¡Y aquélla fue la más negra para mí! La de verme solo en los ámbitos
enmudecidos y yertos de la casona, alcázar de mi flamante y patriarcal
señorío, en el pobre terruño de «mis mayores». Todo me resultaba ancho,
todo me sobraba allí y todo se me venía encima, como si estuviera
edificado en el aire, desde que se había vuelto a sus hogares la familia
del viejo Marmitón. Porque con la presencia continua de unas mujeres tan
animosas y alegres como aquellas dos, más el trajín en que anduvieron
empeñadas y el entrar y salir de tantas y tan distintas gentes en los
últimos días, no había podido conocer yo en su verdadera magnitud el
vacío que dejaba en la casona la muerte de su venerable habitador y
dueño, que, vivo, la llenaba toda, y era además el lazo que me amarraba
a ella con la fuerza de mi compromiso, fundado principalmente en la
consideración de lo que él estimaba el regalo de mi compañía.
Venían a menudo a verme el Cura don Sabas y Neluco, y pasaban conmigo
largos ratos; continuaba la tertulia de la noche muy concurrida y
animada; presidíala yo con la mayor asiduidad, y hacía de tripas corazón
para creerme muy divertido en ella, o para darlo a entender delante de
aquellos rústicos y buenos tertulianos; ocupábame a ratos en despachar
mi correspondencia o en arreglar los papeles y cuentas de la
testamentaría; hablaba con Facia y me complacía en ver cómo, creyéndose
ya, en virtud de las noticias traídas por el juez municipal de marras, y
de mis subsiguientes reflexiones, libre para siempre de la cruz que
tanto la había oprimido, y dando por guardado en el fondo de una
sepultura el secreto de lo que podía ser afrenta para su hija, iba la
pobre mujer tornando a la vida, y recobrando poco a poco las extenuadas
fuerzas de su espíritu, llorando y rezando a la vez por el hombre
desventurado, muerto con el alma manchada de negras intenciones, tras
una vida azarosa y criminal; gozábame también en descifrar en el
impenetrable continente de Chisco ciertos confusos caracteres que
delataban en los adentros de su pechazo un regocijo manso y profundo
desde la herencia de la «pilá de onzas», y en tirarle de la lengua para
saber cómo andaba desde entonces en sus tratos y amistades con la
familia del Topero, el cual, según mis noticias, se había humanizado
mucho con él y hasta «le echaba memoriales con los ojos» y aun con
algunas indirectas demasiado insinuantes; interesábame de veras Pito
Salces, que andaba amurriadote y receloso temiendo que hubieran cambiado
las buenas disposiciones de Tona hacia él desde que era rica por su
madre, y hasta por sí propia, tomando el pobre por desdenes el pasmo,
muy natural, en que cayó la mozona en aquellos días de lances gordos;
salía de casa algunas veces para ventilar un poco las ideas y estirar
los miembros entumecidos, aunque hallaba siempre el suelo como una
esponja encharcada, y frío el sol que iluminaba el valle, mientras me
segaba las barbas el ambiente que no apagaba una cerilla, y tenía que
volverme a mi agujero sin haberme atrevido a descender el pedregal por
donde querían conducirme los impulsos de mi necesidad de departir con
alguien que me comprendiera; tramábala con Chisco después, o con el
primero que se me pusiera por delante, y, en fin, hasta procuraba,
siguiendo las enseñanzas bucólicas de Neluco, descender con mi razón,
más luminosa, a las tenebrosidades de aquellos hombres para hallar el
nivel apetecido y con él el prometido deleite; pero aun así, me sobraban
horas y horas eternas de soledad y de silencio en aquellos páramos
envejecidos y negros en que resonaba el eco de mis pasos febriles como
si los diera bajo las bóvedas sombrías de un calabozo; y por donde
quiera que la mirara, aquella mi labor heroica para hacer la vida más
llevadera no venía a ser otra cosa que labor de encarcelado, hasta con
el tenaz, profundo y tentador deseo de escaparme.
De escaparme sí; porque había vuelto a imponérseme esta idea, no como la
primera vez que la sentí pasando por mi cerebro como una ráfaga, sino
como un prurito irresistible que iba desbaratando por momentos la obra
de mi aclimatación, casi a punto de terminarse ya. Parecíame la fuga una
verdadera canallada; pero los cuerpos abandonados en el aire, caen por
su propia gravedad; y así me sentía yo caer, roto, con la muerte de mi
tío, el vínculo que más me ligaba a la casona. Cierto que me quedaban
las ligaduras de un compromiso solemnizado tantas veces y delante de
tantas y tan distintas personas; pero también era verdad que a ese
compromiso le había puesto yo la limitación de «en cuanto me fuera
posible», y que, suponiendo que llegara a ser capaz de penetrar la obra
de mi tío para trabajar en ella, mi trabajo no sería continuo ni a cada
hora, ni siquiera de cada día, al paso que la tediosa realidad que me
asfixiaba era continua, perenne, de todos los momentos.
Luchando sin cesar entre estos impulsos empecatados y las repugnancias
de mi conciencia de hombre formal, hubo ocasión en que me reí de mí
propio, viéndome discurrir con el criterio de un colegial mal avenido
con su encierro. ¡Qué cosas se me ocurrían para justificar una escapada,
con promesa de volver y propósito de no cumplirla!
Serenándome después y dando mayor altura a mis pensamientos, detúveme a
considerar el valor de los buenos frutos que había conseguido con el
trabajo de mis propias observaciones, y el ejemplo y la predicación, más
o menos directa, de mi tío, de Neluco, del señor de la Torre de
Provedaño, sobre todo, y de otras muchas personas de gran monta; y
entonces me avergoncé de haber pensado como pensé para sacudir la carga
de mis tristezas.
Colocado en este terreno, pronto comprendí que lo que yo necesitaba
desde luego y con urgencia para salir airosamente del conflicto, era
adquirir otras ligaduras con qué sustituir las quebrantadas por la
muerte; otro vínculo nuevo que me uniera a Tablanca, ya que no tan
estrechamente como lo estuvo mi tío, hasta el punto, cuando menos, de
que dejara la casona de ser cárcel para mí.
Bueno. Pero ese vínculo ¿dónde hallarle? ¿de qué casta era?... ¡Quién
sabe los espacios que recorrí entonces con la imaginación enardecida y
visionaria! En este viaje veloz y disparatado no hallé momento de
tranquilidad ni de reposo, porque todo me parecía mal para hacer un alto
de respiro... hasta que di en la más peregrina de las ocurrencias. Pero
ya tenía siquiera una hipótesis en que detener el discurso fatigado.
Pues a ello, y con toda la minuciosidad escrupulosa de quien, como yo,
medita en asunto tan grave como aquél por vez primera en su vida. Elevé
los pensamientos por encima de las enriscadas barreras del valle, y le
llevé lejos, muy lejos de Tablanca; cerré los ojos, acudí a los
repuestos de la memoria, y fui extrayendo de ella una verdadera legión
de imágenes, a las que hice desfilar después, una a una, por delante de
mí. Cuando hubo pasado la última figura de esta bizarra procesión, volví
con el pensamiento a las montunas realidades de Tablanca... y me llevé
las manos a la cabeza, como quien se percata de que ha estado colmándola
de disparates para obtener ideas salvadoras. Apagué la linterna de mis
cavilaciones y, ¡oh sorpresa!, con el último rayo de su luz vi pasar
rápidamente por los términos ofuscados de la imaginación, una nueva e
inesperada imagen que parecía llevar en sí la virtud de resolver todas
las dificultades del conflicto. Pero... Y acabé por hacerme cruces y
echarme a reír.
Riéndome estaba aún cuando entró Neluco.
--Así me gusta verle a usted--me dijo--, y no con la triste catadura de
estos días atrás.
--Pues a ella volveremos, amigo Neluco--le respondí--, si Dios no hace
el milagro que le pido.
--Sin embargo, usted se reía ahora...
--La risa del conejo...
--No insisto--repuso el médico--, porque no quiero que me tenga usted
por imprudente; pero le aseguro que, sin ese temor, más de dos veces le
hubiera preguntado, en estos últimos días, por los motivos de un
desaliento que no ha podido usted disimular.
Despertaba esta declaración de Neluco la idea, no dormida enteramente en
mí, de confesarme con él, como Facia se había confesado conmigo. Podía
esperar mucho de los consejos de su experiencia, y, en último caso, el
alivio que da en las apreturas del ánimo el recurso de departir sobre
ellas con un amigo de buen entendimiento.
--Precisamente--le respondí armándome de resolución--, tenía yo grandes
deseos de echar un párrafo con usted sobre los mismos particulares.
Conque, ahora o nunca.
Cerré la puerta de mi gabinete, sentámonos los dos con la mesita entre
ambos, y comencé a hablarle de esta manera:
--Ha de saber usted, amigo Neluco, que desde que volvieron a reinar el
orden y el silencio en esta casa, después de muerto y sepultado mi tío,
yo no sé en qué invertir las horas que me sobran dentro de ella... Me
parecen interminables, no veo el modo de mejorarlas y me asusta lo
porvenir con una perspectiva semejante. Esta es la verdad de lo que me
sucede; le tengo a usted por buen amigo, y a usted se la declaro.
--¿Para qué?--me preguntó el médico, muy serenamente, después de
contemplarme en silencio unos instantes.
--Por lo pronto--le respondí--, para que usted la conozca, y después,
para que, si lo tiene a bien, me ayude con su autorizado consejo.
--¿A qué?--volvió a preguntarme con la misma serenidad de antes.
--¡Pues me gusta la ocurrencia, caramba!--exclamé yo un tanto picado por
aquel modo de acorralarme, que se parecía mucho a una broma algo
pesada--. ¿Qué se entiende aquí por ayudar a un hombre que perece en el
fondo de un precipicio?
--Perdone usted--replicó el médico--; pero o yo no estoy en mis cabales,
o el caso que me cita por ejemplo, no es aplicable enteramente al caso
particular de usted. El que se halla en el fondo de un precipicio, no
puede tener otro deseo que el de salir y alejarse de él; y a usted, en
la situación en que hoy se encuentra, se le puede servir de dos maneras:
ayudándole a salir de ella, o trabajar para hacérsela soportable y hasta
divertida. Ahora usted dirá de cuál de estos dos extremos se trata.
--Del que mejor le parezca a usted--le dije--, o de los dos juntos... En
fin, póngase usted en mi caso, y hábleme con franqueza.
--Pues con franqueza le digo--repuso el médico que no me extraña lo que
le sucede a usted. Lo esperaba... Entendámonos: esperaba que muerto don
Celso y solo usted en su casa, había de parecerle ésta más grande, más
negra y más triste que antes, y el tiempo que pasara en ella, muy largo
y enojoso. Nada más natural en un hombre de los gustos, de la educación
y de los antecedentes mundanos de usted. Lo que no esperaba es que
llegaran sus desalientos al extremo a que, por lo visto, han llegado...
Pues mire usted, señor don Marcelo: ni por cortesía siquiera le aconsejo
a usted que, para distraer su fastidio, se largue enseguida de Tablanca;
consejo que, o yo no sé leer fisonomías o es el que más había usted de
agradecerme. Y no se le doy, porque estoy segurísimo de que si se
largara usted en la situación de ánimo en que se encuentra ahora, no
volvería por acá en todos los días de su vida.
--Hombre--respondí yo cogido por la mitad de lo cierto--, eso es mucho
decir.
--Ni más ni menos que lo justo--replicó el médico--, porque es la pura
verdad; y usted no puede ni debe hacer eso, aunque echemos en olvido
cierta promesa y hasta lo solemne de la ocasión en que fue ratificada;
porque usted nada tiene que hacer en ese mundo que le tienta, y aquí sí;
porque allá--y dispense la franqueza--, a pesar de sus merecimientos
personales, no pasaría de ser uno más en el montón de los anónimos, y
aquí desempeñaría un papel mucho más lucido, no por el relumbrón de su
jerarquía, sino por la condición benéfica del cargo. Nada de esto quiere
decir que esté usted obligado a sepultarse aquí perpetuamente: al
contrario, yo sería el primero en aconsejarle que no lo hiciera; que de
vez en cuando traspusiera esas cumbres para echar una cana al aire, bien
seguro de que esas correrías, hechas por un hombre del entendimiento y
de la cultura y de los caudales de usted, habían de lucir al fin y al
cabo en beneficio de este valle. Mas para llegar a ese extremo, es
decir, para que pueda yo excitarle a que se vaya, es preciso asegurarle
aquí antes con algo que le sirva de cebo para volver, por natural y
espontáneo movimiento de su corazón... En una palabra, tiene usted que
aclimatarse de nuevo a esta casa y a esta tierra, y a estos hombres,
tales y como habían llegado a parecerle, a la muerte de su tío don
Celso.
--Pero, hombre de Dios--exclamé yo aquí--, si precisamente es ése mi
dedo malo; si todo eso que usted me dice parece pensado con mis propios
pensamientos y dicho con mi propia lengua; si yo no deseo otra cosa que
apegarme a este terruño y cogerle todo el amor que usted le tiene; pero
¿cómo? ¿con qué? Este es el caso. Vivo mi tío, la obligación, convertida
en gusto ya, de acompañarle, me entretenía, y con ello, todo cuanto le
rodeaba; muerto él, me falta aquel recurso poderoso, me pierdo en el
vacío de esta casa, y me abruman las eternas horas que paso en ella
buscando la manera de abreviarlas. Continuar su obra benéfica.
Enhorabuena. Esto es fácil y hermoso de decir; pero es muy vago y no
resuelve nada, y lo que yo necesito es algo más concreto, más práctico y
del momento. Si se tratara, verbigracia, de cortar camisas para los
pobres o de enseñar la doctrina a los muchachos, yo me pasaría los días
enteros manejando, las tijeras o injiriendo el Padre Astete en las
cabezas de estos motilones; pero no se trata de eso ni de cosa parecida:
la obra de mi tío no da qué hacer a cada instante ni a cada hora.
--¿Cómo que no?--interrumpióme Neluco--. ¿La conoce usted a fondo por si
acaso?
--No, señor--le respondí.
--¿Y le parece a usted--añadió--poco entretenimiento el de estudiarla de
ese modo, no sólo para conocerla, sino para mejorarla? Porque a usted le
hemos de exigir también--prosiguió el mediquito bromeándose--, que la
mejore, y la mejorará seguramente.
--Santo y bueno--dije yo siguiendo el tono que me daba Neluco--: la
mejoraré si ustedes se empeñan. Pero--añadí formalizándome de veras--,
ese estudio que me recomienda usted, hasta para entretenimiento de las
horas de estos días, ¿cómo le hago? ¿por dónde comienzo?
--¿Y para cuándo--replicó Neluco--son los buenos amigos y los
competentes consejeros? ¿En qué ocupación más agradable ni más honrosa
podría usted emplearnos?... y perdone la inmodestia con que me sumo con
ellos... Y ya que de esto se trata y estoy autorizado por usted para
hablarle con franqueza, he de decirle que además de este estudio, del
que no puede usted prescindir, hay otra ocupación más del momento
todavía, en la que debió de habernos empleado días hace... y no nos ha
empleado usted, con gran extrañeza nuestra; con lo cual ha perdido un
excelente recurso para matar horas sobrantes... Pensaba yo que, aunque a
usted le sobraba el dinero al venir a Tablanca, había de picarle un poco
la curiosidad de conocer de vista las haciendas de aquí, heredadas de
don Celso, y el organismo, vamos al decir, de los tratos y contratos con
sus llevadores, y algo más, a este tenor, que no deja de ofrecer su lado
patriarcal, y por ende, interesante y pintoresco para un hombre como
usted. Con el pretexto de verlo con los propios ojos, se deja la cárcel
que abruma y entristece, se respira el aire libre y se renuevan las
ideas y se esparce el ánimo encogido. Con la contemplación de lo visto
así, nacen pensamientos que se comunican, por de pronto, con quienes nos
rodean, y dan materia abundante para discurrir después si estamos solos,
o para departir con interés gustoso si estamos acompañados de amigos que
nos quieren bien. La propiedad, por pequeña que sea, tiene esa virtud, y
si es recién adquirida, en más alto grado. ¡Figúrese usted si durante
estos días en que tan soberanamente se ha aburrido y tan hermoso se ha
mostrado el tiempo, nos hubieran faltado motivos de excursiones y temas
de conversación y andamiajes de proyectos! Vamos, que parece mentira que
ni por instinto de conservación se le haya ocurrido a usted una cosa tan
hacedera y conveniente, y haya preferido entregarse atado de pies y
manos a las inclemencias de su carcelero. Pero todavía no es tarde para
subsanar esta equivocación. Le acompañaremos a usted por esos campos
mientras el tiempo lo consienta; veremos y hablaremos lo que a usted le
importa ver y de lo que le interesa hablar; continuaremos aquí después
las conversaciones de afuera, y se apuntarán o se discutirán y se
reformarán cálculos y proyectos, aunque alguna vez resulten castillos en
el aire. Esto, por de pronto. Mucho de lo demás, vendrá ello solo a
meterse por las puertas de esta casa... Por ejemplo: dentro de pocos
días, porque ya estamos en el mes de hacerlo así, verá usted ir llegando
la falange de sus colonos y aparceros a pagarle las «rentas» que le
deben, unos en maíz, en castañas o en dinero; otros en las tres especies
juntas, y algunos con las manos en los bolsillos desocupados, para que
usted les provea de lo que más necesitan. Así irá usted conociendo, poco
a poco, hasta el pie de que cojean, y descubriendo el camino por donde
ha de llegar hasta la entraña misma del misterio... Amén de esto, ¿por
qué no ha de volver usted a sus saludables correrías de antes? Ahí está
Chisco, más animoso y ufano aún que entonces, porque ha mejorado
fortuna, y doblemente apegado a usted por las larguezas que con él ha
tenido; ahí está Chorcos suspirando todavía, aunque no tanto como por la
hija de Facia, por aquellas aventuras montaraces, y aquellos tragos de
licor tan confortantes, y aquellos agasajos tan frecuentes... y aquí
estoy yo, finalmente, para cuando quiera disponer de mí; y lo mismo le
dirá don Sabas de sí propio, y cada uno de los habitantes de este
pueblo... Otro ejemplo más. A la hora menos pensada verá usted retoñar
en el campo los preludios de la primavera; hallará la tierra enjuta y
salpicada de florecillas esmaltadas; aspirará la fragancia de los montes
y de los prados, y quizá se fije en que ya es hora de mover la tierra...
pinto el caso, de este huerto, y aun de cultivarle mejor de lo que se ha
cultivado hasta hoy; y con esos fines, llama usted a los obreros, hasta
por el gusto de pagarles el jornal; y los manda que caven; y según le
van obedeciendo, se va usted emborrachando con el olor de la tierra
removida, que es el olor de los olores agradables, y piensa en nuevas y
variadas plantaciones, y hasta esboza un proyecto de jardín en el rincón
más abrigado... Y quien dice mejorar el huerto, dice retejar la casa o
reparar sus achaques interiores... en fin, que nunca faltan quehaceres
al hombre que se empeña en tenerlos, aunque sea en las soledades de
Tablanca... Y ¿para qué se quiere el dinero?
Aquí hizo un alto Neluco y se quedó mirándome fijamente como en espera
de mi contestación. No tardé en dársela.
--Todo ese cuadro que acaba usted de trazarme--le dije--, me enamora y
me seduce... como pintado en un papel. Mas quiero dar por supuesto que
es la pura realidad. Ya tengo en mis manos el remedio contra el fastidio
de unos cuantos días... de una buena temporada, si usted quiere.
Corriente. Pero ¿Y después? Cuando no pueda voltejear por la montaña, ni
remover la tierra de mi huerto, ni tenga negocios que tratar con mis
colonos, y usted esté ocupado en sus quehaceres profesionales, y don
Sabas en los de su ministerio, y vuelvan las celliscas desatadas, y las
horas sin fin, y las noches eternas, ¿qué me hago yo en las soledades de
este palomar, sin la naturaleza y las aficiones de mi tío, o de don
Sabas o de usted?
--Es que yo cuento--me replicó Neluco--, con que le basten y le sobren
para atarle a Tablanca, de tal modo que se le pueda dar licencia para
que se ausente del valle sin el temor de que no vuelva a él, esos
entretenimientos y otros tales, si llega usted a tomarles gusto...
Después, ¡qué demonio! es hasta pecado mortal decirle a un hombre del
talento y de la experiencia de usted, cómo se sortean las horas
sobrantes en la vida, que todos pasamos. Lo principal es la base de la
ocupación: las lagunas de ella se colman como se puede. Para eso es el
entendimiento que a usted no le falta... Y, por último, si con los
recursos de él no consigue lo que busca, todavía le queda el de ligarse
al terruño éste con vínculos de tal resistencia, que sólo la muerte
pueda romperlos.
--Los vínculos... matrimoniales, vamos--le interrumpí--. ¿A qué andarnos
con metáforas?
--Cabalmente--replicó el médico.
--Pues lo dicho--añadí yo--. Está usted pensando con mi propio caletre y
hablando con mi misma lengua. También se me había ocurrido esa salida un
momento hace.
--¿En serio?
--O en hipótesis.
--No es lo mismo. ¿Y por qué no ha de habérsele ocurrido en serio? Está
usted en la mejor edad para casarse, es rico, ha corrido el mundo, tiene
la experiencia de él, está huérfano y solo y a centenares de leguas del
único deudo cercano que le queda, y tan sobrado de caudales como usted.
¿Para qué demonios quiere el suyo y la larga vida que tiene por delante,
sino para reconstruir la familia que ha perdido y dejar en la tierra,
cuando la abandone para siempre, alguien que le cierre los ojos con
cariño y le llore de todo corazón?
--Y usted--respondí a Neluco medio en serio y medio en chanza--, que ve
y siente todas esas cosas tan bonitas, que yo no veo ni echo en falta,
como de urgente necesidad, ¿por qué no me ha dado ya el ejemplo?
--Porque son casos muy distintos el de usted y el mío, señor don
Marcelo--díjome a esto Neluco--. Yo empiezo a vivir ahora, necesito
trabajar, y trabajar mucho, para ganar el pedazo de pan que como; y
además, ni me aburro en la soledad en que vegeto, ni me tientan, como a
usted, las seducciones de «allá afuera», ni conmigo ha de extinguirse mi
apellido aunque yo muera solterón... ¡Pero si me viera en el pellejo de
usted!...
--Con verte y sin verte de ese modo--dije yo para mí, contemplando al
médico con ojos de malicia--, no has de tardar mucho en caer del lado a
que te inclinas, marrullero--y añadí en voz alta--: Pues supongamos,
amigo Neluco, que yo, por pensar como piensa usted, o por vocación
verdadera, o por eso que se llama razón de estado, resuelvo casarme...
para vivir aquí, por supuesto, aunque no sea perpetuamente. Natural es
que yo busque una compañera adecuada a mis condiciones... Y en este
caso, ¿me quiere usted decir, señor casamentero, con qué cara ni con qué
conciencia ofrezco yo a ninguna mujer, entre todas las que conozco, este
presidio por recompensa de la dicha que yo voy buscando en el intento de
casarme con ella?
--¡Pues eso sólo le faltaba a usted!--exclamó aquí Neluco llevándose las
manos a la cabeza, como yo me las había llevado poco antes y con el
propio motivo--. Con una compañera de esa estofa no viviría usted aquí
en santa paz media semana. Mil veces peor que la enfermedad sería la
medicina.
--Y siendo esto, como lo es--repuse--, ¿de qué traza ha de ser, y de
dónde, la mujer que yo busque para casarme con ella? ¿Quiere usted que
apechugue con una mozona de Tablanca?
--¿Y no hay más mujeres en el mundo--dijo con entereza el mediquillo--,
que las mozonas de Tablanca y las señoras de Madrid? Procure usted,
señor don Marcelo--añadió en tono de la mayor sinceridad--, que la mujer
elegida para compartir con usted el señorío de esta casa, se considere
muy honrada y gananciosa en ello: con esto basta, y no dude que las de
esta condición abundan a nuestro alcance. El asunto no es puñalada de
pícaro: da tiempo para discurrir, para andar y para ver... y ¡qué
demonio, hombre!--exclamó de pronto con inusitada vehemencia--, puesto
que hablamos ya en serio, y para que vea que no fantaseo yo en lo que
afirmo, válgale este ejemplo que ahora se me viene a la memoria: ¿quiere
usted belleza y ternura y bondad y delicadezas de sentimiento, y cuanto
se pueda pedir, menos la cultura refinada de los salones, en una sola
pieza, en una mujer modelo, aun para un hombre como usted? Pues bien
cerca la tenemos: Lita. Conque anímese usted a pretenderla.
Me quedé estupefacto. ¿Era aquello broma? ¿Era abnegación? ¿Era arranque
patriótico? Le declaré mi asombro, y me dijo:
--Desde que vino usted a Tablanca, está empeñado en ver visiones a ese
propósito. Lo sé por algo que usted me ha dicho y otro poco que ha
dejado traslucir. En una ocasión le pinté la casta y los motivos del
cariño que nos tenemos los dos. Lo que entonces le dije era la pura
verdad, y la mejor prueba de ello, lo que acabo de proponerle y tanto
asombro le ha causado. Crea usted que con todo lo que le estimo y le
considero, no llevaría mi abnegación hasta el punto de brindarle con
prenda de tan alto valer, si fuera mía en el sentido que usted se había
imaginado. Esto sin contar con que, aun sin ese soñado compromiso, sabe
Dios lo que la huéspeda pensaría de estas cuentas, si nos estuviera
escuchando por el ojo de esa cerradura.
Instintivamente volví los ojos hacia la puerta. Entonces soltó una
carcajada Neluco, y comprendí que no sabía yo llevar la broma con la
frescura que el caso requería.
Cambió discretamente de conversación el médico; dimos poco después unas
vueltas por la salona, hablando... no recuerdo de qué trivialidades;
fuese al cabo de un corto rato, y quedéme otra vez solo; pero ¡cosa
extraña! sin inquietudes ni tristezas.