XXIII

En cuanto mi tío se halló libre del ataque al despertar del sueño,

relativamente tranquilo, que yo le había velado desde el amanecer, y vio

el cuarto alumbrado por la luz del día, aunque parda y melancólica,

olvidóse de las mortales angustias que había sufrido pocas horas antes,

y no tuvo ni declaró otro deseo que el de saltar de la cama para hacer

la vida de costumbre. Dios y ayuda nos costó reducirle a que siquiera

nos escuchara las razones que teníamos para oponernos a su irreflexivo y

peligroso empeño. Neluco, que ya se hallaba presente y bien enterado de

todo lo ocurrido durante la noche, tuvo que enfadarse de veras y hasta

faltarle un poquillo al respeto. Si no por las buenas, por las malas

tendría que quedarse aquel día en la cama, y el siguiente, y el otro, y

todo el tiempo que durase el temporal de nieve. Había que evitar a todo

trance los enfriamientos... Después, ya se vería. A lo cual respondió

don Celso, echando lumbre por los ojillos de raposo y apretando los

puños de coraje:

--¡Para ti estaba! ¡para ti y para todos los de tu arrastrado oficio,

mediquín trapacero del cascajo! ¿Por quién me tomas? ¿De qué madera te

has pensado que soy yo? Me levantaré... o no me levantaré, conforme y

según me vea de agallas; pero no porque se le antoje así o asao a ningún

enterrador de vivos... porque enterrar en vida es ¡cuartajo! tener en la

cama días y días a un hombre como yo, sin calentura ni dolores.

Al cabo se entregó, más que por convencimiento, por falta de fuerzas

para salirse con la suya; pero volvió la cara hacia la pared

refunfuñando protestas e improperios como un chiquillo contrariado.

Despachado este asunto y mientras íbamos a ver a Chisco, decía yo al

médico que acaso tuviera razón mi tío en su porfía con nosotros. ¡Era

tan extraordinaria su naturaleza!

--No hay naturaleza que valga--me respondió Neluco--, a cierta edad de

la vida y con determinadas enfermedades.

--Pero ¿tan grave es ésta que padece mi tío?--le pregunté.

--Ya le he respondido a usted en otra ocasión a esa pregunta.

--Efectivamente.

--Pues aténgase usted a ello, y sírvale de gobierno para su mejor

inteligencia, que de cada cien enfermos de esta clase, aun siendo mozos,

se mueren... ciento y uno; conque figúrese usted si habrá que andar con

cuidado, siquiera para detener la muerte de don Celso unos cuantos días.

Lo que aquí se necesita ahora para disciplinarle un poco, es organizar

la asistencia modificando al propio tiempo la vida de este hogar. Usted

no puede acomodarse a ciertas faenas, impropias de sus hábitos y hasta

de su naturaleza; Facia es la estampa de la melancolía, y su hija Tona

incapaz de suplir con la más cariñosa de las solicitudes, la habilidad y

el pulimento que le faltan. Además, ni la madre ni la hija pueden, por

su condición de sirvientes, imponerse a los caprichos impetuosos de su

amo, que, por otra parte, se las sabe ya de memoria, lo mismo que a

usted. Más que con caldos y con drogas, hay que atender a este enfermo

con entretenimientos que le distraigan y alegren y le obliguen a ser

dócil, hasta por la cortesía. En fin, que he pensado en Mari Pepa. Mari

Pepa vendrá aquí de enfermera con mil amores, y viniendo ella, vendrá

Lita también; y con el pretexto de acompañar a don Celso, se pasarán a

su lado todo el día y harán de este caserón una pajarera. A usted ¿qué

le parece?

De perlas me pareció, y así se lo declaré a Neluco. Quedó él en

convertir el plan en cosa hecha, y llegamos en esto a la alcoba de

Chisco.

El cual no estaba ya en ella ni en sus inmediaciones. Preguntando por él

a Tona, supimos que andaba, buen rato hacía, arreglando el ganado.

Bajamos a las cuadras y allí dimos con él. Algo le dolía el brazo

todavía «jancia el hombral»; pero como era el izquierdo, se manejaba

bien para sus quehaceres. Tenía buena «apetencia», se «jallaba» firme de

los otros remos, y por eso se había levantado como todos los días. Ya

sabía lo de su amo, y le llevaban «los diantris» al considerar que

mientras el pobre señor pasaba las de Caín, él estuviera durmiendo a

pierna suelta toda la noche, y por culpa de «blanduras y arreparus» que

se habían tenido «malamenti» con un hombre de su correa. Pulsóle el

médico y le reconoció el brazo y la herida de la cabeza; diole por sano

y bueno si se obligaba a observar ciertos cuidados que le prescribió;

despidióse de mí hasta «más tarde», y se fue. Antes de salir me dijo muy

quedo:

--Creo que hice muy mal anoche en referir ciertas cosas delante de su

tío de usted, con lo impresionado que ya estaba el pobre señor.

Sospeché lo mismo, volvíme al lado del enfermo y me senté a la cabecera

de su cama. Le hallé más «humano» que antes, sin duda porque también

estaba más abatido. Como no le tentaba el deseo de hablar, ni era

conveniente provocársele, según encargo muy encarecido de Neluco, dime a

meditar yo por no tener otra cosa en qué ocuparme allí. Era indudable

que yo había llegado a querer de veras a mi tío: a la vista estaba lo

que me dolía la gravedad de su estado y el peligro en que se hallaba de

quedársenos entre las manos a la hora menos pensada; y, sin embargo, la

perspectiva de aquella serie de días de cama, impuesta por el médico al

enfermo, con la sujeción a que me obligaba esta medida, en el menguado y

tétrico recinto de aquella alcoba, y la tenaz y espesa nevada que tenía

el cielo en tinieblas, la tierra sin suelo en que pisar y encarcelados a

sus habitadores, me preocupaba y me dolía ¡a qué negarlo! mucho más. El

corazón humano adolece con frecuencia de estos achaques, no por maldad

propiamente, sino por falta de educación de los sentimientos, por desuso

de los más delicados de ellos, por resabios del egoísmo adquiridos en la

libertad de una vida sin trabas ni linderos. Explicábame yo aquella

debilidad, que me parecía hasta pecado grave, con estas reflexiones, y

con ellas me consolaba, aunque no tanto como con la esperanza de que se

realizaran los planes de Neluco y vinieran Lita y su madre, sobre todo

Lita, a aliviarme del peso de la cruz, renovando el aire y los sonidos y

las caras y hasta la luz de aquellos ámbitos entristecidos, mudos,

negros y monótonos. Pero ¿se prestarían a venir Mari Pepa y su hija, no

obstante sus buenos y caritativos deseos? ¿No les arredrarían los

obstáculos de la nieve y del frío, de aquel frío como no le había

sentido yo ni en Rusia quizás, por no haber en Tablanca otro recurso que

el de la cocina y un mal brasero para combatirle? ¡Mal conocía yo los

alientos de las señoras tablanquesas! A media mañana entraban por la

puerta del salón de la casona la hija y la nieta de don Pedro Nolasco,

poco después de haberlas oído yo «gorjear» y llenar el pasadizo de voces

argentinas y armoniosas. También las había adivinado mi tío.

--¡Jesús!... ¡la cellerisca!--había exclamado, al oírlas, en un tono que

revelaba más alegría que pesar.

Salí a su encuentro y las recibí sin disimular una pizca el alegrón que

con su visita me daban. Los ojos y la nariz era lo único que se veía de

sus personas: todo lo demás era un conglomerado de faldas, chaquetas,

toquillas y mantones de lana espesa y dulce. Preguntando y exclamando,

ora en voz baja (cuando no era conveniente que lo oyera mi tío), ora

casi a gritos (por convenir que lo oyera), iban desliándose la cabeza y

descubriendo la cara, hasta que apareció la de Lita (me fijé poco en la

otra) como luna de enero entre nubes grises, o más propiamente, como una

manzanita de agosto arrebujada en las hojas de su ramo: así estaba de

coloradita, de tersa y de apretada la redondez de sus carnes por allí.

Como venían bien informadas e instruidas por Neluco, poco o nada

hablamos del papel que les correspondía en la comedia que íbamos a

representar delante del enfermo. Don Pedro Nolasco no había podido

acompañarlas; mejor dicho, no se lo habían permitido ellas, por temor a

una caída que hubiera sido mortal en un hombrazo de sus años... porque

estaban los caminos ¡Virgen María, la nuestra Madre! que daban miedo. Se

«eslociaban» los pies en la nieve como anguilas en la mano. Solamente en

la subida del pedregal se había caído ella (Lituca) dos veces, y sobre

una misma rodilla, que debía de estar hecha una compasión. No lo había

visto todavía, pero podía jurarse por lo que la «resquemaba», aunque no

la impedía los movimientos, gracias a Dios. Por lo demás, ya sabían

ellas que al enfermo no le convenía la charla, aunque la pidiera: de vez

en cuando, alguna chunga, como si el mal fuera de broma; a tiempo y con

amor, las medicinas y el alimento; y que perdonáramos la franqueza si se

daban por convidadas a comer, porque ellas, con el pretexto de la

nevada, pensaban quedarse hasta la noche sin que don Celso maliciara la

verdad del motivo. Venían provistas de labor para hacer más entretenidas

las horas sobrantes alrededor del brasero.

Mi tío las recibió con cuatro cuchufletas y algunos lamentos. Aunque

vivo todavía, se daba por muerto ya. Protestaron ellas contra el

supuesto, asegurándole que lo que le había «encamado» entonces era la

frialdad de la nevada, y puede que también algo del sentir que le diera

el conocimiento de lo ocurrido en el monte el día antes.

--No lo niego--respondió a ello mi tío--, y por lo mismo no tiene vuelta

de hoja lo que vos acabo de decir; porque ¿qué puede esperarse ya de un

hombre de mi veta cuando se deja acaldar, como yo estoy acaldado, por

chapucerías como esas?

Era la pura verdad; pero, así y todo, insistieron las bonísimas mujeres

en negarla, aunque no con los bríos necesarios para lograr sus

caritativos fines, porque eran cariñosas en extremo y se sentían

impuestas y conmovidas ante aquella extenuación y aquella lividez

cadavéricas del pobre don Celso, que ni por afán de mantener sus

derechos desconocidos por la tiranía profesional de Neluco, se acordaba

ya de levantarse.

Dejáronle al fin en el sosiego que necesitaba; instalámonos en el salón

contiguo; llegó la mujer gris con el brasero encogollado de ascuas

resplandecientes; púsole en la caja que estaba allí, y nos sentamos

alrededor de ella, sin perder de vista al enfermo, Mari Pepa, su hija y

yo. Mari Pepa sacó de un bolsillo muy grande de su delantal los avíos de

hacer media; Lita (no supe de qué repliegue de sus complicadas

envolturas) los de hacer puntilla, y ambas comenzaron a trabajar en sus

respectivas labores y a hablar al mismo tiempo, pero más con los ojos y

por señas que con la boca, en lo que tuviera relación con el estado de

mi tío. De «lo de ayer», se habló mucho más, y también con cierto

cuidado para que no fuera oído desde la alcoba lo que podía

impresionarle nuevamente. Y fue un milagro de Dios que no nos oyera lo

más de ello, porque con el obstinado empeño que yo tenía en que había de

haber algo entre Lita y el médico, estuve verdaderamente pesado y

machacón en ciertos pasajes del diálogo; particularmente durante las

escapadas de Mari Pepa a la alcoba, porque había tosido mi tío o se

creía que había llamado... o para ver si necesitaba alguna cosa, sin que

tosiera ni llamara. En casa de don Pedro Nolasco se había sabido todo,

poco antes de pasar «la nube» que los había aterrado. Habían vivido en

la misma angustia que yo hasta muy entrada la noche. Yo referí a Lita

las dudas que había tenido en casa del Topero; y aquí fue donde mi

tenacidad rayó en impertinencia. Lo conocí en una mirada de extrañeza

con que respondió mi linda interlocutora a una indirecta mía en que se

clareaban demasiado mis intenciones. Me impuso aquella serenidad que me

pareció protesta contra un mal entendido derecho de preguntar «ciertas

cosas» por muy evidentes que fueran.

En esto llegó don Sabas, quejándose desde el pasadizo de los miramientos

que se le habían guardado en nuestra casa aquella noche. ¿Quién nos

había dicho que por un viaje más o menos a la montaña, no quedara él con

agallas suficientes para cumplir con su deber a cualquier hora que se

llamara a su puerta? Y si la cosa hubiera apretado un poco más de lo que

apretó, ¿qué hubiera sido del cristiano en peligro de muerte? ¿De quién

hubiera sido la responsabilidad? ¿Qué se hubiera dicho de él y qué de

todos nosotros?... Y aunque la cosa no apretara, ¿para cuándo son los

buenos amigos?

--Pues, mira--añadió arrimado ya a la cama de don Celso--, lo que es

ésta no te la perdono.

--¡Bah, bah!--refunfuñó el aludido revolviéndose un poco--, no me rompas

la cabeza. Tú puedes jacer lo que te acomode, que yo bien sé lo que me

hice.

--¡Jinojo!--replicó don Sabas--, es que el miramiento ése fue tal, que

si no topo ahora mesmo con Neluco, se pasa el santo día sin que yo me

entere de lo que a ti te pasó anoche.

Intervine yo, desenojé al Cura, quedóse con mi tío a solas y continuamos

los demás alrededor del brasero, como antes, charla que charla, sobre

«lo de anoche» sobre «lo de ayer» y hasta sobre cierta promesa hecha por

mí a mis interlocutoras el día en que las había conocido, de comer en su

casa alguna vez; promesa que todavía estaba sin cumplir, por culpa bien

notoria de la agitada vida que llevaba monte arriba y monte abajo,

cuando no de los fieros temporales que me tenían bloqueado en la casona.

Al mediodía volvió Neluco, que no halló en el enfermo nada de particular

ni de nuevo, ni quiso acceder al ruego que le hice de quedarse a comer

con nosotros; ruego que, por su parte, me había desairado ya el Cura.

Marcháronse los dos juntos, después de prescribirnos el primero el plan

de asistencia para la tarde, y de conjurarnos el segundo a que por

ningún motivo ni miramiento humano dejáramos de avisarle a la menor

novedad; volvieron Lita y su madre a la alcoba del enfermo para

ponderarle la mejoría que notaban en él (y bien sabe Dios cuánto mentían

a sabiendas en sus ponderaciones), y a darle Mari Pepa unos sorbos de

leche mientras su hija le arreglaba las ropas de la cama y entraba la

mujer gris en el salón a poner la mesa en las cercanías del brasero, y a

poco rato nos sentamos a comer.

Comiendo y hablando, tuve yo que decir, porque me lo preguntaron mis

locuaces comensales, qué cosas se comían por los pudientes, y a qué

horas, en «esos mundos de Dios». De todo se admiraban aquellas

sencillísimas mujeres; y yo, al notarlo, me complacía en apurar la nota,

y así llegué a ponderarles el exquisito sabor de las ancas de rana y de

los nidos de golondrina, entre otras distinguidas y elegantes porquerías

alimenticias que cité. Y era de ver entonces la cara que ponía Mari Pepa

y los gestos de asco que hacía Lituca mirando a su madre y volviendo a

mirarme a mí, como si dudara de la verdad de lo que yo refería.

--Puro vicio, hija, puro vicio--decía al cabo Mari-Pepa--; puro vicio de

la jartura en que viven esas gentonas, de cuanto Dios crió.

Como estaba tan enlazado lo uno con lo otro, tirando del modo de comer

salió el modo de vivir y el modo de viajar. Nuevas admiraciones y nuevos

asombros. También extremé bastante la tesis aquí, y hasta sospecho que

mentí un poco, aunque dentro de lo verosímil y perdonable. Lo de

acostarse cerca del amanecer y levantarse después del mediodía para no

salir de casa hasta el anochecer, les maravilló tanto como la sopa de

nidos de golondrina y las frituras de ancas de rana.

--¡María la mi Madre!--exclamó Lita al enterarse de ello--, pues si esas

gentes no ven nunca jamás el sol, ¿qué diantres pueden ver que las

alegre y las engorde? Yo creo que eso es vivir contra ley.

--Vicio, hija, vicio--insistía Mari Pepa--; vicio de no saber qué

jacerse en una vida tan regalona.

Preguntóme Lita si yo también tenía «por allá» esas malas costumbres;

respondíla que sí, y me dijo, por todo comentario, con una ingenuidad y

una llaneza verdaderamente infantiles:

--Pues buen picaronazo estará usté... ¿Verdá, madre?

Celebré yo el dicho con una risotada no menos ingenua, dando enseguida

las gracias por el piropo, casi al mismo tiempo que respondía Mari Pepa

a la pregunta:

--¿Quién sabe, hija del alma, quién sabe? Quien se jaz a comer «niales»

de golondrina sin reventar de «duda», bien puede jacerse a vivir de ese

modo sin ofender a Dios ni quebrantar la salud.

Con esta salvedad de su madre se puso Lita muy colorada, y quiso

enmendar lo que pudo haberme parecido impertinencia suya; y yo, sin

dejarla concluir, la allané el camino de sus deseos ofreciéndola por

añadidura una declaración, no desprovista de sinceridad, de mis grandes

desencantos.

--No le pasaría tal ahora--me objetó Mari Pepa--, si se hubiera casado a

tiempo, para vivir como Dios manda. ¿A qué diantres quieren el saber y

los posibles cuando se ven solitarios de familia y mozones de casa

abierta?... Pues mire, don Marcelo: dicen que para estas casas, por muy

cerradas que estén, siempre tiene el diablo una llave.

--Podrá tenerla--repliqué yo muy formal--; pero en la mía no ha entrado

nunca.

--¡Jorria, trapacerón de satanincas!

Soltó después la carcajada, y la soltó Lita al mismo tiempo. Ayudélas yo

con otra, por la gracia que me hacían las dos; y enseguida comenzaron

los «picadillos» y tiroteos que no podían faltar allí, entre los tres.

Porque estas quisicosas son ingénitas en la mujer de todas castas y

latitudes; y puestas todas ellas en una misma situación, todas, salvo

las diferencias de lugar y de estilo, vienen a escarbar en el mismo

terreno y con los propios fines. Siempre las iniciativas y la fuerza del

atrevimiento, las marrullerías y el tesón, en la madre; la estudiada

reserva, la mal disimulada curiosidad, el elocuente silencio, el mirar

de soslayo, la pinchada sutil, en la hija. Así llegaron las dos a dar

por hecho que no habría tenido yo menos de cincuenta novias, ni bajarían

de tres las que quedaban en Madrid llorando mis ausencias y tal vez mis

ingratitudes. Pero si en el fondo no era nueva la escena para mí,

éranlo, hasta embelesarme, aquellos pintorescos matices de lengua;

aquella dialéctica a la buena de Dios, sin andamiajes retóricos ni

artificios convencionales; aquellas malicias sanotas que brotaban del

regocijado palabreo, espontáneas, frescas, airosas y transcendiendo a

«la tierra» como las rosas del huerto entre la virginal y espléndida

hojarasca del cercado que las protege. Por eso sentí en el alma que se

acabara aquel originalísimo «discreteo». Y se acabó por acudir Mari Pepa

a mi tío que tosía y se quejaba, mientras Lituca, a la vez que escuchaba

los quejidos y las toses, me mandaba callar poniendo un dedín muy mono

sobre la boca, y llegaba Facia a recoger los mendrugos y levantar los

manteles de la mesa.

Peñas arriba · 第 24 / 35 题