No puedo negar que me encontré muy a gusto en mi casita de la calle de
Arenal, tan bien «vestida», tan elegante, con todas las cosas tan a la
mano y tan a la medida de mis necesidades. No me veía harto de pisar el
suelo alfombrado, de arrellanarme en los blandos sillones, de
contemplarme en los espejos de los armarios, de recrear la vista en los
cuadros de las paredes y en los bronces y porcelanas que coronaban los
muebles de fantasía o guardaban las artísticas vidrieras, ni de tender
mis huesos en la mullida y voluptuosa cama a esperar el sueño, que no
tardaba en llegar, como un aleteo suavísimo de geniecillos bienhechores.
¡Qué poco se parecía todo aquello a la casona de Tablanca, tan grande,
tan vieja, tan desnuda... y tan fría!
También me hallé muy complacido entre el grupo, no muy numeroso, de mis
íntimas amistades, lo mismo cuando departíamos sobre lo ocurrido en el
escenario de nuestro mundo desde que yo faltaba de él, que cuando
servían de motivo a sus bromas la «pátina montaraz» de que veían
empañada toda mi persona, o las nuevas aficiones a las cuales me
mostraba inclinado, aunque cuidando mucho de no descubrir el oculto
resorte del aparente milagro.
Lo que no me gustaba tanto eran las muchedumbres y el ruido y la línea
recta informándolo todo, en el suelo de la calle, en los muros paralelos
y compactos de las casas enfiladas, en la piedra y en el hierro de las
jaulas del vecindario, avezada como tenía la vista a las curvas
ondulantes y graciosas de la Naturaleza, al ordenado desorden de sus
obras colosales y a la sobriedad jugosa y dulce de sus tonos severos.
Echaban de menos mis pulmones el aire rico y puro de la montaña, cuando
se henchían del espeso y mal oliente de los grandes centros recreativos
atestados de luces y de gentes; y andaba con la cabeza muy alta aun por
los sitios más espaciosos, por la costumbre de buscar la luz por encima
de los montes; antojábanseme las calles hormigueros y no viendo en ellas
más que las obras y los fines de la ambición humana, cuando elevaba mi
vista más allá de los aleros que asombraban la rendija de la calle, no
descubría siempre la imagen de Dios, o la veía menos grande que la que
me reflejaban forzosamente los gigantescos picachos de Tablanca en
cuanto clavaba mis ojos en ellos. Yo hubiera querido en tales casos una
componenda entre los dos extremos, algo por el estilo de lo que sentía
Gedeón cuando se lamentaba de que no estuvieran las ciudades construidas
en el campo; pero no siendo posible la realización de mis deseos, no muy
apremiantes, me habría acomodado tan guapamente a estas y aquellas
relativas contrariedades, entre las cuales había nacido y vivido y hasta
engordado, sin la menor sospecha de que pudiera haber cosa mejor
dispuesta y ordenada para el regalo y bienestar de una persona de buen
gusto, en parte alguna del mundo conocido.
Lo de las muchedumbres, que comenzó por desagradarme un poco, ya llegó a
ser harina de otro costal. No hay como las picaduras del amor propio o
las insinuaciones del egoísmo para sacar de su paso a los hombres más
parsimoniosos. Cada vez que salía de casa o asistía a un espectáculo,
siempre, en fin, que me veía envuelto en los oleajes del mar de
transeúntes o de espectadores, me acordaba del dicho de Neluco y me
preguntaba a mí propio: ¿quién soy yo, qué represento, qué papel hago,
qué pito toco en medio de estas masas de gente? ¿Para qué demonios
sirven en el mundo los hombres que, como yo, se han pasado la vida como
las bestias libres, sin otra ocupación que la de regalarse el cuerpo?
¿Quién los conoce, quién los estima, quién llorará mañana su muerte ni
notará su falta en el montón, ni será capaz de descubrir la huella de su
paso por la tierra? ¿Y para eso, para vivir y acabar como las bestias,
soy hombre y libre y mozo y rico? ¿No serían una mala vergüenza una vida
y una muerte así? Y me iba con el pensamiento a las agrestes soledades
de Tablanca, donde no existía un desocupado, ni un egoísta, ni un
descreído, y había visto yo morir a mi tío abrazado a la cruz entre las
bendiciones y las lágrimas de todo el pueblo. Esto sería triste y
«obscuro» ante la consideración de un elegante despreocupado; pero era
luminoso y grande a los ojos del buen sentido y de la conciencia sana.
Quedábame algunas veces, sin embargo, la duda de si estas reflexiones
eran legítima y directamente nacidas de la observación serena y
desinteresada, o venían impuestas por la idea de mi adquirido
compromiso, ineludible ya; pero la verdad es que aquellas dudas se
desvanecían fácilmente, y que cada día que pasaba me era menos agradable
el desairado papel de comparsa anónimo que había hecho yo en el montón
decorativo de esa incesante farsa de la vida.
Contribuía mucho a sostener el calor de estos sentimientos, mi frecuente
y animada correspondencia con Neluco, el cual no era menos expresivo,
discreto e intencionado con la pluma que con la palabra; y digo lo de
intencionado, porque nunca le faltaba un pretexto en las cartas para
dedicar el mejor párrafo de ellas a Lita, de manera que me enterara yo
de lo que me «añoraba» la hija de Mari Pepa, sin que pareciese noticia
de ello lo que me decía. Yo seguía un procedimiento semejante para que
se enterara ella de que no la echaba en olvido un solo momento; y así
fomentaba y tenía en incesante cultivo este delicado fruto de mi
transcendental evolución, dentro de los límites que yo me había trazado
para eso.
Me daba minuciosa cuenta del estado de las cosas de allá que podían
interesarme; me consultaba dudas o me apuntaba ideas sobre los encargos
que le tenía hechos, o me esbozaba otros planes que siempre me parecían
bien. Así me defendía de las malas tentaciones con que me asediaban los
diablejos de mi vida pasada, en cuyas garras había vuelto a caer. Entre
tanto, ordenaba y disponía mis caudales de modo que los tuviera siempre
a la mano por alejado que me viera de ellos; y por último, me atreví con
lo que más me dolía y a lo cual llamaba yo «quemar mis naves»: «deshice»
mi casa. Quería destruir el nido para no tener tanto apego al árbol.
Empaqueté lo más, vendí muy poco y regalé algo de ello a mis amigos.
Envié lo empaquetado a la Montaña, y me instalé en una fonda.
Entonces fue cuando me puse a mirar, con verdadera y reposada atención,
el consabido cuadro «desde lejos». Como «obra de arte», me parecía
bellísimo; como realidad, no tanto; pero había que tener en cuenta la
luz y los «adherentes» que me deslumbraban algo en mi observatorio, y la
incesante y maléfica labor de los diablejos empeñados en que yo no
saliera de Madrid y volviera a las andadas. Ello fue que, sin meterme en
grandes filosofías, salí triunfante de la prueba con poquísimo esfuerzo
de mi voluntad. Verdad es también que, por buenas o por malas, yo,
decentemente, necesitaba triunfar en aquel empeño.
A todo esto, me carteaba mucho con mi hermana; y al darle la noticia de
la muerte de nuestro tío y de sus disposiciones testamentarias, no la
había omitido lo de mis propósitos de continuar su obra en el valle.
Como la carta fue escrita en aquellos días de mis entusiasmos bucólicos,
la hablé largamente de mis proyectos de vivir allí y de reformar la
casona para hacerla más llamativa y pegajosa... en fin, de todo menos de
lo principal: quiero decir, de la «santa» a quien se debían los milagros
de mi conversión. El caso es que mi hermana alabó mucho mis
resoluciones, y hasta me prometió hacer un viaje a España con todos sus
hijos, ya que a su marido no le podía arrancar de sus ingenios y
cafetales ni con agua hirviendo, sólo con el fin de vivir conmigo una
buena temporada en la casona tan pronto como yo la dijera que ya se
hallaba habitable. Así como así, estaba ya harta de «moliendas»,
«trapiches» y «bagazos»... y hasta del sol ultramarino que la derretía,
y deseaba cambiar de aires y de panoramas... y de repostero. Después me
atreví a apuntarle la idea de sujetarme al terruño con los lazos del
matrimonio, y la conveniencia, a mi juicio, de elegir por compañera una
mujer como la que le pintaba por ejemplo, copiando las condiciones de
Lituca. De perlas le pareció también todo esto. «A ello y cuanto antes»,
me decía por conclusión de una carta recibida por mí precisamente el día
en que entregaba la llave de mi casa a su propietario para establecerme
en la fonda.
Recuerdo muy bien estos particulares, porque no contribuyeron poco a
sostener mi firmeza en aquellos días críticos en que tan de temer eran
las vacilaciones.
Con los apuntes que había llevado yo a Madrid y otros que fue enviando
Neluco cuando se le pidieron, un arquitecto amigo mío y persona de buen
gusto, hizo un plan de reformas interiores de la casona de Tablanca, muy
adecuado al carácter y antigüedad del edificio: cosa seria y cómoda en
lo posible. Donde se nos corrió un poco la mano fue en mi gabinete. «Por
lo que pueda ocurrir», le había dicho yo al arquitecto. Entendióme la
intención, y se despachó a su gusto, y al mío también.
Con estos planos y pormenores a la vista, encargué a Neluco lo que debía
adquirirse por allá para lo fundamental de las obras; adquirí yo en
Madrid lo puramente accesorio y decorativo que me faltaba, y a la
Montaña con ello enseguida. Vamos, que andaba yo con estas cosas como
niño con zapatos nuevos.
En mayo empezó Neluco las obras, y a fin de junio, cuando ya estaban
terminadas las principales y más engorrosas y se desbandaban hacia el
Norte las gentes adineradas de Madrid, salí yo para la Montaña con una
impedimenta que metía miedo. Esta vez no me quedé en Reinosa para tomar
el camino del Puerto, sino mucho más abajo, para seguir por lo llano
hasta la desembocadura del Nansa, y a continuar después aguas arriba.
Este camino, aunque más largo, era menos incómodo para mí, y casi
indispensable para la conducción de la impedimenta que iba detrás.
Cuando llegué a Tablanca, me encontré a sus habitantes asombrados de lo
que estaban viendo en la casona. Aquel traqueteo de herramientas y
bullir de obreros y acopiar de materiales, no se había soñado jamás en
aquel pueblo, donde no se labró una casa ni acometió una obra que pasara
de levantar un «jastial», o reponer unos cabrios, o enderezar una
cumbre, en cuanto alcanzaba la memoria de los más viejos. Asustábales,
principalmente, el dineral que costaría todo aquello, y después el temor
de que «por el visual que iba tomando la casona por adentro», se les
cerraran la puerta y la cocina, teniéndolos en poco para darles entrada
libre como antes. Me costó Dios y ayuda convencerles de lo contrario,
aun haciéndoles ver por sus propios ojos, como ya se lo había hecho ver
Neluco más de dos veces sin fruto alguno, que no se tocaba la cocina ni
para profanarla con un blanqueo, y que sólo alcanzaban las reformas a
las piezas principales y a la escalera. Pero más que estas
demostraciones sobre el terreno, les convenció la parrafada que les
largué, casi un sermón entero, sobre lo que había sido, era y sería,
mientras yo viviera, aquel noble solar para los tablanqueses; la
importancia que daba y daría siempre a sus tertulias, y lo resuelto que
estaba a que las cosas siguieran allí como en vida de mi tío...
Convenciéronse al fin, pero no sin quedar yo convencido también de la
razón con que decía, sin que se lo creyéramos los que le oíamos, cierto
amigo mío, muy apasionado de la milicia, que debe ponerse mucho tiento
en lo de reformar «instituciones» viejas, aunque sea con el fin de
mejorarlas, porque, a veces, dos botones de más o de menos en el
uniforme tradicional, pueden influir hasta en el desprestigio o en la
indisciplina del regimiento que le usa.
Como esto fue lo primero que me impresionó al llegar a Tablanca, lo
primero sale a relucir en esta cadena de recuerdos de aquellos días y
sucesos; pues al dar la preferencia a la memoria de los más gratos, por
otro eslabón bien diferente hubiera comenzado. Dígolo por la impresión
inenarrable que me causó Lituca, a quien había dejado algo triste y muy
arrebujada en los pesados ropajes de invierno, y encontrada risueña como
una aurora de abril, y rebosando de juventud y frescura en sus hábitos
veraniegos, sencillos hasta la pobreza, pero limpios y alegres como el
plumaje de las tórtolas que la arrullaban desde su huerto florido.
Después, los fondos del escenario en que descollaba tan gentil figura:
antes desnudos, fríos, yertos, encharcados en agua o amortajados en
nieve; ahora la Naturaleza riente y vestida con la pompa de sus mejores
galas; los prados verdes y lozanos, los montes frondosos y habladores
con el rumor de las brisas jugueteando en su follaje y esparciendo por
todo el valle la fragancia más exquisita. Me costó muchísimo trabajo
contener en mi lengua las oleadas que subían de mi corazón cuando me vi
por primera vez enfrente de aquella criatura que cada día se me revelaba
con nuevos atractivos, y noté que leyéndome ella esta lucha en la
expresión de mis ojos o en el acento de mi voz, tampoco acertaba a
pintar con el colorido que la imponían «las circunstancias», el placer
con que volvía a verme. Entre tanto, su madre, su abuelo, Neluco, don
Sabas, Chisco, toda mi servidumbre, la hermana y el cuñado de Neluco, a
quienes había saludado a mi paso por Robacío; el vecindario entero de
Tablanca, todos parecían regocijarse hasta el entusiasmo con mi vuelta y
con mis planes y propósitos. Esto me halagaba mucho y hasta llegaba a
entusiasmarme, y a todo ello daba abrigo y refugio, con la imagen de
Lituca, en el fondo de mi corazón, empezando a dudar ya muy seriamente
si procedía de ésta sola aquella nueva luz que me embellecía todo cuanto
me circundaba, o había real y positivamente en ello algo capaz, por
virtud propia, de hacer el milagro de mi rápida conversión a otra vida
que poco antes me parecía insoportable. Porque lo cierto es que yo había
llegado a Tablanca por primera vez en el rigor del invierno y en las
peores condiciones que pueden imaginarse para la aclimatación en aquel
«medio», de un hombre de mis antecedentes; y vistas a la luz del sol
estival, tenían aquellas mismas cosas aspecto muy distinto. El valle,
vestido de verano, era hasta hermoso; la gente, animada y alegre; los
panoramas, mucho más interesantes por la abundancia de luz y limpieza de
los horizontes; la temperatura, hasta calurosa en los sitios bajos; las
fiestas y romerías, abundantes... y la más solemne y original de las
primeras, una que me había ponderado mi tío mucho, aunque no todo lo que
verdaderamente merece: la del reparto de la yerba del Prao-concejo en
agosto, que dura ocho días seguidos; la verdadera fiesta del trabajo.
Todo el pueblo concurre a aquella vasta y empingorotada pradera, vestido
de gala, para la designación de «partidores», bajo la presidencia del
«regidor» competente; y es de ver cómo aquellos «funcionarios», después
de decirles el regidor, descubriéndose la cabeza: «Hablen los
partidores», con una varita en la mano y sin saber una jota de geometría
ni de problemas de triangulación, van demarcando con equidad admirable
las «hazas» o suertes correspondientes a todo el vecindario; cómo se
sortean las hazas por grupos de cierto número de vecinos; cómo suben
antes de amanecer los designados para el día, y siegan la yerba y la
orean y la bajan al pueblo en el día mismo, en «basnas» (especie de
narrias), conteniéndolas en su descenso por el declive rápido del monte,
una pareja de bueyes enganchada detrás de cada basna, y cómo se continúa
esta patriarcal faena durante una semana, sin una sola protesta, por no
haber un solo perjudicado en la repartición, y cómo se colman los
parajes de Tablanca de aquel heno finísimo, sustancioso y fragante, que
es una verdadera riqueza para el valle, cuyos hermosos ganados tienen
bien merecida fama de ser los mejores de la provincia.
Después de esta bulliciosa solemnidad, que removió al vecindario entero
y le dejó rendido por la doble fatiga de los jolgorios y del trabajo,
dispuse yo el casamiento de Tona con Pito Salces. No se podía ya con
aquel bárbaro, que no cesaba de rogarme, con la cabeza gacha, los ojos
cerrados y sobándose las manos, que acabara de dar licencia a la mozona
para «echar _aqueyu_ a un lau, cuanti más antes».
Enseguida abordé a Chisco, le conté el caso y le dije:
--Y tú ¿te resuelves o no te resuelves a lo mismo?
A lo que el mozallón me respondió primero con una sonrisilla algo
truhanesca, y después con estas palabras, dichas con el mayor sosiego:
--Pues me he risueltu... a que no.
--¿Después de pensarlo bien?--le pregunté.
--¡Vaya!--me contestó echando un poco atrás la cabeza y metiendo las
puntas de sus manos en los bolsillos del pantalón. Y luego añadió en su
estilo dulce y reposado--: Cuando juí probe, me cerraban las puertas los
mesmus que me las abren ahora en «parracil», porque ya soy hombri de
caudalis; y esu de que a unu se le estimi por lo que tien y no por lo
que él vali de por sí mesmu... ¡jorria! a otru con la tostá, que yo ya
soy zorru vieju; y como mayormenti a mí no me apuran tampocu esas
cosas... con tal de que a usté no le estorbi yo en la casona con el mi
trabaju, pa largu tien sirvienti placenteru.
Congratuléme de ello muchísimo, por la cuenta que me tenía conservar un
criado de las raras prendas de aquél... y precisamente al otro día de
este suceso fue cuando yo «la hice» redonda.
Hallábame con Neluco en el gabinete, cuyas obras principales estaban ya
terminadas, y nos ocupábamos los dos en desembalar cosas de las muchas
que había traído yo de Madrid para decorarle, mientras se oía el
machaqueo y los cánticos a la sordina de los obreros en las piezas
inmediatas, hasta la escalera inclusive, cuando se me puso delante toda
la familia de don Pedro Nolasco, que, con el atractivo de las obras,
subía con frecuencia a la casona, aunque no tanto como el médico y el
Cura, que no faltaban de ella un solo día. Estaba la tarde calurosa, y
Lituca estrenaba un vestido de percal blanco con rayas azules; con el
cual, unos zapatines escotados, un capullo de rosa en el pelo junto a la
oreja, y una penquita de brezo florido en la boca, resultaba
verdaderamente hechicera. Encima de las cajas a medio abrir; sobre la
meseta de mármol de la chimenea, construida frente a la puerta; en el
zócalo de la artística embocadura con que se había sustituido el tabique
divisorio de la alcoba, y arrimadas a los ángulos de la habitación,
había piezas desarrolladas de rico papel imitando tapicería, y relucían
adornos de metal y baquetones dorados... ¡María Santísima, las
exclamaciones que hizo Mari Pepa al verlo, pensando que aquello valía
una riqueza, sin contar lo mucho que le gustaba!
--¡Ay, mi señor don Marcelo, qué a oscuras ha vivido una en estos
andurriales, sin saber pizca de las pompas con que se regalan en el
mundo las gentes poderosas! ¡Mire que tienen demontres estas hermosuras
tan relumbrantes que nunca se soñaron aquí! ¿Qué te paez, hija mía?
Padre, ¿qué le paez? ¡Mire que campa de veras!... ¡Vaya, vaya! Y ello,
¿pa qué es, don Marcelo? ¿Onde se ponen esas cosas tan majas? A ver, a
ver si nos entera, que es bueno saber de todo.
Sonreía Lituca sin decir una palabra; mirábalo en silencio y pasmadote
su abuelo; reíase de todas veras Neluco, y yo, haciéndome suma gracia
aquellas espontaneidades de Mari Pepa, satisfacía muy gustoso sus deseos
explicándola el destino de cada cosa y el de otras muchas que no estaban
a la vista, poniendo especial empeño en describir el gabinete, para que
lo entendiera bien Lituca, tal y como habría de ser después de
concluido. Y ya, puesto a describir, tras esta descripción hice la de
todas las piezas reformadas, para que se tuviera una idea de la
entonación general de la casa, mejora sencilla y no costosa, con
relación a mi modo de ver y de vivir hasta allí, pero motivo de asombro
y de estupefacción para Mari Pepa, que acabó por decirme encarándose
conmigo:
--Pues no seré yo, señor don Marcelo, quien tache a los pudientes porque
gasten su dinero en buscarse el regalo de la vida sin olvidarse al mismo
tiempo de los pobres, como lo hace usté; pero tampoco de las que se
traguen la tostá sin conocerla por el gusto... ¡Vaya, vaya!... Aquí hay
más mira de lo que paez al primer golpe... porque todos estos
perendengues y otros tales, antójanseme demasiado para un hombre solo...
Y quiera Dios que yo acierte y que para bien sea y cuanto antes, señor
don Marcelo... Pues también le digo que por alto que ella levante el
copete, bien la ha de caber aquí... Vaya, vaya, que una reina puede
vivir en tal palacio... ¡Jesús, Señor!... Conque mejor hoy que mañana,
don Marcelo, que así como así, no está sobrante de gentonas de viso este
pobre lugarón... ¡Pero qué tochadonas me atrevo a decirle a usté, Virgen
la mi Madre!... ¿No verdá, don Marcelo, que sabrá perdonármelas?
La inesperada ocurrencia de aquella mujer, delante de Lituca en quien
tenía yo puestos los ojos y el pensamiento sin cesar, me desconcertó en
tales términos, que no supe responderla más que con una risotada
maquinal; y me hizo tan extraña impresión en los profundos del alma, que
tomé la coincidencia como la voz de mi destino que me decía «ahora o
nunca». Obcecado en la idea y sintiéndola crecer y avasallarme por
momentos al ver lo que vi de pronto en la actitud violenta y en la cara
indefinible de Lituca, me aproximé al médico lo más disimuladamente que
pude, y le pedí que, por caridad de Dios, me sacara de allí a don Pedro
Nolasco y a su hija, mientras decía yo dos palabras a la nieta.
Acerquéme a ésta enseguida con la disculpa de enseñarla no sé qué
chucherías que asomaban entre los papeles colorados de una caja a medio
abrir; llevóse Neluco a los demás hacia el crucero, y la dije en cuanto
nos vimos solos:
--Su madre de usted está en lo cierto, por lo que toca al destino de
estas obras: no se hacen para mí solo; pero se equivoca en lo principal:
en lo que presume de la reina con quien deseo compartir este humilde
alcázar de mi señorío. No la preguntó a usted si desea conocerla,
porque, aunque no lo desee, es de gran necesidad para mí que la conozca,
y va usted a conocerla ahora misma... Pues sírvale de gobierno que esa
mujer a quien yo deseo hacer reina de este humilde palacio, y
principalmente de su dueño, es usted, Lita. Dígame si no le agrada el
trono con que la brindo, para pegarle fuego enseguida.
Se quedó la pobre, pálida y temblando, como si vacilara sobre ella la
mole del peñón de Bejos, y me vi y me deseé para arrancarla una
respuesta tan terminante como yo la quería. Metido en este empeño,
estuve pegajosón y baboso como un doncel primerizo... ¡qué demonio! como
estarán hasta los tenorios más «lagartos» cuando va la cosa de veras y
se pone en la jugada tanta cantidad de sí propio como de «lo mío» ponía
yo en aquélla. Al fin, sacándolo a pulso y gozándome en la turbación que
impedía a la infeliz ser más explícita conmigo, supe todo lo que
necesitaba saber, y otro poco que se me otorgó en premio del trabajo que
me costó adquirirlo. Tenía mucho miedo, la inocente, de algo que venía
notando en mí desde «cierto día»; miedo que no se atrevía a confesar ni
aun a su propia conciencia; porque ¿qué sabía ella de lo cierto y de lo
incierto, de lo bueno y de lo malo en esas cosas? Ahora se lo ponía yo
en claro, de pronto, «sin más ni más»; ¡yo! un hombre tan sabedor del
mundo y del trato de las gentes educadas, rico y en la mejor edad de la
vida para escoger entre lo bueno de lo mucho que habría conocido en otra
parte, porque todo, por grande que fuera, me lo merecía; ¡a ella! una
pobre e ignorante aldeanuca, del rincón más obscuro y apartado de la
tierra. Y por esta conciencia que tenía de lo ruin y miserable de sí
propia, ¿cómo no dudar de lo que veía y tocaba? Y si creía en ello,
¡cómo no espantarse con la seguridad de que no me saldrían todas las
cuentas que me había echado al proponerla lo que la proponía, ni qué
pena, mañana, más terrible para ella que la de no verse capaz de hacer
dichoso a un hombre que tan alta y regalada la había puesto!
¡Qué remonísima estaba cuando me decía estas cosas con alterada voz y
palabra torpe, despojando de sus farolillos encarnados con una mano, y
no muy firme, la penquita de brezo que sostenía con la otra, los ojos
humedecidos y cobardes, sonrosadas las mejillas y un poco agitado el
seno! Ella así y yo animándola con la mirada «enternecida» y la frase
dulzona, representábamos la escena sempiternamente cursi a los ojos de
un espectador desapasionado y frío; pero yo, que había sido de éstos
hasta entonces, la encontraba hasta sublime, y me producía sentimientos
e impresiones que jamás había notado en los profundos de mi corazón.
Acabó la escena, como tantas otras del teatro en que se fingen estos
pasajes de la vida humana, «oyéndose pasos» afuera, y saliendo nosotros,
gesticulando y diciendo sandeces «para disimular, al encuentro de los
que llegaban.
Y puestas aquí las cosas ya, ¿qué hacer? Pues lo que hice al día
siguiente: bajar al pueblo para pedir solemnemente la mano de Lituca a
su abuelo y a su madre, después de haber dado por la noche cuenta de mi
resolución al Cura don Sabas y al médico, que me la pusieron en las
nubes, particularmente el primero, que hasta lloró de entusiasmado, y,
por su gusto, hubiera mandado repicar las campanas en celebración del
acontecimiento, que tenía por providencial para la casona, para mí, para
Lituca y para el valle entero y verdadero.
Bajaba, pues, hacia el pueblo aquella inolvidable mañana de un día de
los últimos de agosto, recapitulando lo más sustancial y práctico de lo
muchísimo que había cavilado por la noche; contemplaba por última vez,
con los ojos de la imaginación, el panorama de mi pasada vida y mi
probable paradero con los rumbos adoptados en ella, examinaba después el
cuadro de sucesos e impresiones que me había traído últimamente a
aquellas tan peregrinas andanzas; empeñábame de nuevo en distinguir lo
principal de lo accesorio, las causas de los efectos, en el complejo
montón de ideas e impresiones que me llenaba la cabeza y el corazón;
sentíame unas veces enardecido y valeroso, y otras un poquito menos,
pero nunca arrepentido ni desalentado...
--...Y por último--llegué a decirme--, si las teorías de ese mediquillo
están bien fundadas; si la reconstitución del cuerpo degenerado y
podrido ha de venir por la sangre pura de las extremidades, alguien ha
de empezar esa obra eminentemente humanitaria y patriótica. ¿Y por qué
no he de ser yo?... Adelante, pues, con la dinastía de los Ruiz de
Bejos; y a fin de que en mí no se acabe, demos cuanto antes una reina
indígena a los tablanqueses, y bendiga Dios el intento para que le quepa
a éste mi rejuvenecido hogar la gloria de haber puesto la primera piedra
en ese monumento de regeneración en que cree y confiesa, con el
entusiasmo de un apóstol, Neluco Celis... Y aunque andando los días
resulte todo esto música celestial, ¿a qué más puedo aspirar yo, mundano
insípido y desencantado, que a vivir al calor de este fuego divino que
centelleaba en mi corazón y en mi cerebro, y me ha transformado, de
cortesano muelle, insensible y descuidado, en hombre activo, diligente y
útil?... Y para unos amores así, con una compañera como la que ha hecho
tan estupendo milagro, ¿qué mejor nido que este vallecito abrigado y
recóndito en que tan cercanos se ven, se sienten y se admiran los
prodigios de la Naturaleza, y la inmensidad, la omnipotencia y la
misericordia de su Creador?