ÓRDEN DE IDEAS EN CUYO SENO CRECIÓ JESÚS

Así como la tierra ya enfriada por haberse apagado el fuego que la

penetraba no permite comprender los fenómenos de la creacion primitiva,

de igual modo las explicaciones discurridas dejan siempre algo que

desear cuando se trata de aplicar nuestros débiles medios de induccion

á las revoluciones de las épocas creadoras que decidieron la suerte

del género humano. Jesús vivió en uno de esos momentos en que la parte

de la vida pública se juega con franqueza, en que se centuplica la

apuesta de la actividad humana. Todo gran destino conduce entónces á la

muerte, porque tales movimientos suponen una libertad y una ausencia de

medidas preventivas que no pueden existir sin terribles contrapesos.

En nuestros dias, el hombre arriesga poco y gana poco:--en las épocas

heróicas de la actividad humana aventura el todo por el todo. Los

buenos y los malos, ó al ménos los que se creen y pasan por tales,

forman dos ejércitos opuestos. Llégase á la apoteósis por el camino

del cadalso, y los caractéres tienen facciones pronunciadas que los

graban como tipos eternales en la memoria de los hombres. Ningun medio

histórico, excepto el de la Revolucion francesa, fué tan á propósito

como aquel en que se formó Jesús para desarrollar esas fuerzas ocultas

que la humanidad tiene como en reserva y que no descubre sino en sus

dias de fiebre y de peligro.

Si el gobierno del mundo fuese un problema especulativo, y si el más

gran filósofo fuese el hombre más apto para enseñar á sus semejantes

lo que deben creer, esas grandes reglas morales y dogmáticas que

se llaman religiones saldrian de la calma y de la reflexion. Pero

no sucede así. Los grandes fundadores religiosos, si se exceptúa

Sakia-Muni, no fueron metafísicos. El budismo, que salió de la idea

pura, conquistó la mitad del Asia por motivos puramente políticos

y morales. En cuanto á las religiones semíticas, son tan poco

filosóficas cuanto cabe en lo posible. Moisés y Mahoma no fueron

hombres especulativos: fueron hombres de accion, y proponiéndola á sus

compatriotas y á sus contemporáneos, consiguieron dominar la humanidad.

De igual manera, Jesús no fué ni un teólogo, ni un filósofo, ni tuvo

un sistema más ó ménos bien combinado. Para ser discípulo suyo no se

necesitaba firmar ningun formulario ni pronunciar ninguna profesion de

fe; bastaba una sola cosa: adherirse á él, amarle. Jesús no disputó

jamás sobre Dios, porque directamente le sentia en sí mismo. El escollo

de las sutilezas metafísicas, contra el cual tropezó el cristianismo

á partir del siglo tercero, no fué en manera alguna creado por el

fundador. Jesús no tuvo ni dogma ni sistema, sino una resolucion

personal fija que, sobrepujando en intensidad á toda otra voluntad

creada, dirige todavía en este momento los destinos de la humanidad.

Desde el cautiverio de Babilonia hasta la edad media, el pueblo judío

tuvo la ventaja de hallarse constantemente en una situacion muy

crítica. De ahí el que los depositarios del espíritu de la nacion

escribiesen durante aquel largo período como bajo el dominio de una

fiebre intensa que los coloca, unas veces fuera de los límites de la

razon, otras demasiado dentro, casi nunca en el justo medio. Hasta

entónces, nunca el hombre se habia apoderado del problema del porvenir

y de su destino con un valor más desesperado, más resuelto á atropellar

por todo á fin de resolverle. Asimilando la suerte de la humanidad

con la de su pequeña raza, los pensadores judíos son los primeros que

se cuidan de una teoría general de la marcha de nuestra especie. La

Grecia, encerrada siempre en sí misma y atenta sólo á sus querellas

locales, tuvo admirables historiadores; pero en vano se buscaria en

ella ántes de la época romana un sistema general de filosofía de la

historia que abrace la humanidad entera. Por el contrario, el judío

hizo entrar la historia en la religion, merced á una especie de sentido

profético que á veces presta al semita maravillosa aptitud para

entrever las grandes líneas del porvenir. Quizás debe á la Persia una

parte de ese espíritu. La Persia, desde una época muy remota, concibió

la historia del mundo como una serie de revoluciones á cada una de las

cuales preside un profeta. Cada profeta tiene su _hazar_ ó reinado

de mil años (quiliasma), y de esas edades sucesivas, análogas á los

millones de siglos pertenecientes á cada buda de la India, se compone

la trama de los acontecimientos que preparan el reino de Ormuzd. Al fin

de los tiempos, cuando el círculo de los quiliasmas se haya agotado,

empezará el paraíso definitivo. Entónces los hombres vivirán dichosos,

la tierra será como una llanura, y no habrá sino una lengua, una ley y

un gobierno para todo el mundo. Pero terribles calamidades precederán á

este acontecimiento. Dahak (el Satanás de Persia) romperá los hierros

que le encadenan y se abatirá sobre la tierra. Dos profetas vendrán á

consolar á los hombres y á preparar el gran acontecimiento[127]. Estas

ideas recorrian entónces el mundo y penetraban hasta en Roma, donde

inspiraron un ciclo de poemas proféticos, cuyas ideas fundamentales

eran la division de la historia de la humanidad en períodos, la

sucesion de dioses correspondientes á esos períodos, una renovacion

completa del mundo y el acontecimiento final de una edad de oro[128].

El libro de Daniel, el de Henoch y algunos de los libros sibilinos[129]

son expresiones judáicas de la misma teoría. Menester era que esas

ideas fuesen las de todos. En un principio no las abrazaron sino

algunas personas de imaginacion viva y aficionadas á las doctrinas

extranjeras. El árido y mezquino autor del libro de Ester no pensó

nunca en el resto del mundo, y si pensó, fué para menospreciarle y

zaherirle[130]. El epicúreo desengañado que escribió el _Eclesiastés_,

se cuida tan poco del porvenir, que hasta cree inútil trabajar para sus

hijos: á los ojos de aquel célebre egoista, la esencia de la sabiduría

consiste en no tener cuenta sino de sí mismo[131]. Pero en todos los

pueblos, la minoría es la que hace las grandes cosas. Y á pesar de sus

enormes defectos, á pesar de ser duro, burlon, mezquino en sus miras,

cruel, sofista y lleno de sutilezas, el pueblo judío es el autor del

más hermoso movimiento de entusiasmo desinteresado que menciona la

historia. La oposicion ocasiona siempre la gloria de un país:--los

más grandes hombres de una nacion son los que ella condena á muerte.

Sócrates fué la gloria de Aténas, y Aténas le dió á beber la cicuta.

Spinosa es el más grande de los judíos modernos, y la sinagoga le ha

excluido de su seno ignominiosamente. Jesús fué la gloria de Israel, y

murió crucificado.

El pueblo judáico perseguia desde hacia siglos un gigantesco desvarío

que le rejuvenecia á cada paso en su decrepitud. Ajena á la teoría de

las recompensas individuales, propagada por la Grecia bajo el nombre de

inmortalidad del alma, la Judea habia reconcentrado toda su potencia

de amor y deseo en su porvenir nacional. Creyéndose posesora de las

promesas divinas de un porvenir sin límites, y siendo rechazada en sus

aspiraciones por la amarga realidad que á partir del siglo nono ántes

de nuestra era sometia más y más el destino del mundo al imperio de

la fuerza bruta, se arrojó en la via de absurdas amalgamas ideales y

ensayó las más extrañas contradicciones. Ántes del cautiverio, cuando

todo el porvenir terrestre se desvaneció al separarse las tribus del

Norte, la restauracion de la casa de David, la reconciliacion de las

dos fracciones del pueblo y el triunfo de la teocracia y del culto de

Jehová sobre los cultos idólatras, sirvieron de alimento al delirio

comun. En la época del cautiverio, un poeta lleno de armonía entrevió

el esplendor de una Jerusalen futura, de la cual eran tributarios los

pueblos y las islas lejanas; y la entrevé por un prisma de tan dulces

y suaves colores, que hubiérase dicho que un rayo de la mirada de

Jesús penetraba en su imaginacion á una distancia de seis siglos[132].

La victoria de Ciro pareció realizar por algun tiempo todas aquellas

esperanzas. Los graves discípulos del _Avesta_ y los adoradores de

Jehová se creyeron hermanos. Al desterrar los _devas_ múltiples y al

trasformarlos en demonios, la Persia habia conseguido extraer de las

antiguas imaginaciones arianas, esencialmente naturalistas, una especie

de monoteismo. El tono profético de algunas enseñanzas de Iran tenía

mucha analogía con ciertas composiciones de Oseas y de Isaías. Israel

toma aliento bajo los Acheménidas[133], y durante la dominacion de

Jérjes (Asuero) se hace temer de los mismos Iranios. Pero la entrada

triunfante y á menudo brutal de la civilizacion griega y romana en

Asia, le arroja de nuevo en sus delirios. Entónces más que nunca invoca

al Mesías como al Juez vengador de los pueblos. Para satisfacer la

sed de venganza que le inspiraban el sentimiento de su superioridad

y el espectáculo de sus humillaciones, hacíale falta una renovacion

completa, una revolucion que abarcase el mundo y le conmoviera hasta en

sus cimientos[134].

Si Israel hubiese poseido la doctrina llamada espiritualista, esa

doctrina que divide al hombre en dos partes, cuerpo y alma, y que

encuentra la cosa más natural que el alma sobreviva miéntras el

cuerpo se corrompe, aquel acceso de rabia y de enérgica protesta no

habria tenido su razon de ser. Pero semejante doctrina, producto de

la filosofía griega, no se hallaba en las tradiciones del espíritu

judáico. Ninguna huella de remuneraciones ó de penas futuras contienen

los antiguos escritos hebreos. Miéntras existió la idea de la

solidaridad de la tribu, natural era que no se pensase en una estricta

retribucion segun los méritos de cada uno. Si un hombre piadoso tenía

la desgracia de venir al mundo en una época de impiedad y participaba

de las calamidades públicas originadas por la iniquidad comun, tanto

peor para él. Esta doctrina, trasmitida por los sabios de la época

patriarcal, conducia paso á paso á insostenibles contradicciones. Ya en

tiempo de Job habia recibido fuertes ataques; los ancianos de Theman

que la profesaban eran hombres atrasados, y el jóven Elihu, que fué á

disputar con ellos, se atrevió á emitir desde sus primeras palabras

este axioma revolucionario: ¡que la sabiduría no era ya patrimonio

de los ancianos![135]. Con las complicaciones ocurridas en el mundo

despues de Alejandro, el antiguo principio themanita y mosaista se

hizo todavía más intolerable[136]. Nunca Israel habia sido más fiel

observador de la Ley, y sin embargo sufrió la atroz persecucion de

Antíoco. Sólo un retórico pedante y acostumbrado á repetir vetustas

frases vacías de sentido podia atreverse á sostener que aquellas

desgracias eran hijas de las infidelidades del pueblo[137]. ¡Cómo!

¿esas víctimas que mueren por la fe, esa madre con sus siete hijos,

esos heróicos Macabeos serán olvidados eternamente por Jehová y

abandonados á la podredumbre de la fosa?[138]. Un saduceo incrédulo

y mundano podia muy bien admitir semejante consecuencia; un sabio

consumado, como Antígono de Soco[139], podia sostener que no debe

practicarse la virtud como el esclavo que aspira á una recompensa, sino

desinteresadamente y sin esperanza de premio. Pero la gran masa de la

nacion no se contentaba con eso. Unos se adherian al principio de la

inmortalidad filosófica y se figuraban á los justos viviendo en la

memoria de Dios, glorificados en el recuerdo de los hombres, juzgando

al impío que los persiguiera[140]. «Viven á los ojos de Dios;... Dios

los reconoce»[141], hé ahí su recompensa. Otros, y en particular

los fariseos, recurrian al dogma de la resurreccion[142]. Los justos

resucitarán para ser partícipes del reinado mesiánico. Resucitarán con

los mismos cuerpos que tuvieron para vivir en el mundo del cual serán

reyes y jueces, y asistirán al triunfo de sus ideas y á la humillacion

de sus enemigos.

En el antiguo pueblo de Israel no se encuentran sino huellas muy

indecisas de este dogma fundamental. En realidad, el incrédulo saduceo,

al rechazarle, permanecia fiel á la antigua doctrina judáica, y el

verdadero innovador era el fariseo partidario de la resurreccion. Pero

en materia religiosa, el partido más exaltado es siempre el que innova,

el que avanza, el que deduce las consecuencias. Por otra parte, la

resurreccion, idea totalmente distinta de la inmortalidad del alma, se

desprendia sin esfuerzo de las doctrinas anteriores y de la situacion

del pueblo. Quizás la misma Persia proporcionó algunos principios

elementales[143]. De todos modos, formó, á no dudarlo, combinándose con

la creencia en el Mesías y con la doctrina de una próxima renovacion

del mundo, esas teorías apocalípticas que, sin ser artículos de fe (el

sanhedrin ortodoxo de Jerusalen no parece haberlas adoptado), llenaban

todas las imaginaciones y producian de un extremo á otro del mundo

judío extraordinaria fermentacion. La carencia total de rigor dogmático

permitia que nociones del todo contradictorias pudiesen admitirse al

mismo tiempo, áun tratándose de un punto tan capital. Unas veces el

justo debia esperar la resurreccion[144]; otras, era recibido en el

seno de Abraham desde el momento de su muerte[145]. Ya la resurreccion

era general[146], ya estaba reservada únicamente para los fieles[147].

Aquí suponia un mundo renovado y una nueva Jerusalen; allá implicaba el

aniquilamiento prévio del universo.

Desde que Jesús tuvo uso de razon, entró en la ardiente atmósfera que

formaban en Palestina las ideas que acabamos de exponer. Aquellas

ideas no se enseñaban en ninguna escuela; pero flotaban en el aire y

penetraron en su alma desde muy temprano, en su alma tranquila, que no

conoció nunca nuestra incertidumbre ni nuestras vacilaciones. En la

cima de la montaña de Nazareth, en aquella cima donde ningun hombre

moderno pone la planta sin experimentar cierta inquietud sobre su

destino, Jesús se sentó veinte veces sin que su corazon fuese combatido

por la sombra de una duda. Ajeno al egoismo, á ese manantial de

nuestras tristezas, que rudamente nos obliga á buscar por móvil de la

virtud un interes de ultratumba, no pensó sino en su obra, en su raza,

en el bien de la humanidad. Aquellas montañas, aquel mar, aquellas

elevadas llanuras que se extienden al horizonte, no fueron para él la

vision melancólica de un alma que interroga la naturaleza sobre su

destino; fueron el símbolo cierto, la sombra trasparente de un mundo

invisible y de un nuevo cielo.

Jesús no dió nunca mucha importancia á los acontecimientos políticos

de su tiempo, los cuales no conocia probablemente muy á fondo. La

dinastía de los Heródes vivia en un mundo tan distinto del suyo, que

sin duda no la conoció más que de nombre. El gran Heródes murió en la

época misma en que él vino al mundo, dejando recuerdos imperecederos,

monumentos que debian obligar áun á la posteridad más prevenida en

contra suya á asociar su nombre al de Salomon; pero su obra quedó

inacabada, imposible de continuar. Aquel Idumeo astuto, profano

ambicioso extraviado en un dédalo de luchas religiosas, tuvo en

su favor la ventaja que dan la sangre fria y la razon, exentas de

moralidad, en medio de fanáticos apasionados. Pero aunque su idea de

un reino profano de Israel no hubiese sido un anacronismo en el estado

en que se hallaba el mundo cuando él la concibió, habria fracasado

contra las dificultades nacidas del carácter mismo del pueblo, como

fracasó el proyecto, muy parecido al suyo, concebido por Salomon. Los

tres hijos de Heródes no fueron sino lugartenientes de los romanos,

semejantes á los radjas de la India bajo la dominacion inglesa. Antíper

ó Antipas, tetrarca de Galilea y Perea, del cual fué súbdito Jesús

durante toda su vida, era un príncipe nulo y perezoso[148], favorito y

adulador de Tiberio[149], sometido casi siempre á la fatal influencia

de su segunda mujer Herodías[150]. Felipe, tetrarca de Gaulonítida y de

Batanea, á cuyos territorios hizo Jesús frecuentes viajes, era mucho

mejor soberano[151]. En cuanto á Arquelao, etnarca de Jerusalen, Jesús

no pudo conocerle, porque hacia cerca de diez años que aquel hombre

débil, sin carácter y violento en ocasiones, habia sido depuesto por

Augusto[152]. Así perdió Jerusalen hasta el último resto de autonomía.

Reunido desde entónces el territorio judáico al de Samaria y al de

Idumea, formó una especie de anexo de la provincia de Siria, de donde

era legado imperial el senador Publio Sulpicio Quirino, personaje

consular de gran nombradía[153]. Una serie de procuradores romanos,

sometidos en las grandes cuestiones al legado imperial de Siria, tales

como Coponius, Marcus Ambivius, Annius Rufus, Valerius Gratus y Pontius

Pilatus (año 26 de nuestra era) se suceden allí[154], ocupándose

incesantemente en apagar el volcan de la insurreccion que ardia bajo

sus piés.

En efecto, durante toda aquella época, agitan á Jerusalen contínuas

sediciones provocadas por los celosos partidarios del mosaismo[155].

Los sediciosos hallaban una muerte segura; pero cuando se trataba de

la integridad de la Ley, la muerte se buscaba con avidez. Derrocar las

águilas, destruir las obras de arte levantadas por los Heródes, en las

cuales no siempre se habian respetado los reglamentos mosaistas[156],

rebelarse contra los escudos votivos que elevaban los procuradores,

y cuyas inscripciones parecian contaminadas de idolatría[157], eran

tentaciones permanentes para hombres fanáticos que habian llegado á

ese grado de exaltacion en que se desprecia la vida. Júdas, hijo de

Sarifeo, y Matías, hijo de Margaloth, célebres doctores de la Ley

ambos á dos, formaron un partido de audaz agresion contra el órden

existente, partido que se continuó despues de su suplicio[158]. Un

movimiento análogo agitaba á los samaritanos[159]. Diríase que la Ley

no tuvo jamás sectarios tan apasionados como en el momento en que vivia

ya aquel que habia de abrogarla con la grandeza de su alma y con el

poder de su genio. Los «Zelotas» (_Kenaim_) ó «Sicarios», asesinos

piadosos que se imponian por deber matar á cualquiera que delante de

ellos quebrantase la Ley, asomaban al horizonte[160]. Á consecuencia

de la necesidad imperiosa de lo sobrenatural y extraordinario que

experimentaba el siglo, algunos taumaturgos y representantes de

otras ideas eran considerados como personas de especie divina[161] y

alcanzaban crédito entre la credulidad pública.

Mayor influencia ejerció en el ánimo de Jesús el movimiento provocado

por Júdas el Gaulonita ó el Galileo. Entre todos los vejámenes que Roma

imponia á los países nuevamente conquistados, ninguno era tan impopular

como el censo[162]. Esta medida, que siempre extrañan los pueblos no

acostumbrados á las cargas de las grandes administraciones centrales,

era particularmente odiosa á los ojos de los judíos. Un empadronamiento

habia ya provocado en tiempo de David violentas recriminaciones y las

amenazas de los profetas[163]. En efecto, el censo era la base del

impuesto, y éste, con arreglo á las ideas de la teocracia pura, casi

una impiedad. Siendo Dios el único dueño que el hombre debe reconocer,

pagar el diezmo al soberano terrenal es deificarle hasta cierto

punto. La teocracia judía, completamente extraña á la idea de estado,

no hacia en esto sino deducir su última consecuencia, es decir, la

negacion de toda sociedad civil y de todo gobierno. El dinero de las

arcas públicas se miraba como dinero robado[164]. El empadronamiento

que ordenó Quirino (año 6 de nuestra era) despertó vigorosamente esas

ideas y produjo inmensa fermentacion, haciendo al fin estallar un

movimiento en las provincias del Norte. Un tal Júdas, natural de la

ciudad de Gamala, sobre la orilla oriental del lago de Tiberiade, y un

fariseo llamado Sadok, se atrajeron, negando el impuesto, numerosos

partidarios que bien pronto se declararon en abierta rebelion[165].

Las máximas fundamentales de aquel partido consistian en que, siendo

Dios el único «dueño», no debia darse á nadie este título, y en que la

libertad es preferible á la vida. Probablemente Júdas profesaba otros

muchos principios, que Josefo, siempre cuidadoso de no comprometer

á sus correligionarios, omite con marcada intencion; porque, á la

verdad, no se comprende que por una idea tan sencilla le concediese el

historiador judío un rango elevado entre los filósofos de su nacion,

y le mirase como el fundador de una cuarta escuela paralela á las de

los Fariseos, Saduceos y Esenios. Júdas fué, á no dudarlo, el jefe de

una secta galilea, preocupada por el mesianismo, que acabó por llegar

á un movimiento político. El procurador Coponius domó la sedicion del

Gaulonita; pero la escuela subsistió y conservó sus jefes, como lo

prueba el encontrarla de nuevo, sumamente activa, tomando parte en las

últimas luchas de los judíos contra los romanos[166], capitaneada por

Manahem, hijo del fundador, y por un tal Eleazar, pariente del primero.

Quizás Jesús conoció á aquel Júdas que de tan diferente modo que él

concibió la revolucion judáica; por lo ménos conoció su escuela, y

probablemente el error del Gaulonita le inspiró el axioma de «dad al

César lo que es del César», etc. Léjos de toda sedicion, el prudente

Jesús se aprovechó de la falta de su predecesor, y soñó con otro reino

y con otro rescate.

La Galilea era, pues, una vasta hornaza donde se hallaban en ebullicion

los más opuestos elementos[167]. La consecuencia de aquellas

agitaciones fué un extraordinario desprecio de la vida, ó mejor dicho,

una especie de afan por salir al encuentro de la muerte[168]. En los

grandes movimientos de fanatismo, las lecciones de la experiencia

sirven de poco ó nada. En Argelia, durante los primeros años de la

ocupacion francesa, inspirados que se decian invulnerables y enviados

por Dios para arrojar á los infieles, aparecian cada primavera: su

muerte se olvidaba apénas ocurrida, y el pueblo concedia la misma fe á

los nuevos fanáticos que se levantaban al año siguiente. La dominacion

romana, si bien rudísima bajo cierto aspecto, no era todavía muy

quisquillosa, y dejaba ancho campo á la libertad. Aquellas grandes

dominaciones brutales, terribles en la represion, estaban léjos de

ser tan recelosas como las potencias que tienen un dogma que guardar,

y abrian la mano hasta el momento en que creian oportuno emplear

el rigor. En su carrera vagabunda, Jesús no fué ni una sola vez

molestado por la policía. Aquella libertad, y sobre todo la ventaja

que tenía Galilea de hallarse mucho ménos ligada que el resto de la

Judea por los lazos del pedantismo farisáico, daban á aquella comarca

gran superioridad sobre Jerusalen. La revolucion, ó mejor dicho el

mesianismo, agitaba allí todos los corazones:--creíanse en vísperas

de la gran renovacion, y los textos de la Escritura, torturados en

diferentes sentidos, servian de pábulo á las más colosales esperanzas.

En cada línea de los sencillos escritos del Antiguo Testamento

imaginaban hallar la seguridad, y hasta cierto punto, el programa del

reino futuro que debia traer la paz á los justos y poner eterno sello á

la obra de Dios.

Bajo el punto de vista del órden moral, aquella division en dos partes

opuestas, en interes y en espíritu, habia sido siempre un principio

fecundo para la nacion hebrea. Todo pueblo susceptible de grandes

destinos debe ser un mundo en miniatura, pero completo, encerrando en

su seno polos opuestos. Grecia tenía á algunas leguas de distancia

á Esparta y á Aténas, dos antípodas á los ojos del observador

superficial, pero en realidad hermanas rivales indispensables la una

á la otra. Lo mismo sucedia en Judea. El desarrollo del Norte, ménos

brillante bajo cierto aspecto que el de Jerusalen, fué mucho más

fecundo; las obras más notables del pueblo judío procedieron siempre

de allí. La ausencia completa del sentimiento de la naturaleza, que

conduce á la sequedad, al desabrimiento, á la barbarie, marcó todas

la obras puramente hierosolimitanas con un sello grandioso, pero

árido, triste, repugnante. Jerusalen, con sus doctores solemnes,

sus insípidos canonistas y sus devotos hipócritas y atrabiliarios,

no habria conquistado la humanidad. El Norte dió al mundo la cándida

Sulamita, la humilde Cananea, la apasionada Magdalena, el buen padre

adoptivo José, la Vírgen María. Sólo el Norte formó el cristianismo:

Jerusalen es, por el contrario, la verdadera patria del judaismo

obstinado que fundaron los fariseos, que el Talmud consagró y que,

atravesando la Edad Media, ha llegado hasta nosotros.

Á formar aquel espíritu ménos austero, ménos ásperamente monoteista,

por decirlo así, contribuia el aspecto de una naturaleza riente y

deliciosa que imprimia á todos los sueños de Galilea un giro idílico

y encantador. En el mundo no hay quizás país más árido y triste que

los alrededores de Jerusalen. Por el contrario, la Galilea era una

comarca fértil, cubierta de verdura, umbrosa, risueña, el verdadero

país del Cántico de los cánticos y de las canciones del muy amado[169].

Durante los meses de Marzo y Abril, la campiña se cubre de una

alfombra de flores de matices vivísimos y de incomparable hermosura.

Los animales son pequeños, pero sumamente mansos. Tórtolas esbeltas

y vivarachas, mirlos azules, de tan extremada ligereza, que se posan

sobre los tallos herbáceos sin hacerlos inclinar, empenachadas alondras

deslizándose casi entre los piés del viajero, galápagos de ojillos

vivos y cariñosos, y cigüeñas de aire púdico y grave se agitan aquí

y allá, deponiendo toda timidez y aproximándose tan cerca del hombre

que parecen llamarle. En ningun país del mundo ofrecen las montañas

líneas más armónicas ni inspiran tan elevados pensamientos. Jesús

parece haberlas amado particularmente. Los actos más importantes de

su carrera divina tienen lugar sobre las montañas; allí tenía mayor

inspiracion[170]; allí conversaba muda y misteriosamente con los

antiguos profetas, y allí se manifestaba ya transfigurado á los ojos de

sus discípulos[171]. Aquel hermoso país, hoy tan triste y melancólico,

á consecuencia del empobrecimiento que el islamismo ocasiona en la

vida humana, pero que todavía respira en todo aquello que el hombre

no ha podido destruir, deliciosa ternura y apacible encanto, rebosaba

en tiempo de Jesús de bienestar y de alegría. Los galileos pasaban

por enérgicos, valientes y laboriosos[172]. Á excepcion de Tiberiade,

ciudad de estilo romano[173], construida por Antipas en honor de

Tiberio (hácia el año 15), Galilea no tenía grandes poblaciones. Sin

embargo, el país estaba muy poblado; cubríanle pequeñas ciudades y

grandes aldeas, y todas sus comarcas se cultivaban con esmero. La

campiña debia ser deliciosa; abundaban en ella los manantiales y era

rica en toda especie de frutos; las viñas, las higueras, los naranjos,

los granados y los limoneros sombreaban las granjas y formaban con sus

ramas siempre verdes las aromáticas bóvedas de espaciosas huertas[174].

Si se juzgase por el que los judíos cosechan todavía en Safed, el

vino era excelente y se hacia de él no pequeño consumo[175]. Aquella

vida sin cuidados y fácilmente satisfecha no conducia al grosero

materialismo de nuestros campesinos, á la rústica satisfaccion de un

normando, á la tosca alegría de un flamenco:--espiritualizábase en

ensueños etéreos, en una especie de poético misticismo que confundia

el cielo con la tierra. ¡Dejad que el austero Juan Bautista predique

la penitencia en su desierto de Judea, truene incesantemente, y se

alimente de langostas en compañía de los chacales! ¿Por qué razon

ayunarian los compañeros del esposo miéntras el esposo está con ellos?

¿No formará la alegría parte del reino de Dios? ¿No es ella la hija de

los humildes de corazon, de los hombres de buena voluntad?

Toda la historia del cristianismo naciente llega á ser de ese modo una

pastoral deliciosa. Un Mesías en una comida de bodas, la cortesana y

el buen Zacheo convidados á sus festines, los fundadores del reino

del cielo como una comitiva de paraninfos: hé ahí á lo que se atrevió

Galilea, lo que legó al mundo haciéndoselo aceptar. La Grecia, por

medio de la escultura y de la poesía, trazó hermosos cuadros de la vida

humana; pero sin fondos fugaces, sin horizontes lejanos. Aquí faltan

el mármol, los obreros excelentes, el idioma exquisito y refinado.

Pero Galilea, con el solo auxilio de la imaginacion popular, creó el

ideal más sublime; porque detrás de su idilio se agita el destino de la

humanidad; porque la luz que ilumina su cuadro es el sol del reino de

Dios.

Jesús vivia y crecia en aquel medio embriagador. Desde su infancia hizo

casi anualmente el viaje á Jerusalen por la época de las fiestas[176].

Para los judíos provincianos aquella peregrinacion era una solemnidad

llena de atractivo. Series enteras de salmos estaban consagradas á

cantar las dulzuras de caminar en familia[177] durante algunos de los

primeros dias primaverales, á traves de los valles y de las colinas,

teniendo en perspectiva los esplendores de Jerusalen, los terrores

del sagrado pórtico, y el gozo de vivir juntos por algun tiempo[178].

El camino que ordinariamente seguia Jesús en aquellos viajes era el

mismo que hoy se sigue por Ginæa y Sichem[179]. Desde este último punto

á Jerusalen la via es agreste en extremo. Pero las inmediaciones de

los antiguos santuarios de Silo y de Bethel, cerca de los cuales se

pasa, sorprenden el ánimo agradablemente. _Ain-el-Haramie_, la última

etapa[180], es un lugar melancólico y encantador: pocas impresiones

igualan á la que se experimenta cuando allí se pernocta. El valle es

estrecho y sombrío;--de entre las rocas, perforadas por los sepulcros,

mana un agua negruzca. Si no me engaño, aquél es el «Valle de las

lágrimas» ó de las aguas rezumantes, cantado como una de las estaciones

del camino en el delicioso salmo LXXXIV; valle que el dulce y triste

misticismo de la Edad Media convirtió en el emblema de la vida. Llégase

al dia siguiente á Jerusalen, y áun hoy dia la esperanza de arribar á

sus muros, sostiene á la caravana, acorta la noche de la víspera y hace

ligero el sueño.

Aquellos viajes, durante los cuales la nacion reunida se comunicaba sus

ideas, viajes que eran casi siempre focos de grande agitacion, ponian

á Jesús en contacto con el alma de su pueblo, y sin duda le inspiraban

ya viva antipatía por los defectos de los representantes del judaismo.

Preténdese que el desierto fué para él desde muy temprano otra escuela

donde se formó su alma, y que permaneció allí largas temporadas[181].

Pero el Dios que allí encontraba no era el suyo:--era cuando más el

Dios de Job, severo y terrible, sin piedad ni misericordia. Otras veces

era Satanás el que iba á tentarle. Entónces regresaba á su querida

Galilea y volvia á encontrar á su Padre celestial en medio de las

verdes colinas y de los arroyos trasparentes, en medio de aquellos

grupos de mujeres y niños que esperaban la salud de Israel, con la

alegría en el alma y el cántico de los ángeles en el corazon.

Vida de Jesús · 第 16 / 114 题