Desde que le había conocido, poco más que de vista, en casa de mi tío,
sentía yo gran deseo de echar un párrafo a mi gusto con el médico de
Tablanca; porque se me antojaba que en aquel mozo había más «cantera» de
la que se halla en el tipo usual y corriente de los hombres de su edad y
circunstancias. Y resultó la cantera a los primeros desbroces; a flor de
tierra, como quien dice.
Como me había visto acercarme a su casa, salió a recibirme hasta el
portal con una ropilla casera, poco más que de verano, a pesar de la
frescura invernal del ambiente que corría; pero con buenos abrigos de
carne blanca y rolliza que le asomaba en ronchas por los puños recogidos
de su camisa de dormir y por encima del leve cuello de la americana.
Condújome escalera arriba por una de pocos tramos; después, por un
pasadizo corto, y, por último, me introdujo en una salita con solana y
gabinete, la cual, por los muebles y los libros que contenía, supuse
desde luego que le serviría de despacho. Sentámonos frente a frente en
cómodos, aunque no ricos ni elegantes sillones, con una mesita entre los
dos, cargada de papelejos, una plegadera, cajas de fósforos llenas y
desocupadas, cenicero con colillas, una petaca de suela y una bolsa
abierta de cirugía; y hubo primeramente las vaguedades acostumbradas en
toda visita; después fumamos, sin dejar de hablar del tiempo, por lo
inusitado de su relativa templanza, ni del juicio que iba formando yo de
aquella tierra, para mí desconocida hasta entonces; luego tocamos el
punto de las condiciones higiénicas del valle; y por este resquicio
salió a relucir la quebrantada salud de mi tío Celso, sobre la cual
tenía yo muchos deseos de hablar con el mediquillo aquél.
Es más difícil de lo que parece mostrar ingenio, discreción, tino y,
sobre todo, arte en las trivialidades y pequeñeces que son el tema
obligado a los comienzos de esas visitas «de cumplido» que todos
hacemos, que hace todo el mundo. Es más fácil ganar una batalla campal
que entrar a tiempo y bien entonado en esas insustanciales sinfonías de
la comedia que va a representarse después. Yo tengo el valor de
declarar, por lo que a mí concierne, que casi siempre que me veo en esos
trances, entro a destiempo y desafinado, y que cuanto más me empeño en
enmendar las pifias, peor lo pongo. Pero válgame el consuelo de que
llevo vistas mayores torpezas que las mías y hasta enormes
inconveniencias y sandeces donde menos eran de esperarse por la calidad
refinada de los actores. Pues bien: precisamente en ese mismo peligroso
trance fue donde empecé yo a vislumbrar la «cantera» de aquel mozo,
despechugado y casi en ropas menores, mediquillo simple de una aldehuela
sepultada entre montes, en presencia de un elegante de Madrid, harto de
correr el mundo de los ricos desocupados; y no seguramente por lo que me
dijo ni por lo que hizo, sino por todo lo contrario: por lo que se calló
y por lo que no quiso hacer, o mejor todavía, por lo bien que supo
callarse y estarse quieto, y escoger lo que me dijo y el modo de
decirlo. Todo el mundo tiene afán de ser un poco agudo, un poco gracioso
y hasta un poco travieso delante de las gentes, y de ahí las necedades y
las inconveniencias; y casi a nadie se le ocurre ser sincero, con lo
cual, buena educación y una pizca de sentido común, hay la garantía de
no «quedar mal» allí ni en ninguna parte, que no es garantía floja en
los tiempos esencialmente comunicativos que alcanzamos. Pues cabalmente
la sinceridad, y en su más alto grado, acompañada de un buen
entendimiento, fue lo primero que yo eché de ver en el mediquillo de
Tablanca.
Hablando de la enfermedad de mi tío, me dijo que era mortal de
necesidad. Consistía... (y aquí se detuvo risueño como para pedirme
perdón por las palabrotas que iba a soltar) en una dilatación
cardiaca... un estado asistólico...
--En castellano corriente--añadió con un gesto y un ademán muy naturales
y expresivos--, es la máquina vieja cuyo organismo empieza a
descomponerse. Se entorpeció la rueda del corazón como pudo entorpecerse
otra de las principales. Por alguna de ellas había de empezar la
inevitable ruina. Cuándo se consumará ésta, cuándo se parará la máquina,
no es posible calcularlo a fecha fija ni por mí ni por los que sepan de
esas cosas más que yo: lo mismo puede pararse dentro de seis meses que
en este instante. Lo indudable es que hay máquina para muy poco tiempo.
Aunque de ello estaba yo bien persuadido, la confirmación de mis
sospechas por labios tan autorizados me produjo un efecto muy penoso.
Aparte de los vínculos de sangre que me unían a don Celso, había en él
prendas personales que le hacían muy pegajoso al cariño de los que le
trataban.
Hablando de su enfermedad, se trató de otras análogas y de otras muchas
que, sin parecerse a ellas, tenían, sin embargo, el mismo funesto
desenlace: la muerte del enfermo; y ya en este camino, fuimos a parar al
consabido «desaliento» de los doctos en el «arte de curar» en cuanto
cotejan y comparan los recursos de su ciencia con las míseras
condiciones físicas del hombre; sólo que el mozo aquél, al convenir
conmigo en la ineficacia de la medicina en la mayor parte de los casos
de apuro, no se llevó las manos a la cabeza, ni renegó de la incapacidad
humana, ni mostró esperanza alguna de que ya irían arreglando poco a
poco esas dificultades «los héroes y los mártires de la ciencia»: al
contrario, sin negar que estudiando mucho podía averiguarse algo más de
lo que se sabía en la materia, dio los fracasos actuales, y aun los
venideros, por cosa necesaria y con los cuales ya contaba él al empezar
sus estudios; es decir, que no le noté la menor chispa de entusiasmo por
su profesión, ni el menor síntoma de desencanto al tocar en la práctica
de ella sus deficientes recursos. Declaróme honrada y lealmente que así
era la verdad; y con esto y un poco de astucia mía, fuimos entrando paso
a paso en el terreno a que yo deseaba conducirle, o mejor dicho, fui
sabiendo de él todo lo que necesitaba para acabar de conocerle «por
dentro».
Era nativo de Robacío (igual que Chisco), y su padre, don Servando
Celis, un señor por el arte de mi tío Celso, había deseado que se
hiciera médico, porque ya tenía otro hijo, el mayor, estudiando Leyes en
Valladolid. A él, que estudiaba tercero del bachillerato en Santander,
lo mismo le daba. No sentía aversión ni apego a ninguna carrera
literaria o científica: todos sus cinco sentidos los tenía puestos en el
terruño natal. Esto no se lo decía a nadie; pero lo sentía, y muy hondo.
Por este lado hasta se había alegrado de la elección de carrera hecha
por su padre, porque la de médico era quizás la única compatible con sus
aspiraciones y tendencias. Además, podían engañarle en esto las
ilusiones de muchachos; y de todas suertes, su padre tenía mucha razón
en sacarle de allí para darle una ocupación que, cuando menos, había de
ilustrarle el entendimiento y ponerle en contacto con el mundo. En esta
prueba, forzosamente había de manifestarse y triunfar su verdadera
vocación. Y se sometió a ella hasta gustoso, no contando por tal la de
su campaña de humanista en Santander, porque a aquella edad y encerrado
en un colegio no se forma nadie cabal idea de esas cosas tan delicadas y
complejas. Hecha la prueba durante siete años de estudios en Madrid,
resultó lo que él esperaba: el triunfo definitivo de sus primeras
inclinaciones.
--¿Está usted seguro--le dije siguiendo mi sistema de interrupciones y
preguntas, para obtener más de lo que espontáneamente me ofrecía su
agradable laconismo--, de haber puesto de su parte todo el esfuerzo que
requería la empresa?
--¡Segurísimo!--me respondió sin vacilar; y añadió sonriéndose: Puedo
jurarle a usted que en ese linaje de estudios aproveché bien el tiempo.
--Pues me parece muy extraño el resultado--repliqué--, juzgando de sus
sentimientos por los míos.
--¿Por qué?--me interrogó muy serio.
--Porque no es eso lo usual y corriente entre mozos de las condiciones
personales de usted; porque con ellas y en Madrid y en roce continuo con
el mundo y sus golosinas, lo natural es que se las vaya tomando el
gusto.
--No he dicho yo que me desagradaran--se apresuró a replicarme el
médico--. Lo que hay es que esas golosinas, sin desagradarme, no me
satisfacían, no me llenaban, y me dejaban siempre despierto el apetito
de otra cosa más del gusto de mi paladar.
--Y ¿cuál era esa cosa, si puede saberse?
--Lo de acá, la tierra nativa.
--Pero ¡qué demonios puede usted hallar en ella de apetecible hasta ese
punto!--exclamé entonces, verdaderamente asombrado.
--Lo que no hay en lo otro--me respondió al instante.
--Pues no lo entiendo--concluí.
--Ni es fácil--me dijo muy sosegadamente--, desde el punto de vista de
usted, tan diferente del mío.
--Diferente--añadí--, según y conforme; pues, al cabo, se trata de un
hombre que ha visto el mundo algo más que por un agujero, y de aquí mi
asombro precisamente.
Me miró entonces el mediquillo con cierta insistencia recelosa, cambió
dos veces de postura en el sillón, sonrióse un poco y me dijo al fin:
--¿Tacharía usted a un hombre, de los llamados cultos, porque hiciera
coplas... de las buenas, se entiende, o pintara cuadros magistrales,
copiados de la Naturaleza?
--No por cierto--respondí.
--Pues aquí, donde usted me ve--añadió acentuando la sonrisa, que ya
picaba en maliciosa--, me atrevo a creerme algo poeta y un poco
artista... a mi modo, por supuesto.
--Enhorabuena--repliqué--; y sin adularle, no hay en la noticia el menor
motivo para que yo me maraville; pero ¿en qué se opone ella a lo que yo
digo?
--Supóngame usted--prosiguió el médico, sin dejar de sonreír, pero más
animoso y atrevido que antes--, supóngame usted con el delirio del más
grande de los poetas y con la fiebre del más admirable de los pintores;
pero suponga también (y en ello no supondrá más que lo cierto) que no sé
hacer una mala copla ni coger los pinceles en la mano; suponga usted
igualmente que, aunque me enamoran las buenas poesías y los hermosos
cuadros, no satisfacen por completo las necesidades de esa especie que
padezco yo, y suponga, por último, que en este valle mínimo, y en los
montes que le circundan de cerca y de lejos, cuya visión continua le
abruma y le entristece a usted, y en el conjunto de todo ello, con la
luz que lo envuelve, espléndida a ratos, mortecina a veces, tétrica muy
a menudo, dulce y soledosa siempre, y con los ruidos de su lenguaje,
desde el fiero de la tempestad hasta el rumoroso de las brisas de mayo,
y su fragancia exquisita nunca igualada por los artificios orientales,
encuentro yo cada día, cada hora, cada momento, el himno sublime, el
poema, el cuadro, la armonía insuperables, que no se han escrito, ni
pintado, ni compuesto, ni soñado todavía por los hombres, porque no
alcanza ni alcanzará jamás a tanto la pequeñez del ingenio humano: el
arte supremo, en una palabra... ¿No halla usted en esta razón, poco más
que esbozada, algo que justifique estas inclinaciones mías que tan
inexplicables le parecen?
--Algo hay, en efecto--respondí--; pero no lo bastante, a mi entender--y
añadí, dejándome llevar demasiado de mis instintos un tanto prosaicos--:
porque todo ello es, al cabo, mera poesía.
--Ya le he dicho a usted--me replicó, como si se excusara en broma de
una grave falta--, que tengo la debilidad de creerme algo poeta, aunque
meramente pasivo; pero es lo cierto que eso, tan mal expresado por mí, y
sea ello lo que fuere, es, algo más razonado y en escala mucho mayor, lo
mismo que yo sentía de muchachuelo en mi lugar; lo que echaba de menos
en Madrid, y lo que parece necesitar mi espíritu aldeano para vivir a su
gusto. Concédame usted para mi pecado--añadió con ademanes de la más
esmerada cortesía--, siquiera la tolerancia que no negará a los hombres
cultos de las ciudades, apasionados de los buenos cuadros y de los
buenos libros.
--Aun así, y usted perdone mi insistencia--observé con un tesón que no
era todo sinceridad ni del mejor gusto--, no me sale la cuenta que usted
se echa a sí propio. Esos hombres de la ciudad no viven constantemente
entre sus libros y sus cuadros.
--Tampoco yo entre los míos--replicó el médico enseguida.
--Esos hombres--continué yo, aparentando no enterarme de su réplica por
el gusto de enredarle en otras nuevas acabarían por hastiarse de sus
cuadros y de sus libros y por tomarlos en aborrecimiento si no llevaran
a menudo su atención a otras ocupaciones y a otros lugares muy
distintos... ¡Pero esta monotonía de aquí!...
--¡Monotonía!--repitió el mozo enardeciéndose un poquillo--. ¡Y yo que
la encuentro solamente en las tierras llanas y en sus grandes
poblaciones! Madrid, Sevilla, Barcelona... París, la capital que usted
quiera, ¿pasa de ser una jaula más o menos grande, mejor o peor
fabricada, en la cual viven los hombres amontonados, sin espacio en qué
moverse ni aire puro que respirar?... ¡Ocupaciones!... ¡La ocupación del
negocio, la ocupación del café, la ocupación del paseo, la ocupación de
la calle, la ocupación del Casino, o del teatro, o de la Bolsa...! Yo no
digo que algunas de estas ocupaciones y otras muchas de los mundanos no
sean útiles y necesarias para los fines de la vida, de lo que se llama
vida de los pueblos y de las naciones; pero niego que, con excepciones
muy contadas, sea cómodo, vario y entretenido nada de ello para la vida
espiritual en naturalezas como la mía y otras muchas... incluso la de
usted--añadió, volviendo a sonreírse, si tuviera yo la fortuna de
hacerle percibir la infinita variedad de encantos y de aspectos que se
encierra y se contiene en esto que, a las primeras ojeadas de un
profano, sólo parece un hacinamiento enorme de peñascos y bardales.
Siguió a este desahogo un himno entusiástico, hermosa y altamente
entonado, a la «madre Naturaleza», di por visto, y de muy buena gana, lo
que él deseaba que yo viera; y más por hundir otro poco mi sonda en sus
adentros que con intención de arrancarle sus ilusiones, díjele al cabo:
--Pase, pues, lo de la amenidad, lo de la hermosura y hasta la
sublimidad y la elocuencia de este escenario que le encanta y maravilla;
pero ¿y los actores que le acompañan a usted en la égloga perenne de su
vivir? ¿Qué me dice usted de ellos... del hombre... vamos, de los
hombres?
--¿Qué tienen esos hombres que tachar?--preguntóme a su vez el médico.
--Que son rústicos, que están ineducados.
--Como deben de ser y como deben de estar--me replicó inmediatamente--,
para el destino que tienen en el cuadro. Lo absurdo y lo indisculpable
fuera en mí, que no pido ni puedo pedir en estas soledades agrestes las
óperas del Teatro Real, ni los salones del gran mundo, ni los trenes
lujosos de la Castellana, exigir a estos pobres campesinos la elocuencia
de nuestros grandes tribunos, las habilidades de nuestros políticos y el
saber de nuestros doctores y académicos.
--Santo y bueno--dije yo entonces creyendo poner una pica en Flandes--,
para la vida contemplativa, para la de pura delectación estética; pero
no se trata de eso, amigo mío, sino de la realidad prosaica de la vida
social y, digámoslo así, de todos los días. Estos hombres tienen las
miseriucas y las roñas propias y peculiares de su baja condición y,
además, por su ignorancia no pueden entenderse con usted.
Aquí fue donde el médico se enardeció casi de veras, como si hasta
entonces no hubiera tomado el asunto verdaderamente por lo serio.
Comenzó por decirme que donde quiera que había hombres, cultos o
incultos, había debilidades, roñas y grandes flaquezas; pero que, roña
por roña, flaqueza por flaqueza y debilidad por debilidad, prefería la
de los aldeanos, que muy a menudo le hacían reír, a la de los hombres
ilustrados, cuyas causas y cuyos fines, por su abominable naturaleza y
sus alcances, casi siempre le ponían a punto de llorar. En cuanto a no
poder entenderse con los vecinos de Tablanca, era otro error mío y de
otros muchos hombres cultos, empeñados en tomar ciertas cosas al revés.
¿Por qué ha de ser el hombre de los campos el que se eleve hasta el
hombre de la ciudad, y no el hombre de la ciudad el que descienda con su
entendimiento, más luminoso, hasta el hombre de los campos para
entenderse los dos? Hágase este trueque, y se verá cómo resulta la
inteligencia mutua que se da como imposible por los que no saben
buscarla. Y no haya temor de que las dos naturalezas se compenetren y de
las roñas de la una se contamine la otra; porque la comunicación no ha
de ser continua ni para todo, y al hombre culto, por lo mismo que es más
inteligente, le sobran medios para no rebasar de los límites de la
prudencia y hacer que cada uno de los dos guarde el puesto que le
corresponde. Y en este equilibrio, que no deja de ofrecer dificultades,
¡cuánto se aprende a veces del hombre rudo de los montes, por el hombre
culto de las ciudades, y cuánto halla éste que ver y que admirar allí
donde los ojos avezados a los relumbrones llamativos del mundo
civilizado, sólo distinguen sombras, monotonía, soledades y tristezas!
Como, al llegar aquí, me pareciera el médico dispuesto a callarse, por
su natural modesto y reservado, y a mí me fuera gustando mucho su
palabra, tan fácil como sobria, preguntéle, antes que el hornillo de su
entusiasmo comenzara a entibiarse, qué cosas eran aquellas que podían
verse y admirarse por el hombre culto en sus relativas intimidades con
el aldeano.
Y entonces se enfrascó el simpático mediquillo de Tablanca en otra
teoría, que no me vendió por nueva en el fondo.
Según él, los tiempos de hoy no eran peores que otros tiempos de los
cuales han dicho siempre los respectivos moralistas, que fueron los
tiempos más malos de todos los habidos hasta ellos: antes al contrario,
le parecían los actuales, en lo bueno, hasta mejores que los pasados. En
lo malo, y no por la cantidad, sino por la calidad de ello, estaba el
punto litigioso. En su concepto, la maldad de ahora alcanzaba mayor
hondura que las de antes en el cuerpo social: le había invadido el
corazón y la cabeza; ésta se atrevía ya a todo y con todo, y aquél no se
conmovía por nada, gastada su sensibilidad con el roce de tantos y tan
continuos sucesos, porque en ninguna época del mundo han acontecido
tantos y tan extraordinarios en tan breve tiempo como ahora. De aquellos
atrevimientos y de esta insensibilidad, había de venir, estaba ya
llegando, la parálisis absoluta en la vida espiritual de los hombres. La
fe en lo divino y el sentimiento de lo reputado siempre por lo más noble
en lo humano, iban relegándose al montón de las cosas inútiles, cuando
no perjudiciales; apenas se concebían los grandes héroes de otras
épocas, cuanto más los sentimientos que los habían exaltado desde la
masa común de los anónimos, hasta las páginas más esplendentes de la
Historia. No era posible ya, ni siquiera de «buen gusto», sentir
entusiasmo por nada, ni de lo de tejas arriba ni de lo de tejas abajo.
La verdadera agonía del espíritu social. De eso adolecían los tiempos
actuales, y por ahí venía la muerte del cuerpo colectivo. Le corroía la
gangrena por los grandes centros de su organismo atiborrado: por la
ciudad, por el taller, por la Academia, por la política, por la Bolsa...
por donde más caudal representa el torrente circulatorio de las
insaciables ambiciones del hombre culto. Pero, por misericordia de Dios,
le quedaban sanas todavía las extremidades, algunas de ellas por lo
menos, y sólo con la sangre rica de estos miembros podía, con mucho
tiempo y gran paciencia, purificarse y reconstituirse la parte
corrompida de los centros.
--Pues estos miembros sanos--añadió el médico con viril entereza--, son
las aldehuelas montaraces como ésta. Y digo montaraces, porque si vamos
a meter el escalpelo en las más despejadas de horizontes y más abiertas
al comercio de las ideas y al tufillo de la industria, sabe Dios lo que
hallaríamos en sus fibras... ¿Le parece a usted poco--preguntóme en
conclusión--, este verdadero tesoro entre otros semejantes bien fáciles
de distinguir, para ser admirado por un hombre culto capaz de
entusiasmarse con algo todavía? ¿Y no es trabajo bien honroso y muy
entretenido el que procuran la conservación y hasta el fomento de esto
que yo me he atrevido a llamar tesoro, a riesgo de que usted se ría de
él y de mis candorosos idealismos?
Algo más dignas de respeto eran las teorías del noble mozo, aunque sólo
las estimara por el fervor y el honrado convencimiento con que me las
exponía, y así se lo declaré; pero añadiéndole que apreciaría yo mejor
la fuerza de sus razones viéndole luchar contra mis dudas en terreno más
trillado por la realidad de las cosas: al cabo era yo, en más o en
menos, de los gangrenados por el virus de la ciudad, y gustaba de ver
los asuntos por su lado práctico.
Comprendiendo rápidamente lo que intentaba decirle con tantos
circunloquios y metáforas, quizás por otro resabio de mi mundana
cortesía, comenzó por admirarse, a su modo, de que le fuera con
semejante reparo un miembro de la familia de los Ruiz de Bejos. ¿Cómo
podía ignorar yo, con determinados ejemplos a la vista, lo mucho que
quedaba que hacer en los pueblos rurales a los hombres de luces y de
buena voluntad?
--La gran obra--continuó--de la casona de Tablanca, desde tiempo
inmemorial, ha sido la unificación de miras y de voluntades de todos
para el bien común. La casa y el pueblo han llegado a formar un solo
cuerpo, sano, robusto y vigoroso, cuya cabeza es el señor de aquélla.
Todos son para él, y él es para todos, como la cosa más natural y
necesaria. Prescindir de la casona, equivale a decapitar el cuerpo; y
así resulta que no se toman por favores los muchos y constantes
servicios que se prestan entre la una y los otros, sino por actos
funcionales de todo el organismo. Yo creo que es muy de admirarse esta
singularidad que debiera haber saltado ya a los ojos de usted, y que
seguramente no habrá visto más que en algún libraco pasado de moda, pero
como pintura infiel de imaginación, convencional y ñoña. Con esta gran
obra de defensa contra las oleadas maleantes que llegan hasta aquí en
épocas determinadas desde los absorbentes centros políticos y
administrativos del Estado, ¡si viera usted qué sonido tienen en las
concavidades de este recóndito lugarejo los cánticos de las sirenas de
allá; las pomposas vociferaciones de los charlatanes y traficantes
políticos, esos Dulcamaras embaucadores, encomiando específicos que han
fabricado ellos mismos, tomando la salud del pueblo por disfraz de sus
codicias personales! ¡Si viera usted cómo disuenan esos cánticos y
voceríos entre el acordado son de estas costumbres casi patriarcales!
Por eso no se conocen aquí ciertas plagas, relativamente modernas, de
los pueblos campestres, ni han entrado jamás los merodeadores políticos
a explotar la ignorancia y la buena fe de estos pobres hombres... Pero
¡desdichados de ellos el día en que les falte la fuerza de cohesión,
hidalga y noble, que les da la casona de los Ruiz de Bejos!... Todo
esto, como puede presumirse, da bastante que hacer a cada rueda
inteligente de cuantas componen la máquina cuyo eje fundamental es hoy
en este lugar el bien ganado prestigio de don Celso. Pues bien: trabajar
de este modo donde ya exista la máquina, y donde no, trabajar para
construirla, es algo de lo mucho que tienen que hacer en los pueblos
rurales los hombres cultos de buena voluntad. Y crea usted que no faltan
en la Montaña (porque no todos sus habitadores son de tan sana madera
como los de Tablanca) hasta mártires de este heroico trabajo. Quizá
tenga usted ocasión de conocer de cerca a alguno de ellos.
Lo cierto era que si el simpático mediquillo no estaba en lo justo en
cuanto afirmaba, debía de estarlo; y que causándome cierto rubor hasta
las tentaciones de contradecirle en asertos tan honrados y tan hermosos,
dime desde luego, si no por convencido, por puesto en camino de
convencerme muy pronto.
Hablamos algo más todavía, aunque sin tomar los asuntos tan a pecho como
antes; y acabando por donde debía haber empezado, averigué que el médico
se llamaba Manuel; que le llamaban «Neluco» desde que tenía uso de
razón, lo mismo allí que en su pueblo nativo; que no le quedaba en éste,
muerto su padre pocos años hacía, más familia que una hermana, casada
con un propietario de las inmediaciones; que si no era médico de su
propio lugar, consistía en que al recibir el título de Licenciado en
Madrid, estaba vacante la plaza del titular de Tablanca, la cual
pretendió y le dieron, no siendo fácil hallar otra más de su gusto que
aquélla, a no ser la de Robacío, que estaba entonces y continuaba
estando ocupada, y, por último, que tenía veintinueve años y que había
empezado a los veinticuatro a ejercer la profesión en Tablanca, donde se
hallaba como en su propio lugar, y tan apegado a «sus enfermos» como el
pastor a su rebaño.
Vi que me quedaba una hora, antes de la acostumbrada de comer en casa de
mi tío, y quise aprovecharla para pagar la visita a don Pedro Nolasco.
Díjeselo al médico como razón de mi despedida, y se mostró muy dispuesto
a acompañarme si aceptaba yo la molestia de esperarle unos instantes.
Acepté, no la molestia, sino el favor que me hacía en ello; entró él de
un salto en el gabinete, y antes de cinco minutos apareció en la sala
bien calzado y no mal vestido, o, mejor dicho, acabando de vestirse con
graciosa desenvoltura. Cogió un chambergo que estaba sobre una silla, un
cachiporro del rincón inmediato, y me dijo, mientras yo me sacudía las
perneras del pantalón después de enderezarme:
--Cuando usted guste.
Ofrecióme enseguida su casa, aunque era de alquiler, como la vieja que
le servía de patrona por recomendación muy encarecida de su hermana a
quien había zagaleado en Robacío; agradecíle la oferta como era mi deber
en buena cortesía, y salimos juntos, sin los cumplidos corrientes entre
españoles finos, y que tan molestos suelen ser en pasadizos de la
angostura de aquéllos.
X
Al volver a ver la casa del Tarumbo, recordé las «cosas» de éste y hablé
de ellas al médico.
--Yo no sé--me dijo--, si es un hombre feliz o un desdichado, pasándose
la vida, como se la pasa, desviviéndose por los negocios ajenos y
abandonando los propios. Desde luego es su manía de lo más original que
he conocido. No siempre la extrema hasta el punto que usted ha visto
hoy; pero le falta muy poco. Llevar los calzones rotos y predicar al
vecino para que le cosan las roturas de los suyos antes que vayan a más,
es de todos los días. Tiene la mujer tullida, y la deja desamparada muy
a menudo por asistir a un enfermo extraño... y por cierto que es un
enfermero admirable. Últimamente anda muy apurado con el desplome que
dice haber visto en el morio delantero de la casa del pedáneo, y tiene
la suya seis meses hace un boquerón abierto en el jastial del Poniente.
Por estas cosas del Tarumbo, cuando su mujer estaba sana le golpeaba
casi a diario, y hoy que no puede hacer lo mismo, le dice a cada
instante los mayores improperios, los cuales sufre él con igual
resignación que los golpes de otras veces; porque, en medio de todo, es
un bendito, y por eso no sabe uno si compadecerle o si reírse de sus
manías.
Pasando junto a la casita del Cura, inmediata a la iglesia, le llamé
desde abajo para saludarle, pues como nos habíamos visto y hablado ya
varias veces, me sobraba franqueza con él para decirle que estaba más
obligado por las leyes de la cortesía a la visita de don Pedro Nolasco
que a la suya, no quedándome tiempo aquella mañana para dejar pagadas
las dos; pero en lugar del Cura respondió a mis voces su ama, una vieja
muy acartonada y envuelta cuanto de ella asomó por una ventana
correspondiente a la cocina, en tocas y pañolones. Díjome que don Sabas
había salido de casa después de desayunarse en cuanto había dicho misa,
y que probablemente estaría en la casona. Dejéla memorias para él, que
fueron recibidas por la intermediaria con un «resguardo» a mi favor de
lo más fervoroso y pintoresco que se puede imaginar, y continuamos el
médico y yo andando hacia la casa de don Pedro Nolasco, pero hablando
mucho de don Sabas Peña, «una de las ruedas más importantes de la
consabida máquina», al decir de Neluco Celis.
También él notaba la diferencia que había entre el don Sabas de los
altos montes y el don Sabas del valle y de la cocina de don Celso; pero
así y todo, en el hombre de abajo había mucho más de lo que yo creía,
por no haber tenido aún ocasión de conocerle mejor. No hallaría jamás en
él al apóstol de gran elocuencia y mucho saber; pero sí al hombre de
buen sentido y grandes virtudes, consistiendo la mayor de ellas en
ignorar que las poseía. Teniendo en cuenta lo limitado que es el círculo
de ideas entre las gentes rústicas, y que todo cuanto se siembre fuera
de él es simiente perdida, un párroco como don Sabas era cuanto podía y
debía apetecerse para una parroquia como la de Tablanca.
Hablando de estas cosas, me faltó tiempo para pedir a Neluco algunas
noticias sobre el octogenario Marmitón, antes de llegar a su portalada,
cuyas dovelas, removidas y desportilladas ya por la acción de las
intemperies y de las yedras y jaramagos que las invadían por todas sus
junturas, me recordaban un poco la mandíbula superior de su dueño cuando
yo soñé que le había visto devorar troncos y peñascales. Por el estilo
de la portalada me pareció lo que se veía de la casa desde el corral:
muy vieja y muy castigada por el rigor de los temporales y la incuria de
sus amos. Tenía también su correspondiente solana que corría de esquina
a esquina entre dos mensulones de sillería, y por debajo de ella
entramos en el soportal, donde un perrazo pinto que se despertaba sobre
una pila de hojarasca, me enseñó todos los dientes y contuvo un ladrido,
y acaso algo más, por respeto a mi acompañante, que debía serle más
conocido que yo.
Sacudió Neluco dos cachiporrazos sobre la claveteada puerta del
estragal; y sin esperar a que le contestaran arriba, entramos en él y
comenzamos a subir la escalera. A la puerta en que ésta terminaba,
nuevos cachiporrazos del médico. Enseguida levantó éste el pestillo, y
nos colamos dentro: un crucero de pasadizos por el arte del de la casona
de mi tío Celso. Allí dio el médico dos golpes en el suelo con el
regatón del cachiporro, y aparecieron simultáneamente y como evocados
por un conjuro, en una puerta de la derecha, la figura descomunal de don
Pedro Nolasco, y en otra de la izquierda, la de una jovencita, algo
desaliñada de ropa y de peinado, pero limpia como los oros, fresca y
rozagante como una rosita de abril...
--¡Ay, que es Neluco!--exclamó con un timbre de voz que parecía nota de
un salterio, y con su carita de angelote de Rubens, inundada de
alegría--. ¡Toma!--añadió enseguida viniendo hacia nosotros y mirándome
un tantico ruborizada, como si tratara de enmendar su descortesía
conmigo--. ¡Y viene con otro señor muy cabayeru! Vaya, ¡seré yo
tochona!... ¡Pues si es el sobrino de don Celso!... ¡Vile yo en misa el
domingo! ¡Hija, qué torpe de mí!... Y ¿cómo está usté? Mire, señor don
Marcelo, ha de perdonarme si me jaya de este arte, porque he estado
amasando en la cocina con la mi madre y las mozas pa la jorná de esta
noche, y ahora mismu iba a ponerme un poco más cristiana...
Tal era la vehemencia de su afabilidad, que no me ofreció el más ligero
intersticio para colarme con una respuesta a su saludo o una
satisfacción galante a sus excusas. Pero ¡qué donosa estaba y qué linda,
con su revoltijo de cabellos castaños sombreándole la cara juvenil,
tersa y sonrosada, hablando por sus ojos azules, de largas pestañas,
tanto como por su boquita de labios rojos sobre los dientes más blancos
y apretados que yo he visto en mi vida, mientras se afanaba por cubrir
con las antes recogidas mangas de su vestido, y debajo de los flecos y
sobrantes del espeso chal con que se envolvía el gracioso busto, sus
rollizos brazos, salpicados aún por leves costras, lo mismo que las
manos pequeñuelas y rechonchas, de la masa de «pan de trigo» que
acababan de «sobar»!
De pronto sonó hacia la puerta frontera, tapiada casi con la mole de don
Pedro Nolasco, algo como el estruendo de un cañonazo, que me decía:
--¡Adelante, cabayeritos!
Y por obedecer a don Pedro que nos llamaba, apartámonos de la linda
panadera que nos empujaba con los ojos hacia él mientras se despedía de
nosotros «hasta luego»; pero de tal modo, que con ello y con algo más
que yo había creído notar antes, y un poco de malicia que nunca falta en
los pensamientos de los hombres en determinados casos, como aquél, no
pude menos de exclamar en mis adentros:
--¿Si serán estos los anteojos con que mira Neluco estos lugares que tan
hermosos le parecen?
Visto de cerca don Pedro Nolasco y a la luz del día, me pareció mucho
más grande y más feo que en la cocina de mi tío, a la luz de la fogata y
del candil: mejor que de un ser racional, la piel de su cara, por su
aspereza y por su color agrisado, parecía de coloso paquidermo; sus ojos
reventones, resultaban verdes con ramajos encarnados; la cabeza
descomunal, apenas le cabía entre los hombros hercúleos, y todo su
conjunto, con lo grasiento del vestido que le envolvía, se destacaba
brutalmente sobre las blanquísimas paredes del salón en que fuimos
recibidos; salón viejo, eso sí, con suelo y viguetería de castaño casi
negro, como los muebles que contenía; pero limpio todo y sobado hasta
relucir, con algunas chucherías sobre la cómoda y en las paredes, que
denunciaban la pulcritud y las delicadezas de una mujer como la que
acababa de despedirse de nosotros en el crucero de los pasadizos. De la
cual supe en el acto que era nieta de don Pedro Nolasco y que se llamaba
Lita (Margarita). Su madre, la hija menor de las que había tenido el
gigante, era viuda de un jándalo rico, que se murió a los dos años de
casado. Esto me lo contó a cañonazos y muy poco a poco el ochentón de la
Castañalera, que con ser tan grande y tan feo, no era desagradable: a mi
ver, por el fondo noblote y honrado que se descubría a través de los
poros de su corteza silvestre.
Al acabarse estas salvas del vozarrón de don Pedro Nolasco, entró en
escena su hija, la viuda del jándalo, una mujer como de cuarenta años,
sana y frescachona todavía, más corpulenta que Lita, pero muy parecida a
ella en el color y en el corte de la cara, y, sobre todo, en la
afabilidad expansiva. Me dio mil excusas por no haber venido antes a
conocerme y a saludarme, fundándolas en las mismas razones que su hija;
y sin hacer caso de los cumplidos con que yo la respondía, echó sobre mí
todo el cuestionario de rúbrica, a que tan acostumbrado estaba en aquel
pueblo: si me gustaba la tierra aquélla; que cómo había tardado tanto en
ir a conocerla y tomarla buena ley, porque era mucha la falta que yo
hacía allí en muriéndose mi tío; que mejor sería París de Francia desde
luego, pero que ella (la viuda) no cambiaría a Tablanca por nada de este
mundo, aunque jamás había pasado, hacia abajo, de San Vicente, y hacia
arriba, de Reinosa; si por los retratos que había visto en la casona,
era yo más parecido a mi padre que a mi madre; que por dónde andaba mi
hermana y qué sabía de ella... hasta que en éstas y otra tales, oí pisar
menudito y fuerte en el carrejo inmediato, y apareció en el salón,
llenándole de frescura y regocijo, Lita recién peinada, sin el pañolón
de antes y con una chaqueta en su lugar, que aunque no se ajustaba al
cuerpo, ponía bien a las claras la elegancia y la riqueza de sus curvas.
Con dos deditos más de altura, creía yo que no habría la menor tacha que
poner, como estampa hechicera, a la nieta de don Pedro Nolasco. Pero ¿de
dónde sacaba aquel diablejo, que no había conocido más mundo que el
contenido en las riberas de la mitad del Nansa, es decir, una rendijilla
de pocas leguas entre dos taludes montañosos, aquellas delicadezas de
tocado y de vestido, y aquellas travesuras y zalamerías que tanto la
separaban del tipo común de las mozonas del valle, que, de seguro,
habían corrido tanto mundo como ella?
Sentóse entre su madre y Neluco y casi enfrente de mí. Yo no la quitaba
ojo, y puedo jurar que me registró con los suyos, parleros y
escrutadores, desde los pies hasta la cabeza, mientras me acosaba a
preguntas por el estilo de las que aún no había cesado de hacerme la
jándala viuda. Me daba gusto oírla y mirarla. Pocas veces había visto yo
en mujer alguna concierto más cabal y más donoso entre la palabra y el
gesto, entre la idea y el movimiento expresivo. Hasta las puntas de los
pies, calzados en menudas zapatillas de abrigo y que apenas alcanzaban
al suelo, cantaban, a su modo, en aquella música que parecía un gorjeo.
En dos ocasiones habían intentado la madre y la hija ir a visitarme;
pero como yo nunca paraba en casa... Porque esa visita la creían ellas
muy puesta en razón: sin contar con lo que pedía la buena crianza,
éramos parientes; ¡vaya si lo éramos! Por los Ruiz de Bejos un poco, y
por los Castañaleras, más de otro tanto. En demostración de ello, fue
sacando entronques la viuda; y cuando ya comenzaba yo a enterarme, por
su labor, del parentesco, metió en ella nuevos hilos don Pedro Nolasco,
y toda la madeja se me hizo una maraña; pero me guardé muy bien de
declararlo así: antes al contrario, me di por convencido y hasta me
felicité de ello.
--Como que resultamos primos--concluyó la viuda--, aunque un poco
lejanos; pero no tanto, si bien se mira, que pudiéramos casarnos los dos
sin dispensa...
Y se echó a reír con toda su alma.
--¡Hija de Dios!--exclamó entonces la rapazuela con un estirón de faldas
hacia la rodilla, mientras se llevaba hasta la boquita risueña la otra
mano a medio cerrar--. ¡Y yo que estuve a pique de tuteále, cuando
ahora, por la cuenta, me sale tío!
Podría no ser todo esto rigurosamente «correcto»; pero a mí me resultaba
muy entretenido. Enseguida, vuelta a repetirme la hija lo que ya me
había dicho, y también la madre, y también el Cura y don Pedro Nolasco y
cuantas personas habían hecho en Tablanca conversación conmigo: que
«aqueyu» no era Madrid; que se me vendrían los montes encima, y que
avezado a tratar con señorones mundanos, y puede que con marqueses y con
príncipes, los aldeanos de Tablanca habían de parecerme «jabatus», pero
que si miraba bien por las dos caras uno y otro... ¡ay, y cómo se
alegrarían ellas y todos los allí presentes y los vecinos del valle de
punta a cabo, y hasta las estrellitas del cielo, de que viera yo las
cosas como podían y debían de verse! Porque el pobre don Celso estaba ya
para poco, y en acabándose él... En fin, lo de costumbre... Por aquí se
coló don Pedro Nolasco con un himno «cañoneado» a la madre Naturaleza, y
un juicio comparativo sobre la paz de la aldea y los laberintos de la
ciudad. Porque había de saber yo que también él había corrido el mundo
en sus mocedaes... Le llamó entonces a Madrid un pariente que tenía por
allá, y como se veía robusto y fuerte, acudió a la llamada. Cogiéronle
en la corte tiempos azarosos y de peligro por las agonías de la
«francesada»; y habiéndole salido en Valencia una colocación que pareció
a su tío muy de aprovecharse, aceptóla de buena gana. Estaba ella en las
afueras de la ciudad, y en un lavadero de lanas de los señores Botifora
y Compañía, los mismos que rezaban en el bando que me había relatado de
memoria el zumbón de su pariente Celso. Si en Madrid no se había
«jallau, por la secura y el anchor del territoriu» en Valencia se
«jalló» menos, con un sol que le «ajogaba» en verano y un hablar de
gentes que no parecía de cristianos. Soñaba día y noche con las praderas
y las montañas de su tierra; y antes de enfermarse de un «cordial» que
le matara, volvióse a ella más que de paso, a los dos años no cumplidos
de haberla dejado por tentaciones del enemigo malo. Hallóse en Tablanca
como rey en sus palacios, y se había guardado muy bien, desde entonces
hasta la fecha, «de sacar una pata» medio jeme fuera de su término
municipal... Ochenta y cuatro años contaba a la sazón, sin saber lo que
era un mal dolor de tripas. Había tenido dos mujeres, diez hijos y
veintidós nietos. Una gran parte de ellos andaba años hacía por el otro
mundo; rodaba por éste, y no muy lejos, la mayor de los vivos, y a la
vista tenía yo lo único que le quedaba en Tablanca: poco, pero bueno,
eso sí, para recreo de su vejez. Había qué comer en su casa, y salud y
buen apetito para comerlo. En recta justicia, ¿qué más había de pedirle
a Dios, si no era la merced de una buena muerte?
Con esto y poco más se acabó la visita, durante la cual no desplegó los
labios Neluco, ni miró a Lita con la intención que yo esperaba, ni Lita
le miró a él más que cuando le dirigía la palabra con una llaneza que
tenía más de fraternal que de otra cosa. Recomendáronme mucho los tres
de casa que no me olvidara del camino de ella, y hasta me convidaron a
comer, «un día de mi agrado», juntamente con Neluco, para que no pesara
sobre mí solo «la penitencia».
Todo esto me pareció bien y muy en su lugar; pero ¿por qué una aldeanuca
como la nieta del Marmitón tenía aquellos aires y aquellas travesuras de
señorita de ciudad? ¿Por qué se tuteaba con Neluco y había entre los dos
una intimidad tan sospechosa?
Me atreví a hablar de ambos particulares al mediquillo apenas salimos
del caserón de don Pedro Nolasco. Por cierto que hubiera jurado yo que
en el apretón de manos y en la mirada con que despidió Lita a Neluco en
la penumbra del pasadizo, en el cual iba el médico el último de todos,
había mucho del picante de mis sospechas.
Sobre el primer punto, me dijo Neluco que Lita, nacida y criada en
Tablanca, no había tenido más escuelas que la del maestro del lugar y la
de su propia madre, ni había corrido más tierras que las comprendidas en
tres o cuatro leguas a la redonda. Ocho días en casa de unos parientes
de acá por celebrarse durante ellos la romería del pueblo; una quincena
con los de Robacío por una causa parecida, y muy poco más por este arte.
El resto era obra del instinto y de la fuerza de visión que tienen las
mujeres tan perspicaces y tan guapas como Lita, para taladrar montañas
con los ojos, ver hasta lo invisible al otro lado, y saber guardar su
puesto donde quiera que habitan, por aislado y obscuro que el lugar sea.
El otro punto aún era más fácil de explicar. Tablanca y Robacío eran dos
pueblos que se «trataban» mucho; y las familias de Lita y de Neluco, muy
amigas desde tiempo inmemorial: hasta había algo de parentesco entre
ellas. Lita había pasado, de niña y de moza, buenas temporadas en casa
de los Celis; y Neluco, mientras vivió en Robacío, a cada instante se
llegaba a Tablanca y casi siempre comía y se hospedaba en casa de don
Pedro Nolasco. Se explicaba, en efecto, de este modo y muy
sencillamente, el tuteo y la familiaridad entre el médico y la nieta del
Marmitón; pero lejos de oponerse, ¿no ayudaba esto a lo otro que yo
sospechaba? Apunté, como en chanza, unas indagaciones en este sentido.
Igual que si hubiera dado con los nudillos en una peña del monte. Hasta
dudé si Neluco se había enterado de ellas. Lo cierto es que si no eran
fundadas mis sospechas, debían de serlo.