mi hastío, y esta ilusión era la atmósfera en que vivía, sin tomarme más
tiempo que el necesario para lavarme y mudar de traje me presenté en el
colegio.
Salió a abrirme una persona desconocida, que me miró con extrañeza.
--¿Doña Gregoria...? dije.
--No vive aquí, me contestó la criada y me dio con la puerta en las
narices.
¡No vivía allí! sin embargo, yo no me había equivocado; era la misma
casa.
Salí dudando, y miré a los balcones del cuarto principal.
Allí estaba la muestra, la antigua muestra del colegio, una Minerva
coronando a una niña.
Sin embargo, allí no vivía doña Gregoria.
El acento con que la criada me había contestado, demostraba claramente
que no la conocía.
Acaso había dejado la enseñanza y traspasado el colegio; ¿quién sabe?
Volví a subir la escalera y llamé.
Se abrió la puerta y... un perro viejo, lanudo, Mustafá, en una palabra,
se abalanzó a mí, loco de alegría, ladrando, ahullando, gruñendo,
saltando... había encontrado al fin un amigo... había encontrado a
Amparo.
Sin hablar ni una palabra a la criada que me miraba con asombro, seguí a
Mustafá que en medio de sus caricias se dirigía hacia el interior.
En aquel momento escuché el preludio de un piano.
¿Qué había de misterioso en aquel sonido que penetraba en mi alma, que
me traía algo del alma de Amparo?
Porque yo no dudaba de que ella era la que producía aquel sonido...
Hay, sin disputa, en nosotros, un sentido íntimo, una intuición
poderosa, sabia, que nunca se engaña, que nos habla continuamente, que
nos avisa, que nos dirige, que nos ilumina, que es la inspiración del
poeta, el fuego del entusiasmo, la adivinación, y al mismo tiempo la
razón, la percepción de que no está al alcance de nuestros sentidos.
Y esta intuición, este fenómeno de nuestro ser, no comprendido aún, me
decía:
«Ella es la que produce esa armonía sentida, dulce, lánguida; esa
armonía que gime; esa exhalación; de un alma que sufre y llora como sólo
puede sufrir y llorar Amparo, de una manera dulce, resignada, poética:
esa es su alma trasmitida por sus dedos a las cuerdas de un
instrumento.»
Y contuve con un ademán a la criada que iba a anunciarme, y con una
caricia acallé las ruidosas manifestaciones de alegría de Mustafá.
La criada permaneció inmóvil y admirada en el lugar en que se
encontraba, y Mustafá, como si me hubiera comprendido, calló y se
encaminó a la puerta de la sala, en la cual se sentó, dirigiendo
alternativamente sus miradas a la persona que había dentro y a mí.
El piano continuaba lanzando magníficas pero fugitivas armonías, como si
obedeciese a una mano distraída, pero maestra: yo me acercaba todo
conmovido, trémulo, desconcertado hacia el lugar de donde partía el
sonido, y como si aquel sonido hubiera sido el medio de una atracción
irresistible.
Al fin aquellas armonías desordenadas, inconexas, no escritas, emanadas
por sí mismas, sin conciencia de quién las producía, se ordenaron, se
desarrollaron, crecieron, interpretando un magnífico canto de
sentimiento, y luego una voz de mujer, como yo no había oído jamás, tan
extensa, tan grave, tan dulce, tan elocuente, tan pura, cantó.
Yo no sé lo que cantó: cuando el sentimiento se desarrolla, cuando
domina, cuando inunda todo nuestro ser, la razón calla: yo no apreciaba,
yo no comparaba, sentía, y aquel sentimiento me dominaba, me arrastraba
hacia la mujer que producía en mí aquel sentimiento.
Cuando llegué a la puerta me detuve y lancé al interior una mirada
ansiosa: sentada de espaldas a mí, delante de un piano estaba una mujer.
Seguía cantando.
Yo me acerqué silenciosamente, atravesé la habitación y quedé de pie,
inmóvil, detrás de ella.
Ella continuó cantando; pero de repente, como si mi ser se hubiera hecho
sentir del suyo, a pesar de que no me veía, de que no la tocaba, de que
no producía el menor ruido, de que contenía mi respiración, volvió la
cabeza y me miró de una manera profunda, tranquila, con una de esas
largas miradas que sólo duran un momento, y luego espiró el sonido del
piano, y ella se puso pálida, contuvo un grito, se levantó y quedó
inmóvil delante de mí.
Por un momento ni ella ni yo hablamos.
Yo la contemplaba.
Nunca había visto tan soberana hermosura; nunca tanta majestad y tanta
sencillez: estaba fascinado, trémulo, y sin embargo yo no conocía a
aquel ser divino, a aquel ser a quien no me atrevo a llamar mujer.
No, no la conocía: era para mí enteramente nueva.
--¡Ah! perdone usted--la dije,--me he equivocado... buscaba...
dispénseme usted... a los pies de usted.
--¡Buscaba usted a Amparo!--me dijo.
--Sí... en efecto, una joven...
--Que encontró usted hace seis años a media noche en la calle...
Y los ojos de la joven se llenaron de lágrimas...
--¡Amparo!--exclamé, reconociéndola al fin.
--Sí, yo soy Amparo--me contestó dominándose y sonriendo tristemente; yo
soy su protegida de usted.
Y calló, me indicó el sofá, y fue a sentarse junto a él en un sillón.
Seguimos guardando silencio por algún tiempo.
Yo la contemplaba con asombro.
Quisiera poder describirla.
Pero es imposible.
Sólo puedo daros una descripción incompletísima; yo sólo puedo deciros
que era una joven de veinte años, alta, esbelta, admirablemente formada,
con ojos negros, grandes, brillantes, hermosos hasta lo infinito; frente
blanca, tersa, pura como el marfil; vamos: es imposible, lo veo: a una
mujer hermosa se la pinta, no se la describe, y aún pintándola, por más
que el retrato sea obra de un gran artista, sólo tendréis el remedo,
porque faltará allí la vida; porque una fisonomía no se reproduce en un
solo rasgo, en una sola manifestación; porque no pueden fijarse,
reproducirse las ondulaciones del alma; esa sonrisa a la que sucede una
gravedad triste, esa mirada anhelante que vacila y tiembla delante de
vuestra mirada y se aparta de vos para volver a buscaros, ya más serena
más cauta, rehecha de la primera impresión; esa boca entreabierta y pura
que deja escapar un hálito ardiente y entrecortado; ese seno que se
alza y se deprime obedeciendo a ese hálito; no, no; el pintor sólo puede
reproducir el alma en un momento dado, y el alma, que es la luz del
semblante, no se reproduce, no se manifiesta en una sola sensación... es
imposible que yo pueda daros una idea de Amparo.
Lo que sí puedo deciros es que estaba completamente transformada: sólo
conservaba de lo que había sido, la cicatriz de la herida que se había
hecho en la mano derecha al huir de la infamia: por lo demás los
gérmenes morales y físicos que en ella existían cuando yo salí seis años
antes de Madrid, se habían desarrollado: en lo moral no era ya pobre
muchacha de maneras humildes, viva y tímida a un tiempo, recelosa y
confiada, conocedora sólo de la miseria y resignada por un instinto de
fuerza a su pobreza: era en el aspecto una dama en la que nada podía
echarse de menos, ni las maneras sueltas, dignas y sin afectación del
gran mundo, ni el gusto más exquisito en el traje, ni la posesión de sí
misma, ni la ausencia de toda afectación, de todo encogimiento: quedaba
siempre en ella la mirada lúcida, anhelante; la dulce palidez, la
triste sonrisa, la expresión melancólica y profundamente resignada; pero
no era aquella la resignación que se refiere a los dolores físicos, a
las privaciones, al trabajo, a la carencia de todo lo necesario: era una
resignación más terrible, porque se refería al infortunio del alma; a la
carencia de esas expansiones, sin las cuales un ser humano no es otra
cosa que un cadáver a quien su propio cuerpo sirve de ataúd ambulante.
En lo físico la transformación había sido también maravillosa: había
crecido: sus formas antes flacas se habían redondeado, modelado,
armonizado, dulcificado hasta lo infinito: se desprendía de ella tal
fuerza de vida, su piel era tan intensamente blanca, tan sedosa, tan
bellamente pálida, con una palidez nacarada; sus cabellos eran tan
negros, tan brillantes, tan ricos, que su peinado parecía estar hecho
por un escultor griego sobre ébano; las cejas negras y las pestañas
negras también, espesas, convexas, dando fuerza con su sombra a su
mirada, velándola, amortiguando su brillo; su boca pequeña, de color
vivo, fresco y puro; el corte general de la cabeza, lo esbelto del
cuello, lo redondo de los hombros, la altura virginal del seno, y los
brazos que se veían entre los encajes de una bata de seda a listas, la
suelta plegadura de esta bata que revelaba la ausencia de esos
ahuecadores con que las raquíticas mujeres de nuestros días encubren la
flacura de sus formas, todo esto la daba una fuerza de voluptuosidad
irresistible, y para aumentar esta voluptuosidad, se desprendía de ella,
de su expresión, de sus miradas, de su actitud, tal perfume de castidad,
que era necesario creer que su cuerpo como su alma estaba virgen.
Y sin embargo, aquella boca entreabierta y suspirante, aquella mirada
vaga y tímida, aquella palidez mate, revelaban que en ella ardía el
fuego sagrado; que estaba ansiosa de amor.
¿Pero a quién podía amar Amparo?
¿Dónde el ser que pudiera llenar aquella alma tan entusiasta, tan
apasionada por lo bello, que se remontaba en sus aspiraciones al cielo y
vivía con pena en la tierra.
¿Dónde el alma en que pudiera reclinarse, confundirse, vivir aquella
alma desterrada?
Porque estas aspiraciones y estas necesidades de su alma estaban
impresas sobre el semblante de Amparo.
Y fue tan franca en los primeros momentos de nuestra vida la expresión
de aquel semblante, que comprendí que Amparo amaba, que amaba con toda
su alma y que amaba sin esperanza.
Y al comprender esto sentí al mismo tiempo celos y remordimientos.
Celos porque no era yo el hombre a quien ella amaba.
Remordimientos porque, elevando su educación, había elevado su espíritu,
la había aumentado sus aspiraciones, y la había hecho por consecuencia
infeliz.
Porque a pesar de su magnífica hermosura, ni tenía nombre ni dote.
Amparo era una expósita; Amparo sólo tenía necesidades.
¡Y es tan positivista el siglo <sc>xix</sc>!
En otros tiempos la hermosura y la virtud podrán haber sido un magnífico
dote: hoy el dote está sobre la virtud y sobre la hermosura: los viejos
son los únicos que se casan con las mujeres jóvenes, honradas y bonitas.
El siglo <sc>xix</sc>, bajo cualquiera faz que se le mire, es el siglo de la
sangre y del lodo.
El siglo de la compraventa.
El siglo del incesto y del adulterio.
El siglo corruptor y corrompido.
El siglo en que la acepción de las palabras más notables está viciada.
El siglo en que todo es mentira menos el dinero.
¡Qué podéis esperar de un siglo en el cual el que invoca con entusiasmo
la patria, el amor y la fraternidad, o lo que es lo mismo la caridad, se
pone en ridículo!
¡De un siglo en que...!
El siglo <sc>xx</sc> hará la historia del siglo <sc>xix</sc>.
* * *
¿Qué podía esperar Amparo?
Una vida de sufrimiento.
Porque Amparo tenía la desgracia de flotar, soñando, en alas de su
entusiasmo, en una región a la cual sólo podía alzarse su deseo.
* * *
Todo lo que acabo de apuntar lo observé, lo comparé, lo pensé, lo deduje
en un momento en que estuvimos callando, ella turbada con la mirada
baja, y yo contemplándola absorto y enamorado.
Sí, enamorado, y enamorado como un loco.
Sin embargo, un mismo pensamiento, sin duda, nos hizo ponernos la
máscara de la conveniencia.
Yo creí que debía apelar a toda mi fuerza de espíritu para mostrarme con
ella en la verdadera posición en que podía colocarme: esto es, en la
posición que me encontraba seis años antes.
Amparo debía ser siempre para mí la misma: una protegida a quien yo
dispensaba cuanta protección debía de una manera enteramente
desinteresada: lo demás me parecía repugnante.
Y ella... ella levantó al fin los ojos. Su semblante no mostraba más
expresión que la del respeto, la del agradecimiento: era la misma niña
de seis años antes, pero hermosa, hermosísima, con un traje de seda, en
una habitación amueblada con gusto y confiada y tranquila a mi lado,
como si se hubiera tratado de su padre.
Pero se transparentaba bajo aquella tranquilidad algo de doloroso: se
comprendía que la careta la hacía daño.
--¿Con que hasta tal punto me había olvidado usted--me dijo
sonriendo--que no me ha reconocido?
--Se ha transformado usted de una manera completa--le contesté.
--Creo que quien se ha transformado es usted.
--¡Yo! no por cierto, siempre el mismo, se lo juro a usted.
--¿Y ese _usted_? ¿ese encogimiento...? Yo... yo soy siempre la misma:
siempre contenta, siempre amándole a usted, siempre dando gracias a Dios
por el bien que me ha hecho...
--Me parece, Amparo--la dije conmovido--que sufres, que no eres feliz,
que estás contrariada.
--¡Ah! ya vuelve usted a ser el que era: el _usted_ me hacía daño: por
lo demás veamos lo que soy: una muchacha que en vez de vivir en un
tabuco, vive en un bonito cuarto: que viste seda y que borda, cose,
canta, atormenta un piano y enseña lo que se enseña en España en un
colegio. Esta es toda la diferencia: por lo demás, pienso hoy de la
misma manera que pensaba el día en que almorcé con usted.
--¡Ah! ¡Te acuerdas!
--Sí me acuerdo. Y en prueba de mi buena memoria: ¿continúa usted
cansado de la vida? ¿No espera usted nada? ¿No desea usted nada?
--¡Oh!--la contesté:--nada espero, nada deseo...
--Y en esos largos viajes...
--Sólo he encontrado motivo para hastiarme más.
--¡Siempre el mismo! ¡Siempre sin esperanza! exclamó de una manera
particular, y sin que por su acento pudiera yo conocer su intención.
--Esto en mí es una enfermedad incurable, la dije: tratemos de ti... y
tú... ¿qué esperas? ¿qué deseas?
--Yo... me contestó mirándome fijamente, pienso como pensaba hace seis
años.
--¡No recuerdo!
--Pienso buscar la paz y la felicidad en Dios.
--¡Ah! ¡vuelves a lo del convento!
--Sí.
--Pero es extraño... ¿No amas?
--No.
--Eso es imposible. Una joven como tú...
--Una joven como yo... que no se pertenece; que sólo puede dar a un
hombre inconvenientes; que no tiene apellido para sus hijos, no se casa
y una mujer como yo cuando no piensa casarse no ama.
--El amor es un sentimiento: no se ama porque se quiere amar.
--Sí, sí; concedido: comprendo que se ama porque se ama. Pero he tenido
la suerte de no enamorarme.
--De seguro no habrá faltado...
--¿Y qué importa? yo me he guardado muy bien de amar.
--Pero... lo que yo quería está ya conseguido: eres toda una dama...
--Sí, es verdad, soy directora de un colegio, y salgo todos los días a
dar lecciones de lenguas.
--Pero y bien... este siglo no mira más que las apariencias: acepta un
dote cuantioso; cierra el colegio...
--¡Ah! ¡Es que quiere usted comprarme un marido!
La contestación de Amparo, aunque pronunciada en medio de una alegre
risa y con gran ligereza, tenía un fondo de dolor y de dignidad ofendida
que no podían desconocerse.
--No hablemos más de eso; la dije: harás lo que quieras, todo menos ser
monja. Hablemos de otra cosa. ¿Qué se ha hecho de doña Gregoria?
--Ha muerto hace dos años, me contestó tristemente.
--¡Ah! ¡Pobre mujer!
--No por cierto; murió con la resignación de una cristiana entre mis
brazos.
--¿Y su marido?
--Está empleado en provincias.
--¿Y el padre Ambrosio?
--Sigue viviendo en su casa de vecindad.
--¿Y tú?... ¿cómo estás al frente del colegio?
--Antes de que muriera doña Gregoria lo estaba ya. Había sufrido un
examen, y al morir doña Gregoria, era necesario cerrar el
establecimiento o encargarme yo de él... Entonces, el bueno de D. Tomás
se convino a que se le pagasen los muebles, y... en dos años nada le
debo; estoy establecida... soy independiente, tengo un pequeño
capital... lo que basta para mi dote... y ya que usted ha venido, me voy
al claustro... decididamente... me voy a buscar la paz.
--Es que yo no quiero.
--¿Y qué quiere usted que haga? ¿Cuál es su voluntad de usted? ¿Quiere
usted que me case? Me casaré. Pero me casaré con un pobre.
--No, no es eso...
--Pues el convento...
--El colegio...
--Una soltera sola no está bien en el mundo.
--¿Y te casarías sólo por darme gusto?
--No me pertenezco: usted es mi padre: mi amor y mi agradecimiento me
mandan obedecer a usted: si así no fuera, hace mucho tiempo que habría
tomado un partido cualquiera. Pero no quise tomarle sin conocimiento de
usted. Y como no sabía donde usted se encontraba... como durante seis
años no ha escrito usted una sola carta...
--¿Y para qué?
--¿Para qué? Para que yo no hubiese tenido ansiedad, para que yo hubiese
estado tranquila.
--¡Ah! El no saber de mí...
--Hubiera sido una infame si no me hubiera interesado la suerte de
usted. Le amo a usted como amaría a mis padres... y mire usted...
Y Amparo se levantó y abrió la puerta de un gabinete.
--Allí no entra nadie más que yo, dijo.
--¿Y aquella luz? la pregunté señalando una que ardía delante de una
Virgen de los Dolores pintada al óleo.
--Esa luz arde delante de la Virgen desde el día en que usted salió de
Madrid.
Y entonces los ojos de Amparo se llenaron de lágrimas.
No sé si hubiera cometido alguna imprudencia, porque en aquel momento
sonó una campana.
--Adiós--me dijo tendiéndome una mano--es la hora de comer y mis niñas
me esperan. Vuelva usted.
Salí enamorado y desesperado.
Enamorado porque Amparo hablaba a mi corazón, a mi voluptuosidad, a mi
razón; desesperado porque nada había visto en Amparo más que una
ardiente expresión de agradecimiento. Amparo parecía enamorada de un
imposible. Yo por mi parte había tenido bastante sangre fría para no
hacerla sospechar el verdadero interés que me inspiraba.
* * *
Volví a mi casa preocupado, dominado por el efecto que había causado en
mí la vista de Amparo.
Pretendí formar una idea exacta acerca del sentimiento que me inspiraba:
al recordar su mirada, opaca, llena de una vida ardiente, su sonrisa
triste, amarga en medio de su resignación, sus encantos uno por uno, y
después el magnífico conjunto de aquellos detalles admirables: el no sé
qué misterioso, vago, indefinible que emanaba de sus miradas, de su
sonrisa, de su acento, de su actitud, de todo su ser, de su alma
exhalada siempre en una manifestación sentida, dulce, extremadamente
simpática, mi corazón me decía inflamado de un ardor desconocido para
mí:
--Necesito que sea mía, enteramente mía.
Y al expresar mi corazón la devorante necesidad de poseerla, mi razón me
gritaba severa:
--Es necesario que sea tu esposa.
De la misma manera que no he podido describiros a Amparo, no puedo
haceros comprender de qué manera la deseaba, de qué manera la amaba.
La deseaba como jamás había ansiado otra mujer. Parecíame que las
mujeres con las cuales había estragado mi corazón y mis sentidos eran de
otra especie que Amparo: me parecía que Amparo era la mujer... ella sola
la mujer: esa mitad preciosa de la vida del hombre; la compensación de
su fatiga, la alegría de sus pesares, el aliento de su corazón, la mitad
del cuerpo y del alma de nuestro hijo, de ese dulce punto de unión donde
van a confundirse en una dos existencias; la mujer con la cual nos
identificamos, que siente con nosotros como nosotros sentimos con ella;
que sufre cuando sufrimos; que goza cuando gozamos; que se muestra
orgullosa por pertenecernos, y fuerte por nuestra fuerza; que asida de
nuestro brazo se encamina tranquila a la tumba, y muere contenta y feliz
si en su lecho de muerte se ve rodeada del amor de una familia en la
cual se mira multiplicada, joven, fuerte, hermosa como en los días de su
juventud.
Yo al desear a Amparo, deseaba la familia... yo quería rodearme de esos
testimonios de la inmortalidad humana que se llaman hijos. (Porque yo
entonces, vuelvo a repetirlo, era impío y no podía referirme a la
inmortalidad sino refiriéndome a la maldad.) Yo necesitaba, en fin, la
piedra del hogar, consagrado por el amor y por la virtud.
La amaba... voy a procurar deciros las manifestaciones íntimas del amor
que me inspiraba Amparo.
Era un amor, ni todo espíritu, ni todo materia. Era un amor humano: el
amor del hombre hacia la mujer: una atracción incontrastable me
arrastraba en mi pensamiento a confundirme con ella: parecíame sentirla
engrandeciendo mi ser, absorbiéndose enteramente su cuerpo y su alma,
respirando en su aliento, latiendo en su corazón, viviendo en su vida...
¡Oh! El lenguaje humano es miserable... no tiene palabras para el
sentimiento, es impotente para traducir el alma. Yo la amaba como a mí
mismo, más que a mí mismo: la amaba hacía mucho tiempo: para conocer que
la amaba necesité verla en el esplendor de su hermosura, en el lujo de
su transformación, y entonces comprendí que yo no estaba hastiado sino
sediento; que en mí no había muerto nada; que mi vida había pasado entre
un marasmo fatigoso producido por el lodo del mundo en que hasta
entonces me había revolcado.
Aquella transición de la trapera a la dama, de la niña a la mujer,
transición para mí violenta puesto que alejado de ella durante seis años
no había podido asistir a la elaboración lenta, gradual, lógica de
aquella transformación; fue para mí...
Suponed por un momento que el sol no existe: que sólo os alumbra una luz
artificial: que habéis recorrido el mundo armado de una linterna,
tropezando aquí, cayendo allá, buscando no sé qué quimera de vuestro
pensamiento; que habéis aplicado la luz de vuestra linterna al semblante
de todo el que habéis encontrado, y habéis visto un rostro repugnante
del cual habéis apartado los ojos con hastío; que habéis seguido siempre
adelante buscando vuestro fantasma y os habéis cansado al fin; habéis
arrojado la linterna y os habéis quedado a oscuras, exclamando:
--El mundo es la horrible verdad de lo monstruoso, de lo deforme: la
vida una carga insoportable; el hombre nuestro hermano no existe; la
mujer nuestra ayuda es sueño. El que tiene vida en ese mundo de
horribles verdades muere; no hay Dios: no hay humanidad. El mundo es
hijo del acaso: el hombre es un reptil como otro cualquiera.
Y suponed que cuando acabéis de pronunciar esa blasfemia aparece de
repente el sol en una explosión de luz y de armonía: que lleváis una
mano a vuestros ojos que se deslumbran, y otra sobre vuestro corazón que
se enternece lleno de una nueva vida, y que cuando volveis a abrir los
ojos os encontráis de nuevo en las tinieblas, enardecido por el próximo
y candente recuerdo de la luz divina que os ha deslumbrado, de la
armonía de los cielos que ha reanimado vuestro ser... y después de haber
supuesto esto suponed vuestra desesperación, vuestro dolor.
Dios existe: existe la luz; pero Dios está irritado contra vos, no ha
hecho la luz para que brille en vuestros ojos; no ha hecho la armonía
para que deleite vuestros oídos: sois un ser condenado: Dios es un ser
vengativo.
Yo había buscado en el mundo sin encontrarle el amor tal cual yo le
comprendía... le había buscado en vano y me había dicho:
--Nuestro amigo y nuestra amante son dos fantasmas soñados por nuestro
deseo.
Dios no puede haber dado a su hechura aspiraciones imposibles.
Si no ha podido dárselas y las tiene no existe Dios.
O Dios es el acaso.
Amparo fue para mí el sol de la vida: la mujer que salía del edén y se
ponía delante de mí... la prueba material de que Dios ha dado a cada
aspiración del hombre una realización.
Amparo realizaba mis sueños: era la mujer que yo había buscado en vano,
la mujer que hablaba a mi corazón y a mis sentidos; pero... Amparo no me
amaba: si me hubiera amado yo lo hubiera comprendido; Amparo me
consideraba como su protector, como su padre: Amparo se resignaba a
cumplir mi voluntad hasta el punto de casarse con el hombre que yo la
designase... y Amparo amaba... Amparo sufría... sus ojos, mi alma habían
apurado su sufrimiento... Amparo no era mía... había visto por un
momento mi fantasma y me le arrebataba Dios.
Dios castigaba mi impiedad.
* * *
Pasaron algunos días sin que yo fuese a ver a Amparo.
Tenía miedo de verla.
Temía echar a perder inútilmente mi papel de protector, de padre,
dejándome arrebatar a una situación ridícula en un momento de olvido.
En estos días mi administrador general se empeñó en darme cuentas, y me
vi obligado a ceder, para que tuviese ocasión de convencerme de que era
hombre de bien.
Pasé por alto una multitud de partidas; pero no pude menos de reparar en
una data.
Estaba figurada en estos términos:
«A doña Amparo, por encargo especial del señor, cuatro mil reales.»
--¡Cuatro mil reales!--dije con extrañeza--ese no será el total de la
data.
--Sí, sí por cierto, señor, doña Amparo no ha recibido más.
--¿Y en qué consiste? ¿No mandé a usted que entregase todos los meses
mil reales a doña Gregoria?