Dos partes tuvo la confesión de Facia. En la primera me declaró todo lo
que yo sabía perfectamente por boca de Chisco: la historia de su
desdichada unión con el pícaro baratijero contra la voluntad y las
sabias advertencias de mi tío, que era como su padre y señor. Por
desoírle, decía la infeliz, había faltado a la ley de Dios, y por esta
falta había venido el castigo de sus desventuras; desventuras que ella
había sufrido, aunque con muchas lágrimas, sin una sola queja. Era su
deber. Que arrastrara la vida como una carga afrentosa; que las
pesadumbres y los dolores fueran minándola y consumiéndola por donde
nadie más que ella lo notara; que encanecieran sus cabellos fuera de
sazón y que no hallara, para reponer las fuerzas gastadas en los
trabajos y cavilaciones del día, el descanso de la noche, la
tranquilidad del sueño que no le falta al pordiosero que mata el hambre
llamando de puerta en puerta y errando de monte en monte, con un zurrón
a la espalda y un paluco en la mano, ¿qué importaba? Desconociéralo su
hija, tuviérase por huérfana de un padre honrado, y esto solo la daba
gran consuelo y las fuerzas necesarias para llevar su cruz como una
carga redentora de sus delitos, imperdonables en la otra vida sin una
dura penitencia en ésta. Cuando, con las miras puestas en estos fines,
vacilaba un poco, porque, al cabo, era tierra frágil y miserable, y
desconfiaba de sus bríos y se veía a punto de tropezar y de caer, acudía
al amparo de don Sabas; y allá, a la reja del confesonario, en los
profundos de la iglesia, al romper los primeros albores del día, ella,
después de besar el polvo de los suelos y de regarle con sus lágrimas,
declarando sus pesadumbres y flaquezas, y él reprendiéndola y
exhortándola con la sabiduría y la dulzura de un padre cariñoso a un
hijo muy desdichado, hallaba siempre los perdidos alientos para
continuar la subida de su Calvario con la carga de su cruz... Así
estaban las cosas cuando yo había llegado a Tablanca.
Preguntéla por qué en la gran cuita que de tal modo la atribulaba
entonces no había buscado, como otras veces, los consejos y la ayuda de
don Sabas. Respondióme que eran casos muy diferentes unos y otros; que
no dependía de su resignación ni de sus ánimos el que en tales congojas
la ponía, y que yo era el único ser viviente de los de ella conocidos,
llamado a entender en él antes que nadie. Asombréme, lloró desconsolada,
golpeóse la cabeza con las manos, se mordió los puños apretados
convulsivamente, volvió a hincarse en el suelo para pedirme perdón
abrazada a mis rodillas, creció mi asombro, conseguí con trabajo que se
sentara de nuevo, y la conjuré, por todos los santos de la corte
celestial, a que me declarara enseguida todo cuanto tenía que
declararme.
Rehízose algo a fuerza de empeñarse en ello, y comenzó así entre
suspiros muy hondos y sollozos mal reprimidos, la segunda parte de su
extraña confesión:
--Estando las cosas de esta suerti, una tarde, al abocar ya de la
noche... (a los tres días, por más señas, de venir usté a Tablanca),
cogí yo los cántaros, como los cogía todas las tardes al caer el sol y
los cojo a la presente y los he cogido dende que tuve fuerzas pa eyu, y
fuime por el agua. La fuenti, tal que usté lo sabe, está cayeju arriba
de aquí, a medio cuarto de hora de un buen andar, subiendo, y en una
rinconá muy jonda a la derecha, según se sube. Por estar tan a trasmanu
del lugar y tan placentera de esta casa, solamente nusotros bebemos de
eya; de suerte y modu, que es una soledá de las más solas a toas las
santas horas del día y de la noche. Pos quién le diz, señor don Marcelo
de mi alma, que andando, andando, y bien a la descuidá por cierto, en
aqueya tardezuca que le pinto, malas penas aboco a lo más obscuro de la
rinconá, cuando me doy con los jocicos... ¡Virgen María la mi Madre de
las Nieves! con la estampa de hombre más desastrá que en los jamases
había yo visto ni veré. Túvele por salteador facinerosu. Dime por
fenecía ayí mesmu, y clamé al devino Dios, soltando los botijos de las
manos y en un puro temblor de todo el cuerpo. Alzóse en esto el hombre,
que estaba sentau en una peña debajo del binquizal más tupío que hay
ayí, y habló pa chunguease con los mis ajuegos que bien a la vista
estaban, y pa jurame que venía de paz, si no se le ponía en extremos de
venir de guerra... porque él a too se amañaba... Y entonces, entonces,
señor don Marcelo, entonces fue cuando yo entendí que se me enturbiaba
la vista, y se me cuajaba la sangre en las venas, y se jundía el suelo
en que pisaba... Aqueyu fue el espantu de los espantus, y las congojas
de las agonías de la muerte... Porque ¡Santa Virgen la mi Madre
celestial! aquel enemigo de hombre tan jaraposu y tan mal encarau, por
voz y moviciones y palabras, resultó ser él, ¡el mesmu en huesu y carne,
en alma y vida!
--¿Quién?--pregunté a Facia, más con la intención de distraerla del
paroxismo en que había vuelto a caer, que por la curiosidad de una
respuesta que casi adivinaba yo.
--Pos él, señor don Marcelo--me dijo la infeliz retorciéndose las manos
entrelazadas y con el espanto en los ojos, como si tuviera al hombre
aquél delante de ellos--; el propiu causanti de mis penas sin consuelo;
¡el mal padre de la hija infeliz de las mis entrañas!
--Pero ¿está usted segura de que era él?--pregunté a Facia fingiendo
unas dudas y un asombro que no sentía.
--¡Ay, señor!--me respondió sollozando--; aunque no lo hubiera estau
entoncis, que bien lo estuve, ¡he tenío tantos motivos pa estarlu
dimpués acá!
--Corriente--añadí--. Pero ¿de dónde venía... y para qué... y por qué?
--Pos venía, según relate que me jizo con aquel palabrear zalameru que
siempre tuvo y a mí me entonteció en su día, de por esus mundus ayá;
lejos, ¡muy lejos!... hasta más lejos, a veces, que la otra banda. Ya ve
usté si será bien lejos. Siempre buscándose el bien vivir, y nunca dando
con él. Llegó a verse hasta en cadenas, años y años, aunque nunca por
culpa suya, sino de otros, malos amigos y piores compañerus de trabajo.
Al cabo de los tiempos, alcontróse libre de prisiones y señor de sí
mesmo; pero se vio solo y desamparado, envejecío de cuerpo y falto de
salú; le jalaba esta tierra porque, al cabo y finiquito, aquí le
quedaban peazos de las sus entrañas; y en busca del amparo de eyus le
puso el su corazón que no le mentía. Tomando lenguas a tiempo, supo de
mí... ¡ay, señor don Marcelo! creo que hasta más de lo que sé yo mesma.
Por saber de too, sabía desde que me lo había oído a mí en horas
mejores, aunque bien contás fueron, que el señor mi amo entrega a sus
sirvientis las soldás de tiempo en tiempo, pa que hagamus de eyas lo que
más nos venga en gusto. Con este saber y el del vivir de nusotras dos,
traía el indino de él ajustá la cuenta, año por año y día por día, del
montante del agorro que yo debía guardar, y guardaba en verdá de Dios,
como oro en paño, pa el mejor acomodo de mi Tona el día de mañana. No
quería darse a ver por entonces en el pueblo; pero vivía en otro no muy
lejanu y podíamos entendernos él y yo muy a menudo si el caso lo pedía.
Hasta aquí fue lo dulce de la entrevista, según el relato de Facia. Para
la pintura de lo amargo de ella y mucho de lo sucedido después, ya no
tuvo la infeliz relatora ni colores ni arte ni fuerzas. Perdía el hilo
de los sucesos y me embrollaba el asunto. Deseando yo conocerle a fondo
y por derecho, acudí a confortarla y a dirigirla con reflexiones de
cariño y con preguntas de indagación minuciosa. Me salió bien el
procedimiento, y la sustancia de mi labor fue ésta:
Bien ajustada por el marido la cuenta de los haberes de su mujer, vino
la exigencia del primer «donativo». Por entonces tenía bastante con
ello; después, ya se vería. Facia no lo traería a mano, porque no
contaba al ir a la fuente con aquella urgencia repentina; pero él se
comprometía a volver a recogerlo allí mismo al día siguiente a la misma
hora, y era igual. Si ella deseaba callarse como una muerta en lo
tocante a aquel encuentro y a lo que fuera siguiéndose de él «por
respetos equis o tales» el hombre no se opondría a ello, porque era «de
un natural caballero y generoso, y sabía ponerse en todos los casos».
Pero debía de tener Facia entendido (y le encarecía mucho la
advertencia, por su bien) que él, con las carceladas y cadenas que había
sufrido, tenía saldadas todas sus cuentas con la justicia. Era libre
como el aire, y estaba en posesión de todos sus derechos, incluso el de
vivir con su mujer o el de reclamar a su hija para llevársela consigo,
si lo primero no le convenía. Si la decían otra cosa por lo de las
requisitorias llegadas a Tablanca a raíz de faltar él de allí, no le
dirían la verdad: primero, porque era inocente de todo lo que se le
achacaba; y segundo, porque, aunque no lo fuera, pagado con sobras lo
tenía ya en montón con otros pecados... que tampoco había cometido. Pero
él (volvía a repetirlo) no intentaría prevalerse de su derecho: conocía
las cosas, y no se apartaría del gusto de su mujer, si le tenía en que
lo tapado no se descubriese ni por las moscas. Así, y con este
sacrificio de su parte, podía llegarse también a los fines que él iba
buscando con su vuelta a Tablanca.
Para la desdichada mujer, que ya se había considerado libre de aquel
padrón de afrenta, y sólo aspiraba a que en el pueblo se fuera
olvidando, como se olvidaba, que había existido, y a que su hija no
tuviera jamás la menor sospecha de él, la aparición repentina de aquel
hombre superaba con mucho a todo cuanto podía imaginarse en la escala de
las humanas desventuras. Creyó a puño cerrado cuanto el pícaro la
afirmó, y desde aquel instante quedó indefensa esclava suya, como el
pájaro de la sierpe que le fascina y aterra. La hacienda, la vida: todo
le parecía poco para comprar el silencio del infame y poner entre él y
su hija un muro tal, que ni las águilas fueran capaces de volar tan
alto.
Y todo se fue haciendo como el bribón lo pedía. En la fuente y al
anochecer, las entrevistas; y en cada entrevista, un «donativo» de Facia
y nuevas baladronadas del tunante sobre el sacrificio que hacía por el
bien y el sosiego de su «familia», viviendo sin hogar y a salto de mata.
Como su «prestado domicilio» estaba lejos de Tablanca (aunque tenía para
las ocasiones de apuro «un apeadero» a la mitad del camino, bien
abrigado de los temporales y a cubierto de la curiosidad de las gentes),
las apariciones del hombre aquél sólo ocurrían en tiempo bonancible; y
de aquí lo que angustiaban a Facia los días soleados y lo que la
deleitaban los borrascosos, pues aunque no eran diarias, ni mucho menos,
las entrevistas en los primeros, se hacían imposibles en los segundos.
Uva a uva, pronto se acabó el racimo de los ahorros de la desventurada
mujer; y cuando ya nada la quedó que ofrecer a la insaciable voracidad
del vampiro, comenzó éste a esbozar otras exigencias que tardó en
comprender el ofuscado y nunca muy sutil entendimiento de Facia.
Cuando llegó a comprenderlas por declararlas el otro sin ambages ni
repulgos, las angustias de la desventurada fueron tales, que le
parecieron de juego las sufridas hasta allí. Él no podía, en conciencia,
conformarse con la miseria recibida de su mujer. Su abnegación y sus
sacrificios en bien de la tranquilidad de su «adorada familia» valían
mucho más, y había que buscarlo donde lo hubiera; y como lo había
abundante en casa de su amo, de mi tío, de allí había de salir, y mucho,
y enseguida, y con el ingenio y por la mano de su misma sirviente, de la
propia Facia. Sentía muchísimo llevar las cosas por ese lado y tan de
prisa; pero la pícara necesidad le obligaba a ello. Era, ante todo, leal
y agradecido, y debía grandes favores, que quería pagar, a otros dos
caballeros que habían compartido con él sus trabajos de presidio y no le
habían abandonado después hasta el momento en que así lo declaraba.
Aquí me asaltó de pronto un recuerdo, y pedí a Facia las señas
«particulares» de su marido. Comenzó por la de un chirlo en la cara que
le partía un ojo y la nariz, y no necesité de las restantes para dar por
conocido al personaje. Sin descubrirle mis sospechas, la reprendí
duramente por haberme ocultado hasta entonces lo que me estaba
declarando. A él, más que a ella, le importaba callar, porque tenía
grandes cuentas pendientes con la justicia. Todo lo que la había dicho
en contrario, era un embuste para explotar su candorosa ignorancia. Se
le podía haber cogido en una de sus emboscadas, como a un zorro en el
cepo, como se le cogería de seguro si aún andaba por allí...
A esto se estremeció de espanto la angustiada mujer y volvió a caer de
rodillas delante de mí, para pedirme por Dios crucificado que no se
hiciera tal cosa. También a ella se la había ocurrido alguna vez que
podía no ser verdad todo lo que él la decía «al auto de aquellos
particulares»; pero ¿y qué?... Si lo que la acongojaba no era eso, sino
el temor al ruido y al escándalo; a que el lugar se enterara del caso, y
después don Celso y, sobre todo, su hija, ¡Oh, esto nunca!... ¡Tapar,
tapar y no más que tapar!... Por ello, la vida suya y cien vidas y mil
vidas; el suplicio en cruz, en la lumbre de un horno; descuartizada
viva... enterrada en salud, entre sapos y serpientes.
--¿Y el robo también?--la interrumpí con mal disimulada dureza.
--¡Señor!--me respondió como aterrada por el sonido de la pregunta--.
Aunque capaz fuera de eyu, ¿qué sé yo ónde guarda las riquezas el mi
amo, ni si las tiene en casa tan siquiera?
Aquí me refirió, espiritada y convulsa, después de sentarse otra vez,
por mis reiterados mandatos, cómo, no teniendo valor para hacer lo que
el infame la proponía, ni resolución bastante para negarse a ello, había
ido entreteniéndole las impaciencias con aquel reparo y con el de la
continua presencia mía y de otras gentes en la casa con motivo de la
recaída de su amo (porque esto ocurrió en los días que siguieron a la
nevada); pero, aunque de todo estaba enterado él, a nada de ello daba la
menor importancia: al contrario, sostenía que al amparo de aquellos
quehaceres y preocupaciones, era como mejor podía ella lograr sus
intentos, si los ponía por obra. Esto, por las buenas; porque si aún la
parecía mucho, acudiría a las malas, pues, por las malas o por las
buenas, ello había de hacerse, y en el aire.
La infeliz no sabía qué partido tomar dentro de aquel estrecho círculo
de hierro candente, abrasador; y como las impaciencias del pícaro no
daban la menor tregua, un día, la víspera del en que Facia me lo
contaba, la había dicho él: «Puesto que no te resuelves a cogerlo con
tus manos, «hemos» resuelto «nosotros» robarlo con las nuestras. Hacia
la media noche de mañana, cuando ya no quede señal de hombre en la
cocina ni chispa de rescoldo en el hogar y duerman todos en la casa,
llegaremos al portón de la calleja. Entonces oirás un silbido de este
aire (y silbó por lo bajo de cierto modo). Sin más que oírle, te llegas
callandito al estragal y me abres la puerta, con tal finura y cuidado,
que ni las mismas bisagras se enteren de ello. Lo demás corre de nuestra
cuenta. Ya daremos con el gato, por escondido que esté. Si hay alguno
demasiado ligero de sueño, boca abajo para _in saecula_ en cuanto se
despierte, y el primero tu amo, si es que no ha habido que empezar por
su sobrino... o no se dejan amarrar todos con la docilidad que pide el
caso. Conque ya estás advertida, y bien te consta cómo las gasto.
Sabiendo que me juego la vida en el trance, figúrate lo que se me
importará de la tuya si hay que ponerla en pleito porque se te haya ido
un poco la lengua en todo el día, y por razón de ello no encontramos la
casa por la noche en el sosiego y la tranquilidad que siempre tuvo a
tales horas.»
Dicho todo esto con un cinismo feroz, marchóse, dejando a Facia más
muerta que viva. Y así estaban las cosas; y estando así, ¿cómo gozar
hora de sueño ni minuto de tranquilidad, ni cómo dejar de confesarlo al
fin y al postre, ni a quién, sino a mí?
Interesóme de veras el caso, porque vistos los antecedentes del
«caballero» aquél y de sus fidalgos camaradas, no era para tomarlo a
risa; y después de meditar un poco mientras Facia gemía y se retorcía
las manos cadavéricas, la dije:
--¿De manera que eso ha de suceder esta misma noche?
--Así fue la amenaza--respondióme, casi sin voz para ello.
Notaba yo que la pobre mujer estaba en aquellos instantes bajo la doble
tortura de los sucesos mismos declarados, y del temor a lo que pudiera
alcanzarla del mal juicio que yo hubiera formado de todo ello;
inspirábame honda compasión, y con el fin de aliviarla un poco de ambos
tormentos, la hablé así:
--En primer lugar, del dicho al hecho siempre hay gran trecho, y mucho
más si los hechos son de la magnitud de éste que a usted la espanta; de
manera que las amenazas de venir esta noche esos bandoleros a desvalijar
a mi tío, se cumplirán... o no se cumplirán; y bien pesado y medido
todo, quizás fuera preferible que vinieran, particularmente para usted,
por aquello de que «muerto el perro, se acabó la rabia». En segundo
lugar, con la confesión que usted me ha hecho, y ¡ojalá se le hubiera
ocurrido hacérmela la primera vez que topó con su marido en la fuente!
si no viene por aquí esta noche a liquidar todas sus deudas en una sola
partida, tengo todo lo que necesito saber para obligarle, por la cuenta
que le trae, a que abandone esta comarca callandito la boca y a buen
andar por donde nadie le vea, y la deje a usted en santa paz por todos
los días de su vida. De manera que no hay para qué gemir ni angustiarse,
como usted gime y se angustia. Déjelo, pues, todo a mi cargo; obedézcame
en cuanto yo disponga; comience por arreglarse el tocado y el vestido,
después de alegrar un poco los sombríos celajes de la cara; vuelva a
ocuparse desde ahora en sus ordinarios quehaceres con el remango que
solía; atienda a mi tío como siempre, y cuide mucho de que Tona no
empiece a poner en duda las disculpas con que, en éstos y otros días de
tormenta, ha estado usted engañando su candidez. Conque ya está usted
absuelta de todo pecado por lo que a mí toca; y ánimo, y a cumplir la
penitencia que la acabo de imponer.
Con esto la di dos palmaditas en la espalda; logré que las angustias
desesperadas de antes se trocaran en copioso y sosegado llanto;
incorporóse al fin con cierto brío; intentó, y no se lo consentí,
besarme las manos; y después de prometerme que emplearía todos los
alientos que la quedaban de los suyos y los que yo la había prestado, en
obedecer mis mandatos, se dirigió a la puerta. Pero yo no sé qué vio de
pronto en la luz del aposento, que se lanzó, con aquella fuerza que
siempre la arrastraba, un tiempo hacía, a leer los fenómenos
meteorológicos en la bóveda celeste, a uno de los cuarterones de la
puerta de la solana. Allí se estuvo unos instantes devorando el espacio
con los ojos. Acerquéme yo al otro cuarterón, y exclamó ella entonces:
--¡Ay, señor don Marcelo!... Si las señales no mintieran, ¡qué suerte la
nuestra!... ¡Miri, miri esas nieblas que abajan por ayí... y por ayí, y
por toas partes; miri esi cielu encenizau y escuru; miri aqueyas motas
negras de ayá arriba, que son butres que pasan cara acá!... Pos lo unu y
lo otru y too eyu en juntu, y ese frío que ahora noto que se sienti, too
es nieve, nieve pura que se cuez y está pa caer de una hora a otra. ¡Si
el Señor y mi Padre de los cielos fuera tan misericordiosu que tampocu
esta vez fallaran los barruntus!...
Y con esto abandonó el observatorio sin esperar mi respuesta, y salió
del gabinete casi batiendo las palmas y con una agilidad desconocida en
ella mucho tiempo hacía.
Yo me quedé ¿a qué negarlo? haciendo votos porque los barruntos no
fallaran; después medité un rato sobre los sucesos que podrían ocurrir
aquella noche; y con el esbozo de un plan en la cabeza, dejé mi cuarto y
pasé al de mi tío.