Relativamente a este extremo fueron interrogados algunos tes

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RAFAEL CARO RAGGIO

1920

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de Rafael Caro Raggio.

JULIÁN SOREL

LA RAZA

DESCUBRIDORES

RAFAEL CARO RAGGIO

EDITOR

MENDIZÁBAL, 34

MADRID

MARTÍN ALONSO PINZÓN

Deshauciado Colón en la Corte, pasó--en compañía de su hijo Diego, al

dirigirse a Huelva, donde vivía un cuñado suyo--, por el Convento de la

Rábida, y llamando a sus puertas en solicitud de socorro, encontró en

fray Pérez no sólo quien les diera hospitalidad y sustentación, sino

quien escuchara y patrocinara los proyectos del descorazonado marino.

A fray Juan le interesaron con viveza, porque, como religioso, no

pensaba tanto en lo que habían de engrandecer los territorios de la

corona de España como en los abundantísimos y excelentes frutos que

habían de rendirle al catolicismo al extenderse su luz entre los

moradores de los países que se descubrieran.

Y comunicó la noticia de la llegada de Colón al convento a personas

principales de Palos, para que acudiesen a enterarse de los planes del

extranjero, y con el ánimo y la esperanza de buscarle admiradores.

Aunque es en las postrimerías de su vida cuando se le ve a Colón

subyugado por el misticismo, ya en el tiempo de sus primeras entrevistas

con fray Juan aducía en apoyo de la viabilidad de sus ideas, juntamente

con razonamientos científicos, y sobre ellos, razonamientos teológicos y

textos y citas de libros sagrados; con lo que llegaban a la mayor

intensidad los optimismos del ilustre fraile.

En el Convento de la Rábida se congregaron Martín Alonso Pinzón, piloto

acreditadísimo, y Garci-Fernández, médico del pueblo y versado en

Cosmografía.

En aquellas reuniones, Colón y Garci-Fernández representaban la ciencia;

Martín Alonso, la práctica; y fray Juan Pérez, la fe, que siempre ha

sido capaz de levantar montañas.

En una celda de un monasterio de franciscanos, la fe, la ciencia y la

experiencia se pusieron de acuerdo para trabajar por que no se

malograra la realización de un pensamiento que contenía uno de los

hechos más fecundos de la historia humana.

Allí no tropezó Colón, como había tropezado en la Corte, con hombres

hueros y envidiosos que le tuvieran por loco, le hicieran burla y le

_volaran_ la palabra.

El físico Garci-Fernández, en su declaración en el litigio entre el

almirante mozo y el fiscal de Su Majestad, manifiesta que fray Juan

Pérez, ex confesor de Doña Isabel, la escribió una carta, de la que fué

portador Sebastián Rodríguez, piloto de Lepe, en la que la recomendaba

las aspiraciones de don Cristóbal, y que se decidió que éste

permaneciera en el monasterio hasta que se tuviera respuesta. Se recibió

a los catorce días, y en ella encargaba Doña Isabel que el fraile se

presentase en la Corte. Así lo hizo con prontitud fray Juan, cabalgando

en un mulo.

Por consecuencia de esta visita, la reina «envió veinte mil maravedís en

florines, los cuales trujo Diego Prieto», vecino de Palos, «e los dió

con una carta» a Garci-Fernández, que se los entregaría a Colón «para

que se vistiese honestamente y mercase una bestezuela e pareciese ante

S. A., e quel dicho Cristóbal Colón recibió los dichos veinte mil

maravedís e partió ante S. A...»

También Martín Alonso les escribió a los reyes en favor de Colón y de

sus proyectos.

Lo que no está comprobado es que le diera dinero para ir a la Corte,

aunque el piloto _tenía bien lo que había menester en su casa_. El

fiscal interrogó sobre este asunto a varias personas, y a excepción de

Martín Núñez, que lo había oído, de Antonio Hernández Colmenero, sobrino

de los Pinzones, que lo sabía igualmente de referencias, y de Arias

Pérez, hijo de Martín Alonso, que contestó saberlo «por que se halló a

todo», los demás afirmaron que ignoraban el contenido de la pregunta.

* * * * *

Las condiciones exigidas por Colón a los Reyes Católicos respecto a las

mercedes, honores y privilegios que habían de concederle en el caso de

que encontrara lo que prometía, no fueron aceptadas, y el futuro

almirante abandonó el real sitio de Santa Fe.

Luis de Santángel y el cardenal Mendoza le manifestaron a la reina cuán

sensible les parecía que no se hubiera llegado con él a una

inteligencia, porque si los descubrimientos no se realizaran, nada

habría que darle, y, en el caso contrario, todas sus reclamaciones

serían de muy poco valor en comparación con las ventajas y las honras

que alcanzarían España, sus monarcas y el catolicismo.

Doña Isabel se dió por convencida, y de orden suya se partió en busca de

don Cristóbal, para que regresara a Santa Fe, donde las capitulaciones

serían, desde luego, suscritas en los términos que tenía demandados.

Y lo fueron el 17 de abril de 1492. Se le hace a Colón almirante de las

islas que por su mano e industria se descubrieren y ganaren, pudiendo

transmitir el cargo a sus herederos y sucesores, de uno en otro,

perpetuamente, con las preeminencias y prerrogativas a él anejas; se le

nombra virrey y gobernador de dichas islas y tierras, para cuyo buen

regimiento será elegida una persona, de tres que proponga por cada

oficio; le corresponderá la décima parte de las perlas y piedras

preciosas, oro, plata, especias y cuanto se hallase, comprase, trocase o

conquistase dentro de los límites de su almirantazgo; conocerá como juez

en los pleitos que pudieran surgir sobre tales objetos; y en las

empresas que se acometieran para su trato y negociación tendrá derecho a

la octava parte de los beneficios, contribuyendo con la octava de los

gastos de las armadas.

El título de almirante, virrey y gobernador a favor de Colón fué

expedido en Granada, en 30 de abril del mismo año.

De idéntica fecha es una provisión para que los vecinos de Palos le

suministren dos carabelas y la gente necesaria para las tripulaciones.

Por faltas que habían cometido estaban obligados a facilitarlas, durante

dos meses, cuando se les ordenara.

* * * * *

El 23 de mayo, Colón, acompañado por fray Juan, se presentó con esta

cédula a los alcaldes y regidores de aquel pueblo. El 20 de junio, los

reyes, viéndola incumplida, dictaron sobrecartas para que el contino

Juan de Peñalosa obligase a la entrega de las carabelas, que habían de

ser escogidas por don Cristóbal. A fin de asegurar la observancia de

estos preceptos, le escribieron al conde de Cifuentes que pusiera a

disposición de Juan de Cepeda, trinchante de la casa real, la fortaleza

de Palos.

No encontraba el gran marino quien quisiera acompañarle en su viaje, y

tuvo necesidad de suplicarles a los reyes que concedieran libertad a los

presidiarios que se embarcasen con él. Y así fué acordado. «Diz que es

necesario dar seguro a las personas que con él fuesen..., e por su parte

nos fué suplicado que se lo mandásemos dar..., e Nos tuvímoslo por bien.

E por la presente damos seguro a todas e cualesquier personas que fueren

en las dichas carabelas con el dicho Cristóbal Colón..., para que no les

sea fecho mal ni daño, ni desaguisado alguno en sus personas ni bienes,

ni en cosa alguna de lo suyo por razón de ningún delito que hayan fecho

ni cometido fasta el día de la fecha desta nuestra Carta e durante el

tiempo que fueren o estuvieren allá con la venida a sus casas e dos

meses después.» A pesar de esta cédula, los presidiarios se negaron a

embarcarse.

Los reyes no le habían dado a Colón, con destino a los gastos de la

Armada, mas que un cuento de maravedís que les prestó Luis de Santángel.

Martín Alonso le proporcionó medio cuento, o se lo facilitaron entre él

y sus hermanos Vicente y Francisco.

Los Pinzones sustituyeron por otras aceptables las naves embargadas. Y

como se aprestaran a acompañar a don Cristóbal en su viaje, y lo

hicieron público en Palos y en los pueblos limítrofes, se concluyeron

las imposibilidades para el reclutamiento de tripulaciones, y apenas

hubo quien se negara a formar parte de ellas; antes por el contrario, lo

deseaban todos o casi todos.

Oigamos, acerca de estos hechos, a personas que los presenciaron y a

historiadores contemporáneos de ellos.

En los pleitos habidos entre don Diego Colón y la Corona, varios

testigos declaran que «Martín Alonso traía tanta diligencia en allegar

la gente e animalla como si para él e para sus hijos hobiera de ser lo

que se descubriese. A unos decía que saldrían de miseria; a otros, que

hallarían casas con tejas de oro; a quién, brindaba con buena ventura;

teniendo para cada cual halago y dinero, e con esto e con llevar

confianza en él, se fué mucha gente de las villas».

Fray Bartolomé de las Casas, en su _Historia apologética de las Indias_,

refiere que Colón, una vez firmadas las capitulaciones con los reyes,

marchó de Santa Fe a Palos, por haber allí «buenos y cursados hombres de

la mar» y que en aquel puerto se entendió con los hermanos Pinzones, y

especialmente con Martín Alonso, «que era el principal y más rico y

honrado, a los cuales casi todos los de la villa se acostaban e acogían,

por ser más ricos y más emparentados». Añade las Casas que, según sus

noticias, Martín Alonso le había prestado a Colón medio cuento de

maravedís.

Noventa hombres deseaba don Cristóbal para lanzarse a la mar, y Martín

le hizo con más de ciento veinte, la mayoría de Palos, algunos de

Moguer, Huelva, Niebla y Ayamonte, y unos pocos, los menos, de otras

regiones.

Entre los individuos que acompañaron a Colón en su primer viaje

figuraron, además de los tres Pinzones, Juan de la Cosa, los hermanos

Niño, Cristóbal Guerra, Alonso de Ojeda y Diego de Lepe.

En cuanto a las naves, Martín Alonso deshizo las que, de orden de los

reyes, habían sido embargadas, y aprovechó sus mejores materiales para

las que habían de sustituírlas. Una de éstas, la _Niña_, había sido

construída por Francisco Martín, el menor de los Pinzones, y era de su

propiedad. A otra, llamada la _Gallega_, le cambió el nombre por el de

_Santa María_, y la destinó para capitana. La _Pinta_, unos afirman que

era de las embargadas, y otros, que pertenecía a Martín Alonso. Hay

quienes tienen por dueño de una de estas tres embarcaciones a Juan de la

Cosa.

Una prueba del fundamental apoyo concedido a don Cristóbal por Martín y

por sus hermanos es el silencio en que don Fernando Colón, al escribir

la historia de su padre, incurre acerca de este asunto interesantísimo.

Era imposible que ignorara lo que todo el mundo sabía; antes bien, tan

enterado debía estar de lo sucedido, que, por lo mismo, resolvería

callar, temiendo que, si hablaba, se rebajaría la gloria de su

progenitor; con lo cual demostró que, en vez de hacer historia, escribía

panegíricos y que, a pesar de su clara inteligencia y de su erudición,

no comprendió que, confesando hasta con prolijidad todo lo relativo al

auxilio de los Pinzones, quedarían por encima de las de éstos la figura

y la reputación de don Cristóbal. Al decir de don Fernando, «el

Almirante, concluída su capitulación, salió de Granada, fué a Palos,

donde le entregaron dos carabelas y otro navío, que armó con la mayor

solicitud y diligencia, y provistas las tres naves de todo lo necesario,

se hizo a la vela el 3 de agosto».

* * * * *

Martín Alonso gozaba de una fama muy merecida de marino inteligente y

experto. En su tiempo, nadie le aventajaba ni le igualaba en su tierra

ni en toda la costa andaluza como hombre de mar. Había navegado hasta

el golfo de Guinea y, por el _mare nostrum_, hasta el reino de Nápoles.

Sentía inclinación por los estudios cosmográficos, deseando añadir a sus

experiencias conocimientos teóricos.

Fernández Duro, en su libro _Pinzón_, y Castelar, en su _Historia del

descubrimiento de América_, dan por averiguado que, hallándose en Roma,

acrecentó su cultura examinando escritos, copiando mapas y tomando

apuntes en la biblioteca vaticana, para lo que le aprovechó la amistad

que le unía al archivero de Inocencio VIII.

En los autos del pleito entre don Diego Colón y el fiscal de Su

Majestad, varios testigos hacen manifestaciones sobre la estancia de

Martín en la capital del orbe católico y sobre sus estudios en la

biblioteca del papa.

Arias Pérez, hijo de Martín Alonso, declara que él estuvo en aquella

ciudad con mercaderías de su padre, que éste se encontraba a la sazón

allí, que tenía conocimiento con un familiar del pontífice, «grande

cosmógrafo» y poseedor de «muchas y largas escrituras», que le enseñó a

Martín y a su hijo un mapamundi, y que en él fueron informados de la

existencia de las tierras cuyo descubrimiento trataba de adjudicarse a

Colón.

Estas y otras declaraciones análogas fueron producto de la parcialidad y

debieron ser promovidas por el fiscal, que estaba interesado para ver de

contrarrestar las pretensiones de don Diego en rebajar los méritos de su

padre.

Es natural que les halagaran a los herederos, parientes, deudos y amigos

de Martín Alonso, y que las contestasen afirmativamente preguntas como

ésta: «Si saben que cuando el Almirante fué a descubrir aquellas partes,

Martín Alonso Pinzón, vecino de Palos, estaba para ir a las descubrir a

su costa, con dos navíos suyos, e tenía noticia cierta y escrituras de

la tierra, las cuales había habido en Roma, en la librería del Papa

Inocencio VIII, en aquel año que había venido de Roma, e había puesto

en plática de las ir a descubrir e lo aliñaba».

Es de creer que Martín Alonso aumentara y ensanchara en la biblioteca

ponticia sus ideas y sus horizontes como cosmógrafo. A Inocencio VIII le

gustaban esos estudios, y no es extraño que tuviera en su librería

abundancia de cartas y papeles marítimos.

Lo inadmisible es que allí viese, en un mapamundi, las tierras

americanas antes de ofrecerles Colón a los Reyes Católicos su hallazgo;

que hubiera estado a punto de proponerles su descubrimiento con

anterioridad al gran Almirante y que éste debiera a sus conferencias con

el mayor de los Pinzones: la seguridad que tenía de encontrar, navegando

al oeste, países desconocidos hasta entonces.

De ser cierto que Martín Alonso creyera que existían y que no era

imposible llegar a ellos, lo que invirtió en favorecer a Colón debió

emplearlo en favorecerse a sí mismo. Siendo español, afamado piloto,

rico e influyente, no le hubieran surgido tantas dificultades como a

Colón, extranjero y pobre.

Lo del fantástico mapa de la biblioteca del pontífice demuestra, si bien

se considera, que, sin la ayuda del mayor de los Pinzones, nada hubiera

podido descubrirse. Don Martín Fernández de Navarrete opina que fué un

ardid de fray Juan Pérez y de Cristóbal Colón, y que lo pusieron en

conocimiento de Martín Alonso para que lo utilizase en convencer con más

facilidad a los reacios a ir en la armada. Don Cristóbal se había

reconocido incapaz de atraérselos, y estando el asunto en manos de

Martín, entre aquél y fray Juan buscaban argumentos que ofrecerle al

piloto como refuerzo de los que a él se le ocurrieran. Ya que era

público que había estado en Roma, debía decirles que allí se había

convencido, en la librería del Vicario de Jesucristo, de la existencia

de las tierras, a cuya busca se les invitaba. Si añadía al influjo de su

posición y renombre consideraciones de cierto barniz religioso, como la

propuesta, difícilmente habría quien se negara a sus instancias.

Colón era hombre erudito, por lo menos en las materias que pudieran

aclarar sus proyectos y afirmarle en el propósito de realizarlos. Además

de las Sagradas Escrituras y de los Santos Padres, había leído trabajos

de Aristóteles, Estrabón, Julio César, Séneca, Plinio, Tolomeo, Solino,

San Isidoro, Alfonso X el Sabio, Averroes, Escoto, el cardenal Pedro de

Heliaco, Juan Charlier de Gerson, el Pontífice Pío II, Regiomontano,

Pablo Toscanelli, Nicolás de Conti, y otros, como Marco Polo, cuyo libro

de viajes era tan estimado por don Cristóbal, que lo llevaba a bordo.

* * * * *

Para aumentar la gloria de Colón, que no necesita de aumentos, pues

tiene bastante con su propio tamaño, se ha querido pintar a los

marineros de Palos como a hombres que se amedrentaban y encogían ante

ciertos fenómenos.

A don Fernando Colón le corresponde una parte no escasa en la forja de

esa leyenda. Asegura que las tripulaciones de su padre se espantaron

viendo, al pasar de noche por las inmediaciones de Tenerife, las llamas

del volcán de la isla.

Desde principios del siglo XII, los castellanos, los gallegos, los

vizcaínos y los aragoneses venían saliendo de los puertos andaluces para

ir a las islas _Afortunadas_ y avanzar en el descubrimiento de la costa

africana.

En cuanto a los marineros de Palos, fueron de los que llevaron a cabo

expediciones más dilatadas y peligrosas en aquellas centurias.

Si, pues, estaban hechos desde antiguo a pasar por las Canarias, ya

habrían visto las llamas del volcán y, al volver a verlas, les

admirarían sin espantarles.

Nada dice Colón de tal pavor en su _Diario_: «_Jueves 9 de agosto._

Hasta el domingo en la noche no pudo el almirante tomar la Gomera, y

Martín Alonso quedóse en aquella costa de Gran Canaria..., y al cabo

vinieron a la Gomera. Vieron salir gran fuego de la sierra de la isla de

Tenerife, que es muy alta».

* * * * *

Todavía está muy generalizada la creencia de que en la nave de Colón

estalló un tremendo motín contra el Almirante para obligarle a que se

volviera a España, y que ese motín fué promovido y atizado por los

hermanos Pinzones.

Es una de las mil fantasías puestas en circulación por los obstinados en

presentar al eximio descubridor como un mártir, a cuya cabeza le

brotaban por doquiera las espinas de las persecuciones.

Tan irreflexivos panegiristas, más impulsados quizá por la pasión

política que por el sentimiento religioso, han pretendido la

canonización de don Cristóbal, y en su deseo de conseguirla han

falseado la historia atribuyéndole perfecciones imaginarias--aunque

tuviera otras reales--y rodeándole de circunstancias y vicisitudes de

que no precisaba para su grandeza.

De creer a los propagadores de estas fábulas, el motín a bordo fué

verdaderamente monumental, extrordinariamente espeluznante, y sirvió, no

para hacer desistir a Colón de sus propósitos, sino para revelar las

formidables condiciones de energía de que estaba dotado.

De haber ocurrido tan graves acontecimientos, el almirante lo hubiera

consignado en su _Diario_. Sin embargo, he aquí sus palabras: «_Sábado

22 de septiembre._ Mucho me fué necesario este viento contrario porque

mi gente andaban muy estimulados, que pensaban que no ventaban estos

mares vientos para volver a España». «Aquí--dice el padre las

Casas--comienza a murmurar la gente del largo viaje». «_Domingo 23 de

septiembre._ Como la mar estuviese mansa y llana, murmuraba la gente

diciendo: que pues por allí no había mar grande, que nunca ventaría

para volver a España». «_Miércoles 10 de octubre._ Aquí la gente ya no

lo podía sufrir; quejábase del largo viaje; pero el Almirante los

esforzó lo mejor que pudo dándoles buena esperanza de los provechos que

podrían haber. Y añadía que por demás era quejarse, pues que él había

venido a las Indias y que así lo había de proseguir hasta hallarlas con

la ayuda de nuestro Señor».

Wáshington Irving, Alfonso de Lamartine y Roselly de Lorgues extremaron

la nota hasta donde no se atrevió a llegar don Fernando Colón, quien

asegura que «no faltaron algunos que decían que para quitar contiendas

lo echasen (al almirante) en el mar, si no desistía de su intento,

publicando después que él se había caído estando mirando las estrellas y

las señales»; pero no se refiere a motines, sino a murmuraciones

conocidas, sofocadas y extinguidas por don Cristóbal.

No hubo motín, hubo habladurías, y Martín Alonso fué ajeno a ellas.

Cuantas veces llegaron a su noticia, lejos de fomentarlas, le aconsejó

a Colón, con energía, que las castigara, y le animó a seguir ADELANTE.

* * * * *

El jueves 11 de octubre de 1492, «a las dos horas y media después de

media noche», se vió tierra desde la carabela de Martín Alonso. En esto

fué más afortunado que Colón el piloto de Palos. De la _Pinta_, no de la

_Santa María_, salió la alborozadora exclamación, que, por fin,

convertía en realidad tantísimos sueños y tantísimas esperanzas. «Y

porque la carabela _Pinta_ iba delante del almirante--dice don Cristóbal

en su _Diario_--, halló tierra e hizo las señas que el almirante había

mandado. Esta tierra vido primero un marinero que se decía Rodrigo de

Triana».

Le cuesta trabajo a Colón reconocer que no fué él quien se adelantó a

los demás en ver la isla de Guanahaní. Aun incurriendo en

contradicciones, no quiere desprenderse por completo de tal honra. El

almirante, «a las diez de la noche (del jueves 11 de octubre), estando

en el castillo de popa, vido lumbre, aunque fué cosa tan cerrada que no

quiso afirmar que fuese tierra... Pero... tuvo por cierto estar junto a

tierra».

Es muy extraño que tuviera por cierto estar junto a tierra y no lo

quisiera afirmar, lo que demuestra que lo tuvo por muy dudoso. De no

haber sido así, se hubiera apresurado a mandar hacer las

correspondientes señales. Cuando lo tuvo por cierto fué cuando salió de

la _Pinta_ el anhelado grito.

Y quien lo lanzó no fué Rodrigo de Triana, sino Juan Rodríguez Bermejo,

a no ser que Colón entendiese Rodrigo por un Rodríguez a quien hubiera

conocido en Triana, en cuyo caso, a pesar de la dualidad de

denominaciones, se trataría del mismo sujeto.

En 1.º de octubre de 1515, Francisco García Vallejo, vecino de Moguer,

que había sido marinero de la carabela _Pinta_ e iba en ella al

descubrirse el Nuevo Mundo, contesta a la pregunta décimoquinta del

interrogatorio del fiscal de la Corte en el pleito entre ésta y el

primogénito de don Cristóbal: «... aquel jueves en la noche aclaró la

luna, e un marinero del dicho navío de Martín Alonso Pinzón, que se

decía Juan Rodríguez Bermejo, vecino de Molinos, de tierra de Sevilla,

como la luna aclaró, vido una cabeza blanca, de arena, e alzó los ojos e

vido la tierra, e luego arremetió con una lombarda e dió un trueno

_tierra, tierra_, e retuvieron a los navíos fasta que vino el día,

viernes 12 de octubre».

Escribe Colón que «al que le dijese primero que veía tierra le daría

luego un jubón de seda, sin las otras mercedes que los reyes habían

prometido, que eran diez mil maravedís de juro».

Según Gonzalo Fernández de Oviedo, al volver a España el marinero de la

_Pinta_ que descubrió la isla de Guanahaní, no se le concedieron las

albricias que por ello le eran debidas, y despechado se marchó a Africa

y renegó de la fe católica.

En cambio Don Fernando y Doña Isabel, por albalá fechado en Barcelona a

23 de mayo de 1493, le hacen la merced al almirante don Cristóbal Colón

de diez mil maravedís anuales durante su vida, «porque el dicho

almirante... ha descubierto primero que otro alguno la tierra de las

dichas Islas, y somos ciertos y certificados que él fué el primero que

vió e descubrió las dichas islas».

Del jubón de seda nada dice este documento. Debió quedarse con él don

Cristóbal, que le llevaba en la _Santa María_. Los reyes estaban ciertos

y certificados de que el primero que vió tierra fué el Almirante. Sería

Colón quien les diera e infundiera tan peregrinas certificaciones y

certidumbres.

Ya que no se recompensara a Juan Rodríguez Bermejo, debieron

concedérseles los diez mil maravedís anuales y vitalicios a los

herederos de Martín Alonso.

Don Cristóbal no era tan justo como han sostenido sus defensores y

aclamadores a todo trance. Y la iniquidad no deja de informar algunas

veces los actos de los soberanos más ensalzados por sus virtudes.

Martín Alonso, con su pericia y con su buen sentido, cualidades que, en

ciertos casos, pueden valer y valen más que las teorías y las

elucubraciones empingorotadas, fué la causa de que el descubrimiento de

América se anticipase.

Sin los consejos del célebre piloto en cuanto a la ruta que debía

seguirse, el hallazgo del Nuevo Mundo se hubiera retrasado, no se

hubiera dado con él por las islas Lucayas, sino por otra parte más

remota, luego de esfuerzos y contratiempos sobre los ya sufridos, o lo

que es más seguro, hubiera fracasado la empresa.

Relativamente a este extremo fueron interrogados algunos testigos en el

pleito entre don Diego Colón y la Corona, «si sabían que el dicho

almirante le preguntó que si le parecía que fuesen aquel camino, e que

el dicho Martín Alonso le dijo que no, que muchas veces se lo había

dicho que no iban bien, que tornasen la cuarta de sudueste e que darían

en tierra más aína; e quel dicho almirante le respondió: pues hagámoslo

así; e luego mudó la vía por industria y parecer del dicho Martín Alonso

Pinzón, el cual era en aquel tiempo hombre muy sabido en las cosas de la

mar».

Las contestaciones de los testigos fueron afirmativas. Todos, menos uno,

hablan por referencias: pero la declaración de Francisco García Vallejo,

que había estado en la armada y presenciado lo sucedido, es

incontrovertible: «Sabe e vido que dijo Martín Alonso Pinzón el dicho

viaje: señor; mi parecer es y el corazón me da que si descargamos sobre

el sudueste, que hallaremos más aína tierra, y que entonces le respondió

el dicho Almirante don Cristóbal Colón: pues sea así, Martín Alonso,

hagámoslo así, e que luego, por lo que dijo Martín Alonso, porque era

hombre muy sabido en las cosas de la mar, se tomó el dicho acuerdo, e

que lo sabe porque se halló presente».

Ninguna prueba superior para el esclarecimiento de este asunto, a las

confesiones de Colón en su _Diario_: El sábado 6 de octubre, le indicó

Martín a don Cristóbal «que sería bien navegar a la cuarta del oueste, a

la parte del sudueste, y al Almirante pareció que no decía esto Martín

Alonso por la isla de _Cipango_, y el Almirante veía que, si la erraban,

que no pudieran tan pronto tomar tierra, y que era mejor una vez ir a la

tierra firme y después a las islas».

Desatendió Colón las indicaciones del capitán de la _Pinta_, y siguió

navegando al oeste; mas el domingo 7 de octubre «acordó dejar el camino

del oueste y poner la proa hacia ouesudueste, con determinación de andar

dos días por aquella vía».

No dos días anduvo por ella, sino hasta descubrir tierra hasta arriba,

en la madrugada del 12 de dicho mes, en la isla de Guanahaní, o sea al

poco tiempo de haber puesto en práctica las recomendaciones de Martín

Alonso, sobre la variación de itinerario.

* * * * *

En el regreso a España, Martín Alonso hizo gala de una pericia naútica y

una prudencia superiores a las de Colón.

La _Santa María_ había naufragado en los bajos de Maití, por

negligencia, por confianza o por sueño del Almirante y de la gente de la

nave, estando muy tranquila la mar, y emprendieron el viaje de vuelta la

_Niña_, mandada por don Cristóbal, y la _Pinta_, a las órdenes de Martín

Alonso.

Esta última se hallaba en deplorable estado. Así lo reconoce don

Cristóbal: «Esperaban muchas veces a la carabela _Pinta_, porque andaba

mal de la bolina, porque se ayudaba poco de la mezana, por el mástil no

ser bueno».

En el _Diario_ no se consignan las imperfecciones de la carabela de

Martín Alonso para elogiarle, sino para combatirle. «Si el capitán

della... tuviera tanto cuidado de proveerse de un buen mástil en las

Indias, donde tantos y tales había, como fué cudicioso de se apartar dél

pensando de hinchir el navío de oro, él se lo pusiera bueno».

De aquí resultaría que a Pinzón no se le ocurrió sustituír el mástil que

tenía roto su barco, y que el almirante sí se le ocurrió y pudo haberlo

sustituído por otro de buenísima calidad; pero no quiso hacerlo por

vengarse de la _cudicia de oro_ de Martín Alonso. De modo que si muchas

veces había que esperar a éste, era, en gran parte, a causa de las

venganzas de don Cristóbal.

Del 11 al 12 de febrero de 1493, sorprende a los navíos una horrísona

tempestad. Además, hacían agua por todas partes--carcomida su tablazón

por los microbios del Trópico--y tampoco llevaban lastre. El 14 por la

noche arreciaron los vientos, que arrancaron y alejaron a la _Pinta_ de

la _Niña_, habiendo aquélla desaparecido por completo de la vista de la

capitana en la madrugada del 15.

Desde entonces, cada carabela hace la navegación para el retorno con

independencia de la otra.

El 18 arriba la _Niña_ a la isla _Santa María_, del grupo de las Azores.

Había allí, a orillas del mar, una pequeña casa a manera de ermita, y

dispuso Colón, en cumplimiento de votos hechos con motivo del temporal,

que bajase a ella, en camisa, la mitad de su gente. Cuando estaban en

sus rezos, los isleños, unos a caballo y otros a pie, y mandados por el

capitán Juan de Castañeda, cayeron sobre los romeros y los apresaron.

Castelar escribe que le fueron devueltos al almirante; mas esto debió

soñarlo el preclarísimo tribuno, en cuyos trabajos históricos se mezclan

las investigaciones serias, las intuiciones maravillosas, las

grandilocuencias de estilo y las invenciones injustificadas.

Lo que consta en el _Diario_ es que Colón estuvo a punto de caer también

en poder de los portugueses.

El 4 de marzo llegó la _Niña_ a la roca de Cintra. El rey de Portugal se

hallaba en Belem, y Colón le escribió pidiéndole permiso para ir a

Lisboa. El monarca le mandó a llamar a su residencia, por medio de don

Martín de Moroña, y le agasajó mucho, sentándole a su mesa y haciendo

que le guardasen las mayores consideraciones los principales nobles;

pero a Don Juan II le molestaron, aunque aparentase que le cautivaban,

los descubrimientos y las relaciones de Colón, y ni siquiera lo supo

aparentar cabalmente, porque le dijo que aquellas conquistas, en virtud

de capitulaciones con Castilla y de pontificios decretos, le pertenecían

a él.

Don Cristóbal le refirió con tal afectación sus hallazgos, que don Juan

llegó a pensar si aquella manera de referir no sería más bien una

especie de venganza por no haber aceptado sus proyectos cuando le

brindara con ellos. Y habiendo oído a los del Consejo real, unos

dictaminaron que el almirante debía ser condenado a muerte por haber

engañado a los soberanos españoles, induciéndoles a invadir ajenos

dominios, y otros, que lo más cortés y lo más hábil era ser hospitalario

con los súbditos extranjeros y apoderarse de los descubrimientos de

Colón calladamente y por la fuerza.

Martín Alonso, a pesar del mal estado de su nave, hizo el regreso sin

tocar en territorios portugueses y encaminándose y arribando a España.

* * * * *

Wáshington Irving y Roselly de Lorgues pusieron en circulación que

Martín Alonso, desde el puerto de Bayona, en Galicia, les escribió a los

reyes dándoles cuenta del descubrimiento de América y apropiándose la

gloria de haberlo realizado.

Nadie ha podido dar con la carta en archivos públicos ni particulares.

Es muy probable que la escribiese, y aun pudiera añadirse, aumentando

los grados de la probabilidad, que era deber de Pinzón no dejar de

escribirla. En cuanto a que intentara atribuírse todos los honores del

hallazgo del Nuevo Mundo, hay testimonios que demuestran que no tuvo

inconveniente en pregonar los merecimientos de don Cristóbal. Juan de

Aragón, vecino de Moguer, que halló en el mar a la _Pinta_, cerca de

Palos, declaró en el pleito entre don Diego Colón y el fiscal regio: «Un

Martín Alonso Pinzón dijo a este testigo y a los demás que don Cristóbal

Colón y Juan Niño y sus hermanos y parientes habían descubierto Indias».

Pedro Enríquez, vecino de Palos, visitó la _Pinta_ en Bayona, «e este

testigo vido los indios que traían de la isla de Guanahaní, e le dijeron

que el almirante había descubierto las Indias..., e este testigo hobo al

presente cuatro pesos de oro, que le dió el contramaestre».

Si hubiera dicho en la carta que Colón había perecido, nada de

particular tendría que así lo creyera, careciendo de noticias suyas

desde hacía mucho tiempo.

En lo que más empeño ponen ciertos escritores, para agigantar hasta lo

inconmensurable la figura de don Cristóbal, es en hacer constar que

Pinzón les pedía a don Fernando y a doña Isabel que le recibieran, y que

se negaron a ello. La parcialidad de don Fernando Colón asegura que le

contestaron que no compareciese a su presencia sino en compañía del

almirante, y que esta respuesta le produjo tanto pesar que «cayó enfermo

y se dirigió a Palos».

Pinzón no hubiera tenido necesidad de especial permiso para presentarse

ante la Corte, porque no desempeñaba ningún cargo de real nombramiento.

Y si en la epístola del ilustre piloto se hubieran ocultado los

servicios y méritos de don Cristóbal como descubridor, los historiadores

y cronistas de la época, en los que nada se encuentra sobre tales

negativas, las hubieran tratado y comentado con viveza, porque no

hubieran podido menos de causar hondísima sensación.

Ni se negó la Corte a recibirle, ni enfermó, ni murió de amargura por la

repulsa. Pedro Arias, Alonso Vélez y otros testigos afirman que estando

Martín Alonso para ir a hacer relación a Sus Altezas, murió del mal que

traía. Y Diego Rodríguez Colmenero vió «que la reina doña Isabel mandó

un mensajero que fuese Martín Alonso ante ella para informarla, y cuando

el mensajero vino era fallecido». «Murió del mal que traía», del que le

habían producido los rudísimos trabajos del viaje al Nuevo Mundo, y

especialmente los del regreso a España.

Se le dió sepultura en el Convento de la Rábida.

Por su valor, porque sin su colaboración no se hubiera hecho entonces el

descubrimiento de América, y por sus excepcionales dotes de marino,

puestas de relieve en diversidad de ocasiones, y sobre todo en la

inmortal empresa, bien merecía que las musas le hubieran ensalzado y

llorado, que los ingenios de aquellos días heroicos hubieran prorrumpido

en profundas lamentaciones y ceñídole a su memoria las coronas de

laureles eternos que la posteridad le ha hecho ya la justicia de

consagrarle.

* * * * *

Martín Alonso dejó cuatro hijos y una hija. Dos de aquéllos, Arias

Pérez, que era el mayor, y Diego Fernández, fueron muy arriesgados y

hábiles marineros y acompañaron a su tío Vicente Yáñez Pinzón en el

famoso viaje en que descubrió el Brasil.

La hija estaba demente. En 1503, Arias Pérez se dirigió al rey dándole

cuenta de que la muchacha padecía de gota coral y de que la tenía en su

casa desde hacía cinco años, y solicitando que, pues no podía sufrir más

las impertinencias y los disgustos debidos a su enfermedad, se obligara

a cada uno de los otros hermanos a que la soportaran tanto tiempo como

él lo había hecho, y que, si se negaban a ello, se entendiese que

renunciaban a la parte que al fallecimiento de la pobre loca pudiera

corresponderle de los bienes que había heredado de su padre. «E

Nos--contestaba Fernando V a estas reclamaciones--tuvímoslo por bien».

El primogénito de Martín Alonso estaba cansado de su hermana; los demás

no querían aguantarla, y por eso las demandas de Arias a la majestad

real.

Si los de su sangre la rechazaban, los extraños no la iban a recoger.

Los obligados a protegerla no tenían que castigar sus patrimonios para

los gastos de su sustentación y cuidado. Ella contaba con hacienda

propia. Y ni aun así la aceptaban. Tenía, la infeliz, destemplada la

armonía del entendimiento. Y tenían sus hermanos destemplada la armonía

del corazón.

Son verdaderamente tristes la infelicidad de la hija y el egoísmo de los

hijos de Martín Alonso.

* * * * *

Don Cristóbal, sin la ayuda que en dinero, hombres y buques le

proporcionaron Martín Alonso y sus hermanos, no hubiera podido emprender

su viaje, ni descubrir el Nuevo Mundo.

La contribución de los Pinzones a la empresa, ¿sería completamente

desinteresada?

Las pretensiones de Colón para en el caso de encontrar los territorios

con que soñaba motivaron el que no pudiera entenderse con el rey de

Portugal y estuvieron a punto de darle idéntico negativo resultado con

los Reyes Católicos.

Casábase en su espíritu la idealidad con los cálculos y los apetitos.

Y los Pinzones, ¿serían tan altruístas que tomasen parte en la

expedición sin ninguna mira material, románticamente, nada más que por

hacerse famosos?

Martín Alonso, a juzgar por el testimonio de sus contemporáneos, «era

hombre de gran corazón, que trabajaba de hacer lo que otro no pudiese,

porque de ello hobiese memoria»; pero, por grandes que fueran sus ansias

de renombre, nadie se mueve sino por su interés y utilidad, como apunta

el padre las Casas, refiriéndose a esta cuestión, en su _Historia

apologética de las Indias_.

No existen documentos en los que se consignen tratos entre Colón y

Martín Alonso; lo que no obsta para que sea muy humano y muy verosímil

que los hubiera y que los otorgasen verbalmente. Tampoco es imposible,

ni improbable, que los consignaran por escrito y que éste se perdiera.

Las Casas indica que era general la creencia de que Colón le había

ofrecido al piloto la mitad de las honras y de los provechos que

consiguiese, y aunque opina el insigne historiador que hubo promesas,

no se explica que siendo Martín hombre avisado no le hubiera pedido al

almirante aseguranza formal de ellas, y le extraña que, habiendo

conocido y tratado al capitán de la _Niña_, nunca le hubiera oído nada

de esos convenios, y que los herederos de su hermano mayor no hubieran

reclamado judicialmente su cumplimiento.

Es chocante el silencio de Vicente Yáñez. Respecto al pleito, fué

interpuesto después. En cuanto a la escritura, hubiera sido ineficaz en

lo relativo a los honores, sin el consentimiento y la aprobación de los

reyes. Ahora bien; pudieron otorgarla, por lo tocante a las utilidades,

y ajustar lo demás de palabra, para legalizarlo, con la regia venia, en

ocasión oportuna.

De los testigos del pleito, Francisco Medel oyó que Colón le había

prometido a Martín Alonso _cuanto pidiese y quisiere_, si le acompañaba;

Alonso Gallego _oyó también que partiría con él como hermano_ todo lo

que ganase, y Diego Fernández Colmenero afirma que _le prometía la

mitad de todo el interés de la honra y del provecho_.

* * * * *

Colón no les ofreció a los Reyes Católicos descubrir un nuevo mundo,

sino encontrar un camino más corto que el seguido hasta entonces para ir

a las Indias y llegar al oriente de éstas navegando al occidente.

Apoyándose en las que él llamaba «razones de cosmografía», pensaba que

era corta la distancia entre las costas occidentales de Europa y Asia y

las de Catay y Cipango. Se proponía buscar el _levante por el poniente_

y pasar al nacimiento de las especias. «Vuestras Altezas ordenaron--dice

en el prólogo del _Diario_ de su primer viaje--que no fuese por tierra

al Oriente, por donde se acostumbraba de andar, salvo por el camino de

occidente, por donde hasta hoy no sabemos por cierta fe que haya pasado

nadie».

Estas ideas cosmográficas eran las de Pablo Toscanelli, que,

escribiéndole a Fernando Martínez, canónigo de Lisboa, y enviándole a la

vez una carta geográfica para el rey de Portugal, le invita a reparar en

que en ella «está pintado en derechura por poniente el principio de las

Indias».

Cuando don Cristóbal se dispuso, el 23 de octubre de 1492, a partir para

la isla de Cuba, creyó que era la de _Cipango_, y el 14 de noviembre

«maravillóse en gran manera--cerca de Puerto del Príncipe--de ver tantas

islas y tan altas, y se figuró que son aquellas innumerables que en los

mapamundos en fin de oriente se ponen».

Al regreso, en 1496, de su segundo viaje, visitó a su íntimo amigo

Bernáldez, el famoso párroco de la villa de los Palacios, y le refirió

cómo se le había ocurrido la idea de buscar las tierras del gran _kant_,

soberano del Asia oriental, navegando al occidente.

En la carta denominada _Lettera rarisima_, que don Cristóbal dirigió,

desde Jamaica, en 7 de julio de 1503, «a los cristianísimos y muy

poderosos rey y reina de España», notificándoles lo ocurrido en el

cuarto viaje, hay pruebas de que persistía en su error en aquella fecha

al final de sus expediciones y trabajos. «También dicen que la mar boxa

a _Cyguare_ y de allí a diez jornadas está el río de Gangues». Se

imaginaba estar cerca del Ganges, en el continente asiático. «Llegué a

trece de mayo en la provincia de _Mago_, que parte con aquella de

_Catayo_». ¿No recuerdan estas palabras el capítulo LXV de los _Viajes_

de Marco Polo? ¿No se inspiraría en él el almirante para escribirlas?

Obsérvese, de paso, que constituyen una irrebatible demostración de que

Alejandro de Humboldt no estaba en lo cierto al sostener, en sus

magníficos estudios sobre el descubrimiento de América, que le era

desconocido a don Cristóbal el libro del afamadísimo viajero veneciano.

Como ha dicho el laborioso historiador don Cesáreo Fernández Duro, «de

hallar Colón lo que no buscaba y del convencimiento en que murió de

haber llegado al Asia, se infiere que para el descubridor del Nuevo

Mundo el Nuevo Mundo no existió.

Martín Alonso regresó a España con la seguridad de que acababa de

romperse el misterio de tierras desconocidas.

EL PRIMER VIAJE ALREDEDOR

DEL MUNDO

MAGALLANES Y ELCANO

I

Hernando de Magallanes había prestado a Portugal excelentes servicios, y

no habiendo recibido del rey Don Manuel todas las distinciones y

recompensas que por ellos le eran debidas, renunció a su nacionalidad y

se ofreció al emperador Carlos V. También se le ofrecieron, incomodados

por análogas postergaciones, Ruy Falero, notable astrónomo lusitano, y

Cristóbal de Haro, opulento comerciante, natural de Amberes, que

residía, desde hacía varios años, en Lisboa, donde se dedicaba a

comerciar en grande escala, por medio de agentes, con los territorios

descubiertos por los portugueses en la India oriental.

A Magallanes, muy experto marino y entendido cosmógrafo, le preocupaba

el afán de encontrar un estrecho en el mar del sur para pasar al

oriente, a las islas tan renombradas de la Especería, por otro camino

que el del cabo de Buena Esperanza. Y tenía por indudable que aquellas

islas no correspondían a Portugal, sino a España, según la línea de

demarcación trazada, decretada y rectificada por el pontífice Alejandro

VI para prevenir diferencias y conflictos entre ambas naciones.

Ofreció a la majestad de Carlos V la busca de dicho estrecho y el

dominio del país de las especias y solicitó, si no se le quisieran o no

se le pudieran proporcionar recursos materiales para la empresa,

autorización para acometerla, siendo de su cuenta y de la de sus

compañeros los gastos que originara.

Desde que Cristóbal Colón descubrió el Nuevo Mundo venía siendo objeto

de los desvelos y las investigaciones de los navegantes, así como de los

cuidados del Gobierno español, la busca de un paso para las tierras del

gran Cant, y hallado el mar austral por Vasco Núñez de Balboa, se

inquirió con diligencia infatigable si aquel mar tendría comunicación

natural con el Atlántico, habiendo resultado negativas las exploraciones

hechas y derivádose más adelante de su infructuosidad numerosos planes

para la confluencia de los dos Océanos o para trasladar del uno al otro

las mercancías a través del Istmo.

No podrían menos de interesar a la Corte y al Consejo de Indias tales

ofrecimientos, por responder a dos anhelos tan acentuados en aquella

época como el de hallar el paso al Oriente y el de traer a España los

riquísimos productos de sus regiones.

La indignación del país vecino a consecuencia de estas ofertas y de la

benévola acogida que se las había dispensado, llegó al extremo de que

don Alvaro de Costa, embajador de Portugal en Madrid, hizo los mayores

esfuerzos para desacreditar a Magallanes. «Ahora--le escribía a su

soberano--hablé muy serio al rey, presentándole muchos inconvenientes;

«cuan feo era recebir hum Rei os vasalos de outro Rei seu amigo a sua

vountade, que era cousa que entre caballeiros se nam acostumaba; que no

era tiempo de disgustar a V. A., y más en cosa de tan poca importancia y

tan incierta, que vasallos tenía para descubrimientos, sin echar mano de

los que venían descontentos de V. A., y de quien V. A. no podía menos de

tener sospechas». Con tanto desenfado le habló don Alvaro al Emperador,

que al enterar aquél al rey don Manuel de los términos y los tonos de la

entrevista, emplea estas palabras: «Quedó espantado con lo que le dije».

De quien el monarca lusitano no debía preocuparse era de Ruy Falero.

«Del bachiller no se haga caso; duerme poco y anda casi fuera de seso».

En cuanto a Magallanes, Faria y Sousa asegura, en su _Europa

portuguesa_, que el obispo de Lamego, don Fernando de Vasconcelos, votó

que el rey o le hiciese merced o le hiciese matar, porque era

peligrosísimo para el reino lo que intentaba. Según Herrera, andaban

entrambos--Magallanes y Falero--«a sombra de tejado, y cuando los

tomaba la noche en casa del obispo de Burgos enviaba sus criados que les

acompañasen».

La protección de don Juan Rodríguez de Fonseca, y en especial la del

emperador, a quien, desde los primeros momentos, le inspiraron simpatía

los planes de Hernando y sus colegas, dieron al traste con las

maquinaciones fraguadas y las artes invertidas para imposibilitarlos.

¿Traicionó Magallanes a Portugal poniéndose a nuestro servicio? Hay que

decidirse, sin vacilaciones, por la negativa. Los desleales a su nación

serán los gobernantes que no recompensen debidamente a quienes se

desvivan por ella; mas no los ciudadanos que la abandonen por semejantes

ingratitudes. Ni Magallanes cometió ninguna injusticia contra su país,

porque pertenecían al nuestro las islas Molucas, desde donde los

portugueses llevaban las especias a Calicut.

Aniquilados cuantos obstáculos se oponían a la expedición, el César

dispuso que a su costa--porque lo que se arriesgaría sería poco, si

resultara estéril, e inmensas las honras y ganancias que se obtendrían

si se alcanzase el éxito apetecido--, se equipare una flota.

En cumplimiento del imperial mandato, se aprestó una de cinco naves: la

_Trinidad_, de ciento diez toneles; la _San Antonio_, de ciento veinte;

la _Concepción_, de noventa; la _Victoria_, de ochenta y cinco, y la

_Santiago_, de sesenta y cinco.

Don Martín Fernández de Navarrete, en su famosa _Colección de los viajes

y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del

siglo XV_, establece la diferencia entre la capacidad de los toneles y

la de las toneladas. Por aquéllos se daban a entender antiguamente los

vizcaínos, y por éstas los sevillanos de la carrera de Indias. Las

medidas de unos y otras «estaban en la razón de cinco a seis; de modo

que diez toneles hacían doce toneladas».

Las naves las adquirió en Cádiz, por orden de Su Majestad, el factor

Juan Aranda, e incluídos los bateles y los aparejos de ellas, costaron:

la primera, doscientos setenta mil maravedís; la segunda, tres cientos

treinta mil; la tercera, doscientos veintiocho mil setecientos

cincuenta; la cuarta, trescientos mil, y la quinta, ciento ochenta y

siete mil quinientos.

La _Trinidad_ sería la capitana, y su gobierno y el supremo de las demás

se adjudicaría a Hernando de Magallanes; la capitanía de la _San

Antonio_, a Juan de Cartagena, veedor de la expedición; la de la

_Concepción_, a Gaspar de Quesada; la de la _Victoria_, a Luis de

Mendoza, y la de la _Santiago_, a Juan Serrano. Juan Sebastián Elcano

iría en la _Concepción_ en calidad de maestre.

En la iglesia de Santa María de la Victoria de Triana, en Sevilla,

recibió Magallanes el estandarte real, de manos de Sancho Martínez de

Leiva, a quien, como representante del emperador, hizo juramento y

pleito homenaje de que en la empresa que se le encomendaba se

conduciría como buen vasallo; e idénticos votos le prestaron a

Magallanes los capitanes y oficiales de las otras naves.

Ruy Falero, por habérsele quebrantado la salud, se quedaría en España de

orden de Su Majestad Imperial. De la enfermedad del renombrado astrónomo

se ocupan, con ingenuidad pintoresca, nuestros historiadores de Indias.

Gonzalo Fernández de Oviedo dice que «aquel mesmo año el Ruy Falero,

como era subtil y muy dado a sus estudios, por ellos o porque Dios así

lo permitiese, perdió el seso y estuvo muy loco y falto de raçón y de

salud, y Çesar lo mandó curar y tratar bien». Francisco López de Gómara

se expresa de este modo: «Era Ruy Falero buen cosmógrafo y humanista...

Y enloquesció de pensamiento de no poder cumplir con lo prometido, o

como dicen otros, de puro descontento por enojar y deservir a su rey».

¿No perdería la razón obsesionado con la idea de que el embajador de

Portugal, en Madrid, don Alvaro de Costa, le hubiera dicho al rey Don

Manuel que estaba a punto de perderla y que no hiciera de él aprecio

alguno?

La raza: Descubridores · 第 1 / 6 段