--Estás equivocado. Me he hecho un gran bien a mí mismo. Y tanto, que

ahora no estoy descontento de mí. No sé lo que he de hacer mañana; pero

sé que si soy otro hombre, lo debo a mis ideales.

--¿Volverías entonces a las andadas?--exclamó Torres con fastidio.--No

veo en qué eres un hombre nuevo. Al contrario, ¿eh? lo que hallo en ti

es que la vida no te ha enseñado nada. Parece mentira que después de un

año de fracasos, de fracasos en todo sentido, ¿eh?, todavía pienses en

salir tú solo a reformar el mundo.

Monsalvat quedó un instante pensativo. Luego dijo:

--La vida, no los fracasos, porque no fracasé, me ha enseñado la poca

eficacia del esfuerzo individual. Ahora creo que no solamente nunca

lograría reformar el mundo, sino que tampoco lo reformarían cien mil

hombres que procedieran aisladamente como yo.

--¡Vaya, hombre! Por fin--exclamó Ruiz de Castro.--Era tiempo de que te

convencieses de que el mundo es irreformable.

--No he dicho eso. ¡No! Al contrario, ahora lo considero más reformable

que nunca. Pero ahora sé que es necesario una disciplina, un método,

un programa. Ahora sé que el ideal individual, la acción de un solo

hombre, son poco eficaces para el buen éxito. Pero no reniego de ese

ideal ni de su acción, pues de allí parte el impulso. La acción, por

acertada que sea, no puede triunfar si no la precede y la acompaña

un ideal exaltado. ¿Me comprenden? El mundo ha de ser reformado en

absoluto, hay que construirlo otra vez. Pero se debe ir poco a poco. No

con demasiada lentitud, sin embargo. Poco a poco, sí... ¡Pero de cuando

en cuando, el fuerte impulso de los idealistas, de los soñadores, de

los locos, de los que proceden por corazonadas!

Los dos amigos se miraron. Consideraron sin duda que Monsalvat era caso

perdido.

--Pero ¿para qué tanta reforma del mundo? ¿Para casarte con una

loca?--exclamó Torres, brutalmente.

Monsalvat no contestó. Su amigo comprendió la injusticia de sus

palabras, y para atenuar su efecto trató de mostrarse cariñoso. Habló

de temas triviales. Estaba junto a Monsalvat, y su brazo, extendido

sobre el espaldar del banco, tocaba los hombros del amigo. De vez en

vez, con cualquier pretexto, sobre todo si había que reir, bajaba un

poco el brazo y apretaba cariñosamente la espalda de Monsalvat.

Se fueron descontentos. Monsalvat vió que todo en él, sus opiniones,

su vida del año anterior, sus sentimientos, eran comprometedores para

aquellos hombres. Les creía buenos y relativamente generosos; pero

débiles ante las opiniones del mundo. No dudaba de que, por más que le

quisiesen, entre él y la sociedad optarían siempre por la sociedad.

Y desde entonces, Monsalvat no pensó sino en huir de aquella casa.

Quería huir para que sus amigos ignorasen adónde iba. Ya que él les

comprometía, iba a ahorrarles el trabajo y la pena de abandonarle. Él

abandonaría a sus amigos. Quería pasar por un desagradecido antes que

aceptar la molesta situación que se origina entre personas que desean

cortar una amistad y no se atreven o no pueden o no saben hacerlo.

Monsalvat quería también ser libre. No ya con la libertad material,

que lograría cuando quisiese; sino libre de aquellos amigos que

representaban el único hilo que le ataba aún a la sociedad.

Y un día huyó del sanatorio. No llevaba sino lo puesto. Ni un centavo

en el bolsillo. Desde Almagro vino al centro a pie. Era el amanecer. Un

cielo límpido, transparente, se ahondaba en una vasta profundidad azul.

Algunas estrellas se retardaban todavía. En las calles las últimas

sombras iban retirándose lentamente. Las más tenaces se aguaban bajo

los árboles y rodeaban los troncos y las ramas, como velos oscuros. A

lo lejos, por el lado del puerto, acababa de surgir una tenue claridad

rosada. A Monsalvat aquel primer contacto con la vida exterior,

después de varios meses de clausura, causábale una extraña sensación

de alegría, de inocencia, de rejuvenecimiento. ¡Oh, sí! ¡El mundo era

nuevo, había nacido otra vez!

Y mientras recorría las calles solitarias, se complacía en ese bello

sueño. No sentía ni el frío ni el cansancio. Imaginaba que todo había

sido reconstruido. El cielo era más hermoso que antes, las cosas

tenían una pureza desconocida, los hombres vivían en el mutuo amor.

Pensó que siempre debió ocurrir lo mismo. ¿Cómo podían los hombres

no amarse mutuamente, ignorar la pureza del corazón, con aquel cielo

y aquellos colores y esa claridad que avanzaba con tanta gracia, con

tanta armonía, con tanto cariño para los hombres y las cosas? Pero

entonces recordó que los hombres, salvo los pequeños de la tierra, no

contemplaban jamás estas claridades. Y pensó que tal vez por ello no

advertían el advenimiento de otra claridad, de otra aurora que iba

pronto a llegar...

Pasaban las calles arboladas. Iba despertando la ciudad. Gentes

humildes, trabajadoras en su mayoría, aparecían ahora a cada momento.

Las puertas de las casas se abrían. El cielo había perdido su hondo

azul y se volvía claro, refulgente, luminoso. El mundo estaba rosado,

como si una cándida suavidad lo envolviera. Luego surgió el sol, y la

mañana se llenó de rumores, de luces, de alegrías, de miserias. ¡La

vida! Monsalvat respiró aquella libertad. Sintióse sano y bueno. El

frío había huido de su cuerpo y no pensaba en nada.

Pero no pasó mucho tiempo sin que la fatiga le saliese al encuentro.

Quiso alejarla. Inútilmente. Ella se prendió a sus piernas, abrazó su

cuerpo y le hizo difícil el caminar. Iba llegando a la plaza del Once.

Cuando estuvo allí se sentó en un banco. Descansó una hora, dormitó un

rato. Después pensó en su situación. ¿Adónde iría? Ante todo necesitaba

casa. En un hotelucho de la plaza del Once, un establecimiento ambiguo

y sórdido, le negaron pieza por no llevar valija. En otros hoteles de

modesta categoría sucedióle lo mismo. Así pasó la mañana. Por fin se

acordó de un español, cuya mujer tenía casa de huéspedes en la plaza

Lavalle, y al cual favoreció él en otro tiempo. Y allá se encaminó.

Era más de las doce y el hambre comenzaba a hostigarle. En la plaza

Lavalle, al pasar por los Tribunales, quiso disimularse. No deseaba

que le viese ninguno de sus antiguos compañeros. Apresuró su paso,

mirando a los que venían en dirección contraria. Pero de pronto, al ir

a cruzar la calle, topó con un sujeto mal entrazado, que le saludaba

con actitudes serviles. Era Moreno. El hombre dijo que frecuentaba

siempre los Tribunales en procura de copias o de algunas comisioncitas.

Monsalvat le preguntó por la mujer y por Irene.

--Mi doptor, la desgracia se enseñoreó de mi castigado hogar. Irene...

¿Pero a qué recordar males pasados? Otro día, mi doptor, le contaré

largamente los sucesos. Ahora, luchamos con mejor éxito contra el

ensañamiento de los Hados. Mi mujer es encargada en un conventillo. Un

poco lejano, allá en Barracas, cerca del puente. Pero en fin, vivimos,

mi doptor.

Mientras el hombre seguía hablando, Monsalvat encontró la solución

necesitada. Preguntóle a Moreno si había un cuarto desocupado en la

casa.

--En efecto, mi doptor. Lo hay. Pero, ¿por qué esa pregunta?

--Porque yo lo tomo desde este instante.

Moreno quedó estupefacto. Luego protestó, con grandes aspavientos. Él

nunca permitiría que el doctor Monsalvat, una antigua lumbrera de la

ciencia jurídica, fuese a vivir en un miserable tugurio. Pero Monsalvat

insistió. Eso era cosa de él. Moreno imaginó que sin duda Monsalvat

trataba de ir a ese barrio para hacer alguna gran obra de bien, y

consintió en llevarle. Además, pensó en sus seguros beneficios. No

le faltaría algún pesito para los vicios, algunas comisiones, alguna

dádiva de importancia. Sin contar con los buenos pretextos que él

inventaría: negocios, deudas urgentes, falta de ropa.

El procurador daba las señas de la casa cuando unas palabras de

Monsalvat le exaltaron a la cumbre del azoramiento. El doctor le

había pedido algunas monedas para el tranvía. Moreno, a causa de la

impresión, quedó con los brazos abiertos, rígido. Había dado a su cara

una expresión de espanto.

--¿No es broma, mi doptor?--exclamó luego, incrédulo.--¿Es posible

que a este infeliz Moreno, a Moreno el paria, a Moreno el hijastro de

la providencia, le pida unas monedas el sapiente, el ilustre doctor

Fernando Monsalvat?

El procurador observó el aspecto de Monsalvat y comprendió que su

situación no era envidiable. Estuvo a punto de negarle que en el

conventillo hubiera cuarto. Pero recordó todo lo que Monsalvat hizo

por su familia, y, en un momento de generosidad, sacó de su bolsillo

diez centavos y se los entregó al abogado. Cuando Monsalvat se alejó,

el hombre quedó un cuarto de hora con los brazos cruzados, cabeceando

filosóficamente, meditando sobre los destinos humanos.

Monsalvat instalóse en el conventillo.

Escribió a su madrastra, es decir, a la mujer legítima de su padre,

exponiéndole sus derechos a la herencia y pidiéndole una cantidad, a

cambio de ellos. Su padre había muerto sin testar, pero él sospechaba

la existencia de un testamento al que sin duda hicieron desaparecer.

Los amigos de Monsalvat, Ruiz de Castro principalmente, querían

obligarle a pleitear, pero él jamás consintió. En la carta dirigida a

su madrastra, a la que apenas conocía, hablaba con modestia, invocando

la justicia, pero también insinuando su deplorable situación económica,

como para despertar sentimientos fraternales. Mandó la carta con Moreno.

Su madrastra era una mujer perversa. Desde niño, le hizo a él todo

el daño que pudo. Nunca asintió en que conociera a sus hermanas. Las

niñas debían ignorar la existencia de aquel pecado de su padre. Ellas

debían creer que Fernando era un pariente lejano. La señora no contestó

la carta. Limitóse a poner dentro de un sobre un billete de cincuenta

pesos. Monsalvat, que no se fijaba en cantidades y que no advertía

la maldad ajena, no comprendió la intención ofensiva de semejante

envío. Por el contrario, admitió el dinero alegremente, y todavía se

lo agradeció en una afectuosa carta. Los cincuenta pesos fueron para

comprarse un poco de ropa, para pagar parte del alquiler del cuarto y

para remunerar las comisiones de Moreno. Durante el segundo mes vivió

del agradecimiento de la mujer de Moreno, que le permitió quedarse allí

sin pagar. Dijo la mujer al propietario del conventillo que el cuarto

estaba desocupado. Monsalvat no tenía ni qué ponerse. La mujer de

Moreno le daba algo de comer: lo que sobraba en su cuarto, que era bien

poca cosa.

Mientras tanto, él escribía artículos y los mandaba a los diarios y a

las revistas. Convencido de que algo tenía que decir, había concluido

por sentir en él la vocación de escritor. En una revista le publicaron

un artículo. Los treinta pesos fueron entregados a su protectora.

Ese mismo día se preparó para salir. Llevaba dos meses de clausura, dos

meses extraños, viviendo una vida puramente interior, lejos del mundo,

lejos de todo. Acostado casi todo el día, sólo hablaba con Moreno, que

se metía en el cuarto a darle conversación. Él le hacía referir la

triste historia de Irene, que se la oyó así innumerables veces. Pero a

Monsalvat, por más que la supiese de memoria, siempre le interesaba.

Le conmovían los sufrimientos de aquel padre que, al narrar tantas

tristezas, perdía su ridiculez y adquiría algo de noble. Le conmovía la

tragedia de aquella pobre Irene que le había querido apasionadamente.

Irene, enamorada de un hombre que Moreno sospechaba fuese Monsalvat,

había pasado unas semanas como una loca. Era todo nervios,

exaltaciones. Por cualquier insignificancia se ponía furiosa,

amenazaba a la madre, insultaba a Moreno, pegaba a los hermanitos. En

seguida le salió un novio. Un muchacho que trabajaba en una peluquería

del barrio. Era feo, extremadamente moreno, y de poca airosa figura.

Ella lo aceptó, nadie sabía por qué. No le gustaba, decía de él que era

un estúpido y un vulgar. Sin embargo, iba a casarse. Pero un día, una

mujer del barrio le dijo a Irene que el peluquero tenía una amante, una

mujer casada que vivía allí cerca. Era exacto, pero la denunciante no

contó que el peluquero acababa de cortar esas relaciones para casarse

con Irene, a quien comenzaba a querer. Irene sintióse humillada. Le

pareció una injuria espantosa que aquel hombre la engañase. Su amor

propio la enfureció, la enloqueció. Y una tarde, en que sus padres no

se hallaban en la casa, Irene, para vengarse, llamó al primer hombre

que pasó por la calle, y, después de explicarle todo, se le entregó. El

peluquero lo supo. Exasperado, el muchacho acudió con un revólver y lo

descargó sobre Irene. No la hirió. Intervino la justicia y el peluquero

fué a la cárcel. Irene huyó de la casa. Nadie sabía dónde estaba. Lo

único que pudo averiguar Moreno era que todas las semanas su hija

visitaba al peluquero en la prisión. Pero ¿de qué vivía? ¿Y cómo vivía?

--¡Se ha perdido, doptor, se ha perdido!--exclamaba el padre

llorando.--¡Era la flor de mi casta! Era buena, trabajadora... ¡Y linda

como ella sola, mi hija querida! Y pensar que yo tengo la culpa, yo, el

más grande de los borrachos. ¡Las consecuencias del vicio! Porque mi

hijita es una hija del alcohol. Por eso salió como salió.

Y se tapaba la cara con ambas manos, sentado en la única silla del

cuarto, mientras Monsalvat se vestía.

--Cálmese, Moreno, ya la hemos de encontrar.

El hombre levantó los brazos al cielo, y lúgubremente, entre sollozos,

exclamó:

--¡Te fuiste, hija mía! Te fuiste para no volver. ¿Por qué quisiste

asesinar a tu digno padre, el desgraciado, el maldito procurador

Moreno? ¡Destino implacable! ¡Suerte injusta!

Terminaba Monsalvat de vestirse--de colocarse un sobretodo de verano

sobre la camisa, pues había empeñado el saco y el chaleco--, cuando

entró la mujer de Moreno. Dijo que unas señoras deseaban hablar con

Monsalvat. Monsalvat miró severamente a la mujer. Comprendió que se

trataba de damas pertenecientes a alguna sociedad de beneficencia y que

la mujer de Moreno les refirió el caso de Monsalvat: un doctor, un mozo

inteligente y fino, que vivía en la miseria.

Monsalvat salió al patio, dispuesto a no mirar a las señoras, cuando

oyó los gritos de una pobre mujer del conventillo. La mujer hablaba

con desprecio de las señoras, que no la socorrían porque tenía un hijo

y era soltera. Vociferaba contra "los curas", contra las sociedades

de beneficencia, contra las pobres que adulaban a las señoras para

sacarles dinero. Las dos señoras no parecían enojadas ni intimidadas.

Debían serles habituales semejantes escenas. Monsalvat les preguntó:

--¿Es cierto lo que dice esa mujer?

--¡Ay, pero si yo lo conozco!--exclamó una de las damas caritativas,

que resultó ser Isabel, aquella muchacha que una vez comiera junto a

Monsalvat, en casa de Ruiz de Castro.

--¡Es Monsalvat!--exclamó la otra, la gordita oradora y simpática, la

defensora de las instituciones.

Monsalvat les tendió la mano, sonriendo fríamente. Las dos estaban

apenadas de ver la situación de Monsalvat. Pero trataban de disimular,

para no ofenderle. Monsalvat inquirió de nuevo si era cierta la

acusación de la mujer, que aún seguía gritando.

--Es cierto, Monsalvat, pero...--empezó la joven dama.

--Esa mujer tiene entonces razón. A ustedes les falta caridad. Hacen

esto por pasar el tiempo, por ocupar cargos en las sociedades de

beneficencia, por motivos mundanos, y nada más.

Y ya lanzado por este camino, continuó. Fué implacable, duro. Parecía

que ejerciese una venganza. Envuelto en aquel sobretodo que le venía

grande, haciendo raros movimientos con los hombros, abriendo los ojos,

que a causa de la flacura habíanse agrandado, Monsalvat, conminando a

aquellas mujeres distinguidas, en un conventillo de Barracas, resultaba

una figura extraña. Las mujeres bajaban la cabeza, como aceptándolo

todo. Monsalvat, excitado, no advirtió que la muchacha, Isabel, se

apartaba del grupo e iba en busca de la mujer que protestaba, para

darle todo el dinero que llevaba encima, su dinero, no el de la

sociedad. Y cuando Isabel volvió, tampoco pudo notar que la dama se

quitaba un guante y después un anillo. Cuando él se interrumpió, la

señora, en tono humilde, serio, sin sentimentalismo, dijo:

--Monsalvat, tome esto y véndalo y déle el dinero a la mujer.

Monsalvat tomó el anillo.

--Y si usted...

Lo miró, temiendo que se ofendiera. Él hizo un gesto de rechazo. Ella

entonces quiso hablarle aparte, y entró en la pieza, sola con él.

--Usted necesita, Monsalvat. Acepte parte de lo que valga el anillo.

Hay el deber de vivir, Monsalvat. Créame que nosotras no somos malas.

Cuando aquella noche hablé así, usted se acordará, era porque no

conocía el mundo. Después he sufrido y ahora comprendo muchas cosas...

Monsalvat insistió en su negativa. Les dió la mano, ahora con afecto,

y salió de la casa, acompañado de Moreno, que no salía de su asombro

por cuanto viera y oyera y que se ofrecía a Monsalvat para vender el

anillo, cosa que él rechazó de plano. Monsalvat había comprendido

que, en efecto, aquellas dos mujeres, y tantas otras de su condición,

no eran malas sino buenas; y que si parecían malas ello se debía al

ambiente de egoísmo en que se habían formado y vivido. La maldad no era

una cosa individual, sino un producto colectivo, una consecuencia de

las ideas dominantes y de la actual organización social.

Subieron a un tranvía, en dirección al centro de la ciudad. Monsalvat

ahora se alegraba de que viniese Moreno. Sentíase débil. Durante las

dos cuadras que debió hacer a pie, apenas pudo caminar. Las piernas

se le doblaban. En el tranvía iba al principio mareado. Las casas y

la calle no estaban en su verdadero plano. Subían, bajaban, parecían

lejanas. Como el tranvía estaba lleno de gente, Monsalvat y Moreno

habían debido separarse. Moreno ocupó un asiento delantero y Monsalvat

quedó bastante atrás.

El tranvía iba por la calle Piedras. A la altura de Méjico o de

Venezuela el vecino de Monsalvat se levantó para ceder su lugar a una

mujer. Monsalvat no la miró. Sólo veía su vestido negro, de luto. Pero

al cabo de un rato notó que ella le observaba. Pensó que tal vez le

conociera y se avergonzó de su aspecto miserable. Pero era difícil que

le reconocieran, con la barba de una semana, aquel traje sucio, aquella

flacura impresionante, aquel aire de hombre debilitado o enfermo. Se

consoló con estos pensamientos, pero, por si acaso, torció su cuerpo

hacia la ventanilla, para que la mujer no pudiese verle.

Mas apenas realizó esta maniobra, oyó una voz que susurraba su nombre

dulcemente. Palideció, le temblaron las manos. Parecióle que toda una

hilera de casas se hundía unos metros y se desteñía y que el tranvía

marchaba inclinado, como si fuera a caerse.

--¡Cuantos meses sin vernos!--exclamó ella.--Mamá murió. Yo vivo en la

calle Tacuarí, en la casa de huéspedes. Hace tiempo que vivo allí. Mi

hermana dirige la casa. Yo...

Monsalvat había recuperado su normalidad. Pero no hablaba. No podía

hablar. Escuchaba la voz de Nacha como quien oye una música de dulzura

infinita. Escuchaba y soñaba. Pero no podía recordar sino vaguedades.

La miró a los ojos.

Nacha había comprendido toda la vida trágica de Monsalvat. La había

visto en su traje, en su aspecto de enfermo, en sus ojos que no tenían

la fuerza de otro tiempo y que ahora parecían despintados, grises,

incoherentes.

Al cruzar el tranvía la Avenida de Mayo, un hombrón vulgarote,

apaisanado, se acercó a Nacha y la tocó en el hombro. Nacha lo llamó y

lo presentó a Monsalvat.

--Nos casamos pronto--dijo ella.--Es mi novio. Lo conocí en la casa de

huéspedes, donde vive. Nos iremos al campo, a su estancia...

El sujeto miraba a Monsalvat con extrañeza y desconfianza. Estaba

impaciente. Nacha, antes de levantarse, preguntó a Monsalvat su

domicilio.

--¿Mi casa?--exclamó él, como si le hicieran la más rara de las

preguntas.

Palideció otra vez, ahora intensamente. Volvieron a temblarle las manos.

--Quiero que sea mi testigo de casamiento--rogó ella, oprimiendo la

mano de su amigo con una ternura que él jamás conoció en toda su

existencia.

--¡Bueno, ya basta!--protestó el novio de Nacha, con una voz ronca e

indignada.

--No puede negarse, Monsalvat. Se lo pido. Sea bueno conmigo. Dígame

dónde vive.

Monsalvat oyó que alguien daba su dirección.

--Vive en mi casa, señora. Yo soy el procurador Moreno, a sus gratas

órdenes. Me considero un fiel amigo del ilustre doptor. Pertenezco a la

antigua familia de los Moreno de Chivilcoy, y aunque los rigores de los

Hados...

Monsalvat ya no sentía el calor de la mano amiga. Nacha había bajado

del tranvía, arrastrada de un brazo por su futuro marido.

XXIII

Mientras estuvo encerrada por Arnedo en aquellas dos casas, Nacha

sintió aumentar su odio hacia este hombre. Si antes del rapto temía

ser atraída por él, era imaginando que él la deseaba. Pero ahora había

visto su error. Ahora había comprendido que el Pampa era un verdadero

monstruo, al que ella no podía querer en ningún sentido. La había

robado ese hombre, no para hacerla suya, como ella pensó, sino por

venganza, porque detestaba a Monsalvat, por mal instinto, por algo que

había dentro de él y que él no podría remediar aunque quisiera. Nacha

veía que el acto infame del Pampa era "la patada de ultratumba", de

que tantas veces oyera hablar a su madre. Era el indio ancestral que

reaparecía en Arnedo y le obligaba a un acto de barbarie, sin utilidad

ninguna para él, y sólo por hacer el mal.

En su primera prisión, Nacha, indignada, vió una vez al Pampa: cuando

con un revólver apuntándole, la obligó a escribir aquella carta que

sería una catástrofe para Monsalvat. Desde entonces Nacha sentía una

infinita lástima por Monsalvat. Le imaginaba sufriendo por ella,

buscándola por todas partes. Ahora le quería más que nunca. Pensaba en

él las veinticuatro horas del día, y no deseaba sino que llegase una

oportunidad en que pudiera darle toda su alma, sacrificarse toda entera

por el hombre bueno.

Las dueñas de las dos casas le habían presentado a sus mejores

clientes. Nacha, furiosamente, los había rechazado a todos. Quería

irse de allí, amenazaba con la policía. Pero era tal la vigilancia

que no podía ni mandar dos líneas al correo. En la segunda casa logró

la amistad de una de las muchachas: una infeliz, de buena familia.

Laura, como se hacía llamar, sólo iba por las tardes. Hija de un inglés

alcoholista, casado en segundas nupcias con una perversa mujer de clase

media, Laurita, maltratada por su madrastra, olvidada por su padre,

cayó engañada por el eterno novio, y luego el consejo de una lavandera

la condujo a la casa de perdición. Nacha, por medio de Laurita, hizo

saber su situación a uno de los hombres que iban por su amiga a la

casa, un abogado de influencia entre la gente del gobierno. El abogado

dió parte a la policía, y una buena tarde Nacha quedó libre. El Pampa

hubiera ido a la cárcel, pero no hubo modo de que Nacha ni nadie diera

su nombre. Ella afirmaba ignorar quién la robó y la encerró allí.

De la casa maldita, Nacha fué llevada a la policía con objeto de

declarar. El abogado habló allí con ella. Era un hombre compasivo, y,

después de enterarse de la situación de Nacha, le ofreció un poco de

dinero y le preguntó qué pensaba hacer.

--¿Y qué he de hacer? Seguir mi destino, señor.

--¿Su destino? Eso es una palabra sin sentido. Cada uno se crea su

propio destino. Usted debe ir a la casa de su madre.

--No me recibirán, señor.

--Bueno. Iré yo, entonces, y arreglaré el asunto.

Nacha se instaló en el cuarto de Julieta, mientras tanto. Las dos

amigas fueron al conventillo donde Nacha había vivido y se llevaron

los muebles y las ropas de Nacha. El encargado, humilde y untuoso, les

cobró medio mes, aunque el cuarto estaba alquilado a otra persona. Dijo

el hombre que Nacha debía pagar el depósito. Preguntaron por Monsalvat,

pero habíase marchado de allí. Pocos días después, el abogado avisó

a Nacha que podía volver a su casa. La madre había muerto. Y era su

hermana Catalina quien dirigía la pensión.

Nacha y Cata se saludaron como dos personas indiferentes. A Nacha le

emocionaba el volver a su casa, el no encontrar a su madre, y, sobre

todo, el pensar que allí conoció a Riga. Hubiera llorado a gusto, pero

la sequedad de su hermana--sin duda estudiada, creía ella--la contuvo.

--¿Cuándo fué la desgracia?--preguntó Nacha.

--Hace un mes.

Nacha Regules: Novela · 第 17 / 19 段