punto de desembarcar, no para entregarles a tan falsos amigos las piezas
de artillería que deseaban, sino para combatirles, vengar el asesinato
de los compañeros y libertar por la fuerza a Serrano; pero se dieron
cuenta de su situación y de la imposibilidad de vencer a tantísimos
adversarios; comprendieron que lo que éstos se proponían con la
estratagema del rescate era prenderlos y matarlos como a los demás, y,
dominados por la prudencia, levantaron anclas y se marcharon de aquella
tierra, dejando al capitán de la _Concepción_ en poder de los indios.
¿Sería Hamabar amigo de nuestros navegantes por creerlos invencibles, y
brotarían en él sentimientos de deslealtad al ver que Cilapulapo los
había derrotado? Quizá influyeran estas pérfidas consideraciones en el
ánimo del rey de _Cebú_. Lo más verosímil es que le decidiera a pasar
de la amistad al engaño y al crimen el esclavo de Magallanes. Herido
dicho esclavo en una pierna en la batalla en que pereció su señor, se
acostó durante largo rato fingiendo que la herida era grave. Barbosa le
mandó que se levantara, le llamó perro y le dijo que no se hiciese la
ilusión de que la muerte de su amo había de significar para él la
libertad, a cuyas reprensiones ninguna objeción opuso y se levantó; mas,
queriendo cobrarse de ellas y a la vez quedar libre, le habló a Hamabar
en contra de los expedicionarios, asegurándole que eran unos codiciosos
y unos crueles; que la palabra de amigos que le habían dado era
insincera, y que lo que buscaban era someter y maltratar, con su ayuda,
a los mautanenses para hacer otro tanto con los cebutines y con los de
las islas próximas. Hamabar creyó cuanto quiso contarle, y concibió y se
propuso llevar inmediatamente a la práctica, puesto de acuerdo con los
reyes circunvecinos, la idea del sanguinario convite.
Los historiadores disienten en cuanto a que el esclavo de Magallanes
fuera el causante de la matanza. Lo afirman Pigafeta, Maximiliano
Transilvano, Oviedo y Gomara. Para Herrera, el crimen se cometió «a
instancia de los otros cuatro reyes, que le habían amenazado (al de
_Cebú_) que si no mataba a los castellanos y le tomaba las naves
destruirían su tierra y le matarían». Barros, en sus _Décadas_, lo
atribuye a que «los reyes enemigos convinieron en hacer paz entre sí con
tal que el rey de Cebú trabajase por matar» a los de las naves. Ahora
bien; Juan Sebastián Elcano declara que huyeron de aquella isla porque
les mataron veintitrés hombres por una traición que hizo un esclavo de
Magallanes... «e que la causa porque el esclavo hizo la traición fué
porque Duarte Barbosa le llamó perro».
Entre las víctimas se contaron Duarte Barbosa, Juan Serrano y Luis
Alfonso. A Serrano lo asesinaron cuando se volvieron a la ciudad los
indios que le habían llevado a la playa para hacer con él la comedia de
que ofrecían su rescate a los que se habían quedado en los buques.
El 1.° de mayo partieron de _Cebú_ la _Trinidad_, la _Concepción_ y la
_Victoria_, y habiendo navegado diez leguas llegaron a la isla de
_Bohol_, donde, por ser el personal que les quedaba muy escaso para los
servicios de toda la flota, resolvieron quemar la _Concepción_, que era
la más vieja de las tres naves.
Nombraron general a Juan Caraballo y capitán de la _Victoria_ a Gonzalo
Gómez de Espinosa, y desde _Bohol_ se dirigieron a _Quepindo_, isla de
la costa de _Mindanao_. Por no encontrar allí arroz, que era lo que más
necesitaban, fueron a la de _Paraguá_, y en el pueblo de _Saocao_,
habitado por moros, y en otro habitado por cafres, se hicieron con
arroz, gallinas, puercos y cabras, a cambio de tijeras, cuchillos,
lienzos, cuentas de vidrio y otros artículos por el estilo.
Desde _Paraguá_ se encaminó la expedición a _Borneo_.
El 9 de junio se les acercaron tres fustas, cuyas proas eran doradas y
de figura de cabezas de sierpes. En una de las fustas venía, con
acompañamiento de estruendosas músicas, un anciano, secretario de
Siripada, rey de la isla. El importante personaje y algunos mozos
entraron en la capitana, abrazaron a Caraballo y le preguntaron quiénes
eran, de dónde venían y qué buscaban. El les contestó que eran súbditos
del emperador Carlos V y que el objeto de sus viajes era trocar sus
mercancías por las de aquellos países. Y les dió, para el soberano de
_Borneo_, una camisa de terciopelo carmesí y una silla guarnecida de
terciopelo azul.
Siripada le mandó a decir al general que le estimaría le enviase dos
hombres, pues tenía mucho interés en conocerlos, y Caraballo le envió
ocho, uno de ellos Gonzalo Gómez de Espinosa.
Salieron a recibirles 3.000 guerreros vestidos con trajes de seda,
armados de arcos, flechas, cerbatanas y alfanjes y provistos de corazas
de conchas de tortuga.
Los ocho de la flota llevaban para el rey una ropa de terciopelo verde,
una gorra de grana, cinco varas de paño colorado, una copa de vidrio,
una escribanía y cinco manos de papel, y para la reina, una copa de
vidrio llena de agujas, tres varas de paño amarillo, y otros obsequios.
Al día siguiente estuvieron en Palacio, cuya riqueza les admiró y
avergonzó. A Siripada, que los vió desde una reja, le dijeron que
querían paz, pan y contratación. El monarca se mostró maravillado de la
larga navegación que habían hecho y ordenó que fueran atendidos y
servidos cumplidamente.
Los visitantes, que habían pasado hambres muy dolorosas, comieron y
bebieron hasta no querer más. Les dieron al mediodía doce platos, y para
postre, variedad de frutas, y por la noche, treinta platos lo menos y
otros tantos vasitos de vino de arroz. Hubo en estos banquetes carne
asada, capones y otras aves, muy buena pesca y pasteles.
Lo que sobre todo les agradó a los convidados fueron las noticias que
allí les suministraron de la situación y la distancia de las _Molucas_.
Transcurridos algunos días, cinco individuos de la flota fueron a la
ciudad a comprar brea, y contra lo que pudiera esperarse a continuación
de tantos festines, no se los dejó volver, por lo que el resto de
nuestra gente combatió y apresó una canoa, en la que iba un hijo del rey
de _Luzón_ con cinco mujeres, un niño de dos meses y cinco hombres. El
general los puso en libertad mediante rehenes para que el príncipe
luzonés procurase hasta lograrla la devolución de los castellanos.
No fueron reintegrados mas que dos, y como habían huído de la _Victoria_
otros dos, fueron cinco las bajas sufridas en _Borneo_ por los
expedicionarios.
Estos salen de allí el 5 de agosto, y el 15 cae en su poder una canoa,
en la que había 30.000 cocos. Luego están treinta y siete días reparando
los buques.
Antes de hacerse a la mar destituyen al capitán mayor, y, por
unanimidad, eligen para substituírle a Gonzalo Gómez de Espinosa, y por
capitán de la _Victoria_, a Juan Sebastián Elcano. La remoción de
Caraballo obedeció a las antipatías que se había conquistado, pues no se
sujetaba a las cédulas reales ni atendía los consejos de nadie,
reconociendo como única ley su capricho.
Tras una navegación muy rica en incidentes y trabajos, llegó la pequeña
armada el 8 de noviembre a una de las islas _Molucas_, a la de _Tidor_,
cuyo rey fué el día 9 a darles la bienvenida a nuestros compatriotas.
«Ahora se cumplen--les dijo--dos años que yo conocí por el curso de las
estrellas que vosotros érades enviados de un gran rey a buscar esta
nuestra tierra, por la cual cosa vuestra venida me ha seydo más cara e
graçiosa, pues que por las estrellas tanto tiempo antes me fué
anunçiada. E çabiendo que no acaesçe jamás alguna cosa destas sin que
primero no sea de la voluntad de los dioses o de las estrellas
ordenado, no seré tal con vosotros que quiera contrastar la voluntad de
los cielos, sino, con buen ánimo y voluntad, de aquí adelante, dexando
aparte el nombre real, pensaré que soy como un gobernador de aquesta
isla en nombre de vuestro rey.»
Almanzor, que así se llamaba aquel monarca, iba descalzo, y su
indumentaria consistía en una camisa labrada de oro, un pañuelo blanco
ceñido hasta el suelo y un velo de seda en forma de mitra. Al entrar en
la capitanía se tapó las narices para evitar, como musulmán que era, el
olor del tocino. Los castellanos le regalaron una silla de terciopelo
carmesí, una ropa de terciopelo amarillo, un sayón de tela falsa de oro,
cuatro varas de escarlata, un pedazo de damasco, otro de lienzo, un paño
de manos labrado de seda y oro, dos copas y seis sartales de vidrio,
tres espejos, doce cuchillos, seis tijeras y seis peines.
Almanzor les autorizó para matar a quienes les molestasen, y hombre de
curiosidad voracísima, examinó el estandarte imperial, un retrato de
Carlos V, la moneda y un peso.
Muy pronto se cambiaron entre él y Gonzalo Gómez de Espinosa juramentos
de paz y contratación. Aquel sería amigo de España y le facilitaría
especias por paños, lienzos y sedas.
En diciembre reconocieron la soberanía del emperador, Corala, señor de
_Terrenate_, Luzuf, rey de _Gilolo_, y los de _Maquián_ y _Bachián_.
Eran muy afamados por su lujuria y por su prole. Corala tenía
cuatrocientas mujeres «gentiles en ley y en persona» y cien jorobadas
para que las sirvieran de pajes. De Luzuf se cuenta que era padre de
seiscientos hijos. Veintiséis tenía Almanzor, y doscientas mujeres. «En
cenando--dice Gomara--mandaba ir a la cama a la que quería... Era
celosísimo, o lo hacía por mor de los españoles, que luego miran y
sospiran, y hacen del enamorado.»
El rey de _Tidor_ les encareció a los castellanos que le suplicasen de
su parte a Carlos V el envío de muchas fuerzas, para vengarse del
cacique de _Burú_, que había muerto a su padre y arrojado su cadáver al
mar, y para que enseñasen a los tidoreses nuestra religión y nuestras
costumbres, y les dió para el emperador papagayos rojos y blancos, miel
y varios indios.
_Tidor_, _Terrenate_, _Maquián_, _Bachían_ y otras islas abundaban en
clavo, nuez moscada, canela y jengibre. El cinamomo o árbol de la canela
se parece al granado; el del clavo, al laurel por la hoja, y al olivo
por la corteza; el de las nueces moscadas al nogal español, y la hierba
del jengibre a la del azafrán.
Había en las _Molucas_ unas aves llamadas _manucodiatas_. Francisco
López de Gomara, en la primera parte de su _Hispania Victrix_, las
describe así: «Son de mucho menor carne que cuerpo muestran; tienen las
piernas largas un palmo; la cabeza chica; más luengo el pico; la pluma
de color lindísimo; no tienen alas. Jamás tocan en tierra, sino
muertas, y nunca se corrompen ni pudren. No saben dónde crían, ni qué
comen, y algunos piensan que anidan en paraíso. Los españoles las traen
por plumajes, y los malucos, contra heridas y asechanzas». Análoga
descripción de estas aves hace Antonio de Herrera; pero todas no debían
ser lo mismo. Don Martín Fernández de Navarrete vió, en 1831, dos
manucodiatas traídas de Manila y originarias de _Terrenate_, que tenían
alas.
Habiéndose despedido los nuestros de Almanzor y disponiéndose para la
vuelta a España, observaron que la _Trinidad_ hacía agua de tal modo que
les sería imposible navegar con aquel buque sin antes someterlo a
importantísimas reparaciones. Ocho días estuvieron trabajando en
arreglarlo, y como no lo podían conseguir lo menos en tres meses,
acordaron que la _Victoria_ regresara por el cabo de Buena Esperanza, y
que la _Trinidad_, una vez carenada, marchase a Panamá y descargase las
mercancías, que serían transportadas desde el Pacífico al Atlántico.
El 21 de diciembre de 1521, la _Victoria_, mandada por Juan Sebastián
Elcano, salió de _Tidor_ con sesenta hombres, entre ellos trece indios,
y fué a _Mare_, donde se proveyó de leña, y después a _Latalata_,
_Lumutola_ y otras islas. A mediados de enero de 1522 llegaron a la de
_Mahía_, abundante en pimienta larga y redonda. Desde _Mahía_ arribaron
a la de _Timor_, pobladísima y rica en oro, jengibre y sándalo. Allí
riñeron algunos de los nuestros, y se escaparon Martín de Ayamonte,
grumete, y Bartolomé de Saldaña, paje que había sido de Luis de Mendoza.
Los demás, luego de haberse provisto de sándalo blanco y canela,
emprendieron la marcha con dirección al cabo de Buena Esperanza.
El 18 de marzo divisaron una isla muy alta, que parecía no tener
habitantes ni arbolado. Desde ella--la de Amsterdan--, continúan hacia
dicho cabo, a cincuenta y siete leguas del cual creen hallarse el 7 de
mayo. El 9 se aproximan a la costa, y el 10 buscan, en vano, un punto
donde poder adquirir subsistencias. Iban enfermos casi todos los
navegantes. Hubo quienes opinaron que debían irse a _Mozambique_,
respondiendo otros que preferían morir a retrasar la vuelta a España. El
16 sufrió el buque considerables desperfectos, y el 18, a pocas leguas
del cabo de Buena Esperanza, le obligaron a retroceder la furia del
viento y de las corrientes.
Del 7 al 8 de junio cortan la equinoccial.
El 1.° de junio se hallan a doce leguas de _Cabo Verde_, y el 9 llegan a
la isla de _Santiago_. «Surgimos--dice Albo en su _Diario_--en el puerto
de _Río Grande_, y nos recibieron muy bien, y nos dieron mantenimientos
cuantos quisimos, y este día fué miércoles, y este día tienen ellos por
jueves, y así _creo que nosotros íbamos errados en un día_».
Pedro Mártir de Angleria habla irónicamente del _día perdido_, que tuvo
inquietos por mucho tiempo a los compañeros de Elcano, al darse cuenta,
con espanto, según Herrera, de que en el viaje alrededor del mundo
habían celebrado las Pascuas en lunes y comido carne en viernes.
Pigafeta, en su _Primo viaggio intorno al globo_, nos informa de su
sorpresa ante la pérdida de dicho día, porque ni uno sólo había dejado
de apuntar durante la navegación. «Posteriormente advertimos--añade el
cosmógrafo lombardo--, que no había ningún error y que viajando siempre
a occidente y siguiendo el camino del sol, al volver al mismo sitio
debíamos haber ganado veinticuatro horas». A juicio de Gomara
«trascordáronse o no contaron el bisiesto».
En _Río Grande_, como la _Victoria_ hacía mucha agua y eran muy pocos
los marineros que quedaban, los navegantes acuerdan comprar negros para
darle a la bomba y pagarlos con clavo, puesto que carecían de moneda.
Así lo hacen, sin dificultades, el día 13. Para adquirir arroz, el 14
envían un batel, que vuelve a las pocas horas. Nuevamente lo envían por
más arroz, y no vuelve, aunque lo esperan hasta el día 15. Los del buque
se aproximan al puerto, para enterarse de lo ocurrido. Una barca les
insta a que se rindan. Nuestra gente reclama el batel y los individuos
que en él han ido. Los de la barca replican que se lo comunicarán a los
señores de la isla. Mientras van a comunicárselo, la _Victoria_ levanta
anclas y deja abandonados en la isla de _Santiago_ el batel y doce
hombres, para librarse el resto, ya escasísimo, de los expedicionarios,
de que también los prenda el gobernador de _Cabo Verde_. Los portugueses
tenían prohibido, bajo duras penas, a los extranjeros comerciar con
especiaría.
Los doce apresados fueron Martín Méndez, contador de la nave, Pedro
Tolosa, despensero; Ricarte de Normandía, carpintero; Roldán de Argote,
lombardero; Juan Martín y Simón de Burgos, sobresalientes; Felipe de
Rodas, Gómez Hernández y Socacio Alonso, marineros; Pedro Chindurza,
grumete; Vasquito Gallego, paje, y maestre Pedro, que había ido como
lombardero en la _Concepción_ con Gaspar de Mendoza. Desde _Cabo Verde_
se los llevó a la carcel de Lisboa, de donde los mandó sacar al poco
tiempo el rey Don Juan II.
El 15 de agosto pasó Elcano entre las islas del _Fayal_ y de _Flores_;
el 4 de septiembre divisó el cabo de _San Vicente_, y el 6 llegó a
Sanlúcar de Barrameda, a los tres años menos catorce días de haber
salido de aquel puerto y al año y cuatro meses desde que partieron de
_Tidor_. Por la cuenta de Juan Sebastián, habían navegado catorce mil
leguas, y por la de Pigafeta, catorce mil cuatrocientas sesenta.
«Fué el camino que esta nao hizo la mayor y más nueva cosa que, desde
que Dios crió el primer hombre y compuso el mundo hasta nuestro tiempo,
se ha visto, y no se ha oydo ni escripto cosa más de notar».
El 10 de septiembre se procedió a la descarga de la _Victoria_, que
traía trescientos ochenta y un costales de clavo, cuyo peso ascendió a
quinientos veinticuatro quintales y veintiuna libras y media. En cajas,
sacos y costalillos vinieron muestras de otras especias, como canela y
nuez moscada. Varias partidas de clavo, pertenecientes a los oficiales y
marineros, pesaron veintiocho quintales, una arroba y diez libras. La
canela pesó tres libras y media, y veintiocho un palo de sándalo. Por
cédula expedida en Valladolid el 10 de octubre, se mandó a los oficiales
de Sevilla que guardasen las muestras de droguerías y especierías
traídas por Elcano. Y a los siete días se dió una nueva cédula para que
fueran entregados a Cristóbal de Haro, factor de la Casa de la
Contratación, cuantos artículos y objetos correspondientes a la Corona
hubieran venido en el buque.
De los doscientos treinta y siete individuos que fueron en 1519 en la
Armada, he aquí los nombres de los diez y ocho que regresaron a España
en 1522: Juan Sebastián Elcano, capitán; Francisco Albo, piloto; Miguel
Rodas, maestre; Juan de Acurio, contramaestre; Martín de Indícibus,
marino; Hernando de Bustamante, barbero; Aires, condestable; Antón
Hernández Colmenero, Diego Gallego, Nicolás de Nápoles, Miguel Sánchez
de Rodas, Francisco Rodríguez de Huelva, marineros; Juan de Arratia,
Juan de Santander y Vasco Gómez Gallego, grumetes; Juan de Zubileta,
paje, y Antonio Lombardo, sobresaliente.
De «hombre intrépido, cuyo nombre no debe ser olvidado, y a quien ni la
antigüedad ni la Edad Media pueden oponer rival alguno», califica
Antonio de Herrera a Juan Sebastián Elcano. A parecida calificación son
acreedores los diez y siete que con él volvieron en la _Victoria_.
De los trece indios que habían sacado de las _Molucas_ para enseñárselos
al emperador, tan sólo uno desembarcó aquí vivo. Los demás fallecieron
en la travesía.
Los viejos historiadores de estos extraordinarios sucesos tuvieron plena
conciencia de la grandeza y la importancia de la expedición. No puede
haber quién no las reconozca; mas la lectura de estas hazañas nunca
podrá causar entusiasmos tan hondos y vivos como los experimentados por
quienes tuvieron la suerte de oír relatarlas a los hombres que las
realizaron.
Maximiliano Transilvano, secretario de Carlos V, habló, apenas regresada
la _Victoria_, a España, con su ínclito capitán y con su gente, y a base
de estas conversaciones escribió la narración que dirigiera al obispo de
Cartagena. «Procuré, con mucha diligencia, de saber y me informar de la
verdad de todo ello, ansí del capitán de la nao que ahora volvió como de
los otros compañeros que en su compañía vinieron».
Gonzalo Fernández de Oviedo trató al jefe de la gloriosísima nave, y así
lo hace constar en el libro XX, capítulo III, de su _Historia Natural y
General de las Indias_: «Juan Sebastián del Cano... volvió con la nao
Victoria a España, al cual yo hablé y comuniqué mucho, en la corte de
César, el año mill e quinientos y veynte y cuatro».
Los panegíricos de Oviedo, Gomara y Herrera y los de los historiadores
modernos a la nave de Juan Sebastián y a sus heroicos navegantes repiten
o amplifican este bellísimo elogio que Transilvano hizo de ellos: «Son,
por cierto, estos diez y ocho marineros, que con esta nao aportaron a
Sevilla, más dignos de ser puestos en inmortal memoria que aquellos
argonautas que con Jasón navegaron y fueron a Colchides, de quien los
antiguos poetas hacen tanta celebridad. E mucha más digna cosa es, por
cierto, que esta nuestra nao sea colocada y ensalzada entre las
estrellas que la en que navegó aquel griego, pues que aquella navegó
desde Grecia solamente por el mar del Ponto, y ésta partiendo de Sevilla
contra el mediodía y dando allí vuelta contra el occidente y pasando por
deyuso deste nuestro hemisferio, penetró hasta las partes orientales,
desde las cuales, tomando contra el occidente, dando la vuelta con
diversas reflexiones a todo el globo e orbe de la tierra e agua, volvió
a Sevilla, de donde primero había partido».
* * * * *
La _Trinidad_, ya recompuesta, salió de Tidor el 6 de abril de 1522, con
cincuenta individuos y nuevecientos quintales de clavo, y llegó, tras
una navegación de cuarenta leguas, a la isla de _Morotay_, donde los
expedicionarios fueron muy bien recibidos e hicieron transacciones.
Yendo hacia el norte, arriban a una de las islas _Marianas_, en la que
la nave sufre grandes destrozos y se mueren varios tripulantes de mal de
lombrices.
A últimos de agosto surgen en la isla de _Mao_, próxima a la parte
septentrional de las de los _Ladrones_, y distantes trescientas leguas
de las _Molucas_.
Encontrándose en la costa de _Zamafo_, supieron, por la gente de un
barco, que a los quince días de haber salido de _Tidor_ la _Trinidad_,
habían llegado a _Terrenate_ portugueses, mandados por Antonio de Brito,
y habían construído una fortaleza.
Gonzalo Gómez de Espinosa envió en aquel barco al escribano Bartolomé
Sánchez, con una carta para Brito, comunicándole que la _Trinidad_
estaba a punto de perderse, y muchos de la dotación iban enfermos, y
suplicándole auxilios con los que poder retornar a _Tidor_. El escribano
no volvió. Como se temió en un principio, y se confirmó más adelante, le
habían detenido.
En el puerto de _Benacorora_, Simón Abreo, Duarte Raga y los capitanes
Gaspar Gallo y García Manrique se presentaron a Gómez de Espinosa y le
entregaron la respuesta de Brito, en la que le decía que le facilitaba
el personal y los auxilios que le había pedido. Sin embargo, no tardaron
en apoderarse de los mapas, astrolabios, cuadrantes y derroteros de la
nave, y en mandar en ella hasta el puerto de _Talangomí_, situado entre
_Terrenate_ y _Tidor_.
Espinosa protestó contra las violencias de que él y los suyos eran
objeto por parte de los lusitanos, en un país que correspondía a Carlos
V; a lo que le contestaron que obraban de conformidad con las
instrucciones de su rey. Y despreciando las protestas, pidieron el
estandarte imperial y procedieron a la descarga del buque. Al exigir
Espinosa testimonio de lo que contenía, se le amenazó con que, de
insistir en reclamarlo, se lo habían de dar colgándole de una antena.
Cuando la _Trinidad_ salió de _Tidor_, habían quedado allí, con la
hacienda del César, Juan Campos, Alonso Genovés y Diego Arias, y ahora
Espinosa los encontró en _Terrenate_, con hierros, en la fortaleza de
los lusitanos, que les habían quitado las mercancías que destinaban para
las contrataciones.
Ventiuno eran los hombres de este navio al volver a _Terrenate_. Todos
fueron presos. A los cuatro meses, Brito les consintió pasar a la India,
exceptuando, por serle necesarios, al carpintero maestre Antonio y al
calafateador Antonio Besanabal.
A los demás los envió a _Banda_, isla abundantísima en nuez moscada. De
_Banda_ fueron conducidos a _Java_ y a la ciudad de _Agrazué_, habitada
por treinta mil moros y muy comercial. Desde aquella animadísima urbe
los llevaron a _Malaca_, punto de confluencia de los buques de los
territorios cercanos al estrecho de _Meca_ y los de los reinos del
_Peguí_, _Chazamán_, _Cambaya_ y _Bengala_.
En _Malaca_ murieron cuatro españoles, y se quedó el grumete de la
_Trinidad_, Antonio Moreno, esclavo de una hermana de Jorge de
Alburquerque, capitán de la isla.
El resto de nuestros compatriotas llegó, al cabo de una marcha de
cuatrocientas leguas, a _Ceilán_ y a _Coohín_, donde permanecieron diez
meses sin lograr autorización para volver a España; por lo que el
marinero León Pancaldo y el maestre Bautista Poncero se escaparon en una
nave, que los llevó a _Mozambique_. Habiendo sido presos, Poncero
murió, y Pancaldo se escapó otra vez y pudo arribar a Lisboa. Allí la
encerraron en _el limonero_, como llamaban a la cárcel.
Vasco de Gama, nombrado por entonces virrey de la India, tampoco dió
licencia a nuestra gente para embarcarse, y si don Enrique de Meneses,
gobernador de Goa y sucesor de Gama, llegó a concedérsela a Espinosa, al
lombardero maestre Hans y al marinero Ginés de Mafra, fué al enterarse
de que el Rey de Portugal se había casado con una hermana de Carlos V.
En Lisboa, maestre Hans murió en _el limonero_, y Gonzalo Gómez y Ginés
de Mafra estuvieron en la prisión cerca de siete meses.
De los cincuenta individuos que en la _Trinidad_ habían partido de
_Tidor_ para Panamá, solamente cuatro volvieron a España.
* * * * *
En 1525 se envió a las _Molucas_ otra expedición, al mando de fray
García de Loaysa, natural de Ciudad Real, guerrero sabio y
experimentado y comendador de la Orden militar de Rodas.