XXX

Señalado fue también de veras, ¡bien señalado!, aquel día para la casona

de Tablanca y para el pueblo. El mismo gigantón de la Castañalera me

aseguró que, con estar los caminos intransitables y los puertos a medio

desnevar, habían sido aquéllos los funerales más pomposos que se habían

celebrado en la parroquia, en cuanto podía acordarse él (y eso que la

extensión de sus recuerdos andaba rayando con un siglo), por lo tocante,

en particular, al número y calidad de los concurrentes forasteros. Entre

el clero, que fue muy numeroso, acudió lo más afamado de la vicaría en

el canto fúnebre, y, por ende, no faltó el párroco de Zarzaleda, que era

una especialidad muy admirada, y no sin razón de fundamento, para

entonar el _Dies irae_ con su voz atenorada y vibrante, que ponía los

pelos de punta a los fieles más duros de conmover; y concurrieron

también con estos párrocos muchos de sus feligreses que, sin parentesco

ni afinidad personal alguna con el difunto, eran fervientes admiradores

de su buena fama. Pero no fue este contingente, ni por lo numeroso ni

por el ruido que movían sus espelurciadas cabalgaduras en las callejas

del lugar, lo que más llamó la atención en él, sino el otro contingente,

el de los señores que fueron llegando a la casona por todos los senderos

de los montes circundantes. Chisco y Pito Salces ayudaban a desmontar a

los que no traían espolique, que eran los más, y se apoderaban de sus

caballos; Neluco y don Pedro Nolasco les salían al encuentro en la

escalera y me los presentaban a mí después a la puerta de la salona,

desde donde los conducía a mi gabinete, que había vuelto a ser, por

aquel día, estrado o sala de honor, y en cuya mesa de centro había un

agasajo de vinos generosos y bizcochos de soletilla, con el cual los

brindaba tan pronto como concluían las salutaciones y cortesías de

rúbrica, sin perjuicio de que llegaran luego Mari Pepa o su hija, muy

vestidas y aderezadas ya de día de fiesta, aunque luctuosa, a ofrecerles

algo de mayor sustancia, por si estaban en ayunas, como leche, caldo o

chocolate... o magras de jamón con huevos estrellados; pero todos

optaban por la copeja de vino con bizcochos, «reservándose para

después...». «Después» era la comida del mediodía, terminados los

funerales.

Porque todos aquellos señores eran huéspedes míos, avisados con esta

condición, y aun sin ella... y aun sin aviso ninguno. Bastaba la

costumbre para autorizarlo; y el ser amigos de la casa mortuoria en un

lugarejo tan desmantelado como aquél, para justificar la costumbre.

De recibir y agasajar al clero, hecho a poco y mal guisado, estaba

encargado por orden y cuenta mías, y también según otra costumbre, el

párroco don Sabas; de los demás forasteros del montón, nadie solía

cuidarse, y nadie se cuidó allí tampoco.

Así y todo, por la condición de mis comensales, aunque relativamente

escasos, y por lo que me obligaba la mía, era de necesidad echar el

resto en la casona; y nadie creería a no verlo, como yo lo vi, la suma

de desvelos y sudores que llegó a representar aquel trabajo; lo que se

revolvió en la casa y en el lugar; las gentes que fueron puestas en

movimiento; las leguas de camino que se trillaron por buenos andadores,

y las horas robadas al sueño y al descanso más de una noche; y a pesar

de ello y de las «guisanderas» a jornal que ayudaron a las mujeres de

casa en lo más duro y comprometido de la faena, sabe Dios lo que hubiera

resultado a la hora crítica y solemne, sin la vigilancia continua y la

previsión y diligencia admirables de mis dos hadas bienhechoras... y la

hermana de Neluco.

Porque la ínclita matrona de Robacío estaba en Tablanca desde la

víspera. Había llegado al anochecer con su marido, y «a las ancas». Así

fueron a casa de Neluco; halláronla cerrada, y siguieron a la de don

Pedro Nolasco; díjoles la mozona que servía en ella lo que pasaba, y

torcieron hacia la casona, sin lástima alguna del pobre rocín que ya se

quebrantaba por el lomo y estuvo a pique de gastar el último resuello al

subir el pedregal.

Al encontrarse las dos amigas en mitad del carrejo, enzarzáronse en un

abrazo, tan íntimo y apretado, que parecía una «engarra»; se comían a

besos, y entre beso y beso se decían las mayores atrocidades; llegó Lita

con su abuelo, y se repitió la escena, hasta que acabó la de Robacío por

fijarse en mí y rompió a llorar por el difunto, de tan buena gana, que

parecía no haber consuelo para ella, mientras su marido, que ya me había

saludado, hacía sus correspondientes pucheros, y se enjugaban los ojos

con los delantales Lita y su madre, que eran de suyo muy tiernas de

corazón y pegajosas de las lágrimas. Acabóse el estrépito, por la virtud

de un conjuro mío, con la misma rapidez con que se había desatado, y nos

fuimos hacia la salona todos juntos y en santa paz, aunque no en

silencio. Al llegar Neluco, otro estampido de su hermana, que no cerró

boca en toda la noche ni quiso salir de la casona desde que supo el

trajín que había en ella. Cabalmente se perecía por esas cosas, y la

mataba la quietud. Por otra parte, los caminos no estaban muy

apetecibles que dijéramos, para que una mujer de sus carnes se

aventurara a pisarlos de noche sin una gran necesidad; amén de que ella

no había de causar apuros ni extorsiones en la casa, porque bien sabía

Mari Pepa que, en juntándose las dos, siempre hacían «cama redonda».

De este modo y por aquellos motivos durmió allí, y se fueron solos,

después de cenar, su marido y Neluco a casa de éste.

Los primeros que llegaron al otro día bien temprano fueron dos parientes

de la que fue mujer de mi tío Celso, de los Sánchez del Pinar, de

Caórnica, a orillas del Saja. Eran el uno muy alto y el otro muy bajo:

los dos de espesas patillas grises; poco risueños ambos y nada locuaces.

Les daba vergüenza--así me dijeron por entrar--visitarme y ofrecerme sus

respetos por primera vez en ocasión tan triste; pues encerrados en su

valle, del que no salían jamás sin un motivo de gran monta, un poco por

ignorancia de los sucesos y otro poco por la maña de «dejar negocios

para otro día...». En fin, allí estaban para que dispusiera de ellos a

mi comodidad, como podía disponer de otros comparientes de allá, que no

les habían acompañado, quién por falta de salud, quién por la de

cabalgadura. Todos tuvieron en mucho a don Celso y le fueron muy

adictos, aunque le molestaron poco.

Sin acabar de sentarse apenas estos personajes, apareció en la salona

otro cuyo aspecto me sorprendió mucho. Era alto, más que el de Caórnica;

de luenga y puntiaguda barba blanca, moreno de color, de nariz muy

prominente y aguileña, ojos pequeñitos y verdes y cejas erizadas y

blanquísimas; la cabeza cubierta con un alto gorro cilíndrico de piel de

nutria, y todo el cuerpo, hasta los pies, con un capotón de paño

ceniciento. Parecía un mago. Se quitó el gorro y se despojó del capote

en cuanto se encaró conmigo, y dejó al descubierto un matorral de pelos

blancos, recios y apretados, y un vestido de anticuada forma con

relación a los figurines vigentes, de buen paño, sí, pero muy

descolorido ya. Aquel hombre venía de los precipicios del Deva, y

resultó ser el famoso don Recaredo, de quien yo tenía muchas noticias

por mi tío; hidalgo de rancio solar, célibe impenitente, afamado cazador

de fieras, y de grande y merecido influjo en toda su comarca; bien

relacionado con los hombres del ajetreo político de la capital y

sucursales de ella; muy solicitado de aspirantes a la representación en

Cortes del distrito, en épocas de lides electorales... y primoroso

carpintero de afición, única bien arraigada que se le conocía y con la

cual entretenía las soledades y holganzas de su vida en el viejo caserón

que habitaba.

Detrás de don Recaredo llegaron de un golpe, por haberse juntado unos en

el camino y todos a la puerta de la casona, hasta cinco pudientes, más o

menos ligados a ella por parentesco lejano o amistad antigua, de las

orillas del Nansa, aguas arriba y aguas abajo.

Enseguida de éstos, aparecieron en la salona otros dos personajes de

gran cuenta, que me impusieron mucho por su apostura y atalajes, tan

diferentes de todo lo que se usaba por allí y de lo que a la sazón me

rodeaba.

Eran nada menos que el ilustre caballero don Román Pérez de la Llosía y

su yerno don Álvaro de la Gerra. Iban desde Santander, donde residían, y

habían hecho el viaje en dos jornadas. La verdad ante todo: yo, que

hasta entonces dominaba la escena con el desembarazo que da la

conciencia de «valer más» en la escala de la educación y de la cultura

intelectuales, al verme enfrente de aquellos dos concurrentes de tan

distinguido y elegante porte, sentí que se me bajaban mucho los humos de

la chimenea, hasta en lo de llevar bien la ropa, particularmente en lo

que tocaba la comparación con el apuesto y correctísimo yerno del

señorón de Coteruco. Me vi bastante torpe para expresarles la gratitud

que les debía por aquel acto tan honroso para la memoria de mi tío, y la

satisfacción de que me sentía poseído al estrechar las manos de unas

personas de quienes tantas y tan grandes noticias tenía yo desde que

había llegado a Tablanca. Recuerdo que este fue el tema de mi respuesta

a las salutaciones corteses de los dos caballeros; pero no lo que dije.

De lo que estoy seguro es de haberlo dicho muy mal. Valga la verdad.

Sin darme tiempo para preguntar a don Román (con lo que me evité,

probablemente, la comisión de una gran impertinencia) a qué altura

andaban sus propósitos de vuelta a Coteruco, apareció en escena otro

personaje de los de primera talla, y al cual abracé con verdadera

efusión de mi alma: el perínclito señor de la Torre de Provedaño, que

para llegar a la hora que llegaba, como don Recaredo para ir desde los

riscos del Deva y los de Caórnica desde su valle, había necesitado andar

de noche la mitad del camino, ¡y qué camino! Así llegaba él, con la cara

echando lumbres y los labios contraídos entre las barbas erizadas y los

bigotes con carámbanos. Lo que había pasado antes entre el que llegaba y

los presentes, por conocerse todos de trato, o de nombre cuando menos,

pasó allí entonces; pero con la notable diferencia de que al reparar el

de Provedaño en el de Coteruco, no acabó todo ello en el apretón de

manos afectuoso o en los familiares y mutuos palmoteos en la espalda,

sino que conmovidos y anhelantes uno y otro, sin decirse una palabra, se

abrazaron tan estrechamente, que parecían no acertar a separarse.

Después le tocó el turno a don Álvaro, con quien no tenía tanta amistad

el de Campóo como con su suegro; y arreglada a esta ley fue la expresión

de su saludo.

Para muy poco más que estos cumplidos me dio el tiempo, porque aún no

habían vuelto a sentarse la mitad de las personas allí presentes, cuando

vino recado de don Sabas de que todo estaba pronto en la iglesia y que

se nos aguardaba. Como ya eran muy cerca de las diez y no duraría el

funeral menos de dos horas, y los forasteros habían de volver a sus

hogares después de comer en el mío, y las tardes eran muy cortas, nos

pusimos en marcha inmediatamente, acompañándonos Neluco y también su

hermana y Mari Pepa, muy enlutadas. Al viejo Marmitón no le permitimos

salir de casa. Para disponer la mesa y dirigirlo y ordenarlo todo, se

quedó Lituca que se pintaba sola para ello y otro tanto más. También se

quedaron Chisco y Pito Salces con otros dos mozones de mi confianza,

bien advertidos por mí de muchos cuidados, particularmente el de la

vigilancia, no sé si porque me salió espontáneamente de adentro la

ocurrencia, o porque me la inspiró una mirada elocuentísima de la mujer

gris, al ver cómo iba a quedarse la casona, sin nosotros, indefensa y

punto menos que vacía.

Andando ya hacia la iglesia, vimos aparecer de pronto, sobre la jiba del

pedregal, un hombre alto y fornido, de hermosa cabeza, envuelto entre un

chambergo de anchas alas y una barba gris; venía a cuerpo con un

chaquetón pardo, y los pantalones, del mismo color, arremangados sobre

unos borceguíes de recia suela y muy embarrados. Traía las manos metidas

en los bolsillos del chaquetón, un garrote pinto y nudoso debajo del

brazo izquierdo, y en la boca una pipa ahumando.

El primero que le conoció fue el señor de Provedaño, que iba de los más

delanteros entre nosotros. Se detuvo un instante para mirarle con la

mano de canto sobre la frente, y se detuvo también el otro con los ojos

sombríos e imperturbables clavados en él. Parecían dos leones. No les

faltó más que olerse. Después se acercaron más, y se estrecharon las

diestras con recias sacudidas. Entonces me parecieron dos robles gemelos

de la montaña estremecidos por el soplo de una misma ráfaga. No sé lo

que se dijeron, ni si se dijeron algo. ¿Para qué? En estas dudas vi a

don Román Pérez de la Llosía salir como una flecha, de entre los más

rezagados del grupo que bajaba, hacia el hombre que subía, y que éste,

al notar que se le acercaba el de Coteruco, desprendió su diestra de la

del campurriano, y se quitó con ella marcialmente el chambergo,

descubriendo así la frente espaciosa y blanca, sobre la cual parecía

reflejarse el rayo de luz que lanzaron entonces sus ojos. No he visto

jamás actitud de hombre más varonil, más noble ni más hermosa. Pero don

Román no se anduvo en chiquitas, y quieras o no, le estrechó entre sus

brazos. Su yerno hizo lo mismo enseguida. Después se adelantó don

Recaredo y le tendió la mano. A todo esto, flotaba en el aire el nombre

de «don Lope» pronunciado por muchas bocas; y con ello y lo que yo sabía

por la historia de los descalabros de don Román en su pueblo, narrada

minuciosamente por mi tío varias veces, di por conocido el personaje; y

no me equivoqué, pues a los pocos momentos me lo trajo de la mano el

señor Pérez de la Llosía y me dijo presentándole:

--Mi mejor amigo y el más noble convecino mío de Coteruco, don Lope del

Robledal. Viene a Tablanca para ofrecerle a usted personalmente toda la

amistad y respeto que le merecieron las virtudes de don Celso, y a rezar

por su alma en los funerales de hoy.

Correspondí con la mayor cordialidad y como mejor pude a aquellos nobles

ofrecimientos; supo él adónde íbamos por allí; y sin querer aceptar un

momento de descanso, que no necesitaba, retrocedió y se fue camino de la

iglesia con nosotros... digo mal, con don Román solamente, pues le tomó

éste por su cuenta desde luego, apartándose un buen trecho de los demás,

que nada hicimos por acercarnos a ellos, respetando la santa avidez con

que el noble expatriado de Coteruco aprovecharía aquella providencial

ocasión de saber algo más de lo que sabía sobre el estado de cosas de su

pueblo nativo, aunque fueran extraídas con la ganzúa de sus ansias de

aquel arcón de cuatro llaves. Mientras tanto, don Álvaro de la Gerra fue

trazando nuevos y curiosísimos rasgos del carácter, original hasta lo

increíble, de aquel hidalgo montañés.

Así llegamos a la iglesia, en la que no hubiéramos logrado penetrar sin

salir, como salieron de ella, parte de los que estaban dentro, los

cuales apenas cabían después en el soportal, que también estaba atascado

de gente.

La duración de los oficios no bajó un minuto de las dos horas

calculadas; y cuando volvimos a la casona los que de ella habíamos ido a

la iglesia, más el extraño don Lope que quería volverse a Coteruco desde

allí, y se hubiera vuelto sin la intervención de don Román, único entre

todos nosotros conocedor de los resortes por que se regía aquel carácter

excéntrico, ya estaba la mesa preparada con todas las grandezas de

abolengo..., y algo más que se había podido adquirir, hasta en las casas

de los amigos, como don Pedro Nolasco y el médico. Porque pasábamos de

docena y media los comensales, entre propios y extraños.

En otro tiempo me hubiera dado un accidente en presencia del _menú_ de

aquella comida, cuanto más de la comida misma, porque fue verdaderamente

espantable aquel llegar a la mesa (conducidos por Facia y por su hija,

sofocadas por el trajín y relucientes de pellejo) de pilas de potajes

con metralla de embutidos; de rimeros de pollos patas arriba entre

lagunas de grasa; de solomillos enroscados; de magras con huevos duros;

de carne en toda suerte de guisos; de patos rellenos de salchichas y de

lomo, y tras ello, los flanes como ruedas de molino, y las natillas y el

arroz con leche, poco menos que a calderadas. No entendían el rumbo de

otro modo las mujeres que lo habían manipulado; y así me expliqué yo

perfectamente sus afanes y desvelos, y las gentes y las cosas que habían

movido y removido en la casa, en el lugar y fuera de él, de tres días a

aquellas horas.

El peso de la conversación, durante la comida, le llevaron el señor de

Provedaño y don Román. Como era propio y natural, se comenzó por el

elogio del difunto y de sus cosas geniales; igual que en la cocina,

salvo el lenguaje y el estilo. Entre Neluco y yo, suministramos los

solicitados pormenores acerca de su enfermedad y de su muerte... y saltó

de golpe lo que yo veía venir rato hacía, y me extrañaba que no hubiese

saltado antes en la conversación: el punto de continuar yo allí la obra

benéfica de mi tío. Aquí se calló don Román como un muerto, y me dijo el

insigne campurriano, después de aplaudirme los buenos propósitos

declarados por mí de poner todos los medios para lograr tan grandes

fines, que si me decidía, en mis procedimientos, a servir a mis

protegidos el vino viejo en odres nuevos, cosa que él no desaprobaría,

lo hiciera con sumo tacto, «porque--concluyó--, hermosa es la luz; pero

no hay que abrir de repente todas las ventanas a los que han vivido a

oscuras por achaques de la vista; pues hay que temer las locuras que

entran por los ojos deslumbrados». A esto ya no pudo callarse don Román,

y expuso el ejemplo de la caída de Coteruco, en demostración de lo

afirmado por su amigo. Enderezada la conversación por estos carriles,

nos habló de lo que le costaba aclimatarse a la vida de la ciudad: no

podía con ella un hombre como él, nacido para respirar el aire

oxigenado, puro, de la Naturaleza, y necesitaba también la presencia y

hasta la compañía de aquellos hombres rústicos, aun con sus

ingratitudes. El recurso de dejarlos a solas con su pecado, había

producido muy buenos frutos. Poco a poco se habían ido levantando de su

caída, y ya le echaban de menos. Esto le consolaba y le satisfacía; y si

no había vuelto ya a Coteruco, era porque quería hacerse desear un poco

más, para asegurar mejor la curación de sus «locos». Desgraciadamente no

participaban sus hijos de aquéllas sus ilusiones, porque tenían otros

gustos muy diferentes; pero todo podía arreglarse con algún sacrificio

de cada cual. Entre tanto, distraía sus impaciencias con los hechizos de

una nietecilla que Dios le había dado, y era la criatura más hermosa que

había nacido de madre. Andábase a la sazón en proyectos de llevarla a

Sotorriba, para que la conociera su otro abuelo, don Lázaro, cuyos

achaques le impedían salir de casa.

Alguien preguntó allí si era verdad que don Gonzalo González de la

Gonzalera se había quedado memo y pobre a consecuencia de disgustos y

despilfarros domésticos, pero no obtuvo respuesta la pregunta, porque

apareció de golpe y porrazo en la salona un nuevo personaje que comenzó

por decir que ni por haber rodado tres veces por los suelos y casi

reventado la tordilla en sus ansias de correr, había podido llegar

antes. ¡Así venía el infeliz de embarrado y descosido de pies a cabeza!

Era un hombre de buena edad, estampa agradable... y juez municipal de su

pueblo: de aquél muy empingorotado en que había conocido yo a uno de mis

consanguíneos de Promisiones, yendo con Neluco a la Torre de Provedaño.

El caso era que, al ir a montar muy de mañana para acudir a los

funerales de mi tío, le habían entregado un oficio del juez de primera

instancia, obligándole a practicar unas diligencias que le entretuvieron

cerca de dos horas... todo respecto a la «trigedia» del día anterior,

que yo debía conocer, y para eso, la verdad fuera dicha, para que la

conociera venía él principalmente.

Hicímosle sitio en la mesa, previne a Facia que le fueran sirviendo

desde la sopa de fideos inclusive; y mientras salía Tona y se quedaba su

madre cambiando platos y retirando sobras destrozadas de guisotes, y

todos le prestábamos grandísima atención, refirió él que bajando un

pastor de su invernal, recién empezado el desnieve, a campo travieso,

porque apretaba el frío y corría mucho una nube negra por mala parte y

peor camino, se paró un instante, para echar una yesca y encender la

pipa, a la misma boca de un covachón, conocido de muy pocos, por estar

fuera de senda frecuentada, como a la mitad de distancia, por el atajo,

entre Tablanca y el pueblo del relatante, pero en término municipal de

éste. Parado allí el pastor y dale que te pego con el canto de la

navaja, porque no chispeaba bien la piedra o no era la yesca de lo

mejor, observa que le da en la nariz un «jedor» que tumbaba de espaldas.

Mira aquí y olfatea allá, nota que el jedor sale de la cueva; tiéntale

la curiosidad, entra, y en un recodo muy ancho, hacia la derecha, ve

tres hombres tendidos a la larga, boca arriba, tiesos y casi amontonados

unos sobre otros, muertos los tres y arrimados a una piluca de ceniza y

tizones apagados. Espántase, huye de allí; y por ser el más cercano,

según su cuenta, da en el pueblo del narrador y refiere lo que ha visto.

Acude éste allá por su cargo, acompañado en debida forma, y resulta

verdad lo denunciado por el pastor. Tres eran, en efecto, los cadáveres,

y de personas bien conocidas en el lugar, y bien pertrechados iban de

armas de fuego... y hasta de cuerdas y navajas. Sin duda los sorprendió

allí el temporal de nieve, desde que comenzó, y perecieron de hambre y

de frío... por decreto de Dios que conocía sus malas intenciones. Era el

uno un peine que se titulaba ingeniero y decía andar en busca de una

mina de oro, meses hacía ya, con su vestido harapiento, sus greñas y su

barba silvestre y su costurón en la cara, que le partía un ojo y la

mitad de la nariz.

Aquí se oyó un estrépito infernal de platos hechos trizas, y un grito de

Facia a quien se le habían caído de las manos como una docena de ellos.

La miré entonces y la encontré mirándome a mi con ojos espantados y el

color de la muerte en la cara. Díjele con los míos que no cometiera una

indiscreción; entendióme, y la añadí de palabra y sonriéndome que no era

el estropicio aquél motivo para que se asustara tanto, aludiendo a los

platos rotos, mientras Tona arrimaba al del juez municipal dos medias

fuentes bien colmadas de potajes, algo pasmadona por lo que había

pescado del relato, pero seguramente más por el desastre de la vasija,

que había arrancado el grito a su madre.

Vuelto el relatante a su historia después de este incidente, y viendo yo

que, por respeto a mí, sin duda, andaba con repulgos y melindres para

declarar en neto castellano quiénes eran los otros dos muertos,

apresuréme a decirle:

--Sé perfectamente de quiénes se trata, y quiero evitar a usted la

repugnancia de declararlo delante de mí: se trata de dos parientes míos;

de los dos hidalgos de Promisiones. Con uno vivía el ingeniero ese del

chirlo, en su pueblo de usted: los vimos juntos Neluco y yo al pasar por

él, yendo a Provedaño. Según noticias de buen origen, esperaban entonces

de un día a otro al hermano que faltaba de aquel mi pariente (que, por

lo visto, llegó a tiempo) para dar el último golpe en la explotación de

la mina de oro puro que había descubierto el lince de las barbas

silvestres. En buena justicia, tenían los tres más que merecido el palo,

en el que hubieran muerto a no morir de ese otro modo. Conque ya ve

usted si tengo hasta motivo, por lo que a mis parientes toca, para

alegrarme de que hayan acabado así, como cualquier hombre de bien.

Declaró el preopinante que era la pura verdad todo cuanto yo había

dicho; añadió en respuesta a una pregunta que alguien le hizo, que el

hombre del chirlo en la cara había vivido en el lugar con el nombre,

indudablemente supuesto, de Pedro González que constaba en su cédula

personal, y que con ése se le había registrado, ya muerto, en el libro

correspondiente; alegréme yo de ello, y de seguro se alegraría Facia,

que lo oía, mucho más... y se acabó aquella conversación sin meternos en

otra nueva, porque se había acabado también la comida, apremiaba el

tiempo y tenían mucho que andar los comensales forasteros para volver a

sus hogares los unos, y los otros para terminar su jornada. Porque

resultó que don Recaredo aprovechaba la ida a Tablanca para despachar un

negocio, pendiente de ese paso año y medio hacía, en un pueblecillo del

Nansa, aguas abajo, y el insigne campurriano tenía también sus

quehaceres de urgencia en la capital, por lo que se le llevaron consigo

don Román y su yerno. Desapareció sin saber cómo don Lope; fuéronse,

mientras seguía comiendo todo cuanto le ponían delante el juez municipal

susodicho, los dos desiguales de Caórnica y los cinco pudientes del

Nansa, aguas arriba y aguas abajo de la casona; acabó, al fin, de comer

el que quedaba comiendo, y marchóse igualmente, y bien repleto, a su

lugar...

Al otro día, muy temprano, se largaron a Robacío la hermana y el cuñado

de Neluco; y pocas horas después, ¡ay! me abandonó también toda la

familia del gigantón de la Castañalera.

Peñas arriba · 第 31 / 35 题