El maestre de campo Mateo del Sanz les quemó algunas canoas y casas,

hirió a varios indios, mató a otros y prendió a cuatro. A tres se les

ahorcó en el mismo sitio en que había perecido el grumete. A uno que

había quedado ileso, el maestre le trajo a la nave «a ruego de los

religiosos» «diciendo que sería más servicio de Dios nuestro Señor y de

su Majestad llevarle a la Nueva España que no ahorcarle, e ansí se llevó

a la Capitana.»

Legazpi, los religiosos, los capitanes y los oficiales conferenciaron

sobre si convendría poblar en _Goam_ y despachar un navío a la Nueva

España. Así lo propuso el padre prior, respondió el general que era

necesario dar cumplimiento a las órdenes que tenía de seguir hasta las

islas _Filipinas_ y las colindantes, y, sin más discusión, el 3 de

febrero emprendieron la marcha.

El 13 arribó la armada a una bahía muy amplia, rodeada de islas pequeñas

y de una grande. Se encargó al maestre de campo, al padre prior y al

capitán Martín de Goiti que vieran si había población, río o puerto, y

si encontraban indios. Unos cuantos vieron, que se negaron a esperarles.

El 20 comparecieron algunos naturales, significaron que la isla grande

se llamaba «Zubú», y dijeron nombres de pueblos y caciques del

territorio. El general les dió cuentas de vidrio, bonetes de grana,

cuchillos, etc., y les pidió que de su parte les suplicaran a los

principales que fueran a verle, porque les quería hablar y hacerse

amigos suyos.

Vinieron, en efecto, en canoas, unos caciques, que en prueba de amistad

querían sangrarse con el general, y entraron en la capitana, donde

fueron muy bien recibidos.

Allí era incomprensible otro lenguaje que el de las señas. Legazpi se

las hizo de que deseaba contratar con ellos y obtener su amistad en

nombre del rey de Castilla. De lo que mostraron gran satisfacción. Y

venían con frecuencia a los navios y convidaban a los expedicionarios

con vino de palmas. Se les propuso que vendieran en grandes cantidades

puercos y gallinas, y se los pagarían muy bien, y quedaron en hacerlo

así, pero no llevaron mas que un gallo, un huevo y un cochino. Pronto se

vió que no querían venderle nada a nuestra gente, sino entretenerla, y,

sobre todo, aprovecharse de las baratijas--para ellos de mucho

valor--que se les daban gratuitamente siempre que iban a los buques.

Se encargó a Juan de la Isla y a dos religiosos que reconocieran si

había puerto, y hallaron dos bahías. En una salieron indios a la ribera

dándole señas al capitán de que querían sangrarse con él para entablar

amistades. Francisco Gómez, gentil hombre de Legazpi, sin consentimiento

del capitán Isla y contra el parecer de los religiosos, saltó a tierra

para sangrarse con uno de los caciques. Cuando estaban en la ceremonia

surgió del monte un indio, y acercándose a Gómez por entre los que se

hallaban con él, le dió tan terrible lanzada que murió al poco rato.

El 21 arribaron, en la costa de la isla grande, a una bahía que

denominaron _San Pedro_, y el 22 vino a la nave del maestre un isleño,

que dijo ser principal y llamarse Urrao. Se sangró con Mateo del Sanz, y

le enteró de que Tandaya, gran cacique, de quien era sobrino, residía a

no mucha distancia de allí. A Urrao y a otros dos principales, uno de

ellos llamado Balaniga, les obsequió el general y les pidió una canoa

para enviarle a decir a Tandaya que Su Majestad «le quería por amigo, y

le quería mucho». Un indio que sabía algunos términos castellanos se

ofreció a llevarle a Tandaya la carta, y quedó en volver al día

siguiente para que se la dieran. A Urrao y a los otros dos caciques les

rogó el maestre que le vendiesen arroz, gallinas y puercos, y quedaron

en llevarlos; pero no volvieron. Tampoco volvió el que se había ofrecido

a entregarle el mensaje de Legazpi al gran cacique.

El 22 dispuso el general que Martín de Goiti buscase el río de Tandaya,

por si tenía buen puerto, y que procurase ver al poderoso señor y darle

cuenta de las intenciones de los españoles.

Mientrastanto, Legazpi procedió a tomar posesión de la isla, y,

terminado el acto, se aproximó, en compañía de los religiosos y del

maestre de campo, al pueblo de _Caniungo_, donde les esperaron multitud

de indios en disposición amenazadora. Dos disparos de arcabuz fueron

bastantes para amedrentarles y hacerles huír.

A los diez días volvió Martín de Goiti, refiriendo que lo más notable

que había encontrado en sus exploraciones había sido la ciudad de

_Cabalián_, cuyos habitantes usaban joyas de oro y tenían muchos puercos

y gallinas.

El 5 de marzo salió la armada para aquella población, cuyo cacique,

Maletec, tenía un hijo, llamado Camutrián, que se sangró con el alférez

mayor, no habiendo ido Maletec en persona a sangrarse con Legazpi por

ser muy viejo y estar ciego.

Quisieron los expedicionarios comprar víveres, y los indios prometieron

traérselos, pero faltaron reiteradamente a su palabra, y el general, los

capitanes, los oficiales y otras personas de cuenta resolvieron,

haciendo de la necesidad ley, adquirirlos por la fuerza, aunque evitando

causarles daño a los indígenas y pagándoles lo que les tomasen.

Los naturales del país huyeron al ver en tierra a los españoles, y con

la precipitación de la huída dejaron abandonados algunos puercos y

cierta cantidad de batatas. También se les tomaron unas cuantas

gallinas. Muchísimas otras escaparon volando como perdices.

Se hizo inventario de estas adquisiciones, se apartó la cantidad de

margaritas, cuentas de vidrio, bonetes de grana, cuchillos, etc., que se

consideró necesaria para abonar su valor, y se le entregó a Camutrián,

que estaba en una de nuestras naves, para que él hiciera llegar

aquellos objetos a los dueños de los bastimentos, de tal modo, que cada

cual cobrase en proporción a los que hubiera perdido.

Por Camutrián se averiguó que no lejos de allí estaba _Mazaguá_, y

habiéndole suplicado el general que le enseñase el camino, el hijo de

Maletec se ofreció a ir con él a dicha isla acompañado de tres indios.

El 9 de marzo salió la flota de _Cabalián_ para _Mazaguá_, y el 10

fueron comisionados el prior y el maestre de campo para que hicieran por

ver al cacique y le regalaran, a fin de atraérselo, una chamarra de

terciopelo y un capote de grana; mas, no habiendo encontrado, en la

parte donde pensaban que estaría la residencia del señor, casas ni

indios, acordó el general trasladarse a la isla de _Caninguinín_, que

estaba próxima.

Antes se les dió suelta a Camutrián y a los otros tres indios, y a fin

de que se marcharan contentos, les quedase agradable recuerdo de los

españoles y recibieran y trataran bien a otros que pudieran pasar por

su tierra, se les vistió a dos de ellos de bonete, chamarra y

zaragüelles de paño verde, y a los otros dos, de iguales prendas, de

lienzo, y se les dió para el regreso carne de cerdo y pan para tres días

y una botija de agua.

El 11 de marzo arribó la armada a _Caninguinín_, no habiendo encontrado

en ella nada que les interesase. Canela es lo que más deseaban haber

hallado y adquirido en aquella isla.

Sus naturales se negaban a escuchar a los españoles. Legazpi consultó

con los religiosos, los capitanes, los oficiales y las demás personas de

la armada sobre qué partido tomar, y, de común acuerdo, resolvieron

pasar a _Butuán_, por ser país de mucho comercio y porque encontrarían

quien entendiese la lengua malaya.

Reconociendo Martín de Goiti, en un batel, la costa de la isla de

_Bohol_, halló un parao de grandes dimensiones, cargado de arroz y de

otros bastimentos. En cuanto los indios vieron el batel, se arrojaron al

mar, dejando abandonada la canoa. Los españoles se apoderaron de ella,

y el general mandó hacer inventario de su contenido, para pagar su valor

a quien resultara ser su dueño. En el mismo día, el maestre de campo

prendió a siete u ocho indios de los que se escaparon del parao, por uno

de los cuales se averiguó que aquella embarcación y sus mercancías eran

procedentes de _Cebú_.

La contrariedad de los vientos impedía que la armada arribase a

_Butuán_, y se acordó que fuese allí el patache, y que en tanto se

hiciesen en la capitana algunos reparos que le eran necesarios, para

enviarla a descubrir la vuelta a la Nueva España. Procurarían comprar la

mayor cantidad que pudiesen de oro, canela, cera, especias y drogas, y

hacer amistad con el cacique de la isla, a quien le comunicarían, de

parte de los expedicionarios, que, si se lo consintiera, tendrían mucho

gusto en ir a su tierra, para establecer en ella factorías y

contrataciones en nombre del rey de España. Como intérprete de la lengua

malaya iba con la gente del patache un tal Jerónimo Pacheco. Si en

_Butuán_ no encontraban canela, recorrerían hacia el mediodía la costa

de _Mindanao_, hasta llegar a la provincia de _Cavite_.

Cuando el general se ocupaba en el despacho del _San Juan_, vino a la

nave capitana el maestre de campo y dijo que la almiranta, distante

media legua, había visto en la mar un junco grande y enviado un batel en

su reconocimiento. Los tripulantes del junco acometieron a los españoles

trabándose entre unos y otros encarnizada pelea. En ella nos hirieron

veinte hombres; pero la canoa tuvo que rendirse ante los argumentos de

los arcabuces. Esta embarcación tenía árbol mayor, trinquete y mesana, y

era casi tan grande como el _San Lucas_. Los que en ella venían eran

moros.

Un testigo presencial del combate elogia el valor de los adversarios,

diciendo que determinaron morir, que pelearon como desesperados, hasta

que les mataron el capitán, y que hicieron enorme gasto de municiones de

hierro.

En el parao apresado venían seis o siete hombres, uno de ellos factor

del rey de Borneo, quien manifestó que las mercancías que llevaban eran

de su señor, y que el junco pertenecía a un portugués, llamado Antón

Maletis. Legazpi le preguntó cómo no habían acudido al llamamiento de

los españoles. La contestación que aquellos seis o siete hombres le

dieron fué verdaderamente notable: «... respondieron que, como no los

conoscían ni entendían, y vieron que eran extrangeros, les pareció que

estaban obligados a la defensa de sus personas y haciendas, y que en

defensa desto, por cualquiera cosa que hubiesen hecho, no tenían culpa

ninguna; que, si los conoscieran, que justo fuera y ellos vinieran, pero

que, no los conosciendo, ni sabiendo quién eran, ni qué los querían,

habían procurado defenderse».

Se les puso en libertad y se les devolvió el parao con cuanto en él

había venido. Asombrados de tanta liberalidad, pidieron una carta para

el rey de _Borneo_, a quien irían a darle cuenta de proceder tan

humanitario.

De estos moros se informó el general acerca de las mercaderías en que

traficaban, de dónde las traían, de su calidad, de sus precios de compra

y de venta, y de la religión, costumbres, producciones y otras

particularidades de aquellas islas.

En _Borneo_ adquirían hierro y estaño, mantas pintadas de la India,

porcelanas, campanas de cobre, sartenes, cazuelas de hierro templado,

hierros para lanzas, cuchillos, cera, mantas blancas, etc. Todos estos

artículos los vendían por oro, por clavos y por unos caracoles que en

_Siam_ se cotizaban como dinero.

De los moros aprehendidos, el piloto del parao era el más inteligente y

experimentado y el que tenía más y mejores noticias de las _Filipinas_,

de las _Molucas_, de _Borneo_, de _Malaca_, de _Java_, de la India y de

la China. Por él se supo que los rescates que llevaba la armada eran de

difícil salida en las _Filipinas_, y en cambio la tendrían muy buena en

_Borneo_; que en _Butuán_ había mucha contratación; que allí estaban dos

juncos de _Luzón_ adquiriendo oro, canela y esclavos; que _Luzón_ estaba

al norte de _Borneo_; que los de _Borneo_ no entraban en _Butuán_ por

haber habido entre unos y otros sangrientas colisiones, y que los de

_Bohol_ no querían contratar con los de las naves, porque hacía dos

años, muchos castellanos de los residentes en las _Molucas_ les habían

hecho, so capa de amistad y seguridad, muertes y robos a todo pasto y

les habían cogido muchísimos prisioneros, que vendieron como esclavos, y

que desde entonces les tenían miedo a los de Castilla.

Legazpi les hizo saber que los autores de semejantes desafueros no eran

españoles, sino portugueses, gente de otra tierra y súbditos de otro

monarca que los nuestros; a lo que los moros repusieron que ellos sabían

que era así, pero que los indios no los diferenciaban y creían que todos

eran unos.

El general quedó maravillado de la astucia empleada por los lusitanos,

no tanto para hacerles daño a los isleños como para hacérselo a los

españoles cuando allí llegaron, porque habían de encontrarse con el odio

de los naturales del país.

Para contrarrestar estos inconvenientes, mandó a llamar a varios

caciques, y vino a la capitana uno, llamado Cicatuna, que fué recibido

muy amistosamente. Este cacique se sangró con Legazpi, sacándose ambos,

de los pechos, dos gotas de sangre, revolviéndolas con vino en una taza

de plata y bebiéndose cada cual la mitad de la peregrina mezcla. Después

de la sangría se convidó a Cicatuna con conservas y vino de Castilla,

que le resultó agradable. Los postres consistieron en un discurso del

capitán generel, enterando al cacique de que el rey de España era el

mayor y más poderoso príncipe de la Cristiandad, de que en su nombre

iban los de la armada a contratar, a cuyo efecto llevaban valiosos

rescates, y de que él, el gobernador, trataría a Cicatuna como a un

hermano; por todo lo cual le suplicaba que influyera para que los

isleños viniesen a contratar con los de la flota y les vendiesen arroz,

puercos, gallinas y cabras, que les serían pagados a buen precio.

La respuesta del cacique fué satisfactoria, en cuanto a que los indios

perderían el temor, una vez que él y el general se habían sangrado y

hecho amigos; pero que, por lo que respectaba a mantenimientos, en muy

poco le podrían servir, porque aquel año era mucha el hambre que se

padecía en la isla a causa de la falta de lluvias.

Otro día vino la nave capitana con varios moros de _Borneo_, un

principal indio, llamado Cigala, de más categoría que Cicatuna. Quería

sangrarse con el gobernador; le regaló un lechón y le dió por excusa de

no haber venido a verle antes el haber estado forastero. Legazpi accedió

a la sangría y obsequió a Cigala con un pedazo de mantel, un espejo, una

bacinica, tijeras, cuchillos, margaritas y cuentas, y porque tenía

cuatro hijas, le entregó una docena de sartas de vidrio y otra docena de

cascabeles para cada una.

A los quince días de haber partido el _San Juan_ para _Butuán_, regresó

adonde se encontraba el resto de la flota. Los del patache habían visto

al rey de la isla y a un hermano suyo, los cuales no habían querido

entrar en el _San Juan_ por tenerles miedo a los moros.

Legazpi promovió consulta sobre si se debía poblar en alguna de aquellas

islas, y se convino en hacer población en _Cabalián_, por abundar allí

el arroz, los puercos y las batatas, y porque sería fácil el

abastecimiento de los que se volvieran a la Nueva España; pero la

resolución definitiva fué poblar en Cebú, por ser la tierra más fértil y

rica de cuantas hasta entonces habían visto en aquellos países.

Los españoles fueron a _Cebú_, y Legazpi envió emisarios a Tupa, rey de

la isla, para que viniese a verle. Este requerimiento fué contestado

con promesas que no se cumplían; antes, por el contrario, los indios les

amenazaron a los de la flota, y hubo que hacerles la guerra.

Reconociendo las casas de los fugitivos, se encontró, en una de las más

pobres, un Niño Jesús flamenco, con su camisita de volante y su sombrero

de velludo. El general experimentó tal alegría y tal emoción con este

hallazgo, que, tomando al Cristo en las manos, le besó los pies, y

alzando los ojos al cielo dijo: «Señor, Poderoso eres para castigar las

ofensas en esta isla cometidas contra tu Majestad, y para fundar en ella

tu casa e Iglesia Santa, donde tu Gloriosísimo nombre sea alabado y

ensalzado; suplícote me alumbres y encamines de manera que todo lo que

acá hiciéremos sea a honra y gloria tuya, y ensalzamiento de tu Santa Fe

católica».

El 8 de mayo se trazó y midió el terreno sobre que había de construírse

un fuerte en el puerto de _Cebú_, y el necesario para una villa, a la

que se puso el nombre de _San Miguel_.

* * * * *

El 1.° de junio de 1565, la nave _San Pedro_, al mando de Felipe de

Salcedo, emprendió el regreso a la Nueva España, trayendo por pilotos a

Esteban Rodríguez y Rodrigo de Espinosa, y arribó al Puerto de la

Navidad el 1.° de octubre del mismo año.

El 18 de septiembre, Salcedo había requerido a Rodríguez, a Espinosa y

al contramaestre Francisco de Astigarribia, que _también echaba punto y

carteaba_, a que tanteasen el camino que habían andado desde el puerto

de Cebú hasta la tierra que vieron aquel día. La distancia recorrida

había sido, según Rodríguez, de 1740 leguas, y, según Espinosa, de 1650.

Este último resultado dieron los cálculos y apuntaciones de

Astigarribia.

De todo lo cual levantó acta el escribano de la _San Pedro_, Asensio de

Aguirre.

Le interesaban a Salcedo la comisión y la consignación notarial de los

pareceres de los pilotos, acerca de lo navegado, para que «se entendiese

el dicho camino más verificadamente», y «para que mejor relación se

pudiese hacer a Su Majestad».

Este viaje fué muy penoso. No pocos tripulantes enfermaron durante él, y

algunos murieron. El piloto Espinosa falleció el 27 de septiembre. Fray

Andrés de Urdaneta apenas pudo dormir, por tener que gobernar la nave, y

padeció muchísimo.

Inmensa alegría produjo en Méjico el retorno de los supervivientes. Al

volver allí el capitán del _San Lucas_ aseguró que se había ido a pique

el resto de la armada de Legazpi.

Cuando, al poco tiempo, fray Andrés vino a Castilla por encargo de la

Audiencia, se encontró a la Corte, que estaba a la sazón en Valladolid,

a Alonso de Avellano, que tenía muy adelantadas y con grandes

probabilidades de buen éxito sus gestiones para que le premiaran por

haber sido el primero en descubrir las islas _Filipinas_, y en haber

hecho el viaje de vuelta al punto de partida; pero fué preso por haberle

dado cuenta Urdaneta al rey de su deslealtad y codicia. Luego se le

envió a la Nueva España para que se le trasladara a Manila y se le

pusiera a la disposición de Legazpi. Por influencias interpuestas en su

favor permaneció en Méjico hasta la muerte del general, pasando después

a Manila con cartas de recomendación, que le fueron ineficaces para ser

menos escarnecido por su conducta.

* * * * *

Tupas y todos los naturales de _Cebú_ reconocieron el señorío del rey de

Castilla.

Los españoles les ayudarían a los cebutines a defenderse de sus

enemigos, y lo mismo harían los de _Cebú_ con nuestros compatriotas

cuando lo necesitaran. Al indio que cometiese alguna falta contra algún

español, los caciques le traerían preso ante Legazpi para que le mandara

castigar. El español que le hiciese daño o agravio a algún indio sería

castigado por el gobernador. Cuando los españoles les compraran a los

indios bastimentos, se los habían de pagar a como valieran, y les darían

a precios moderados los rescates y géneros de España. Los indios no

podrían ir a contratar al real ni a la población de los españoles con

armas ofensivas ni defensivas.

En demostración de obediencia, Tupas, su hijo Pisunán, Catipán, Batumán,

Maquiong y otros señores se arrodillaron ante Legazpi y le besaron la

mano.

El general les obsequió con ropas, rescates y cuentas. A Tupas le dió,

además, dos camisas, un espejo dorado y dos sartas de margaritas.

«Quedaron ellos muy contentos viéndose tan bien vestidos de aquellos que

entendían auían venido a desnudarles.»

Un acontecimiento extraordinario fué el haberse convertido al

catolicismo Tupas, persona la de más autoridad e influencia, no

únicamente en _Cebú_, sino sobre los señores de las otras islas. Ninguno

le igualaba en capacidad intelectual ni en habilidad política. Siempre

había rechazado la conversión, por creer que la permanencia de los

españoles en sus dominios era muy problemática, por no tener con ellos a

sus mujeres. Le bautizó fray Diego de Herrera, fué su padrino Miguel

López de Legazpi y se le puso por nombre Felipe. Se celebró la ceremonia

el 31 de mayo de 1568. Poco después fué bautizado su hijo, mozo de

veinticinco años, habiendo sido su padrino Juan de Salcedo. Se le llamó

Carlos, en recuerdo del príncipe don Carlos, hijo de Felipe II. Aquel

día se bautizaron otros notables de la isla de _Cebú_ y de las

inmediatas.

* * * * *

Una de las acciones de Legazpi que mejor ponen de relieve su talento y

su valor es su victoria sobre los portugueses de las _Molucas_. El

virrey de la India había encomendado al capitán Gonzalo Pereira el

apresto de una armada para echar de _Cebú_ y del archipiélago filipino

a los españoles. El general se apercibió a la defensa. Habiendo

trascurrido bastante tiempo sin que la flota lusitana apareciera por

ninguna parte, se imaginó que el virrey habría cambiado de propósito;

pero cuando Legazpi se encontraba más falto de víveres, y con sus gentes

repartidas por las provincias circunvecinas haciendo sus ordinarias

contrataciones, surgió en el puerto de _Cebú_, el 17 de septiembre de

1568, una vela que, por ser latina, reconoció inmediatamente que

pertenecía a los portugueses.

El maestre de campo salió a reconocerla y se encontró con que era una

galeota de Portugal, procedente de las _Molucas_, en la que venía

Antonio Rombo de Acosta, acompañado de Gonzalo Pereira y de cuatro

gentiles hombres. Según le dijo Rombo al maestre, deseaba ver al

general, para tratar con él de asuntos muy importantes al servicio de la

religión y al de los reyes de Portugal y Castilla.

Toda la armada, que pronto arribó al puerto, constaba de diez navíos,

con setecientos hombres de armas, sin contar una chusma infinita de

molucanos y malabares.

Legazpi y Gonzalo Pereira celebraron una conferencia, en la que el

portugués se lamentó de que los españoles hubiesen ido a tierras que

estaban incluídas en la demarcación del rey de Portugal. El gobernador

le contestó que siempre había tenido por indudable hallarse en tierras

correspondientes a la demarcación de Castilla.

Los conferenciantes no se avinieron y hubo necesidad de que apelasen a

las armas. Después de numerosas refriegas, en que los lusitanos llevaron

la peor parte, Gonzalo Pereira, en vista de la Pascua de Navidad,

resolvió volverse a las _Molucas_, y antes le envió a Legazpi, como

aguinaldo, dos ricas alfombras de Persia, una colcha, una rodela

hermosísima, y algunas porcelanas de la China. El general, por no ser

menos, le obsequió con diez varas de carmesí, diez de damasco, cuatro

cojines de terciopelo carmesí con guarniciones de oro, y un albornoz

muy rico, con rapacejos, botones y alamares de oro.

* * * * *

Legazpi resolvió intervenir personalmente en la conquista de la isla de

Luzón y se dirigió a ella con 280 hombres. Los habitantes de Cavite le

recibieron de paz. Un moro principal, llamado Dumandul, vino a la armada

a visitar al generalísimo. Este le interrogó sobre el estado de los

ánimos en Manila, respondiéndole Dumandul que Raxa, el viejo, anhelaba

la paz, pero que su sobrino Raxa Solimán, _el mozo_, no debía ser de la

misma opinión desde su alianza con Lacandola, reyezuelo de _Tondo_, con

quien los de Manila habían estado siempre en relaciones hostiles.

Al ver los moros a Legazpi en el río de aquella población, la prendieron

fuego y se encaminaron a Tondo. El general encargó al maestre de campo

les dijese a los moros que apagaran el fuego, y que no se alborotaran,

porque los españoles no les iban a hacer ningún daño.

Vinieron Raxa el viejo y Lacandola, en dos canoas, a saludar a Legazpi,

y humildemente se le postraron, asegurándole que querían paz y amistad

con él. El gobernador les contestó que, para que los tuviese por amigos,

era indispensable que se reconocieran y declararan vasallos del rey de

Castilla, que le había enviado allí para enseñarles la religión

verdadera.

El viejo Raxa fué el primero que en Manila recibió el bautismo.

La raza: Descubridores · 第 5 / 6 段