Victoria_ la gobernaría Loaysa; la _Sancti Spíritus_, Juan Sebastián
Elcano; la _Anunciada_, Pedro de Vera; la _San Gabriel_, Rodrigo de
Acuña; la _Santa María del Parral_, Jorge Manrique; la _San Lesmes_,
Francisco de Hoces, y el galeón, llamado _Santiago_, el capitán Santiago
de Guevara.
Salieron de La Coruña el 24 de julio.
A la entrada del estrecho de Magallanes, en el cabo de las _Once mil
vírgenes_, naufragó la _Sancti Spíritus_, ahogándose nueve hombres y
salvándose los demás a costa de grandes esfuerzos.
El 30 de julio de 1526, en las inmediaciones del cabo _Pescado_,
falleció Loaysa, con «mucha tristesa y dolor en los que en aquella nave
capitana iban». «Así como fué muerto y con sendos Paternósters y
Avemarías por su ánima, que cada uno de los presentes dixo, echado su
cuerpo en la mar», abrieron una real orden, en la que se determinaba la
sucesión y elección en el mando del general, capitanes y oficiales
designados primeramente.
En ese documento, expedido en Toledo a 3 de mayo de 1525, se prescribía:
«Y porque podría ser, lo que Dios no quiera, que el dicho capitán
general e capitanes e oficiales nuestros, que van en la dicha armada,
fallecieren así a la ida como allá y en la vuelta, mando que, en...
muriendo o quedando el dicho comendador Loysa en la dicha tierra...,
venga por capitán general de la dicha armada Juan Sebastián del Cano,
capitán de la segunda nave...»
Así se hizo; pero Juan Sebastián estaba muy enfermo, y el 4 de agosto de
1526 «le llevó Dios, y le hiçieron las mismas obsequias y le dieron la
misma sepoltura que se le dió al comendador y le echaron en essa mar.»
* * * * *
De la extensión y brillantez del imperio de Carlos V, labradas en
grandísima parte por nuestros descubridores y conquistadores en América
y Oceanía, se han descrito magníficos cuadros en aquella época y en la
moderna.
Célebre es por su majestuosidad el de Macaulay en las primeras páginas
de su ensayo sobre la _Guerra de Sucesión_, y muy estimable el de Martín
H. Hume, en su _Historia del pueblo español_; pero es a Gonzalo
Fernández de Oviedo a quien se le deben las expresiones más
entusiásticas acerca de la obra realizada por aquellos hombres que
ensancharon los dominios de España, los del mundo conocido entonces y
los de la civilización universal.
Aunque graves autores han ensalzado desde tiempos antiguos a nuestra
nación por sus ingenios, su valor y su esfuerzo, nada tan merecedor de
loa como las hazañas de los españoles en las Indias, ya en el ejercicio
de las armas en tierra, ya en el Océano, con excesivos e innumerables
trabajos, sin temor al cansancio ni a los peligros, con no pocas
hambres y enfermedades y muy frecuentemente con absoluto desinterés.
Ellos encontraron otro hemisferio no menos amplio que Europa, Asia y
Africa. Alejandro Magno y sus soldados no dejaron de ver el polo ártico
ni cuando más se alejaron de su país. En el antártico ondeó la bandera
de Castilla en más reinos y estados que cuantos tuvieron debajo de su
cetro cada uno de todos los príncipes habidos desde el principio del
mundo hasta Carlos V. Los asirios, los sicionios, los macedonios, los
persas, los corintios, los atenienses, los tebanos, los partos, los
egipcios, los cartagineses, los romanos y otros señoríos estaban
comprendidos en el polo ártico. Los del emperador se extendían por ambos
hemisferios, no pudiendo equipararse con tantas proezas y adquisiciones
las fabulosas novelas de Jasón y Medea con su vellocino de oro.
Tales son, en resumen, las alabanzas tributadas al Imperio de Carlos V y
a quienes maravillosamente lo dilataron, por Fernández de Oviedo, que
las corona con estas palabras: «Callen los pregoneros de Theseo aquel
laberinto y su Minotauro, pues que, sabida la verdad, essas metháporas,
reduçidas a historia çierta, son unas burlas y niñerías si se cotejan y
traen a comparación de lo que en estas nuestras Indias se ha visto y se
ve cada día en nuestro tiempo, y lo han visto mis ojos y otros muchos a
quien en esta edad ni en las venideras no podrán en verdad contradeçir
envidiosos, enemigos de tan valerosa y experimentada naçión y tan
jubilada en virtudes».
MIGUEL LÓPEZ DE LEGAZPI
Entre las expediciones hechas en el siglo XVI para el descubrimiento y
la conquista de las islas del Poniente, figuran la de Hernando de
Magallanes, la de frey García de Loaysa, la de Alvaro de Saavedra Cerón
y la de Ruy López de Villalobos.
El objeto determinado de ésta fueron las Filipinas. El de las demás, las
Molucas.
La expedición de Villalobos es como el prólogo de la de Legazpi.
* * * * *
En 1538 y 1539, el emperador Carlos V facultó a don Pedro de Alvarado,
adelantado de Guatemala, para el apresto de una flota de cinco navíos,
con destino al descubrimiento y la conquista de las islas del Poniente.
Sin embargo, don Antonio de Mendoza, virrey de la Nueva España, envió a
Francisco Vázquez con una armada a dichas islas.
Con este motivo surgieron escandalosas diferencias entre Alvarado y el
virrey.
Por fin, se concertaron respecto a todo lo que se descubriese, tanto por
mar como por tierra, dentro de los límites contenidos en las
capitulaciones ajustadas entre ambos a 29 de noviembre de 1540,
conviniendo en enviar dos flotas, una a las islas, para ver lo que en
ellas había, y otra a la costa de Tierra Firme, hasta dar con el fin y
el secreto de ellas, la primera compuesta de tres naves y una galera,
con 300 hombres, al mando del caballero Ruy López de Villalobos..., «muy
experto y plático en las cosas de la mar», y la segunda, de cinco navíos
y una fusta, con 300 hombres, a las órdenes del caballero Juan de
Alvarado.
Este convenio mereció la aprobación del monarca en 26 de julio de 1541.
Poco después murió don Pedro, y se encargó completamente de la empresa
don Antonio de Mendoza, que el 18 de septiembre de 1542 le dió a
Villalobos intrucciones para el descubrimiento que se le había
conferido.
Formóse la flota con las naves _Santiago_, _San Jorge_, _San Juan de
Letrán_ y _San Antonio_, la galeota _San Cristóbal_ y la fusta _San
Martín_. Iban por maestre de campo, Francisco Merino; por capitanes,
Bernardo de la Torre, don Alonso Enrique, Matías de Alvarado, Pedro
Ortiz de Pineda y Cristóbal Pareja; por oficiales del rey, García de
Escalante Alvarado, como factor; Jorge Nieto, como contador; Onofre de
Arévalo, como veedor, y Juan de Estrada, como tesorero; por pilotos,
Gaspar Rico, de la _Santiago_; Alvaro Fernández Tarifeño, de la _San
Jorge_; Ginés de Mafra, de la _San Juan_, y Francisco Ruiz, de la _San
Antonio_. Los oficiales del virrey eran Martín de Islares, factor; Guido
de Lavezaris, contador, y Gonzalo Dávalos, tesorero. La tripulación
constaba, según unas relaciones, de 370 hombres, y, según otras, de
400. Embarcáronse cuatro religiosos agustinianos: fray Jerónimo de
Sanctisteban, prior, que años adelante escribió un relato del viaje;
fray Nicolás de Perea, fray Alonso de Alvarado y fray Sebastián de
Reina, y cuatro clérigos: el comendador Laso y los padres Martín, Cosme
de Torres y Juan Delgado. Acompañaban a Ruy López de Villalobos los
caballeros e hidalgos Iñigo Ortiz de Retes, Bernardino de Vargas,
Antonio de Bustos y Francisco Alvarado.
La armada salió del puerto de la Navidad el 1.° de noviembre de 1542. El
6 de enero de 1543 encontraron las islas de los _Jardines_. Cien leguas
al oeste de ellas se perdió la galeota _San Cristóbal_. El 20 avistaron
una isla pequeña, a la que se llamó _Matalotes_. El 2 de febrero
arribaron a la de _Mindanao_, que, por su gran extensión, fué denominada
_Cesarea Karoli_. «La majestad del nombre--dice Escalante de
Alvarado--le cuadraba». Costeando hacia el sur la isla de Mazaguá y
apartándose de ella, dieron en la de Sarangani. Los indígenas no les
llevaban bastimentos. Y se sembró maíz, pero no nació. Los soldados se
disgustaban, y hubieran preferido la muerte en la pelea a tener que
morir de hambre. La que allí pasaron llegó a los mayores extremos. Desde
Cochin, «de la India del rey de Portugal», le decía fray Jerónimo de
Santisteban a don Antonio de Mendoza, virrey de la Nueva España, en
carta de 22 de enero de 1547: «El hambre no sufría espera...; en fin,
comimos cuantos perros y gatos y ratas se pudieron haber, y otras malas
savandijas y yerbas no conocidas, que todo fué causa de la muerte a
muchos y de grandes enfermedades; en especial, comieron muchos de unas
lagartijas grandes; son pardas y relucen mucho; muy pocos son vivos de
los que las comieron; comiéronse cangrejos de tierra, que algunos
estaban locos un día de los que comían, en especial si comían las
tripas».
La _San Cristóbal_ llegó a _Sarangani_ al cabo de cinco meses. Sus
navegantes fueron recibidos con inmensa alegría, pues se les creía
perdidos. Esta alegría aumentó al oírseles decir que en aquel tiempo
habían estado en unas islas ricas en víveres y cuyos moradores
rescataban con facilidad.
De tal júbilo provino el que se diera a aquellas islas el nombre de
_Filipinas_, como homenaje al príncipe don Felipe.
«En la isla de Ambón--escribe Santisteban--, viniendo de camino, sacó
Dios a Rui-López de Villalobos de ruin mundo... Murió de calenturas y
muy cano, después de muy seco de pensar y congojar; murió muy pobre y
recebidos todos los Sacramentos: de 370 españoles que salimos de esa
Nueva España, llegamos a Malaca 117; quedaron en Maluco 30 o pocos más,
y presos entre infieles, 12.»
* * * * *
Muchos años mediaron entre la expedición de Villalobos y la de Legazpi,
por los fracasos de algunas flotas enviadas al estrecho de Magallanes,
por los grandes gastos que ocasionaban y por el empeño que hubo en
comunicar el Atlántico con el Pacífico por el istmo de Panamá,
aprovechando el curso del río Chagres.
En 1558, el rey Don Felipe II le manda a don Luis de Velasco, virrey de
Méjico, hacer en la mar del sur navíos para el descubrimiento de las
islas del Poniente.
En 9 de febrero de 1561 el virrey le da cuenta al monarca de ocuparse en
el apresto de la Armada y le recomienda para dirigirla a Miguel López de
Legazpi, natural de Zumárraga, provincia de Guipúzcoa, que llevaba
veintinueve años en la Nueva España, donde había sido, con general
estimación, alcalde ordinario y escribano mayor de Cabildo. «Estaban sus
bríos prontos para cualquier empresa, por haber sido hombre de gran
valor y esfuerzo, y aun vivían en la blanca nieve de sus venerables
canas las centellas de su ardiente juventud, acompañadas de la prudencia
y madurez de sus años.»
Don Luis de Velasco fué facultado para ordenar la expedición como mejor
le pareciese.
Se retrasó el apresto de las naves hasta el extremo de mediar una carta
apremiante del rey, fechada a 13 de febrero de 1563, a la que contestó
Velasco el 25 de febrero de 1564, presentando sus excusas y anunciando
la salida de la flota para el mes de mayo. No pudo cumplir la oferta, y
volvió a disculparse en 15 de junio.
Muerto Velasco a fines de julio, la Audiencia, que en tales casos asumía
la autoridad y el Gobierno, ultimó los preparativos del viaje, y en
pliego cerrado le entregó a Legazpi una extensa y muy detallada
instrucción.
El 20 de noviembre de 1564 los expedicionarios salieron del puerto de la
Navidad con dos galeones grandes y dos pataches pequeños.
La nave capitana se llamaba _San Pedro_, de quinientas toneladas. En
ella iban: como maestre, Martín de Ibarra, natural de Bilbao, «con los
más lucidos soldados y más expertos marineros», y como pilotos, Esteban
Rodríguez, natural de Huelva, y el francés _Pierres Plin_; por factor,
Andrés de Mirandola; por alguacil mayor, Andrés de Ribera; por escribano
mayor, Hernando Riquelme, de Sevilla; por capitán de artillería, Juan
Maldonado del Berrocal, de Burgos; por alférez mayor, Andrés de Herrera,
mejicano; por sargento mayor, Luis de la Haya, de Valladolid, y por
capitán de infantería, Martín de Goiti, de Bilbao, con su compañía y la
de Legazpi. También se embarcaron en la _San Pedro_, Felipe de Salcedo,
nieto del general e hijo de doña Teresa de Legazpi y de don Pedro
Salcedo, y los religiosos agustinos fray Andrés de Urdaneta, fray Martín
de Rada y fray Andrés de Aguirre.
En la almiranta, denominada _San Pablo_, de cuatrocientas toneladas,
fueron: como jefe, el maestre de campo Mateo del Sanz, de Ciudad Real;
por piloto mayor, Juan Martínez Fortín; por acompañado, Diego Martín, de
Triana; por maestre, Juan María, genovés; por tesorero, Guido de
Lavezaris, y por contador, Andrés de Cauchela. En esta nave iban dos
padres de la Orden de San Agustín, fray Diego de Herrera y fray Pedro de
Gamboa.
En el patache _San Juan_, de cien toneladas, fué por capitán Juan de la
Isla; por piloto, su hermano Rodrigo de Espinosa, y por maestre, Julián
Felipe, de Triana.
El _San Lucas_, de cuarenta toneladas, lo mandaba el capitán don Alonso
de Arellano, yendo por piloto Lope Martín, mulato, natural de Ayamonte,
y por maestre, Nicolao, habilísimo marinero, de nacionalidad griega.
Intérprete de la Armada era un indio llamado Jorge, que sabía muy bien
la lengua malaya. Este indio fué convertido al catolicismo, en _Tidor_,
por los religiosos de la flota de Ruy López de Villalobos, y pasó a la
Nueva España con el soldado Pedro Pacheco, natural de Ciudad Rodrigo,
que había formado parte de aquella expedición desdichadísima.
Durante cinco días corrió la de Legazpi al suroeste, y el 25 de
noviembre el general mandó reunir en su nave a los religiosos, capitanes
y oficiales, al alférez, al sargento, al alguacil mayor y a los pilotos,
y le presentó, por ante el escribano Hernández Riquelme, instrucción que
traía, cerrada y sellada, de la Nueva España, y que se le había ordenado
no abrir hasta haber navegado cien leguas, en la que se disponía que el
viaje se hiciese con rumbo a las islas Filipinas y a las inmediatas a
ellas.
En cuanto a la derrota, había habido disconformidad de pareceres entre
fray Andrés de Urdaneta y el capitán Juan Pablo de Carrión, que,
enemistado con el padre, no quiso ir en la Armada.
Urdaneta había ido, en 1525, en la de García de Loaysa, a las Molucas,
donde sirvió durante ocho años, como soldado, como capitán y en oficios
de la real Hacienda. En 1536 le dió cuenta a Carlos V de los sucesos de
aquella expedición. Después, hasta 1552, desempeñó en Nueva España, por
nombramiento y encargo del virrey don Antonio de Mendoza, importantes
comisiones relativas a asuntos de guerra y de paz. En 1553 ingresó en la
Orden de San Agustín. El virrey don Luis de Velasco se valió de él para
negocios interesantísimos. Felipe II, por cédula expedida en Valladolid
a 24 de septiembre de 1559, dispuso que Urdaneta fuera, con dos
religiosos más, a las islas del Poniente, en la flota de Legazpi; y fray
Andrés le contestó al monarca, en carta fechada en Méjico a 23 de mayo
de 1560, que, aunque estaba falto de salud, había padecido muchos
trabajos desde su mocedad y necesitaba reposo en lo que le quedara de
vida, se disponía, por veneración a la majestad real y a la fe católica,
a las molestias de la nueva jornada.
El soberano quería que la flota fuese en busca de las islas _Filipinas_,
sin entrar en las _Molucas_, para no infringir las capitulaciones hechas
con el rey de Portugal, y Urdaneta opinaba que estas islas no solamente
caían dentro de los términos de lo del empeño, sino que la extremidad
de ellas por la parte de Levante estaba comprendida en el meridiano de
las Molucas; por lo cual debía enviarse dos galeones y un patache a
descubrir por aguas del Poniente de Méjico, «arando la mar», hasta los
límites de lo correspondiente a los portugueses. No hallaba reparo en
que se llegase a las _Filipinas_ para rescatar a los españoles que allí
hubiera cautivos, de los que en 1525 fueron en la armada de Loaysa; de
la enviada en 1527, por el marqués del Valle; de un navío, también de
Hernan Cortés, que, yendo del Perú a la Nueva España, fué a dar,
combatido por vientos contrarios, en aquel archipiélago, y de la
expedida en 1542 por don Antonio de Mendoza. Pero no se debía hacer
otras contrataciones que la compra de algunas cosas merecedoras de verse
como muestras y la de los bastimentos precisos para el viaje.
El septiembre de 1564 el capitán Juan Pablo de Carrión, nombrado
almirante de la flota de Legazpi, le escribe al rey que las _Filipinas_
las ha descubierto, antes que nadie, en 1521, Magallanes, y que «son
Islas que los Portugueses nunca han visto y están muy a trasmano de su
navegación, ni an tenido noticias dellas, sino aya sido por alguna
figura o carta de marear nuestra». Y arremetiendo contra Urdaneta y
contra Legazpi añade: «... el padre fray Andrés ha dicho resueltamente
que no se embarcará si el Armada va adonde yo digo; y como el que va por
general, ques Miguel López de Legaspe, es de su nación y tierra y íntimo
amigo, quiérele complacer en todo, y como el dicho general no tiene
nenguna esperencia en estas cosas, ni entiende nenguna cosa de
navegación, por no lo aver usado, no sabe destenguir lo uno de lo otro,
y en todo se abraza a la voluntad del padre.»
En la controversia entre Urdaneta y Carrión sobre si la armada debía ir
o no a las _Filipinas_, aparentemente venció fray Andrés, porque, al
salir los buques del Puerto de la Navidad, se dijo que irían a las
_Molucas_; pero, en realidad, el victorioso fué el capitán, con arreglo
a cuyos dictámenes redactó la Audiencia de Méjico y le entregó a Legazpi
la orden secreta, según la cual pondría las proas hacia el archipiélago
filipino, cuando los navíos llevaran recorridas cien leguas desde la
Nueva España: «Haréis vuestra navegación en demanda y descubrimiento de
las Islas del Poniente hacia los Malucos, sin que por vía ni manera
alguna entréis en las Islas de los dichos Malucos, porque no se
contravenga el asiento que Su Magestad tiene tomado con el Serenísimo
Rey de Portugal, sino en otras islas que están comarcanas a ellas, como
las Filipinas y otras que están fuera del dicho asiento y dentro de la
demarcación de S. M...»
Se resolvió el pugilato armonizando el que se cumpliera la voluntad del
Monarca y el no prescindir del utilísimo concurso de fray Andrés, quien,
de haberse aclarado desde el primer momento el camino que había de
seguirse, se hubiera quedado en tierra.
Los religiosos se lamentaron del contenido de la instrucción y de que
habían sido engañados; pero, en virtud de los preceptos superiores y de
las reflexiones de Legazpi, se conformaron con la novedad, y habiéndose
discutido sobre cuál sería la mejor ruta para las islas Filipinas, se
decidió navegar al oeste, cuarta del sudoeste, y al llegar a una altura
de 9° dirigirse al oeste en busca de las islas de _los Reyes_ y las de
_los Corales_; de éstas irían a las de _los Arrecifes_ y _Matalotes_, y
desde allí, al archipiélago de _San Lázaro_.
El 30 de noviembre, el patache _San Lucas_, que iba delante de la
capitana, desapareció, sin que en mucho tiempo se volviera a saber de
él. Esta embarcación, buscando o con la excusa de que buscaba a la flota
en la isla de _Mindanao_, en las de _Magallanes_ y en otras, regresó a
Nueva España y llegó al puerto de Navidad el 9 de agosto de 1565.
Siguieron navegando días y días sin que los pilotos pudieran ponerse de
acuerdo respecto a las leguas que llevasen recorridas. En la madrugada
del 18 de enero de 1565 creyeron estar cerca de tierra, por haberlo dado
a entender el buque almirante con un disparo de artillería; mas,
habiéndose convencido de que se trataba de una ilusión, continuaron la
marcha. Cuando efectivamente vieron tierra fué el día 9. Era una isla
pequeña, abundante en palmas de coco y en árboles. Bajaron a examinarla
fray Andrés de Urdaneta, Felipe de Salcedo, Mateo del Sanz y el capitán
del _San Juan_. Al volver a las naves, refirieron que se habían
encontrado con un indio y una india viejos, que debían ser marido y
mujer; una india joven, que debía ser hija del matrimonio, y una
pequeñuela, que sería hija de la india moza; que no entendieron el
idioma de aquellos naturales; que les obsequiaron con cuentas de vidrio
y otras bagatelas, y que ellos se mostraron muy pesarosos al retornar
los visitantes a la playa. Otras noticias les dieron a los demás
expedicionarios: había allí muchas frutas, pescados, gallinas, patatas
y millo. En cuanto a los habitantes, el indio era de buena conformación
y las mujeres eran guapas. Todos llevaban el cabello suelto y largo.
Tenían canoas muy lindas, anzuelos de cordeles y de hueso; carecían de
utensilios de barro y no usaban armas de ninguna clase.
Tan pintoresco territorio recibió el nombre de isla de los _Barbudos_.
Poniendo las proas al noroeste, llegó la flota el 22 de enero a unas
islas que, según los pilotos, formaban parte del archipiélago filipino,
y, según el padre Urdaneta, eran las de los _Ladrones_. Numerosos
isleños, en cincuenta canoas, que llamaban paraos y estaban hechas de
palma, rodearon a la armada y prorrumpieron en grandes voces, con las
que parecían invitar a los nuestros a que fueran a sus poblaciones,
donde les darían de comer hasta que se hartasen. La costa estaba cuajada
de palmares de coco, y entre los palmares había viviendas. Al anochecer
encendieron los indios infinidad de hogueras. Antes de que los
castellanos desembarcaran, Legazpi, dando pruebas de ser un habilísimo
diplomático, ordenó que nadie se atreviese a hacerles daño a los
indígenas, ni a quitarles nada, ni a tocar en sus sementeras y
labranzas, ni a cortar palmas ni otros árboles, y que los rescates
pudieran hacerlos únicamente los oficiales del rey. Esta orden malhumoró
a los soldados. El día 23 los isleños trajeron cocos secos y verdes,
cañas dulces, plátanos, arroz, batatas y otros artículos, trocándolos
por naipes, cascabeles, cuentas de vidrio y trozos de orillo; pero,
desconfiadísimos, se negaron a entrar en las naves. En las sucesivas
contrataciones exigieron, para el pago de sus mercancías, primero hierro
y, después, clavos, por haber comprendido cuán útiles habían de serles
para sus canoas. Tenía razón el padre Urdaneta: aquéllas eran las islas
de los _Ladrones_. Se pedía, sobre todo, arroz a cambio de clavos
grandes, y los indios, con una sagacidad y una desaprensión
indescriptibles, llevaban fardos, en cuya parte superior había una capa
de arroz como de dos dedos, siendo arena todo lo demás, y otras veces
metían en los fardos piedras y hierbas para aumentarles el peso y hacer
los cambalaches más ventajosamente. Se les compró gran cantidad de
barriles de aceite de coco, y se vió que la mayor parte contenían agua
con uno o dos dedos de aceite. Con frecuencia cometían otros engaños,
como el de acercarse algo a uno de los buques, esperar a que se les
echasen los clavos, y luego, sin entregar las mercancías, salir huyendo
hacia los otros buques para repetir idénticas operaciones.
Al patache _San Juan_ le desclavaron un pedazo de un hierro del timón,
procuraron arrancar los clavos del costado de las naves y a todas les
quitaron las boyas. Un indio le arrebató a un soldado un arcabuz que
llevaba al hombro. Otro indio le pegó a otro soldado con una vara en el
pecho, y aunque no se lo lastimó, porque llevaba cota, le produjo en una
mano una herida, de la que murió inmediatamente. «Todo lo cual hacían
sin vergüenza ninguna, porque de cosa no la tienen».
Legazpi salió a tierra y, en nombre de Su Majestad, tomó, con gran
aparato, posesión de esta isla, que era la de _Goam_, nombrada _Guan_ en
el derrotero del piloto mayor Esteban Rodríguez, y _Boan_ en el de
_Pierres Plin_. Aunque se había propuesto conducirse con aquellos
isleños de la manera más afable, se vió obligado a disponer que los
castigaran. Parte de nuestra gente bajó a tierra a cargar de agua dulce,
y los indios fingieron recibirles de paz. Cuando llegó el momento de
recogerse a los navíos, se quedó rezagado, durmiendo entre unos
palmares, un muchacho, que era grumete, sin que los españoles le echasen
al pronto de menos. Al darse cuenta de que faltaba, fueron a buscarle,
mas le encontraron hecho pedazos. Los isleños le habían atado de pies y
manos, le habían producido más de treinta heridas, traspasándole el
cuerpo con lanzas, le habían desollado la cara, le habían metido por la
boca un palo, que le salía por el colodrillo, y le habían apedreado.