¡Vaya si me dio que pensar la ocurrencia de Neluco! Está visto que el
mayor interés de las cosas no depende de las cosas mismas, sino de sus
circunstancias y accidentes. Aquel mismo pensamiento, expresado en voz
alta por el médico, había pasado en silencio por mi mente poco antes sin
dejar en ella el menor rastro... Cierto, de toda verdad. Pero ¿de qué
había nacido el obstinado empeño que yo tuve desde que llegué a Tablanca
y conocí a la nieta de don Pedro Nolasco, en averiguar «lo que había»
entre ella y Neluco, dando por supuesto que «había algo...» y que
tijeretas han de ser? Al fin y al cabo, ¿qué me importaba a mí que lo
hubiera o no lo hubiera? Híceme estas preguntas, porque enlazando sus
motivos con el efecto que me había causado la inesperada ocurrencia del
empecatado mediquillo, cabía suponer la existencia, en que jamás había
creído, de ciertas corrientes misteriosas por lo más hondo e inexplorado
del corazón... De todas maneras, existieran o no esas corrientes, el
coincidir Neluco y yo, por impulso propio y espontáneo, en un punto tan
singular y concreto; yo esbozando la idea mentalmente, y él, como si me
la hubiera leído en el cerebro, presentándomela después con visos de
realidad, era sobrado motivo para consagrar al caso toda la atención que
yo estaba consagrándole. No se dan todos los días, en situaciones
semejantes, coincidencias de ese calibre.
Ello fue que me pasé las horas muertas desmenuzando la insinuación
inesperada del médico y sometiéndola, por fragmentos impalpables, a la
fuerza de un análisis escrupuloso. Así llegué hasta la felonía de
sospechar del desinterés de Neluco, creyéndole capaz de haberme apuntado
la idea, de acuerdo con la interesada, o con su madre siquiera. Pero me
bastó un instante de reflexión para desvanecer el recelo, con vergüenza
de haber caído en él.
En todas las edades de la vida tenemos los hombres algo de niños, y
siempre hay un «juguete» que nos llega cuando y por donde menos lo
pensamos, que nos sorprende y nos encanta y nos preocupa, y hasta «nos
hace buenos...» y además tontos. Dígolo porque no solamente me pasé el
resto de aquella tarde y una buena parte de la noche dando vueltas al
que me había regalado Neluco, para «ver lo que tenía dentro», sino que
al despertarme al otro día, lo primero que se me metió entre los cascos
del meollo fue la duda de si era o no la nieta del gigante de la
Castañalera tan guapa y tan donosa en realidad como el médico me la
había pintado y la había visto yo cuando me interesaba menos que
entonces; y con esta duda, el propósito firme de ir a aclararla con mis
propios ojos en cuanto me levantara... «Porque--lo que yo me decía--, no
es que me importe dos cominos, en definitiva, la aclaración; no es que
me llegue al alma por ninguna parte la persona, pero me interesa mucho
el caso. Se trata de un supuesto que pudiera realizarse el mejor día, y
es de suma necesidad verlo, pesarlo y medirlo todo minuciosamente y a
tiempo, para evitar ulteriores e irremediables desencantos.»
Y como lo pensé lo hice... y aun hice más de lo pensado; porque me
esmeré en el ropaje como nunca me había esmerado allí... y hasta me di
«brillantina» en la barba.
Encontré a Lituca de la misma traza que cuando la conocí y como la había
visto muchas veces mientras vivió en mi casa, de trapillo y trajinando;
con un chal de abrigo cruzado en el pecho y anudado atrás, despeinada y
con una bayeta en la mano, dale que le das para despolvorear los
muebles, y soba que soba para sacarles brillo. Se sorprendió mucho al
verme «tan temprano y tan _peripuesto_ al cabo de días y días sin
dejarme ver de nadie», y temió que aquella inesperada visita fuera «para
cosa mala». ¿Estaba enfadado con ellas? ¿Me habían dado, sin querer,
motivo para estarlo? Todo esto me lo dijo en su lengua pintoresca y
armoniosa, suspendiendo su trabajo, arreglándose con la mano libre,
blanquísima y rechoncha, los desordenados cabellos que le coronaban la
frente, y sonriendo con la boca, con los ojos parlanchines y con los dos
hoyuelos de sus carrillitos sonrosados. Me vi mal para responderla en el
tono que pedía la situación; porque la referencia a lo de ir yo tan
compuesto, me ruborizó un poquillo como si me hubiera descubierto una
flaqueza indigna de un hombre corrido por el mundo. Esto del ropaje lo
expliqué con la razón del luto que estaba obligado a llevar y no me
permitía salir de casa con los holgados y alegres vestidos de costumbre.
Lo de que mi visita fuera «para cosa mala» por las señas de aquellos
hábitos ceremoniosos, necesitaba una aclaración, y se la pedí a Lituca.
Hízomela diciendo que la cosa mala en que ella había pensado de pronto,
era una despedida para lejanas tierras, por no tener ya quehaceres en
aquéllas tan tristonas para mí. ¡Pensar yo en irme entonces de
Tablanca!... Podía jurar que nunca me había visto más apegado al valle.
Pero ¿por qué mi ausencia de él era calificada por ella de cosa mala?
--¡Otra, señor!--respondió a esto con la naturalidad más encantadora--.
¿Quiere que tenga por cosa buena el perder de vista a una persona como
usté?... ¡Mire que hasta le he comido el pan!
Soltó aquí una risotada de las que solía, y me pidió permiso para ir a
arreglarse un poco, «porque no estaba su ver para cabayero tan
principal», llamando enseguida a su madre para que me acompañara
mientras tanto. Que viniera su madre, santo y bueno; pero que fuera ella
a vestirse y acicalarse, de ningún modo... No lo podía consentir. O
había o no había franqueza entre convecinos y hasta comparientes tan
íntimos como nosotros. Cabalmente (esto no se lo dije a ella) estaba yo
gozándome en admirar, desde que había entrado, el extraordinario relieve
que adquirían los encantos de su hechicera persona sobre el fresco,
limpio y airoso desaliño que la envolvía. A puño cerrado creía que
Neluco y yo nos habíamos quedado cortos en la manera de verla y
admirarla. Quedóse al fin, llegó su madre, y entre las dos juntas me
pusieron para pelar, por «lo olvidadas que las tenía». Alegué por excusa
de mi apartamiento ocupaciones apremiantes dentro de casa, después de un
suceso tan grave como el ocurrido en ella... Nada me valió el recurso
ante aquellos dos diablejos que todo lo metían a barato. Acudió el viejo
Marmitón a la algazara. Cesó ésta unos instantes, y los utilicé yo para
averiguar cómo andaba el gigantón desde que no nos veíamos. Andaba «tal
cual» según el interesado, y mucho mejor que eso según Mari Pepa...
«porque ¡comía el bendito, que no había con qué llenarle!».
--¡Eso sí, gracias a Dios!--confirmó el aludido con su vozarrón de
siempre.
Estábamos ya en la sala; sentámonos todos, y empezó a enjuiciarse la
visita. Evocáronse por las mujeres los recuerdos de los trajines pasados
en aquellos días tan tristes, y aproveché la ocasión para ponderar la
soledad en que me había quedado y lo que las echaba de menos en casa...
Y no sé a punto fijo de qué modo se fue enredando desde aquí la
conversación, porque yo me mezclaba en ella maquinalmente con la
palabra, mientras tenía los pensamientos en Lita que estaba enfrente de
mí. Pero unos pensamientos muy extraños. Una vez me la imaginé vestida
con todos los perifollos de las elegantes de Madrid, y me produjo la
visión de lo imaginado tan deplorable efecto, que di un respingo en la
silla. Me parecieron una profanación aquellos arrequives en tal cuerpo
que no había sido formado para tener por fondos los artificios
convencionales de la ciudad, sino los inmutables y grandiosos escenarios
de la Naturaleza.
Por éste y otros derroteros semejantes iban mis pensamientos volando a
mi placer... hasta que me asaltó de repente el recuerdo de aquella
salvedad que había hecho Neluco por remate de la «cuenta» que estuvimos
echándonos los dos la víspera por la tarde. Podía la «huéspeda» no estar
conforme con ella si nos hubiera oído ajustarla. El diablo me lleve si
en aquel momento tenía yo resolución hecha de conducir a término plan
alguno relacionado con la aprobación de nuestros cálculos; y, sin
embargo, la duda surgida de repente en presencia de la «huéspeda» misma,
me contrarió muchísimo. No es el hombre onza de oro que a todos guste
por igual, aunque tenga muchas a buen recaudo, como yo las tenía
entonces; y podía suceder muy bien que Lituca no gustara de mí por
especiales razones... y hasta por estar prendada de Neluco sin que éste
lo supiera, pues todo cabía en el campo de los supuestos verosímiles.
Pero ¿cómo aclarar esta duda en el acto, sin descubrir el misterio de
mis intenciones? Y, sin embargo, aquello no podía quedar así; porque yo
necesitaba tener ese hilo principal en la mano para tirar de él cuando
me diera la gana, o para no tirar nunca si me convenía más. Egoísmo puro
y rebeldías insanas del amor propio contrariado; y como siempre que un
hombre, por corrido que sea, se halla en estas situaciones de ánimo, lo
primero que pierde es el sentido común, barruntando yo que iba a cometer
allí alguna majadería gorda si me dejaba dominar un poquito más del
prurito que empezaba a consumirse, di un recorte a la conversación que
seguía maquinalmente, y por terminada la visita, con la promesa formal,
¡vaya si lo era! de repetirla a menudo.
Yo no sé lo que pensarían en casa del viejo Marmitón del desconcierto
que debió de notarse entre las palabras que salían de mi boca y las
ideas que me retozaban en el cerebro, ni si le notaron siquiera; pero es
un hecho que a medida que andaba hacia la casona, formando serios
propósitos de ir aclarando la duda poco a poco, extrayendo del fondo de
la cristalina fuente las pedrezuelas misteriosas con las pinzas de mi
experiencia y el tacto de mi nativa serenidad para esas cosas, me
maravillaba del desarrollo que había alcanzado aquel arrechucho mío, y
de lo cercano que me había puesto de cometer una ligereza impropia, no
ya de un hombre maduro, sino de un colegial inexperto. Pero en lo
tocante a Lituca, no enmendaba una tilde de lo convenido. Era de lo más
mono y hechicero que podía buscarse en estampa y en carácter de mujer; y
además, lista y sensible y buena, sin contar lo de hacendosa y hábil.
Gran barro, indudablemente, para formar una compañera a su gusto un Adán
como yo, en un paraíso de la catadura de Tablanca.
Quiere decirse, y así es la pura verdad, que aunque pasó en breves horas
el arrechucho que me había sacado de mis ordinarios quicios, no se llevó
consigo la idea plácida que le había engendrado. Al contrario, me la
dejó en la mente, cristalizada y luminosa, irradiando sus destellos
peregrinos sobre todo cuanto me rodeaba, como el suave resplandor del
crepúsculo que aparece sobre el horizonte anunciando el espléndido sol
que viene detrás. Sería pueril, inocente, a los ojos de un mundano muy
corrido, aquél mi estado psicológico; pero lo cierto era que ya no me
creía solo ni desocupado en Tablanca, ni a oscuras, triste y en silencio
en la casona; y esto, algo más valía que la credencial de «hombre
incombustible», otorgada por otro, esclavo infeliz quizá de esa y otras
preocupaciones semejantes. Cabía temer que también pasaran estas ráfagas
consoladoras, como había pasado el huracán de antes, y yo lo temí
seriamente; pero iban corriendo los días, y lejos de pasar con ellos,
cada vez se dejaban sentir más halagüeñas y me traían nuevas fragancias.
Repetí las visitas a la familia de don Pedro Nolasco, porque así se lo
había prometido en la primera de las de aquella serie; y algo debieron
publicar de mi secreto mis ojos, o el timbre de mi voz o los átomos del
aire, pues sin haberse deslizado mi lengua un punto más allá de la raya
que la había puesto por límite, ya no era yo para Lituca lo que había
sido hasta entonces. Se le acobardaban los ojos enfrente de los míos,
era mucho más comedida en sus regocijadas expansiones, y le daban qué
hacer los frunces de su delantal cuando hablábamos solos, tanto como las
ideas y las palabras que empleábamos en la conversación. Estos síntomas,
que se fueron acentuando al andar de mis insinuaciones puramente
mímicas, llegaron a darme por aclarada la duda que tanto me había
carcomido, sin haber aventurado yo una sola palabra en el empeño: es
decir, que se me había ido a la mano el hilo que yo deseaba tener en
ella, solo, por su propia virtud, si no era por la fuerza de la
misteriosa corriente, en la que no podía menos de creer ya. En suma:
que, o me engañaba mucho mi bien acreditada experiencia en esos lances,
o podía tirar del hilo a mi antojo cuando me diera la gana.
Estaba, pues, en las mejores condiciones imaginables para hacer un alto
en mi empresa y examinar el terreno tranquilamente y a mi gusto. Sobre
si este modo de pensar era más o menos honrado y decente, no me puse a
discurrir, la verdad sea dicha. Convenía la parada a mis propósitos, y
la hice.
No por eso dejé de frecuentar la casa del octogenario de la Castañalera:
al contrario, y hasta comí con la familia dos veces en aquella
temporada; sólo que procuraba a menudo llevar a Lita al terreno y al
estilo de nuestras primeras intimidades, economizando mucho las
insinuaciones de otra casta, y usándolas únicamente para conservar
«arrimados los fuegos».
¡Y con qué docilidad tan hechicera acudía la inocente a mis llamadas!
Tampoco este procedimiento se pasaba de noble; pero me era muy
conveniente y con ello apaciguaba ciertos síntomas de rebelión que me
intranquilizaban la conciencia.
No era menos comunicativo que con la familia de Marmitón, con don Sabas,
con Neluco, con los sirvientes de mi casa, con mis tertulianos de
costumbre y con el pueblo de punta a cabo; pero con nadie lo fui tanto
como con Neluco. Me perecía por conversar con él; y como en estas
intimidades se me deslizaban en la lengua algunos destellos de la luz en
que se bañaban mis ideas en su escondrijo, el muy lagarto se sonreía a
la callada, y con bien escaso esfuerzo de ingenio iba descubriéndome
todo lo que yo no quería declarar. Por fortuna, era infinitamente más
discreto que yo en aquellas circunstancias, y todo quedaba reducido a
que cambiaran de madriguera los secretos que iban escapándose de la mía.
Volví a las andadas por montes y barrancos, y hasta me parecían llanos y
placenteros caminos y sendas por los cuales no andaba yo antes sino
echando los pulmones por la boca. También me acompañaban entonces Chisco
y Pito Salces; pero más respetuosos y hasta más serviciales, aunque
parezca esto mentira, que la otra vez, cuando yo no era amo y señor de
la casona, ni había tenido ocasión de mostrar ciertas larguezas que
Chisco no olvidaba un punto por lo que a él le tocaba, ni Pito Salces
por lo que atañía a la mozona de sus pensamientos. Prestándome gustoso a
todo lo que Neluco me había recomendado y continuaba recomendándome para
entretener las horas sobrantes del día y de la noche, visité una por una
mis haciendas, mis prados, mis heredades, mis castañeras y robledales,
mis casas, mis aparcerías de ganados; estudié con verdadero afán de
penetrarle hasta el fondo, el organismo, como decía Neluco, «de los
tratos y contratos de mi tío y sus aparceros y colonos», donde estaba la
enjundia del gran espíritu de este hombre benemérito que, sin políticas
bullangueras y perturbadoras, había logrado resolver prácticamente, y
por la sola virtud de los impulsos de su corazón generoso y
profundamente cristiano, un problema social que dan por insoluble los
«pensadores» de los grandes centros civilizados, y tiene en perpetua
hostilidad a los pobres y a los ricos. Con el estudio de estos hermosos
detalles, acabé de comprender lo que no comprendí a la simple lectura de
la «Memoria», en cuyo intencionado laconismo, por lo tocante a la obra
benéfica del patriarca, vi entonces otro rasgo de su exquisita
delicadeza en sus relaciones conmigo. Este estudio, aunque somero, me
ocupó días y días; me dio mucho y muy grato qué hacer y qué pensar, y
nuevas y muy hondas raíces de adherencia a aquel pobre terruño que por
instantes iba cambiando de aspecto ante mis ojos.
También le llegó su vez al huerto de la casona, como me había aconsejado
Neluco y lo hubiera hecho yo sin su consejo por espontáneo impulso de
las inclinaciones que iban apoderándose de mí, de día en día, de hora en
hora. Se cavó, se removió toda su tierra; se pusieron en buen orden las
plantas enfermizas que encerraba, y se trazó un regular pedazo de
jardín, que se plantaría debidamente cuando fuera tiempo de ello, lo
mismo que los cuadros destinados a frutales y hortalizas. Y era verdad
que no tenía pareja el olor de la tierra bien enjuta, removida a la luz
y al calorcillo vivificante del espléndido sol de febrero. Jamás lo
había notado hasta entonces... Cierto que tampoco me había puesto yo en
ocasión de notarlo.
Después de aquellas labores del huerto, como el tiempo seguía risueño y
primaveral, emprendí otras más rudas, entre ellas la de suavizar en lo
posible la cambera del pedregal, única vía de comunicación que tenía la
casona con el pueblo. No quedó el camino a mi gusto, pero sí muy
mejorado. Y no acometí enseguida las reformas que había ido proyectando
en el viejo caserón de los Ruiz de Bejos, porque éstas eran palabras
mayores, como decía el Cura, y me faltaban los elementos necesarios para
acometerlas. Pero se acometerían tan pronto como me fuese posible, y sin
miedo de que, entre tanto, se me adormecieran los propósitos, porque
cabalmente eran aquellas obras uno de los renglones más importantes del
plan de vida nueva que yo me había trazado y estaba trazándome
continuamente.
El Cura se pasmaba de aquellos mis afanes, y más con la mirada y con el
gesto que con palabras, me daba a entender lo satisfecho que estaba de
mí; Neluco no me perdía de vista un momento, y parecía entusiasmado con
los nuevos fervores míos, los cuales estimulaba con tentaciones de otras
golosinas, que al fin me hacía tragar con su diabólica estrategia. En
casa de Marmitón ponían en las nubes el milagro, y sólo en boca de
Lituca eran comedidas las alabanzas y se refrenaban los plácemes, aunque
bien los voceaban los ojos, como si la fuerza de una ley oculta
impusiera aquella limitación a los impulsos de su alma; por el pueblo
«se corrían» ya las noticias más estupendas a propósito de esta
resurrección mía, y me colgaban, con lo cierto, planes y calendarios que
jamás me habían cruzado por las mientes; teníanme, no ya por el
continuador, sino por el reformador omnipotente de la obra tradicional
de los Ruiz de Bejos, por un don Celso refundido y hasta mejorado, no
solamente «en estampa y ropajes», sino también «en posibles y en magín»;
por la noche iban a la casona los tertulianos con las ideas empapadas en
estas fantasías, y me veía negro para rebajar muchas partidas de la
cuenta galana y poner las cosas en su punto... En fin, que dentro de mí
y en derredor mío era plácido y risueño todo lo que poco antes había
sido triste y aflictivo y tenebroso. Hasta la misma Facia era muy otra
de lo que fue: comenzaba a nutrirse y a sonreír, y dormía sin
sobresaltos... Sólo Pito Salces andaba amurriadón y caviloso, y yo no
podía consentirlo, por lo mismo que me creía capaz de remediarlo.
--¿Por qué no echas «eso» a un lado de una vez?--le dije un día.
--Como no está en mí la para...--me respondió mirándose las uñas de una
mano--. ¡Qué más quisiera yo, puches!
Le prometí mi ayuda en sus congojas, y casi bailó de gusto. Después
llamé a Tona a mi gabinete y la hablé del caso. Se puso coloradona como
un tomate maduro, y al fin llegó a declararme, en medias palabras y
entre oscilaciones de sus caderas y manoseos del delantal, que «por su
parte no diría propiamente que no... cuando juere ocasión de eyu... si
su madre...». Llamé a Facia enseguida, vino, y sometí el negocio a su
consideración. Mostróse enterada de él por ciertas señales que nunca
mienten, y me dijo que «por su parte... cuando juere ocasión de eyu...
si a mí no me paecía mal...». Cabalmente me parecía todo lo contrario; y
con esto, y con convenir los tres en que la ocasión de «eyu» podía ser,
y sería, después de pasar el rigor de los lutos que llevaban por mi tío,
se dio el asunto por terminado como yo deseaba y Pito Salces también.
Llaméle a poco rato; le enteré de lo convenido con Tona y su madre; hizo
dos zapatetas y se dio dos puñadas en los carrillos; le encarecí la
obligación en que estaba de ser más prudente que nunca en lo tocante a
su noviazgo, si quería que no se le cerraran las puertas de la casa y le
regalara yo en su día el ajuar de la suya; y se fue dando zancadas,
riéndose solo y tapándose la boca con las manos en señal de acatamiento
a mis recomendaciones, después de pedirme permiso, que le di, para
recabar de Tona y de su madre la confirmación verbal de lo acordado
conmigo... y para «entrar en la casa» todas las noches, y «si a mano
venía», para hablar con la mozona alguna que otra vez con los debidos
respetos. Acometido ya de la fiebre casamentera, detuve a Chisco al
topar con él en el carrejo de la cocina. Pero le vi tan igual a sí
mismo, con tales destellos en la cara del bienestar de sus adentros... y
estaba yo tan hecho a él y me hacía tanta falta en la casona, que no me
atreví a tentarle la paciencia, y le despedí con un pretexto mal urdido.
Corriendo así los días, esmaltáronse de flores y reverdecieron los
campos; calentó más el sol; templóse y se embalsamó el ambiente;
desperezóse, al fin, la Naturaleza como si despertara de un largo y
profundo sueño, y se dispuso a aderezarse, con el esmero de una dama
pulcra y muy pagada de su belleza, empezando por las nimiedades del
tocador para concluir por lo más espléndido y ostentoso de su ropero; y
me pareció llegada la ocasión de realizar un propósito que había formado
y madurado últimamente con serias y muy detenidas reflexiones. Se
trataba de mi vuelta a Madrid «por algún tiempo». Este viaje le
conceptuaba yo de suma necesidad, no tanto por lo que tocaba a mis
asuntos particulares, bastante descuidados desde que me hallaba en
Tablanca, cuanto por ver el efecto que me hacía, contemplado desde
lejos, el cuadro de mis nuevas ilusiones; estimar con exactitud la
resistencia que quedaba a los vínculos que aún me unían a la vida
pasada, y compararla con la de los que iban amarrándome a la nueva.
Conceptuaba yo esta prueba de gran importancia para los fines
«ulteriores» y «posibles» de mis cálculos, sin el menor recelo ya de que
los vanos fantasmas de otras veces me infundieran la tentación de no
volver, tan pronto como perdiera de vista a la casona.
Declaré un día el propósito a Neluco. Le pareció muy bien, y hasta me
aseguró que si no se me hubiera ocurrido a mí, me lo habría aconsejado
él. «Habían cambiado mucho las cosas desde que habíamos ajustado los
dos, en aquel mismo sitio, cierta cuenta...» Y el muy tuno, sonriéndose,
me dio un golpecito muy suave con el puño de su cachiporro. Después le
confirmé mis ya declarados intentos de emprender en el próximo verano
las convenidas reformas en el interior de la casa, y le encargué del
acopio de las primeras materias y de buscarme obreros competentes para
ello... Yo enviaría de Madrid, y aun traería conmigo «cuando volviera»,
lo que no podía hallarse en Tablanca ni en sus inmediaciones, para dar
la última mano a una labor que tanto me interesaba. A todo se prestó con
alma y vida el excelente amigo... y hasta se me figura que pensó que
aquellas recomendaciones no se las hacía yo tanto por apego a la obra,
como por exhibirle pruebas irrecusables de mis intenciones de volver
pronto. Y quizá pensara bien. Llegó el Cura en esto, dile cuenta de lo
tratado, y le gustó mucho lo de mejorar la casa; pero no tanto lo de mi
viaje a Madrid... «Ahora, si convenía para bien de todos, como yo le
aseguraba, fuera eyu por el amor de Dios.»
¿Y Lituca? ¿Qué diría de mi marcha cuando tuviera noticia de ella? Y al
dársela yo y al despedirme, ¿dejaría las cosas como estaban? ¿Levantaría
un poquito más la punta del velo, o no la levantaría? Pensé mucho sobre
éstas, al parecer, pequeñeces, que eran, sin embargo, piezas muy
considerables del cimiento en que se apoyaba la armazón de mis
hipótesis; y al fin tuve que resolverme por la afirmativa, aunque en su
grado mínimo, cuando vi los esfuerzos que costó a la pobre disimular a
medias el deplorable efecto que le causó la noticia. Pero así y todo, o
quizás por lo mismo, en aquella visita no se rió una sola vez con las
veras de antes; ya al despedirme yo «hasta la vuelta» con un apretón de
manos muy elocuente, tuvo que darme con los ojos acobardados la
respuesta que le faltó en sus palabras descosidas. En cambio, Mari Pepa,
a quien me costó mucho trabajo convencer de que mi marcha no era «la del
humo», como ella la había calificado de pronto, habló y jaraneó y se
despidió por todos los de su casa, incluso el octogenario, que no había
dicho diez palabras, y ésas monosílabas y como otros tantos estampidos.
Los tres bajaron conmigo hasta la corralada, desde cuya puerta les di el
último adiós, con los ojos y el pensamiento fijos en Lituca, cuya
expresión de pena bien sentida le agradecí en el alma.
Dos días después me despedía en Reinosa del Cura y de Neluco que me
habían acompañado hasta allí, y de Chisco que había ido tirando del
rocín que conducía mis equipajes; me acomodaba en los blandos
almohadones de un coche del ferrocarril, y comenzaba a rodar hacia las
llanuras de Castilla, con la vista errabunda por los horizontes, aún no
abiertos a mi placer, y la cabeza atiborrada de pensamientos
insubordinados e indefinibles.