Muchos años hacía que el caserón de los Ruiz de Bejos no se había visto
en otra como aquélla. Limpia era Facia y no era Tona desaseada; pero de
lo que éstas limpiaban y barrían en él de ordinario, a lo que se limpió,
fregoteó y pulimentó en aquellos días con los puños mismos o bajo la
dirección de mis incomparables huéspedas, había una distancia enorme.
Todo les parecía poco para borrar los estragos de los recientes barullos
y desconciertos y «vestir» la casa al tenor de lo que pedía el
extraordinario suceso que se aguardaba; todo lo desordenado en ella
volvió a ordenarse, y todo quedó como nuevo, particularmente el cuarto
de mi tío... Recuerdo mucho que al andar en la faena de «desfigurarle»
con el trastorno de su mueblaje, me dijo Lituca, sin volver la cara
hacia mí ni hacia su madre que la ayudaba, ni suspender un instante su
trabajo:
--Pues, con la venia de usté, don Marcelo, dígole que si esto fuera cosa
mía, no lo tocara yo más que para asealu.
--¿Por qué?--preguntéla con mucha curiosidad.
--Porque--respondió al punto--, con esconder de la vista de uno o
cambiar de sitio las cosas que en vida usaron los muertos, paez que se
los olvida más pronto... Créolo yo así.
Pero en esto la llamó su madre «parleteruca sin sustancia» y se la llevó
consigo fuera de allí para otras ocupaciones de urgencia, por lo cual no
pude yo decirla lo que pensaba en apoyo de su dictamen, en consideración
siquiera a la culpa que yo tenía de aquel trastrueque, y, sobre todo, a
que se le puso a la pobre la cara como una amapola con la reprimenda,
aunque lanzada en son de chanza.
Si por olvidar entendía Lituca dejar de sentir hondamente, entendía muy
bien, porque el corazón humano, tierra miserable al fin, necesita del
concurso de los sentidos para conservar el calor de los afectos que le
animan, y aun así se apaga la hoguera con el tiempo; pero si por olvidar
entendía borrar de la memoria, se equivocaba grandemente en aquel caso.
Era muy considerable el vacío que dejaba mi tío Celso en la casona de
Tablanca para no ser notado a cada instante, por mucho que fuera el
tiempo que pasara. Por de pronto, allí no se hablaba de otra cosa, y muy
principalmente de noche en las tertulias de la cocina, que se colmaba de
gente a pesar del frío y de la nevasca. Se le traía a cuento a cada
instante, y nadie, incluso el gigantón de la Castañalera, tocaba su
sillón, que les parecía sagrado ya. Sólo yo podía sentarme en él sin
profanarle, y sólo yo me sentaba, ejercitando en ello un derecho a la
vez que cumplía con un deber, en opinión de aquellos rústicos que me
habían jurado, en el fondo de sus corazones, obediencia y lealtad,
cuando mi tío, ya moribundo, «me alzó sobre el pavés» al borde de su
lecho y delante de la Hostia consagrada. «El rey ha muerto. ¡Viva el
rey!» Si es lícito usar ejemplos insignificantes en asuntos de gran
monta, como alguien dijo en latín, no dejó de haber algo de ello en lo
que me había pasado entonces a mí, y aún me estaba pasando en los días
subsiguientes. Y no lo digo tanto por el respeto y la adhesión que me
mostraban los honrados tablanqueses desde la muerte de mi tío, como por
lo que yo sentía ahondar y extenderse y engrosar en mi conciencia
escrupulosa las raíces de mi compromiso renovado y consagrado de aquel
modo tan solemne.
Eran aquellas tertulias de la cocina una conmemoración incesante de los
méritos del difunto, en todas las edades y circunstancias de su larga
vida: a nadie le faltaba algo que recordar o referir o comentar. «Aqueya
vista de oju que leía en la escuridá»; «el decir agudu de la su
palabra»; «la mucha mano que tenía en todas partes para vencer
imposibles, en bien de aquel vecindario»; este rasgo generoso; aquel
dicho tan a tiempo; la blandura de su corazón, siempre abierto a las
desdichas ajenas, igual que su bolsa inagotable; su saber de todo, su
tener de todo para todos, y su vivir con nada; lo duro de su correa, su
apegamiento al terruño natal; sus heroicidades de hombre, sus valentías
de mozo; los donaires de su persona, el rumbo de sus bodas y lo
rozagante de su mujer; siendo muy de notarse que en estas pinturas de
las cosas de la juventud de mi tío Celso, siempre acudían presurosos don
Pedro Nolasco o don Sabas el Cura a confirmarlas, cuando no a
enriquecerlas con nuevos y muy curiosos datos, con la autoridad
irrecusable de testigos presenciales.
Un día de aquellos pocos, el siguiente al del entierro de mi tío, llamé
aparte a Facia, a Tona y a Chisco, para leerles las cláusulas
testamentarias que se referían a ellos. Mandéles que se sentaran; no
quisieron, y en el tono más solemne que pude se las leí. Legaba el
testador a la primera, amén de las fincas que había tenido en renta
cuando se casó, seis onzas de oro; otras seis a Tona, y a Chisco doce.
Después de la lectura de cada cláusula, miraba yo un instante al
correspondiente legatario. Facia inclinó la cabeza y se tapó la cara con
las manos, como si se avergonzara, en su humildad, de aquella inmerecida
munificencia de su señor; Tona sufrió una sacudida de arriba abajo, como
si la hubieran aplicado una descarga eléctrica; Chisco no movió pie ni
mano ni una sola fibra de todo su cuerpo, pero se puso muy descolorido.
Estando así los tres, prometí a Tona y a Chisco doblarles el legado por
mi cuenta, y a Facia mejorarle también el suyo. Con esto rompieron a
llorar la madre y la hija, y se aumentó la palidez de Chisco y hasta le
tembló un poquitín el labio de arriba por un lado, síntomas que no había
notado yo en él ni aun viéndole en la cueva de marras, mano a mano con
el oso. ¡Si le calaría bien adentro la sorpresa de aquella granizada de
onzas de oro, que era una riqueza entre los pobres labriegos de
Tablanca! Y ¿quién sabe ni sabrá jamás si aquel temblor ligerísimo del
labio fue amago de sonrisa de gozo, por haber visto de repente en su
imaginación pasar en respetuoso desfile delante de él a toda la familia
del Topero, mientras Pepazos se machucaba la cabezona, a testerazo
limpio, contra el esquinal de su casa?
Con esto se dieron por enterados los tres y tan impresionados estaban,
que al romper a andar para apartarse de mí se hicieron una maraña y no
acertaban luego con la puerta. Súpose todo ello muy pronto, y lo de las
deudas perdonadas por el testador... y todo lo principal del testamento,
porque esas cosas siempre se saben, por un poco que se cuenta y se
declara, y otro tanto que se colige o se trasluce; elevóse por la
candidez aldeana hasta las nubes el caudal en fincas y sonante heredado
por mí; y con eso y la idea que se tenía de mis riquezas particulares,
creyéronme un portento de gran señor, tan pudiente como un rey; lo que
no contribuyó poco, en mi concepto, a afirmar y engrandecer aquel
respeto que ya me habían consagrado como a mero sobrino de mi tío y
continuador de la dinastía y de la obra de los Ruiz de Bejos en la
casona de Tablanca.
Bien me parecían todas estas cosas, siquiera por el lado pintoresco que
tenían y el fondo patriarcal y sencillote en que destacaban; pero me
parecían mucho mejor los ratos que pasaba en la intimidad de Mari Pepa y
de Lituca, y principalmente en la de Lituca sola, porque de todo había y
para todo daban aquellas largas horas invernizas. Mas fuera la
conversación con la hija o fuera con la madre, o fuera con las dos a la
vez, casi siempre comenzaba por esta tesis, u otra semejante declamada
en altas voces por cualquiera de ellas:
--Pero ¡válgame la mi Madre Santísima! ¿qué dirá usté, señor don
Marcelo, de esta mala peste que le ha caído en la casona? ¿No le da en
cara esta poca vergüenza con que, tras de comerle el costado derecho, le
tenemos arrinconado en lo más obscuro y ruin, por campar nosotras solas
en lo más pomposu, como si todo eyu fuera nuestro y no de usté? ¿No
sería mejor que, ya que empieza la escampa, le dejáramos en paz y sin
estorbos y nos volviéramos a la nuestra casa antes con antes?... ¡Mire
que tiene que ver esta desvergüencería!
Era de rigor que yo las atajara en estas alturas del apóstrofe con otro
en que salían a danzar su compromiso de no abandonarme hasta pasado el
día de los funerales; la obra caritativa que estaban haciendo mientras
me acompañaban en mi soledad, y aliñaban y vestían el viejo y sucio
caserón, y disponían el programa para aquel acontecimiento, tan extraño
para mí; lo cómodo y a gusto que yo me encontraba en la habitación que
había elegido al cederles la mía, que era la menos mala de la casa,
aunque estaba a cien leguas de ser lo que merecían ellas; lo distraído y
animado que se encontraba don Pedro Nolasco, y el bien que esto le hacía
en horas tan críticas y de tanto peligro para él.
Así o por el estilo, si se trataba de las dos mujeres, o estaba presente
Neluco, o don Sabas, o ambos a la vez, porque venían por casa muy a
menudo; pero si se trataba de Lituca sola, mano a mano conmigo, ya era
muy distinta la sonata de mi respuesta. Yo no sé en qué diablos
consiste; pero no parece sino que hay una ley estampada en la mente de
todos los hombres, o una fibra de cierto temple inextinguible escondida
en su naturaleza carnal, que les obliga a decir «cosas bonitas» a una
mujer guapa siempre que están a solas con ella y aunque se trate de las
ánimas del purgatorio. Pues por mandato de esa ley o de esa fibra, al
replicar a la nieta del gigantón en sus obligadas lamentaciones, hechas
seguramente, como las de su madre, más por broma o cumplido, o etiqueta
a su modo, que como expresión fiel de sus deseos, ya la miraba con ojos
picarones; después me atusaba la barba en silencio, como si me costara
gran trabajo contener lo muchísimo y muy hondo que se me ocurría y
acababa por soltar una andanada de «travesuras» del acervo común: si la
estorbaba mi presencia tan continua; si echaba de menos «algo» (en este
«algo» me refería yo a Neluco) que no andaba por mi casa tan a menudo o
tan a tiempo como por la suya; qué haría yo por transformar en
placenteras aquellas horas que tan pesadas le parecían... hasta que la
pobre muchacha, ya por estas cosas que la decía, o por el modo de
decírselas, terminaba por ponerse colorada y por exclamar, revolviéndose
con infantil desembarazo en la silla:
--¡Vaya que tiene este don Marcelo un decir de cosas y un entender de
las que una le diz a él!... ¡La mi Madre Santísima! Pues mire: quitárame
con eyu, la franqueza pa bromearme alguna vez... ¡Como si fuera poco el
regalo y el mimo en que nos tiene en su casa! ¡Pues podía yo pedir
más!...
Y esta casta de réplicas solía dar ocasión a nuevos y más intencionados
subterfugios míos, hasta que me asaltaban los remordimientos acordándome
de Neluco... o se amparaba ella de alguno de mis libros con santos, que
le entusiasmaban, y acudía yo entonces a explicarle las estampas para
concluir también por donde siempre, aunque en un estilo y de modo más
soportables.
Una vez se trataba de un grabado con colores que representaba el
interior de un teatro de París durante la representación de un famoso
drama de gran espectáculo. Se veían el escenario y una buena parte de
las localidades principales, llenos el uno y las otras de actores
fastuosamente vestidos y de damas y caballeros muy engalanados. Sabía
Lituca ya, por consejo mío, hallar la perspectiva de esos cuadros
mirándolos por el embudo hecho con una mano; y mirando así aquel
interior, se quedó maravillada y prorrumpió en las exclamaciones más
extremosas. Conocía yo aquel teatro y aquel drama, y había visto a mi
sabor la realidad de aquella pintura que tanto le entusiasmaba.
Declaréselo, asombróse de mí tanto como del cuadro, y me apresuré a
referirla el argumento con detalles que recordaba muy bien de sus
escenas más culminantes y del decorado más aparatoso; y, por último, le
di una idea del papel que hacían en la función los espectadores, del
lujo de las señoras... y de las majaderías de los hombres presumidos,
particularmente de los «buenos mozos». Admiróse ella de unas cosas,
rióse de otras y me declaró, al fin, respondiendo a una pregunta mía,
que verlo todo sin ser vista de nadie, ya le gustaría; pero estar en
ello y ser vista de todos, aunque la asparan. Recordaba haberme dicho
algo por el estilo, tiempo hacía (y era verdad). Tomando pie de aquí,
continué yo explorando la calidad y el tamaño de sus ambiciones de
mujer; y de cuadro en cuadro y de supuesto en supuesto, fui a parar a
que en respuesta a otra pregunta mía, me dijera:
--Pues con toda verdá de la mi alma, y así Dios me castigue si le
miento: como deseos, por decir propiamente deseos de mujer moza, vamos,
lo que yo pediría, puesta a pedir, tocante a ese particular, es una vida
como la que ahora llevo.
A lo cual repliqué yo que pedir eso, aunque poco, era pedir imposibles,
y había que ponerse, para el punto que tratábamos, en la realidad de las
cosas.
--El tiempo no se para--añadí--, y destruye poco a poco, cuanto vive en
él. En virtud de esa condición ineludible, llegará un día (y Dios le
aleje mucho) en que hasta su madre de usted desaparezca de entre los
vivos. Esta es la ley fatal de los sucesos humanos. En previsión de
ello, o porque así lo manda otra ley que gobierna los impulsos del
corazón del hombre... y de la mujer, a cierta edad de la vida, por
ejemplo, a la que tiene usted ahora, se desea un apoyo a quien
arrimarse, una compañía en que vivir, en sustitución de los que han de
faltarnos necesariamente; la chispa que avive mañana el fuego que se
extinga en el hogar y restablezca su calor sagrado. En una palabra,
Lita: que hay que pensar, pensar siquiera, en casarse. Pues supongamos,
y usted perdone la franqueza, que se trata de usted y que la llueven a
usted pretendientes de muchas condiciones y de muchas partes; que viene
el labriego humilde con el homenaje de su pobreza disculpada con la
envoltura de sus honradas intenciones; que la solicita el hidalguete de
gotera, de esos que tienen la manta de sus recursos tan ajustada a sus
necesidades, que si tiran de ella para cubrirse el pescuezo, dejan al
descubierto los pies; y el hacendado tosco que funda su mayor vanidad en
haber sudado mucho el pedazo de pan que le ofrece a usted con mano
callosa y palabra torpe... y sudando; y el abogadillo de pocos pleitos y
con la manta del hidalguete; y así, por esta escala arriba, hasta el
personaje que la brinda, en el mundo de donde él viene, con todas las
tentaciones del lujo y del esplendor; vamos, con la vida que hacen las
más encopetadas señoronas del teatro que usted acaba de ver pintado en
ese libro. Con franqueza, Lita, ¿a cuál de esos pretendientes escogería
usted?
Durante la primera parte de éste mi razonamiento, no sabía la pobre
muchacha dónde poner la vista, y aun se pellizcaba algo la ropa; después
ya me miraba con los ojos muy abiertos y la boquita risueña, y por toda
respuesta a la pregunta que puse como raya para sumar, debajo de la
lista de los supuestos pretendientes, soltó una risotada de las más
espontáneas y cordiales.
--¿De qué se ríe usted?--preguntéla, fingiéndome un poco resentido.
--¡Ni aunque fuera el caso de llorar!--me respondió cambiando de postura
en la silla--. ¡Vaya, que es buena! ¡Pues dígole que ni estampado en un
papel! Eso, mi señor don Marcelo, es pasarse ya del jito con más de otro
tanto de lo justo... y no vale. ¡Vaya, vaya, que es ocurrencia!
--Esto es, Lituca, poner el dedo sobre la llaga, ni más ni menos, y
llamar las cosas por sus nombres, por más que usted aparente creer lo
contrario para escurrir el bulto... y dispénseme la llaneza.
--Pero si no ha llegado ese caso, trapacerón del diantre, ¿cómo quier
que yo le responda?
--En el supuesto de que haya llegado hice a usted la pregunta.
--Pero usted sabe mejor que yo lo que va del dicho al hecho.
--Es verdad que lo sé, no mejor, sino, por las trazas, tan bien como
usted; y a pesar de ello, insisto en la pregunta, dejándonos de
eventualidades más o menos posibles o probables y colocándonos en lo
real y positivo y hacedero. Y así, pregunto otra vez: hoy por hoy, en
este mismo instante, tal como usted es, tal como usted piensa y siente,
¿a cuál de los susodichos pretendientes elegiría? ¿Con cuál de ellos
cree usted, hoy por hoy, en este instante, que sería más feliz
teniéndole por marido?
--¡Pero, la mi Madre celeste!... ¡Mire que es tema el de este hombre de
Satanás! ¿Cómo he de decirle yo esas cosas?
--Como se dicen otras, Lituca...
--Pues ya se lo dije endenantes, y bien a las claras.
--Y bien a las claras respondí a usted que aquello era pedir imposibles.
--Pues eso mismo pido... eso mismo deseo ahora.
--Pues no concuerda esa respuesta con mi pregunta. Allí se trataba de
vivir como ahora vive usted, y aquí se trata de vivir de otra manera muy
distinta.
--Pues llámelo hache, con todo y con ello.
--No puedo ni debo llamarlo así.
--¡Y dale, Jesús Señor, con la matraca! ¿Cómo quier, alma de Dios, que
se lo diga?
--En castellano corriente... por derecho... sin callejuelas de escape.
--¡Por vida!...--y aquí hizo un mohín de impaciencia de los más
hechiceros que yo he visto en mujer, y hasta se dio dos palmaditas sobre
el regazo; después, irguiendo la primorosa cabecita y endureciendo un
poco la voz y el gesto, añadió--: Y en suma y finiquito, ¿qué obligación
tengo yo de declararlo, ni qué le importa a usté el saberlo?
Fingí tomar en serio y como dura lección estas palabras y sólo repliqué
a ellas para disculpar mi atrevimiento... Entonces soltó la picaruela
otra risotada, y me dijo en un tono que revelaba el mayor deseo de
desenfadarme, si por ventura me había enfadado yo de veras:
--Pues ahora que con el susto le castigué la picardía, porque picardía
es, y de las grandes, el sonsacar a una mujer los pensamientos que nunca
tuvo... Pero ¡tochona de mí!--exclamó de pronto cruzando las manos y
compungiendo la carita--. ¿Pues no me estoy jaraneando, como una boba,
lo mismo que si no hubiera por qué llorar sin descanso en esta casa?
¿Qué dirá usté de mí, señor don Marcelo? ¡Vaya, vaya, que otra simple
como yo! Ya puede ver si me perdona, siquiera por no ser mía toda la
culpa.
Con esta evasiva de la muy taimada y con entrar Mari Pepa, se acabó la
conversación. Pero no tenía duda para mí que era Neluco el móvil, el
tipo y el regulador de todas las ambiciones de la nieta de don Pedro
Nolasco.
Entre tanto no se descuidaban un momento los preparativos para el
funeral.
Corría de cuenta de don Sabas avisar a todos los curas del Arciprestazgo
y muchos más, si se podía; y con su dirección y con la del médico, y
hasta con su ayuda material, escribía o firmaba yo cartas y más cartas,
dando cuenta del fallecimiento de mi tío y de la fecha de sus honras
fúnebres en la iglesia parroquial de Tablanca, a todas las personas de
viso de la provincia, que, en opinión de aquellos amigos, debían de
saberlo. Las mujeres, mientras llegaba la oportunidad de proveer la
despensa de lo que en ella faltase, pasaban revista y recontaban,
manoseaban y apercibían los utensilios de mesa para la «comilona» de
aquella gran ocasión, y a los primeros amagos de desnieve salieron
propios en todas direcciones, y, a la vez que ellos, el peatón del
correo que se llevó en la valija los avisos que no podían distribuir los
propios.
Y como en esto alumbraba el sol ya muy a menudo, volvió la mujer gris a
hacer de las suyas y a preguntarme a cada paso con sus ojos angustiados,
por no atreverse a hacerlo de palabra, en qué pararía la noche menos
pensada lo que había quedado pendiente en la de la muerte de su amo. La
verdad es que yo, si no lo había echado enteramente en olvido, después
de pensarlo mejor y de enlazarlo con los recientes sucesos que tan
radicalmente habían transformado el modo de ser de aquella casa, vivía
muy descuidado de ello, y hasta me causaba cierto ruborcillo recordar la
importancia que había llegado a concederlo, sugestionado quizá por los
espasmos histéricos de la pobre Facia.
Respondía una vez a sus miradas hablándola en ese sentido para
tranquilizarla mejor; mas no pude averiguar si logré lo que me proponía,
porque desde el compromiso que había adquirido conmigo sobre la manera
de conducirse en aquel asunto, no me dejaba traslucir la verdad de sus
sentimientos. Pero si alguna confianza le inspiraron mis palabras aquel
día, bien poco le duró a la infeliz; porque a la mañana siguiente, tras
una noche de lluvias torrenciales, apareció radiante el sol en un cielo
sin nubes, y el suelo del valle y las laderas de los montes desnudándose
a toda prisa de sus blancas y espesas envolturas, que, convertidas en
arroyos cristalinos y murmurantes, corrían por prados y regateras a
sumirse en el álveo del Nansa, henchido ya hasta las malezas de sus
bordes, entre las cuales iba dejando el río la carga de sus espumas.