Cuando menos lo esperaba, me dijo el Cura al despedirse de mí en el
estragal de la casona, cerca ya de la hora de comer:
--Mañana, si Dios quiere, y a caballo los dos. Yo iría mejor a pie, como
suelo, y como irá Chisco para acompañarnos y cuidar de las bestias en
ocasiones que se presentarán; pero usted es madera de otro robledal más
flojo, y hay que tenerlo todo presente. Antes de romper el día, por
supuesto.
Entendíle y respondí, haciendo de tripas corazón:
--A caballo, y antes de romper el día.
--Pues que se entere Chisco de ello, y _suficit_.
Con esto y una risotada se apartó de mí, y echó cambera abajo en demanda
de su puchera.
Con los sueños que yo cogía tras de las fatigas que me daba por los
montes del contorno, le costó a Chisco Dios y ayuda despertarme al
día... ¡qué digo día! a lo más espeso y tenebroso de la noche siguiente.
Tona, después de vestirme yo tiritando de frío y sin conciencia cabal de
lo que hacía, me sirvió un canjilón de café que acabó de espabilarme; y
cuando bajé al portal, vislumbré, a la opaca luz de un farol que tenía
Chisco en la mano, la negra silueta de don Sabas, a caballo en su
jaquita rucia, que no me era desconocida, así como el espelurciado
jamelgo que casi me metió el espolique entre las piernas para abreviarme
la operación de montar en él.
Rompimos los tres la marcha por el mismo camino que había traído yo la
noche de mi llegada a Tablanca, tan a oscuras como entonces, aunque
mejor acompañado y menos dolorido de riñones. Por respeto a mí, pues a
mis dos acompañantes igual les daba el día que las tinieblas para
caminar a pie seguro por aquellas escabrosidades, conservaba Chisco, que
nos precedía, el farol encendido en la mano; pero hubiera jurado yo que
más que la luz del farol del espolique, me alumbraban las chispas que
sacaban de los pedernales del suelo las herraduras del tordillo de don
Sabas; el cual don Sabas hacía los imposibles por entretenerme y hasta
divertirme durante el paso de aquella negra, áspera e interminable
senda; pero ¡ay! sin conseguir su noble y generoso empeño. Porque en
aquellas «bajuras» y envuelto en tan espesa oscuridad, don Sabas era
todavía el Cura soso de la cocina de mi tío, y todas sus observaciones
en romance y todos sus salmos en latín, le resultaban a destiempo y
fuera de toda oportunidad.
Anda que te anda, resbalando aquí, y allá pujando y suspirando mi
cabalgadura, al cabo de una hora empezaron a dibujarse los perfiles de
los montes sobre el cielo confusamente iluminado por la tenue claridad
del crepúsculo. En la garganta por donde caminábamos era de noche
todavía para nosotros; y, en rigor de verdad, no nos amaneció hasta que
coronamos el repecho escabroso y llegamos al santuario de la Virgen que
me era bien conocido. El Cura, que parecía tener esa condición de los
pájaros del monte, a medida que se elevaba y veía surgir la luz por
encima de las barreras tenebrosas del horizonte, se volvía más locuaz y
empezaba a soltar poco a poco las ocultas armonías de sus cánticos; no
muchos, pero agradables, y, sobre todo, al caso. A los primeros fulgores
del crepúsculo, alabó a Dios en una salutación fervorosa, y aunque no de
su caletre, bien sentida en su corazón. Un poco más arriba, en lo que
pudiera, sin mucho agravio de la verdad, denominarse llano, y antes de
llegar a la ermita, todavía en la penumbra que nos haría invisibles a no
muy larga distancia, atracó su rocín al mío; y deteniéndole por las
riendas que casi me arrancó de las manos, después de detener el suyo, me
dijo apuntando con su diestra ociosa a un altísimo y lejano picacho, en
cuya cúspide se estrellaba el primer rayo de sol que penetraba en
aquellas montaraces regiones.
--¡Mira, hombre!--acostumbraba a tutearme o a hablarme en impersonal en
cuanto nos elevábamos un poco sobre el nivel de Tablanca--. ¡Mira,
Marcelo! ¿No jurarías que aquello que resplandece y flamea allá arriba,
allá arriba, en aquel picacho, es la última de las luminarias con que el
mundo festeja a su Creador mientras el sol anda apagado por los abismos
de la noche? ¡Cosa buena! ¡Cosa grande! _Laudate Dominum omnes gentes...
Magnificentia opus ejus, manet in aeternum_.
Al llegar al santuario nos descubrimos y rezó don Sabas en alta voz, y
en voz alta le contestarnos nosotros lo que nos correspondía. El rezo
fue breve, y en latín la mitad de él. Después se acercó Chisco al
enverjado, y por entre dos de sus barrotes metió el farol, que ya no
necesitábamos, y le dejó en el suelo muy arrimado a la paredilla, para
recogerle a la vuelta; mas no sin santiguarse antes de meter la mano y
después de sacarla, ni sin contemplar la imagen con una veneración que
tenía algo de recelosa, como si la pidiera, a la vez que seguridad para
la prenda que dejaba allí depositada, perdón por lo que pudiera haber de
irreverente en su atrevimiento.
Pasada la vadera, no tomamos, como esperaba yo, el camino que conduce
directamente al Puerto, sino otro por el estilo a la derecha; y montes y
colladas van, tajos y barrancas vienen; aquí siguiendo la cuenca del
río, allá perdiéndola de vista, y siempre subiendo o bajando de risco en
risco, de pueblo en pueblo, vi a lo lejos el principal del valle de
Promisiones en que radicaba el solar de mi abuela paterna, y llegamos,
al cabo de dos horas de caminata, a un ancho desfiladero entre dos
montañas que parecían, por su grandeza, no caber en el mundo.
Por ser la más accesible para mí «por entonces», según dictamen de don
Sabas, comenzamos a faldear la de la izquierda; y sube que te sube,
dimos al fin en un entrellano donde ya escaseaba la vegetación y se me
iba haciendo insoportable la brisa matinal por su frescura. Allí se apeó
don Sabas, y me ordenó que hiciera yo lo mismo. Hícelo y de muy buena
gana, porque me sentía entumecido sobre la dura silla de mi rocín, amén
de que me conceptuaba más seguro a pie que a caballo en aquella cornisa,
sobre el rápido declive de la montaña.
--Lo que falta, hay que subirlo a pie--me dijo el Cura--, porque no es
camino de caballos, sino de hombres y, todo lo más, de cabras. Con que
¡ánimo y arriba!
Y sin esperar mi respuesta, comenzó a trepar con pies y manos entre
peñas y raigones. ¡Cómo envidié yo a Chisco que se quedaba en la
explanadita de abajo con las cabalgaduras! Don Sabas tenía la práctica
de aquellas ascensiones, y además la pasión de las alturas; pero yo, que
carecía de ambas cosas, ¿para qué me aventuraba en la subida de tan
tremebundos despeñaderos?
Al fin llegamos arriba, yo por milagro de Dios, siguiendo gateo a gateo
los de don Sabas; pero muerto de cansancio y empapado en sudor.
--Reposa unos momentos--me dijo el Cura allí--; pero con los ojos
cerrados, ¡y cuidado con abrirlos hasta que yo lo mande!
Más por necesidad que por obediencia, cumplí al pie de la letra el
mandato de don Sabas. Estuve un largo rato tumbado en el suelo, boca
arriba y con ambas manos sobre los ojos, porque sólo así encontraba el
absoluto descanso que me era indispensable entonces. Sentía fuertes
latidos en el corazón que repercutían en las sienes, y al vivo compás de
este golpeteo funcionaban mis pulmones.
Cuando el uno y los otros volvieron a su ritmo sosegado y normal, llamé
a don Sabas y me puse a sus órdenes. Estaba muy cerca de mí, encaramado
en una peña en la actitud de costumbre y empezando a embriagarse por los
ojos, y no sin motivo ciertamente.
--Arrímate un poco acá--me dijo desde su pedestal calizo con manchones
de musgo y poco más alto que yo--. Arrímate, contempla... ¡y pásmate,
Marcelo!
Habíamos subido por el Oeste de la montaña, que es el lado por donde las
hay mayores que ella, y el panorama con que me brindaba el Cura se veía
por las otras vertientes; es decir, que era cosa nueva para mí y recién
aparecida ante mis ojos. Particularmente hacia el Este y hacia el Norte,
parecía no tener límites a mi vista, poco avezada a estimar espectáculos
de la magnitud de aquél; y era de una originalidad tan sorprendente y
extraña, que no acertaba a darme cuenta cabal ni de su naturaleza ni de
su «argumento». Por el Sur se dominaba el hermoso valle de Campóo, ya en
otra ocasión visto y admirado por mí; en la misma dirección y más lejos,
los tonos pardos de la tierra castellana; más cerca, el Puerto de marras
con sus monolitos descarnados y su soledad desconsoladora. Al Oeste y
asombrándolo todo con sus moles, Peña Sagra y los Picos de Europa
separados por el Deva, cuya profunda y maravillosa garganta se
distinguía fácilmente en muchos de sus caprichosos escarceos entre los
peñascos inaccesibles y fantásticos de una y otra ribera; y más allá del
Deva, en sus valles bajos, según iba informándome don Sabas, con el
laconismo y el modo con que señala el maestro de escuela con una caña en
un cartel las sílabas a sus educandos, una buena parte de la provincia
de Asturias.
Pero lo verdaderamente admirable y maravilloso de aquel inmenso panorama
era cuanto abarcaban los ojos por el Norte y por el Este. En lo más
lejano de él, pero muy lejano, y como si fuera el comienzo de lo
infinito, una faja azul recortando el horizonte: aquella faja era el
mar, el mar Cantábrico; hacia su último tercio, por la derecha y unida a
él como una rama al tronco de que se nutre, otra mancha menos azul, algo
blanquecina, que se internaba en la tierra y formaba en ella como un
lago: la bahía de Santander. Pero es el caso (y aquí estaba la verdadera
originalidad del cuadro, lo que más me desorientaba en él y me
sorprendía) que la faja azul se presentaba a mis ojos mucho más elevada
que el perfil de la costa, y que con ella se fundían otras mucho más
blancas que iban extendiéndose y prolongándose hacia nosotros, quedando
entre la mayor parte de ellas islotes de las más extrañas formas; picos
y hasta cordilleras que parecían surgir de una repentina inundación.
A todo esto, el sol, hiriéndolo con sus rayos, sacaba de las superficies
de aquellos golfos, rías y ensenadas, haces de chispas, como si vertiera
su luz sobre llanuras empedradas de diamantes.
--Es la niebla baja de los valles, me advirtió el cura; y fue
señalándolos y nombrándolos todos uno a uno.
Ya me lo había imaginado yo; pero aun así, no podía ni deseaba deshacer
aquella ilusión de óptica que me presentaba el panorama como un
fantástico archipiélago cuyas islas venían creciendo en rigurosa
gradación desde las más bajas sierras, primer peldaño de la enorme
escalera que comenzaba en la costa y terminaba, detrás de nosotros, en
el mismo cielo cuya bóveda parecía descansar por aquel lado sobre los
picos de Bulnes y Peñavieja.
--Según vaya subiendo el sol--me decía don Sabas desde su plinto
calcáreo--, y arreciando el remusgo allá abajo, irá la niebla
esparciéndose y dejándose ver lo que está tapado ahora... ¡Pues también
es cosa de verse desde aquí la salida del sol!... Y algún día hemos de
verlo, si Dios quiere... y mejor desde más arriba... desde allá...
Y me apuntaba, vuelto un poco a la derecha, hacia una loma altísima en
que, según me advirtió también, convergían tres cordilleras.
Entre tanto, yo no podía apartar los ojos del archipiélago en el cual me
iba forjando la fantasía todo cuanto puede concebirse en materia de
líneas y de formas: el templo ojival, el castillo roquero, la pirámide
egipcia, el coloso tebano, el paquidermo gigante... No había antojo que
no satisficiera la imaginación a todo su gusto en aquellas sorprendentes
lejanías.
La predicción de don Sabas no tardó en cumplirse. Poco a poco fueron las
nieblas encrespándose y difundiéndose, y con ello alterándose y
modificándose los contornos de los islotes, muchos de los cuales
llegaron a desaparecer bajo la ficticia inundación. Después, para que la
ilusión fuera más completa, vi las negras manchas de sus moles
sumergidas, transparentadas en el fondo hasta que, enrarecida más y más
la niebla, fue desgarrándose y elevándose en retazos que, después de
mecerse indecisos en el aire, iban acumulándose en las faldas de los más
altos montes de la cordillera.
Roto, despedazado y recogido así el velo que me había ocultado la
realidad del panorama, se destacó limpia y bien determinada la línea de
la costa sobre la faja azul de la mar, y aparecieron las notas difusas
de cada paisaje en el ambiente de las lejanías y en los valles más
cercanos: las manchas verdosas de las praderas, los puntos blancos de
sus barriadas, los toques negros de las arboledas, el azul carminoso de
los montes, las líneas plateadas de los caminos reales, las tiras
relucientes de los ríos culebreando por el llano a sus desembocaduras,
las sombrías cuencas de sus cauces entre los repliegues de la montaña...
Todos estos detalles, y otros y otros mil, ordenados y compuestos con
arte sobrehumano en medio de un derroche de luz, tenían por complemento
de su grandiosidad y hermosura el silencio imponente y la augusta
soledad de las salvajes alturas de mi observatorio.
Jamás había visto yo porción tan grande de mundo a mis pies, ni me había
hallado tan cerca de su Creador, ni la contemplación de su obra me había
causado tan hondas y placenteras impresiones. Atribuíalas al nuevo punto
de vista, y no sin racional y juicioso fundamento. Hasta entonces sólo
había observado yo la Naturaleza a la sombra de sus moles, en las
angosturas de sus desfiladeros, entre el vaho de sus cañadas y en la
penumbra de sus bosques; todo lo cual pesaba, hasta el extremo de
anonadarle, sobre mi espíritu formado entre la refinada molicie de las
grandes capitales, en cuyas maravillas se ve más el ingenio y la mano de
los hombres que la omnipotencia de Dios; pero en aquel caso podía yo
saborear el espectáculo en más vastas proporciones, en plena luz y sin
estorbos; y sin dejar por eso de conceptuarme gusano por la fuerza del
contraste de mi pequeñez con aquellas magnitudes, lo era, al cabo, de las
alturas del espacio y no de los suelos cenagosos de la tierra. Hasta
entonces había necesitado el contagio de los fervores de don Sabas para
leer algo en el gran libro de la Naturaleza, y en aquella ocasión le
leía yo solo, de corrido y muy a gusto.
Y leyéndole embelesado, llegué a sumirme en un cúmulo de reflexiones
que, empalmándose por un extremo en la monótona insulsez de toda mi vida
mundana y embebiéndose enseguida en el espectáculo en que se recreaban
mis ojos, se remontaban después sobre las cumbres altísimas que
limitaban el horizonte a mi espalda, y aún seguían elevándose a través
del éter purísimo por donde suben las plegarias de los desdichados y los
suspiros de las almas anhelosas del Sumo Bien.
Volviendo, al fin, los ojos hacia don Sabas, de quien me había olvidado
un buen rato, porque el mismo tiempo hacía que no se cuidaba él de mí,
le hallé, por las trazas, leyendo el gran libro en la misma página que
yo. Estaba en pleno hartazgo de Naturaleza, según declaraban sus ojos
resplandecientes, su boca entreabierta y como ávida de aire serrano, y
aquella su especial inquietud de músculos y hasta de ropa.
--¿Se ha visto todo bien?--me preguntó volviendo en sí de repente.
--A todo mi sabor--le respondí.
--Pues hacerse cuenta de que ya se ha visto algo de las grandes obras de
Dios que tenemos por acá.
--¡Grande es, en efecto, y hermoso y admirable este
espectáculo!--repliqué.
--¿Grande?--repitió el Cura; y volvió a contemplarle en todas
direcciones con los brazos extendidos, como si quisiera darme de aquel
modo la medida de su magnitud.
Después se descubrió la cabeza, cuyos cabellos grises flotaron en el
aire; elevó al cielo la mirada y la mano con sombrero y todo, y exclamó
con voz solemne y varonil que vibraba con extraño son en el silencio
imponente de aquellas alturas majestuosas:
--_Excelsus super omnes gentes, Dominus, et super coelos... gloria
ejus_.
Sería por el estado excepcional de mi espíritu o por obra de un agente
externo cualquiera; pero es lo cierto que a mí me pareció que aquella
nota final estampada en el cuadro por el Cura de Tablanca, rayaba en lo
sublime.