de su mirada, de su espontaneidad, de su palabra.
Estrechó entre sus dos manos la mía, y sin disimular su impaciencia, me
dijo:
--¿Dónde está?
Le señalé la alcoba, y los dejé en libertad de hablar.
La conferencia fue larga, al fin el padre Ambrosio salió profundamente
conmovido y me llegó la vez de demostrar mi impaciencia.
--¿Acepta? le pregunté.
Se sentó en un sillón, sacó una caja de pasta negra, me ofreció un
polvo, tomó otro, y me dijo:
--Nos encontramos en una situación sobre manera extraña: una joven,
embellecida por Dios con cuantas virtudes pueden hacer respetable a una
criatura, sola, pobre, desventurada, se encuentra entre nosotros dos;
puesta primero, bajo la protección espiritual de un pobre exclaustrado,
y amparada después, de una manera noble, desinteresada admirable, por un
joven rico, viciado en el gran mundo, casi impío, pero que tiene un
excelente corazón. Pero he dicho mal: nuestra situación no es extraña.
¡Nos ha reunido la Providencia de Dios!
--En efecto; en el conocimiento de nosotros tres, hay mucho de
providencial, le dije, más por ser cortés con el buen exclaustrado, que
porque yo creyese en la Providencia. Ya he dicho antes que en aquella
época era yo impío.
--¡Pues ya lo creo! dijo con el entusiasmo de un poeta el padre
Ambrosio; mi vida era triste, llena de sufrimientos, llena de recuerdos,
combatida por pasiones que había exacerbado la desgracia, y... si hace
diez años, no hubiera encontrado a mi paso a esa niña que se arrastraba
sobre sus manecitas en los corredores de la casa de vecindad donde me
había llevado a vivir mi pobreza... Yo lo había perdido todo; parientes,
amigos, afectos, hasta la paz de mi celda, de la cual me arrojaron las
necesidades de la nación... la planta marchita y enferma que vegeta
sobre un terreno ingrato, siente con delicia, y parece reanimarse al
soplo de las auras de la mañana. Yo, muy semejante a una planta enferma,
sentí una impresión de consuelo un día que, sentado al sol en la puerta
de mi tabuco, sentí junto a mí, apoyando sus manecitas en mis rodillas,
y sonriéndose (Dios me perdone) como deben sonreír los ángeles, una niña
como de cuatro a cinco años.--Era Amparo.--Necesitaba afectos, y mi alma
se volvió a aquella existencia pura, a aquella niña que estaba muy
pobremente vestida, enflaquecida por el hambre. Supe que no tenía
padres, que estaba en poder de una mujer de la misma vecindad, que la
había encontrado en la calle. Y aquel desamparo en la infancia, aquella
miseria en un ser tan débil, me hicieron concebir el mismo pensamiento
que usted concibió cuando la encontró en medio de la noche recogiendo
trapos. He hecho... cuanto he podido... en cambio, ella me ha dado
acaso, la salvación de mi alma, porque estaba desesperado... y Amparo ha
sido para mí un amparo de Dios, porque me ha obligado a amarla: porque
amándola, he llenado mi corazón con un afecto, y he podido consolarme y
esperar con resignación el fin de mi jornada.
--Creo que Amparo ha ejercido sobre mí una influencia muy semejante a la
que ha ejercido sobre usted.
--¡Oh! ¡sí! me ha bastado con lo que Amparo me ha dicho de usted, y con
verle después una sola vez, para comprenderle: tiene usted el alma
virgen, sedienta, cansada de un mundo donde no vive bien: hastiada de
todo, escéptica, porque ha perdido la esperanza, y ha encontrado usted
en Amparo algo de lo que buscaba y no había podido encontrar. ¡Lo ha
encontrado usted de noche, recogiendo los despojos del lujo y de la
miseria, teniendo por único amigo un perro, por único amparo Dios! Y
porque tiene usted el alma virgen y llena de entusiasmo y de
sentimiento, ha hecho usted lo que nadie hubiera hecho; y porque Dios
quiere que crea usted en él, le ha presentado a usted de la manera más
bella, el dulce consuelo de la expansión de la caridad.
--¿Que Dios quiere que crea en él? dije moviendo tristemente la cabeza,
quisiera creer; envidio a los que creen. Y ya que como usted dice nos ha
reunido la Providencia, sea usted mi misionero en buena hora. Le prometo
escucharle y...
--No seré yo quien haga a usted creer en Dios, me dijo solemnemente el
padre Ambrosio, será ¡ella!
--¡Oh! ¡acaso! El afecto que me inspira es profundo. Pero dejando el
terreno en que nos hemos metido, y en el cual tendremos lugar de volver
a entrar, porque nuestro conocimiento será largo y nuestro trato
frecuente, vengamos a la situación del momento. Mis proyectos respecto a
Amparo, se reducen a arrancarla legalmente del dominio de esa mujer; yo
había pensado adoptarla, pero soy demasiado joven y me ha parecido mejor
que la adopte usted legalmente.
--¡Oh! ¡sí! después de lo que ha acontecido hoy a esa infeliz, yo la
hubiera adoptado de todos modos.
--Después quiero perfeccionar su educación, poniéndola a nivel de las
jóvenes de nuestro gran mundo; casarla luego de una manera brillante a
beneficio de un magnífico dote...
--Dejemos obrar a la Providencia, me interrumpió el exclaustrado; yo la
adopto y acepto para ahora la protección de usted; y puesto que usted
rechaza, como rechazo yo, la idea del claustro, que se la había metido
de una manera tenaz en la cabeza, entré en buen hora en un colegio:
afortunadamente soy confesor de un matrimonio muy digno; él es un
antiguo y honrado cobachuelista; ella, antes de casarse, fue maestra de
niñas en una ciudad de provincia, y hace algunos años, después de
casada, tiene en Madrid un colegio de señoritas, que poco a poco ha ido
desarrollándose y que es al fin uno de los más favorecidos. Esta es cosa
concluida, aceptada. Ella lo resistía; pero yo que pienso que el mejor
uso que puede hacer un hombre de su fortuna es favorecer a sus
semejantes, la he convencido.
--Pues en ese caso, le dije, voy a principiar desde este momento.
El padre Ambrosio se quedó en casa, autorizando en ella la presencia de
Amparo y yo, después de informarme por ella de la habitación de la
Adela, me fui a buscar al comisario de policía de su distrito.
* * *
Después de algunas soeces equivocaciones de este funcionario, respecto a
mi interés por Amparo, a quien no se por qué, conocía, entré de lleno en
la exposición del objeto que me llevaba por primera vez a tratar con
tales gentes.
Quería yo evitar de todo punto un ruidoso procedimiento judicial, para
arrancar a Amparo del dominio de aquella malvada, y cuando el comisario
me hubo escuchado, me dijo:
--Pues es muy sencillo de hacer lo que usted desea; pero no deja de ser
comprometido.
--Comprendo; ¿se trata?...
--De un abuso de autoridad.
--Pero cuando se abusa de la autoridad para el bien...
--Se puede ir a presidio lo mismo que cuando se abusa para el mal.
--Ya sabe usted mi nombre...
--Sí, sí señor: sé que la influencia de usted basta para sacarme de un
atolladero... sin embargo...
--Sé que deben recompensarse estos servicios, añadí sacando algunos
billetes y poniéndolos sobre la mesa bajo mi mano.
--¿Es urgente la resolución de ese negocio? me dijo el comisario.
--Urgentísima.
--Entonces haga usted que ese exclaustrado, ese padre Ambrosio, venga a
verme al momento, y descuide usted; es asunto de dos horas; una renuncia
de la adopción de _la Adela_ sobre _la Amparo_; la adopción en forma de
_ese fraile_; un testimonio de escribano, y... santas pascuas. Si la
Adela resiste, con arreglo a la queja de usted, la llevo a la
Galera[**], y doy parte al gobernador. Pero no resistirá, yo se lo
aseguro a usted; sé perfectamente cómo se hacen estas cosas: cuando se
ha dado un paso en vago como el que ha dado esa mujer... cuando está
ofendida la moral pública...
[** Prisión de mujeres en Madrid. Nota para los que no conozcan la villa
y corte.]
--Bien, bien; ¿quedamos convenidos?
--Sí, señor. Envíeme usted _el fraile_.
--Le enviaré al momento. Adiós.
--Servidor de usted, caballero.
Salí dejando sobre la mesa del comisario algunos billetes de banco.
No sé como el bueno del funcionario arregló el negocio, pero el
resultado fue que la Adela renunció por ante escribano a todo dominio
sobre Amparo, y el padre Ambrosio la adoptó con todas las formalidades
prescritas por las leyes.
Todo aquello se hizo en muy pocas horas.
Amparo no pasó la noche en mi casa.
Se la había trasladado en un coche, previo dictamen del facultativo, al
colegio de que era directora doña Gregoria de... hija de confesión del
padre Ambrosio.
Me olvidaba decir que Mustafá había ingresado también en el colegio.
Di orden a mi administrador general de que pagase a doña Gregoria mil
reales mensuales por la pensión de Amparo, y aquel asunto quedó para mí
enteramente concluido.
La casualidad, según yo, o la Providencia Divina, según el padre
Ambrosio, habían arrojado delante de mí un gran infortunio. Yo había
cumplido con mi deber, según mis convicciones, y estaba tranquilo.
Pero una vez satisfecho este deber, una vez pasada la novedad de mi
aventura, comprendí que Amparo no era bastante para arrancarme del
hastío; para reconciliarme con la vida.
Esta decepción de mi esperanza me fue sumamente dolorosa.
Amparo era para mí una obligación contraída que ningún sacrificio me
costaba, porque yo era muy rico.
No me había inspirado amor, sino caridad.
La caridad estaba satisfecha, y había desaparecido el encanto.
Es cierto que yo sentía hacia ella un afecto profundo; que me interesaba
su porvenir... pero su porvenir estaba asegurado. Por otra parte, yo no
tenía herederos forzosos; mis padres habían muerto cuando era muy joven,
y podía nombrar a Amparo mi heredera universal.
Ninguna dificultad, ningún interés representaba Amparo que me ligase a
la vida.
Me había galvanizado por un momento, haciéndome sentir, a mí, cadáver
ambulante.
Volvió mi tedio.
Sin embargo, fui a verla todos los días mientras duró su enfermedad,
luego algunas veces a la semana...
Amparo se mostraba silenciosa, retraída, como cohartada, delante de mí.
Yo veía en aquel encogimiento, orgullo, altivez, pesar de verse obligada
a aceptar mis beneficios.
Esto me disgustaba.
Llegó un día en que creí que había sido un imbécil; que había ido,
respecto a Amparo, más allá de donde debía.
Hasta llegué a creer que el padre Ambrosio era un hipócrita, y doña
Gregoria una mujer interesada.
Cuando un hombre llega a disgustarse de la vida; cuando rompe el vínculo
de afectos que le unen a la sociedad; cuando, en fin, llega a dudar de
todo, o por mejor decir a no creer en nada... cuando se hace
excéptico...
Un excéptico es la calumnia viviente.
Un excéptico es con suma facilidad malvado.
* * *
Dejé de ver a Amparo.
Y, sin embargo, el recuerdo de Amparo estaba fijo, siempre fijo en mi
alma.
Es que halago un sueño, decía yo.
Y el sueño, o Amparo, se hacían más persistentes en mi pensamiento.
Por entonces, mi tío el duque de... me llamó al pueblo, a donde, cansado
como yo de todo, se había retirado.
Fui y vi con asombro, que mi tío había tenido la fortuna de lograr
crearse una familia _sui generis_ con sus perros, sus patos, sus conejos
y sus gallinas.
Entraban en esta familia, las flores del jardín, y las legumbres de la
huerta.
Envidié con todo mi corazón a mi tío.
--Te he llamado, me dijo, para un asunto de interés: cuando digo que es
de interés el asunto, claro está que a quien interesa es a ti, porque a
mí ya no me interesa nada.
--¡Oh! ¡sí por cierto! los perros, los patos, las gallinas.
--Tengo poder bastante para hacer completamente feliz la vida de esos
animales: ellos por su parte me pagan cumplidamente, siendo mis
cortesanos, y casi amándome: estoy seguro de que uno solo de mis perros
me sea ingrato, y de que uno de mis conejos pretenda robarme o
engañarme: las flores me recompensan de mis cuidados por ellas, dándome
su fragancia y sus colores; y... en fin... y hablando formalmente,
repito que nada me interesa en el mundo más que tú, que no me necesitas;
y si no creyera en Dios y le temiera, hace mucho tiempo que... pero no
hablemos de eso. El asunto que te interesa, consiste en que me suscitan
dificultades a la posesión del mayorazgo que tengo en Italia.
--¿Y qué le importa a usted?
--¡A mí! ¿pues no me ha de importar? ¿no eres tú mi heredero? ¿No sabes
que la fuerza de mis rentas está en Italia?
--Y bien, ¿qué quiere usted?
--Que vayas allá a ayudar con buenos patacones nuestro derecho, que de
todo hay necesidad: te daré un poder en forma, y... estás delgado,
pálido, hijo mío; vete a la hermosa Nápoles; enamora, gasta, distráete;
temo que te me mueras como se me murió mi hermano... y mi temor es muy
natural. ¡Diablo! eres lo único que queda de mi familia...
--Iré a Nápoles, tío.
--Pues bien: hablemos ahora cuanto quieras, de mis patos, mis gallinas,
mis conejos, mis perros y mis flores.
Ocho días después, me despedí de mi tío y me puse en camino para Italia.
Llegué, vi y vencí.
Es decir, vi a los jueces, y reforcé mi derecho, o, por mejor decir, el
derecho de mi tío, con tales razones, que quedaron allanadas todas las
dificultades que se habían levantado contra su pacífica posesión de los
bienes que tenía en Italia.
Escribí a mi tío, participándole el buen resultado del negocio, y
manifestándole que, no teniendo nada que hacer en España, iba a
completar mis viajes yendo a Oriente.
Mi tío me contestó enviándome libramientos por valor de algunos miles de
duros, para que pudiese hacer el viaje como correspondía _a mi clase_.
Me llevé conmigo a Mauricio, y...
Aquí vendría bien una descripción detallada de lo que vi... pero yo no
hacía mi viaje para instruirme, sino para distraerme, y no tomé un solo
apunte, ni hice una sola pregunta.
Me contentaba con ver, y el misterio de lo desconocido que siempre tenía
ante los ojos, me distraía.
Sin recibir una sola carta de Europa, sin escribir, sin leer un solo
periódico europeo, estuve viajando por Oriente durante cuatro años,
vistiendo, comiendo y viviendo como los naturales del país en que me
encontraba, y permaneciendo en un lugar hasta que me cansaba de él.
Y hubiera andado errante, sabe Dios cuanto tiempo, si no me hubiera
quedado solo.
Mauricio, el pobre Mauricio, me había abandonado.
Y bien contra su voluntad por cierto.
La bala de la espingarda de un griego de Missolongi, le había servido de
medio para su último viaje.
Para su viaje a la eternidad.
¡Ya se ve! el bueno de Mauricio había conocido por una extraña
casualidad a una hija del tal griego, que tenía los ojos más negros y
más habladores del mundo, y, sin duda, por casualidad había encontrado
también el medio de introducirse de noche en los jardines del griego.
La casualidad hizo también que el padre se apercibiese de los amores de
su hija con un extranjero, y... ya os lo he dicho: una bala fue a
hospedarse en la cabeza de mi doméstico, que puesto en la calle por su
matador, apenas tuvo tiempo para declarar... que después de haberle
herido... el padre había extrangulado a su hija.
Este drama me impresionó fuertemente, y escapé.
Sin detenerme un solo día, sin pararme en ninguna parte, me trasladé a
París.
Esta población era para mí muy familiar, tenía en ella multitud de
amigos y toda clase de medios para pasar la vida al galope por medio de
placeres.
Pero era el caso que los placeres no existían para mí.
O por mejor decir, yo no existía para los placeres.
¡Me hastiaba todo!
La amistad me daba risa. El amor asco.
Todos los hombres me parecían malos cómicos, que charlaban un papel
aprendido de memoria.
En cuanto a las mujeres... ¡las mujeres! las miraba con odio.
«He allí, me decía, esa eterna mentira engalanada, que en todas partes
ríe, que a todas partes lleva su hediondo misterio. He allí ese ser que
se venga del hombre, extraviándole y degradándole, de la degradante
posición del débil, a que el egoísmo del hombre le ha relegado. Ved la
corrupción arrastrándose por los salones, coronada de rosas.»
Yo era indudablemente injusto.
¿Pero qué desgraciado no lo es?
Yo había nacido para amar, y del amor sólo había encontrado la fórmula,
la frase.
Pero la realización, el hecho, tenía para mí el encanto de lo
desconocido, de lo imposible.
El amor para mí no era otra cosa que un sentimiento mitho.
Hijo como todos los mithos, del entusiasmo, del sueño, en una palabra,
de la poesía.
El amor para mí era un idilio irrealizable.
Las mujeres que hablaban de amor me irritaban: parecíanme los
profanadores del templo que iban a vender a él sus mercancías.
Amparo solía surgir de tiempo en tiempo, como una excepción entre el
embrollado caos de mi escéptico pensamiento.
Amparo, con toda su poesía, embellecida por su abandono, grata para mí,
por la protección que la dispensaba.
Pero ¿acaso mi escepticismo no había alcanzado también a ella?
¿Acaso no la había creído una muchachuela picardeada en una casa de
vecindad y amaestrada por un fraile hipócrita?
¿Acaso no había huido de ella como quien huye de un peligro?
Porque debo confesar, que desde el día en que almorzó conmigo, comprendí
con terror que Amparo podría arrastrarme a un amor nuevo, desconocido
para mí; y tanto más terrible, cuanto más accesible al amor estaba mi
alma.
No la había olvidado un solo momento: vivía dentro de mí, no podré
deciros cómo; era una idea vaga, íntima, que se había asimilado a mi
manera de ser, a la que me había acostumbrado, que me acompañaba
siempre, que vivía conmigo.
Pero indeterminada, misteriosa, monótona, muda con el mudismo de lo
incomprendido, como una de esas inscripciones cuneiformes que los
filólogos más profundos se esfuerzan en vano por descifrar.
¿Qué representaba Amparo para mí?
Un ser débil, o una estafadora que me explotaba a título de caridad.
La duda es una cosa horrible.
Cuando la duda se convierte en una idea fija... cuando queréis aclarar
esa duda y no podéis... cuando el ser que esa duda os inspira ha logrado
convertirse en la asimilación de vuestro deseo... cuando se ha
constituido en vuestro recuerdo... ¡oh! esa duda... esa duda es la
muerte de vuestra razón... esa duda os trae a una jaula de locos...
Pero yo no dudo, no; ¡Dios mío! ¡yo no puedo dudar de ella! si dudo...
no es de su virtud... no... no es de su pureza... dudaba... pero
ahora... ahora, mi duda y mi locura es otra... yo pienso que Amparo no
ha existido... yo pienso que Amparo sólo ha sido para mí un hermoso
sueño de primavera... yo pienso que ha sido un fantasma soñado por mi
deseo.
* * *
He pasado muchos días, sin escribir en mis memorias.
O, mejor dicho: hoy, antes de quedarme solo, cuando pensaba haber
despertado de uno de esos sueños densos, en que nada se siente; sueño de
tinieblas en que nada se ve; sueño que es la negación de la existencia y
del que se despierta, antes de acabarse de dormir, espeluznados,
estremecidos, fríos como si se hubiera sentido el contacto de la mano
de la muerte; cuando sólo creí, repito, despertar de un sueño horrible,
me han dicho que he estado un mes delirando, furioso, nombrando a
Amparo, amenazándola, apostrofándola, insultándola, prodigándola los
epítetos más degradantes.
Yo no recuerdo nada de esto.
Me he mirado al espejo y he visto...
¡Oh! el aspecto de mi miseria me ha hecho llorar.
Mi llanto ha sido una elegía muda a mi destrucción.
Porque yo soy una ruina.
El espejo, que no miente, me lo ha dicho.
Y luego, hay en mis ojos una cosa que me espanta; algo de fuego
recóndito allá lejos, muy lejos, en la inmensidad, en lo infinito,
dentro del foco de mi mirada.
Mis cabellos están blancos y rígidos, mi piel árida y arrugada, mi boca
contraída.
Y luego estoy flaco, muy flaco.
Debajo de mi piel, que me viene muy ancha, se pueden contar mis
ligamentos y mis arterias.
¡Ah! sin duda estoy loco... ¡loco!
¡Bah! no hay que afligirse por eso.
Yo creo que el mundo no es otra cosa que un gran hospital de locos que
se comprenden y que se despedazan, comprendiéndose, y que sólo se
encierran en hospitales más pequeños a los locos a quienes no comprende
nadie... o acaso, acaso, llame el mundo locos a los que tienen razón.
La verdad es que yo veo continuamente hombres que se creen muy cuerdos y
a mí me parecen los más rematados.
Me causan risa y lástima.
* * *
No me acuerdo de lo que he hecho o dicho durante ese mes.
Sí, indudablemente ha pasado un mes, sin que yo le sienta pasar.
Ayer el rosal que tengo en mi ventana, estaba cubierto de rosas; hoy las
rosas están muertas, deshojadas... sólo las queda el pétalo negro y
seco.
Ayer me trajeron un nido de ruiseñores.
Estaban triponcillos y desnudos; tenían hambre, y abrían, piando en
coro, unas desmesuradas bocas amarillas: hoy están enteramente cubiertos
de su plumaje pardo, saltan en la jaula, y ensayan sus primeros trinos.
Ayer mi cuadrante marcaba el mediodía natural a las doce y tres minutos
y hoy le marca a las doce y treinta y tres.
Ha pasado un mes en que no he vivido.
Un mes, en que el no ser me ha envejecido veinte años.
Ayer aún era joven: hoy soy ya anciano.
* * *
¡Ah! ya me acuerdo... ya comprendo.
Vivo yo en un pequeño aposento; en este aposento hay algunos muebles muy
sencillos.
En este aposento hay una reja que da sobre un jardín... sobre un
pobrecillo jardín descuidado, en que las malvas locas se extienden
libremente, y que es mi pequeño mundo.
Hay además una puerta muy fuerte, que tiene una rejilla muy espesa.
Esta puerta da a un pasadizo oscuro, por donde entran, como por una
cerbatana, gritos estridentes, alaridos, bramidos, imprecaciones,
carcajadas, cantares, ruidos; son de cadenas que se arrastran,
chasquidos de puertas que se cierran, una tempestad continua de sonidos
discordantes, secos, desentonados, agudos, horribles; algunas veces, de
noche, muy tarde, suele avanzar, jadeante y cansado, por decirlo así, un
canto triste, dulce, suspirante, siempre el mismo, cuyas palabras, no
se entienden, pero cuyo sentimiento se adivina; canto con el que vuela
por la estrecha crujía, apagándose, perdiéndose, gastándose al rozar las
paredes, el alma de un ser que llora cantando: suave oleada que se
escapa de un océano de sentimiento, y que acaricia mi alma y la
consuela.
He preguntado de qué cuerpo se exhalaba aquella alma, y me han dicho:
--Es una pobre mujer que ha perdido a su esposo y a su hija, y se ha
vuelto loca.
Yo amo a esa loca.
Quisiera saber su historia.
He ofrecido dinero, todo el que quiera, al que me traiga la historia de
esa loca, y ha sido en vano.
La infeliz ha concentrado, ha sintetizado, ha simbolizado su historia en
esa melodía inventada por ella; en ese eterno canto sin palabras... y no
sabe más.
No pudiendo conocer su historia, quise conocerla a ella.
Ofrecí, compré la realización de mi deseo, y me sacaron de mi tumba,
para llevarme a otra tumba... más pequeña, más oscura, más horrible.
Allí, replegada en un rincón, medio desnuda, temblando de frío, había
una mujer.
Una joven con los cabellos canos...
Una ruina como yo...
Sin embargo, mis ojos vieron su hermosura... aquella mujer debió tener
los cabellos negros y brillantes, y los ojos negros y llenos del fuego
del amor.
La miré, me miró, se arrancó de su rincón, y se vino a asir los hierros
de su jaula.
Me contempló con fijeza, se sonrió, y me dijo:
¡Tú también!
Y luego se volvió a su rincón, y entonó su eterna melodía.
Y entonces, cerca de mí, a mis espaldas, me estremeció una voz de mujer.
Aquella voz había pronunciado, conmovida y trémula, una palabra de
conmiseración para la pobre loca.
Aquella voz me hizo temblar; me volví y vi delante de mí una mujer, un
viejo y un niño.
Y la mujer... ¡oh Dios mío! la mujer lanzó al verme un grito horrible, y
yo... yo... hace un momento que despierto... hace un momento que
recuerdo...
¡Era ella!... ¡Amparo!... ¡viva!... ¡al lado de otro hombre!... ¡delante
de mí!...
¡Oh! ¡es imposible! ¡imposible de todo punto! ¡mi razón perturbada por
la vista de aquella loca infeliz!...
Pero el acento de aquella mujer, reposado, grave, sonoro...
Y sus ojos, y su frente, y sus cabellos...
Y su terror al verme...
¡Oh! ¡no! ¡no puede ser! un acento parecido... un terror natural en
ella... porque yo, al escuchar aquel acento, me volví amenazador,
terrible, a la persona que lo había producido...
No, no podía ser Amparo.
Los muertos no se levantan de su tumba.
Indudablemente no era ella, como no es ella ese blanco fantasma que veo
algunas veces durante mi delirio de pie e inmóvil junto a mi lecho.
* * *
Acabé de fastidiarme en París.
Más aún, empecé a sentir un deseo punzante de ver a Amparo.
Como estaba acostumbrado a hacer mi voluntad, apenas el deseo de verla
se me hizo exigente; me puse en camino.