pensativo.

Yo, detrás de él a poca distancia, escuchaba con toda el alma en los

oídos.

Oyose abrir una puerta, y luego un paso reposado de mujer, el crujir de

un vestido, y luego el gruñido cariñoso e impaciente de un perro.

--¡Ah! ¿Es usted?--dijo Amparo.

--Sí, yo soy, hija mía, que vengo a sacarte del convento.

--Y ¿cómo? ¿Por qué? ¿Para qué?

--Tu protector conoce, como conozco yo, que no tienes vocación al

claustro.

--Eso importa poco, porque tengo menos vocación al mundo.

--Tu protector comprende que has entrado aquí desesperada.

--No lo niego.

--Quiere que tu suerte sea menos triste.

--Eso depende de Dios.

--Pero Dios se vale de los hombres.

Guardó Amparo silencio durante un momento. Mustafá seguía abalanzándose

a la reja y gruñendo.

--Yo no podía permanecer en la difícil posición en que me

encontraba--dijo al fin ella--me veía expuesta a atrevimientos de todo

género. No podía tener a mi lado más que personas extrañas... y luego...

en fin... si el claustro es una tumba... es lo que me conviene...

sufriré, concentraré mi dolor hasta que el dolor me mate... le sufriré

resignadamente, y Dios me perdonará. Yo no puedo vivir como vivía, padre

Ambrosio... no... no... era un tormento para mí... Dígale usted que yo

le agradezco con toda mi alma el interés que por mí se toma. Que mi

felicidad depende de un milagro de Dios, y que... dentro de poco ese

milagro será imposible.

--Amparo--repuso con autoridad y con firmeza el exclaustrado--las

exageraciones jamás producen buenos resultados. Empiezas a vivir...

--Yo creo que ya he vivido toda mi vida.

--Sea como tú quieras; pero estamos perdiendo el tiempo. Tengo que

hacerte una grave proposición.

--¿De su parte?

--De su parte.

--¿Y cuál?

--Te pide formalmente tu mano.

Sucedió uno de esos solemnes silencios que se hacen oír; uno de esos

silencios cuya duración no se puede contar: uno de esos silencios que

son más elocuentes que todas cuantas palabras pudieran imaginarse para

reemplazarles.

Luego Amparo dijo con la voz trémula, como aterrada: con acento

incomprensible:

--¿Lo manda él?

--El desea que tú... vivas mejor... que... en fin...

--No, no quiero explicaciones de ningún género, repuso con una

precipitación entrecortada Amparo... comprendo... lo comprendo todo. ¿Lo

manda él?

--El lo quiere... porque...

--No, ni una palabra más, padre Ambrosio: dígale usted que si él

quiere... yo también quiero...; pero pronto... pronto por Dios... que yo

pare al fin donde Dios quiera que vaya a parar.

Y entonces no pudo contenerse y rompió a llorar, luego se oyó un paso

precipitado, y la puerta que se cerraba.

--Vea usted su obra, me dijo con desesperación y aun con ira el padre

Ambrosio. Hemos desgarrado el corazón de esa pobre Amparo.

--No importa, le dije saliendo con él del locutorio. El tiempo la

demostrará mis intenciones, y cuando las reconozca recobrará la paz.

Y salimos del convento.

* * *

Aquel mismo día escribí a mi tío una carta que sólo contenía estas

breves palabras.

«Me caso con una mujer digna de mí, y espero que saliendo por un momento

de su retiro, venga usted a presenciar nuestra unión.»

Aquel mismo día también puse en movimiento mi casa.

Invadiéronla tapiceros, renové el mueblaje, aumenté mis trenes y mi

servidumbre, y preparé la servidumbre particular de Amparo.

En cuanto a las habitaciones de ésta, no perdoné gasto ni cuidado, y

quedé satisfecho.

El dormitorio, el tocador, el cuarto de labor y el gabinete de Amparo

eran sumamente bellos y ricos, en medio de una gran sencillez.

Sólo se esperaba para efectuar el casamiento la llegada de mi tío.

Pero en vez de él llegó a vueltas de correo la lacónica carta siguiente:

«Cuando tú te casas, tu esposa debe ser un prodigio. Me alegro de tu

resolución, porque el matrimonio te dará una vida nueva. _Quiera Dios

que seas más feliz que yo lo he sido_. Ofrece a tu, para mí incógnita,

consorte, todo el cariño que la corresponde por mi parte como cosa tuya,

y si te pareciere bien, daos ella y tú por convidados a estas orillas en

el estío próximo.»

Yo conocía a mi tío y sabía que no había de venir.

Así, pues, la tarde del mismo día en que recibí esta carta, el padre

Ambrosio fue por Amparo al convento.

Se me presentó ricamente vestida de blanco, coronada de rosas blancas y

más pálida que las rosas de su corona.

Al darme la mano al pie de la escalera la sentí estremecerse; pero aquel

estremecimiento pasó, y continuó serena hablando conmigo con suma

naturalidad de cosas indiferentes.

La ceremonia fue muy triste: el padre Ambrosio nos dio la bendición, mi

administrador general y mi mayordomo fueron nuestros testigos.

Nadie más asistió.

Después de esto, Amparo quedó sola conmigo.

Yo estaba sobrecogido.

No sabía hasta qué punto era grave el paso que acababa de dar.

Y la gravedad de este paso no me asustaba por mí; me asustaba por ella.

Al preguntarla el padre Ambrosio si quería ser mi esposa, un

estremecimiento profundo agitó su mano, la sentí fría y pronunció un

_sí_ apenas articulado.

Amparo (Memorias de un loco) · 第 4 / 6 段