Faltábame conocer, entre lo que no debía de serme desconocido en aquella
vasta y montaraz comarca, la salida del valle por la cuenca del río
hasta su desembocadura, con lo cual habría completado yo la travesía del
espinazo de la cordillera cantábrica por una de sus vértebras más
considerables; y como cabalmente en aquellos días estaba yo en vena de
exploraciones y correteos, aunque, bien lo sabe Dios, más que por ansias
de la curiosidad, por miedo a la inacción enervadora enfrente del
temible enemigo, cabalgué una mañana muy temprano en el peludo jamelgo
que tan sesudamente me habían traído y llevado por las escabrosidades
más peligrosas de la montaña, y, de propio y deliberado intento, solo y
sin otro guía que el instinto y la larga experiencia del honrado
cuadrúpedo, más unos informes que me habían suministrado de palabra la
noche antes en la tertulia de mi tío; atravesé el ruinoso puente que une
las dos orillas del Nansa a corto trecho de la casona, y emprendí la
marcha siguiendo la bien trillada senda que culebrea por la ladera del
cerro, acompañándome el continuo rumor de las invisibles aguas corriendo
en el fondo del sombrío cauce a muchas varas bajo mis pies.
Dudaba yo que, después de lo que llevaba visto en la alta montaña,
hubiera en la cuenca del río, desde Tablanca hacia abajo, cosa que
pudiera cautivar mi atención; y así sucedió, en efecto: sin dejar de ser
áspera, angosta y montaraz en su parte más elevada, carecía de la
grandeza imponente de los desfiladeros de «arriba». Los pueblos,
amontonados, en sendas rinconadas de la garganta, iban sucediéndose a mi
paso con la regularidad de las estaciones de un ferrocarril. Uno de
ellos, más soleado que cuantos había dejado atrás, apareció de repente a
mi vista en un vallecito, al pie de una ladera rapidísima, por la cual
descendía mi jamelgo paso a paso entre un laberinto admirable de viejos
y copudos robles que parecían puestos allí para mantener las tierras del
monte adheridas a su esqueleto: tan agria era la cuesta.
Llegado al valle felizmente, aunque un poco dolorido de cintura yo, por
el continuo esfuerzo hecho con ella para conservar el cuerpo en la
vertical, sobre la línea del caballo, paralela al suelo, supe que el
pueblo columbrado por mí durante la bajada por los claros de la espesa
columnata de troncos, era Robacío. Acordéme entonces de Neluco y de
Chisco, y supuse que la casa del primero sería una grande, de «cuatro
aguas», que no distaba mucho del camino; y supuse bien, según respuesta
que dio a una pregunta que le hice, un muchachuco más guapo que limpio
de cara y de vestido, que jugaba, con otros de pelaje aún más humilde,
en una brañuca próxima a la portalada. Responder a mi pregunta, dejar el
juego y lanzarse a abrir el postigo, mientras los otros chicuelos,
suspensos y algo cortados, me contemplaban con los ojos muy abiertos,
fue todo uno; y no bien hubo asomado la cabecita al corral, cuando ya
comenzó a gritar allí:
--¡Madre!... ¡madreee! ¡Aquí está un señor que viene a casa!
Y por si esto era poco, descorrió desde adentro la falleba de los
portones, y los abrió de par en par a fin de que pasara yo sin apearme.
Con este estruendo y aquel vocerío, antes que acabara de sorprenderme de
la ocurrencia, ya estaba en el encachado soportal y enfrente de mí, una
mujer de mediana edad, buenas carnes y sano color, y con el modesto
atavío casero que ordinariamente usan a diario las matronas pudientes de
aquella comarca. Con esto, y con hallar bastante parecido en su cara con
la de Neluco, no dudé que aquella mujer era su hermana. Me apeé de un
brinco; y sin cuidarme del caballo, comencé, mientras andaba hacia ella
con el sombrero en la mano, a deshacerme en excusas, a explicarla el
suceso... Yo tenía muchísimo gusto en ponerme a sus pies, en conocerla
personalmente, en ofrecerla mis respetos; pero esto lo hubiera hecho...
pensaba hacerlo, a otra hora menos intempestiva... a mi vuelta por la
tarde... la culpa era de aquel diablillo que, sin darme tiempo para
explicarme, se había apresurado a llamarla...
A todo esto, ella me miraba de hito en hito; hasta que, sin llegar yo a
decirla cuanto pensaba decir, bañó toda su faz noblota y rozagante en
una sonrisa que pudiera llamarse inmensa, si se midieran las sonrisas
como las superficies; arrancó hacia mí con ambas manos tendidas, y
exclamó cortándome el descosido discurso de repente:
--¡Virgen la mi Madre! Usté es el sobrino de don Celso.
Declaré que sí lo era, y continuó ella, sin soltar mi mano de entre las
suyas:
--Sabía yo por Neluco que andaba usté por ayá; y por eso, y por el aire,
y por algo que ha dicho... y por estas corazonás que a lo mejor tiene
uno... ¡Hija, lo que me alegro!... ¡Vaya, vaya!... Y ¿cómo está el pobre
don Celso?... Mal, creo yo, lo que nos ha dicho Neluco... Porque Neluco
es tan cariñoso y tan... vamos, tan apegao a los suyos, que hora que
tenga sobrante en su obligación, cátale en Robacío... Pero ¿qué hacemos
aquí plantificados en el portal? Suba, suba, señor don Marcelo, y
descansará como debe, y le pondré de almorzar... ¡Cómo que no! Aquí
todos somos unos. ¿Usté no lo sabe? ¿No se lo ha dicho Neluco? La casona
de don Celso y la nuestra casa... ¡vaya!... de padres a hijos viene la
estimación y la buena ley y hasta el parentesco, si un poco se escarba
en la sangre...
No me valieron excusas, por más que ponderé lo largo de la jornada que
tenía que hacer antes de la noche, y lo apurado que andaba de tiempo
para ella.
--Tendrále de sobra--me decía la jovial matrona guiándome ya hacia la
escalera--, para ese trabajo y otro tanto más, si sabe aprovecharse de
él; y no creo yo que es perder hora la que se gasta en confortar el
cuerpo a la mitá del camino... ¡Vaya con ella! Y lo peor del cuento es
que está «él» ausente y no vendrá hasta la hora de comer, más que
menos... Anda en el invernal amañando un morio que se quebrantó el otro
mes; y como en teniendo obra entre manos no acierta a perderla de
vista... ¡Pues no lo sentirá poco cuando lo sepa!... ¡Hija, qué
casualidá! Bien que ya le verá cuando pase usté de vuelta esta tarde...
Aunque mejor fuera que se quedara a comer con nosotros y dejara la
caminata para otra ocasión... ¡Vaya que es antojo el de llegar hasta el
camino real!... Dos veces en toda mi vida he puesto yo los pies en él...
Mire si soy correntona... ¡Vaya, vaya!...
Hablando por este arte mientras subía la escalera y la seguía yo paso a
paso, más que en lo imposible de atajarla en su pintoresca charla,
pensaba en el parecido que hallaba entre ella y la madre de Lita, no
solamente por el carácter, sino por el estilo, sin saber yo entonces,
como lo supe andando el tiempo y conociendo nuevas gentes, que en
aquella forma y con aquellos aires campechanos y llanotes, se desborda
siempre el espíritu generoso y hospitalario de las damas de aquella
agreste región montañesa.
Ya en lo alto de la escalera, que no era larga, entramos en el crucero
de siempre, porque todas las casas pudientes de aquellas alturas, y aun
las equivalentes de los valles bajos que he conocido después, parecen
hechas por un mismo plano; sólo que en la de Robacío hallé una novedad
que llamó muy agradablemente mi atención, y fue la de tener las paredes
de todos los pasadizos literalmente cubiertas, de techo a suelo, con
ristras de panojas, que, por estar abiertos puertas y balcones e
inundada de sol toda la casa, resplandecían como tapices orientales
bordados de oro y perlas.
Ni aun admirarlo me dejó la buena hermana de Neluco, porque teniendo en
cuenta lo apresurado que yo andaba, entre conducirme a la sala y llamar
a gritos a una sirvienta y sacar, en tanto, cosas de una alacena y otras
cosas de un armario, y poner las primeras en manos de la mozona (que no
llegó tan pronto como ella quería) con una buena sarta de advertencias y
de encargos a media voz, y las segundas sobre una mesa que había en la
sala, arrimada a una pared, y andar de acá para allá sin dejarme nunca
enteramente solo ni falto de su conversación, más de cerca o más de
lejos, no hallaba yo momento de pensar con sosiego en punto alguno en
que fijara la atención. Al fin se detuvo y se calmó la ventolera
aquélla; y recogiendo lo que antes había puesto sobre la mesa y
colocándolo interinamente en las sillas inmediatas, levantó el ala que
aquélla tenía libre y plegada, y no las dos, por no necesitarse para mí
solo tanto espacio, según tuvo la bondad de advertirme; tendió sobre el
tablero resultante un blanquísimo mantel; puso sobre éste una botella de
vino, un cubierto de plata maciza y de anticuada forma, dos vasos de
cristal, tres platos amontonados, una torta de pan, tibio todavía, según
me dijo la complaciente señora, porque no hacía aún dos horas que había
salido del horno del corral; un queso duro, de ovejas, y cosa de medio
maquilero de nueces y avellanas.
Entre tanto, no cesaba de hablarme, y me hacía muchas preguntas sin
esperar en cada una de ellas a recibir mi respuesta, por entero, a la
anterior. Me preguntó, ante todo, por su pariente don Pedro Nolasco y
por su hija Mari Pepa, de la misma edad que ella, amiga íntima desde la
niñez, casi su hermana, porque como hermanas se querían... Pues ¿y Lita,
Lituca? Era un serafín aquello, más que mujer. ¡Qué guapa, qué aguda,
qué hacendosa! Si ella fuera hombre y mozo soltero, ya sabía con quién
casarse, como Lita le quisiera. ¡Y no su hermano Neluco!... ¡Cuántas
veces se lo había dicho! ¿Para qué quieres la enjundia, hombre? ¿Qué más
puedes apetecer?... Si apareáis como de molde... ¡Ah, pan frío de
satanincas!... ¡Tochu, más que tochu! Cuando Lita iba a Robacío, era la
alegría de la casa: ni canario en jaula de oro podía compararse con
ella.
En éstas y otras comenzó a darme en la nariz un olor muy agradable de
fritangas, y con él entró en la sala un rapaz como de seis años, con la
jeta muy pringosa y la ropilla estropeada; después otro de igual pelaje,
pero de menos edad; enseguida otro menor que los dos; luego una
muchachuela rubia, de ojos saltones, muy enjuta de canillas y larga de
brazos; tras ella, otra rapaza morena, carrilluda, de ojos negros y
gruesas pantorrillas, la cual traía de la mano a un chiquitín muy
risueño que se tambaleaba al andar con sus patucas estevadas; y, por
último, llegó el muchacho que con su descomedida diligencia había sido
la causa de cuanto estaba sucediendo allí. Toda aquella prole, aparecida
uno a uno, a paso lento y con mirar receloso, se fue colocando en
semicírculo, muy apretado, enfrente de mí; y como no sabían qué decirme,
por más que yo les preguntaba muchas tonterías, y su madre me los iba
nombrando por orden de edades, a la vez que los reñía, y no con gran
coraje, por un descortés atrevimiento, cada cual entretenía el tiempo y
conllevaba el mal rato como mejor podía: quién pellizcándose las
narices, quién rascándose la cabeza y quién alguna parte de su cuerpo
más baja y más trasera. «Pero ¿no parece--me decía su madre en tanto--,
que gobierna Satanás a estos arrastrados? Póngalos usté de pies a cabeza
como un sol de mayo en cuanto se tiran de la cama todos los días, para
verlos como usté los ve a la media hora... y si no hay escuela como hoy,
por ser jueves, cosa es de no poder mirarlos ni aguantarlos. ¡Señor y
Padre celeste, qué criaturas!... Pero estén ellas en buena salud, que es
lo que importa, y lo demás ya se irá arreglando con el tiempo. ¿No es
verdad?... Vaya, ahora venga acá y arrímese a la mesa... y perdone la
miseriuca por la buena voluntad conque se la ofrezco a falta de cosa
mejor.»
Esto lo dijo al ver entrar a la criada con una gran fuente entre manos,
conteniendo dos pares de huevos estrellados y una enormidad de lomo y de
jamón frito, con su correspondiente cerco de patatas.
Hubo las porfías que eran de esperarse sobre lo poco con que me
satisfacía yo, y lo mucho que ella me ofrecía con generosa obstinación,
pensando que «lo dejaba por cortedad». Al fin transigimos tomando yo
algo más de lo que necesitaba, y repartiendo el resto hasta lo que ella
me ofrecía, entre los siete rapaces que devoraban con los ojos el
suculento agasajo humeando sobre la mesa.
También vino a colación allí lo que ya empezaba yo a echar de menos en
boca de la hermana de Neluco; la tesis a que tan acostumbrado me tenían
las buenas gentes de aquellos valles: si me iba gustando la tierra de
mis mayores; la diferencia que hallaría entre aquellas soledades y las
grandezas y diversiones a que estaría avezado en Madrid... y, por
último, la lástima que sería que no tomara al valle la buena ley que él
se merecía; porque, muerto don Celso, que por muerto había que darle ya,
Tablanca se quedaba sin padre y sin sombra de amparo. ¡Y si supiera yo
bien lo que valía esa sombra en aquel pueblo, y lo que venían valiendo
otras como ella desde tiempos muy remotos! Para saberlo así, era preciso
ver lo que pasaba en otros lugares que no la tenían, como pasaba ya
también en Robacío, desgraciadamente. Allí no había unión ni paz entre
unos y otros, por culpa de cuatro mangoneadores amparados por otros
tantos «cabayerus de ayá fuera», que no se acordaban del pueblo más que
en las ocasiones de necesitar las espaldas de aquellos pobres melenos
para encaramarse en el puesto que les convenía, y pipiar a gusto las
uvas del racimo. Esto no pasaba en Tablanca, donde no se sentía una
mosca, ni tenían entrada aquellos personajes más que con su cuenta y
razón. Daba gusto aquella hermandad de unos con otros, y aquel
ayuntamiento sin deudas, y aquel vecindario sin hambre y bien vestido.
Pues toda esta ventura acabaría con don Celso, si yo no me animaba a
recoger los frenos que él soltaría de sus manos al pasar a vida mejor.
Lo singular de esta tesis, tan manoseada por unos y otros, era para mí
la solemnidad y la hondura del sentimiento con que me la exponían en
todas partes. La misma hermana de Neluco, tan jocosa y tan chancera en
sus descosidos discursos, se formalizó hasta conmoverse al exponérmela.
Y éste era el lado por donde más me llamaba la atención aquel tema, que
iba, por lo demás, degenerando en manía.
Con el asentimiento y las diplomáticas promesas que la costumbre me
había obligado a adoptar en casos tales, di por rematado el punto; y con
el pretexto de la prisa que tenía, terminados el almuerzo y la visita,
no sin saber antes, por la inagotable bondad de aquella incomparable
mujer, que su hermano mayor, abogado de bastante nota, estaba casado en
Valladolid, y que por eso y por ser Neluco demasiado mozo y andar
todavía de la Ceca a la Meca, se había quedado ella en las particiones
con la casa paterna; pero como si fuera de todos los hermanos, porque el
abogado bajaba a Robacío casi todos los veranos, y Neluco cada día que
le era posible.
Gozaba ella que era una bendición de Dios cuando estaban todos reunidos,
chicos y grandes; y cuanto más apretados, mejor. Y apretados lo estaban
en aquellas ocasiones a menudo, porque aunque la casa era grande, como
tenían mucho laberinto de labranzas y ganados... ¡Virgen Madre, cómo le
gustaban esos trajines a su marido! Pues con gustarle tanto, de seguro
no le gustaban más que a ella...
Y bien se revelaban estos gustos en toda la casa, particularmente de
escalera abajo. En el portal, desde donde se veían las puertas abiertas
de los establos, un horno con su tejadillo protector, un pozo con el
correspondiente lavadero, grandes pilas de leña y un carro de bueyes
bajo un cobertizo, olía a heno, se oían los golpes y los cencerrillos y
esquilas del ganado preso en las pesebreras, y brujuleaba de soslayo y
como a la descuidada, un copioso averío alrededor de un «garrote», en
cuyo fondo roía mi caballo, desembridado y amarrado al poste con una
soga por el pescuezo, los últimos granos del pienso de maíz con que le
había agasajado el sobrino mayor de Neluco, mientras su madre me
agasajaba a mí en la sala de arriba con huevos y con jamón. Esto se supo
por declaración del chicuelo mismo, al preguntarle yo, muy complacido,
por el autor de la ocurrencia. Alentado por el buen éxito de ella,
salióse del montón de sus hermanos, que en tropel habían bajado con su
madre detrás de mí, y en un dos por tres embridó el rocín después de
arrojar al averío las mezquinas sobras del pienso; sacó la mansa bestia
al corral, y la plantó allí, en debida forma, para que montara yo.
Abrevié la despedida cuanto pude, condensando mis expresiones de cordial
agradecimiento hasta la avaricia, por temor a los lujos verbosos de la
hermana de Neluco, que en lo más nimio hallaban causa para desbordarse;
cabalgué de prisa deslizando en la mano del chicuelo que me tenía el
estribo una moneda de plata sin que lo viera su madre, dádiva que le
llenó de asombro y de zozobra hasta enrojecerle la cara y dejarle
tambaleándose, por lo que le costó mucho trabajo abrirme la portalada; y
en cuanto la vi de par en par, pagué con una sonrisa y una sombrerada
los últimos ofrecimientos de la inagotable matrona; salí a la brañuca de
afuera oyendo las despedidas de adentro «hasta la tarde»; piqué sin
compasión al jamelgo, y tomé el camino río abajo como si me persiguieran
lobos de rabia.
Creo, sin estar muy seguro de ello por no haber fijado la atención con
gran empeño en el cuadro, que por allí comienza el verdadero ensanche de
la cuenca, y el río a descansar un poco de las fatigas de su rápido
descenso, tendiéndose a la larga en buenos trechos casi llanos y bien
iluminados por el sol. Lo que sí recuerdo bien es que con la libertad
que les dan estas relativas anchuras, el río y el camino (a la izquierda
ya éste de aquél) se separan uno de otro con alguna frecuencia, aunque
sin llegar a perderse de vista por completo. Al fin y al cabo, ninguna
obligación tienen de andar juntos por todas partes; y sin duda por eso,
el camino, sin trabas ni impedimentos, como el río, que le obliguen a
descender continuamente y por determinado canal, a lo mejor se echaba
por un atajo cuesta arriba, gozándose después en saludar desde la loma
del cerro pedregoso a su arrastrado compañero, que sudaba la gota gorda
para abrirse paso en los profundos de un vallecito angosto, entre
alisales, guijarros y mimbreras.
Donde se juntan otra vez los dos camaradas es hacia el final de su
viaje, por estrecharse la cuenca nuevamente, pero sin crecer gran cosa
los taludes; y ya no vuelve el río a gozar de otra llanada que la de su
sepultura, festoneada a lo largo en su margen terrestre por un camino
real que ni el Nansa ni yo vimos hasta que nos hallamos yo encima de él,
y el río estrellándose contra los estribos del puente que une las dos
orillas.
Allí le di mi afectuosa despedida, mientras ahogaban con un abrazo sus
murmullos (que durante nuestra jornada de seis horas no habían cesado un
momento) las traidoras aguas salobres que le esperaban inmóviles y
cristalinas, como un espejo en que se miran las nubes del firmamento,
tendidas al sol en una vasta llanura salpicada de islotes tapizados de
verdes y olorosas junqueras. Esta pintoresca ría está separada del mar
por una barrera muy alta: un monte negro y pedregoso, rajado de alto
abajo, quedando así un boquete muy angosto donde se cuelan las aguas y
los barcos, y se ve el Cantábrico, mirando desde adentro, como un pedazo
de cielo a través de las rejas de una cárcel.
Todo aquel panorama me pareció muy bello por sus líneas, por su luz y
por su color, mas a pesar de ello, ocupó mi atención breves instantes,
porque se habían largado mis ideas por muy distintos derroteros. Fue el
caso que no bien me vi sobre el camino real, se despertaron súbitamente
mis mal dormidas inclinaciones mundanas; y escapándoseme la mirada y los
pensamientos a lo largo del blanquísimo arrecife que corría paralelo a
la costa y desaparecía en la curva de un altozano, empecé a considerar.
--Por ahí se va a la vida y a la libertad de las planicies soleadas, al
bullicio de las ciudades, a las damas elegantes y a los hombres bien
vestidos, a la conversación culta y amena, a los salones alfombrados, al
libro, al teatro, al periódico, al Casino, al Ateneo... ¡mientras que
por aquí!...
Y volví los ojos al sendero de la montaña, y le vi trepar entre los
pedruscos y los escajos bravíos de una sierra calva; y distinguí detrás
de ella, la loma de otra sierra más alta, y por encima de ésta, otra y
sobre su cumbre la de un monte que las asombraba a todas; y así
sucesivamente, hasta perderse las últimas desvanecidas en un ambiente
brumoso y tétrico que no me dejaba percibir con claridad los dos
peldaños de aquella escalera disforme, entre los cuales se escondía la
sepultura en que, por un mal entendido sentimiento filantrópico, había
resuelto yo enterrarme vivo.
Sentí de pronto alzarse dentro de mí una protesta de mi libérrimo
albedrío, y con ella la nostalgia de la ciudad; pero con una fuerza tan
nueva y tan irresistible, que, sin saber, cómo, me vi encarado otra vez
al camino real y poseído de un vehementísimo deseo, de la tentación
pueril y desatentada... de «escaparme por allí».
Pasó todo esto, como vértigo que era de mi exaltada imaginación, en
pocos momentos; pero no sin dejarme huellas mortificantes en el
espíritu.
Al otro lado del puente había unas casas de muy alegre aspecto:
parecióme de parador el de una de ellas, y allá me fui. Parador era, en
efecto, y taberna bastante bien surtida. Mandé dar un pienso a mi
cabalgadura y pedí unas frioleras para mí, más que por satisfacer una
necesidad que no sentía, por comprar el derecho de descansar un poco a
la sombra y en un banco, bajo techado, ya que no era posible hacerlo al
aire libre recreando los ojos en la contemplación del mar, que con estar
tan cerca de allí, no se veía más que por el negro boquerón de la ría.
Era ya bien corrida la una de la tarde cuando volví a cabalgar. Repasé
el puente, y sin dirigir la vista al camino real que dejaba a mi
izquierda, comencé a desandar aguas arriba lo que había andado por la
mañana aguas abajo. Al llegar a Robacío, vi que me esperaba en la
brañuca contigua a la portalada de marras, toda la familia de la casona
aquélla, con el padre en primer término. Bien sabe Dios que hice voto
solemne en mis adentros de no echar allí pie a tierra, como no me
desmontaran a tiros. Era el cuñado de Neluco un hombre bastante gordo y
no muy alto, moreno y atezado de rostro, con anchas patillas grises,
pelo recio y poca frente. No hablaba tanto como su mujer, pero no era
menos afectuoso y hospitalario que ella. Con la disculpa (y era la pura
verdad) de que llevaba las horas muy medidas, hablé poco y me ingenié
mucho para que no hubiera modo de enredar la conversación que me
amenazaba a cada instante por el lado de la mujer de aquel buen hombre.
Estrechéle, al fin, por segunda vez la velluda mano, con los
ofrecimientos y las cortesías de costumbre, y con un «adiós» a todos los
presentes, corté los cumplidos con que me despedían, y me largué.
Resuelto a que no me cogiera la noche cerrada en el camino, saqué al
pobre animal que me conducía, los ijares y hasta las asaduras a
espolazos. Por un milagro de Dios llegó vivo a casa. Pero llegó al fin,
y no tan tarde como iba yo temiéndome a medida que le veía perdiendo
fuerzas y tambaleándose por el áspero camino.
Por lo que a mí toca, llegué en la misma situación de ánimo que un
estudiantillo novel a la cárcel de su colegio, después de haber pasado
largas vacaciones con su familia: jurándome a mí propio no volver a
salir de Tablanca solo y por aquel camino, para no caer nuevamente en la
mala tentación de escaparme.