castellanos, rendirle obediencia a su rey y ser adoctrinado en el
catolicismo. En esta visita le acompañaron a Solimán su tío y el
reyezuelo de _Tondo_, y los tres le besaron la mano al general, quien
les pidió que mandasen hacer una casa para él, otra y una iglesia para
los agustinos, y ciento cincuenta casas más para el resto de los
españoles que había en la isla y concluír un fuerte que estaba en
construcción, porque pensaba fundar la capital de las Filipinas, la
residencia y corte de su gobierno espiritual y temporal. Aunque
prometieron hacerlo, no lo cumplieron del todo, teniendo nuestros
compatriotas que dar fin a las obras de fortificación.
Hechas las paces con Raxa el viejo, Raxa Solimán y Lacandola, con
frecuencia venían a Manila indios de los territorios circunvecinos. Unos
les ofrecían su amistad a los castellanos; pero otros, viendo que estos
eran muy pocos, se burlaban de los que se les habían sometido y no
dejaban de vociferar que, si aquellos fueran a sus localidades, les
quedarían escarmentados. Tales burlas, desplantes y excitaciones
influyeron en los de Manila, hasta el punto de decidirles a dar por
nulos los compromisos adquiridos y a empuñar las armas contra nuestra
gente.
Los menos dos mil guerreros de _Macabebe_, de _Agenoy_ y de otros
pueblos se reunieron en _Tondo_, capitaneados por un moro de gran
valentía, y convinieron con Lacandola la manera de principiar la lucha
contra los españoles.
Al enterarse Legazpi de que estaban allí, supuso que desearían la paz y
que habrían ido a solicitar la mediación de aquel reyezuelo. Habiéndoles
llamado, y transcurridos varios días sin que acudieran al llamamiento,
el general envió a _Tondo_ tres comisarios, uno como intérprete, para
garantizarles que, sin temor, podrían ir a Manila, y para que Lacandola
contribuyera a desvanecer los recelos que pudieran impedírselo.
El cacique, muy ladino, les manifestó a los de _Macabebe_ que si
querían, correspondiendo a la invitación, ir a ver al gobernador, él
tendría mucho placer en acompañarles.
Entonces el capitán moro contestó, indignadísimo, que ni él ni su gente
querían presentarse ante _el Basar_ (así le llamaban a Legazpi), «ni
tener su amistad ni sus Castillas». «El sol me parta por medio el
cuerpo--añadió--y caiga yo en desgracia de mis mujeres, para que me
aborrezcan, si fuere en algún tiempo amigo de los Castillas».
Hechos estos votos se arrojó a la calle desde la ventana de la
habitación en que se encontraba, y, marchando hacia su caracoa, les dijo
a los emisarios que pusieran en conocimiento del general que le esperaba
para combatirle.
El maestre de campo salió en busca del arrogante musulmán, que no tardó
en morir de un arcabuzazo que le dió uno de nuestros soldados. Los
contrarios se desbandaron. El maestre les tomó diez caracoas con la
gente que iba en ellas. Más de trescientos moros murieron en el combate.
Entre los prisioneros había un hijo y dos sobrinos de Lacandola, y
aunque era, por tanto, indudable, que éste había estado en inteligencias
con los de _Macabebe_, Legazpi los puso en libertad, por si, mostrándose
piadoso, lograba traerles definitivamente a pacíficos términos.
Teniendo en cuenta la magnitud de la isla de _Luzón_, sus provincias,
sus poblaciones y sus comodidades, el general resolvió levantar una
ciudad en el sitio en que radicaba Manila. El 24 de junio de 1571
principió la fundación de la metrópoli política y espiritual de las
islas _Filipinas_ y de las que se rindieran a la corona de España.
Determinados los límites de la nueva urbe, nombró dos alcaldes
ordinarios, dos regidores, un alguacil mayor, un escribano mayor de
Cabildo y dos escribanos de número.
Señaló el sitio para plaza pública, repartió los solares para conventos
de San Agustín y para iglesia, encomendó al consejo la designación de
los que habían de repartirse entre los vecinos, y ordenó que Manila
fuese denominada capital de la provincia de la _Nueva Castilla_.
Este nombre fué confirmado por Felipe II en Cédula de 21 de junio de
1574, en la que otorgó a Manila los títulos de insigne y siempre leal.
Por otra Cédula le concedió escudo de armas, consistente en castillo de
plata en campo rojo, y un medio delfín y león, con una espada en la
mano.
* * * * *
El 20 de agosto de 1572 Legazpi tuvo una grandísima desazón por haber
cometido una falta muy grave uno de sus soldados. Este disgusto se le
aumentó con tener que negar a una de las personas principales de su
campo un favor, a cuya concesión se había opuesto en varias ocasiones.
Aquel día, y a consecuencia de varios incidentes, sintió un intenso
dolor en el corazón. Algo se le alivió con remedios que le aplicaron. A
la hora de cenar bebió un poco de agua y se le agudizó el dolor.
Entonces le recetaron una purga, y habiéndose levantado de la cama
cuando iba a hacerle los primeros efectos, falleció repentinamente. Hubo
quienes le echaron la culpa de la inesperada desgracia al médico que le
había asistido.
El factor, el maestre, los capitanes y los oficiales del rey, sabedores
de tan triste noticia, se personaron a las dos de la madrugada con los
demás españoles que había en Manila en el domicilio del difunto
gobernador. En un escritorio le encontraron dos provisiones de la
Audiencia de Méjico, en las que se determinaba quién había de sucederle
en su cargo cuando muriera. Para ese caso se llamaba por capitán
general, en primer término, a Mateo del Sanz, y en segundo término, al
vizcaíno Guido de Lavezaris, tesorero de la Hacienda Real; y como el
maestre había pasado a mejor vida, se confirió la investidura a
Lavezaris, hombre viejo, discreto y de buenas intenciones.
El nuevo gobernador ordenó al factor que, sin pérdida de tiempo, buscase
a Raxa Solimán, a Lacandola y a los demás caciques para agasajarlos y
porque recelaba intentasen alguna alteración.
Al día siguiente, 21 de agosto, se le enterró a Legazpi, con militar y
magnífica solemnidad, en el convento de San Agustín, en una capilla del
presbiterio, habiéndose colocado sobre su sepulcro un estandarte y una
bandera.
En las honras fúnebres que se le tributaron predicó el padre fray
Martín de Rada, quien, como dice fray Gaspar de San Agustín, en su
_Conquista de Filipinas_, «trató de las virtudes y excelencias de este
famoso capitán, digno de ser alabado y puesto con los mayores que ha
conocido el mundo por su valor, piedad y prudencia».
Su hijo, Melchor López de Legazpi, le hizo en Méjico muy suntuosos
funerales, en los que predicó fray Melchor de los Reyes, de la Orden
agustiniana.