XXXI

¡Y aquélla fue la más negra para mí! La de verme solo en los ámbitos

enmudecidos y yertos de la casona, alcázar de mi flamante y patriarcal

señorío, en el pobre terruño de «mis mayores». Todo me resultaba ancho,

todo me sobraba allí y todo se me venía encima, como si estuviera

edificado en el aire, desde que se había vuelto a sus hogares la familia

del viejo Marmitón. Porque con la presencia continua de unas mujeres tan

animosas y alegres como aquellas dos, más el trajín en que anduvieron

empeñadas y el entrar y salir de tantas y tan distintas gentes en los

últimos días, no había podido conocer yo en su verdadera magnitud el

vacío que dejaba en la casona la muerte de su venerable habitador y

dueño, que, vivo, la llenaba toda, y era además el lazo que me amarraba

a ella con la fuerza de mi compromiso, fundado principalmente en la

consideración de lo que él estimaba el regalo de mi compañía.

Venían a menudo a verme el Cura don Sabas y Neluco, y pasaban conmigo

largos ratos; continuaba la tertulia de la noche muy concurrida y

animada; presidíala yo con la mayor asiduidad, y hacía de tripas corazón

para creerme muy divertido en ella, o para darlo a entender delante de

aquellos rústicos y buenos tertulianos; ocupábame a ratos en despachar

mi correspondencia o en arreglar los papeles y cuentas de la

testamentaría; hablaba con Facia y me complacía en ver cómo, creyéndose

ya, en virtud de las noticias traídas por el juez municipal de marras, y

de mis subsiguientes reflexiones, libre para siempre de la cruz que

tanto la había oprimido, y dando por guardado en el fondo de una

sepultura el secreto de lo que podía ser afrenta para su hija, iba la

pobre mujer tornando a la vida, y recobrando poco a poco las extenuadas

fuerzas de su espíritu, llorando y rezando a la vez por el hombre

desventurado, muerto con el alma manchada de negras intenciones, tras

una vida azarosa y criminal; gozábame también en descifrar en el

impenetrable continente de Chisco ciertos confusos caracteres que

delataban en los adentros de su pechazo un regocijo manso y profundo

desde la herencia de la «pilá de onzas», y en tirarle de la lengua para

saber cómo andaba desde entonces en sus tratos y amistades con la

familia del Topero, el cual, según mis noticias, se había humanizado

mucho con él y hasta «le echaba memoriales con los ojos» y aun con

algunas indirectas demasiado insinuantes; interesábame de veras Pito

Salces, que andaba amurriadote y receloso temiendo que hubieran cambiado

las buenas disposiciones de Tona hacia él desde que era rica por su

madre, y hasta por sí propia, tomando el pobre por desdenes el pasmo,

muy natural, en que cayó la mozona en aquellos días de lances gordos;

salía de casa algunas veces para ventilar un poco las ideas y estirar

los miembros entumecidos, aunque hallaba siempre el suelo como una

esponja encharcada, y frío el sol que iluminaba el valle, mientras me

segaba las barbas el ambiente que no apagaba una cerilla, y tenía que

volverme a mi agujero sin haberme atrevido a descender el pedregal por

donde querían conducirme los impulsos de mi necesidad de departir con

alguien que me comprendiera; tramábala con Chisco después, o con el

primero que se me pusiera por delante, y, en fin, hasta procuraba,

siguiendo las enseñanzas bucólicas de Neluco, descender con mi razón,

más luminosa, a las tenebrosidades de aquellos hombres para hallar el

nivel apetecido y con él el prometido deleite; pero aun así, me sobraban

horas y horas eternas de soledad y de silencio en aquellos páramos

envejecidos y negros en que resonaba el eco de mis pasos febriles como

si los diera bajo las bóvedas sombrías de un calabozo; y por donde

quiera que la mirara, aquella mi labor heroica para hacer la vida más

llevadera no venía a ser otra cosa que labor de encarcelado, hasta con

el tenaz, profundo y tentador deseo de escaparme.

De escaparme sí; porque había vuelto a imponérseme esta idea, no como la

primera vez que la sentí pasando por mi cerebro como una ráfaga, sino

como un prurito irresistible que iba desbaratando por momentos la obra

de mi aclimatación, casi a punto de terminarse ya. Parecíame la fuga una

verdadera canallada; pero los cuerpos abandonados en el aire, caen por

su propia gravedad; y así me sentía yo caer, roto, con la muerte de mi

tío, el vínculo que más me ligaba a la casona. Cierto que me quedaban

las ligaduras de un compromiso solemnizado tantas veces y delante de

tantas y tan distintas personas; pero también era verdad que a ese

compromiso le había puesto yo la limitación de «en cuanto me fuera

posible», y que, suponiendo que llegara a ser capaz de penetrar la obra

de mi tío para trabajar en ella, mi trabajo no sería continuo ni a cada

hora, ni siquiera de cada día, al paso que la tediosa realidad que me

asfixiaba era continua, perenne, de todos los momentos.

Luchando sin cesar entre estos impulsos empecatados y las repugnancias

de mi conciencia de hombre formal, hubo ocasión en que me reí de mí

propio, viéndome discurrir con el criterio de un colegial mal avenido

con su encierro. ¡Qué cosas se me ocurrían para justificar una escapada,

con promesa de volver y propósito de no cumplirla!

Serenándome después y dando mayor altura a mis pensamientos, detúveme a

considerar el valor de los buenos frutos que había conseguido con el

trabajo de mis propias observaciones, y el ejemplo y la predicación, más

o menos directa, de mi tío, de Neluco, del señor de la Torre de

Provedaño, sobre todo, y de otras muchas personas de gran monta; y

entonces me avergoncé de haber pensado como pensé para sacudir la carga

de mis tristezas.

Colocado en este terreno, pronto comprendí que lo que yo necesitaba

desde luego y con urgencia para salir airosamente del conflicto, era

adquirir otras ligaduras con qué sustituir las quebrantadas por la

muerte; otro vínculo nuevo que me uniera a Tablanca, ya que no tan

estrechamente como lo estuvo mi tío, hasta el punto, cuando menos, de

que dejara la casona de ser cárcel para mí.

Bueno. Pero ese vínculo ¿dónde hallarle? ¿de qué casta era?... ¡Quién

sabe los espacios que recorrí entonces con la imaginación enardecida y

visionaria! En este viaje veloz y disparatado no hallé momento de

tranquilidad ni de reposo, porque todo me parecía mal para hacer un alto

de respiro... hasta que di en la más peregrina de las ocurrencias. Pero

ya tenía siquiera una hipótesis en que detener el discurso fatigado.

Pues a ello, y con toda la minuciosidad escrupulosa de quien, como yo,

medita en asunto tan grave como aquél por vez primera en su vida. Elevé

los pensamientos por encima de las enriscadas barreras del valle, y le

llevé lejos, muy lejos de Tablanca; cerré los ojos, acudí a los

repuestos de la memoria, y fui extrayendo de ella una verdadera legión

de imágenes, a las que hice desfilar después, una a una, por delante de

mí. Cuando hubo pasado la última figura de esta bizarra procesión, volví

con el pensamiento a las montunas realidades de Tablanca... y me llevé

las manos a la cabeza, como quien se percata de que ha estado colmándola

de disparates para obtener ideas salvadoras. Apagué la linterna de mis

cavilaciones y, ¡oh sorpresa!, con el último rayo de su luz vi pasar

rápidamente por los términos ofuscados de la imaginación, una nueva e

inesperada imagen que parecía llevar en sí la virtud de resolver todas

las dificultades del conflicto. Pero... Y acabé por hacerme cruces y

echarme a reír.

Riéndome estaba aún cuando entró Neluco.

--Así me gusta verle a usted--me dijo--, y no con la triste catadura de

estos días atrás.

--Pues a ella volveremos, amigo Neluco--le respondí--, si Dios no hace

el milagro que le pido.

--Sin embargo, usted se reía ahora...

--La risa del conejo...

--No insisto--repuso el médico--, porque no quiero que me tenga usted

por imprudente; pero le aseguro que, sin ese temor, más de dos veces le

hubiera preguntado, en estos últimos días, por los motivos de un

desaliento que no ha podido usted disimular.

Despertaba esta declaración de Neluco la idea, no dormida enteramente en

mí, de confesarme con él, como Facia se había confesado conmigo. Podía

esperar mucho de los consejos de su experiencia, y, en último caso, el

alivio que da en las apreturas del ánimo el recurso de departir sobre

ellas con un amigo de buen entendimiento.

--Precisamente--le respondí armándome de resolución--, tenía yo grandes

deseos de echar un párrafo con usted sobre los mismos particulares.

Conque, ahora o nunca.

Cerré la puerta de mi gabinete, sentámonos los dos con la mesita entre

ambos, y comencé a hablarle de esta manera:

--Ha de saber usted, amigo Neluco, que desde que volvieron a reinar el

orden y el silencio en esta casa, después de muerto y sepultado mi tío,

yo no sé en qué invertir las horas que me sobran dentro de ella... Me

parecen interminables, no veo el modo de mejorarlas y me asusta lo

porvenir con una perspectiva semejante. Esta es la verdad de lo que me

sucede; le tengo a usted por buen amigo, y a usted se la declaro.

--¿Para qué?--me preguntó el médico, muy serenamente, después de

contemplarme en silencio unos instantes.

--Por lo pronto--le respondí--, para que usted la conozca, y después,

para que, si lo tiene a bien, me ayude con su autorizado consejo.

--¿A qué?--volvió a preguntarme con la misma serenidad de antes.

--¡Pues me gusta la ocurrencia, caramba!--exclamé yo un tanto picado por

aquel modo de acorralarme, que se parecía mucho a una broma algo

pesada--. ¿Qué se entiende aquí por ayudar a un hombre que perece en el

fondo de un precipicio?

--Perdone usted--replicó el médico--; pero o yo no estoy en mis cabales,

o el caso que me cita por ejemplo, no es aplicable enteramente al caso

particular de usted. El que se halla en el fondo de un precipicio, no

puede tener otro deseo que el de salir y alejarse de él; y a usted, en

la situación en que hoy se encuentra, se le puede servir de dos maneras:

ayudándole a salir de ella, o trabajar para hacérsela soportable y hasta

divertida. Ahora usted dirá de cuál de estos dos extremos se trata.

--Del que mejor le parezca a usted--le dije--, o de los dos juntos... En

fin, póngase usted en mi caso, y hábleme con franqueza.

--Pues con franqueza le digo--repuso el médico que no me extraña lo que

le sucede a usted. Lo esperaba... Entendámonos: esperaba que muerto don

Celso y solo usted en su casa, había de parecerle ésta más grande, más

negra y más triste que antes, y el tiempo que pasara en ella, muy largo

y enojoso. Nada más natural en un hombre de los gustos, de la educación

y de los antecedentes mundanos de usted. Lo que no esperaba es que

llegaran sus desalientos al extremo a que, por lo visto, han llegado...

Pues mire usted, señor don Marcelo: ni por cortesía siquiera le aconsejo

a usted que, para distraer su fastidio, se largue enseguida de Tablanca;

consejo que, o yo no sé leer fisonomías o es el que más había usted de

agradecerme. Y no se le doy, porque estoy segurísimo de que si se

largara usted en la situación de ánimo en que se encuentra ahora, no

volvería por acá en todos los días de su vida.

--Hombre--respondí yo cogido por la mitad de lo cierto--, eso es mucho

decir.

--Ni más ni menos que lo justo--replicó el médico--, porque es la pura

verdad; y usted no puede ni debe hacer eso, aunque echemos en olvido

cierta promesa y hasta lo solemne de la ocasión en que fue ratificada;

porque usted nada tiene que hacer en ese mundo que le tienta, y aquí sí;

porque allá--y dispense la franqueza--, a pesar de sus merecimientos

personales, no pasaría de ser uno más en el montón de los anónimos, y

aquí desempeñaría un papel mucho más lucido, no por el relumbrón de su

jerarquía, sino por la condición benéfica del cargo. Nada de esto quiere

decir que esté usted obligado a sepultarse aquí perpetuamente: al

contrario, yo sería el primero en aconsejarle que no lo hiciera; que de

vez en cuando traspusiera esas cumbres para echar una cana al aire, bien

seguro de que esas correrías, hechas por un hombre del entendimiento y

de la cultura y de los caudales de usted, habían de lucir al fin y al

cabo en beneficio de este valle. Mas para llegar a ese extremo, es

decir, para que pueda yo excitarle a que se vaya, es preciso asegurarle

aquí antes con algo que le sirva de cebo para volver, por natural y

espontáneo movimiento de su corazón... En una palabra, tiene usted que

aclimatarse de nuevo a esta casa y a esta tierra, y a estos hombres,

tales y como habían llegado a parecerle, a la muerte de su tío don

Celso.

--Pero, hombre de Dios--exclamé yo aquí--, si precisamente es ése mi

dedo malo; si todo eso que usted me dice parece pensado con mis propios

pensamientos y dicho con mi propia lengua; si yo no deseo otra cosa que

apegarme a este terruño y cogerle todo el amor que usted le tiene; pero

¿cómo? ¿con qué? Este es el caso. Vivo mi tío, la obligación, convertida

en gusto ya, de acompañarle, me entretenía, y con ello, todo cuanto le

rodeaba; muerto él, me falta aquel recurso poderoso, me pierdo en el

vacío de esta casa, y me abruman las eternas horas que paso en ella

buscando la manera de abreviarlas. Continuar su obra benéfica.

Enhorabuena. Esto es fácil y hermoso de decir; pero es muy vago y no

resuelve nada, y lo que yo necesito es algo más concreto, más práctico y

del momento. Si se tratara, verbigracia, de cortar camisas para los

pobres o de enseñar la doctrina a los muchachos, yo me pasaría los días

enteros manejando, las tijeras o injiriendo el Padre Astete en las

cabezas de estos motilones; pero no se trata de eso ni de cosa parecida:

la obra de mi tío no da qué hacer a cada instante ni a cada hora.

--¿Cómo que no?--interrumpióme Neluco--. ¿La conoce usted a fondo por si

acaso?

--No, señor--le respondí.

--¿Y le parece a usted--añadió--poco entretenimiento el de estudiarla de

ese modo, no sólo para conocerla, sino para mejorarla? Porque a usted le

hemos de exigir también--prosiguió el mediquito bromeándose--, que la

mejore, y la mejorará seguramente.

--Santo y bueno--dije yo siguiendo el tono que me daba Neluco--: la

mejoraré si ustedes se empeñan. Pero--añadí formalizándome de veras--,

ese estudio que me recomienda usted, hasta para entretenimiento de las

horas de estos días, ¿cómo le hago? ¿por dónde comienzo?

--¿Y para cuándo--replicó Neluco--son los buenos amigos y los

competentes consejeros? ¿En qué ocupación más agradable ni más honrosa

podría usted emplearnos?... y perdone la inmodestia con que me sumo con

ellos... Y ya que de esto se trata y estoy autorizado por usted para

hablarle con franqueza, he de decirle que además de este estudio, del

que no puede usted prescindir, hay otra ocupación más del momento

todavía, en la que debió de habernos empleado días hace... y no nos ha

empleado usted, con gran extrañeza nuestra; con lo cual ha perdido un

excelente recurso para matar horas sobrantes... Pensaba yo que, aunque a

usted le sobraba el dinero al venir a Tablanca, había de picarle un poco

la curiosidad de conocer de vista las haciendas de aquí, heredadas de

don Celso, y el organismo, vamos al decir, de los tratos y contratos con

sus llevadores, y algo más, a este tenor, que no deja de ofrecer su lado

patriarcal, y por ende, interesante y pintoresco para un hombre como

usted. Con el pretexto de verlo con los propios ojos, se deja la cárcel

que abruma y entristece, se respira el aire libre y se renuevan las

ideas y se esparce el ánimo encogido. Con la contemplación de lo visto

así, nacen pensamientos que se comunican, por de pronto, con quienes nos

rodean, y dan materia abundante para discurrir después si estamos solos,

o para departir con interés gustoso si estamos acompañados de amigos que

nos quieren bien. La propiedad, por pequeña que sea, tiene esa virtud, y

si es recién adquirida, en más alto grado. ¡Figúrese usted si durante

estos días en que tan soberanamente se ha aburrido y tan hermoso se ha

mostrado el tiempo, nos hubieran faltado motivos de excursiones y temas

de conversación y andamiajes de proyectos! Vamos, que parece mentira que

ni por instinto de conservación se le haya ocurrido a usted una cosa tan

hacedera y conveniente, y haya preferido entregarse atado de pies y

manos a las inclemencias de su carcelero. Pero todavía no es tarde para

subsanar esta equivocación. Le acompañaremos a usted por esos campos

mientras el tiempo lo consienta; veremos y hablaremos lo que a usted le

importa ver y de lo que le interesa hablar; continuaremos aquí después

las conversaciones de afuera, y se apuntarán o se discutirán y se

reformarán cálculos y proyectos, aunque alguna vez resulten castillos en

el aire. Esto, por de pronto. Mucho de lo demás, vendrá ello solo a

meterse por las puertas de esta casa... Por ejemplo: dentro de pocos

días, porque ya estamos en el mes de hacerlo así, verá usted ir llegando

la falange de sus colonos y aparceros a pagarle las «rentas» que le

deben, unos en maíz, en castañas o en dinero; otros en las tres especies

juntas, y algunos con las manos en los bolsillos desocupados, para que

usted les provea de lo que más necesitan. Así irá usted conociendo, poco

a poco, hasta el pie de que cojean, y descubriendo el camino por donde

ha de llegar hasta la entraña misma del misterio... Amén de esto, ¿por

qué no ha de volver usted a sus saludables correrías de antes? Ahí está

Chisco, más animoso y ufano aún que entonces, porque ha mejorado

fortuna, y doblemente apegado a usted por las larguezas que con él ha

tenido; ahí está Chorcos suspirando todavía, aunque no tanto como por la

hija de Facia, por aquellas aventuras montaraces, y aquellos tragos de

licor tan confortantes, y aquellos agasajos tan frecuentes... y aquí

estoy yo, finalmente, para cuando quiera disponer de mí; y lo mismo le

dirá don Sabas de sí propio, y cada uno de los habitantes de este

pueblo... Otro ejemplo más. A la hora menos pensada verá usted retoñar

en el campo los preludios de la primavera; hallará la tierra enjuta y

salpicada de florecillas esmaltadas; aspirará la fragancia de los montes

y de los prados, y quizá se fije en que ya es hora de mover la tierra...

pinto el caso, de este huerto, y aun de cultivarle mejor de lo que se ha

cultivado hasta hoy; y con esos fines, llama usted a los obreros, hasta

por el gusto de pagarles el jornal; y los manda que caven; y según le

van obedeciendo, se va usted emborrachando con el olor de la tierra

removida, que es el olor de los olores agradables, y piensa en nuevas y

variadas plantaciones, y hasta esboza un proyecto de jardín en el rincón

más abrigado... Y quien dice mejorar el huerto, dice retejar la casa o

reparar sus achaques interiores... en fin, que nunca faltan quehaceres

al hombre que se empeña en tenerlos, aunque sea en las soledades de

Tablanca... Y ¿para qué se quiere el dinero?

Aquí hizo un alto Neluco y se quedó mirándome fijamente como en espera

de mi contestación. No tardé en dársela.

--Todo ese cuadro que acaba usted de trazarme--le dije--, me enamora y

me seduce... como pintado en un papel. Mas quiero dar por supuesto que

es la pura realidad. Ya tengo en mis manos el remedio contra el fastidio

de unos cuantos días... de una buena temporada, si usted quiere.

Corriente. Pero ¿Y después? Cuando no pueda voltejear por la montaña, ni

remover la tierra de mi huerto, ni tenga negocios que tratar con mis

colonos, y usted esté ocupado en sus quehaceres profesionales, y don

Sabas en los de su ministerio, y vuelvan las celliscas desatadas, y las

horas sin fin, y las noches eternas, ¿qué me hago yo en las soledades de

este palomar, sin la naturaleza y las aficiones de mi tío, o de don

Sabas o de usted?

--Es que yo cuento--me replicó Neluco--, con que le basten y le sobren

para atarle a Tablanca, de tal modo que se le pueda dar licencia para

que se ausente del valle sin el temor de que no vuelva a él, esos

entretenimientos y otros tales, si llega usted a tomarles gusto...

Después, ¡qué demonio! es hasta pecado mortal decirle a un hombre del

talento y de la experiencia de usted, cómo se sortean las horas

sobrantes en la vida, que todos pasamos. Lo principal es la base de la

ocupación: las lagunas de ella se colman como se puede. Para eso es el

entendimiento que a usted no le falta... Y, por último, si con los

recursos de él no consigue lo que busca, todavía le queda el de ligarse

al terruño éste con vínculos de tal resistencia, que sólo la muerte

pueda romperlos.

--Los vínculos... matrimoniales, vamos--le interrumpí--. ¿A qué andarnos

con metáforas?

--Cabalmente--replicó el médico.

--Pues lo dicho--añadí yo--. Está usted pensando con mi propio caletre y

hablando con mi misma lengua. También se me había ocurrido esa salida un

momento hace.

--¿En serio?

--O en hipótesis.

--No es lo mismo. ¿Y por qué no ha de habérsele ocurrido en serio? Está

usted en la mejor edad para casarse, es rico, ha corrido el mundo, tiene

la experiencia de él, está huérfano y solo y a centenares de leguas del

único deudo cercano que le queda, y tan sobrado de caudales como usted.

¿Para qué demonios quiere el suyo y la larga vida que tiene por delante,

sino para reconstruir la familia que ha perdido y dejar en la tierra,

cuando la abandone para siempre, alguien que le cierre los ojos con

cariño y le llore de todo corazón?

--Y usted--respondí a Neluco medio en serio y medio en chanza--, que ve

y siente todas esas cosas tan bonitas, que yo no veo ni echo en falta,

como de urgente necesidad, ¿por qué no me ha dado ya el ejemplo?

--Porque son casos muy distintos el de usted y el mío, señor don

Marcelo--díjome a esto Neluco--. Yo empiezo a vivir ahora, necesito

trabajar, y trabajar mucho, para ganar el pedazo de pan que como; y

además, ni me aburro en la soledad en que vegeto, ni me tientan, como a

usted, las seducciones de «allá afuera», ni conmigo ha de extinguirse mi

apellido aunque yo muera solterón... ¡Pero si me viera en el pellejo de

usted!...

--Con verte y sin verte de ese modo--dije yo para mí, contemplando al

médico con ojos de malicia--, no has de tardar mucho en caer del lado a

que te inclinas, marrullero--y añadí en voz alta--: Pues supongamos,

amigo Neluco, que yo, por pensar como piensa usted, o por vocación

verdadera, o por eso que se llama razón de estado, resuelvo casarme...

para vivir aquí, por supuesto, aunque no sea perpetuamente. Natural es

que yo busque una compañera adecuada a mis condiciones... Y en este

caso, ¿me quiere usted decir, señor casamentero, con qué cara ni con qué

conciencia ofrezco yo a ninguna mujer, entre todas las que conozco, este

presidio por recompensa de la dicha que yo voy buscando en el intento de

casarme con ella?

--¡Pues eso sólo le faltaba a usted!--exclamó aquí Neluco llevándose las

manos a la cabeza, como yo me las había llevado poco antes y con el

propio motivo--. Con una compañera de esa estofa no viviría usted aquí

en santa paz media semana. Mil veces peor que la enfermedad sería la

medicina.

--Y siendo esto, como lo es--repuse--, ¿de qué traza ha de ser, y de

dónde, la mujer que yo busque para casarme con ella? ¿Quiere usted que

apechugue con una mozona de Tablanca?

--¿Y no hay más mujeres en el mundo--dijo con entereza el mediquillo--,

que las mozonas de Tablanca y las señoras de Madrid? Procure usted,

señor don Marcelo--añadió en tono de la mayor sinceridad--, que la mujer

elegida para compartir con usted el señorío de esta casa, se considere

muy honrada y gananciosa en ello: con esto basta, y no dude que las de

esta condición abundan a nuestro alcance. El asunto no es puñalada de

pícaro: da tiempo para discurrir, para andar y para ver... y ¡qué

demonio, hombre!--exclamó de pronto con inusitada vehemencia--, puesto

que hablamos ya en serio, y para que vea que no fantaseo yo en lo que

afirmo, válgale este ejemplo que ahora se me viene a la memoria: ¿quiere

usted belleza y ternura y bondad y delicadezas de sentimiento, y cuanto

se pueda pedir, menos la cultura refinada de los salones, en una sola

pieza, en una mujer modelo, aun para un hombre como usted? Pues bien

cerca la tenemos: Lita. Conque anímese usted a pretenderla.

Me quedé estupefacto. ¿Era aquello broma? ¿Era abnegación? ¿Era arranque

patriótico? Le declaré mi asombro, y me dijo:

--Desde que vino usted a Tablanca, está empeñado en ver visiones a ese

propósito. Lo sé por algo que usted me ha dicho y otro poco que ha

dejado traslucir. En una ocasión le pinté la casta y los motivos del

cariño que nos tenemos los dos. Lo que entonces le dije era la pura

verdad, y la mejor prueba de ello, lo que acabo de proponerle y tanto

asombro le ha causado. Crea usted que con todo lo que le estimo y le

considero, no llevaría mi abnegación hasta el punto de brindarle con

prenda de tan alto valer, si fuera mía en el sentido que usted se había

imaginado. Esto sin contar con que, aun sin ese soñado compromiso, sabe

Dios lo que la huéspeda pensaría de estas cuentas, si nos estuviera

escuchando por el ojo de esa cerradura.

Instintivamente volví los ojos hacia la puerta. Entonces soltó una

carcajada Neluco, y comprendí que no sabía yo llevar la broma con la

frescura que el caso requería.

Cambió discretamente de conversación el médico; dimos poco después unas

vueltas por la salona, hablando... no recuerdo de qué trivialidades;

fuese al cabo de un corto rato, y quedéme otra vez solo; pero ¡cosa

extraña! sin inquietudes ni tristezas.

Peñas arriba · 第 32 / 35 题