Pasó pronto lo de mi tío, y pasaron dos horas más sin otro suceso digno
de notarse en la casona y fuera de ella, que unas rachas de vendaval
húmedo que «ennegrecieron» un poco la nevada, cosa que nos llenó a todos
de complacencia, menos a la mujer gris, por ser el fenómeno señal de
próximo desnieve. Cerca del anochecer, cuando Mari Pepa y su hija
recogían las respectivas labores y se sacudían las hilachas agarradas a
los vestidos y apercibían las «nubes» y los mantones, diciéndole de paso
a mi tío muchas cuchufletas por animarle, y goteaban las canales del
tejado la nieve «derretida» por la lluvia que iba espesando, vino el
médico otra vez. Examinó al enfermo, y nada de particular ni de
alarmante halló en él que hiciera temer una noche como la pasada; pero
tampoco se atrevió a prometérnosla más tranquila, porque todo cabía en
una enfermedad de tan mala casta en un doliente tan aniquilado e
indefenso como mi tío. Esto me lo dijo aparte después de darme, delante
de Facia y de Mari Pepa, el plan de campaña hasta el día siguiente, sin
perjuicio de volver él a última hora, por lo que pudiera ocurrir. La
madre de Lita insistió mucho en quedarse a velar; pero yo no lo
consentí, porque tampoco lo hubiera consentido el enfermo ni le hubiera
sentado bien la mera sospecha de tratarse de ello, con lo receloso y
aprensivo que se ponía a medida que las tinieblas iban invadiéndole la
alcoba. Se acordó que velara Facia, que no se acostara Chisco y que
durmiera yo como las liebres; y con ello se marcharon Lita y su madre
con Neluco, despidiéndose ellas «hasta mañana» y él «hasta luego»; se
fueron quedando a oscuras aquellos destartalados y fríos ámbitos de la
casona; creció con las tinieblas el silencio, y pasó un buen rato,
mientras la mujer gris aderezaba el velón, sin que yo viera otra cosa en
derredor mío que las mortecinas ascuas agonizando entre las cenizas del
brasero, ni oyera otros rumores que los de la trabajosa labor del
respirar de mi tío en el fondo de la alcoba, y los del acompasado y
monótono fluir de las canales sobre el encharcado goterial.
Cuando hubo luz en la alcoba, me acerqué a la cama del enfermo y le
hablé para desentristecerle un poco y animarle. Trabajo perdido. Me
agradecía mucho la intención; pero él solo sabía todo lo mal que se
encontraba y lo imposible que era salir de aquel atolladero sin un
milagro de Dios. Me suponía agobiado por la carga de mi sujeción a su
asistencia, y se empeñaba en tranquilizarme con la promesa de que no
sería largo mi cautiverio; me pedía perdón por los malos ratos que me
daba entre tanto, y me conjuraba nuevamente a que cuando recobrara mi
libertad, no echara en olvido lo que tan rogado me tenía; porque lo de
menos era él en aquel pueblo, si había quien ocupara en la casona el
puesto que quedara vacío con su muerte. Me parecería ya pesado el tema;
pero eso mismo me demostraría la importancia que él le daba... Todo
esto, dicho entre quejidos y pausas anhelantes, con voz apagada y
sepulcral, a la luz extenuada del velón colocado sobre la cómoda, que
sólo servía para extremar la palidez cadavérica del enfermo, entre
olores de éter y romero, mientras seguían fluyendo las canales y
rezongando el vendaval afuera, resultaba bien triste ciertamente. Por
obra de la casualidad se producen a menudo contrastes muy curiosos que
parecen chanzas muy pesadas del destino. Sobre la cómoda y debajo del
mechero encendido del velón, había un rimero de cartas y periódicos que
había puesto yo allí la noche antes para ir entreteniendo con su lectura
mis largas horas de vela después que, pasado el ataque de asma, pudo
conciliar el sueño mi tío. Pues la mayor parte de aquellas cartas y de
aquellos papeles impresos, estaban atestados de noticias, reseñas y
juicios de bailes en proyecto, recepciones suntuosas y comedias nuevas
en los salones y teatros de Madrid, como si todo se hubiera escrito para
que yo me enterara de ello en tan oportuna ocasión.
La recaída de mi tío; el descenso de la temperatura, con el subsiguiente
despejo de sendas y caminos, y la salsilla de «lo de ayer» llevaron a la
cocinona aquella noche un gran golpe de tertulianos. Asistió hasta el
Tarumbo, que rara vez iba por allí, harto más intranquilo y desazonado
con la enfermedad de don Celso y la burrada de Pepazos, que por
habérsele ensanchado en más de otro tanto, con el peso y la destilación
de la nieve, el boquerón que ya tenía su casa en el jastial del
Poniente. También concurrió Pito Salces, que se quedó como sin pulsos
cuando Tona, con la faz inundada de sonrisas y los ojos de dulzuras, le
ponderó la hazaña de la víspera y le declaró sin remilgos que «de ese
_aquél_ y de esos prontos le gustaban a ella los hombres». ¡Puches, cómo
se puso enseguida el mozallón con la alabanza! Si no le contengo con una
reflexión imperiosa y una sacudida recia de su lástico, hace otra
barbaridad allí menos laudable que la del monte. Jamás había pensado él
(me lo juró así, entrelazando los dedos de sus manos, por aquéllas que
eran cruces) que una cosa «tan jacedera y currienti» pudiera valer
tantos caudales. ¡Con lo dura de pelar que Tona había sido hasta
entonces! ¡Puches, qué suerte la suya! Pensando que se la envidiaría
Chisco, acordéme del descubrimiento hecho por mí en casa del Topero y en
el corazón de Tanasia, y fuile con el cuento al mozón de Robacío, en un
aparte que tuve con él. Respondióme que me había tomado yo un trabajo
bien ocioso, aunque me le agradecía mucho.
--Las cosas--concluyó en el tono sentencioso que tan propio le era--, pa
rodar bien, han de rodar por sí mesmas jancia unu.
Aquel hombre era la parsimonia y la imperturbabilidad en carne y hueso,
y las mismas pulsaciones tenía delante del oso en su caverna, que al
calorcillo de la novia.
Por encargo de mi tío andaba yo muy a menudo en la cocina, más que por
hacer los honores a la tertulia, para evitar que los tertulianos le
invadieran a él la alcoba. Los quería mucho; pero no hubiera podido
soportarlos en la angustiosa situación de cuerpo y de espíritu en que se
hallaba. Por eso, aun sin la prohibición terminante del médico, no
habría querido recibir a ninguno de ellos durante el día. Cuando se
tratara de despedirse de todos, ya sería diferente.
A última hora llegaron don Sabas y Neluco: el primero resuelto a
quedarse allí, sin que lo notara el enfermo, favor que le habría pedido
yo si no se hubiera anticipado él a ofrecérmele; el segundo a informarse
del estado de las cosas antes de retirarse a descansar. Como las tales
cosas no ofrecían aspecto nuevo ni muy alarmante, se despidió de mi tío,
y de los que con él nos quedábamos en la casona, y se fue con los
últimos tertulianos, uno de los cuales era Pito, que tropezaba con
gentes, bancos, puertas y tabiques, de puro aceleradote y desatinado que
le habían puesto las alabanzas y los arrumacos de Tona.
Pasó la noche mejor de lo que todos esperábamos, y amaneció el día
siguiente sin una nube en el cielo ni una ráfaga de aire en la tierra; y
cuando el sol traspuso los picachos del Este y saludó al valle con sus
rayos que chisporroteaban sobre la nieve que no había deshecho la
lluvia, mi pobre tío mandó que se abrieran de par en par los cuarterones
de su alcoba, ya que no le era permitido hacer otro tanto con las
puertas y ventanas para que entraran la luz y el aire en la abundancia
que necesitaba él para salir a flote en aquella mar de angustias «que le
ajogaba», por culpa del arrastrado mediquillo que parecía empeñado en
matarle. Y lo cierto era que si en el cuerpo no se notaban cosa mayor
los milagros de la panacea que con tanto afán solicitaba el enfermo, los
hacía en su espíritu muy considerables. Era «otro hombre» desde que el
sol se había colado en su alcoba como por las rejas de una cárcel, y
veía flotar, danzando dentro de la faja luminosa que atravesaba la
habitación por delante de su lecho desde el cuarterón de la ventana, las
pelusillas y el polvo vagabundos. No apuntaba siquiera el propósito de
levantarse, porque no se lo permitía la extenuación de sus fuerzas; pero
creía en la posibilidad de volver a tomar el sol antes de morirse,
aunque fuera sacándole en un cesto a la solana si le duraba al tiempo
aquel buen semblante unos cuantos días.
Y le duró más de siete, y se templó en tales términos y se arregló la
envejecida y desconcertada máquina de mi tío de tal manera, que, no en
un cesto, sino bien sentado en el sillón de vaqueta de su dormitorio, y
bien forrado y envuelto en mantas y capotes, consiguió darse más de
cuatro «panzadas de sol» al aire libre en el abrigado rincón de la
solana, adonde le sacaba yo poco menos que en vilo, por la puerta de su
alcoba, entre las tempestades de votos y reniegos con que protestaba
contra «la perra acabación» que en tan miserables extremos le ponía.
Tuvo muchas visitas en ese tiempo, y la familia de don Pedro Nolasco se
las hacía por mañana y tarde. En las en que se hallaba el vejancón de la
Castañalera, cada vez menos socorrido de palabra y de asuntos de
conversación, solía interrumpir los largos paréntesis de silencio con
descargas como ésta y dos cachiporrazos en el suelo:
--¡Vaya, vaya con el bueno de don Celso que se nos quiere morir sin más
ni más! No, no; pues como valga la mía, no te sales tú con la tuya. Eso
te lo juro yo.
Lituca, si se hallaba presente, salía al quite de la impertinencia con
una broma algo forzada en que me aludía a mí con los piadosos fines de
que rematara ya la suerte para tranquilidad de mi tío. Y éstos y otros
parecidos lances eran el único lado agradable que tenía para mí aquel
cuadro de continuas e interminables tristezas, sobre las cuales iba
descollando de día en día y a medida que la temperatura se templaba y
surgían riscos y laderas por los anchos desgarrones abiertos en el
espeso tapiz de nieve por los rayos del sol, la figura, de suyo
melancólica, de la mujer gris, particularmente hacia la caída de la
tarde, y, sobre todo, al descolgar el calderón y empuñar los dos
cántaros de barro para ir a la fuente entre día y noche, según costumbre
inmemorial en ella. Como se había hecho tan visible para mí esta
agravación de los espantos de la pobre mujer, la observaba con cuidado
desde lejos, y por eso pude notar que eran de prueba terrible para la
infeliz aquellos momentos: parecía un reo de muerte que caminaba hacia
el patíbulo cada vez que se alejaba del cantaral con el calderón sobre
la cabeza y una «escala» en cada mano.
De uno de aquellos viajes volvió que daba compasión y susto mirarla, y
más tarde que lo de costumbre. Se la conocía en los ojos que había
llorado mucho, y anduvo toda la noche por la casa de acá para allá sin
saber hacer cosa con arte. A ratos se quedaba como alelada, y a ratos se
sentía acometida de una inquietud que no la dejaba parar en ninguna
parte. La vi, sin que ella lo notara, más de dos veces, en la penumbra
del carrejo, llevarse con desesperación ambas manos a la cabeza, y la oí
invocar al mismo tiempo, en voz enronquecida y mal dominada, al «devino
Dios de las misericordias grandes» y a «la Virgen Santísima de las
Nieves, la su madre clemente y amorosa». Deseaba morir de pronta muerte,
si en el deseo no pecaba, antes de ser testigo «de eyu» y manchar la
vista de los sus ojos en una vergüenza tal. Temí por su razón; y movido
de un sentimiento de lástima, me hice el encontradizo con ella. No se
sobrecogió al verme, como solía en tales casos; al contrario: parecía
calmarse un poco y reanimarse con mi presencia, y hasta noté en ella
como deseos de decirme algo. Tomándolo por motivo, la hablé, primero
para tranquilizarla, después para indagar, para descubrir la casta
siquiera de aquellos misterios que en trance tan angustioso la ponían.
--¡Ahora no! ¡ahora no!--me dijo después de vacilar un poco--; cuando no
pueda más... cuando la carga me rinda de too, ¡estonces! ¡estonces!... y
a usté solo... Y, por caridá de Dios, don Marcelo: que, hoy por hoy, no
sepa ná de estos espantos que me acaban, el señor su tío... ¡ni naide,
si ser pudiera!...
Apartóse de mí con esto y huyó a encerrarse en su cuarto, mientras
volvía yo al de mi tío seriamente preocupado y sin saber qué pensar de
aquellas cosas tan raras.
Nada ocurrió, por fortuna, que hiciera necesaria la presencia de la
infeliz mujer en ninguna parte de la casa aquella noche. La cual debió
ser bien terrible para ella; porque apenas me hube levantado yo de la
cama al día siguiente, y eso que madrugué tanto como el sol, apareció
como un fantasma en mi cuarto, después de haberme pedido permiso para
ello entreabriendo la puerta con mucho cuidado. Tenía los ojos hundidos
y circundados de una aureola cenicienta; parecía que le habían chupado
las brujas los pocos jugos de la cara, sobre la que caían, por debajo
del pañuelo atado a la cabeza, encrespados mechones de cabellos grises;
le temblaban los resecos labios, y salía de su garganta la voz
enronquecida y como rechinando. Dejóse caer de rodillas delante de mí, y
pidió por todos los santos del cielo que la oyera como en confesión.
--Porque--me dijo por último, entre sollozos mal comprimidos y espasmos
de todo el cuerpo--, ya no puedo más con la carga, y llegó la hora de
quitármela de encima o de morir debaju de eya.
Hice, ante todo, que se incorporase y que se sentara en una silla, cerré
por dentro la puerta del gabinete, sentéme yo enseguida junto a la
infeliz mujer, y me dispuse a oírla, conforme ella lo deseaba, después
de dirigirla palabras de conmiseración y de aliento.