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MANUEL FERNÁNDEZ Y GONZÁLEZ
AMPARO
(MEMORIAS DE UN LOCO)
SEGUNDA EDICIÓN
MADRID
EST. TIP. DE RICARDO FÉ
Cedaceros, núm. 11
1888.
_Es propiedad._
EPÍLOGO
He pasado de los treinta años, funesta edad de tristes desengaños, que
dijo Espronceda.
Me he arrancado mi primera cana.
La experiencia se ha encargado de arrancarme una a una todas mis
ilusiones, o por mejor decir de secar todas mis creencias.
Hoy sólo tengo dos:
Creo en un Dios incomprensible.
Creo que la vida es un sueño
La primera verdad la ha dicho la Biblia.
La segunda la ha dicho Calderón.
Si alguien dijo la primera antes que la Biblia;
Si alguien dijo la segunda antes que Calderón, quede sentado que yo no
conozco fuera de aquel admirable libro y de aquel admirable poeta, al o
a los que haya o hayan dicho aquellas dos verdades.
Lo que yo sé decir, por experiencia propia, es que nadie cree las
verdades hasta que se las hace conocer la experiencia.
La experiencia, en general, tiene una manera muy dura de dar a conocer
las verdades.
Si se nos permite que supongamos que la vida es un camino sobre el cual
marchamos con los ojos vendados, se nos permitirá también suponer que la
experiencia es un poste colocado en medio de nuestro camino, hacia el
que marchamos a ciegas, y contra el cual nos rompemos las narices.
Pero en cambio, y por mucho que el golpe nos haya dolido, encontramos
una verdad que no conocíamos;
El reverso de una medalla;
La antítesis de una bella idea;
El interior de un _sepulcro blanqueado_;
Sarcasmo y podredumbre.
De lo que se deduce que: costándonos el conocimiento de cada verdad una
contusión, y siendo infinitas las verdades que nos obligan a descubrir
las ilusiones que debemos a nuestro amor propio, un hombre no puede
llegar a tener experiencia, sin encontrarse completamente descoyuntado.
Un hombre lleno de experiencia es un árbol muerto, metafóricamente
hablando, contra el cual zumba desapiadadamente el _huracán de las
pasiones_, valiéndonos de otra metáfora.
Y sin embargo de que, y continuamos en el estilo metafórico, ya no tiene
ni frutos ni hojas que el huracán pueda arrancarle, le arranca las
extremidades de las ramas secas.
Después viene el rayo y le hace trizas.
Después la lluvia del invierno le pudre.
¿Dónde estaba el hermoso árbol?
Hasta sus raíces se han podrido.
Ese árbol no ha existido.
Ha sido un hermoso sueño de primavera.
Una horrible pesadilla de verano.
Sí; Dios que ha hecho su criatura para que sea destruida, es
incomprensible.
La vida que pasa sin dejar tras sí vestigio alguno es un sueño.
Quede sentado que la Biblia es un gran libro;
Que Calderón era un gran poeta;
Y que yo soy lo que quieran mis lectores que sea.
* * *
Esto escribía yo una noche que no tenía sueño.
Eran las tres.
Estaba en calzoncillos blancos y tenía frío.
No tenía un cuarto y estaba desesperado.
Un viejo reloj de pared me dejaba oír un monótono tic-tac.
El ruido de un péndulo cuando se está en cierta disposición de ánimo, es
un ruido que crispa los nervios.
No sé a quien he oído decir que el cólera morbo es una enfermedad
nerviosa.
De modo, que cuando no se tiene sueño, cuando no se tiene dinero, y se
tiene frío, y se oye el tic-tac de un péndulo, en medio del silencio de
la noche, se está muy expuesto a ser un _caso_.
Por lo mismo, y cediendo a un laudable sentimiento de conservación
propia, voy a meterme de nuevo en la cama y a buscar la vida en el
sueño.
Porque, si la vida es sueño, el sueño debe ser vida.
Y esto es tan exacto, como que, si la vida del hombre son las ilusiones,
nada más comparable a la vida que el hermoso sueño de un sediento que
cree estar echado de bruces sobre una fuente cristalina;
O el de un pobre que cuente oro;
O el de un enamorado que besa y devora a una mujer hermosa;
O el de un diputado de la oposición que se mete debajo del brazo una
cartera;
O el de un hambriento que come en la fonda del <sc>Cisne</sc>.
(Entre paréntesis: la fonda del <sc>Cisne</sc> es de un amigo mío, y puedo
recomendarle cualquiera de mis lectores, para que en un cubierto de a
duro le ponga un plato más.)
* * *
Me he metido en la cama, pero no he conseguido dormirme.
La realidad huye de mí: el sueño me persigue.
Soñemos, ya que no podemos vivir.
Soñemos escribiendo.
Escribir es muy fácil, sobre todo cuando se escribe mal.
Por eso tenemos en España tantos literatos;
Y tantos poetas;
Y tantos periodistas;
Y tantos sabios.
Esto consiste en que en España todos estamos aburridos, o tenemos frío o
hambre, y nos distraemos escribiendo.
También es cierto que son muy pocos los que se distraen leyéndonos.
Por eso en España los escritores no tenemos un cuarto.
Hay diez musas.
O por mejor decir, no hay diez musas sino una.
Antes había nueve.
La una, que las ha matado, es una musa horrible que vive de dar muerte.
Esa musa es el <sc>Hambre</sc>.
El hambre es la musa de los españoles.
¿Quién dijo esto? ¿Quién lo dijo?
Venturita.
No señor: don Ventura.
Aun no señor: el excelentísimo señor don Ventura de la Vega.
El que abandona a _César_ por el _Marqués de Caravaca_;
La tragedia por la zarzuela;
La fama por el dinero.
Bien sabía Vega lo que se decía cuando dijo que la musa diez era el
hambre.
Nosotros hemos dicho que el hambre es la musa única de los españoles.
Y si no, ¿quién les inspiró la revolución de julio?
Porque una revolución no es otra cosa que una poesía diabólica, para
producir, la cual es necesario que a todo un pueblo se le calienten los
cascos.
¿Quién fue, pues, la musa que inspiró al pueblo de Madrid aquella
sinfonía infernal de los _tres días_ y aquel poema berroqueño en quince
cantos de las barricadas?
Fue la libertad.
Sí, señor: pero la libertad en su sentido real, tangible y comestible:
el deseo de comer libremente.
¿Quién inspiró tantas cosas inspiradas como se dijeron y se escribieron?
La necesidad de comer.
Es verdad que no hemos comido tanto como esperábamos: que el banquete no
ha correspondido al programa... pero...
Se conoce que estoy de muy mal humor, en que he ido a meterme con botas
y espuelas bajo la jurisdicción o en la jurisdicción del señor fiscal de
imprenta.
Por lo mismo, y para evitar una cornada, tomemos de nuevo el olivo de la
bella literatura.
Esto es: levantemos ante el señor fiscal, como en señal de paz, un ramo
de oliva.
Dicen que en el Saladero es muy fácil convertirse en _caso_. [* Esto se
escribía durante el cólera.]
Es necesario, pues, evitar de todo punto que le pongan a uno en
salmuera.
Pero diréis, y con razón: el autor está loco:
Perdonad: una palabra.
Tened en cuenta que he empezado mi novela por el epílogo: es decir, que
la he acometido por la cola.
Este epílogo, reducido a su verdadera expresión debía constar únicamente
de estas palabras:
<sc>El autor se ha vuelto loco</sc>.
O bien si no os agrada el modismo:
<sc>El autor ha enloquecido</sc>.
O bien:
El autor no ha logrado todavía encontrar su juicio, y se lo pide a sus
lectores.
* * *
MEMORIAS DE UN LOCO
Era ya muy tarde, o por mejor decir muy temprano.
Los relojes de la villa de Madrid habían marcado las tres de la mañana.
No había alumbrado; pero el reflejo de la nieve que cubría las calles
hacía la noche muy clara, aunque el cielo estaba muy oscuro.
Salía yo de una de esas casas...
Pero antes de que os diga la casa de donde salía, debo deciros quién soy
yo.
Soy un hombre ni feo ni hermoso, que acabo de cumplir treinta y seis
años, y que en la época en que pongo la fecha de mis memorias tenía
veinticuatro.
Soy una persona decente, porque soy rico, y lo fue mi padre y también lo
fueron mis abuelos.
Porque soy rico y persona decente me fastidiaba en aquella época.
Ahora no me fastidio: ahora agonizo.
Pero en aquella época estaba hastiado.
A los veinticuatro años había viajado mucho, y de mis viajes sólo había
sacado en limpio una suma enorme de recuerdos embrollados.
Mi pensamiento era una especie de torre de Babel.
En mi continuo trato con toda clase de gentes sólo había encontrado una
verdad.
Que nuestro hombre y nuestra mujer no existen.
O, precisando más la frase, que nuestro amigo y nuestra amante son dos
fantasmas soñados por nuestro deseo.
Sin embargo, muchos hombres me han ofrecido su bolsa y su vida, y muchas
mujeres su cuerpo y su alma.
Yo tomaba lo que estos hombres y estas mujeres me vendían a beneficio de
inventario, y ponía en cuenta corriente sus sacrificios frente a mi
dinero.
Lo que significa que descubrí otra verdad que se contiene en los
siguientes versos:
Pues el amor y la amistad se venden,
lo que hay que procurarse es el dinero.
Si yo hubiera sido pobre, me hubiera afanado por adquirirle, para tener
un día el placer de estrechar las manos de muchos amigos y ser
estrechado entre los brazos de muchas amantes.
Pero como era rico, me encontré en posición de entrar en el mundo de las
afecciones por la puerta principal desde el momento en que me decidí a
ser _hombre de mundo_.
Y tuve amigos y amantes... a docenas.
Pero comprendí que estos amigos y estas amantes no merecían ni aun los
honores de la farsa.
Acabé por hastiarme y pensé en el suicidio.
El hastío es la modorra del espíritu, su condensación, su no hay más
allá; su mortaja, su ataúd, su _pulvis es_.
Un hombre hastiado es un muerto que anda; un muerto que en vez de
apestar a los vivos es apestado por ellos.
Me decidí por el suicidio.
Pero no adopté el medio vulgar de darme un pistoletazo, de suspenderme,
de sumergirme, de darme de puñaladas o de beber ácido prúsico.
Tales medios no los adoptan más que los desesperados de mal género.
Los que temen a los acreedores.
Los que han sido bastante necios para referir su existencia a la
posesión de una mujer.
Los etcétera, etcétera.
Un hombre hastiado debe morir noblemente luchando brazo a brazo con el
hastío, forzándole, estrechándole, entrando de lleno en los excesos de
todo género, hasta caer bajo los estragos de una vida monstruosa,
absurda.
Yo lo adopté todo: la crápula, la orgía el desorden, el placer...
Yo esperaba que apareciese la tisis.
Pero la tisis huyó espantada de mí.
Inútilmente forcé mi organización, procuré gastarme.
Mi organización resistió como una máquina de acero.
Entonces me entregué resignado a mi destino.
Como si un genio fatal y poderoso se hubiese propuesto oponerse a mi
voluntad, se me hizo imposible el suicidio, a no ser apelando al medio
ruidoso y poco decente de levantarme la tapa de los sesos, o de hacerme
matar en un duelo.
Me reduje, pues, a satisfacer las necesidades materiales, y no pudiendo
vencer al hastío, le acepté con dignidad.
En este estado, pues, me encontraba a las tres de la mañana, aquella en
que las calles de Madrid estaban cubiertas de nieve.
Salía yo de una de esas casas, donde todo es permitido, donde se ríe, se
bebe, se habla libremente, se fuma y se está medio tendido y con el
sombrero puesto.
Una de esas casas, en cada una de las cuales tiene abierta una candente
y luminosa página el mundo.
Donde las mujeres se presentan tales cuales son, arrojada la careta del
decoro.
Donde los hombres hacen gala de sus vicios.
Yo no gozaba allí; pero estaba mejor que en otras partes, porque allí al
menos veía claro, y no estaba obligado a fingir ni a violentarme.
* * *
Adelantaba yo maquinalmente a lo largo de una calle.
Aquella calle era corcobada de configuración y ciega de luces.
Hacía un frío de cuarenta grados y nevaba.
De repente brilló una luz a lo lejos, y un cuerpo humano proyectó sobre
la pared una gigantesca sombra.
Y, sin embargo, lo que producía aquella sombra gigantesca era una niña.
Aquella niña era una trapera.
Iba sola, y la acompañaba un perro.
Yo llevaba en la boca un cigarro sin encender, y con intención de
encenderle me dirigí a la trapera.
La muchacha tenía muy poca ropa, y el perro muchas lanas.
Sin embargo, la muchacha parecía resistir admirablemente el frío, y el
perro tiritaba.
La muchacha cantaba a media voz, sin duda por temor de interrumpir con
su canto el sueño de los vecinos, y revolvía los montones de despojos
con su gancho, buscando trapos que, cuando encontraba, arrojaba en la
cesta.
Al acercarme, el perro gruñó y adelantó hacia mí de una manera
amenazadora.
La muchacha entonces me miró y seguidamente llamó a su perro.
--¡Eh! ¡quieto, Mustafá! le dijo, dejándome oír una voz infantil y
fresca, al par que armoniosa y grave: ¿no ves que es un caballero?
El perro retrocedió, y yo me acerqué más.
La muchacha me miró de nuevo.
Hay miradas que son una historia.
Hay miradas que son un poema.
Hay miradas que son una sátira.
Hay miradas que dilatan el alma.
Hay las por el contrario que la comprimen.
La mirada de la traperita me refirió una historia muy sencilla.
La historia de una vida de sufrimiento.
La mirada de la traperita fue un poema que podía haberse reducido a
estas dos palabras:
«Sufro y espero.»
Estas dos palabras son la historia del género humano.
Sufrir y esperar.
¿Qué sufría aquella niña?
La pobreza con todas sus consecuencias, acaso.
¿Qué esperaba?
¡Quién sabe lo que puede esperar una criatura!
La muchacha era toda ojos: unos hermosísimos, rasgados y elocuentes ojos
negros.
Aquellos ojos se descataban de una manera enérgica, y parecían más
grandes y más negros que lo que lo eran en realidad, sobre un semblante
flaco, muy pálido, muy triste.
A pesar de la tristeza de aquel semblante, los ojos sonreían, pero con
la triste sonrisa de la resignación.
Su mirada dilató mi alma, la hizo aspirar una pasión pura.
Yo creo que fue compasión hacia aquella niña lo que me hizo sentir su
mirada.
Y a más de la compasión un no sé qué misterioso, que no era amor ni
deseo porque ni deseo ni amor podía inspirarme aquella pobre criatura.
Sin embargo, han pasado doce años desde que la vi la primera vez, y aún
no he podido olvidar su primera mirada.
Me sonrío con ella como se sonríe a un hermano querido.
Me dio _paz_ con su mirada en el alma.
* * *
Han caído dos lágrimas sobre el papel.
Siempre que las lágrimas asoman a mis ojos tiemblo de miedo.
Porque cuando mis ojos se arrasan, me sobreviene al poco tiempo uno de
esos horribles ataques, en que no pudiendo resistir lo íntimo del dolor
de mi corazón, grito y me revuelco, y me destrozo: y entonces vienen las
ligaduras y el lecho de tormento y el horrible casco de nieve.
¡Me creen loco!
Es necesario pues olvidar, procurar olvidar; secar las lágrimas y
esconder estas memorias.
La miré frente a frente, y ella me miró durante algunos segundos con una
curiosidad infantil.
--Encienda usted, caballero, me dijo, levantando su farol y abriéndole.
Encendí mi cigarro.
Luego volví a mirar a la traperita que cerró el farol y se puso a
rebuscar de nuevo con su gancho.
Yo, no sé por qué, permanecía inmóvil junto a ella.
--¿Cuánto ganas buscando trapos? la dije.
--Según: me contestó: diez cuartos, doce, dos reales. Antes se ganaba
más; pero ahora... hay muchos traperos y pocos trapos.
--¿Y no tienes más oficio que éste?
--No señor.
--¿Y con diez cuartos te mantienes?
--Como pan unos días, y otros pan y queso. Además, la señora Adela gana
otro tanto.
¡La señora Adela! Aquel calificativo antepuesto a un nombre hasta cierto
punto aristocrático, causó en mí un efecto inesplicable.
--¿Quién es la señora Adela? la pregunté.
--Es una mujer que me ha criado.
Y al pronunciar estas palabras, creí notar en su entonación algo de
doloroso, algo de impaciente, algo que revelaba que no era la señora
Adela lo mejor del mundo para la traperita.
Comprendí que tenía delante una pobre existencia necesitada de amparo.
Nunca mi hastío de la vida llegó hasta el punto de hacerme indiferente a
las desgracias ajenas.
Metí la mano en mi bolsillo y saqué una moneda.
Era una onza.
Yo había pensado darla un napoleón.
Sin embargo, alargué la mano hacia la niña y la entregué la onza.
La chica la tomó, probó su peso y se puso gravemente seria.
--¡Gracias, caballero! me dijo, devolviéndome la onza. Me basta con lo
que gano.
Y se puso de nuevo a revolver y a buscar, guardando un profundo
silencio, y visiblemente contrariada.
--¿Por qué no has tomado ese dinero? la dije.
La muchacha no contestó.
Me obstiné, y entonces, alzándose con una dignidad y una firmeza
supremas, me dijo:
--Si no sigue usted su camino, caballero y me deja en paz, llamaré al
sereno.
A tal arranque tomé mi partido: arrojé la onza en la cesta de la
muchacha, y me alejé.
--Por favor, caballero, me dijo corriendo tras de mí y con acento entre
suplicante y colérico: usted está equivocado y tira su dinero. Créame
usted: tome usted su onza: yo le doy las gracias y... no hablemos más.
--¿Y de qué modo puedo yo hacer para favorecerte? dije volviendo y
tomando la onza.
--Dios me favorecerá; esté usted seguro de ello. Dios y...
La muchacha calló, tembló y fijó una mirada ansiosa en el fondo de la
calle.
Guiado por su mirada, miré y vi otra trapera que se acercaba.
--¡La señora Adela! exclamó la muchacha, y se puso con un ardor febril a
su interrumpido trabajo, mientras Mustafá gruñía sordamente.
Tardó poco en llegar una mujer harapienta, alta, huesosa, como de
treinta y cinco a cuarenta años, que fijó en mí una mirada insolente.
--¿Qué quiere este caballero? preguntó con acento de amenaza a la pobre
niña.
--Me ha pedido fuego para un cigarro, contestó temblando la traperita.
Yo creí deber atajar la conversación.
--¿Es usted la señora Adela? la dije.
--Sí, señor: ¿qué se le ofrece a usted? contestó secamente.
--Necesito hablar con usted a solas.
--¡Ah! ¡Necesita usted hablarme! Pues vamos.
Y se puso en marcha.
Noté que la traperita arrojaba sobre aquella mujer y sobre mí, una
mirada llena de ansiedad.
Seguimos la señora Adela y yo a lo largo de la calle, y nos detuvimos a
la puerta de uno de esos cafetines, asilos de tahúres y vagos, cuya
puerta se cierra a la hora prescrita en los bandos, pero que se abre
durante toda la noche a todo el que llega.
Llamé, abrieron, y la señora Adela y yo entramos.
Nos sentamos junto a una mesa, y la trapera pidió aguardiente.
Entonces, a la luz de un mechero de gas inmediato, pude observar ciertos
rasgos de distinción degradada en el semblante angular y huesoso de
aquella mujer: del mismo modo, no era difícil comprender que aún era
joven; que si parecía vieja, lo debía a excesos, y que en otro tiempo
debió ser notablemente hermosa.
Sus manos, ese indudable signo, por el que se conocerá siempre a una
persona distinguida, eran aún bellas: su mirada altiva y fija.
Estaba, pues, metido en una verdadera aventura.
--Me parece que adivino de lo que quiere usted hablarme;--me dijo
mirándome con una extraña fijeza; y sin dejarme tiempo para contestar
añadió:--sin duda se trata de Amparo.
--¡Se llama Amparo!
--Y es una hermosa muchacha: está flaca y sobre todo mal vestida; pero
con un mes de buen trato...
--¡Y usted la vendería, la dije con repugnancia sin dejarla concluir.
--Hoy todo se compra y se vende, me contestó con sarcasmo: se vende el
amor, se vende la amistad.
--¡Y se venden las hijas!
--Amparo no es mi hija, me contestó con precipitación y con acento
singular. Hace catorce años la encontré en la calle.
--¿Y sus padres no la reclamaron?
--No.
--Pero si usted no es su madre, al menos la ha criado usted.
--Por lo mismo quiero que sea feliz, dijo la trapera con su duro acento,
que me causaba una sensación fría, punzante, indefinible.
--¿Y para que sea feliz la vende usted?
--La mujer no es feliz más que vendiéndose; vendiéndose muy cara
mientras es hermosa, arrancando al amor que compra, dinero para cuando
sólo puede buscarse la caridad; ¡la caridad!...
Y después de haber pronunciado con acento de blasfemia su última
palabra, se bebió de un trago una copa de aguardiente.
--Pues usted, la dije con desprecio, no ha sabido, por lo que se ve,
aprovechar sus buenos tiempos.
--Es que yo no me he vendido, me contestó con una expresión singular:
por lo mismo la vendo a ella.
--Creo que ella no piensa venderse.
--Hará lo que yo quiera.
--Pues bien: me encargo de esa muchacha.
--No me gustan las palabras de sentido ambiguo. Sepamos claramente de lo
que tratamos. ¿Cuándo ha conocido usted a Amparo?
--Esta noche.
--¿La ha hablado usted?
--Muy poco.
--¿Y cómo entenderemos eso de encargarse usted de ella?
--Creo que puede ocuparse en otro trabajo más cómodo y beneficioso, que
en el de recoger trapos.
--Sí, ciertamente.
--Por ejemplo: puede entrar en un taller.
--Es verdad: repuso aquella mujer, cuyo semblante se había cubierto con
la expresión de la mayor reserva; pero es el caso, que cosiendo se gana
muy poco, y que hay que pasar por un aprendizaje, durante el cual nada
se gana.
--¿Cuánto suele durar ese aprendizaje?
--Acaso un año.
--No hablemos más: venga usted conmigo.
Pagué: salimos del café y llevé a aquella mujer a mi casa.
Mi criado Mauricio se asombró al verme entrar con tan mala compañía, y
mucho más cuando me encerré con ella en mi gabinete.
--De hoy en adelante, la dije, puede usted contar con doce duros
mensuales. Además, como supongo que carecerán ustedes de todo, tome
usted estos dos billetes de a mil reales, y empléelos en ropas y
utensilios. Todos los meses venga usted por la cantidad que asigno a
Amparo.
--¡Gracias, dijo fríamente aquella mujer, y se despidió de mí.
Cuando me quedé solo, busqué el cuaderno donde estaban consignadas mis
obligaciones, y anoté lo siguiente:
«Doscientos cuarenta reales para Amparo.»
Yo había hecho esto por temperamento, por costumbre, no por caridad.
Me acosté y me dormí.
Cuando desperté al día siguiente, había perdido el recuerdo de aquella
aventura.
* * *
Entró Mauricio y me dijo:
--Ahí está una muchacha que pregunta por usted. Vino a las diez y ha
vuelto otras tres veces a ver si se había usted levantado.
--¡Una muchacha! exclamé con extrañeza.
--Sí, sí, señor, y no es maleja: dice que se llama Amparo.
--¡Ah! Que entre, que entre.
Poco después entró Amparo.
La acompañaba su perro.
Venía peinada y limpia, pero muy pobre y muy ligeramente vestida.
Me saludó con gracia y con la misma digna lisura con que hubiera
saludado a un conocido antiguo.
Sonreía tristemente y estaba encendida, sobreescitada.
El perro fijaba en mí una atenta e inteligente mirada.
--Perdone usted, caballero, me dijo Amparo, si he venido a incomodarle,
pero he creído que debía venir a verle.
--¿Y por qué, hija mía?
--¿Por qué? ¿Con qué objeto ha dado usted dinero a la señora Adela? me
contestó con precipitación y con vergüenza.
--No hablemos de eso, la dije, la señora Adela lo sabe.
--Nada me ha dicho, sino que ya no recogeremos más trapos; que
compraremos vestidos y camas.
--¡Cómo! ¿No teníais camas?
--No, señor: ese es mucho lujo para nosotras, dijo sonriendo
tristemente: cuando se ha trabajado mucho, y sobre todo, cuando, se está
acostumbrado a ello, se duerme muy bien sobre un ruedo.
De la misma manera que otros se muestran neciamente soberbios con su
opulencia, Amparo se mostraba noblemente orgullosa con su miseria.
--Y bien, repuse: si nada te ha dicho esa mujer, ¿cómo sabes que yo la
he dado dinero?
--Anoche, cuando usted se alejó con ella, apagué mi farol y me fui
detrás: esperé a que saliesen ustedes del café, los seguí y vi que
entraban en esta casa. Esta mañana cuando la señora Adela me enseñó dos
papeles encarnados, cuando leí...
--¿Sabes leer?
--Sí, señor, contestó sin el más leve asombro de vanidad Amparo; cuando
leí lo que en aquellos papeles estaba impreso y vi que eran billetes de
banco... dinero, adiviné que aquel dinero venía de usted.
--Y bien, ¿qué?
--Necesito saber con qué objeto se ha desprendido usted de esa cantidad.
--¡Bah! ¡bah! ¿Con qué objeto? Con el de que no pases más noches malas;
con el de que aprendas un oficio y puedas ser la honrada mujer de un
artesano.
--El padre Ambrosio me ha dicho que hay en el mundo personas
caritativas; pero me ha dicho también que muchas veces se toma la
caridad por pretexto.
--¿Y quién es el padre Ambrosio?
--Un religioso exclaustrado de la Merced, que vive hace muchos años en
la misma casa de vecindad donde yo vivo; un digno ministro del Altísimo;
mi padre; la guía que Dios me ha dado viéndome desamparada en el mundo.
--¡Ah! ¡un religioso!
--El infeliz no ha podido hacer otra cosa que enseñarme a leer y a
escribir y procurar encaminarme a la virtud. Es muy pobre, pero... ¡es
un sabio! Lo poco que sé se lo debo, y, sobre todo, él me ha hecho
conocer que la mayor riqueza es la honra; la mayor felicidad tener la
conciencia tranquila; el mayor mérito a los ojos de Dios, sufrir
resignadamente la pobreza.
--De modo que tú, pobre, miserable, destinada a un trabajo rudo y
penoso, mal alimentada, mal vestida, sin fuego con que calentarte, sin
lecho en que dormir, ¿estás resignada con tu suerte?
--Sí, señor, contestó Amparo repitiendo su triste sonrisa.
--¡Oh! Tú no conoces al mundo, eres muy joven; estás soñando.
--Me he criado en una casa de vecindad y tengo ya catorce años.
--¿Pretendes tener experiencia?
--¡Oh! ¡sí! Yo sé que si quisiera podría vivir cómodamente, vestir
hermosas telas, concurrir a los teatros y a los paseos. Sé, porque la
señora Adela me lo ha dicho, que un hombre muy rico está enamorado de
mí. Lo sé tanto, como que me he visto maltratada muchas veces porque me
he negado... a ser feliz, como dice la señora Adela.
--¡Oh! ¡Tan joven y ya conoces el mundo!
--¿No he de conocerle si me he criado entre lodo?
--Pero tu lenguaje es escogido, Amparo: tus maneras riñen con tu
posición, pareces una señorita disfrazada.
--Lo debo al padre Ambrosio; lo debo a los libros que leo.
--Y...¿qué libros te ha dado a leer ese religioso?
--Cuando supe leer y escribir, me puso en las manos la imitación de
Cristo del padre Kempis.
Yo no había leído el tal libro; pero supuse que sería un libro de
devoción como otros tantos.
--¿Y qué más? añadí.
--La Biblia.
--¡Habrás leído, pues, el _Cantar de los cantares_!
Amparo me miró profundamente y se ruborizó, lo que demostraba que había
leído aquel libro, que tenía talento y que había comprendido la
intención de mi pregunta.
--El _Cantar de los cantares_ es un admirable libro simbólico, me dijo.
--¿Y no has leído más?
--Sí; sí, señor, los sermonarios de Bossuet y de Fenelón.
--¿Y nada profano?
--Sí; sí, señor, la historia universal de Anquetil, el Telémaco, el
padre Mariana y las poesías de nuestros clásicos.
--¿Y novelas?
--Ninguna... ¡ah! sí: las de doña María de Zayas, los ejemplares de
Cervantes y el Quijote, esa admirable novela.
Y había una lisura tal en la expresión de Amparo al contestarme; tal
falta, tal negación de pretensiones, que era necesario creer que no sólo
tenía talento, sino también elevación de ideas: ¡y junto a esto tal
conformidad, tal resignación con lo ingrato de su fortuna!
Yo, que me había interesado por ella por compasión, empecé a
interesarme por afecto, y por un momento sentí que mi hastío por la vida
desaparecía; comprendí que había encontrado algo a que podía consagrarme
dignamente: a hacer el porvenir de aquella joven tan simpática, tan
merecedora de amparo, yo era entonces impío y me dije:--Ya que la
casualidad la ha procurado un buen hombre que la eduque, yo, que soy
rico, haré lo demás: el sacerdote por una parte, y el calavera de buen
corazón por otra, haremos de ella un prodigio.
Y dentro de mi corazón adopté a aquella niña.
Una adopción paternal, pura, desinteresada.
Había en Amparo algo que dilataba mi alma.
Ni yo podía pensar de otra manera: la corrupción de la mujer por medio
del oro, me repugnaba: la rechazaban mi corazón y mi dignidad, y como
jamás pensamos voluntariamente en lo que nos repugna, ni reparé que en
Amparo existían los gérmenes de una gran hermosura, ni me incitó su
pureza, ni miré en ella más que un ser débil digno de protección.
Por lo mismo, me apresuré a tranquilizarla respecto a mis intenciones.
La hablé con la elocuencia del sentimiento, con su forma poética, porque
estaba seguro de ser comprendido por ella: con toda la espontaneidad de
mi franqueza y de mi desinterés, y logré que Amparo se tranquilizase
completamente.
--¡Ah! me dijo con los ojos arrasados de lágrimas: ¡Dios se lo pague a
usted!
Y Amparo me asió las manos, las estrechó contra su boca, y las cubrió de
lágrimas.
Después salió.
Mustafá, que durante esta escena había estado echado sobre la alfombra,
se levantó, me miró, movió lentamente la cola, y siguió a la niña.
Empecé a sentir una vaga, pero dulce ansiedad: Amparo había causado en
mí una impresión profunda, me había hecho experimentar una sensación
desconocida.
La recordaba (no podré deciros de qué modo) pero su recuerdo me dilataba
el alma.
Era el amor de un padre satisfecho de su hija.
Dejé de pensar en la muerte.
Me detuve en el camino del suicidio.
Dejé de concurrir a los lupanares.
Arreglé mi vida.
Causé una dolorosa sorpresa en mis administradores, anunciándoles que
iba a dedicarme al cuidado de mis intereses.
Hice todo esto bajo la influencia de este pensamiento:--He adoptado a un
ser a quien debo procurar hacer feliz.
Amparo había hecho en mí una revolución: me había reconciliado con la
vida.
En recompensa, yo varié de plan respecto a su porvenir: la práctica de
un oficio mecánico me parecía indigna de ella.
Aspiraba en su nombre a más.
Algunos podrán creer esto exagerado; sí lo es, está en armonía con la
exageración de mi carácter; yo siento de una manera poderosa, y para
sentir me bastan pocas impresiones.
Amparo me había impresionado fuertemente.
* * *
No sabía donde vivía.
Un día encargué a Mauricio que la buscase.
Mauricio empleó cuantos medios se conocen para encontrar una persona de
la cual se saben el nombre, las señas y la condición.
Gracias a lo bien montada que está la policía en España, Mauricio, que
era uno de los mozos más listos que he conocido, no pudo dar con ella.
Preguntó a los traperos y le contestaron que no la conocían.
Fue al Ayuntamiento y sólo constaban allí el nombre y el número de
Amparo como trapera.
Amparo empezó a hacérseme una dificultad: indudablemente a fin de mes,
la señora Adela vendría en busca de su asignación; pero yo no quería
esperar aquel plazo.
Habían pasado quince días desde mi aventura.
Era por la mañana y Mauricio entró alegre.
--Ya la tenemos, exclamó.
--¿A quién?
--A la señorita Amparo.
--¡Cómo! ¿sabes dónde vive?
--Está en la antesala.
--¡Ah! exclamé saliendo de mi gabinete y atravesando la sala; entre
usted, señora, entre usted.
Amparo entró.
Venía sencillamente vestida, un manto de sarga, un cordón de pelo al
cuello con una pequeña cruz dorada, un pañuelo de seda sobre los
hombros, una bata de percal, y un delantal negro; me pareció más alta y
más bella: venía encendida, alegre, con un bulto bajo el manto; me
saludó con una sonrisa sumamente afectuosa y entró en el gabinete, sobre
una de cuyas mesas dejó el bulto que traía bajo el manto, y que produjo
un sonido metálico.
--¿Qué es eso? la dije.
--Esto es que Dios me favorece, me contestó: son tres mil reales que he
ganado a la lotería.
--¡Ah! exclamé adivinando su intención.
--Tres mil reales que traigo a usted.
--¿Y para qué quiero yo eso?
--¿Para qué? me contestó mirándome gravemente, para que se reintegre
usted de los dos mil reales que dio a la señora Adela.
--¡Ah! ¿eres orgullosa?
--No por cierto, ¡sino que habrá tantos otros desdichados!
Se me nubló el semblante, y Amparo se apresuró a decir:
La caridad debe ser discreta; la caridad indiscreta hace más daño que
beneficio; yo ya tengo todo lo que podía desear; un cuartito alegre, una
cama blanda, ropa blanca y dos vestidos de calle. Trabajo; trabajo con
ardor, y dentro de poco seré oficiala. Emplee usted esos dos mil reales
en amparar otra desdicha, y los mil restantes guárdelos usted para
dárselos doce a doce duros a la señora Adela: hay para cuatro meses;
dentro de cuatro meses ganaré una peseta, que era cuanto deseaba. Con
que... no hablemos más. Ahí se queda eso. Tengo que comer y estar a las
tres en el taller.
Y escapaba.
--Espera, la dije, ¿no quieres tener nada mío?
--¡Oh? sí, sí... el recuerdo... y el agradecimiento. ¿No basta eso?
--Bien, me quedo con ese dinero, aunque sería mejor que los mil reales
restantes se los entregases a la señora Adela.
--Los gastaría en aguardiente.
--Me rindo, pero con una condición.
--¿Cuál?
--Ven mañana a almorzar conmigo.
Meditó durante un momento Amparo, y contestó:
--Vendré. Afortunadamente es domingo.
Y saludándome alegremente, escapó.
--¡Ah! tiene usted suerte, me dijo Mauricio; es una prenda de rey.
Recuerdo que Mauricio, recordando un puntapié que le valió esta
observación, habló en lo sucesivo con el más profundo respeto de la
_señorita Amparo_.
* * *
Fuime a una joyería y gasté los tres mil reales que me había dado
Amparo, en una bonita cruz de diamantes para ella.
La joya era de muy buen gusto, y debía parecer muy bien en el bonito
cuello de la muchacha.
Además necesitaba dejar bien puesta mi vanidad.
Aquella inesperada devolución la había humillado.
Amparo me trataba por decirlo así, de potencia a potencia.
Yo no podía conservar aquel dinero.
Mi vanidad quedaba a cubierto, regalándola la cruz.
Sólo con este objeto la había convidado a almorzar conmigo.
El día siguiente a las once, Amparo estaba en mi gabinete, donde
Mauricio había servido la mesa.
Mientras Amparo se quitaba el manto con una hechicera confianza,
Mustafá, que sin disputa era mi amigo, sentado enfrente de mí, meneaba
lentamente la lanuda cola y me miraba de hito en hito.
Yo contemplaba a Amparo con el mismo placer con que se contempla una
cosa bella, fresca, pura, encontrada por acaso en el erial de la vida.
Era una niña, en toda la extensión de la frase, espigadita, esbelta, con
bonitas manos, ojos hermosos, y una montaña de cabellos negros y
brillantes, agrupados en trenzas: muy blanca, muy pálida y muy delgada.
Tenía la seducción de la pureza confiada en sí misma, que por nada se
alarma, que nada teme: iba de acá para allá, y me lo revolvía todo.
--¡Cómo se conoce que aquí no hay una mujer! decía: polvo por todas
partes, ¡y un desorden!... todo lo que hay aquí es bueno y bello; pero
sería más bello, parecería mucho mejor, si estuviese colocado en su
sitio. Y luego... ¡estas armas! ¿para qué son estas armas? ¿a quién
tiene que matar un hombre honrado?
--Son objetos de arte, la dije.
--Traed: pues, a vuestro gabinete un cañón de a veinticuatro cincelado.
--¡Ah! ¿no crees que sea necesario alguna vez?...
--¡Nunca!
--¿Ni aun por un asunto de honor?
--Me horrorizaría un hombre que por una cuestión de honor hubiera matado
a un semejante suyo... ¿y estos libros?... añadió pasando con la mayor
facilidad de un objeto a otro. ¡Novelas!... Creo que en lo peor en que
puede ocupar un hombre su talento, es en escribir novelas.
--¿Por qué?
--¿No basta la vida real? ¿qué necesidad hay de exagerarla?
--La novela enseña.
--La novela vicia las costumbres.
--Eso lo dirá el padre Ambrosio.
--Sí por cierto; y basta para mí que el padre Ambrosio lo diga: es un
ángel... ¡Ah! el padre Ambrosio sabe que vengo a almorzar con usted.
--¿Y qué te ha dicho?
--Nada: absolutamente nada. ¿No sabía el padre Ambrosio que iba sola de
noche a recoger trapos por las calles?
Este recurso a sí misma, esta manifestación de fuerza, me encantó.
--¿Y son estas las novelas que usted lee? dijo con severidad Amparo, que
había ojeado uno de mis libros. ¡Oh! esta novela en ninguna parte está
mejor que en el fuego.
Y arrojó el libro a la chimenea.
Era un tomo del _Baroncito de Faublas_.
Sólo había tenido tiempo de leer algunas líneas Amparo, y se había
puesto encendida como una guinda.
Así con las tenazas el libro, y le saqué de la chimenea donde olía mal,
arrojándole a la jofaina.
Prometí a Amparo hacer un auto de fe con todos mis malos libros, y
mediante esta promesa se restableció nuestra buena armonía.
En seguida nos pusimos a almorzar.
Yo había cuidado de que el almuerzo fuese muy sencillo y compuesto de
alimentos acomodados a las costumbres de Amparo.
Era, en fin, un verdadero almuerzo español; con el indispensable
chocolate.
Amparo comía con apetito y sin encogimiento.
Mustafá sentado junto a ella gruñía con impaciencia excitado por el olor
de los manjares.
Puse un plato al leal compañero de Amparo, que me dio las gracias con
una sonrisa, y acarició después con su pequeña mano la cabeza del perro
que comía con ansia.
--¡Ah! dijo hablando con él, esta es la primera vez que almorzamos bien,
Mustafá.
--Pues así puedes almorzar, la dije, todos los días.
Pintose una expresión de reserva en el semblante de Amparo.
Comprendí que el mundo especial en que había vivido, ese mundo que se
llama _casa de vecindad_, donde resaltan todas las miserias, todas las
adyeciones, todas las ignorancias, la había hecho recelosa y
desconfiada.
--Puedes almorzar así todos los días, la dije, si consientes en que se
realice lo que he pensado respecto a ti.
Amparo me miró con una profunda y grave atención, y me preguntó:
--¿Y qué ha pensado usted?
--He pensado, primero, en que la posición en que te encuentras es muy
precaria.
--He nacido pobre, me contestó con altivez; mi porvenir es el trabajo;
acaso con mucha aplicación y alguna suerte podré adelantar; tener dentro
de algunos años un taller mío.
--¿Y las enfermedades?
--¡Buena manera de alentar a los pobres!
--Es que yo quiero asegurar tu suerte.
Amparo había dejado de comer, y noté que había perdido enteramente su
tranquila confianza; que estaba preocupada, disgustada, pesarosa de
haber ido a almorzar conmigo.
--Soy rico, muy rico; sobrino de un grande de España que no tiene hijos,
ni los tendrá probablemente; heredaré sus rentas y su grandeza.
Nublose más el semblante de Amparo.
--No pienso casarme jamás, continué, y quiero que seas mi hija adoptiva.
Amparo me miró de una manera penetrante, como si hubiera querido
asegurarse de hasta qué punto eran verdad mis palabras y la marcada
conmoción con que las había pronunciado.
Sin duda mis ojos dejaban ver claro lo que mi alma sentía, porque la
expresión de reserva y de duda desapareció del semblante de Amparo,
sustituyéndola una dulce expresión de consuelo.
--¡Ah! exclamó: ¡Quiere usted reemplazar a los padres que he perdido!
Y aunque procuró dominar su conmoción, sus ojos se llenaron de lágrimas.
Yo gozaba, no sabré deciros qué placer; pero me sentía feliz y joven, y
poderoso: me sentía engrandecido.
--Sí, la dije, mientras ella callaba, con la vista inclinada, las
mejillas encendidas, sobresaltada: quiero que no vuelvas al taller.
--¿Y qué he de hacer? me dijo. ¿Gravar a usted? ¿vivir en el ocio? No,
no podría.
--Quiero que entres en un colegio.
--¿Y para qué? No: eso no puede ser. Yo no acepto la adopción de usted.
--Ya te he dicho que estoy resuelto a no casarme jamás. Aunque soy
joven, mi corazón está ya gastado; es muy viejo. Nada espera, nada
desea.
--¡Oh! ¡no me diga usted eso! ¡no quiero creerlo! ¡una vida así debe ser
horrible!
--¡Horrible, sí! ¡muy horrible! por lo mismo es necesario que un deber
me ligue al mundo; a la vida: representa tú ese deber.
--Bien; me dijo, mirándome con una expresión que no pude comprender,
acepto, seré su hija adoptiva de usted... pero en un convento.
--¡En un convento! ¡monja tú!
--Sí; una vez monja, mi porvenir está asegurado.
--Pero tú, que empiezas ahora a vivir... ¡renunciar de tal modo a la
esperanza!
--Es lo único que aceptaré de usted, un dote reducido, cuanto baste...
--No.
--Pues no hablemos más de ello.
Y se levantó.
--¿Te vas ya? la dije.
--Sí, señor; no quiero pasar mucho tiempo fuera de casa.
--Pero ¿volverás?
--Acaso no.
--¿Y por qué?
--¡Oh! ¡me ha hecho usted sufrir! adiós.
--Espera. No quiero obligarte a que vuelvas; pero por si no nos volvemos
a ver, acepta esta memoria mía.
Y tomé de sobre la repisa de la chimenea el estuche que contenía la cruz
que había comprado para ella el día anterior, y se lo di.
--¿Y qué es esto? me dijo abriéndolo; ¡ah! ¡una cruz! la conservaré, la
conservaré siempre en memoria de usted.
Y aprovechando el estupor que había causado en mí el extraño aspecto, la
profunda conmoción que noté en ella, al expresarme su deseo de ser
monja, escapó.
Cuando quise detenerla sonó el golpe de una puerta que se cerraba, y
luego sentí que bajaba rápidamente las escaleras.
Abrí el balcón, y la vi alejarse por la acera opuesta en paso lento y
con la cabeza baja.
Mustafá la seguía cabizbajo también.
--Ella volverá, me dije: y cuando menos, la señora Adela vendrá por su
asignación a fin de mes.
Había en mi corazón algo que me hacía desear volverla a ver; y sin
embargo aquel no sé qué vago, dulce íntimo, estaba muy lejos de ser
amor.
Y era más que caridad.
O yo no comprendía la caridad, y me engañaba.
O yo no comprendía el amor; y me engañaba también.
Esto quería decir, que respecto a ciertas sensaciones, mi corazón era
inocente, o mejor dicho, estaba virgen.
Lo que sí puedo deciros es: que el recuerdo de Amparo se fijó en mi
pensamiento, fresco, puro, consolador, lleno de encantos y de consuelos.
Si es verdad que estoy loco, mi locura empezó el día que almorcé con
ella.
* * *
El no verla me tenía de muy mal humor.
La esperaba.
Sin embargo, Amparo no venía.
Pasó el tiempo, y llegó el último día del mes.
Yo esperaba que la señora Adela sería puntual, y no me engañé.
Se me presentó más pobremente vestida que lo que yo esperaba, y sin
saludarme ni sentarse me dijo:
--Vengo a...
--Sí, por la asignación de Amparo, la interrumpí.
--Eso es.
Abrí mi cartera y la di un billete de quinientos reales.
--No puedo devolver a usted lo que sobra, me dijo.
--Lo mismo es, la contesté.
--¡Ah! ¡es usted muy generoso! Gracias en su nombre; que usted lo pase
bien.
Y se iba.
--Espere usted, la dije: tenemos que hablar.
--¡Ah! ¡tenemos que hablar! ¿va usted comprendiendo que es hermosa,
demasiado hermosa, para mantenerse respecto a ella en los inflexibles
límites de la caridad?
--No se trata de eso.
--Pues no comprendo entonces...
--¿Qué sabe usted acerca del origen de esa niña?
--¡Bah! ¿y qué le importa a usted? A no ser que...
Y aquella mujer me miró con un recelo hostil.
--¡Sería gracioso que quisiera usted casarse con una muchachuela! añadió
con sarcasmo.
--Tampoco se trata de eso; pero si usted tuviera algún antecedente...
ayundándome usted y gastando cuanto fuese necesario, acaso lograríamos
encontrar a sus padres.
--¿Y para qué quiere más padres que usted?
Necesité hacer un esfuerzo para contener la cólera que me causaba la
fría insolencia de aquella mujer.
--En último resultado, la dije, ¿se niega usted a indicarme?...
--Nada sé; la recogí. Ignoro quién era; pero debe ser hija de buenos
padres: las ropas que la envolvían eran ricas; llevaba, además, un
magnífico medallón guarnecido de brillantes, y entre la faja un papel
que decía:--«Está bautizada, y se llama...» he olvidado el nombre; el
que tiene ahora se lo pusieron en la confirmación.
--Es extraño que haya usted olvidado su nombre; ¿pero aún queda el
medallón?
--No por cierto; le vendí: era necesario criarla... yo era pobre.
--¿Pero no recuerda usted lo que el medallón contenía?
--Sí por cierto: un retrato de mujer.
--¿Y las señas de esa mujer?
--Las mismas de Amparo: alguna más edad; pero tan hermosa como ella; un
parecido exacto... Y es lástima que ese retrato se haya extraviado,
porque era una prueba indudable... pero a bien que el retrato existe en
Amparo... en engordando la muchacha un poco más... el mejor día
encuentra a sus padres en la calle.
Todas estas contestaciones habían sido pronunciadas con una intención
maligna; comprendí que existía un misterio terrible entre aquella mujer
y la pobre Amparo, y no insistí.
La dejé ir.
Había concebido el pensamiento de apelar a la ley para poner en claro la
procedencia de Amparo.
Y como si hubiese comprendido mi pensamiento, aquella mujer me arrojó al
salir una insolente mirada de desafío.
* * *
Aquel mismo día fui a consultar a uno de los abogados de más fama.
Me escuchó con atención, y cuando hube concluido, me dijo:
--No veo el medio de arrancar a esa mujer su secreto: el tormento está
abolido hace muchos años; por consecuencia, si esa mujer tiene un gran
interés en ocultar la procedencia de la protegida de usted, nada
confesará. Queda sin embargo un medio.
--¿Cuál?
--El dinero. Pagarle su secreto al precio que pida.
Di las gracias al abogado por su luminoso consejo; le pagué la consulta
y salí.
Pasó un mes.
En vano esperé a Amparo.
La Adela se me presentó de nuevo.
La pregunté por ella.
--¡Ah! está desconocida, me dijo; ha engordado. ¡Ya se ve! la cuido
bien, o por mejor decir, la cuidamos bien. La enviaré por acá.
--Ponga usted precio a su secreto, la dije desentendiéndome de su
observación, y entrando de lleno en mi objeto.
--Es usted muy joven, me dijo, para que pueda haber perdido una hija de
la edad de Amparo; sin embargo, pudiera ser que algún amigo hubiera a
usted encargado le buscase una niña perdida.
Y la Adela me miraba de una manera fija, escudriñadora.
--¿Se obstina usted en no confiarme?... la dije.
--Nada sé respecto a ella, me contestó.
Acabé de convencerme de que nada recabaría de aquella mujer; la di
dinero; la encargué dijese a Amparo que deseaba verla, y la despedí.
* * *
A los pocos días, y cuando acababa de levantarme, me sorprendió un
fuerte campanillazo a la puerta.
Abrió Mauricio; sentí pasos apresurados, y poco después se precipitó en
mi gabinete Amparo.
Mustafá la seguía cojeando.
Amparo se asió a mí, y me miró pálida, aterrada, anhelante. Mustafá
gruñía dolorosamente.
Venía Amparo en el mayor desorden: deshecho el peinado; una de sus manos
envuelta en un pañuelo.
Durante algún tiempo nada me dijo; ni yo, sorprendido, acerté a decirla
nada: luego pareció como que despertaba de un sueño, de una horrible
pesadilla, y exclamó con un acento ardiente y lleno de ansiedad:
--¡Ah! ¡Gracias a Dios!
Y se separó de mí, se dejó caer en un sillón, se cubrió el rostro con
las manos y rompió a llorar.
Mustafá se acercó a ella cojeando; se sentó, me miró, y siguió con sus
dolientes gruñidos.
Sospeché no sé qué horrible cosa, y me aterré.
--¿Pero qué sucede? la pregunté alentando apenas.
--Sucede, contestó Amparo, mirándome al través de sus lágrimas, que esa
infame mujer ha querido hacerme infeliz.
No pude contestarla: sentí que toda mi sangre se reconcentraba a mi
corazón.
--Pero afortunadamente, continuó Amparo, Mustafá me ha salvado,
acometiendo a aquel hombre, y dándome tiempo para escapar; es verdad que
el pobre ha sufrido un horrible bastonazo, y que yo he salido del lance
herida...
--¡Herida! exclamé.
--Sí; ¡el horrible viejo me seguía! las escaleras son estrechas y
empinadas; caí, di con la cabeza en la barandilla, y casi me he roto una
mano; pero al fin estoy aquí; aquí, con usted que me defenderá.
No la pregunté más.
¿Y para qué?
Todo estaba explicado.
Envié a Mauricio por un facultativo que se encargó de la curación de
Amparo y de Mustafá.
La herida de la cabeza de la niña, era leve, pero profunda y grave la de
la mano.
Mustafá tenía casi roto un hueso.
Amparo se vio obligada a quedarse en casa.
Dos horas después, cuando estuvo más tranquila, la dije:
--No puedes volver a vivir con esa infame.
--¡Oh! ¡Dios mío! ¡no! ¡imposible!
--No puedes vivir tampoco conmigo.
--No, no; de ningún modo.
--Tampoco puedes vivir sola.
--¡Dios mío! ¿y qué hacer?
Y después de algunos instantes de triste silencio, añadió:
--¡El convento! ¡es preciso! ¡preciso de todo punto!
--No te daré el dote.
--Me pondré a servir.
--Y sirviendo, estarás expuesta a cada paso, a peligros como el de que
has escapado milagrosamente hoy.
--¿Pero por qué cerrarme el refugio del claustro? exclamó llorando.
--Si has de agitarte de ese modo, te dejo sola: agitándote,
afligiéndote, puedes empeorar, tienes calentura, y sólo te he hablado
porque estás en la casa de un soltero, porque es necesario evitar las
interpretaciones. He pensado en que el padre Ambrosio podría adoptarte,
ya que te repugna mi adopción.
--¡Oh! ¡sí! ¡sí! exclamó.
--Pero es necesario que no seas gravosa al padre Ambrosio.
--¡Oh! ¡Dios mío! ¡otra dificultad!
--La dificultad está salvada. Entra en un colegio.
Quedose Amparo pensativa, y al cabo me dijo:
--Mande usted llamar de mi parte al padre Ambrosio.
Me dio las señas de la habitación del religioso, y Mauricio fue a
buscarle.
* * *
Media hora después, un hombre alto, delgado, pálido, como de sesenta
años muy modestamente vestido con ropas que demostraban un antiguo y
continuo trato con el cepillo, entró lleno de ansiedad.
Era uno de esos hombres que llevan el corazón en la cara.
Un corazón todo sentimiento, todo dulzura, todo abnegación, todo
caridad.
Y en los ojos, la mirada inteligente y serena.
Y en la frente, la severidad y la majestad de la virtud, la conciencia
de sí misma.
Me saludó con encogimiento, y me estrechó la mano con efusión.
--Le conozco a usted, me dijo con la voz trémula; le conozco a usted
mucho, aunque nunca le he visto hasta ahora.