sentía infeliz. El fracaso se le aparecía en su camino incesantemente.
Recordaba la confesión de Nacha, aquella noche, la víspera del rapto,
en presencia de Julieta. ¿Cómo era posible que Nacha temiese el ser
atraída por Arnedo, un hombre brutal, que la tiranizó perversamente?
¿Cómo era posible que ahora, con sus ideas de bien, después de varios
meses de vida honesta, Nacha creyese fácil el retorno al vicio,
pues vicio era el irse con Arnedo? ¿Qué abismos, qué misterios
incomprensibles había en el ser humano? Monsalvat no creía que Nacha
hubiese dejado de amarle. Le amaba, sí, y no sólo espiritualmente,
como ella suponía; no sólo como una hija a su padre, como una hermana
a su hermano y como un creyente a su Dios. Le amaba también con todo
su ser. Pero Nacha, acosada por el instinto, en un momento en que
Arnedo la perseguía, debió recordar su vida con el Pampa, las caricias
del Pampa, todo el amor violento e insaciable que le daba el Pampa. Y
entonces, Nacha dudó. Y creyó seguramente que no amaba a Monsalvat sino
al Pampa, y tuvo horror de sí misma, y horror de la vida y horror de su
destino. Monsalvat iba costeando el río, donde viejas barcas dormían.
Alguna canción de marinero interrumpía el silencio. Tabernas de nombres
exóticos, que recordaban todos los países del mundo, orillaban la
calle. Dentro de las tabernas, hombres mugrientos bebían. Monsalvat
veía su vida de otro tiempo. Rememoraba sus viajes, sus años en Italia,
las mujeres que allá en Europa le amaron, su existencia despreocupada
y feliz. Y he aquí que todo aquello lo había abandonado, y que ahora,
después de haber estado en una casa infame, después de haber andado en
compañía de un ladrón, iba caminando por un barrio miserable, en busca
de una mujer de mala vida. Tuvo lástima de sí mismo.
Preguntó a un sujeto que pasaba por la dirección que le dió Gertrudis.
No era lejos de allí. Dijo adiós al Riachuelo, que le había hablado
de sus más bellos recuerdos, que le había entristecido, y se encaminó
hacia la casa.
Pasó por una calle que tenía de un lado una enorme pared, que pudiera
tomarse por el muro de una catedral o de un convento y que tal vez
fuese una fábrica o una vulgar barraca. Cruces negras jalonaban en
lo alto la pared. Pasó luego por otra calle de tabernas o posadas de
escandinavos. Monsalvat se asomó a dos o tres. Exóticas decoraciones
interiores. En alguna, la familia hacía sociedad con los parroquianos.
Una casita con vago aire colonial y tiestos de flores en los balcones
lindaba con una hermética casucha que tenía un gran farol en la puerta
y esta palabra en el farol: Fram. En otra posada de ésas, una vieja
ramera, un deshecho humano vestido extrañamente, una mujer que debió
ser bella y que por irrisión o paradoja del destino conservaba en la
cara restos de nobleza, hacía reir, borracha, a cuatro hombres altos,
rubios y silenciosos que parecían marineros. Pasó luego por otra
calle arbolada y en donde las tabernas, con su interior pintado de un
solo color, azul o verde, y siempre intensos, hacían pensar en las
decoraciones de los bailes rusos. Y entre casuchas edificadas sobre
pilotes a causa de las inundaciones,--casuchas de madera, y las más
pobres de madera y latas--llegó a la dirección que oyó a Gertrudis. Vió
que no era un número falso. Empujó la puerta y entró. No, allí no podía
estar encerrada Nacha. Sería el más espantoso de los crímenes llevarla
a aquel lugar donde sólo podía vivir y frecuentar la hez humana. Era
un patio techado, de vastas proporciones, cuadrado por piezas altas
y bajas. Más de cincuenta sujetos mal entrazados, sucios, hediondos,
permanecían sentados o formaban grupitos. Hasta había algunos negros,
seguramente norteamericanos. Nadie hablaba. Tres o cuatro mujeres,
vestidas de rojo rabioso, con guardas negras arriba y abajo, recorrían
los grupitos tratando de excitar a aquellos pobres diablos, con
repugnantes torpezas. No, Nacha no estaba allí. No era creíble que el
Pampa la encerrase en un lugar tan horrible. Y salió, con la seguridad
de que le habían hecho una broma brutal.
Al día siguiente, empeñado en hallar a Nacha, anhelando salvarla de
las garras siniestras en que tal vez había caído, retornó a aquella
casa cerca del Hospicio. Y a fuerza de dinero logró encontrarse a solas
con Gertrudis. La muchacha, con una inconsciencia infinita, reía de su
broma. Después le echó la culpa al malevo.
--¿Y cómo vive usted con un hombre así, con un ladrón?--le preguntó
Monsalvat.
--¿Y...? Yo no le he averiguado el oficio, pues.
--Pero usted sabe que él roba y asalta...
--Bueno, ¿y qué hay con eso? ¿Y a usted qué le importa?
Después de larga discusión y de prometerle dinero si no le engañaba,
Monsalvat logró la dirección deseada.
Era una casa de buen aspecto, entre el Parque Lezama y la Boca. Costóle
entrar. A su pedido, la dueña de la casa le presentó a todas las
muchachas que en aquel momento estaban allí. No vió a la que buscaba.
Pero como había una que dijo conocerle, y precisamente del cabaret, de
aquella noche en que él defendió a Nacha, Monsalvat se fué con ella.
Era una muchacha gangosa, gorda y de aire estúpido.
--Yo te vi aquella noche, ¿sabés?, y quería conocerte. ¡Qué dicha
haberte encontrado, viejo!
Le tuteaba como si fuese un amigo, aunque nunca hablara con él.
Monsalvat le explicó el objeto de su presencia allí. La muchacha quedó
desilusionada. Pero le dió a Monsalvat algunos datos.
--Yo no sé nada, ¿sabe?--dijo, sin tutearle ahora.--Pero sentí hablar.
Una noche trajeron a una muchacha. La tuvieron dos días, creo. Yo falté
esos días. Y ya se la han llevado. ¿Y dice que es Nacha? ¡Quién le
diría, tan pretenciosa!
Monsalvat, sombrío, pidió la explicación de esta palabra.
--Sí, porque creo que la han llevado a una casa de ésas... de lo
último. De la calle Olavarría o Necochea, no sé cuál. Y si quiere
encontrarla, vaya a esas casas y pregunte.
Monsalvat tuvo que ir a esos lugares. Dos veces había bajado al
infierno, pero nunca imaginó que ahora debiese descender hasta los
últimos círculos del abismo. Y para buscarla a Nacha bajó allí. Bajó
a la sima espantosa donde yacen las infelices que han perdido todo:
el alma, la personalidad, la posesión de su cuerpo. No son dueñas ni
de su cuerpo, porque su cuerpo pertenece a unos hombres inicuos que
las venden. Las venden como a los perros, como a los caballos. No son
siquiera esclavas. Los esclavos tenían ciertas libertades, por lo
menos la libertad de huir, de matar o de matarse. Ellas no pueden nada
de esto. No tienen libertad para estar solas ni para estar tristes,
ni para rechazar al hombre que les disgusta, al borracho que babea,
al inmundo que apesta. Monsalvat recorría aquellos lugares, hablaba
con las infelices. Estaban todas ellas bestializadas. Ya no tenían la
menor idea de la moral. Ignoraban la existencia del bien y del mal.
Toda aquella vida que llevaban les parecía natural, y no aspiraban a
nada, sino a comer y a dormir. Monsalvat no comprendía cómo la sociedad
toleraba semejante crimen. Asesinar a miles de hombres, robar, cometer
los mayores delitos, no era nada junto al crimen que significa hacer
de un ser humano una bestia. Porque este crimen representa el escarnio
de la dignidad humana. ¡Y si fuese un solo ser! Pero eran en el mundo
millones de infelices. Monsalvat veía sin cesar el desfile monstruoso y
fantástico de aquellas mujeres. Las veía manchar las ciudades, pudrirlo
todo, envenenar la estirpe humana. Y veía detrás de ellas, con los
látigos en lo alto, con sus bolsillos hinchados de billetes, con sus
conciencias deformes, a los culpables del gran crimen. Y detrás de
ellos, espoleándolos, protegiéndolos, veía a los cómplices que eran la
Sociedad, el Estado, la Policía, los que venden la mentira, los hombres
todos, que han hecho del mundo, que debió ser sencillo y hermoso, una
cosa horrible, gigantescamente desoladora.
XXI
Ninguna buena noticia obtuvo Monsalvat en aquellos lugares de la Boca.
Nadie sabía nada. Le hicieron ir de un lado a otro, para burlarse de
él, para robarle. Asegurábanle que tal sujeto le daría informes, y
allá iba Monsalvat a buscarle, de cafetín en cafetín, de taberna en
taberna. Recorrió de este modo todos los sitios de la Boca, de este
barrio siniestro y rojo. Fué a las casas de juego, a los lupanares, a
las posadas. Estuvo en distintas fondas y tabernas, en cada una de las
cuales se hablaba un diferente idioma. Aquí oía frases en inglés o en
alemán, allí palabras noruegas o rusas o finlandesas. En este sitio
reconocía las extrañas lenguas balcánicas; en aquel otro los bárbaros
dialectos árabes del norte de África. Entró en un bar de coreanos, en
un restorán chino. Trató en un mes toda clase de gentes. Una turba de
vividores, de pobres diablos, y de delincuentes desfiló ante sus ojos.
Hasta en un café y en un club de caftens llegó a entrar. Y todo inútil,
completamente inútil.
Una tarde volvió a aquella casa donde estuvo Nacha unos días. ¿Cómo
no se le ocurrió ir antes? Pero en vez de dirigirse a alguna de las
muchachas se encaró directamente con la patrona. Le ofreció mil pesos
si le averiguaba el paradero de Nacha. La patrona era una vieja llena
de mañas y de embustes, dicharachera, mal hablada. Fumaba unos puchos
gruesos y cortos que preparaba ella misma, con hojas de tabaco del
Paraguay. Al oir que le prometían mil pesos abrió los ojos. Y entonces,
interesada por aquella oferta, refirió todo.
Lo detestaba al Pampa. La había engañado y explotado. Arnedo llevó
allí a Nacha, en efecto. La robó una noche, ayudado por su patota
y en complicidad con Mauli. Nacha quedó en la casa, encerrada como
si estuviera presa. No quería aceptar ningún hombre, y parecía una
furia insultando a todo el mundo. Arnedo, entonces, amenazándola
con un revólver, la hizo escribirle a Monsalvat. Con esto, Arnedo
pensaba dominarla, convencerla de que era inútil la resistencia a sus
propósitos.
--Y a Arnedo, ¿lo aceptaba?--preguntó Monsalvat.
--¡De ande, mi vida!--exclamó la vieja, metiéndose el pucho en
la boca.--A ése lo puteaba lo mismito que a mí y a toda la santa
humanidad. ¡Arisca la potranquita! Y a más, que él tampoco la buscaba.
Lo que quería al traerla aquí, era vengarse. ¿De quién? No me preguntés
m'hijito.
--¿Y no sabe usted dónde está Nacha?
--¿Yo...? Sí, pues... Este...
Se cambió el pucho al otro rincón de la boca, y agregó:
--Mirá, mi vida. Si me aflojás cincuenta de la nación te voy a dar un
lindo dato. Y te advierto que esta vieja no miente. Diciendo la verdá
me he criao y diciendo la verdá me he de morir.
Monsalvat le entregó el dinero, y la vieja le dió dos consejos. Uno,
que hablase con un tal Amiral, un infeliz que era amigo de Arnedo y
que por plata le sacaría al Pampa la verdad. Y otro, el mejor según la
vieja, que viese a una lavandera llamada Braulia, conocedora de todos
los clandestinos del barrio porque "sabía" llevarles muchachas.
Y allá fué Monsalvat en busca de la Braulia. Era una negra y vivía
en un cuartucho de tablas, al fondo de un terreno baldío. La negra,
hedionda, motosa, parlanchina, le dijo que a la noche siguiente le
contestaría. Monsalvat debía esperar en un café, sobre el río. Pero
temiendo una celada, pues había aprendido a desconfiar, preguntó
por qué no podía esperar en la calle, en una esquina, o en un café
conocido. La negra declaró que tenía que ir donde ella decía. Y si no
le gustaba a Monsalvat, se quedaría sin la muchacha.
A la noche siguiente fué al café. Su entrada no llamó la atención.
Los parroquianos, unos diez sujetos divididos en tres grupitos, le
habían filiado en un segundo; pero fingieron no advertir su presencia.
El café era un antro repugnante, una cueva de techo bajo, y sillas,
bancos y mesas llenos de grasa y mal olor. Un mulato servía en mangas
de camisa. Tres negros, norteamericanos sin duda, borrachos a no
poderse tener, cantaban una canción con ritmo de _cakewalk_. Abrían
la boca anchamente, estiraban sus jetas y mostraban las encías rojas
y los dientes blanquísimos. Cantaban al son de un acordeón colosal,
muy parecido al bandoneón. Desde la mesa que había ocupado Monsalvat,
veíase una barcaza roja y encima el cielo estrellado. Por la calle
pasaba a cada momento algún borracho.
Monsalvat esperaba al mensajero de la negra, cuando un hombre se le
acercó. Le dijo que pertenecía a la policía secreta y le aconsejó que
se fuera. Ése no era sitio para él, y si le habían citado allí--según
Monsalvat explicó--era con toda seguridad para robarle. Monsalvat
abandonó para siempre el barrio.
Entonces decidió ver a Amiral. Pero a Amiral era poco menos que
imposible encontrarle. No comía jamás en su casa, y muchas noches
tampoco iba a dormir. Y como Monsalvat no lo conocía y Amiral era
íntimo de Arnedo, no podía escribirle citándole.
Mientras conseguía entrevistarse con Amiral, Monsalvat continuaba
buscando a Nacha. Empezó a faltar al empleo y a dedicar sus tardes
enteras a esta desesperada búsqueda. Con aquella lista que le diera
Torres, fué hurgando en todos los rincones de "la vida".
--Aquí no está. No la conocemos--le decían.
Y con su lista en el bolsillo iba a otra casa y luego a otra y luego
a otra más. Explicaba, discutía, daba mil datos sobre Nacha. Algunas
veces rogaba, pero otras se enfurecía e insultaba a las mujeres. Allí
no estaba. No la conocían. Exasperado, con la agitación de un poseído,
salía a la calle y, trepándose al primer automóvil que pasaba, daba las
direcciones de otras casas. Ya no pensaba sino en encontrar a su amiga.
Llegó a creer que todo el mundo se había complotado para engañarle.
Pero él la encontraría porque contaba con una poderosa fuerza: la
voluntad de encontrarla.
--Aquí no está. No la conocemos.
¿Cómo? ¿Allí tampoco estaba Nacha? Entonces, ¿se la había tragado
la tierra? ¿No sabían nada...? ¡Mentira! Le estaban engañando,
querían explotarle como tantas veces lo hicieron. Todo era embustes,
hipocresía, maldad en las mujeres de la vida. ¡Y pensar que él las
había defendido, que él se arruinó por ellas! ¡Ah, Nacha, Nacha!
¿Adónde la había llevado su destino triste? Ella decíale en la
carta que no la buscara, pues su suerte era ser una mujer de mala
vida. Pero por lo mismo la buscaría. Con más ardor que nunca, con
más desesperación que nunca. La buscaría, no ya por amor, sino para
salvarla de caer en el pozo de aguas pútridas en cuyo borde se
tambaleaba trágicamente.
--Aquí no está. No la conocemos.
Cada una de estas frases, y otras semejantes que oía, sonaban en su
cuerpo como un brutal latigazo. Salía de las casas malditas, enfermo,
físicamente dolorido. Y no se habituaba a las negativas. Al principio,
entraba en los lupanares con el alma ardiente de esperanzas. Pero ahora
entraba vacilante, con una cara extraña: dispersa su mirada en las
personas y las cosas circundantes, o fijos sus ojos en los de la mujer
a quien se dirigía. Sabía que allí también diríanle: no está. Y sin
embargo entraba, y hacía la pregunta. Casi siempre huía del lupanar,
sin agregar una palabra. Pero más de una vez, ante la estupefacción de
las mujeres, lanzó una angustiosa exclamación, o cayó sobre una silla,
con sus dos manos en el rostro.
--Aquí no está. No la conocemos--oía en todas partes.
Y entonces pensó que tal vez hubiera muerto. Y al imaginar la muerte
de Nacha, algo le oprimió la garganta, mientras su cuerpo sintió la
sensación calmante de sumergirse en un baño de agua tibia. ¡Nacha
muerta! ¿Qué haría él sin Nacha? ¿Volvería a su mundo? ¿O se quedaría
allí, entre los de abajo? ¿Pero cómo era posible que Nacha muriera sin
que él lo presintiese y lo supiese? ¡No, Nacha no había muerto! Nacha
vivía, y le amaba a él, y estaba esperándole.
--Aquí no está. No la conocemos--decíanle siempre.
¡Y bueno! ¿Acaso él no sabía que Nacha no estaba allí? Nacha le amaba
y le esperaba. Que supieran todas que Nacha le esperaba. Esto era la
verdad. Y si él fué a esa casa a preguntar, lo hizo por cumplir su
deber. Nada más. Podían las mujeres de esas casas irse al diablo. Ya
no les preguntaría más a las muy ladronas. ¡Nacha le esperaba! ¿Qué
se le importaba a él, ahora, del mundo entero? ¿Qué le importaba de
la sociedad, ni de los que sufren, ni del cabaret, ni de los obreros
asesinados en la plaza, ni de la muerte de su madre, ni de la muerte de
su hermana? En su corazón se había entrado un pajarito azul, y cantaba,
alocado, incesantemente, una dulce canción de dicha. ¡Nacha le esperaba!
¿Pero en dónde?
Mientras tanto, Monsalvat se observaba. Notó que a veces se le hacía
un vacío en la cabeza, y que entonces se ponía pálido y que no podía
caminar como antes. Otras veces, era un dolor en la nuca; un dolor
sordo, persistente, un dolor como causado por una cuña que le hubiesen
clavado allí. Pensó si sería aquello debilidad cerebral, si estaría
enloqueciéndose. Se alimentaba pésimamente y casi no dormía. Se acostó,
y permaneció en la cama una semana.
Una tarde llegó un sobre del ministerio. Era la exoneración. Monsalvat
sonrió sin darle importancia. Junto con el sobre venía una tarjeta del
subsecretario, donde le decía que el ministro lamentaba el haberle
exonerado, pero ante las innumerables inasistencias de Monsalvat
y sus distracciones--algunas de las cuales pudieron tener serias
consecuencias--no podía dejarle en el ministerio. Monsalvat tiró
aquellos papeles al suelo, sonriendo, mientras decía, en voz alta:
--¡Bueno! ¿Y qué me importa de este detalle insignificante, si ella me
quiere y me está esperando?
Pero el detalle de la pérdida del empleo, lejos de ser insignificante
para él, venía a complicar su situación económica. Porque había llegado
Noviembre y no había pagado el tercer servicio de su hipoteca. Debía,
pues, dos semestres y el Banco le apremiaba. ¿Pero de dónde sacar
los tres mil doscientos pesos que representaba la deuda de esos dos
semestres? Además, como daba más dinero del que podía dar y en su nueva
recorrida por los lugares malditos no faltó quien explotase su buena
fe y le robase, había tenido que endeudarse con usureros, obligándose
a intereses fabulosos que no había pagado. Pero el mismo Banco le sacó
de apuros, vendiendo su propiedad. La venta produjo apenas sesenta mil
pesos. Fué en un día muy caluroso del mes de Noviembre y hubo escasa
concurrencia al remate. Ya por entonces comenzaba a advertirse la
tremenda crisis económica que debía estallar catorce o quince meses
después, en mil novecientos trece. El valor de la propiedad descendía,
la crisis presentíase en todas partes, y nadie se arriesgaba a comprar
casas sino a precios muy bajos. El Banco cobró los cuarenta mil pesos
de la hipoteca y los dos semestres adeudados. Monsalvat pagó a los
usureros y quedó con poco más de diez mil pesos. Con esta suma pensaba
vivir dos años, en caso de no encontrar trabajo ni empleo. Pero
estaba escrito que la suerte le sería hostil. Depositó sus diez mil
pesos en un banco extranjero que, pocos meses después, debió quebrar
ruidosamente.
Una mañana encontró por fin a Amiral. Monsalvat, sin preámbulos ni
circunloquios, le dijo lo que deseaba de él: que averiguase de Arnedo,
hábilmente, donde estaba Nacha. Amiral, apenas oyó nombrar a esta
mujer de vida galante, sonrió madrigalescamente mientras se retorcía
sus largos y enhiestos bigotes color choclo. Y abriendo y cerrando sus
kilométricos brazos, exclamó:
--¡Bien decía yo! Claro, no podía ser que un hombre como usted, que
ha estado en París... Así es que yo, cuando oía que usted se había
puesto a regenerar muchachas alegres, no quería creerlo. Yo pensaba que
usted era un mozo vivo, que aprovechaba la vida. Y ahora veo que no me
equivoqué...
Monsalvat tuvo intenciones de abofetear al pobre diablo. Pero se
contuvo, por Nacha. Amiral, incapaz de observar el estado de ánimo de
Monsalvat, le miró con toda su malicia, y agregó, en tono confidencial:
--Usted hizo bien en valerse de una estratagema, porque aquí en Buenos
Aires, ¡es una desgracia!, no hay ambiente...
Monsalvat no intentó disuadir de su convicción a aquel imbécil. Y se
limitó brutalmente, sin rodeos, a ofrecerle mil pesos si averiguaba
de Arnedo el paradero de Nacha. Amiral titubeó. Pensó que tal vez le
correspondía ofenderse. Pero en seguida, consultada su conciencia,
resolvió aceptar. No correspondía ofenderse tratándose de mil. Ahora,
si le hubieran ofrecido cincuenta o cien... entonces sí.
Algunos días pasaron. Monsalvat observaba con pánico el avance de
su desequilibrio nervioso. Una tarde, tomando un café con leche en
una confitería del centro, sintió en el cerebro aquel vacío de otras
veces. Se alarmó, y en seguida le temblaron las manos, le bañó el
cuerpo un sudor frío, y tuvo que levantarse con ayuda del mozo de la
confitería y hacerse subir a un auto que le llevó a su casa. No podía
leer ni escribir. Su inteligencia parecía dispersa, rota en pedazos.
Había perdido toda su voluntad y su energía. Sentía Monsalvat como
si su organismo entero tuviese cada día menos cohesión, como si las
partes todas de su individuo no formasen un solo ser y no obedeciesen
a una sola ley. A veces parecíale que vivían en él varios hombres
distintos. Y así uno de ellos observaba los movimientos sin motivo y
los pensamientos inexplicables del otro. Monsalvat fué un espectador de
sí mismo.
Por fin, una mañana de Diciembre, Amiral le dijo que Arnedo nada sabía
de Nacha. Después de tenerla encerrada en una casa varios días, la
llevaron a otra, y después de dos semanas huyó de allí.
Monsalvat la creyó perdida para siempre. Y se asombraba de que las
palabras de Amiral no le hubiesen impresionado. Se quedó como un tonto,
mirando a lo lejos. Pero sentíase tan mal, sentía tan disgregado todo
su ser, que tuvo necesidad de buscar a algún amigo. Fué a casa de
Ruiz de Castro. No quiso visitar a Torres, temiendo que el médico le
considerase enfermo o loco. Ruiz de Castro se impresionó hondamente al
verle. Monsalvat lo notó, balbuceó algunas palabras incoherentes, sus
piernas se doblaron.
Una noche dolorosa había entrado en él y rodeaba su alma y su cuerpo.
Su inteligencia no veía en aquella repentina oscuridad del mundo. Su
ser habíase tornado insensible para la belleza y la realidad del mundo.
XXII
El momento trágico de la tempestad había pasado. ¡Qué profunda calma en
las cosas! Todo callaba en el universo.
Monsalvat vivía en un sanatorio de Almagro, llevado allí por sus
amigos. En el pequeño parque con altísimos eucaliptus, Monsalvat
paseaba casi todo el día, tranquilo, silencioso. No pensaba en nada. No
quería pensar en nada. Sentíase un hombre nuevo, había nacido otra vez.
¿Qué podía importarle el pasado? Había que mirar hacia adelante, vivir
siempre en el porvenir. Nacha ya no existía para él. O mejor dicho,
creía que no existiese. Y con Nacha había desaparecido de su corazón
y de su inteligencia un mundo entero: un mundo de sentimientos y de
ideas. No era que Monsalvat rechazara en realidad su vida de todo un
año. Era que, pasada la tempestad, ante el mundo nuevo que miraban sus
ojos no podía vivir con los mismos sentimientos y las mismas opiniones
de antes.
Pero si Monsalvat tenía la paz, no tenía algo que él amaba más que la
paz: la libertad. Y desde que se sintiera fuerte y sano, deseó huir de
aquella casa. Además, había allí, en aquel sanatorio para nerviosos y
epilépticos, un par de locos pacíficos, de maniáticos. A Monsalvat
le molestaba la presencia de aquellos pobres seres, pues le hacían
imaginar que su empeño de reformar el mundo era la ilusión de un
maniático.
Sus amigos visitábanle muy poco. Se daban a sí mismos la excusa de que
el sanatorio quedaba lejos del centro. Pero estaban satisfechos de su
amistad y buen corazón, ya que pagaban a Monsalvat el sanatorio.
Una tarde, cuando Monsalvat estaba completamente sano, Ruiz de Castro y
Torres le visitaron. Hablaban en el jardín, sentados en un banco. Por
primera vez desde su enfermedad se tocó el tema prohibido. Monsalvat
lo había en cierto modo iniciado, refiriéndoles a sus amigos aquella
sensación como de haber nacido nuevamente. Torres quiso conocer el
verdadero estado de Monsalvat, y así le dijo:
--Ahora habrás comprendido, ¿eh? la inutilidad de todo lo que has
hecho...
--Eso nunca--afirmó Monsalvat.--Hacer el bien jamás puede ser inútil.
--Aceptemos que hayas hecho un poco de bien a otros--terció Ruiz.--Muy
bien. Pero es indudable que te has hecho un mal a ti mismo.