XII

Faltábame conocer, entre lo que no debía de serme desconocido en aquella

vasta y montaraz comarca, la salida del valle por la cuenca del río

hasta su desembocadura, con lo cual habría completado yo la travesía del

espinazo de la cordillera cantábrica por una de sus vértebras más

considerables; y como cabalmente en aquellos días estaba yo en vena de

exploraciones y correteos, aunque, bien lo sabe Dios, más que por ansias

de la curiosidad, por miedo a la inacción enervadora enfrente del

temible enemigo, cabalgué una mañana muy temprano en el peludo jamelgo

que tan sesudamente me habían traído y llevado por las escabrosidades

más peligrosas de la montaña, y, de propio y deliberado intento, solo y

sin otro guía que el instinto y la larga experiencia del honrado

cuadrúpedo, más unos informes que me habían suministrado de palabra la

noche antes en la tertulia de mi tío; atravesé el ruinoso puente que une

las dos orillas del Nansa a corto trecho de la casona, y emprendí la

marcha siguiendo la bien trillada senda que culebrea por la ladera del

cerro, acompañándome el continuo rumor de las invisibles aguas corriendo

en el fondo del sombrío cauce a muchas varas bajo mis pies.

Dudaba yo que, después de lo que llevaba visto en la alta montaña,

hubiera en la cuenca del río, desde Tablanca hacia abajo, cosa que

pudiera cautivar mi atención; y así sucedió, en efecto: sin dejar de ser

áspera, angosta y montaraz en su parte más elevada, carecía de la

grandeza imponente de los desfiladeros de «arriba». Los pueblos,

amontonados, en sendas rinconadas de la garganta, iban sucediéndose a mi

paso con la regularidad de las estaciones de un ferrocarril. Uno de

ellos, más soleado que cuantos había dejado atrás, apareció de repente a

mi vista en un vallecito, al pie de una ladera rapidísima, por la cual

descendía mi jamelgo paso a paso entre un laberinto admirable de viejos

y copudos robles que parecían puestos allí para mantener las tierras del

monte adheridas a su esqueleto: tan agria era la cuesta.

Llegado al valle felizmente, aunque un poco dolorido de cintura yo, por

el continuo esfuerzo hecho con ella para conservar el cuerpo en la

vertical, sobre la línea del caballo, paralela al suelo, supe que el

pueblo columbrado por mí durante la bajada por los claros de la espesa

columnata de troncos, era Robacío. Acordéme entonces de Neluco y de

Chisco, y supuse que la casa del primero sería una grande, de «cuatro

aguas», que no distaba mucho del camino; y supuse bien, según respuesta

que dio a una pregunta que le hice, un muchachuco más guapo que limpio

de cara y de vestido, que jugaba, con otros de pelaje aún más humilde,

en una brañuca próxima a la portalada. Responder a mi pregunta, dejar el

juego y lanzarse a abrir el postigo, mientras los otros chicuelos,

suspensos y algo cortados, me contemplaban con los ojos muy abiertos,

fue todo uno; y no bien hubo asomado la cabecita al corral, cuando ya

comenzó a gritar allí:

--¡Madre!... ¡madreee! ¡Aquí está un señor que viene a casa!

Y por si esto era poco, descorrió desde adentro la falleba de los

portones, y los abrió de par en par a fin de que pasara yo sin apearme.

Con este estruendo y aquel vocerío, antes que acabara de sorprenderme de

la ocurrencia, ya estaba en el encachado soportal y enfrente de mí, una

mujer de mediana edad, buenas carnes y sano color, y con el modesto

atavío casero que ordinariamente usan a diario las matronas pudientes de

aquella comarca. Con esto, y con hallar bastante parecido en su cara con

la de Neluco, no dudé que aquella mujer era su hermana. Me apeé de un

brinco; y sin cuidarme del caballo, comencé, mientras andaba hacia ella

con el sombrero en la mano, a deshacerme en excusas, a explicarla el

suceso... Yo tenía muchísimo gusto en ponerme a sus pies, en conocerla

personalmente, en ofrecerla mis respetos; pero esto lo hubiera hecho...

pensaba hacerlo, a otra hora menos intempestiva... a mi vuelta por la

tarde... la culpa era de aquel diablillo que, sin darme tiempo para

explicarme, se había apresurado a llamarla...

A todo esto, ella me miraba de hito en hito; hasta que, sin llegar yo a

decirla cuanto pensaba decir, bañó toda su faz noblota y rozagante en

una sonrisa que pudiera llamarse inmensa, si se midieran las sonrisas

como las superficies; arrancó hacia mí con ambas manos tendidas, y

exclamó cortándome el descosido discurso de repente:

--¡Virgen la mi Madre! Usté es el sobrino de don Celso.

Declaré que sí lo era, y continuó ella, sin soltar mi mano de entre las

suyas:

--Sabía yo por Neluco que andaba usté por ayá; y por eso, y por el aire,

y por algo que ha dicho... y por estas corazonás que a lo mejor tiene

uno... ¡Hija, lo que me alegro!... ¡Vaya, vaya!... Y ¿cómo está el pobre

don Celso?... Mal, creo yo, lo que nos ha dicho Neluco... Porque Neluco

es tan cariñoso y tan... vamos, tan apegao a los suyos, que hora que

tenga sobrante en su obligación, cátale en Robacío... Pero ¿qué hacemos

aquí plantificados en el portal? Suba, suba, señor don Marcelo, y

descansará como debe, y le pondré de almorzar... ¡Cómo que no! Aquí

todos somos unos. ¿Usté no lo sabe? ¿No se lo ha dicho Neluco? La casona

de don Celso y la nuestra casa... ¡vaya!... de padres a hijos viene la

estimación y la buena ley y hasta el parentesco, si un poco se escarba

en la sangre...

No me valieron excusas, por más que ponderé lo largo de la jornada que

tenía que hacer antes de la noche, y lo apurado que andaba de tiempo

para ella.

--Tendrále de sobra--me decía la jovial matrona guiándome ya hacia la

escalera--, para ese trabajo y otro tanto más, si sabe aprovecharse de

él; y no creo yo que es perder hora la que se gasta en confortar el

cuerpo a la mitá del camino... ¡Vaya con ella! Y lo peor del cuento es

que está «él» ausente y no vendrá hasta la hora de comer, más que

menos... Anda en el invernal amañando un morio que se quebrantó el otro

mes; y como en teniendo obra entre manos no acierta a perderla de

vista... ¡Pues no lo sentirá poco cuando lo sepa!... ¡Hija, qué

casualidá! Bien que ya le verá cuando pase usté de vuelta esta tarde...

Aunque mejor fuera que se quedara a comer con nosotros y dejara la

caminata para otra ocasión... ¡Vaya que es antojo el de llegar hasta el

camino real!... Dos veces en toda mi vida he puesto yo los pies en él...

Mire si soy correntona... ¡Vaya, vaya!...

Hablando por este arte mientras subía la escalera y la seguía yo paso a

paso, más que en lo imposible de atajarla en su pintoresca charla,

pensaba en el parecido que hallaba entre ella y la madre de Lita, no

solamente por el carácter, sino por el estilo, sin saber yo entonces,

como lo supe andando el tiempo y conociendo nuevas gentes, que en

aquella forma y con aquellos aires campechanos y llanotes, se desborda

siempre el espíritu generoso y hospitalario de las damas de aquella

agreste región montañesa.

Ya en lo alto de la escalera, que no era larga, entramos en el crucero

de siempre, porque todas las casas pudientes de aquellas alturas, y aun

las equivalentes de los valles bajos que he conocido después, parecen

hechas por un mismo plano; sólo que en la de Robacío hallé una novedad

que llamó muy agradablemente mi atención, y fue la de tener las paredes

de todos los pasadizos literalmente cubiertas, de techo a suelo, con

ristras de panojas, que, por estar abiertos puertas y balcones e

inundada de sol toda la casa, resplandecían como tapices orientales

bordados de oro y perlas.

Ni aun admirarlo me dejó la buena hermana de Neluco, porque teniendo en

cuenta lo apresurado que yo andaba, entre conducirme a la sala y llamar

a gritos a una sirvienta y sacar, en tanto, cosas de una alacena y otras

cosas de un armario, y poner las primeras en manos de la mozona (que no

llegó tan pronto como ella quería) con una buena sarta de advertencias y

de encargos a media voz, y las segundas sobre una mesa que había en la

sala, arrimada a una pared, y andar de acá para allá sin dejarme nunca

enteramente solo ni falto de su conversación, más de cerca o más de

lejos, no hallaba yo momento de pensar con sosiego en punto alguno en

que fijara la atención. Al fin se detuvo y se calmó la ventolera

aquélla; y recogiendo lo que antes había puesto sobre la mesa y

colocándolo interinamente en las sillas inmediatas, levantó el ala que

aquélla tenía libre y plegada, y no las dos, por no necesitarse para mí

solo tanto espacio, según tuvo la bondad de advertirme; tendió sobre el

tablero resultante un blanquísimo mantel; puso sobre éste una botella de

vino, un cubierto de plata maciza y de anticuada forma, dos vasos de

cristal, tres platos amontonados, una torta de pan, tibio todavía, según

me dijo la complaciente señora, porque no hacía aún dos horas que había

salido del horno del corral; un queso duro, de ovejas, y cosa de medio

maquilero de nueces y avellanas.

Entre tanto, no cesaba de hablarme, y me hacía muchas preguntas sin

esperar en cada una de ellas a recibir mi respuesta, por entero, a la

anterior. Me preguntó, ante todo, por su pariente don Pedro Nolasco y

por su hija Mari Pepa, de la misma edad que ella, amiga íntima desde la

niñez, casi su hermana, porque como hermanas se querían... Pues ¿y Lita,

Lituca? Era un serafín aquello, más que mujer. ¡Qué guapa, qué aguda,

qué hacendosa! Si ella fuera hombre y mozo soltero, ya sabía con quién

casarse, como Lita le quisiera. ¡Y no su hermano Neluco!... ¡Cuántas

veces se lo había dicho! ¿Para qué quieres la enjundia, hombre? ¿Qué más

puedes apetecer?... Si apareáis como de molde... ¡Ah, pan frío de

satanincas!... ¡Tochu, más que tochu! Cuando Lita iba a Robacío, era la

alegría de la casa: ni canario en jaula de oro podía compararse con

ella.

En éstas y otras comenzó a darme en la nariz un olor muy agradable de

fritangas, y con él entró en la sala un rapaz como de seis años, con la

jeta muy pringosa y la ropilla estropeada; después otro de igual pelaje,

pero de menos edad; enseguida otro menor que los dos; luego una

muchachuela rubia, de ojos saltones, muy enjuta de canillas y larga de

brazos; tras ella, otra rapaza morena, carrilluda, de ojos negros y

gruesas pantorrillas, la cual traía de la mano a un chiquitín muy

risueño que se tambaleaba al andar con sus patucas estevadas; y, por

último, llegó el muchacho que con su descomedida diligencia había sido

la causa de cuanto estaba sucediendo allí. Toda aquella prole, aparecida

uno a uno, a paso lento y con mirar receloso, se fue colocando en

semicírculo, muy apretado, enfrente de mí; y como no sabían qué decirme,

por más que yo les preguntaba muchas tonterías, y su madre me los iba

nombrando por orden de edades, a la vez que los reñía, y no con gran

coraje, por un descortés atrevimiento, cada cual entretenía el tiempo y

conllevaba el mal rato como mejor podía: quién pellizcándose las

narices, quién rascándose la cabeza y quién alguna parte de su cuerpo

más baja y más trasera. «Pero ¿no parece--me decía su madre en tanto--,

que gobierna Satanás a estos arrastrados? Póngalos usté de pies a cabeza

como un sol de mayo en cuanto se tiran de la cama todos los días, para

verlos como usté los ve a la media hora... y si no hay escuela como hoy,

por ser jueves, cosa es de no poder mirarlos ni aguantarlos. ¡Señor y

Padre celeste, qué criaturas!... Pero estén ellas en buena salud, que es

lo que importa, y lo demás ya se irá arreglando con el tiempo. ¿No es

verdad?... Vaya, ahora venga acá y arrímese a la mesa... y perdone la

miseriuca por la buena voluntad conque se la ofrezco a falta de cosa

mejor.»

Esto lo dijo al ver entrar a la criada con una gran fuente entre manos,

conteniendo dos pares de huevos estrellados y una enormidad de lomo y de

jamón frito, con su correspondiente cerco de patatas.

Hubo las porfías que eran de esperarse sobre lo poco con que me

satisfacía yo, y lo mucho que ella me ofrecía con generosa obstinación,

pensando que «lo dejaba por cortedad». Al fin transigimos tomando yo

algo más de lo que necesitaba, y repartiendo el resto hasta lo que ella

me ofrecía, entre los siete rapaces que devoraban con los ojos el

suculento agasajo humeando sobre la mesa.

También vino a colación allí lo que ya empezaba yo a echar de menos en

boca de la hermana de Neluco; la tesis a que tan acostumbrado me tenían

las buenas gentes de aquellos valles: si me iba gustando la tierra de

mis mayores; la diferencia que hallaría entre aquellas soledades y las

grandezas y diversiones a que estaría avezado en Madrid... y, por

último, la lástima que sería que no tomara al valle la buena ley que él

se merecía; porque, muerto don Celso, que por muerto había que darle ya,

Tablanca se quedaba sin padre y sin sombra de amparo. ¡Y si supiera yo

bien lo que valía esa sombra en aquel pueblo, y lo que venían valiendo

otras como ella desde tiempos muy remotos! Para saberlo así, era preciso

ver lo que pasaba en otros lugares que no la tenían, como pasaba ya

también en Robacío, desgraciadamente. Allí no había unión ni paz entre

unos y otros, por culpa de cuatro mangoneadores amparados por otros

tantos «cabayerus de ayá fuera», que no se acordaban del pueblo más que

en las ocasiones de necesitar las espaldas de aquellos pobres melenos

para encaramarse en el puesto que les convenía, y pipiar a gusto las

uvas del racimo. Esto no pasaba en Tablanca, donde no se sentía una

mosca, ni tenían entrada aquellos personajes más que con su cuenta y

razón. Daba gusto aquella hermandad de unos con otros, y aquel

ayuntamiento sin deudas, y aquel vecindario sin hambre y bien vestido.

Pues toda esta ventura acabaría con don Celso, si yo no me animaba a

recoger los frenos que él soltaría de sus manos al pasar a vida mejor.

Lo singular de esta tesis, tan manoseada por unos y otros, era para mí

la solemnidad y la hondura del sentimiento con que me la exponían en

todas partes. La misma hermana de Neluco, tan jocosa y tan chancera en

sus descosidos discursos, se formalizó hasta conmoverse al exponérmela.

Y éste era el lado por donde más me llamaba la atención aquel tema, que

iba, por lo demás, degenerando en manía.

Con el asentimiento y las diplomáticas promesas que la costumbre me

había obligado a adoptar en casos tales, di por rematado el punto; y con

el pretexto de la prisa que tenía, terminados el almuerzo y la visita,

no sin saber antes, por la inagotable bondad de aquella incomparable

mujer, que su hermano mayor, abogado de bastante nota, estaba casado en

Valladolid, y que por eso y por ser Neluco demasiado mozo y andar

todavía de la Ceca a la Meca, se había quedado ella en las particiones

con la casa paterna; pero como si fuera de todos los hermanos, porque el

abogado bajaba a Robacío casi todos los veranos, y Neluco cada día que

le era posible.

Gozaba ella que era una bendición de Dios cuando estaban todos reunidos,

chicos y grandes; y cuanto más apretados, mejor. Y apretados lo estaban

en aquellas ocasiones a menudo, porque aunque la casa era grande, como

tenían mucho laberinto de labranzas y ganados... ¡Virgen Madre, cómo le

gustaban esos trajines a su marido! Pues con gustarle tanto, de seguro

no le gustaban más que a ella...

Y bien se revelaban estos gustos en toda la casa, particularmente de

escalera abajo. En el portal, desde donde se veían las puertas abiertas

de los establos, un horno con su tejadillo protector, un pozo con el

correspondiente lavadero, grandes pilas de leña y un carro de bueyes

bajo un cobertizo, olía a heno, se oían los golpes y los cencerrillos y

esquilas del ganado preso en las pesebreras, y brujuleaba de soslayo y

como a la descuidada, un copioso averío alrededor de un «garrote», en

cuyo fondo roía mi caballo, desembridado y amarrado al poste con una

soga por el pescuezo, los últimos granos del pienso de maíz con que le

había agasajado el sobrino mayor de Neluco, mientras su madre me

agasajaba a mí en la sala de arriba con huevos y con jamón. Esto se supo

por declaración del chicuelo mismo, al preguntarle yo, muy complacido,

por el autor de la ocurrencia. Alentado por el buen éxito de ella,

salióse del montón de sus hermanos, que en tropel habían bajado con su

madre detrás de mí, y en un dos por tres embridó el rocín después de

arrojar al averío las mezquinas sobras del pienso; sacó la mansa bestia

al corral, y la plantó allí, en debida forma, para que montara yo.

Abrevié la despedida cuanto pude, condensando mis expresiones de cordial

agradecimiento hasta la avaricia, por temor a los lujos verbosos de la

hermana de Neluco, que en lo más nimio hallaban causa para desbordarse;

cabalgué de prisa deslizando en la mano del chicuelo que me tenía el

estribo una moneda de plata sin que lo viera su madre, dádiva que le

llenó de asombro y de zozobra hasta enrojecerle la cara y dejarle

tambaleándose, por lo que le costó mucho trabajo abrirme la portalada; y

en cuanto la vi de par en par, pagué con una sonrisa y una sombrerada

los últimos ofrecimientos de la inagotable matrona; salí a la brañuca de

afuera oyendo las despedidas de adentro «hasta la tarde»; piqué sin

compasión al jamelgo, y tomé el camino río abajo como si me persiguieran

lobos de rabia.

Creo, sin estar muy seguro de ello por no haber fijado la atención con

gran empeño en el cuadro, que por allí comienza el verdadero ensanche de

la cuenca, y el río a descansar un poco de las fatigas de su rápido

descenso, tendiéndose a la larga en buenos trechos casi llanos y bien

iluminados por el sol. Lo que sí recuerdo bien es que con la libertad

que les dan estas relativas anchuras, el río y el camino (a la izquierda

ya éste de aquél) se separan uno de otro con alguna frecuencia, aunque

sin llegar a perderse de vista por completo. Al fin y al cabo, ninguna

obligación tienen de andar juntos por todas partes; y sin duda por eso,

el camino, sin trabas ni impedimentos, como el río, que le obliguen a

descender continuamente y por determinado canal, a lo mejor se echaba

por un atajo cuesta arriba, gozándose después en saludar desde la loma

del cerro pedregoso a su arrastrado compañero, que sudaba la gota gorda

para abrirse paso en los profundos de un vallecito angosto, entre

alisales, guijarros y mimbreras.

Donde se juntan otra vez los dos camaradas es hacia el final de su

viaje, por estrecharse la cuenca nuevamente, pero sin crecer gran cosa

los taludes; y ya no vuelve el río a gozar de otra llanada que la de su

sepultura, festoneada a lo largo en su margen terrestre por un camino

real que ni el Nansa ni yo vimos hasta que nos hallamos yo encima de él,

y el río estrellándose contra los estribos del puente que une las dos

orillas.

Allí le di mi afectuosa despedida, mientras ahogaban con un abrazo sus

murmullos (que durante nuestra jornada de seis horas no habían cesado un

momento) las traidoras aguas salobres que le esperaban inmóviles y

cristalinas, como un espejo en que se miran las nubes del firmamento,

tendidas al sol en una vasta llanura salpicada de islotes tapizados de

verdes y olorosas junqueras. Esta pintoresca ría está separada del mar

por una barrera muy alta: un monte negro y pedregoso, rajado de alto

abajo, quedando así un boquete muy angosto donde se cuelan las aguas y

los barcos, y se ve el Cantábrico, mirando desde adentro, como un pedazo

de cielo a través de las rejas de una cárcel.

Todo aquel panorama me pareció muy bello por sus líneas, por su luz y

por su color, mas a pesar de ello, ocupó mi atención breves instantes,

porque se habían largado mis ideas por muy distintos derroteros. Fue el

caso que no bien me vi sobre el camino real, se despertaron súbitamente

mis mal dormidas inclinaciones mundanas; y escapándoseme la mirada y los

pensamientos a lo largo del blanquísimo arrecife que corría paralelo a

la costa y desaparecía en la curva de un altozano, empecé a considerar.

--Por ahí se va a la vida y a la libertad de las planicies soleadas, al

bullicio de las ciudades, a las damas elegantes y a los hombres bien

vestidos, a la conversación culta y amena, a los salones alfombrados, al

libro, al teatro, al periódico, al Casino, al Ateneo... ¡mientras que

por aquí!...

Y volví los ojos al sendero de la montaña, y le vi trepar entre los

pedruscos y los escajos bravíos de una sierra calva; y distinguí detrás

de ella, la loma de otra sierra más alta, y por encima de ésta, otra y

sobre su cumbre la de un monte que las asombraba a todas; y así

sucesivamente, hasta perderse las últimas desvanecidas en un ambiente

brumoso y tétrico que no me dejaba percibir con claridad los dos

peldaños de aquella escalera disforme, entre los cuales se escondía la

sepultura en que, por un mal entendido sentimiento filantrópico, había

resuelto yo enterrarme vivo.

Sentí de pronto alzarse dentro de mí una protesta de mi libérrimo

albedrío, y con ella la nostalgia de la ciudad; pero con una fuerza tan

nueva y tan irresistible, que, sin saber, cómo, me vi encarado otra vez

al camino real y poseído de un vehementísimo deseo, de la tentación

pueril y desatentada... de «escaparme por allí».

Pasó todo esto, como vértigo que era de mi exaltada imaginación, en

pocos momentos; pero no sin dejarme huellas mortificantes en el

espíritu.

Al otro lado del puente había unas casas de muy alegre aspecto:

parecióme de parador el de una de ellas, y allá me fui. Parador era, en

efecto, y taberna bastante bien surtida. Mandé dar un pienso a mi

cabalgadura y pedí unas frioleras para mí, más que por satisfacer una

necesidad que no sentía, por comprar el derecho de descansar un poco a

la sombra y en un banco, bajo techado, ya que no era posible hacerlo al

aire libre recreando los ojos en la contemplación del mar, que con estar

tan cerca de allí, no se veía más que por el negro boquerón de la ría.

Era ya bien corrida la una de la tarde cuando volví a cabalgar. Repasé

el puente, y sin dirigir la vista al camino real que dejaba a mi

izquierda, comencé a desandar aguas arriba lo que había andado por la

mañana aguas abajo. Al llegar a Robacío, vi que me esperaba en la

brañuca contigua a la portalada de marras, toda la familia de la casona

aquélla, con el padre en primer término. Bien sabe Dios que hice voto

solemne en mis adentros de no echar allí pie a tierra, como no me

desmontaran a tiros. Era el cuñado de Neluco un hombre bastante gordo y

no muy alto, moreno y atezado de rostro, con anchas patillas grises,

pelo recio y poca frente. No hablaba tanto como su mujer, pero no era

menos afectuoso y hospitalario que ella. Con la disculpa (y era la pura

verdad) de que llevaba las horas muy medidas, hablé poco y me ingenié

mucho para que no hubiera modo de enredar la conversación que me

amenazaba a cada instante por el lado de la mujer de aquel buen hombre.

Estrechéle, al fin, por segunda vez la velluda mano, con los

ofrecimientos y las cortesías de costumbre, y con un «adiós» a todos los

presentes, corté los cumplidos con que me despedían, y me largué.

Resuelto a que no me cogiera la noche cerrada en el camino, saqué al

pobre animal que me conducía, los ijares y hasta las asaduras a

espolazos. Por un milagro de Dios llegó vivo a casa. Pero llegó al fin,

y no tan tarde como iba yo temiéndome a medida que le veía perdiendo

fuerzas y tambaleándose por el áspero camino.

Por lo que a mí toca, llegué en la misma situación de ánimo que un

estudiantillo novel a la cárcel de su colegio, después de haber pasado

largas vacaciones con su familia: jurándome a mí propio no volver a

salir de Tablanca solo y por aquel camino, para no caer nuevamente en la

mala tentación de escaparme.

Peñas arriba · 第 13 / 35 题