El relato que hizo Neluco al amor de la lumbre y vestido ya con ropas
mías, fue lacónico, expresivo y pintoresco en sumo grado; y bien puede
asegurarse que aun sin estas excepcionales condiciones, no le hubiera
faltado la hondísima atención con que le oímos mi tío, sus dos criadas y
yo.
Según el médico, la quedada de Pepazos en el monte había corrido por el
lugar hacia las diez de la noche, con la rapidez de un reguero de
pólvora inflamada, y con la misma brevedad se examinó el suceso, fue
estimada su importancia y se acordó y dispuso el único socorro que podía
prestársele y se le prestaría tan pronto como Dios mandara a la tierra
una chispa de luz con que guiarse para emprender el camino un poco menos
que a tientas. Así se hizo al alborear el nuevo día. Los nombres de los
expedicionarios eran los mismos que me había dado Facia pocas horas
después de haber salido de Tablanca la expedición. A Chisco, que no
estuvo presente en «las juntas», se le dio por «conforme», y se le avisó
con las debidas precauciones para no alarmar a su amo.
Se conocía el punto de partida de Pepazos detrás de sus yeguas, y cierta
querencia que éstas y otras del lugar tenían a determinados sitios de
los altos; y una vez colocados los exploradores sobre aquel terreno, ni
siquiera pusieron en duda la dirección que habían tomado las unas
huyendo y el otro persiguiéndolas para «atajarlas». Por un palmo de
nieve más o menos, no dejaba Pepazos de volver a su casa, por alejado
que estuviese de ella y por muy negra que fuera la noche; y el no haber
vuelto era señal de que cuando cayó en la cuenta de que estaba nevando
de firme y pensó en volverse, el espesor de la nieve no bajaba ya de
media vara, lo cual no podía haber ocurrido, según dictamen de los que
habían visto «el aire de nevar» aquella noche, antes de las ocho y media
o las nueve. Sumando las horas transcurridas desde el comienzo de la
empresa de Pepazos hasta entonces; midiendo el andar que llevaría monte
arriba, y deduciendo de ello los ziszás que haría, probablemente, en sus
varias intentonas de «ataje» por las laderas, salía la cuenta justa: si
Pepazos no estaba en el invernal de «Peñarroja», estaba en la «Cuevona»
del «Pedregalón de Escajeras», o se le había zampado el lobo, lo cual no
era verosímil habiendo cerca del mozallón bestias de tan sabrosa carne
como las que él iba persiguiendo. Ni el hambre ni el frío eran capaces
de acabar en una noche sola con una vida tan dura de roer como la de
Pepazos. Nadie lo dudó, y la caravana emprendió la subida de los montes
sin atender otra cosa que a pisar en firme y ganar tiempo. Por
misericordia de Dios, el día, aunque pardo, se presentaba relativamente
sereno, y apenas chispeaba la nieve por entonces.
Tres horas duró la subida más agria, y otra el paso de la primera loma a
lo largo de ella. De estas cuatro horas, la segunda y la tercera fueron
de prueba, porque hubo en ellas de todo lo malo que abunda en el monte
durante las nevadas del calibre de aquélla: aires que entumecen,
torbellinos que ahogan, nieblas que desorientan y extravían, sendas
borradas, suelos traidores, caminos franqueados con las palas o
adivinados por los más expertos; caídas inesperadas, cómicas muchas y de
riesgos mortales algunas de ellas; sustos frecuentes y fatigas
incesantes... La hora que duró el paso de la hoyada entre la primera y
la segunda loma, fue más llevadera. Al fin de esta hoyada, es decir, a
los comienzos de la loma segunda, está el Pedregalón, con la boca
abierta a muy poca altura del suelo y encarada a la ruta que llevaban
los expedicionarios. Se columbró muy pronto la mancha gris del pedregal
sobre el fondo blanquísimo y esponjado de la nieve; diez minutos después
se dibujó perfectamente la boca de la cueva, y desde un poco más
adelante, algo que no estaba enteramente quieto dentro de sus mandíbulas
abiertas y desencajadas; cincuenta pasos más, y hasta los menos sutiles
de vista conocieron en lo que parecía mendrugo de aquel gaznate
descomunal y olfateaban ya los perros de la caravana, a Pepazos en
cuerpo y alma. Allí estaba el pedazo de bruto lo mismo que un ídolo
japonés acurrucado en su hornacina, con los brazos en jarras, los
mofletes muy colorados, la boca de oreja a oreja y los ojos muy
risueños, viendo llegar a sus convecinos, tan tranquilo y descuidado
como si los hubiera citado él para que acudieran a aquel sitio y a la
hora en que llegaban. Correspondiente a esta actitud irracional, fue el
saludo que le dirigieron los recién llegados, que no podían ya con los
barajones ni con los propios cuerpos: una tempestad de injurias y de
motes, y hasta de ladridos de los perros.
--¿Por qué no te golvistes a tiempu, animal, más que animal?--preguntóle
uno.
A lo que respondió Pepazos al instante:
--Porque me había empeñau en atajar las yeguas; y como la nievi me
servía pa columbralas bien dimpués que cerró la noche... jala, jala,
jala, parriba detrás de eyas; torna aquí y ataja acuyá...
--Y ¿dónde están esas bestias a la presente?--le preguntó el Cura.
--Sábelu Dios--contestó Pepazos entristecido con la pregunta--. Al
ayegar yo a esa joyá, tresponierum eyas la otra cumbri como si las
yevaran los demontris... y échilas un galgu... Apretaba la ventisca,
espesaba la nievi, había muchu que andar hasta Tablanca, tenía cerca
esta cuevona, y aquí me acaldé tan guapamenti.
--¿Y habrás sido capaz de dormir?--le interpeló el médico.
--Como que no tenía otra cosa que jacer...--respondió el mozallón
admirado de la pregunta.
--Sin acordarte maldita la cosa--insistió Neluco--, del susto que dabas
a tu familia y a todo el pueblo...
Se encogió de hombros el interpelado, como si entonces cayera en ello
por primera vez. Al notarlo, dijo don Sabas descomponiéndose un poco:
--Y si todos hubiéramos sido tan cernícalos como tú, ¿qué hubiera sido
de ti, si no hoy, mañana, cuando el hambre y el frío te acometieran?
Otro encogimiento de hombros por respuesta, como si tampoco hubiera
cruzado señal de semejante idea por el meollo de Pepazos.
En fin, que no había atadero en aquel hombre... ni mucho tiempo que
perder; por lo que se metieron los de afuera en la cuevona, obra bien
fácil, porque le llegaba ya la nieve a media vara de la boca;
descansaron y comieron todos, poniendo a raya la voracidad de Pepazos,
sin lo cual no hubieran alcanzado las provisiones para él solo; y como
el cielo iba ennegreciéndose por mala parte, después de un ligero reposo
salieron todos de la cueva apercibidos para la marcha, y la emprendieron
a buen andar montada abajo.
Al principio todo fue bien, y hasta abundaron las zumbas, las indirectas
y las ironías enderezadas a Pepazos, que no se enteraba de la mayor
parte de ellas por natural torpeza de su magín. Pito Salces se desató en
barbaridades contra él, y, sobre todo, contra el Topero, que le abría la
puerta, mientras se la cerraba a un hombre tan avispado como uno que él
(Chorcos) conocía «igual que a sí mesmo», y que, aunque otra cosa se
dijera por ciertas lenguas, era el que plantaba el jito en el corazón de
Tanasia. Esto, dicho entre cabriolas, manoteos y risotadas, delante de
toda aquella gente, y sin respeto alguno a la autoridad del señor Cura,
dejó desconcertado y mohíno a Pepazos, y a Chisco del color de la nieve,
y no de frío, sino de santa indignación que puso a Chorcos en grave
riesgo de bajar rodando una ladera «pendía» que asomaba a diez varas de
ellos.
Pero pasó la gresca, como pasaban a cada instante ciertas rachas de
cierzo que flagelaban las caras con manojos (tales parecían) de la nieve
seca que llevaba consigo.
Lo que no pasaba era aquella negrura que se veía sobre el horizonte
frontero: lejos de pasar, iba avanzando y extendiéndose en todas
direcciones; y cuanto más avanzaba y se extendía, «más de ella» quedaba
a la otra parte; vamos, como la «jumera» de un calero muy grande que
acabara de encenderse detrás de los montes lejanos. Y esto era lo que no
perdían de vista don Sabas y los que, aunque no tanto como él, eran muy
entendidos en aquella casta de nublados; y por esto husmeaba el Cura el
paisaje con avidez, y cortaba las apuntadas conversaciones con mandatos
secos de avivar la marcha. Hasta los perros encogían el rabo y se ponían
a la vera y al andar de la gente, sobre todo cuando se oyó bramar el
cierzo entre los pelados robledales y en las gargantas de la cordillera,
y se enturbió de repente la luz, como si fuera a anochecer enseguida, y
se vio desprenderse de lo más negro y más lejano de las nubes aquel
pingajo siniestro que había visto yo desde mi casa, y unirse luego con
el otro pingajo que ascendía de la tierra, y comenzar, fundidos ya en
una pieza los dos, a dar vueltas como un huso entre los dedos de una
«jiladora» y andar, andar, andar hacia ellos, los peregrinos del monte,
como si lo empujara el bramar que se oía detrás de ellos, si no era ello
mismo lo que bramaba, repleto de iras y de ansias de exterminio, muertes
y desolaciones.
Don Sabas miró entonces a Neluco con ojos de alarma; Neluco al Cura;
Chisco y Pito Salces a los dos; y todos se miraron unos a otros, y todos
se detuvieron de repente como si obedecieran al impulso de un mismo
resorte. _Canelo_ y sus congéneres se detuvieron también y se arrimaron
al grupo, mirando a todas las caras y exhalando entrecortados aullidos
quejumbrosos.
--Aquello--dijo Sabas apuntando a la tromba--, ha de pasar por aquí sin
tardar mucho... ¡Y en qué sitio nos coge!
Estaban a la sazón en el centro de una altura, casi una meseta,
desamparada por todas partes y dominada hacia la izquierda por un
picacho, entre el cual y la sierra se abría la boca de una barranca
profundísima. Cerca de la barranca y en el lado de la sierra, había un
robledal bastante espeso y de recios troncos. Escaso refugio era aquél y
peligroso en sumo grado para defenderse de un enemigo tan formidable
como el que se les iba encima a paso de gigante; pero como no tenían
otro mejor a sus alcances, a él acudieron sin tardanza. Eligió cada cual
su tronco, en la seguridad de que lo mismo podía servirle de amparo que
de verdugo; y allí se estuvieron, encomendándose a Dios y respondiendo a
las preces que en voz resonante le dirigía don Sabas, pidiéndole por la
vida de todos, aunque fuera al precio de la suya propia.
Lo tan temido y esperado no tardó en llegar, negro, espeso, rugiente,
furibundo, como si toda la mar con sus olas embravecidas, y sus
huracanes y sus bramidos, y su empuje irresistible, hubiera salido de su
álveo incomensurable para pasar por allí. Temblaron hasta los más
valientes (y lo eran mucho todos los de aquella denodada legión), y
ninguno de ellos supo darse cuenta cabal del principio ni del fin del
paso de aquel tan rápido como espantoso huracán. ¡Y que solamente les
había alcanzado uno de los jirones de la tromba, desgarrada en su primer
choque contra las moles de la cordillera!
Hubo en el robledal ramas desgajadas y troncos removidos, y apareció
desfigurado el suelo, barrido de nieve donde antes hubo mucha, y enormes
cúmulos de ella donde había escaseado más. Esto fue lo primero que se
metió por los ojos de los infelices, tan pronto como los abrieron para
buscarse con la vista unos a otros. Nadie estaba en el sitio que había
ocupado antes de la tormenta, y Pepazos yacía sepultado de medio abajo
en una pila de nieve, fuera del robledal y a muy pocos pasos de la
barranca... ¡Pero faltaba uno! ¡faltaba Chisco! y no respondía a las
voces con que se le llamaba, ni se le veía por ninguna parte... ¿Dónde
buscarle? ¿Qué sitio había ocupado en el robledal? ¿Quién estuvo cerca
de él? ¿Quién le había visto al reventar la cellerisca negra?
En aquel mismo instante sacó Pepazos sus zancas de la nieve y rompió a
hablar. Él se había salido del robledal por creerse más seguro afuera al
sentir en la cara los primeros latigazos de «la nube». Observólo Chisco,
que estaba a su lado, y le llamó para que se volviera al robledal antes
con antes, si no quería salir volando por encima de la barranca o caer
en ella sepultado, que tanto daba: Pepazos que no, y Chisco que sí,
échase sobre el otro para meterle adentro por buenas o por malas;
revienta en esto la cellerisca, y no volvió Pepazos a oír ni a ver ni a
sentir cosa alguna de este mundo hasta lo que estaba viendo y oyendo a
la presente.
Pito Salces, que no quitaba ojo a Pepazos ni perdía una sola palabra de
las que iba diciendo el mozallón, en cuanto éste cesó de hablar se
plantó de un saltó en la orilla de la barranca, y allí se puso a
husmear, con la avidez de un perro de buena nariz, en todas direcciones
y hasta en las negras profundidades del abismo. El dolor, la
consternación de aquellas generosas y honradas gentes, no son para
pintados. Se corría de acá para allá; olfateaba desesperadamente
_Canelo_ (a los otros dos canes los había barrido el huracán); se
llamaba a Chisco en todos los imaginables tonos de la angustia humana, y
se removían los montones de nieve con la pala, con la azada, con los
pies, con las uñas... ¡y nada!
En esto se oye un grito de Pito Salces, y estas palabras que volvieron
la vida a todos:
--¡Aquí está, puches! o yo no tengo ojos en la cara.
Hallábase el bueno de Pito esparrancado en el borde mismo de la quebrada
y mirando ansiosamente hacia abajo. Allí, en el estrecho lomo de la
única peña que avanzaba sobre el abismo y se arraigaba en la orilla, a
cosa de treinta pies más abajo de donde afirmaban los suyos para mirar
Pito y los que habían acudido a su llamada, se veía un cuerpo humano
medio cubierto por la nieve. Indudablemente era el de Chisco, por las
señales de su vestido y de su tamaño; pero ¿quedaría algo de vida en
aquel ser que parecía inanimado? Pito sostenía que sí, porque se atrevía
a jurar que había pescado cierta «movición» de brazo en él. De todas
maneras, había que sacarle de allí. ¿Cómo? ¿Por dónde? Y aquí las ansias
y la desesperación, porque el socorro era dificultoso y el tiempo
apremiaba inexorable. El corte de la montaña por aquel lado era casi
vertical, a pico sobre el barranco, y sólo había un ligero tramo, de
talud muy enlomado, precisamente a plomo de la peña con la cual se unía
por su base. Entre la peña y la base del talud había un espacio de
algunas varas. En aquel espacio, muy arrimado a la peña y con bien
marcada inclinación hacia el abismo, estaba lo que se parecía a Chisco
boca abajo e inmóvil; parecer que confirmaba _Canelo_ desde arriba
latiendo desaforadamente y buscando una senda por donde lanzarse en
ayuda de su dueño. Por razones de suma prudencia, mandó Neluco que se
sujetara al perro en el acto y se le tuviera lejos del sitio en que se
hallaban don Sabas, Pito Salces y él, discurriendo sobre el problema de
la bajada. Ésta no era imposible, ni mucho menos, para aquellos
arriesgados y duchos montañeses con los recursos auxiliares que tenían a
su disposición; pero en aquellos instantes ofrecía un peligro tremendo,
no para el que bajara, sino para el que se hallaba abajo ya, indefenso e
inerte. El talud estaba cubierto, hasta la arista de arriba, de una capa
de nieve que no mediría menos de vara y media de espesor, y debía de
medir mucho más tal vez el doble, la que había en la explanada de abajo,
en uno de cuyos lados yacía Chisco sin dar señales de vida, por más que
siguiera jurando Chorcos que sí las daba. Remover la nieve de arriba,
siquiera fuese ligeramente (y de aquí la precaución de Neluco tomada con
_Canelo_), equivalía a producir un corrimiento de ella, que, ganando
peso y velocidad de palmo en palmo, llegaría a la peña como un alud de
bastante empuje para arrastrar a Chisco a los profundos de la barranca.
Esto, que estaba en la mente de todos, era lo que los tenía febriles y
consternados. Todos estaban dispuestos a bajar, pero a nadie le era
permitido. Pito Salces, que no cabía dentro de sí mismo y andaba leguas
por segundo en los tres palmos de suelo que ocupaban sus pies, se dio de
pronto un puñetazo en la frente. ¡Puches! ya tenía la idea.
--¿Están las cuerdas listas?--preguntó.
Respondiéronle que sí.
--¿Alcanzará ca una de eyas hasta abaju?
Se le respondió que con sobras de otro tanto. Pidió luego una pala.
Examinó la cuerda, midiéndola braza a braza; la dejó después enroscada
en el suelo cerca del borde del barranco; puso la pala sobre la rosca, y
volvió a asomarse al precipicio. Enseguida preguntó a los más cercanos
de los que le miraban a él silenciosos y llenos de curiosidad:
--¿Habrá siquiera, siquiera, dos varas de nieve en la yanauca de ayá
baju?
--Y más que más--se le respondió.
Quitóse los barajones en un periquete; los arrojó a un lado, enderezóse
y dijo:
--Los rayos, ¡puches!, son pa cuando truena, y las oraciones, señor don
Sabas, pa cuando se nesecitan como ahora mesmu.
Besó la mano al Cura; arrimóse otra vez a la orilla de la barranca; dijo
a los que le contemplaban atónitos, por ignorar los planes que le movían
a hacer aquellas cosas tan raras, que tuvieran listas la pala y la
cuerda para cuando las pidiera él; miró un instante hacia abajo,
santiguóse rápidamente, invocó a «Jesús crucificado...» ¡y allá va eso!
Se lanzó al abismo entre el asombro y el espanto de todos. Hay que
advertir que desde que se notó la falta de Chisco hasta aquella sublime
barbaridad, no pasaron diez minutos. ¡Tan de prisa se andaba, se
discurría y se obraba allí!
Los que vieron caer a Pito Salces (que fueron todos los que de la
caravana quedaban arriba, _Canelo_ inclusive) derecho, rígido como un
huso, y haciendo de los brazos alas y balancín para gobernarse en los
aires, no lograron averiguar cuál fue primero, si el hundirse en la
nieve hasta la cruz de los calzones, o el echar las dos manos sobre el
cuerpo inmóvil de su amigo, haciendo presa en él. Enseguida tiró del
cuerpo con todas sus fuerzas, logró arrastrarle a su terreno y le dejó
sobre la nieve en lugar más seguro y boca arriba. Todos conocieron a
Chisco en cuanto le vieron así; pero ¡horror de los horrores! en el
sitio en que había estado apoyada su cabeza quedaba un manchón de sangre
que se distinguía perfectamente sobre la blancura deslumbradora de la
nieve. Casi al mismo tiempo que se hacía este triste descubrimiento,
gritaba Pito desde abajo volviendo la mirada hacia los de arriba:
--¡Hay hombre, puches, y hasta con su resueyu correspondienti!
--¡Arriba con él sin tardanza!--gritó Neluco entonces desde lo alto.
--¡Hay que barrer primero el camino!--contestó Chorcos desde abajo--.
Échenme una pala antes con antes, porque ya tengo la idea, ¡puches!, y
vaigan jiciendu por arriba lo que a mí me vean jacer por acá abaju... en
cuanto yo avise.
Cayó la pala enseguida, perfectamente a plomo y en el sitio mismo que
Chorcos señalaba con la mano; apoderóse de ella, y comenzó a expalar
nieve a diestro y a siniestro, arrojándola por encima de los bordes de
aquella aérea y minúscula península unida al continente de la montaña
por un istmo que no tenía tres varas de anchura. En dos minutos quedó el
istmo despejado y abierta una senda en el campizo que tapizaba por allí
los raigones del peñasco, hasta el montón de nieve sobre el cual yacía
Chisco. Enseguida se arrimó el intrépido muchacho a la base del talud, y
allí, como si se hallara en el huerto de su casa, sin inquietarse lo más
mínimo por la visión de los abismos horrendos que se abrían a media vara
de cada uno de sus pies, púsose a expalar la nieve del talud, a un lado
y a otro, mandando al propio tiempo que se hiciera arriba lo mismo, en
cuanto alcanzaran las palas. Sin base ya la nieve del talud y removida
por lo alto, empezó a escurrirse hasta el istmo, donde se partía en dos
cascadas que desaparecían en el barranco. Despejado y limpio el talud en
breves momentos y desembarazado, por consiguiente, de los peligros que
se temían antes, echóse abajo la cuerda que pidió Chorcos; ató como
debía y él sabía hacerlo, a su amigo por los sobacos, y tirando con
tiento los de arriba y ayudando él con cariño desde abajo, quedó Chisco,
que no podía hacer nada por sí, arrimado al talud.
--¡Arriba ahora con él!--voceó Pito Salces, y a pulsu, porque si no yeva
un brazu cascau, ha de faltali pocu.
Llegó Chisco felizmente a lo alto, volvió a descender la cuerda, atóse
con ella Chorcos, subiéronle; y sin detenerse nadie a ponderarle la
hazaña, ni ocurrírsele a él que lo que acababa de hacer mereciera tal
nombre, corrieron todos a rodear a Chisco, de quien ya se había
apoderado el médico en el robledal, asistido de don Sabas
principalmente. La herida de la cabeza resultó insignificante, y lo del
brazo ni siquiera llegaba a dislocación del hombro. Lo peor era la
sangre perdida que le debilitaba mucho, y lo que pudiera haber de
conmoción cerebral, aunque era buen síntoma lo dócil que iba mostrándose
todo el organismo a los remedios que Neluco le aplicaba. A los tres
cuartos de hora se sentaba el enfermo por su propio esfuerzo y por su
libre voluntad; otro cuarto de hora después, pedía minuciosas noticias
de todo lo que le había pasado; a la hora y media, comía con gran
apetito y bebía cuando le daban; y sin cumplirse las dos horas, ensayaba
sus bríos de caminante pataleando sobre la nieve y rogando al Cura y a
Neluco que se rompiera la marcha cuanto antes.
Caminando ya, decía don Sabas al médico:
--¡Y se dirá que ya no se hacen milagros! Haber en el paredón liso de la
barranca una sola peña saliente; ir a dar Chisco a esa peña arrastrado
por la cellerisca; tener la peña un colchón de más de dos varas de
nieve, y envolverle a él la cellerisca en cobertores de más de otro
tanto, para que la caída fuera blanda. ¿No son milagros éstos? Y, por
último, ¿no es el mayor de todos la ocurrencia de Pito? Porque ¿de qué
hubieran servido los otros sin esa barbaridad?
Como había que acomodarse al andar de Chisco, que no era su andar
ordinario, la bajada a Tablanca duró bastante más de lo calculado a la
salida de la «Cuevona» del «Pedregalón de Escajeras»; y como, así y
todo, el mozón de Robacío no era de hierro, llegó a cansarse mucho y a
no sentirse bien a medida que avanzaba la noche y el frío arreciaba.
Hubo temores de que no pudiera llegar a Tablanca por sus pies, y se
buscaron atajos para llegar cuanto antes. Cómo llegaron, al fin, Neluco
y el enfermo, ya lo habíamos visto nosotros. Se calentó la cama de
Chisco, se le despojó de sus ropas húmedas, se le dieron unas fricciones
de aguardiente; y en la cama seguía reposando al referir Neluco en la
cocina estos sucesos que más de una vez empañaron los ojos de Facia, e
hicieron estremecerse de pavor y de entusiasmo a su hija Tona, mientras
a mi tío le temblaba la barbilla y le chispeaban los ojuelos clavados en
los del narrador. En cuanto a mí, con admirar tanto como admiré la
atrocidad heroica de Pito Salces, y con sentir tan hondamente como sentí
el percance tremendo del pobre Chisco, aún me resultaba poco todo ello
en comparación del cuadro de horrores que yo había estado forjándome en
la cabeza durante el día y una buena parte de la noche.
Terminado el relato, con minuciosos comentarios de los oyentes, y
reanimado ya Neluco con el calor de la lumbrona, diose una vuelta por la
alcoba de Chisco; vio y vimos todos que dormía profundamente un sueño
tranquilo y reparador sin señal de calentura; dionos instrucciones para
lo que pudiera acontecer hasta que volviera él a la mañana siguiente;
pidió el farol que ya le tenía Facia preparado; despidióse y se fue a su
casa, donde estaría su ama de gobierno llorando por él y hasta
encomendándole a Dios. Expliqué yo luego a mi tío, con la razón de estos
sucesos, mi conducta de todo el día; pareció tranquilizarse con ello;
nos arrimamos poco después a la perezosa; cené yo con un apetito como no
había sentido otro en mi vida, y una hora después nos retirábamos a
dormir.
¡A dormir!... ¡Buenas andaban para ello las horas de aquel día y de
aquella noche memorables!
Habíame yo metido en la cama con la cabeza atiborrada de sucesos
extraordinarios y el corazón henchido de impresiones; veía la tempestad
rugiendo entre las montañas, desgajando peñascos y desarraigando troncos
seculares, y a una docena de hombres, sencilla y naturalmente generosos,
envueltos entre remolinos de nieve y de granizo, rodando por los suelos,
como la hojarasca muerta de los árboles; veía a Chisco moribundo en el
lomo de una roca, sobre el fondo negro de un abismo espantoso; veía las
ansias desesperadas de sus compañeros de fatigas, que no hallaban la
manera de sacarle de allí, y veía, por último, al noblote Pito Salces
volando por los aires y jugándose la vida en aquel arranque brutalmente
sublime, por el intento solo de salvar la de su amigo, que de seguro
hubiera hecho una barbaridad idéntica por él; consideraba yo todo lo que
representaban y valían a la luz del buen sentido estas cosas, y la
simple acometida de la excursión a la montaña en un día como aquél, por
puro y santo espíritu de caridad, como el hecho más natural y sencillo,
sin la menor protesta, sin la más leve duda y sin idea siquiera de la
más remota esperanza de lucro ni de aplauso; y, sin poderlo remediar, me
acordaba de lo que había leído y oído tantas veces en mi mundo; del
clamoreo resonante que solía moverse en tertulias, casinos y papeles, y
de los honores y cintajos que se pedían y se otorgaban para premiar una
«hazaña» que no valía dos cominos en buena venta; pensaba también en mi
pobre tío, a quien las dudas primero, y después el conocimiento de la
realidad con todos sus pormenores, habían afectado muy profundamente, y
en que le había dejado yo a la puerta de su dormitorio mucho más abatido
y macilento que de costumbre, más fatigoso y más perseguido por la tos;
en fin, hasta pensé en lo que, en buena justicia, habrían ganado Chisco
en la estimación de Tanasia, de quien no era digno un animalote como
Pepazos, y Pito Salces en la de Tona, que no habría echado en saco roto
las heroicas atrocidades del mozallón que tan de veras la quería.
Hasta bien pasada la media noche no empezaron los amagos del sueño a
confundirme y amontonarme estos pensamientos y aquellas imágenes en la
cabeza; y entonces fue, precisamente, cuando oí unos golpes dados en el
suelo del cuarto de mi tío. Solía él llamar así con un palo que le
ponían arrimado a la cabecera de la cama. Pero en los golpes de aquella
noche había algo que los distinguía de los golpes de otras veces, oídos
por mí sin alarma. Podía ser esto verdad, o producto de una alucinación
mía; pero yo, en la duda, me atuve a lo primero y me levanté de un
salto, encendí la bujía, me vestí en el aire y acudí a la llamada. Y
resultó lo que yo me temía. Hallé al pobre señor incorporado en la cama,
de color de lirio, con la mirada de angustia, la boca entreabierta, la
respiración anhelosa y difícil, y un estertor en el pecho que parecía el
de la muerte. Recitaba, sílaba a sílaba, salmos del _Miserere_... y yo
no supe qué hacer ni qué decirle en los primeros momentos: me imponía
aquel cuadro que nunca había visto, y sentía al mismo tiempo mucha
compasión. Contando con ataques de aquella especie, había en casa varios
medicamentos y nos había dado Neluco algunas instrucciones para combatir
el apuro en los primeros instantes mientras se le avisaba a él; pero yo
no acertaba a hacer ni a disponer cosa con cosa. ¡Tan aturdido me veía!
Llegaron a esto las dos criadas, que también habían oído los golpes, y,
por ver a su amo desde la puerta, me dijo Facia al oído:
--¡Lo mesmu que la otra vez!
Volvióse Tona volando hacia la cocina a cumplir un mandato de su madre,
y se quedó ésta conmigo en el cuarto del enfermo.
Éter, maniluvios, sinapismos... ¡qué sé yo cuántos recursos se pusieron
en juego allí! A todo se prestaba el angustiado señor, menos a que se
avisara a Neluco ni a don Sabas, porque después de la brega que habían
tenido desde el alba, necesitaban el descanso tanto como él. ¡Y cuidado
con que se enterara el pobre Chisco de lo que estaba pasando! porque era
capaz de levantarse con riesgo de ponerse peor; y Chisco y el Cura y
Neluco y yo y Facia y todos y cada uno de los que dormían o descansaban
a aquellas horas o andaban sanos y buenos por la casa, hacían falta en
el mundo; todos menos él, que viéndose en aquel trance se veía en lo
suyo propio y en lo que era natural.
Todo esto nos lo iba diciendo poco a poco, mientras clavaba en nosotros
su vista cristalizada y anhelosa y hundía sus manos cadavéricas en una
palangana llena de agua muy caliente, aprovechando el alivio que iban
produciéndole éste y otros remedios heroicos que le aplicábamos sin
cesar.
--Además--nos dijo--, esto no es la muerte todavía; lo conozco yo bien;
y si creyera otra cosa, ya estaría aquí el Cura por mi orden, por la
cuenta que me tiene.
--¡Cascajo!... Pero es otro aviso de ella... vamos, el segundo toque; al
tercero, la misa... y no miento, la misa de cuerpo presente; el cuerpo
de tu tío, Marcelo, de tu amo, Facia, que ya está de sobra en esta casa
y en el mundo... ¡Bendita sea la voluntad de Dios por siempre jamás,
amén!
Después se puso a rezar por lo bajo; y a medida que se le calmaban las
angustias iba cerrando los ojos, hasta que acabó por quedarse dormido; y
así dormitando y despertando a cada instante, pasó mucho tiempo. Hacia
la madrugada desapareció por completo el ataque, y durmió el enfermo
tranquilamente y de un tirón, cerca de dos horas. ¡Pero qué ganas había
tenido yo durante la noche de avisar a Neluco, y qué ansiedad la mía por
que amaneciera!
Cuando amaneció, al fin, tiritaba yo de frío... y de tristeza, sentado a
la cabecera de la cama de mi tío, después de haber visto desde la solana
de mi cuarto que no se presentaba el nuevo día más risueño que el
anterior, y de enviar recado a Neluco para que anticipara la visita
cuanto le fuera posible.