XXIX

Muchos años hacía que el caserón de los Ruiz de Bejos no se había visto

en otra como aquélla. Limpia era Facia y no era Tona desaseada; pero de

lo que éstas limpiaban y barrían en él de ordinario, a lo que se limpió,

fregoteó y pulimentó en aquellos días con los puños mismos o bajo la

dirección de mis incomparables huéspedas, había una distancia enorme.

Todo les parecía poco para borrar los estragos de los recientes barullos

y desconciertos y «vestir» la casa al tenor de lo que pedía el

extraordinario suceso que se aguardaba; todo lo desordenado en ella

volvió a ordenarse, y todo quedó como nuevo, particularmente el cuarto

de mi tío... Recuerdo mucho que al andar en la faena de «desfigurarle»

con el trastorno de su mueblaje, me dijo Lituca, sin volver la cara

hacia mí ni hacia su madre que la ayudaba, ni suspender un instante su

trabajo:

--Pues, con la venia de usté, don Marcelo, dígole que si esto fuera cosa

mía, no lo tocara yo más que para asealu.

--¿Por qué?--preguntéla con mucha curiosidad.

--Porque--respondió al punto--, con esconder de la vista de uno o

cambiar de sitio las cosas que en vida usaron los muertos, paez que se

los olvida más pronto... Créolo yo así.

Pero en esto la llamó su madre «parleteruca sin sustancia» y se la llevó

consigo fuera de allí para otras ocupaciones de urgencia, por lo cual no

pude yo decirla lo que pensaba en apoyo de su dictamen, en consideración

siquiera a la culpa que yo tenía de aquel trastrueque, y, sobre todo, a

que se le puso a la pobre la cara como una amapola con la reprimenda,

aunque lanzada en son de chanza.

Si por olvidar entendía Lituca dejar de sentir hondamente, entendía muy

bien, porque el corazón humano, tierra miserable al fin, necesita del

concurso de los sentidos para conservar el calor de los afectos que le

animan, y aun así se apaga la hoguera con el tiempo; pero si por olvidar

entendía borrar de la memoria, se equivocaba grandemente en aquel caso.

Era muy considerable el vacío que dejaba mi tío Celso en la casona de

Tablanca para no ser notado a cada instante, por mucho que fuera el

tiempo que pasara. Por de pronto, allí no se hablaba de otra cosa, y muy

principalmente de noche en las tertulias de la cocina, que se colmaba de

gente a pesar del frío y de la nevasca. Se le traía a cuento a cada

instante, y nadie, incluso el gigantón de la Castañalera, tocaba su

sillón, que les parecía sagrado ya. Sólo yo podía sentarme en él sin

profanarle, y sólo yo me sentaba, ejercitando en ello un derecho a la

vez que cumplía con un deber, en opinión de aquellos rústicos que me

habían jurado, en el fondo de sus corazones, obediencia y lealtad,

cuando mi tío, ya moribundo, «me alzó sobre el pavés» al borde de su

lecho y delante de la Hostia consagrada. «El rey ha muerto. ¡Viva el

rey!» Si es lícito usar ejemplos insignificantes en asuntos de gran

monta, como alguien dijo en latín, no dejó de haber algo de ello en lo

que me había pasado entonces a mí, y aún me estaba pasando en los días

subsiguientes. Y no lo digo tanto por el respeto y la adhesión que me

mostraban los honrados tablanqueses desde la muerte de mi tío, como por

lo que yo sentía ahondar y extenderse y engrosar en mi conciencia

escrupulosa las raíces de mi compromiso renovado y consagrado de aquel

modo tan solemne.

Eran aquellas tertulias de la cocina una conmemoración incesante de los

méritos del difunto, en todas las edades y circunstancias de su larga

vida: a nadie le faltaba algo que recordar o referir o comentar. «Aqueya

vista de oju que leía en la escuridá»; «el decir agudu de la su

palabra»; «la mucha mano que tenía en todas partes para vencer

imposibles, en bien de aquel vecindario»; este rasgo generoso; aquel

dicho tan a tiempo; la blandura de su corazón, siempre abierto a las

desdichas ajenas, igual que su bolsa inagotable; su saber de todo, su

tener de todo para todos, y su vivir con nada; lo duro de su correa, su

apegamiento al terruño natal; sus heroicidades de hombre, sus valentías

de mozo; los donaires de su persona, el rumbo de sus bodas y lo

rozagante de su mujer; siendo muy de notarse que en estas pinturas de

las cosas de la juventud de mi tío Celso, siempre acudían presurosos don

Pedro Nolasco o don Sabas el Cura a confirmarlas, cuando no a

enriquecerlas con nuevos y muy curiosos datos, con la autoridad

irrecusable de testigos presenciales.

Un día de aquellos pocos, el siguiente al del entierro de mi tío, llamé

aparte a Facia, a Tona y a Chisco, para leerles las cláusulas

testamentarias que se referían a ellos. Mandéles que se sentaran; no

quisieron, y en el tono más solemne que pude se las leí. Legaba el

testador a la primera, amén de las fincas que había tenido en renta

cuando se casó, seis onzas de oro; otras seis a Tona, y a Chisco doce.

Después de la lectura de cada cláusula, miraba yo un instante al

correspondiente legatario. Facia inclinó la cabeza y se tapó la cara con

las manos, como si se avergonzara, en su humildad, de aquella inmerecida

munificencia de su señor; Tona sufrió una sacudida de arriba abajo, como

si la hubieran aplicado una descarga eléctrica; Chisco no movió pie ni

mano ni una sola fibra de todo su cuerpo, pero se puso muy descolorido.

Estando así los tres, prometí a Tona y a Chisco doblarles el legado por

mi cuenta, y a Facia mejorarle también el suyo. Con esto rompieron a

llorar la madre y la hija, y se aumentó la palidez de Chisco y hasta le

tembló un poquitín el labio de arriba por un lado, síntomas que no había

notado yo en él ni aun viéndole en la cueva de marras, mano a mano con

el oso. ¡Si le calaría bien adentro la sorpresa de aquella granizada de

onzas de oro, que era una riqueza entre los pobres labriegos de

Tablanca! Y ¿quién sabe ni sabrá jamás si aquel temblor ligerísimo del

labio fue amago de sonrisa de gozo, por haber visto de repente en su

imaginación pasar en respetuoso desfile delante de él a toda la familia

del Topero, mientras Pepazos se machucaba la cabezona, a testerazo

limpio, contra el esquinal de su casa?

Con esto se dieron por enterados los tres y tan impresionados estaban,

que al romper a andar para apartarse de mí se hicieron una maraña y no

acertaban luego con la puerta. Súpose todo ello muy pronto, y lo de las

deudas perdonadas por el testador... y todo lo principal del testamento,

porque esas cosas siempre se saben, por un poco que se cuenta y se

declara, y otro tanto que se colige o se trasluce; elevóse por la

candidez aldeana hasta las nubes el caudal en fincas y sonante heredado

por mí; y con eso y la idea que se tenía de mis riquezas particulares,

creyéronme un portento de gran señor, tan pudiente como un rey; lo que

no contribuyó poco, en mi concepto, a afirmar y engrandecer aquel

respeto que ya me habían consagrado como a mero sobrino de mi tío y

continuador de la dinastía y de la obra de los Ruiz de Bejos en la

casona de Tablanca.

Bien me parecían todas estas cosas, siquiera por el lado pintoresco que

tenían y el fondo patriarcal y sencillote en que destacaban; pero me

parecían mucho mejor los ratos que pasaba en la intimidad de Mari Pepa y

de Lituca, y principalmente en la de Lituca sola, porque de todo había y

para todo daban aquellas largas horas invernizas. Mas fuera la

conversación con la hija o fuera con la madre, o fuera con las dos a la

vez, casi siempre comenzaba por esta tesis, u otra semejante declamada

en altas voces por cualquiera de ellas:

--Pero ¡válgame la mi Madre Santísima! ¿qué dirá usté, señor don

Marcelo, de esta mala peste que le ha caído en la casona? ¿No le da en

cara esta poca vergüenza con que, tras de comerle el costado derecho, le

tenemos arrinconado en lo más obscuro y ruin, por campar nosotras solas

en lo más pomposu, como si todo eyu fuera nuestro y no de usté? ¿No

sería mejor que, ya que empieza la escampa, le dejáramos en paz y sin

estorbos y nos volviéramos a la nuestra casa antes con antes?... ¡Mire

que tiene que ver esta desvergüencería!

Era de rigor que yo las atajara en estas alturas del apóstrofe con otro

en que salían a danzar su compromiso de no abandonarme hasta pasado el

día de los funerales; la obra caritativa que estaban haciendo mientras

me acompañaban en mi soledad, y aliñaban y vestían el viejo y sucio

caserón, y disponían el programa para aquel acontecimiento, tan extraño

para mí; lo cómodo y a gusto que yo me encontraba en la habitación que

había elegido al cederles la mía, que era la menos mala de la casa,

aunque estaba a cien leguas de ser lo que merecían ellas; lo distraído y

animado que se encontraba don Pedro Nolasco, y el bien que esto le hacía

en horas tan críticas y de tanto peligro para él.

Así o por el estilo, si se trataba de las dos mujeres, o estaba presente

Neluco, o don Sabas, o ambos a la vez, porque venían por casa muy a

menudo; pero si se trataba de Lituca sola, mano a mano conmigo, ya era

muy distinta la sonata de mi respuesta. Yo no sé en qué diablos

consiste; pero no parece sino que hay una ley estampada en la mente de

todos los hombres, o una fibra de cierto temple inextinguible escondida

en su naturaleza carnal, que les obliga a decir «cosas bonitas» a una

mujer guapa siempre que están a solas con ella y aunque se trate de las

ánimas del purgatorio. Pues por mandato de esa ley o de esa fibra, al

replicar a la nieta del gigantón en sus obligadas lamentaciones, hechas

seguramente, como las de su madre, más por broma o cumplido, o etiqueta

a su modo, que como expresión fiel de sus deseos, ya la miraba con ojos

picarones; después me atusaba la barba en silencio, como si me costara

gran trabajo contener lo muchísimo y muy hondo que se me ocurría y

acababa por soltar una andanada de «travesuras» del acervo común: si la

estorbaba mi presencia tan continua; si echaba de menos «algo» (en este

«algo» me refería yo a Neluco) que no andaba por mi casa tan a menudo o

tan a tiempo como por la suya; qué haría yo por transformar en

placenteras aquellas horas que tan pesadas le parecían... hasta que la

pobre muchacha, ya por estas cosas que la decía, o por el modo de

decírselas, terminaba por ponerse colorada y por exclamar, revolviéndose

con infantil desembarazo en la silla:

--¡Vaya que tiene este don Marcelo un decir de cosas y un entender de

las que una le diz a él!... ¡La mi Madre Santísima! Pues mire: quitárame

con eyu, la franqueza pa bromearme alguna vez... ¡Como si fuera poco el

regalo y el mimo en que nos tiene en su casa! ¡Pues podía yo pedir

más!...

Y esta casta de réplicas solía dar ocasión a nuevos y más intencionados

subterfugios míos, hasta que me asaltaban los remordimientos acordándome

de Neluco... o se amparaba ella de alguno de mis libros con santos, que

le entusiasmaban, y acudía yo entonces a explicarle las estampas para

concluir también por donde siempre, aunque en un estilo y de modo más

soportables.

Una vez se trataba de un grabado con colores que representaba el

interior de un teatro de París durante la representación de un famoso

drama de gran espectáculo. Se veían el escenario y una buena parte de

las localidades principales, llenos el uno y las otras de actores

fastuosamente vestidos y de damas y caballeros muy engalanados. Sabía

Lituca ya, por consejo mío, hallar la perspectiva de esos cuadros

mirándolos por el embudo hecho con una mano; y mirando así aquel

interior, se quedó maravillada y prorrumpió en las exclamaciones más

extremosas. Conocía yo aquel teatro y aquel drama, y había visto a mi

sabor la realidad de aquella pintura que tanto le entusiasmaba.

Declaréselo, asombróse de mí tanto como del cuadro, y me apresuré a

referirla el argumento con detalles que recordaba muy bien de sus

escenas más culminantes y del decorado más aparatoso; y, por último, le

di una idea del papel que hacían en la función los espectadores, del

lujo de las señoras... y de las majaderías de los hombres presumidos,

particularmente de los «buenos mozos». Admiróse ella de unas cosas,

rióse de otras y me declaró, al fin, respondiendo a una pregunta mía,

que verlo todo sin ser vista de nadie, ya le gustaría; pero estar en

ello y ser vista de todos, aunque la asparan. Recordaba haberme dicho

algo por el estilo, tiempo hacía (y era verdad). Tomando pie de aquí,

continué yo explorando la calidad y el tamaño de sus ambiciones de

mujer; y de cuadro en cuadro y de supuesto en supuesto, fui a parar a

que en respuesta a otra pregunta mía, me dijera:

--Pues con toda verdá de la mi alma, y así Dios me castigue si le

miento: como deseos, por decir propiamente deseos de mujer moza, vamos,

lo que yo pediría, puesta a pedir, tocante a ese particular, es una vida

como la que ahora llevo.

A lo cual repliqué yo que pedir eso, aunque poco, era pedir imposibles,

y había que ponerse, para el punto que tratábamos, en la realidad de las

cosas.

--El tiempo no se para--añadí--, y destruye poco a poco, cuanto vive en

él. En virtud de esa condición ineludible, llegará un día (y Dios le

aleje mucho) en que hasta su madre de usted desaparezca de entre los

vivos. Esta es la ley fatal de los sucesos humanos. En previsión de

ello, o porque así lo manda otra ley que gobierna los impulsos del

corazón del hombre... y de la mujer, a cierta edad de la vida, por

ejemplo, a la que tiene usted ahora, se desea un apoyo a quien

arrimarse, una compañía en que vivir, en sustitución de los que han de

faltarnos necesariamente; la chispa que avive mañana el fuego que se

extinga en el hogar y restablezca su calor sagrado. En una palabra,

Lita: que hay que pensar, pensar siquiera, en casarse. Pues supongamos,

y usted perdone la franqueza, que se trata de usted y que la llueven a

usted pretendientes de muchas condiciones y de muchas partes; que viene

el labriego humilde con el homenaje de su pobreza disculpada con la

envoltura de sus honradas intenciones; que la solicita el hidalguete de

gotera, de esos que tienen la manta de sus recursos tan ajustada a sus

necesidades, que si tiran de ella para cubrirse el pescuezo, dejan al

descubierto los pies; y el hacendado tosco que funda su mayor vanidad en

haber sudado mucho el pedazo de pan que le ofrece a usted con mano

callosa y palabra torpe... y sudando; y el abogadillo de pocos pleitos y

con la manta del hidalguete; y así, por esta escala arriba, hasta el

personaje que la brinda, en el mundo de donde él viene, con todas las

tentaciones del lujo y del esplendor; vamos, con la vida que hacen las

más encopetadas señoronas del teatro que usted acaba de ver pintado en

ese libro. Con franqueza, Lita, ¿a cuál de esos pretendientes escogería

usted?

Durante la primera parte de éste mi razonamiento, no sabía la pobre

muchacha dónde poner la vista, y aun se pellizcaba algo la ropa; después

ya me miraba con los ojos muy abiertos y la boquita risueña, y por toda

respuesta a la pregunta que puse como raya para sumar, debajo de la

lista de los supuestos pretendientes, soltó una risotada de las más

espontáneas y cordiales.

--¿De qué se ríe usted?--preguntéla, fingiéndome un poco resentido.

--¡Ni aunque fuera el caso de llorar!--me respondió cambiando de postura

en la silla--. ¡Vaya, que es buena! ¡Pues dígole que ni estampado en un

papel! Eso, mi señor don Marcelo, es pasarse ya del jito con más de otro

tanto de lo justo... y no vale. ¡Vaya, vaya, que es ocurrencia!

--Esto es, Lituca, poner el dedo sobre la llaga, ni más ni menos, y

llamar las cosas por sus nombres, por más que usted aparente creer lo

contrario para escurrir el bulto... y dispénseme la llaneza.

--Pero si no ha llegado ese caso, trapacerón del diantre, ¿cómo quier

que yo le responda?

--En el supuesto de que haya llegado hice a usted la pregunta.

--Pero usted sabe mejor que yo lo que va del dicho al hecho.

--Es verdad que lo sé, no mejor, sino, por las trazas, tan bien como

usted; y a pesar de ello, insisto en la pregunta, dejándonos de

eventualidades más o menos posibles o probables y colocándonos en lo

real y positivo y hacedero. Y así, pregunto otra vez: hoy por hoy, en

este mismo instante, tal como usted es, tal como usted piensa y siente,

¿a cuál de los susodichos pretendientes elegiría? ¿Con cuál de ellos

cree usted, hoy por hoy, en este instante, que sería más feliz

teniéndole por marido?

--¡Pero, la mi Madre celeste!... ¡Mire que es tema el de este hombre de

Satanás! ¿Cómo he de decirle yo esas cosas?

--Como se dicen otras, Lituca...

--Pues ya se lo dije endenantes, y bien a las claras.

--Y bien a las claras respondí a usted que aquello era pedir imposibles.

--Pues eso mismo pido... eso mismo deseo ahora.

--Pues no concuerda esa respuesta con mi pregunta. Allí se trataba de

vivir como ahora vive usted, y aquí se trata de vivir de otra manera muy

distinta.

--Pues llámelo hache, con todo y con ello.

--No puedo ni debo llamarlo así.

--¡Y dale, Jesús Señor, con la matraca! ¿Cómo quier, alma de Dios, que

se lo diga?

--En castellano corriente... por derecho... sin callejuelas de escape.

--¡Por vida!...--y aquí hizo un mohín de impaciencia de los más

hechiceros que yo he visto en mujer, y hasta se dio dos palmaditas sobre

el regazo; después, irguiendo la primorosa cabecita y endureciendo un

poco la voz y el gesto, añadió--: Y en suma y finiquito, ¿qué obligación

tengo yo de declararlo, ni qué le importa a usté el saberlo?

Fingí tomar en serio y como dura lección estas palabras y sólo repliqué

a ellas para disculpar mi atrevimiento... Entonces soltó la picaruela

otra risotada, y me dijo en un tono que revelaba el mayor deseo de

desenfadarme, si por ventura me había enfadado yo de veras:

--Pues ahora que con el susto le castigué la picardía, porque picardía

es, y de las grandes, el sonsacar a una mujer los pensamientos que nunca

tuvo... Pero ¡tochona de mí!--exclamó de pronto cruzando las manos y

compungiendo la carita--. ¿Pues no me estoy jaraneando, como una boba,

lo mismo que si no hubiera por qué llorar sin descanso en esta casa?

¿Qué dirá usté de mí, señor don Marcelo? ¡Vaya, vaya, que otra simple

como yo! Ya puede ver si me perdona, siquiera por no ser mía toda la

culpa.

Con esta evasiva de la muy taimada y con entrar Mari Pepa, se acabó la

conversación. Pero no tenía duda para mí que era Neluco el móvil, el

tipo y el regulador de todas las ambiciones de la nieta de don Pedro

Nolasco.

Entre tanto no se descuidaban un momento los preparativos para el

funeral.

Corría de cuenta de don Sabas avisar a todos los curas del Arciprestazgo

y muchos más, si se podía; y con su dirección y con la del médico, y

hasta con su ayuda material, escribía o firmaba yo cartas y más cartas,

dando cuenta del fallecimiento de mi tío y de la fecha de sus honras

fúnebres en la iglesia parroquial de Tablanca, a todas las personas de

viso de la provincia, que, en opinión de aquellos amigos, debían de

saberlo. Las mujeres, mientras llegaba la oportunidad de proveer la

despensa de lo que en ella faltase, pasaban revista y recontaban,

manoseaban y apercibían los utensilios de mesa para la «comilona» de

aquella gran ocasión, y a los primeros amagos de desnieve salieron

propios en todas direcciones, y, a la vez que ellos, el peatón del

correo que se llevó en la valija los avisos que no podían distribuir los

propios.

Y como en esto alumbraba el sol ya muy a menudo, volvió la mujer gris a

hacer de las suyas y a preguntarme a cada paso con sus ojos angustiados,

por no atreverse a hacerlo de palabra, en qué pararía la noche menos

pensada lo que había quedado pendiente en la de la muerte de su amo. La

verdad es que yo, si no lo había echado enteramente en olvido, después

de pensarlo mejor y de enlazarlo con los recientes sucesos que tan

radicalmente habían transformado el modo de ser de aquella casa, vivía

muy descuidado de ello, y hasta me causaba cierto ruborcillo recordar la

importancia que había llegado a concederlo, sugestionado quizá por los

espasmos histéricos de la pobre Facia.

Respondía una vez a sus miradas hablándola en ese sentido para

tranquilizarla mejor; mas no pude averiguar si logré lo que me proponía,

porque desde el compromiso que había adquirido conmigo sobre la manera

de conducirse en aquel asunto, no me dejaba traslucir la verdad de sus

sentimientos. Pero si alguna confianza le inspiraron mis palabras aquel

día, bien poco le duró a la infeliz; porque a la mañana siguiente, tras

una noche de lluvias torrenciales, apareció radiante el sol en un cielo

sin nubes, y el suelo del valle y las laderas de los montes desnudándose

a toda prisa de sus blancas y espesas envolturas, que, convertidas en

arroyos cristalinos y murmurantes, corrían por prados y regateras a

sumirse en el álveo del Nansa, henchido ya hasta las malezas de sus

bordes, entre las cuales iba dejando el río la carga de sus espumas.

Peñas arriba · 第 30 / 35 题