XXXII

¡Vaya si me dio que pensar la ocurrencia de Neluco! Está visto que el

mayor interés de las cosas no depende de las cosas mismas, sino de sus

circunstancias y accidentes. Aquel mismo pensamiento, expresado en voz

alta por el médico, había pasado en silencio por mi mente poco antes sin

dejar en ella el menor rastro... Cierto, de toda verdad. Pero ¿de qué

había nacido el obstinado empeño que yo tuve desde que llegué a Tablanca

y conocí a la nieta de don Pedro Nolasco, en averiguar «lo que había»

entre ella y Neluco, dando por supuesto que «había algo...» y que

tijeretas han de ser? Al fin y al cabo, ¿qué me importaba a mí que lo

hubiera o no lo hubiera? Híceme estas preguntas, porque enlazando sus

motivos con el efecto que me había causado la inesperada ocurrencia del

empecatado mediquillo, cabía suponer la existencia, en que jamás había

creído, de ciertas corrientes misteriosas por lo más hondo e inexplorado

del corazón... De todas maneras, existieran o no esas corrientes, el

coincidir Neluco y yo, por impulso propio y espontáneo, en un punto tan

singular y concreto; yo esbozando la idea mentalmente, y él, como si me

la hubiera leído en el cerebro, presentándomela después con visos de

realidad, era sobrado motivo para consagrar al caso toda la atención que

yo estaba consagrándole. No se dan todos los días, en situaciones

semejantes, coincidencias de ese calibre.

Ello fue que me pasé las horas muertas desmenuzando la insinuación

inesperada del médico y sometiéndola, por fragmentos impalpables, a la

fuerza de un análisis escrupuloso. Así llegué hasta la felonía de

sospechar del desinterés de Neluco, creyéndole capaz de haberme apuntado

la idea, de acuerdo con la interesada, o con su madre siquiera. Pero me

bastó un instante de reflexión para desvanecer el recelo, con vergüenza

de haber caído en él.

En todas las edades de la vida tenemos los hombres algo de niños, y

siempre hay un «juguete» que nos llega cuando y por donde menos lo

pensamos, que nos sorprende y nos encanta y nos preocupa, y hasta «nos

hace buenos...» y además tontos. Dígolo porque no solamente me pasé el

resto de aquella tarde y una buena parte de la noche dando vueltas al

que me había regalado Neluco, para «ver lo que tenía dentro», sino que

al despertarme al otro día, lo primero que se me metió entre los cascos

del meollo fue la duda de si era o no la nieta del gigante de la

Castañalera tan guapa y tan donosa en realidad como el médico me la

había pintado y la había visto yo cuando me interesaba menos que

entonces; y con esta duda, el propósito firme de ir a aclararla con mis

propios ojos en cuanto me levantara... «Porque--lo que yo me decía--, no

es que me importe dos cominos, en definitiva, la aclaración; no es que

me llegue al alma por ninguna parte la persona, pero me interesa mucho

el caso. Se trata de un supuesto que pudiera realizarse el mejor día, y

es de suma necesidad verlo, pesarlo y medirlo todo minuciosamente y a

tiempo, para evitar ulteriores e irremediables desencantos.»

Y como lo pensé lo hice... y aun hice más de lo pensado; porque me

esmeré en el ropaje como nunca me había esmerado allí... y hasta me di

«brillantina» en la barba.

Encontré a Lituca de la misma traza que cuando la conocí y como la había

visto muchas veces mientras vivió en mi casa, de trapillo y trajinando;

con un chal de abrigo cruzado en el pecho y anudado atrás, despeinada y

con una bayeta en la mano, dale que le das para despolvorear los

muebles, y soba que soba para sacarles brillo. Se sorprendió mucho al

verme «tan temprano y tan _peripuesto_ al cabo de días y días sin

dejarme ver de nadie», y temió que aquella inesperada visita fuera «para

cosa mala». ¿Estaba enfadado con ellas? ¿Me habían dado, sin querer,

motivo para estarlo? Todo esto me lo dijo en su lengua pintoresca y

armoniosa, suspendiendo su trabajo, arreglándose con la mano libre,

blanquísima y rechoncha, los desordenados cabellos que le coronaban la

frente, y sonriendo con la boca, con los ojos parlanchines y con los dos

hoyuelos de sus carrillitos sonrosados. Me vi mal para responderla en el

tono que pedía la situación; porque la referencia a lo de ir yo tan

compuesto, me ruborizó un poquillo como si me hubiera descubierto una

flaqueza indigna de un hombre corrido por el mundo. Esto del ropaje lo

expliqué con la razón del luto que estaba obligado a llevar y no me

permitía salir de casa con los holgados y alegres vestidos de costumbre.

Lo de que mi visita fuera «para cosa mala» por las señas de aquellos

hábitos ceremoniosos, necesitaba una aclaración, y se la pedí a Lituca.

Hízomela diciendo que la cosa mala en que ella había pensado de pronto,

era una despedida para lejanas tierras, por no tener ya quehaceres en

aquéllas tan tristonas para mí. ¡Pensar yo en irme entonces de

Tablanca!... Podía jurar que nunca me había visto más apegado al valle.

Pero ¿por qué mi ausencia de él era calificada por ella de cosa mala?

--¡Otra, señor!--respondió a esto con la naturalidad más encantadora--.

¿Quiere que tenga por cosa buena el perder de vista a una persona como

usté?... ¡Mire que hasta le he comido el pan!

Soltó aquí una risotada de las que solía, y me pidió permiso para ir a

arreglarse un poco, «porque no estaba su ver para cabayero tan

principal», llamando enseguida a su madre para que me acompañara

mientras tanto. Que viniera su madre, santo y bueno; pero que fuera ella

a vestirse y acicalarse, de ningún modo... No lo podía consentir. O

había o no había franqueza entre convecinos y hasta comparientes tan

íntimos como nosotros. Cabalmente (esto no se lo dije a ella) estaba yo

gozándome en admirar, desde que había entrado, el extraordinario relieve

que adquirían los encantos de su hechicera persona sobre el fresco,

limpio y airoso desaliño que la envolvía. A puño cerrado creía que

Neluco y yo nos habíamos quedado cortos en la manera de verla y

admirarla. Quedóse al fin, llegó su madre, y entre las dos juntas me

pusieron para pelar, por «lo olvidadas que las tenía». Alegué por excusa

de mi apartamiento ocupaciones apremiantes dentro de casa, después de un

suceso tan grave como el ocurrido en ella... Nada me valió el recurso

ante aquellos dos diablejos que todo lo metían a barato. Acudió el viejo

Marmitón a la algazara. Cesó ésta unos instantes, y los utilicé yo para

averiguar cómo andaba el gigantón desde que no nos veíamos. Andaba «tal

cual» según el interesado, y mucho mejor que eso según Mari Pepa...

«porque ¡comía el bendito, que no había con qué llenarle!».

--¡Eso sí, gracias a Dios!--confirmó el aludido con su vozarrón de

siempre.

Estábamos ya en la sala; sentámonos todos, y empezó a enjuiciarse la

visita. Evocáronse por las mujeres los recuerdos de los trajines pasados

en aquellos días tan tristes, y aproveché la ocasión para ponderar la

soledad en que me había quedado y lo que las echaba de menos en casa...

Y no sé a punto fijo de qué modo se fue enredando desde aquí la

conversación, porque yo me mezclaba en ella maquinalmente con la

palabra, mientras tenía los pensamientos en Lita que estaba enfrente de

mí. Pero unos pensamientos muy extraños. Una vez me la imaginé vestida

con todos los perifollos de las elegantes de Madrid, y me produjo la

visión de lo imaginado tan deplorable efecto, que di un respingo en la

silla. Me parecieron una profanación aquellos arrequives en tal cuerpo

que no había sido formado para tener por fondos los artificios

convencionales de la ciudad, sino los inmutables y grandiosos escenarios

de la Naturaleza.

Por éste y otros derroteros semejantes iban mis pensamientos volando a

mi placer... hasta que me asaltó de repente el recuerdo de aquella

salvedad que había hecho Neluco por remate de la «cuenta» que estuvimos

echándonos los dos la víspera por la tarde. Podía la «huéspeda» no estar

conforme con ella si nos hubiera oído ajustarla. El diablo me lleve si

en aquel momento tenía yo resolución hecha de conducir a término plan

alguno relacionado con la aprobación de nuestros cálculos; y, sin

embargo, la duda surgida de repente en presencia de la «huéspeda» misma,

me contrarió muchísimo. No es el hombre onza de oro que a todos guste

por igual, aunque tenga muchas a buen recaudo, como yo las tenía

entonces; y podía suceder muy bien que Lituca no gustara de mí por

especiales razones... y hasta por estar prendada de Neluco sin que éste

lo supiera, pues todo cabía en el campo de los supuestos verosímiles.

Pero ¿cómo aclarar esta duda en el acto, sin descubrir el misterio de

mis intenciones? Y, sin embargo, aquello no podía quedar así; porque yo

necesitaba tener ese hilo principal en la mano para tirar de él cuando

me diera la gana, o para no tirar nunca si me convenía más. Egoísmo puro

y rebeldías insanas del amor propio contrariado; y como siempre que un

hombre, por corrido que sea, se halla en estas situaciones de ánimo, lo

primero que pierde es el sentido común, barruntando yo que iba a cometer

allí alguna majadería gorda si me dejaba dominar un poquito más del

prurito que empezaba a consumirse, di un recorte a la conversación que

seguía maquinalmente, y por terminada la visita, con la promesa formal,

¡vaya si lo era! de repetirla a menudo.

Yo no sé lo que pensarían en casa del viejo Marmitón del desconcierto

que debió de notarse entre las palabras que salían de mi boca y las

ideas que me retozaban en el cerebro, ni si le notaron siquiera; pero es

un hecho que a medida que andaba hacia la casona, formando serios

propósitos de ir aclarando la duda poco a poco, extrayendo del fondo de

la cristalina fuente las pedrezuelas misteriosas con las pinzas de mi

experiencia y el tacto de mi nativa serenidad para esas cosas, me

maravillaba del desarrollo que había alcanzado aquel arrechucho mío, y

de lo cercano que me había puesto de cometer una ligereza impropia, no

ya de un hombre maduro, sino de un colegial inexperto. Pero en lo

tocante a Lituca, no enmendaba una tilde de lo convenido. Era de lo más

mono y hechicero que podía buscarse en estampa y en carácter de mujer; y

además, lista y sensible y buena, sin contar lo de hacendosa y hábil.

Gran barro, indudablemente, para formar una compañera a su gusto un Adán

como yo, en un paraíso de la catadura de Tablanca.

Quiere decirse, y así es la pura verdad, que aunque pasó en breves horas

el arrechucho que me había sacado de mis ordinarios quicios, no se llevó

consigo la idea plácida que le había engendrado. Al contrario, me la

dejó en la mente, cristalizada y luminosa, irradiando sus destellos

peregrinos sobre todo cuanto me rodeaba, como el suave resplandor del

crepúsculo que aparece sobre el horizonte anunciando el espléndido sol

que viene detrás. Sería pueril, inocente, a los ojos de un mundano muy

corrido, aquél mi estado psicológico; pero lo cierto era que ya no me

creía solo ni desocupado en Tablanca, ni a oscuras, triste y en silencio

en la casona; y esto, algo más valía que la credencial de «hombre

incombustible», otorgada por otro, esclavo infeliz quizá de esa y otras

preocupaciones semejantes. Cabía temer que también pasaran estas ráfagas

consoladoras, como había pasado el huracán de antes, y yo lo temí

seriamente; pero iban corriendo los días, y lejos de pasar con ellos,

cada vez se dejaban sentir más halagüeñas y me traían nuevas fragancias.

Repetí las visitas a la familia de don Pedro Nolasco, porque así se lo

había prometido en la primera de las de aquella serie; y algo debieron

publicar de mi secreto mis ojos, o el timbre de mi voz o los átomos del

aire, pues sin haberse deslizado mi lengua un punto más allá de la raya

que la había puesto por límite, ya no era yo para Lituca lo que había

sido hasta entonces. Se le acobardaban los ojos enfrente de los míos,

era mucho más comedida en sus regocijadas expansiones, y le daban qué

hacer los frunces de su delantal cuando hablábamos solos, tanto como las

ideas y las palabras que empleábamos en la conversación. Estos síntomas,

que se fueron acentuando al andar de mis insinuaciones puramente

mímicas, llegaron a darme por aclarada la duda que tanto me había

carcomido, sin haber aventurado yo una sola palabra en el empeño: es

decir, que se me había ido a la mano el hilo que yo deseaba tener en

ella, solo, por su propia virtud, si no era por la fuerza de la

misteriosa corriente, en la que no podía menos de creer ya. En suma:

que, o me engañaba mucho mi bien acreditada experiencia en esos lances,

o podía tirar del hilo a mi antojo cuando me diera la gana.

Estaba, pues, en las mejores condiciones imaginables para hacer un alto

en mi empresa y examinar el terreno tranquilamente y a mi gusto. Sobre

si este modo de pensar era más o menos honrado y decente, no me puse a

discurrir, la verdad sea dicha. Convenía la parada a mis propósitos, y

la hice.

No por eso dejé de frecuentar la casa del octogenario de la Castañalera:

al contrario, y hasta comí con la familia dos veces en aquella

temporada; sólo que procuraba a menudo llevar a Lita al terreno y al

estilo de nuestras primeras intimidades, economizando mucho las

insinuaciones de otra casta, y usándolas únicamente para conservar

«arrimados los fuegos».

¡Y con qué docilidad tan hechicera acudía la inocente a mis llamadas!

Tampoco este procedimiento se pasaba de noble; pero me era muy

conveniente y con ello apaciguaba ciertos síntomas de rebelión que me

intranquilizaban la conciencia.

No era menos comunicativo que con la familia de Marmitón, con don Sabas,

con Neluco, con los sirvientes de mi casa, con mis tertulianos de

costumbre y con el pueblo de punta a cabo; pero con nadie lo fui tanto

como con Neluco. Me perecía por conversar con él; y como en estas

intimidades se me deslizaban en la lengua algunos destellos de la luz en

que se bañaban mis ideas en su escondrijo, el muy lagarto se sonreía a

la callada, y con bien escaso esfuerzo de ingenio iba descubriéndome

todo lo que yo no quería declarar. Por fortuna, era infinitamente más

discreto que yo en aquellas circunstancias, y todo quedaba reducido a

que cambiaran de madriguera los secretos que iban escapándose de la mía.

Volví a las andadas por montes y barrancos, y hasta me parecían llanos y

placenteros caminos y sendas por los cuales no andaba yo antes sino

echando los pulmones por la boca. También me acompañaban entonces Chisco

y Pito Salces; pero más respetuosos y hasta más serviciales, aunque

parezca esto mentira, que la otra vez, cuando yo no era amo y señor de

la casona, ni había tenido ocasión de mostrar ciertas larguezas que

Chisco no olvidaba un punto por lo que a él le tocaba, ni Pito Salces

por lo que atañía a la mozona de sus pensamientos. Prestándome gustoso a

todo lo que Neluco me había recomendado y continuaba recomendándome para

entretener las horas sobrantes del día y de la noche, visité una por una

mis haciendas, mis prados, mis heredades, mis castañeras y robledales,

mis casas, mis aparcerías de ganados; estudié con verdadero afán de

penetrarle hasta el fondo, el organismo, como decía Neluco, «de los

tratos y contratos de mi tío y sus aparceros y colonos», donde estaba la

enjundia del gran espíritu de este hombre benemérito que, sin políticas

bullangueras y perturbadoras, había logrado resolver prácticamente, y

por la sola virtud de los impulsos de su corazón generoso y

profundamente cristiano, un problema social que dan por insoluble los

«pensadores» de los grandes centros civilizados, y tiene en perpetua

hostilidad a los pobres y a los ricos. Con el estudio de estos hermosos

detalles, acabé de comprender lo que no comprendí a la simple lectura de

la «Memoria», en cuyo intencionado laconismo, por lo tocante a la obra

benéfica del patriarca, vi entonces otro rasgo de su exquisita

delicadeza en sus relaciones conmigo. Este estudio, aunque somero, me

ocupó días y días; me dio mucho y muy grato qué hacer y qué pensar, y

nuevas y muy hondas raíces de adherencia a aquel pobre terruño que por

instantes iba cambiando de aspecto ante mis ojos.

También le llegó su vez al huerto de la casona, como me había aconsejado

Neluco y lo hubiera hecho yo sin su consejo por espontáneo impulso de

las inclinaciones que iban apoderándose de mí, de día en día, de hora en

hora. Se cavó, se removió toda su tierra; se pusieron en buen orden las

plantas enfermizas que encerraba, y se trazó un regular pedazo de

jardín, que se plantaría debidamente cuando fuera tiempo de ello, lo

mismo que los cuadros destinados a frutales y hortalizas. Y era verdad

que no tenía pareja el olor de la tierra bien enjuta, removida a la luz

y al calorcillo vivificante del espléndido sol de febrero. Jamás lo

había notado hasta entonces... Cierto que tampoco me había puesto yo en

ocasión de notarlo.

Después de aquellas labores del huerto, como el tiempo seguía risueño y

primaveral, emprendí otras más rudas, entre ellas la de suavizar en lo

posible la cambera del pedregal, única vía de comunicación que tenía la

casona con el pueblo. No quedó el camino a mi gusto, pero sí muy

mejorado. Y no acometí enseguida las reformas que había ido proyectando

en el viejo caserón de los Ruiz de Bejos, porque éstas eran palabras

mayores, como decía el Cura, y me faltaban los elementos necesarios para

acometerlas. Pero se acometerían tan pronto como me fuese posible, y sin

miedo de que, entre tanto, se me adormecieran los propósitos, porque

cabalmente eran aquellas obras uno de los renglones más importantes del

plan de vida nueva que yo me había trazado y estaba trazándome

continuamente.

El Cura se pasmaba de aquellos mis afanes, y más con la mirada y con el

gesto que con palabras, me daba a entender lo satisfecho que estaba de

mí; Neluco no me perdía de vista un momento, y parecía entusiasmado con

los nuevos fervores míos, los cuales estimulaba con tentaciones de otras

golosinas, que al fin me hacía tragar con su diabólica estrategia. En

casa de Marmitón ponían en las nubes el milagro, y sólo en boca de

Lituca eran comedidas las alabanzas y se refrenaban los plácemes, aunque

bien los voceaban los ojos, como si la fuerza de una ley oculta

impusiera aquella limitación a los impulsos de su alma; por el pueblo

«se corrían» ya las noticias más estupendas a propósito de esta

resurrección mía, y me colgaban, con lo cierto, planes y calendarios que

jamás me habían cruzado por las mientes; teníanme, no ya por el

continuador, sino por el reformador omnipotente de la obra tradicional

de los Ruiz de Bejos, por un don Celso refundido y hasta mejorado, no

solamente «en estampa y ropajes», sino también «en posibles y en magín»;

por la noche iban a la casona los tertulianos con las ideas empapadas en

estas fantasías, y me veía negro para rebajar muchas partidas de la

cuenta galana y poner las cosas en su punto... En fin, que dentro de mí

y en derredor mío era plácido y risueño todo lo que poco antes había

sido triste y aflictivo y tenebroso. Hasta la misma Facia era muy otra

de lo que fue: comenzaba a nutrirse y a sonreír, y dormía sin

sobresaltos... Sólo Pito Salces andaba amurriadón y caviloso, y yo no

podía consentirlo, por lo mismo que me creía capaz de remediarlo.

--¿Por qué no echas «eso» a un lado de una vez?--le dije un día.

--Como no está en mí la para...--me respondió mirándose las uñas de una

mano--. ¡Qué más quisiera yo, puches!

Le prometí mi ayuda en sus congojas, y casi bailó de gusto. Después

llamé a Tona a mi gabinete y la hablé del caso. Se puso coloradona como

un tomate maduro, y al fin llegó a declararme, en medias palabras y

entre oscilaciones de sus caderas y manoseos del delantal, que «por su

parte no diría propiamente que no... cuando juere ocasión de eyu... si

su madre...». Llamé a Facia enseguida, vino, y sometí el negocio a su

consideración. Mostróse enterada de él por ciertas señales que nunca

mienten, y me dijo que «por su parte... cuando juere ocasión de eyu...

si a mí no me paecía mal...». Cabalmente me parecía todo lo contrario; y

con esto, y con convenir los tres en que la ocasión de «eyu» podía ser,

y sería, después de pasar el rigor de los lutos que llevaban por mi tío,

se dio el asunto por terminado como yo deseaba y Pito Salces también.

Llaméle a poco rato; le enteré de lo convenido con Tona y su madre; hizo

dos zapatetas y se dio dos puñadas en los carrillos; le encarecí la

obligación en que estaba de ser más prudente que nunca en lo tocante a

su noviazgo, si quería que no se le cerraran las puertas de la casa y le

regalara yo en su día el ajuar de la suya; y se fue dando zancadas,

riéndose solo y tapándose la boca con las manos en señal de acatamiento

a mis recomendaciones, después de pedirme permiso, que le di, para

recabar de Tona y de su madre la confirmación verbal de lo acordado

conmigo... y para «entrar en la casa» todas las noches, y «si a mano

venía», para hablar con la mozona alguna que otra vez con los debidos

respetos. Acometido ya de la fiebre casamentera, detuve a Chisco al

topar con él en el carrejo de la cocina. Pero le vi tan igual a sí

mismo, con tales destellos en la cara del bienestar de sus adentros... y

estaba yo tan hecho a él y me hacía tanta falta en la casona, que no me

atreví a tentarle la paciencia, y le despedí con un pretexto mal urdido.

Corriendo así los días, esmaltáronse de flores y reverdecieron los

campos; calentó más el sol; templóse y se embalsamó el ambiente;

desperezóse, al fin, la Naturaleza como si despertara de un largo y

profundo sueño, y se dispuso a aderezarse, con el esmero de una dama

pulcra y muy pagada de su belleza, empezando por las nimiedades del

tocador para concluir por lo más espléndido y ostentoso de su ropero; y

me pareció llegada la ocasión de realizar un propósito que había formado

y madurado últimamente con serias y muy detenidas reflexiones. Se

trataba de mi vuelta a Madrid «por algún tiempo». Este viaje le

conceptuaba yo de suma necesidad, no tanto por lo que tocaba a mis

asuntos particulares, bastante descuidados desde que me hallaba en

Tablanca, cuanto por ver el efecto que me hacía, contemplado desde

lejos, el cuadro de mis nuevas ilusiones; estimar con exactitud la

resistencia que quedaba a los vínculos que aún me unían a la vida

pasada, y compararla con la de los que iban amarrándome a la nueva.

Conceptuaba yo esta prueba de gran importancia para los fines

«ulteriores» y «posibles» de mis cálculos, sin el menor recelo ya de que

los vanos fantasmas de otras veces me infundieran la tentación de no

volver, tan pronto como perdiera de vista a la casona.

Declaré un día el propósito a Neluco. Le pareció muy bien, y hasta me

aseguró que si no se me hubiera ocurrido a mí, me lo habría aconsejado

él. «Habían cambiado mucho las cosas desde que habíamos ajustado los

dos, en aquel mismo sitio, cierta cuenta...» Y el muy tuno, sonriéndose,

me dio un golpecito muy suave con el puño de su cachiporro. Después le

confirmé mis ya declarados intentos de emprender en el próximo verano

las convenidas reformas en el interior de la casa, y le encargué del

acopio de las primeras materias y de buscarme obreros competentes para

ello... Yo enviaría de Madrid, y aun traería conmigo «cuando volviera»,

lo que no podía hallarse en Tablanca ni en sus inmediaciones, para dar

la última mano a una labor que tanto me interesaba. A todo se prestó con

alma y vida el excelente amigo... y hasta se me figura que pensó que

aquellas recomendaciones no se las hacía yo tanto por apego a la obra,

como por exhibirle pruebas irrecusables de mis intenciones de volver

pronto. Y quizá pensara bien. Llegó el Cura en esto, dile cuenta de lo

tratado, y le gustó mucho lo de mejorar la casa; pero no tanto lo de mi

viaje a Madrid... «Ahora, si convenía para bien de todos, como yo le

aseguraba, fuera eyu por el amor de Dios.»

¿Y Lituca? ¿Qué diría de mi marcha cuando tuviera noticia de ella? Y al

dársela yo y al despedirme, ¿dejaría las cosas como estaban? ¿Levantaría

un poquito más la punta del velo, o no la levantaría? Pensé mucho sobre

éstas, al parecer, pequeñeces, que eran, sin embargo, piezas muy

considerables del cimiento en que se apoyaba la armazón de mis

hipótesis; y al fin tuve que resolverme por la afirmativa, aunque en su

grado mínimo, cuando vi los esfuerzos que costó a la pobre disimular a

medias el deplorable efecto que le causó la noticia. Pero así y todo, o

quizás por lo mismo, en aquella visita no se rió una sola vez con las

veras de antes; ya al despedirme yo «hasta la vuelta» con un apretón de

manos muy elocuente, tuvo que darme con los ojos acobardados la

respuesta que le faltó en sus palabras descosidas. En cambio, Mari Pepa,

a quien me costó mucho trabajo convencer de que mi marcha no era «la del

humo», como ella la había calificado de pronto, habló y jaraneó y se

despidió por todos los de su casa, incluso el octogenario, que no había

dicho diez palabras, y ésas monosílabas y como otros tantos estampidos.

Los tres bajaron conmigo hasta la corralada, desde cuya puerta les di el

último adiós, con los ojos y el pensamiento fijos en Lituca, cuya

expresión de pena bien sentida le agradecí en el alma.

Dos días después me despedía en Reinosa del Cura y de Neluco que me

habían acompañado hasta allí, y de Chisco que había ido tirando del

rocín que conducía mis equipajes; me acomodaba en los blandos

almohadones de un coche del ferrocarril, y comenzaba a rodar hacia las

llanuras de Castilla, con la vista errabunda por los horizontes, aún no

abiertos a mi placer, y la cabeza atiborrada de pensamientos

insubordinados e indefinibles.

Peñas arriba · 第 33 / 35 题