partió de Sanlúcar de Barrameda, dirigiéndose a las islas Canarias o
Afortunadas. Estuvo allí proveyéndose de carne, agua y leña, y el 2 de
octubre salió del puerto de _Montaña Roja_, de la isla de Tenerife, con
rumbo al sudoeste; pero el 3 del mismo mes, hallándose en 27° de latitud
norte, cambió de itinerario. Juan de Cartagena manifestó su
disconformidad con aquella variación de ruta.
Quince días después llegó la armada al paralelo de _Sierra Leona_. Una
noche, hallándose en la costa de Guinea, Cartagena, desde su nave,
saludó a Magallanes diciéndole: «Dios os salve, señor capitán e maestre,
e buena compañía.» Magallanes le respondió que era llamándole capitán
general como tenía que saludarle.
Estando la mar calmosa, el general hizo venir a su navío a los
capitanes y pilotos de los demás, y habiéndose promovido muy viva
discusión sobre la manera de hacer los saludos, requirió a Cartagena a
que se le diera preso; el requerido solicitó, inútilmente, la ayuda de
ciertos jefes, que tenía por incondicionales amigos suyos, para prender
a Magallanes, y este amarró por los pies, en un cepo, a Cartagena, y si
consintió en confiárselo a Luis de Mendoza, fué a condición de que se lo
había de entregar cuando se lo reclamara. El cargo que el apresado
marino había venido desempeñando se le otorgó al contador Antonio de
Coca.
Prosiguiendo el viaje, el 13 de diciembre arribaron a un puerto que fué
llamado de Santa Lucía, donde traficaron con los naturales del país. En
el Diario o derrotero del viaje de Magallanes, desde el cabo de San
Agustín, en el Brasil, hasta el regreso a España de la nao Victoria,
escrito por Francisco Albo, se consignan noticias de aquellos indígenas,
de las producciones allí más copiosas y de los cambalaches que hicieron
los expedicionarios: «Hay buena gente y mucha, y van desnudos, y tratan
con anzuelos y espejos y cascabeles por cosas de comer, y hay mucho
brasil.»
Magallanes relevó de la jefatura de la _San Antonio_ al contador Coca,
la encomendó a Alvaro de Mezquita, sobresaliente de la _Trinidad_, y el
27 de diciembre reanudó la exploración de la costa.
Hacia mediados de enero de 1520, principiaron a reconocer con
minuciosidad el interior del río de la Plata, durando el reconocimiento
hasta el 7 de febrero. En el cabo de San Agustín se vió conturbada la
flota por un violentísimo temporal. Allí se le acercaron en canoas
muchos indígenas. Uno de ellos, vestido con una piel de cabra, entró con
asombrosa desenvoltura en la nave de Magallanes. Este le regaló una
camisa de lienzo y una camiseta de paño encarnado. El 13 de febrero se
encontraron cerca de unos «bajos donde la _Victoria_ dió muchas
tocadas», y el 27 en una bahía en la que faltaba toda clase de
provisiones. En una isleta próxima a ella cogieron ocho lobos marinos y
varios patos.
Magallanes reclamó a Luis de Mendoza la entrega de Juan de Cartagena, y
encargó su custodia a Gaspar de Quesada.
El 31 de marzo llegaron al puerto de San Julián.
Al día siguiente, domingo de Ramos, el capitán general llamó a los jefes
y pilotos de los otros navíos para que fueran al suyo a oír misa y a
comer, y todos acudieron al llamamiento, menos Juan de Cartagena, por
hallarse preso, y Gaspar de Quesada, por estarle ordenada su guarda.
El país era muy frío y estéril; los mantenimientos iban escaseando, y
Magallanes prescribió la economía en las raciones para que fuesen más
duraderas. Por todas estas causas, los expedicionarios, muy
descontentos, le pidieron que regresara a España, pero se apresuró a
contestarles que él había de cumplir la misión que le había confiado el
emperador, y que, en todo caso, preferiría la muerte a un retorno que
tenía por ignominioso.
Maximiliano Transilvano, secretario de Carlos V, en su magnífica
_Relación_, dirigida al cardenal Salpurgense, obispo de Cartagena, _de
cómo, por quién y en qué tiempo fueron descubiertas y halladas las islas
Molucas, donde es el propio nascimiento de la especería, las cuales caen
en la conquista y marcación de la corona de España_, refiere algunas de
las razones dadas por Magallanes a los alborotados tripulantes en contra
de la vuelta de la armada a nuestra patria: «El capitán Magallanes...
les respondió contradiciendo a sus ruegos e diciendo que él llevaba en
escripto, por mandamiento del Emperador, el curso y viaje que habían de
hacer, y que en manera del mundo él no podía exceder de aquello» «e que
considerasen qué alabanza ni gloria les podría ser dada a ellos, pues
que allí donde estaban no había distancia de más de 24 a 25° de aquella
parte del trópico de Capicornio, que era 4 ó 5° más metidos al austro
que los portuguese», «que tuviesen por cierto que tanto mayor gloria y
mayores galardones, premios y mercedes recibirían cuanto con mayores
trabajos descubriesen y hallasen para el Emperador, que los había
enviado a aquel nuevo y incógnito mundo, lleno de riquezas, de especería
y de oro».
En la noche del mismo domingo de Ramos, 1.° de abril de 1520, Gaspar de
Quesada y Juan de Cartagena pasaron, con treinta hombres armados, desde
la _Concepción_ a la _San Antonio_ pidiendo que se les entregase Alvaro
de Mezquita, y se les ayudara contra Magallanes, para obligarle a
cambiar de conducta y de propósitos, y diciendo que ya se habían hecho
dueños de la _Trinidad_ y de la _Victoria_. Juan de Elorriaga, maestre
de la _San Antonio_, habló en defensa de Mezquita, y Quesada llamó loco
al maestre y le dió cuatro puñaladas en un brazo. Preso Mezquita, se
trasladó Cartagena a la _Concepción_. Quesada permaneció en la _San
Antonio_, y así quedaron los revolucionados por amos de estas naves.
Cartagena y Quesada pusieron en conocimiento de Magallanes lo que habían
hecho, y le requirieron para que se aviniese a cumplir la que ellos
estimaban que era la voluntad del emperador, asegurándole que, de
acatarla, le aumentarían las consideraciones, respetos y reverencias que
le habían guardado hasta entonces. Instóles el capitán general a que
pasasen a su nave, donde les escucharía y verían de resolver lo que
procediera; pero eludieron la invitación de Magallanes, quien, por medio
del alguacil Gonzalo Gómez de Espinosa, envió una carta a Luis de
Mendoza excitándole a que fuese a la _Trinidad_, y como al leerla se
sonriera maliciosamente, Espinosa le dió una puñalada en la garganta, y
un marinero acabó de quitarle la vida de una cuchillada en la cabeza.
Poco después entraron en la _Victoria_ quince hombres armados, a las
órdenes de Duarte Barbosa, cuñado de Magallanes, sin que nadie se les
resistiese. Al otro día, 2 de abril, arremetió la _Trinidad_ contra la
_San Antonio_, disparándola varios tiros, y cayeron en poder del
almirante Gaspar de Quesada y Antonio de Coca. También hizo prender en
la _Concepción_ a Juan de Cartagena.
El día 3 mandó descuartizar el cadáver de Mendoza, y el día 7 fué muerto
y descuartizado Quesada, cuyo criado Luis de Molino tuvo que hacerle
pedazos, para él librarse de sucumbir en la horca. A Juan de Cartagena y
a un clérigo llamado Pedro Sánchez de la Reina, que había contribuído a
la rebelión, los quedó desterrados por allí, dejándoles, para que se
alimentaran unos cuantos días, taleguillas de bizcocho y botellas de
vino. A cuarenta individuos más hubiera ordenado ajusticiar, de no haber
tenido en cuenta que, haciéndolo así, no le quedaba la gente
indispensable para los menesteres de la flota.
Entre los que se libraron de morir, figura Juan Sebastián Elcano, que
fué uno de los requeridos por Cartagena y por Mendoza para compeler a
Magallanes, de paz o a la fuerza, a la observancia de los que ellos
decían que eran los mandatos reales. Elcano nos informa de su
participación en estas lastimosísimas y memorables tragedias. Intervino
personalmente en la detención de Alvaro de Mezquita, y en el envío a
Magallanes de un escribano y un alguacil para pedirle que tomara consejo
con sus oficiales en todo lo que hubiera de hacerse. Según Elcano, el
almirante mandó prender a Luis de Mendoza por estimar que era el que
aconsejaba estos requerimientos y alborotos, y asegura que Magallanes le
dió doce ducados al alguacil Espinosa por haber apuñalado al capitán de
la _Victoria_. Acerca de los orígenes de tan fieros antagonismos, Juan
Sebastián los atribuye al desprecio que el almirante hacía de los
poderes de Juan de Cartagena, a quien no trataba como a persona conjunta
suya, contraviniendo las disposiciones del emperador, porque Cartagena
iba en la armada en sustitución de Ruy Falero, y con las preeminencias
de que éste hubiera gozado de no haber tenido que quedarse aquí para
curarse de su vesania. Ante los señores de la casa de la Contratación,
en Sevilla, había expresado Magallanes, en 1519, antes de salir de
España, su conformidad con lo resuelto por Su Majestad respecto a las
atribuciones de Cartagena: «En cuanto a lo que su Alteza manda... quel
dicho comendador Ruy Falero se haya de quedar, quél, por servir a su
Alteza, ha por bien y le place quel dicho comendador Ruy Falero se
quede, e vaya en su lugar el señor Juan de Cartagena como su conjunta
persona, así como su Alteza lo mandó».
Las discrepancias entre ambos capitanes por la igualdad o desigualdad de
sus poderes habían surgido, yendo la flota por la costa de Guinea, con
ocasión de haber castigado Cartagena, sin contar con Magallanes, a un
maestro, por sodomita. Los descubridores y conquistadores españoles de
América fueron siempre rigurosos e inflexibles con los invertidos y
acostumbraban a echárselos a los perros.
Al decir de Elcano, influyeron en las diferencias entre Cartagena y
Magallanes y en sus cruentas derivaciones los deseos de éste de
complacer a su cuñado Duarte Barbosa y a su sobrino Alvaro de Mezquita,
que aspiraban a suplantar a Cartagena, a Quesada y a Mendoza en las
capitanías de sus buques.
En el puerto de San Julián, el almirante encargó a Juan Serrano que
reconociera, hasta cierta distancia, la costa, por si hallaba estrecho,
y que se volviera si, recorridas las leguas que le determinó, no lo
encontrase. No se logró dar con el anhelado paso. En cambio, la
_Santiago_ naufragó a tres leguas del río de Santa Cruz, si bien se
salvó la tripulación, excepto un negro, esclavo del capitán de la nave.
Magallanes hizo a Serrano jefe de la _Concepción_, y continuó en dicho
puerto. A los dos meses de estar allí se presentaron seis naturales del
país, a quienes el general dió de comer abundantísimamente en la
_Trinidad_, dejándolos marchar luego que se hartaron. Nuestros
primitivos historiadores de Indias refieren interesantes noticias de
aquellos individuos gigantescos: «Hablan de papo, comen conforme al
cuerpo y temple de tierra, visten mal para vivir en tanto frío, atan
para adentro lo suyo, tíñense los cabellos de blanco, por mejor color,
si ya no fuesen canas, alcohólanse los ojos, píntanse de amarillo la
cara, señalando un corazón en cada mejilla; van, finalmente, tales que
no parecen hombres.»
Magallanes nombró capitán de la _San Antonio_ a Alvaro de Mezquita, y de
la _Victoria_ a Duarte Barbosa, y el 24 de agosto salió del puerto de
San Julián. El 21 de octubre descubrió una bahía muy ancha y dispuso que
la reconocieran, por si era estrecho, la _Concepción_ y la _San
Antonio_. El las aguardaría, a la entrada, con la _Victoria_ y la
_Trinidad_. Tres días navegaron Serrano y Mezquita sin poder hallarle el
fin. Nuevamente la reconoció la _San Antonio_; pero tampoco se lo pudo
hallar. Sin embargo, era el estrecho que se buscaba.
El general, examinados los víveres--que los había para tres meses--,
resolvió continuar las exploraciones. Trató de oponerse Esteban Gómez,
portugués, piloto de la _San Antonio_, diciendo que, «pues se había
hallado el estrecho para pasar a los Malucos, se volviesen a Castilla
para llevar otra armada, porque habría gran golfo que pasar, y si les
tomasen algunos días de calmas o tormentas, perecerían todos»; a lo que
respondió Magallanes «que, aunque supiese comer los cueros de las vacas
con que las entenas iban forradas, había de pasar adelante y descubrir
lo que había prometido al Emperador».
Llevaba andadas la flota cincuenta leguas de estrecho, y el almirante
ordenó que la _San Antonio_ reconociera cierto brazo de mar que había
entre unas sierras, y que a los tres días volviese. Mas no volvió.
Esteban Gómez y el escribano Jerónimo Guerra, aprovechando la ocasión,
decidieron regresar a España. Quiso evitarlo Alvaro de Mezquita, y le
dió una estocada al piloto; pero éste le dió otra al capitán y consiguió
apresarlo. Mandada por el escribano, retornó la _San Antonio_ a España y
llegó a Sevilla, al puerto de las Muelas, el 6 de mayo de 1522. Al salir
de Sanlúcar la flota, Magallanes y Gómez iban en íntima relación, y
aquél llevaba a éste de piloto de la _Trinidad_. Las disparidades y
antipatías que luego hubo entre ambos provinieron del fracaso de Gómez
en sus aspiraciones a la capitanía de la _San Antonio_, concedida a
Mezquita.
El general, convencido, al esperar en vano a esta nave, de que se habría
ido a pique, o se habría vuelto a España, siguió explorando el estrecho
con la _Trinidad_, la _Victoria_ y la _Concepción_, habiéndolo
atravesado del todo el 27 de noviembre de 1520. Tenía de boca a boca
unas cien leguas, navegaron por él veinte días, y a su salida se
hallaron con un mar en el que no les sobrevino ninguna tempestad; por
lo que Magallanes lo denominó _Pacífico_.
Por el tranquilo Océano pasó la armada el 18 de diciembre, entre la isla
de Juan Fernández y la costa de Chile. «La navegación--dice Antonio de
Herrera--, ya era muy penosa por falta de víveres: comían por onzas,
bebían agua hedionda y guisaban el arroz con agua salada». El 24 de
enero hallaron la isla de _San Pablo_, y el 1.° de febrero, otra, que
recibió el nombre de la isla de los _Tiburones_, por los muchos que
había en ella. También denominaron _Desventuradas_ a las dos, por no
haber encontrado mantenimiento alguno con que atenuar las angustias del
hambre.
El 1.° de marzo llegó la flota a las _Marianas_, que fueron llamadas
_islas de las velas latinas e islas de los ladrones_. El 16 fondearon en
la de _Celuán_, del archipiélago filipino. El cacique de _Mazaguá_, con
quien se entendieron por medio de un esclavo de Magallanes, natural de
Malaca, les regaló cuatro puercos, tres cabras y arroz, y les comunicó
que a veinte leguas de allí había un gran rey, pariente suyo, que les
daría cuanto quisieran. El señor de _Mazaguá_ y algunos indios les
acompañaron hasta la isla de _Cebú_ y la villa del mismo nombre, donde
residía tan poderoso monarca, que hizo inmediatamente proposiciones de
paz a Magallanes, de tanto mejor gana aceptadas, cuanto que no tardaron
en seguirlas inmensas cantidades de víveres, con los que los
expedicionarios reformaron notablemente, en pocos días, sus
quebrantadísimos organismos. ¡Puercos, cabras, arroz, cocos, mijos,
diversidad de frutas! Les parecía mentira a los famélicos navegantes
tanta abundancia, y dispararon la artillería en demostración de
contento.
Los alborozados nautas construyeron, con las velas de los buques y con
ramas de árboles, un altar, donde se dijo misa, a la que asistieron el
rey de Cebú y muchísimos súbditos suyos. A continuación de la misa, a
Magallanes y a otras personas de la flota se les obsequió con una
comida, en la que abundaron las aves asadas, el pan frito, que los
indios llamaban _sagú_, y el vino de palmas.
El capitán general había regalado al rey de Cebú una gorra de grana, un
traje de seda morada y amarilla y algunos objetos de vidrio, y a un
sobrino suyo, que era el heredero de la corona, una taza de vidrio, un
paño de Holanda y una gorra; pero lo que más afirmó la amistad entre
aquellos soberanos y Magallanes fué el haber curado éste a un nieto del
rey que se encontraba enfermo, sin poderse mover hacía más de dos años.
Con este motivo recibieron el bautismo la real familia y más de
ochocientos indios, habiéndose puesto al monarca, cuyo nombre era
Hamabar, el de Carlos; a la reina, el de Juana; al príncipe heredero, el
de Fernando, y a una princesa, el de Catalina.
Hamabar envió mensajeros a los reyes de varias islas próximas para que
vinieran a reconocerse vasallos del emperador Carlos V. Algunos
vinieron, al efecto, a Cebú, pero Cilapulapo, señor de la isla de
_Maután_, respondió altivamente que no podía ni quería obedecer a quien
le era desconocido, y que no estaba dispuesto a recibir órdenes de
Hamabar; mas que, para que no se le tuviera por inhumano, se complacía
en enviarles a los extranjeros unas cabras y unos puercos que habían
mandado a pedirle.
Magallanes se dispuso a hacerle la guerra a Cilapulapo para obligarle a
aceptar por las armas lo que rechazaba por diplomáticas negociaciones.
Hamabar procuró disuadirle de lo temerario de la determinación,
diciéndole que el señor de _Maután_ era poderosísimo. Tampoco aprobó
Juan Serrano los belicosos proyectos del almirante. Insistiendo éste en
ellos, el rey de Cebú le ofreció su ayuda, pero le respondió que con sus
castellanos tenía de sobra para vencer y castigar a Cilapulapo, y que a
lo sumo le aceptaba mil indios para que le sirvieran de guías y para que
presenciaran el escarmiento que había de infligirle.
Con sesenta hombres, en tres bateles, y mil cebutines, en treinta
barcas, se dirigió a _Maután_. Cilapulapo salió a recibirles con tres
mil combatientes. El general mandó disparar la artillería creyendo que
con ello bastaba para amedrentar, derrotar y poner en fuga a los
contrarios. Pronto comprendió que serían inútiles sus esfuerzos contra
aquellos indios, que oyeron los disparos con serenidad maravillosa. Y se
hubiera vuelto atrás si tales pensamientos cupieran en ánimos tan
heroicos como el del insigne portugués.
Los mautanenses acabaron con unos cuantos cebutines y con ocho españoles
e hirieron a más de veinte, a casi todos ellos con flechas envenenadas.
A Magallanes le dieron un cañazo en el rostro, varios golpes con lanzas
y piedras y un saetazo venenoso, y estando ya en el suelo, una lanzada
que lo atravesó de parte a parte.
Los nuestros procuraron recobrar su cadáver, pero los mautanenses se
negaron a dárselo y aun a vendérselo, queriendo conservarlo como
recuerdo de la victoria que habían alcanzado y para advertencia de
quienes se propasaran a molestarles.
Así murió el gran Hernando de Magallanes, el 27 de abril de 1521, a los
cuarenta y dos años de edad, habiendo tenido la satisfacción de
encontrar el estrecho que le había prometido a Carlos V, mas no la de
haber llegado a las islas de las especias.
* * * * *
Magallanes, al ofrecerse al emperador, era ya un experimentado marino y
un cosmógrafo inteligentísimo. En la concepción de sus ideas relativas
al estrecho, en la claridad de ellas y en la seguridad que tuvo siempre
de que había de encontrarlo, parece ser que influyó Martín Behaim,
discípulo de Regiomontano y miembro que fué de una junta que Don Juan II
de Portugal mandó formar para construír un astrolabio, calcular las
tablas de la declinación solar y enseñar a los marinos, como dice el
historiador lusitano Barros, _una maneira de navegar per altura de sol_.
En Venecia, en Amberes y en Viena se dedicó Behaim al comercio de
pañería; luego vivió veinte años en Lisboa y en la isla de Fayal,
habiendo viajado con Diego Cam por las costas del Africa y traído a
Europa la malagueta, especia muy buscada que competía con la pimienta.
Fué caballero de la Orden de Cristo. En 1492 terminó, hallándose
accidentalmente en Nuremberg, en casa de su primo el senador Miguel
Behaim, un globo, que deseaba dedicar «a su cara patria antes de partir
para el lugar donde tiene su casa, a 700 millas de Alemania», o sea a la
isla de Fayal, donde vivía con su mujer Juana de Macedo y con su suegro
el caballero Hürter.
En este globo, concluído por Martín Behaim en Nuremberg, fué donde
Magallanes debió ver pintado el estrecho cuyo descubrimiento prometió a
Carlos V.
Antonio Pigafeta Vicentino, lombardo, que fué en la armada, compuso un
_Diario_ de ella y se contó entre los poquísimos que regresaron a
España, escribe a este respeto: «El 21 de octubre de 1520 encontramos un
estrecho, al cual dimos el nombre de las once mil vírgenes. Sin el saber
de nuestro capitán, no se hubiera podido desembocar este estrecho,
porque todos creímos que estaba cerrado; pero nuestro capitán se había
informado de que debía pasar por un estrecho singularmente oculto,
habiéndolo visto en una carta conservada en los archivos del rey de
Portugal, y dibujada por un cosmógrafo excelente, Martín de Bohemia».
González Fernández de Oviedo pone en duda, y mejor pudiera decirse que
niega, las afirmaciones de Pigafeta, «pues nunca se vido ni oyó scripta
ni pintada tal auctoridad, ni hombre chripstiano supo que avía tal
estrecho... Pero, o que Magallanes por su buen espíritu, o por aviso de
Martín de Bohemia, se atreviesse y determinarse a tal empresa, yo le
tengo por hombre de mucho loor».
Entre las aseveraciones de Pigafeta y las dudas o negaciones de Oviedo,
será por las de aquél por las que habrá que resolverse, no sólo por
haber ido en la expedición, sino por su amistad con Magallanes. El
Diario lo entregó al emperador y se ha perdido. Envió copias al
pontífice Clemente VII y al gran maestre de Rodas Felipe Villiers de
Lisle Adam. El conocido es un extracto de estas copias, existente en la
biblioteca ambrosiana de Milán y se publicó en París en 1800.
Antonio de Herrera, que fué el historiador que tuvo a su disposición más
documentos acerca de éste y de otros múltiples asuntos, reconoce la
influencia de Martín Behaim en el descubrimiento magallánico. El célebre
autor de la _Historia de las Indias Occidentales_ asegura que, al
presentarse Magallanes por primera vez en Valladolid al obispo de Burgos
Juan Rodríguez de Fonseca, le enseñó un globo, en el que estaba
indicado el itinerario que proyectaba seguir, pero dejando en blanco el
lugar correspondiente al estrecho, por temor a que pudiera
encomendársele a otra persona el encargo de descubrirlo, y añade Hererra
que, cuando el cardenal Jiménez de Cisneros y monseñor de Xebres
apretaban con objeciones al ilustre navegante, les contestó que estaba
seguro de encontrarlo por haberlo visto «en una carta marina de Martín
de Bohemia..., cosmógrafo de gran reputación».
Fuera o no fuera así, hay que tener a Magallanes por _hombre de mucho
loor_.
II
Muerto Magallanes, fueron elegidos, para general de la flota, Duarte
Barbosa, y para capitán de la _Victoria_, otro portugués, Luis Alfonso.
Habiendo el rey de _Cebú_, después del triunfo de Cilapulapo, invitado a
los expedicionarios a un banquete en que los agasajaría lo mejor que
pudiera y les entregaría una joya para la Majestad cesárea, Duarte
Barbosa se apresuró a responder que acudirían muy placenteros al
convite. Juan Serrano no fué del mismo parecer, considerando que estaba
fresca la derrota que les había causado el señor de Maután; que era
peligroso, en tales circunstancias, abandonar la nave por irse a
divertir; que, si tanto interés tenía el rey de _Cebú_ en darles un
regalo para el emperador, no debía tener inconveniente en subir a bordo
a entregarlo. Insistió Barbosa en su resolución, puso en duda el valor
de Serrano y éste, para demostrarle que nada le asustaba, fué el primero
en dirigirse al banquete.
A la sombra de unas palmeras iba sirviéndoseles la comida. La
satisfacción no les dejaba margen para pensar que pudieran ser
traicionados. De súbito, cayó sobre ellos un crecido número de
cebutines, que a todos les quitaron la vida, menos a Juan Serrano, a
quien, por el momento, se la conservaron, por si les servía, como ellos
intentaban, de pretexto para quitársela a los que se habían quedado a la
mira de las embarcaciones.
Los indios arrojaron al mar los cadáveres de sus víctimas, y a Serrano
le llevaron arrastrando, desnudo y maniatado, hasta la playa,
obligándole a suplicar a voces a la gente de las naves que le rescataran
y a decirles que el rescate consistiría en que dieran por su libertad
dos cañones.