CAPÍTULO V

PRIMEROS AFORISMOS DE JESÚS -- SUS IDEAS DE UN DIOS PADRE Y DE UNA

RELIGION PURA -- PRIMEROS DISCÍPULOS

José murió ántes que su hijo entrase en la vida pública. Desde entónces

María quedó como jefe de la familia, y esta razon explica el por qué

llamaban á Jesús «hijo de María»[182] cuando querian distinguirle de

sus numerosos homónimos. Despues de la muerte de su marido, viniendo á

ser como forastera en Nazareth, se retiró á Caná[183], segun parece,

de cuyo punto era tal vez originaria. Caná[184] era una pequeña ciudad

situada en la falda de las montañas que limitan al norte la llanura

de Asochis[185], y á dos horas ó dos horas y media de Nazareth. La

vista, ménos grandiosa que en este punto, se extiende por toda la

llanura, terminándola al norte, del modo más pintoresco, las montañas

de Nazareth y las colinas de Seforis. Jesús parece haber fijado por

algun tiempo su residencia en aquel sitio, y probablemente allí pasó

una parte de su juventud y tuvieron lugar sus primeros destellos[186].

Jesús ejercia, como su padre, el oficio de carpintero[187],

circunstancia que nada tenía de extraordinario ni de humillante, en

razon á que, segun la costumbre judáica, todos los hombres consagrados

á los trabajos intelectuales ejercian una ocupacion material. Los más

célebres doctores tenian un oficio[188]; el mismo San Pablo, cuya

educacion habia sido tan esmerada, era fabricante de tiendas[189].

Jesús no se casó: todo su amor se reconcentró en lo que él consideraba

como su vocacion celestial. El sentimiento de extremada delicadeza

que en él se nota respecto á las mujeres[190] se confundió siempre

con la decision exclusiva que á su idea consagraba. De igual modo que

Francisco de Asís y Francisco de Sáles, trató como á hermanas á las

mujeres que se prendaban de su misma obra. Como aquéllos tuvo tambien

sus santas Claras y sus Franciscas de Chantal; sólo que las de Jesús

probablemente amaban más al maestro que la doctrina que enseñaba;

de todos modos, es indudable que amó mucho ménos que fué amado. La

ternura de corazon se trasformaba en él, como en todas las naturalezas

elevadas, en infinita dulzura, en vaga poesía, en atractivo universal.

Sus relaciones íntimas y libres, pero de un órden completamente moral,

con mujeres de conducta equívoca, se explican de igual manera por la

pasion que consagraba á la gloria de su Padre; pasion que le inspiraba

una especie de celos por todas las bellas criaturas que podian servirle

para aumentarla[191].

¿Cuál fué la marcha del pensamiento de Jesús durante aquel oscuro

período de su vida? Nada se sabe, por haber llegado su historia hasta

nosotros en forma de relatos dispersos y sin cronología exacta. Pero

siendo el desarrollo de los productos humanos el mismo en todas partes,

de suponer es que el crecimiento de una personalidad como la de Jesús

obedeciese á leyes rigurosas. Una elevada nocion de la divinidad,

nocion que no debió al judaismo, sino más bien á las inspiraciones

y á la grandeza de su alma, fué en cierto modo el principio de su

fuerza. Menester es, tratándose de este punto, renunciar á las ideas

que nos son familiares y á esas discusiones en que se extravian los

espíritus mezquinos. Para comprender bien la piedad de Jesús, es

indispensable hacer abstraccion de cuanto ha venido á colocarse entre

el Evangelio y nosotros. Deismo y panteismo han llegado á ser los dos

polos de la teología. Las raquíticas discusiones de la escolástica,

la aridez de espíritu de Descártes, y la profunda irreligion del

siglo décimo octavo han ahogado en el seno del moderno racionalismo

todo sentimiento fecundo de la divinidad, al empequeñecer á Dios y al

limitarle hasta cierto punto con la exclusion de todo cuanto no es

Dios mismo. En efecto, si Dios es un sér determinado que existe fuera

de nosotros, la persona que cree tener relaciones particulares con

Dios es un «visionario»; y como las ciencias físicas y fisiológicas

nos enseñan que toda vision sobrenatural es una ilusion, el deista

un poco consecuente se halla en la imposibilidad de comprender las

grandes creencias del pasado. El panteismo, suprimiendo por su parte la

personalidad divina, se aleja cuanto es posible del Dios vivo de las

antiguas religiones. ¿En qué momentos de su agitada vida fueron deistas

ó panteistas los hombres que más elevadamente comprendieron á Dios,

tales como Sakia-Muni, Platon, San Pablo, San Francisco de Asís y San

Agustin? Semejante cuestion no tiene sentido. Las pruebas físicas y

metafísicas de la existencia de Dios hubieran sido para ellos del todo

indiferentes, sintiendo como sentian al ser divino en sí mismos.--Pues

bien, Jesús debe colocarse en el primer rango de esa gran familia de

verdaderos hijos de Dios. Jesús no tiene visiones, Dios no le habla

como si estuviese fuera de él; Dios está en él, siéntele dentro de sí,

y cuanto dice de su Padre brota de su corazon. Vive en el seno de Dios

y se halla con él en comunicacion constante; no le ve, pero le oye, sin

que para ello necesite de truenos ni de zarza ardiente, como Moisés,

ni de tempestad reveladora, como Job, ni de oráculo, como los antiguos

sabios griegos, ni de genio familiar, como Sócrates, ni de ángel

Gabriel, como Mahoma. La imaginacion y alucinacion de una Santa Teresa,

por ejemplo, no tienen nada que hacer aquí, ni tampoco la embriaguez

del sofí que se proclama idéntico á Dios. Jesús no enuncia ni por un

solo instante la idea sacrílega de que él sea Dios.--Créese en relacion

directa con Dios, hijo de Dios. El más elevado sentimiento de Dios que

haya existido en el seno de la humanidad fué sin duda el de Jesús.

Por otra parte, se comprende que, partiendo de semejante disposicion de

ánimo, no fuese Jesús un filósofo especulativo como Sakia-Muni. Nada

hay tan léjos de la teología escolástica como el Evangelio[192]. Las

especulaciones de los Padres griegos proceden de otro espíritu. Dios

concebido inmediatamente como Padre; á esto se reduce toda la teología

de Jesús. Y esto no era en él un principio teórico, una doctrina más

ó ménos probada que pretendia inculcar á los demás; léjos de eso,

Jesús no hacia ningun razonamiento á sus discípulos[193], no exigia

de ellos ningun esfuerzo de atencion; no predicaba sus opiniones,

sino su sentimiento. Las almas grandes y desinteresadas presentan

frecuentemente, sin perjuicio de su mucha elevacion, ese carácter de

perpétua atencion de sí mismas y esa extremada susceptibilidad personal

que de ordinario son patrimonio de las mujeres[194]. Su persuasion

de que Dios está en ellas, de que las atiende constantemente, es tan

poderosa, que no vacilan en imponérsela á los demás: tales almas no

conocen nuestra reserva ni nuestro respeto por la opinion ajena, lazos

que en parte contribuyen á nuestra impotencia. Y sin embargo, esa

personalidad exaltada no es el egoismo, porque semejantes hombres, una

vez poseidos de su idea, no vacilan en sacrificarle su misma vida ni en

sellar su obra con su sangre; es la identificacion del yo con el objeto

que él abraza; identificacion llevada al último límite. Es el orgullo

para los que no ven en la aparicion nueva sino la idea personal del

fundador; es el dedo de Dios para los que observan sus resultados. En

este terreno, muchas veces se confunde el loco con el hombre inspirado;

pero el loco no deja en pos de sí nada estable. El extravío de la razon

no ha tenido hasta hoy ninguna influencia en la marcha del género

humano.

De suponer es que Jesús no llegase desde un principio á esa elevada

afirmacion de sí propio; mas tambien es probable que desde sus primeros

pasos se considerase respecto á Dios en la relacion de un hijo respecto

á su padre. En esto consiste su grande acto de originalidad, y en esto

es en lo que nada se parece á los individuos de su raza[195]. Ni el

judío ni el musulman comprendieron jamás esa deliciosa teología de

amor. El Dios de Jesús no es ese dueño fatal que mata, condena ó salva,

segun mejor le acomoda; no, el Dios de Jesús es nuestro Padre, y cada

uno le siente al escuchar una voz misteriosa que grita en nosotros esta

dulcísima palabra: «Padre»[196]. El Dios de Jesús no es el déspota

parcial que eligió á Israel por su pueblo, protegiéndole contra todos

los otros; es el Dios de la humanidad. Jesús no será un patriota, como

los Macabeos, ni un teócrata, como Júdas el Gaulonita; pero, elevándose

audazmente sobre las preocupaciones de su nacion, fundará la universal

paternidad de Dios. El Gaulonita sostenia que se debe morir ántes que

dar á otro que no sea Dios el título de «amo»; Jesús prescinde de

ese título y reserva para Dios otro mucho más dulce. Concediendo á

los poderosos de la tierra, que son á sus ojos los representantes de

la fuerza, un respeto lleno de ironía, funda el supremo consuelo, el

recurso al Padre celestial, el verdadero reino de Dios que cada uno

lleva en su corazon.

Ese nombre de «reino de Dios» ó de «reino del cielo»[197] fué el

término favorito de que se valia Jesús para expresar la revolucion

que su doctrina iba á operar en el mundo[198], y como casi todos los

términos mesiánicos, procedia del Libro de Daniel. Segun el autor de

este libro extraordinario, un quinto imperio, que sería el de los

Santos y duraria eternamente[199], sucederia á los cuatro imperios

profanos destinados á derrumbarse. Como es de suponer, ese reino de

Dios sobre la tierra se prestaba á infinitas interpretaciones. Para

la teología judáica, el «reino de Dios» no es sino el mismo judaismo,

la verdadera religion, el culto monoteista, la piedad[200]. Jesús

creyó en los últimos años de su vida que aquel reino iba á realizarse

materialmente por una brusca renovacion del mundo; pero sin duda no fué

ése su primer pensamiento[201]. La admirable moral que deduce de la

nocion de Dios Padre no es por cierto la de los ilusos que, creyendo

próximo el fin del mundo, se preparan por el ascetismo á una catástrofe

quimérica; es la de un mundo que vive y vivirá mucho tiempo. «El reino

de Dios está en vosotros»,--decia á los que buscaban con sutileza

signos exteriores[202].--La concepcion realista del acontecimiento

divino fué una sombra, un error pasajero, que la muerte hizo olvidar.

El Jesús que fundó el verdadero reino de Dios, el reino de los mansos

y de los humildes, ése fué el Jesús de los primeros dias[203], dias

castos y serenos en que la voz de su Padre celestial resonaba en su

corazon con timbre más puro. Hubo entónces algunos meses, tal vez un

año, durante los cuales habitó Dios verdaderamente sobre la tierra. La

voz del jóven carpintero adquirió de pronto extraordinaria dulzura,

un atractivo infinito se exhalaba de su persona, y los que ántes

le habian visto ya no le reconocian[204]. En aquella época aún no

tenía discípulos; el grupo que le rodeaba no era ni una secta ni una

escuela; pero animábale ya un espíritu comun y un no sé qué de dulce y

penetrante. El carácter amable de Jesús, y sin duda una de esas caras

maravillosas[205] que frecuentemente se ven en la raza judía, formaban

al rededor de él como un círculo de fascinacion, al cual no podian

sustraerse aquellas poblaciones benévolas y sencillas.

Si las ideas del jóven maestro no hubiesen traspasado mucho ese nivel

de mediana bondad, más arriba del cual no ha podido elevarse hasta

hoy la especie humana, el paraíso habria sido en efecto trasportado

á la tierra. La fraternidad de los hombres, hijos de Dios, y las

consecuencias morales que de ella resultan, se deducian con exquisito

sentimiento. Jesús, como todos los rabinos de su época, era poco

aficionado á los razonamientos encadenados y encerraba su doctrina

en aforismos concisos y de una forma expresiva, á veces rara y

enigmática[206]. Algunas de aquellas máximas procedian de los libros

del Antiguo Testamento; otras eran pensamientos de sabios más modernos,

particularmente de Antígono de Soco, de Jesús, hijo de Sirach, y de

Hillel; máximas que habian llegado hasta él, no á consecuencia de

sabios estudios, sino como proverbios que circulaban entre el pueblo.

La sinagoga era rica en máximas de muy feliz expresion, las cuales

formaban una especie de literatura proverbial bastante conocida[207].

Jesús adoptó casi toda aquella enseñanza oral, pero animándola de un

espíritu superior[208]. Encarecia de ordinario los deberes trazados por

la Ley y por los antiguos, pero aspirando á perfeccionarlos. Todas las

virtudes de humildad, de perdon, de caridad, de abnegacion, de rigidez

para consigo mismo, virtudes que se han llamado con razon cristianas,

si por ello se entiende que fueron predicadas por Cristo, se hallaban

en gérmen en aquella enseñanza. Respecto á la justicia, Jesús se

contentaba con repetir la máxima ya conocida: «Haced vosotros con los

demás hombres todo lo que deseais que hagan ellos con vosotros»[209].

Pero esta máxima, todavía bastante egoista, no le bastaba. Pronto debia

llegar hasta el exceso:

«Si alguno te hiriere en la mejilla derecha, vuélvele tambien la

otra. Y al que quiera armarte pleito para quitarte la túnica,

alárgale tambien la capa[210].

»Si tu ojo derecho es para tí una ocasion de pecar, sácale y

arrójale fuera de tí[211].

»Amad á vuestros enemigos, haced bien á los que os aborrecen, y

orad por los que os persiguen y calumnian[212].

»No juzgueis á los demás, si quereis no ser juzgados[213].

Perdonad, y seréis perdonados[214]. Sed pues misericordiosos, así

como tambien vuestro Padre es misericordioso[215]. Mucho mayor

dicha es el dar que el recibir[216].

»Quien se ensalzáre será humillado, y quien se humilláre será

ensalzado»[217].

Respecto á la limosna, á la piedad, á las buenas obras, al amor de la

paz y al completo desinteres del corazon, habia poco que añadir á la

doctrina de la sinagoga[218]. Pero su acento, lleno de uncion, hacia

nuevos, por decirlo así, los aforismos conocidos de muy antiguo. La

moral no se compone de principios más ó ménos bien expresados. La

poesía del precepto es lo que hace amarle, y entra por más que el

precepto mismo considerado como verdad abstracta. Es innegable que

aquellas máximas que Jesús tomaba de sus predecesores producen en el

Evangelio distinto efecto que en la antigua Ley, en el _Pirké Aboth_ ó

en el Talmud. Ni el Talmud ni la antigua Ley han conquistado el mundo

ni cambiado su faz. La moral evangélica, poco original por sí misma, si

por ello se entiende que podria recomponerse toda entera con máximas

mucho más antiguas, no deja de ser por eso la más elevada creacion que

haya salido de la conciencia humana, el más hermoso código de la vida

perfecta que haya trazado ningun moralista.

Jesús no hablaba contra la Ley mosáica, pero claramente se conoce

que la encontraba insuficiente, y á cada paso dejaba traslucir su

pensamiento. Repetia sin cesar que era preciso hacer más de lo que

habian dicho los antiguos sabios[219]; prohibia la menor palabra áspera

ó desabrida[220], así como el divorcio[221] y el juramento[222];

condenaba la pena del talion[223]; vituperaba la usura[224];

conceptuaba el deseo voluptuoso tan criminal como el adulterio[225],

y recomendaba, en fin, el perdon universal de las injurias[226]. El

motivo en que apoyaba estas máximas de elevada caridad, era siempre el

mismo:

«Para que seais hijos de vuestro Padre celestial, el cual hace nacer

su sol sobre buenos y malos. Que si no amais sino á los que os aman,

¿qué premio habeis de tener? ¿no lo hacen así áun los publicanos?

Y si no saludais á otros que á vuestros hermanos, ¿qué tiene eso

de particular? ¿por ventura no hacen esto tambien los paganos?

Sed pues vosotros perfectos, así como vuestro Padre celestial es

perfecto»[227].

Un culto puro, una religion sin sacerdotes y sin prácticas exteriores,

basándose toda ella en los sentimientos del corazon, en la imitacion

de Dios[228] y en la comunicacion inmediata de la conciencia con el

Padre celestial: tales eran las consecuencias de estos principios.

Jesús no retrocedió nunca ante esas atrevidas deducciones que hacian

de él un revolucionario de primer órden en el seno del judaismo. ¿Á

qué fin establecer intermediarios entre el hombre y su Padre? ¿Á

qué fin aquellas purificaciones, aquellas prácticas externas y del

todo corporales[229]; siendo así que Dios no ve sino el corazon? La

tradicion misma, tan respetable y santa para los judíos, es poca cosa

comparada con el sentimiento puro[230]. La hipocresía de los fariseos,

que al orar volvian la cabeza para ver si álguien los observaba, que

daban sus limosnas ostensiblemente y que ponian en sus vestidos señales

para que por ellas los reconociesen como personas piadosas, toda esa

mojigatería de la falsa devocion indignaban á Jesús. «En verdad os

digo que ya recibieron su recompensa,--decia;--mas tú, cuando des

limosna, haz que tu mano izquierda no perciba lo que hace tu derecha,

para que tu limosna quede oculta, y tu Padre, que ve lo oculto, te

recompensará[231].

»Asimismo cuando orais no habeis de ser como los hipócritas que de

propósito se ponen á orar de pié en las sinagogas y en las esquinas de

las calles, para ser vistos de los hombres: en verdad os digo que ya

recibieron su recompensa. Tú, al contrario, cuando hubieres de orar,

entra en tu aposento y, cerrada la puerta, ora en secreto á tu Padre,

y tu Padre, que ve lo secreto, te premiará. En la oracion no afecteis

hablar mucho, como hacen los gentiles, que se imaginan haber de ser

oidos á fuerza de palabras; que bien sabe vuestro Padre lo que habeis

menester, ántes de pedírselo»[232].

Jesús no afectaba ningun signo exterior de ascetismo, contentándose

con orar, ó mejor dicho, con meditar en las montañas, ó en los lugares

solitarios, en esos sitios adonde siempre ha ido el hombre á buscar á

Dios[233]. Esa elevada nocion de la comunicacion entre el hombre y el

Sér divino, de la cual muy pocas almas han sido capaces, áun despues

de él, se resumia en la oracion que desde entónces enseñaba á sus

discípulos[234]: «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado

sea el tu nombre; venga el tu reino. Hágase tu voluntad como en el

cielo así tambien en la tierra. El pan nuestro de cada dia dánosle

hoy. Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos á

nuestros deudores. Libranos del mal.» Insistia particularmente sobre el

pensamiento de que el Padre celestial sabe mejor que nosotros lo que

nos conviene, y de que es casi hacerle una ofensa el pedirle tal ó cual

cosa determinada[235].

En esto no hacia Jesús sino deducir las consecuencias de los grandes

principios que el judaismo habia poseido y que las clases oficiales de

la nacion tendian á desconocer más y más. Las plegarias de los griegos

y de los romanos fueron casi siempre una palabrería llena de egoismo.

Un alma pagana jamás habria dicho al creyente:

«Si al tiempo de presentar tu ofrenda en el altar, allí te acuerdas que

tu hermano tiene alguna queja contra tí; deja allí mismo tu ofrenda

delante del altar y vé primero á reconciliarte con tu hermano, y

despues volverás á presentar tu ofrenda»[236].

En la antigüedad, únicamente los profetas judíos, y en particular

Isaías, por su antipatía contra el sacerdocio, entrevieron la verdadera

naturaleza del culto que el hombre debe á Dios.

«¿De qué me sirve á mí la muchedumbre de vuestras víctimas? Ya me

tienen fastidiado. Yo no gusto de los holocaustos de carneros, ni de

la gordura de los pingües ni de la sangre de los becerros; abomino

el incienso, porque vuestras manos tienen sangre. Lavaos, pues,

purificaos, aprended á hacer bien, buscad lo que es justo, y entónces

venid»[237].

En los últimos tiempos, algunos doctores, tales como Simeon el

Justo[238], Jesús, hijo de Sirak[239], é Hillel[240], llegaron casi

á la misma doctrina, declarando que la Ley debia compendiarse. En

el mundo judeo-egipcio, Filon sustentaba al mismo tiempo que Jesús

doctrinas de elevada moral, cuya consecuencia era el abandono de las

prácticas legales[241]. Schemaia y Abtalion se mostraron asimismo en

más de una ocasion libérrimos casuistas[242]. Rabbi Iohanan iba pronto

á elevar las obras de misericordia sobre el estudio de la Ley[243].

Pero sólo Jesús pronunció esas humanitarias máximas de una manera

eficaz. Ninguno ha sido tan poco aficionado como Jesús al sacerdocio

ni más enemigo de las formas que ahogan la religion so pretexto de

protegerla. Bajo el punto de vista de la sencillez de su doctrina,

todos somos sus discípulos y continuadores; con ella puso la piedra

fundamental de la religion verdadera, y, si la religion es la cosa

más esencial de la humanidad, por ella mereció el rango divino que se

le ha concedido. La idea de un culto fundado en la pureza del corazon

y en la fraternidad humana, idea que Jesús trajo al mundo, era tan

absolutamente nueva y de tal modo elevada, que la iglesia cristiana

debia sobre este punto desconocer por completo sus intenciones: áun en

nuestros dias, sólo algunas almas son capaces de adherirse á ella.

Un sentimiento exquisito de la naturaleza proporcionaba á Jesús á cada

instante imágenes expresivas. Sus aforismos revelaban á veces notable

finura y hasta eso que nosotros llamamos ingenio; otras, su forma viva

se prestaba al oportuno empleo de proverbios populares. «¿Cómo dices á

tu hermano: deja que te quite esa pajita del ojo, siendo así que tienes

una viga en el tuyo? ¡Hipócrita! quita primero la viga de tu ojo, y

entónces podrás sacar la mota del de tu hermano»[244].

Estas lecciones, contenidas largo tiempo en el corazon del jóven

maestro, atraian ya á algunos iniciados. El espíritu del tiempo tendia

marcadamente á la formacion de pequeñas iglesias: aquélla fué la época

de los Esenios ó Terapeutas. Por todas partes aparecian rabinos,

cada cual con diferente enseñanza, como Schemaia, Abtalion, Hillel,

Schammai, Júdas el Gaulonita, Gamaliel y otros muchos cuyas máximas

formaron el Talmud. Pero entónces se escribia poco; los doctores

judíos de aquel tiempo no componian libros; todo se reducia á pláticas

ó lecciones públicas, á las cuales se daba un giro sencillo á fin

de que pudieran retenerse fácilmente en la memoria[245]. El dia en

que el jóven carpintero de Nazareth principió á predicar aquellas

máximas--conocidas ya en su mayor parte, pero que sin embargo debian

regenerar el mundo--nadie lo tuvo por un acontecimiento. Fué un rabino

de más dedicado á la enseñanza (pero ciertamente el más embelesador de

todos), al rededor del cual se agrupaban algunos jóvenes deseosos de

oirle y amantes de la novedad. La atencion de los hombres necesita para

ser cautivada el auxilio del tiempo. Allí no habia todavía cristianos;

sin embargo, el cristianismo estaba ya fundado y nunca fué tan perfecto

como en aquel primer instante. Jesús no le añadirá ya nada que sea

permanente. Al contrario, le comprometerá hasta cierto punto, porque

toda idea llamada á tener éxito necesita de sacrificios; porque jamás

se sale inmaculado de la lucha de la vida.

En efecto, no basta concebir el bien, es preciso popularizarlo,

hacérselo admitir á los hombres, y para ello hay que poner la planta en

vias ménos puras. Seguramente que el Evangelio sería más perfecto si

se limitara á algunos capítulos de Matheo y de Lúcas, y se prestaria

ménos á tantas objeciones; pero ¿habria, sin los milagros, conquistado

el mundo? Si Jesús hubiera muerto en aquel momento de su carrera, no

habria en la historia de su vida ciertas páginas que nos disgustan;

pero, aunque más grande á los ojos de Dios, habria permanecido ignorado

de los hombres:--su nombre se habria perdido entre la multitud de

grandes almas desconocidas, que son casi siempre las mejores de

todas; la verdad no habria sido promulgada, y el mundo no se habria

aprovechado de la inmensa superioridad moral que su Padre le habia

concedido. Jesús, hijo de Sirak, é Hillel, emitieron aforismos casi

tan elevados como los de Jesús. Y sin embargo, Hillel no pasará jamás

por ser el verdadero fundador del cristianismo. En la moral, así como

en el arte, el hablar no conduce á nada; el obrar conduce á todo. La

idea que se oculta bajo un cuadro de Rafael significa muy poco; el

valor está en el cuadro. Lo mismo sucede en la moral; la verdad no

tiene realce hasta que no pasa al estado de sentimiento y no adquiere

todo su brillo sino cuando se realiza en el mundo como hecho. Hombres

de mediana moralidad han escrito hermosas máximas; de igual manera

ha habido hombres muy virtuosos que no han hecho nada por continuar

en el mundo la tradicion de la virtud. El lauro pertenece, pues, al

que ha sido poderoso en palabras y obras, al que, sintiendo el bien,

le hizo triunfar sellándole con su sangre. Jesús no tiene rival bajo

este doble punto de vista; su gloria permanece entera y será renovada

constantemente.

Vida de Jesús · 第 17 / 114 题