Señalado fue también de veras, ¡bien señalado!, aquel día para la casona
de Tablanca y para el pueblo. El mismo gigantón de la Castañalera me
aseguró que, con estar los caminos intransitables y los puertos a medio
desnevar, habían sido aquéllos los funerales más pomposos que se habían
celebrado en la parroquia, en cuanto podía acordarse él (y eso que la
extensión de sus recuerdos andaba rayando con un siglo), por lo tocante,
en particular, al número y calidad de los concurrentes forasteros. Entre
el clero, que fue muy numeroso, acudió lo más afamado de la vicaría en
el canto fúnebre, y, por ende, no faltó el párroco de Zarzaleda, que era
una especialidad muy admirada, y no sin razón de fundamento, para
entonar el _Dies irae_ con su voz atenorada y vibrante, que ponía los
pelos de punta a los fieles más duros de conmover; y concurrieron
también con estos párrocos muchos de sus feligreses que, sin parentesco
ni afinidad personal alguna con el difunto, eran fervientes admiradores
de su buena fama. Pero no fue este contingente, ni por lo numeroso ni
por el ruido que movían sus espelurciadas cabalgaduras en las callejas
del lugar, lo que más llamó la atención en él, sino el otro contingente,
el de los señores que fueron llegando a la casona por todos los senderos
de los montes circundantes. Chisco y Pito Salces ayudaban a desmontar a
los que no traían espolique, que eran los más, y se apoderaban de sus
caballos; Neluco y don Pedro Nolasco les salían al encuentro en la
escalera y me los presentaban a mí después a la puerta de la salona,
desde donde los conducía a mi gabinete, que había vuelto a ser, por
aquel día, estrado o sala de honor, y en cuya mesa de centro había un
agasajo de vinos generosos y bizcochos de soletilla, con el cual los
brindaba tan pronto como concluían las salutaciones y cortesías de
rúbrica, sin perjuicio de que llegaran luego Mari Pepa o su hija, muy
vestidas y aderezadas ya de día de fiesta, aunque luctuosa, a ofrecerles
algo de mayor sustancia, por si estaban en ayunas, como leche, caldo o
chocolate... o magras de jamón con huevos estrellados; pero todos
optaban por la copeja de vino con bizcochos, «reservándose para
después...». «Después» era la comida del mediodía, terminados los
funerales.
Porque todos aquellos señores eran huéspedes míos, avisados con esta
condición, y aun sin ella... y aun sin aviso ninguno. Bastaba la
costumbre para autorizarlo; y el ser amigos de la casa mortuoria en un
lugarejo tan desmantelado como aquél, para justificar la costumbre.
De recibir y agasajar al clero, hecho a poco y mal guisado, estaba
encargado por orden y cuenta mías, y también según otra costumbre, el
párroco don Sabas; de los demás forasteros del montón, nadie solía
cuidarse, y nadie se cuidó allí tampoco.
Así y todo, por la condición de mis comensales, aunque relativamente
escasos, y por lo que me obligaba la mía, era de necesidad echar el
resto en la casona; y nadie creería a no verlo, como yo lo vi, la suma
de desvelos y sudores que llegó a representar aquel trabajo; lo que se
revolvió en la casa y en el lugar; las gentes que fueron puestas en
movimiento; las leguas de camino que se trillaron por buenos andadores,
y las horas robadas al sueño y al descanso más de una noche; y a pesar
de ello y de las «guisanderas» a jornal que ayudaron a las mujeres de
casa en lo más duro y comprometido de la faena, sabe Dios lo que hubiera
resultado a la hora crítica y solemne, sin la vigilancia continua y la
previsión y diligencia admirables de mis dos hadas bienhechoras... y la
hermana de Neluco.
Porque la ínclita matrona de Robacío estaba en Tablanca desde la
víspera. Había llegado al anochecer con su marido, y «a las ancas». Así
fueron a casa de Neluco; halláronla cerrada, y siguieron a la de don
Pedro Nolasco; díjoles la mozona que servía en ella lo que pasaba, y
torcieron hacia la casona, sin lástima alguna del pobre rocín que ya se
quebrantaba por el lomo y estuvo a pique de gastar el último resuello al
subir el pedregal.
Al encontrarse las dos amigas en mitad del carrejo, enzarzáronse en un
abrazo, tan íntimo y apretado, que parecía una «engarra»; se comían a
besos, y entre beso y beso se decían las mayores atrocidades; llegó Lita
con su abuelo, y se repitió la escena, hasta que acabó la de Robacío por
fijarse en mí y rompió a llorar por el difunto, de tan buena gana, que
parecía no haber consuelo para ella, mientras su marido, que ya me había
saludado, hacía sus correspondientes pucheros, y se enjugaban los ojos
con los delantales Lita y su madre, que eran de suyo muy tiernas de
corazón y pegajosas de las lágrimas. Acabóse el estrépito, por la virtud
de un conjuro mío, con la misma rapidez con que se había desatado, y nos
fuimos hacia la salona todos juntos y en santa paz, aunque no en
silencio. Al llegar Neluco, otro estampido de su hermana, que no cerró
boca en toda la noche ni quiso salir de la casona desde que supo el
trajín que había en ella. Cabalmente se perecía por esas cosas, y la
mataba la quietud. Por otra parte, los caminos no estaban muy
apetecibles que dijéramos, para que una mujer de sus carnes se
aventurara a pisarlos de noche sin una gran necesidad; amén de que ella
no había de causar apuros ni extorsiones en la casa, porque bien sabía
Mari Pepa que, en juntándose las dos, siempre hacían «cama redonda».
De este modo y por aquellos motivos durmió allí, y se fueron solos,
después de cenar, su marido y Neluco a casa de éste.
Los primeros que llegaron al otro día bien temprano fueron dos parientes
de la que fue mujer de mi tío Celso, de los Sánchez del Pinar, de
Caórnica, a orillas del Saja. Eran el uno muy alto y el otro muy bajo:
los dos de espesas patillas grises; poco risueños ambos y nada locuaces.
Les daba vergüenza--así me dijeron por entrar--visitarme y ofrecerme sus
respetos por primera vez en ocasión tan triste; pues encerrados en su
valle, del que no salían jamás sin un motivo de gran monta, un poco por
ignorancia de los sucesos y otro poco por la maña de «dejar negocios
para otro día...». En fin, allí estaban para que dispusiera de ellos a
mi comodidad, como podía disponer de otros comparientes de allá, que no
les habían acompañado, quién por falta de salud, quién por la de
cabalgadura. Todos tuvieron en mucho a don Celso y le fueron muy
adictos, aunque le molestaron poco.
Sin acabar de sentarse apenas estos personajes, apareció en la salona
otro cuyo aspecto me sorprendió mucho. Era alto, más que el de Caórnica;
de luenga y puntiaguda barba blanca, moreno de color, de nariz muy
prominente y aguileña, ojos pequeñitos y verdes y cejas erizadas y
blanquísimas; la cabeza cubierta con un alto gorro cilíndrico de piel de
nutria, y todo el cuerpo, hasta los pies, con un capotón de paño
ceniciento. Parecía un mago. Se quitó el gorro y se despojó del capote
en cuanto se encaró conmigo, y dejó al descubierto un matorral de pelos
blancos, recios y apretados, y un vestido de anticuada forma con
relación a los figurines vigentes, de buen paño, sí, pero muy
descolorido ya. Aquel hombre venía de los precipicios del Deva, y
resultó ser el famoso don Recaredo, de quien yo tenía muchas noticias
por mi tío; hidalgo de rancio solar, célibe impenitente, afamado cazador
de fieras, y de grande y merecido influjo en toda su comarca; bien
relacionado con los hombres del ajetreo político de la capital y
sucursales de ella; muy solicitado de aspirantes a la representación en
Cortes del distrito, en épocas de lides electorales... y primoroso
carpintero de afición, única bien arraigada que se le conocía y con la
cual entretenía las soledades y holganzas de su vida en el viejo caserón
que habitaba.
Detrás de don Recaredo llegaron de un golpe, por haberse juntado unos en
el camino y todos a la puerta de la casona, hasta cinco pudientes, más o
menos ligados a ella por parentesco lejano o amistad antigua, de las
orillas del Nansa, aguas arriba y aguas abajo.
Enseguida de éstos, aparecieron en la salona otros dos personajes de
gran cuenta, que me impusieron mucho por su apostura y atalajes, tan
diferentes de todo lo que se usaba por allí y de lo que a la sazón me
rodeaba.
Eran nada menos que el ilustre caballero don Román Pérez de la Llosía y
su yerno don Álvaro de la Gerra. Iban desde Santander, donde residían, y
habían hecho el viaje en dos jornadas. La verdad ante todo: yo, que
hasta entonces dominaba la escena con el desembarazo que da la
conciencia de «valer más» en la escala de la educación y de la cultura
intelectuales, al verme enfrente de aquellos dos concurrentes de tan
distinguido y elegante porte, sentí que se me bajaban mucho los humos de
la chimenea, hasta en lo de llevar bien la ropa, particularmente en lo
que tocaba la comparación con el apuesto y correctísimo yerno del
señorón de Coteruco. Me vi bastante torpe para expresarles la gratitud
que les debía por aquel acto tan honroso para la memoria de mi tío, y la
satisfacción de que me sentía poseído al estrechar las manos de unas
personas de quienes tantas y tan grandes noticias tenía yo desde que
había llegado a Tablanca. Recuerdo que este fue el tema de mi respuesta
a las salutaciones corteses de los dos caballeros; pero no lo que dije.
De lo que estoy seguro es de haberlo dicho muy mal. Valga la verdad.
Sin darme tiempo para preguntar a don Román (con lo que me evité,
probablemente, la comisión de una gran impertinencia) a qué altura
andaban sus propósitos de vuelta a Coteruco, apareció en escena otro
personaje de los de primera talla, y al cual abracé con verdadera
efusión de mi alma: el perínclito señor de la Torre de Provedaño, que
para llegar a la hora que llegaba, como don Recaredo para ir desde los
riscos del Deva y los de Caórnica desde su valle, había necesitado andar
de noche la mitad del camino, ¡y qué camino! Así llegaba él, con la cara
echando lumbres y los labios contraídos entre las barbas erizadas y los
bigotes con carámbanos. Lo que había pasado antes entre el que llegaba y
los presentes, por conocerse todos de trato, o de nombre cuando menos,
pasó allí entonces; pero con la notable diferencia de que al reparar el
de Provedaño en el de Coteruco, no acabó todo ello en el apretón de
manos afectuoso o en los familiares y mutuos palmoteos en la espalda,
sino que conmovidos y anhelantes uno y otro, sin decirse una palabra, se
abrazaron tan estrechamente, que parecían no acertar a separarse.
Después le tocó el turno a don Álvaro, con quien no tenía tanta amistad
el de Campóo como con su suegro; y arreglada a esta ley fue la expresión
de su saludo.
Para muy poco más que estos cumplidos me dio el tiempo, porque aún no
habían vuelto a sentarse la mitad de las personas allí presentes, cuando
vino recado de don Sabas de que todo estaba pronto en la iglesia y que
se nos aguardaba. Como ya eran muy cerca de las diez y no duraría el
funeral menos de dos horas, y los forasteros habían de volver a sus
hogares después de comer en el mío, y las tardes eran muy cortas, nos
pusimos en marcha inmediatamente, acompañándonos Neluco y también su
hermana y Mari Pepa, muy enlutadas. Al viejo Marmitón no le permitimos
salir de casa. Para disponer la mesa y dirigirlo y ordenarlo todo, se
quedó Lituca que se pintaba sola para ello y otro tanto más. También se
quedaron Chisco y Pito Salces con otros dos mozones de mi confianza,
bien advertidos por mí de muchos cuidados, particularmente el de la
vigilancia, no sé si porque me salió espontáneamente de adentro la
ocurrencia, o porque me la inspiró una mirada elocuentísima de la mujer
gris, al ver cómo iba a quedarse la casona, sin nosotros, indefensa y
punto menos que vacía.
Andando ya hacia la iglesia, vimos aparecer de pronto, sobre la jiba del
pedregal, un hombre alto y fornido, de hermosa cabeza, envuelto entre un
chambergo de anchas alas y una barba gris; venía a cuerpo con un
chaquetón pardo, y los pantalones, del mismo color, arremangados sobre
unos borceguíes de recia suela y muy embarrados. Traía las manos metidas
en los bolsillos del chaquetón, un garrote pinto y nudoso debajo del
brazo izquierdo, y en la boca una pipa ahumando.
El primero que le conoció fue el señor de Provedaño, que iba de los más
delanteros entre nosotros. Se detuvo un instante para mirarle con la
mano de canto sobre la frente, y se detuvo también el otro con los ojos
sombríos e imperturbables clavados en él. Parecían dos leones. No les
faltó más que olerse. Después se acercaron más, y se estrecharon las
diestras con recias sacudidas. Entonces me parecieron dos robles gemelos
de la montaña estremecidos por el soplo de una misma ráfaga. No sé lo
que se dijeron, ni si se dijeron algo. ¿Para qué? En estas dudas vi a
don Román Pérez de la Llosía salir como una flecha, de entre los más
rezagados del grupo que bajaba, hacia el hombre que subía, y que éste,
al notar que se le acercaba el de Coteruco, desprendió su diestra de la
del campurriano, y se quitó con ella marcialmente el chambergo,
descubriendo así la frente espaciosa y blanca, sobre la cual parecía
reflejarse el rayo de luz que lanzaron entonces sus ojos. No he visto
jamás actitud de hombre más varonil, más noble ni más hermosa. Pero don
Román no se anduvo en chiquitas, y quieras o no, le estrechó entre sus
brazos. Su yerno hizo lo mismo enseguida. Después se adelantó don
Recaredo y le tendió la mano. A todo esto, flotaba en el aire el nombre
de «don Lope» pronunciado por muchas bocas; y con ello y lo que yo sabía
por la historia de los descalabros de don Román en su pueblo, narrada
minuciosamente por mi tío varias veces, di por conocido el personaje; y
no me equivoqué, pues a los pocos momentos me lo trajo de la mano el
señor Pérez de la Llosía y me dijo presentándole:
--Mi mejor amigo y el más noble convecino mío de Coteruco, don Lope del
Robledal. Viene a Tablanca para ofrecerle a usted personalmente toda la
amistad y respeto que le merecieron las virtudes de don Celso, y a rezar
por su alma en los funerales de hoy.
Correspondí con la mayor cordialidad y como mejor pude a aquellos nobles
ofrecimientos; supo él adónde íbamos por allí; y sin querer aceptar un
momento de descanso, que no necesitaba, retrocedió y se fue camino de la
iglesia con nosotros... digo mal, con don Román solamente, pues le tomó
éste por su cuenta desde luego, apartándose un buen trecho de los demás,
que nada hicimos por acercarnos a ellos, respetando la santa avidez con
que el noble expatriado de Coteruco aprovecharía aquella providencial
ocasión de saber algo más de lo que sabía sobre el estado de cosas de su
pueblo nativo, aunque fueran extraídas con la ganzúa de sus ansias de
aquel arcón de cuatro llaves. Mientras tanto, don Álvaro de la Gerra fue
trazando nuevos y curiosísimos rasgos del carácter, original hasta lo
increíble, de aquel hidalgo montañés.
Así llegamos a la iglesia, en la que no hubiéramos logrado penetrar sin
salir, como salieron de ella, parte de los que estaban dentro, los
cuales apenas cabían después en el soportal, que también estaba atascado
de gente.
La duración de los oficios no bajó un minuto de las dos horas
calculadas; y cuando volvimos a la casona los que de ella habíamos ido a
la iglesia, más el extraño don Lope que quería volverse a Coteruco desde
allí, y se hubiera vuelto sin la intervención de don Román, único entre
todos nosotros conocedor de los resortes por que se regía aquel carácter
excéntrico, ya estaba la mesa preparada con todas las grandezas de
abolengo..., y algo más que se había podido adquirir, hasta en las casas
de los amigos, como don Pedro Nolasco y el médico. Porque pasábamos de
docena y media los comensales, entre propios y extraños.
En otro tiempo me hubiera dado un accidente en presencia del _menú_ de
aquella comida, cuanto más de la comida misma, porque fue verdaderamente
espantable aquel llegar a la mesa (conducidos por Facia y por su hija,
sofocadas por el trajín y relucientes de pellejo) de pilas de potajes
con metralla de embutidos; de rimeros de pollos patas arriba entre
lagunas de grasa; de solomillos enroscados; de magras con huevos duros;
de carne en toda suerte de guisos; de patos rellenos de salchichas y de
lomo, y tras ello, los flanes como ruedas de molino, y las natillas y el
arroz con leche, poco menos que a calderadas. No entendían el rumbo de
otro modo las mujeres que lo habían manipulado; y así me expliqué yo
perfectamente sus afanes y desvelos, y las gentes y las cosas que habían
movido y removido en la casa, en el lugar y fuera de él, de tres días a
aquellas horas.
El peso de la conversación, durante la comida, le llevaron el señor de
Provedaño y don Román. Como era propio y natural, se comenzó por el
elogio del difunto y de sus cosas geniales; igual que en la cocina,
salvo el lenguaje y el estilo. Entre Neluco y yo, suministramos los
solicitados pormenores acerca de su enfermedad y de su muerte... y saltó
de golpe lo que yo veía venir rato hacía, y me extrañaba que no hubiese
saltado antes en la conversación: el punto de continuar yo allí la obra
benéfica de mi tío. Aquí se calló don Román como un muerto, y me dijo el
insigne campurriano, después de aplaudirme los buenos propósitos
declarados por mí de poner todos los medios para lograr tan grandes
fines, que si me decidía, en mis procedimientos, a servir a mis
protegidos el vino viejo en odres nuevos, cosa que él no desaprobaría,
lo hiciera con sumo tacto, «porque--concluyó--, hermosa es la luz; pero
no hay que abrir de repente todas las ventanas a los que han vivido a
oscuras por achaques de la vista; pues hay que temer las locuras que
entran por los ojos deslumbrados». A esto ya no pudo callarse don Román,
y expuso el ejemplo de la caída de Coteruco, en demostración de lo
afirmado por su amigo. Enderezada la conversación por estos carriles,
nos habló de lo que le costaba aclimatarse a la vida de la ciudad: no
podía con ella un hombre como él, nacido para respirar el aire
oxigenado, puro, de la Naturaleza, y necesitaba también la presencia y
hasta la compañía de aquellos hombres rústicos, aun con sus
ingratitudes. El recurso de dejarlos a solas con su pecado, había
producido muy buenos frutos. Poco a poco se habían ido levantando de su
caída, y ya le echaban de menos. Esto le consolaba y le satisfacía; y si
no había vuelto ya a Coteruco, era porque quería hacerse desear un poco
más, para asegurar mejor la curación de sus «locos». Desgraciadamente no
participaban sus hijos de aquéllas sus ilusiones, porque tenían otros
gustos muy diferentes; pero todo podía arreglarse con algún sacrificio
de cada cual. Entre tanto, distraía sus impaciencias con los hechizos de
una nietecilla que Dios le había dado, y era la criatura más hermosa que
había nacido de madre. Andábase a la sazón en proyectos de llevarla a
Sotorriba, para que la conociera su otro abuelo, don Lázaro, cuyos
achaques le impedían salir de casa.
Alguien preguntó allí si era verdad que don Gonzalo González de la
Gonzalera se había quedado memo y pobre a consecuencia de disgustos y
despilfarros domésticos, pero no obtuvo respuesta la pregunta, porque
apareció de golpe y porrazo en la salona un nuevo personaje que comenzó
por decir que ni por haber rodado tres veces por los suelos y casi
reventado la tordilla en sus ansias de correr, había podido llegar
antes. ¡Así venía el infeliz de embarrado y descosido de pies a cabeza!
Era un hombre de buena edad, estampa agradable... y juez municipal de su
pueblo: de aquél muy empingorotado en que había conocido yo a uno de mis
consanguíneos de Promisiones, yendo con Neluco a la Torre de Provedaño.
El caso era que, al ir a montar muy de mañana para acudir a los
funerales de mi tío, le habían entregado un oficio del juez de primera
instancia, obligándole a practicar unas diligencias que le entretuvieron
cerca de dos horas... todo respecto a la «trigedia» del día anterior,
que yo debía conocer, y para eso, la verdad fuera dicha, para que la
conociera venía él principalmente.
Hicímosle sitio en la mesa, previne a Facia que le fueran sirviendo
desde la sopa de fideos inclusive; y mientras salía Tona y se quedaba su
madre cambiando platos y retirando sobras destrozadas de guisotes, y
todos le prestábamos grandísima atención, refirió él que bajando un
pastor de su invernal, recién empezado el desnieve, a campo travieso,
porque apretaba el frío y corría mucho una nube negra por mala parte y
peor camino, se paró un instante, para echar una yesca y encender la
pipa, a la misma boca de un covachón, conocido de muy pocos, por estar
fuera de senda frecuentada, como a la mitad de distancia, por el atajo,
entre Tablanca y el pueblo del relatante, pero en término municipal de
éste. Parado allí el pastor y dale que te pego con el canto de la
navaja, porque no chispeaba bien la piedra o no era la yesca de lo
mejor, observa que le da en la nariz un «jedor» que tumbaba de espaldas.
Mira aquí y olfatea allá, nota que el jedor sale de la cueva; tiéntale
la curiosidad, entra, y en un recodo muy ancho, hacia la derecha, ve
tres hombres tendidos a la larga, boca arriba, tiesos y casi amontonados
unos sobre otros, muertos los tres y arrimados a una piluca de ceniza y
tizones apagados. Espántase, huye de allí; y por ser el más cercano,
según su cuenta, da en el pueblo del narrador y refiere lo que ha visto.
Acude éste allá por su cargo, acompañado en debida forma, y resulta
verdad lo denunciado por el pastor. Tres eran, en efecto, los cadáveres,
y de personas bien conocidas en el lugar, y bien pertrechados iban de
armas de fuego... y hasta de cuerdas y navajas. Sin duda los sorprendió
allí el temporal de nieve, desde que comenzó, y perecieron de hambre y
de frío... por decreto de Dios que conocía sus malas intenciones. Era el
uno un peine que se titulaba ingeniero y decía andar en busca de una
mina de oro, meses hacía ya, con su vestido harapiento, sus greñas y su
barba silvestre y su costurón en la cara, que le partía un ojo y la
mitad de la nariz.
Aquí se oyó un estrépito infernal de platos hechos trizas, y un grito de
Facia a quien se le habían caído de las manos como una docena de ellos.
La miré entonces y la encontré mirándome a mi con ojos espantados y el
color de la muerte en la cara. Díjele con los míos que no cometiera una
indiscreción; entendióme, y la añadí de palabra y sonriéndome que no era
el estropicio aquél motivo para que se asustara tanto, aludiendo a los
platos rotos, mientras Tona arrimaba al del juez municipal dos medias
fuentes bien colmadas de potajes, algo pasmadona por lo que había
pescado del relato, pero seguramente más por el desastre de la vasija,
que había arrancado el grito a su madre.
Vuelto el relatante a su historia después de este incidente, y viendo yo
que, por respeto a mí, sin duda, andaba con repulgos y melindres para
declarar en neto castellano quiénes eran los otros dos muertos,
apresuréme a decirle:
--Sé perfectamente de quiénes se trata, y quiero evitar a usted la
repugnancia de declararlo delante de mí: se trata de dos parientes míos;
de los dos hidalgos de Promisiones. Con uno vivía el ingeniero ese del
chirlo, en su pueblo de usted: los vimos juntos Neluco y yo al pasar por
él, yendo a Provedaño. Según noticias de buen origen, esperaban entonces
de un día a otro al hermano que faltaba de aquel mi pariente (que, por
lo visto, llegó a tiempo) para dar el último golpe en la explotación de
la mina de oro puro que había descubierto el lince de las barbas
silvestres. En buena justicia, tenían los tres más que merecido el palo,
en el que hubieran muerto a no morir de ese otro modo. Conque ya ve
usted si tengo hasta motivo, por lo que a mis parientes toca, para
alegrarme de que hayan acabado así, como cualquier hombre de bien.
Declaró el preopinante que era la pura verdad todo cuanto yo había
dicho; añadió en respuesta a una pregunta que alguien le hizo, que el
hombre del chirlo en la cara había vivido en el lugar con el nombre,
indudablemente supuesto, de Pedro González que constaba en su cédula
personal, y que con ése se le había registrado, ya muerto, en el libro
correspondiente; alegréme yo de ello, y de seguro se alegraría Facia,
que lo oía, mucho más... y se acabó aquella conversación sin meternos en
otra nueva, porque se había acabado también la comida, apremiaba el
tiempo y tenían mucho que andar los comensales forasteros para volver a
sus hogares los unos, y los otros para terminar su jornada. Porque
resultó que don Recaredo aprovechaba la ida a Tablanca para despachar un
negocio, pendiente de ese paso año y medio hacía, en un pueblecillo del
Nansa, aguas abajo, y el insigne campurriano tenía también sus
quehaceres de urgencia en la capital, por lo que se le llevaron consigo
don Román y su yerno. Desapareció sin saber cómo don Lope; fuéronse,
mientras seguía comiendo todo cuanto le ponían delante el juez municipal
susodicho, los dos desiguales de Caórnica y los cinco pudientes del
Nansa, aguas arriba y aguas abajo de la casona; acabó, al fin, de comer
el que quedaba comiendo, y marchóse igualmente, y bien repleto, a su
lugar...
Al otro día, muy temprano, se largaron a Robacío la hermana y el cuñado
de Neluco; y pocas horas después, ¡ay! me abandonó también toda la
familia del gigantón de la Castañalera.