--Se acordó y pidió que te buscáramos. Pero no pudimos encontrarte.
Cata mentía. No había pensado en hacer buscar a Nacha. Confiaba en
que su hermana no apareciera, y así ella se quedaría con la herencia
íntegra. Cata se había casado hacía años, poco después de que Nacha
huyera de la casa, con un sujeto muy inferior a ella. La madre no quiso
verla más y la consideró tan perdida como Nacha. Pero Cata enviudó a
los dos años y volvió a la casa. La herencia de la madre consistía en
una casita en Liniers y en los muebles y demás objetos de "la pensión".
Unos treinta mil pesos, en total.
Nacha había encontrado a su hermana cambiadísima. Hacía diez años,
Cata era ágil y saltarina. Ahora habíase puesto regordeta y pesada; y
como era bajita, su figura resultaba poco airosa. En aquellos tiempos,
aunque ambas vivían peleándose, tenían buen carácter. Cata habíase
agriado. Pero el constante malhumor no se le transparentaba en su
blanco, fresco y lindo rostro. Nacha advertía con asombro el cambio de
su hermana. ¿Cómo había llegado a hacerse mordaz y mala, ella que fué
antes tan alegre? ¿A quién salía su hermana tan envidiosa, tan celosa,
tan llena de pequeñeces?
Nacha se quedó en la casa. Salía rarísimas veces a la calle, para que
su hermana no sospechase de ella. Ayudaba a Cata en los múltiples
quehaceres domésticos, y llegó poco a poco a tener todo el trabajo, del
que Cata se había desentendido hábilmente. Con los estudiantes de la
pensión y otros hombres que vivían allí, las relaciones de Nacha eran
muy superficiales. Apenas hablaba con ellos, temiendo que Cata dudase
de su deseo de ser ahora una mujer honesta.
Pero estaba escrito que Nacha había de sufrir en todas partes. Cata la
espiaba incesantemente. Si Nacha se detenía en el patio para cambiar
dos palabras con algún pensionista, su hermana la miraba de reojo o se
plantaba allí cerca para observarla. Nacha no podía discutir con su
hermana sobre el motivo más insignificante, porque Cata la ofendía con
frases alusivas a su vida pasada. Así, si se juzgaba del carácter de
algún hombre, Cata interrumpía:
--Claro, vos tendrás razón. Has tenido buenas ocasiones para conocer a
los hombres...
Si Cata hubiera reservado sus maldades para decírselas privadamente,
Nacha las habría soportado. Pero llegaba hasta soltárselas en la
mesa, delante de todo el mundo. Algunos reían, pero otros compadecían
secretamente a Nacha. Una vez, como Nacha no comiera, Cata le preguntó:
--¿Qué? ¿Encontrás mal este plato?
Nacha contestó sencillamente que sólo le gustaba ese plato cuando lo
habían preparado bien.
--¡Ah, claro!--exclamó sarcásticamente Cata.--En las aristocráticas
casas donde has tenido la dicha de vivir, lo prepararían a la
perfección...
Nacha iba así, una gota cada día, bebiendo su amargura.
Por desgracia para ella, tampoco encontraba su felicidad en otro
lado. Había buscado a Monsalvat insistentemente y no había conseguido
la menor noticia. Cierto que, al principio, Torres o Ruiz de Castro
pudieron haberle dicho dónde estaba Monsalvat; pero ella no quiso ver a
aquellos hombres. Recordaba cuando Torres la engañó, asegurándole que
Monsalvat quería a otra mujer e iba a casarse; y supuso que ahora la
engañaría nuevamente. Para Torres, como probablemente también para Ruiz
de Castro, ella tenía la culpa de la situación de Monsalvat; ella era
el enemigo a quien había que apartar.
No obstante, como los meses pasaban y su angustia iba en aumento,
Nacha fué una tarde al consultorio de Torres. Llorando le pidió
noticias de su amigo. Torres le declaró la verdad. Monsalvat, enfermo
de los nervios en un sanatorio, había huido y se ignoraba en absoluto
dónde pudiera hallarse. Nacha no creyó. Imaginó que Torres la engañaba,
y se fué, después de reprocharle quejosamente, sin acritud, sus
crueldades para con ella.
Una mañana llegó a la pensión un huésped un tanto exótico en aquella
casa de estudiantes. Era un hombrón corpulento, de anchísimas espaldas,
de andar despacioso, de manos enormes y dedos cortos y rollizos. No
era feo de cara, y sus facciones, vigorosas e inmóviles, de líneas
firmes, parecían hechas a hachazos sobre un tronco de quebracho. El
hombre vestía bombachas el día de su llegada, y calzaba bota de potro.
Hablaba poco, como con miedo de desentonar. Pero reía, con robustas y
grandes risas, de las enormidades que solían decir los muchachos. Cata
le averiguó su vida y cuanto había que averiguar. Era rico, tenía una
estancia en el Pergamino y había ido a aquella casa recomendado por
un estudiante de sus "pagos": un bandido que les ofrecía así a los
pensionistas, sus antiguos compañeros, excelente materia prima para
sus diversiones. Pero Cata no toleraba la menor impertinencia respecto
al criollo, a quien hizo su protegido. Mediante amables bromas al
principio y maternales consejos después, Cata logró que el paisano
mejorase notablemente su indumentaria y olvidase sus modismos camperos.
El sujeto que, aunque tenía cara de malo, era en el fondo un buenazo,
se prestaba a todo, con cierto asombro de Nacha y de los pensionistas,
que ignoraban adónde concluiría aquello.
Un buen día Nacha lo comprendió todo. El paisano comenzaba a hacerle el
amor, instigado hábil y disimuladamente por Cata. Ya le intrigaron a
Nacha las maneras cariñosas de su hermana desde que llegara el hombre,
y después de un mes en que la hizo víctima de infinitas y pequeñas
perfidias. Ahora veía que Cata había planeado desprenderse de ella y
que contaba con la maleabilidad del sujeto y con los muchos atractivos
de Nacha.
Las galanterías del paisano para enamorar a Nacha no debían diferir
gran cosa de las que emplean los orangutanes. A ella, naturalmente, le
repugnaba aquel bárbaro, por más dinero que tuviese. Estaba resuelta a
rechazarlo cuando le declarase sus intenciones. Pero esto no ocurrió,
pues fué la propia Cata quien habló en su nombre.
--No tenés motivo para negarte. ¡Tantos escrúpulos, y has andado por
ahí con todo el mundo!
Nacha bajó la cabeza y permaneció así un largo rato.
--Yo no puedo tenerte aquí porque me comprometés. Aunque ahora seas
una mujer decente, que lo dudo... porque cualquier día volverás a tus
andadas y la cabra tira al monte..., nadie ignora lo pasado. Y como
yo soy una mujer joven y puedo volverme a casar... tal vez no esté
muy lejos de eso... tu presencia aquí es un grave inconveniente, un
compromiso... No te enojés. No hago sino decirte verdades...
Cata siguió hablando, dándole mil razones, aconsejándole ese sacrificio
que le haría perdonar sus faltas. Pero según Cata no era sacrificio
para su hermana el irse a vivir en una magnífica estancia, junto a un
hombre "sencillo y enamorado", para ser definitivamente "una señora".
Cuando Cata terminó de hablar, Nacha levantó los ojos llenos de
lágrimas y sólo dijo estas palabras:
--Está bien. Todo lo acepto.
El paisano, entonces, trató el asunto con ella. Nacha creyó
indispensable referirle su vida. Le declaró, con palabras textuales,
que había sido una mujer pública.
--Ya me lo habían contao, m'hijita--exclamó el guaso, riendo
groseramente.
Nacha quedó asombrada, no habiendo nunca imaginado que hasta allí
llegara la perversidad de su hermana.
--Y vea, niña, yo la pastoriaba con la intención de casarme. Es cosa
fiera vivir solo tuita la vida, y pensé que una compañera como usté,
sería lindo, ¡jué pucha!
Y el bárbaro saboreaba, visiblemente, el goce brutal de poseer a Nacha.
No tardó Nacha en comprender hasta el detalle la maniobra de Cata. Un
médico, un pobre diablo de una lejana provincia, pero médico de todos
modos, la cortejaba; y ella había resuelto no dejarlo escapar. Para
esto urgía la separación de Nacha. El paisano habíale dicho vagamente
que se casaría; pero Cata, temiendo que no se decidiese y segura de que
no se atrevería a proponer lo otro, le refirió la vida de su hermana.
Al mismo tiempo le insinuó llevársela como querida.
--Hay muchos hombres de campo--le dijo Cata en el tono de quien
aconseja--, que se llevan una muchacha a la estancia. Y sin casarse,
claro. Para ellos es lo mejor. Yo no digo que hagan bien, pero no los
critico porque comprendo que es lo más cómodo, lo más práctico y hasta
lo más barato. Después, a los años, si la muchacha resultó buena, se
casan. Y si no resultó buena, o les gusta otra, la dejan... Eso es lo
que hacen todos, todos...
Recalcó la palabra _todos_, y agregó, para acabar de convencer al
paisano:
--¡Cómo son los hombres! ¡Ustedes saben vivir!...
El paisano oyó estas cosas con estupefacción al principio y con golosa
sonrisa después. ¡Mire si se hubiera casado! ¡Con razón desconfiaban
los paisanos de los puebleros! En cuanto a Nacha, se sometía a vivir
con aquel hombre como quien hace un gran sacrificio. Pensaba ser
buena, fiel, sumisa. Al cabo de los años, sobre todo si tenían hijos,
el hombre se casaría con ella. Y así, la mujer honesta que iba a ser,
podría rescatar sus diez años de mal vivir. Era una triste solución
para ella, la más triste porque la alejaba de Monsalvat para siempre.
¡Para toda, toda su vida!
Desde que se resignara a su sacrificio, observó al criollo con nuevos
ojos y le encontró algunas cualidades. Era leal, sincero, ingenuo,
manejable, valiente como buen hijo de nuestros campos, y no carecía
de sentimiento. Nacha pensó que una mujer inteligente y hábil podía
civilizar a ese hombre, sin grandes dificultades. Aquella mañana del
encuentro con Monsalvat, el criollo, enamorado de veras y encantado
con el carácter de Nacha, le prometió casarse derechamente, en Buenos
Aires, antes de irse a la estancia, ahorrándole a la muchacha la
humillación de aquella "prueba" a que habían pensado someterla.
Nacha salía a veces con su futuro marido. Iban a las tiendas, a comprar
ropa para la casa de la estancia. En la última de aquellas salidas fué
cuando Nacha encontróse en un tranvía con Monsalvat.
A la mañana siguiente, Monsalvat, recostado en su cama, leía, cuando
llamaron a su puerta. Dijo que entraran. Apareció Nacha. Vestía de
luto, como en la tarde anterior. La ropa negra, enmarcando su blancura,
le daba un gran encanto. Parecía feliz, alegre, como quien acaba de
resolver el problema de su vida.
Monsalvat quedó recostado, a pedido de ella. Sentíase mal de la vista,
y su esfuerzo por leer le había hecho mucho daño. Dolíanle los ojos;
veía las cosas zurdamente dibujadas y sin contornos definidos, como en
ciertos cuadros impresionistas. Nacha, sin decirle una palabra, observó
el cuarto, detalle por detalle; luego miró a su amigo detenidamente, y,
por fin, después de quitarse el sombrero, dijo, con sencillez:
--He venido a quedarme.
--Sabía que ibas a venir--contentó él, tendiéndole una mano.--Pero no
imaginé que te quedarías para siempre.
--Para siempre...--repitió ella, tomándole la mano y sentándose en la
cama, junto a él.
--¿Y por qué haces eso? ¿No ibas a casarte?
--Hago esto porque tú necesitas que te cuiden y te acompañen...
--¿No te casas?
--No, ya no puedo casarme.
--¿Por qué, Nacha?
--Porque ese casamiento era una mentira...
Monsalvat sentíase tan feliz que se imaginaba estar soñando. Nacha
continuó diciendo que no quería ni podría querer nunca a ese hombre.
¿Para qué sacrificarse, pues?
--Tienes razón--exclamó Monsalvat.--El sacrificio sin objeto, sin
utilidad ninguna, es un absurdo y hasta una inmoralidad. Sólo debemos
sacrificarnos cuando nuestro sacrificio producirá un bien y cuando
amamos nuestro sacrificio. Yo creo, Nacha, que el sacrificarse debe ser
el más alto goce espiritual...
Nacha quedó pensando que así era el sacrificio que ella comenzaba
ahora. De haberse casado con el paisano, habría tenido, entre muchas
ventajas, ésta de que jamás ella disfrutó y cuyo valor sólo un
vagabundo o una mujer como la que había sido ella podían apreciar
enteramente: la seguridad en la vida. Dinero, casa, comodidades, hogar,
todo lo habría tenido casándose. Y alguna vez, cuando el hombre, quince
años mayor que ella, muriese, quedaría libre y con una fortuna en sus
manos. En cambio, acompañando a Monsalvat no tendría sino tristezas.
En vez de una estancia, un cuarto de conventillo; en vez de hogar, un
pobre amigo que necesitaba de sus cuidados; en vez de comodidades,
pobrezas. ¡Y en vez de ese día de libertad y de fortuna, largos años de
sufrimientos, junto al lecho de un enfermo! Entre los dos sacrificios,
ella elegía el de seguir el destino de Monsalvat. Era triste este
destino... ¡Pero ella se sacrificaba con todo su amor, con todo su
placer, con toda su alegría!
XXIV
La desaparición de Nacha causó a su hermana un colosal disgusto.
Faltóle tiempo para desacreditarla entre los pensionistas, contando su
historia y hasta inventando lo que no existía. El paisano, furioso, se
creyó engañado y vejado. ¡Con razón desconfiaba él de los puebleros!
Y se marchó de la casa, de bombacha y bota de potro, como el día de
su llegada, imaginando vengarse así de Cata y de su hermana, de los
estudiantes que ahora lo "titeaban" impunemente, y de todas las gentes
de la ciudad.
Pocos días después de haber tomado una pieza en la misma casa donde
Monsalvat vivía, Nacha escribió a su hermana. Decíale que no temiese
ser comprometida por ella, pues su deseo de alejarla estaba realizado;
aunque de otra manera que casándose con el paisano y yendo a vivir en
una estancia. Podía Cata quedarse bien tranquila y asegurarse a su
médico. Ella no la molestaría, no la vería más si se lo reclamaba. En
cuanto al paisano, rogaba a Cata que, para aplacarle, echase a ella
toda la culpa, que la desacreditase cuanto quisiera, que hasta le
atribuyese únicamente a ella el plan de aquel noviazgo. De este modo,
Cata se lavaría las manos y el hombre podría continuar en la casa.
Nacha hubiera deseado pedirle perdón al pobre hombre, explicarle su
caso. Pero pensó que ni el hombre ni tal vez nadie la comprendería, y
prefirió que la odiara.
Nacha había conseguido, de aquel abogado que la protegiera
desinteresada y honestamente, algún dinero que le devolvería apenas se
vendiese la casita de Liniers al dividirse la herencia. Pagó los meses
que debía Monsalvat, y empleó el resto en proveer a su amigo de ropa.
Monsalvat no quería aceptarle nada y hasta llegó a enojarse. Pero como
Nacha amenazó con dejarle, tuvo que acceder.
Poco a poco fué Monsalvat mejorando. El cariño de Nacha resultó un
poderoso tónico para su salud. Salían todas las tardes a pasear. Iban
a Palermo, al Zoológico, al Parque Lezama. Al cabo de dos meses,
Monsalvat estaba curado de su debilitamiento.
Pero en cambio, otro mal aún más grave se había definido. A medida
que mejoraba su salud, iba empeorando su vista. Ya no le era posible
leer diarios; y libros, solamente los impresos en letras grandes, y
con el auxilio de una lupa. Una mañana encontróse conque no podía leer
nada, ni con la lupa. Aun los objetos del cuarto no los veía sino muy
vagamente. Todo estaba en una penumbra, en una misteriosa, trágica
penumbra. Hasta entonces, aquel mal de la vista le preocupó muy poco,
creyéndolo algo pasajero. Pero aquella mañana comprendió que iba
volviéndose ciego. Una triste noche comenzaba a caer sobre su vida, y
sintióse solo, aislado del mundo entero, aislado para siempre de sus
amigos, de Nacha misma, en una horrible soledad. ¡Y cómo se reconcentró
en lo más hondo de su alma, cómo se elevó, en su dolor, por encima
de todas las preocupaciones humanas! Todo se tornó pequeño, efímero,
ante aquella gran tristeza que presentía. Hasta sus ideales fuéronle
indiferentes en medio de su sordo y lento dolor. Tenía la sensación de
que había comenzado a morir, de que una parte de su ser había ya muerto.
A Nacha habíale dicho varias veces que veía mal. Además ella lo notaba.
En los días anteriores Monsalvat necesitó apoyarse en su brazo para
caminar. Pero Monsalvat había hablado de aquello cuando no lo creía
grave. Ahora, que se consideraba ciego, no se atrevía a decirle nada
a Nacha. Parecíale que diciéndolo, su mal se agravaría. Era mejor
ocultarlo y, cuando todo pasase, entonces se acordaría y le contaría
sus temores a Nacha. Pero, ¿pasaría ese mal? Monsalvat pretendía
sugestionarse a sí mismo, inculcarse esperanzas. Y no tanto por la
esperanza en sí, sino para poder vivir, para seguir viviendo. ¡Era
demasiado triste aquella muerte de sus ojos, aquella noche de su vida!
Pero cuando Nacha entró en el cuarto aquella mañana, lo comprendió
todo. Aunque ella no dijera una palabra, Monsalvat tuvo la sensación de
que Nacha ya lo sabía. Al sentir a la amiga junto a él, su emoción le
traicionó. Extendió los brazos hacia ella y la atrajo.
--¡Nacha!--exclamó, con la voz rota, mientras se cubría los ojos con
las manos, para indicar la causa de su dolor.
--No te aflijas tanto. Esta tarde iremos al médico. Tengo confianza en
que sanarás...
Nacha lloraba silenciosamente, y, aunque él no podía ver su llanto,
ella le ocultaba el rostro.
A la tarde fueron al consultorio de un especialista célebre. Nacha
ya había explicado el caso a Torres, con minuciosos detalles. Torres
visitó a su amigo y le observó insistentemente. No le auguró a Nacha
nada bueno. Así es que ella no esperaba del especialista una respuesta
favorable. Hacía algunos días de la visita de Torres. Desde entonces,
Nacha pasaba las horas en una constante angustia. En la soledad de su
cuarto, lloraba sin cesar. Y cuando estaba en presencia de Monsalvat,
no hacía sino mirarle, mirarle a los ojos, como obsesionada, como si no
pudiese dirigir los suyos hacia otra parte.
El especialista examinó al enfermo largamente. Cuando terminó hizo
a Nacha un gesto con las dos manos, indicando que aquello no tenía
remedio. Y en seguida, contestando a una pregunta de Monsalvat, repuso,
afectuosamente:
--No es tan grave su caso, mi amigo. Le ordenaré unas inyecciones y
espero que mejorará un poco.
--¿Usted cree que puedo mejorar...?
--Un poco, sí... no es imposible... los recursos de la ciencia son
muy grandes... la naturaleza nos da tantas sorpresas... en fin... no
debemos desesperarnos... hay cosas peores en la vida...
Desde este instante, Monsalvat y Nacha no desearon otra cosa que
encontrarse solos. Cada uno lo deseaba por distintos motivos.
Monsalvat, para desprenderse siquiera de una parte de aquella angustia
que le ahogaba. Nacha, para darle su consuelo.
Porque ella tenía una idea. Desde que habló con Torres venía pensando
en aquella idea que, en medio de su sufrimiento, le daba una gran
felicidad.
Llegaron a la casa y entraron en el cuarto de Monsalvat. Nacha cerró la
puerta con llave, para evitar que les molestasen los hijos de Moreno.
--Tengo una cosa que decirte, una cosa muy importante--empezó Nacha,
dándole a Monsalvat una silla y sentándose a su lado.
--¡Es horrible mi situación, Nacha!--acertó apenas a balbucir Monsalvat.
--Mira, no te aflijas. Ya encontraremos la solución. Todo en la vida
tiene una solución. La cuestión está en encontrarla...
Nacha había atraído al ciego hacia ella y le besaba en la frente. Su
mano le acariciaba el cuello, los ojos, la cabeza. Monsalvat, en otro
momento, se habría asombrado de aquella ternura de Nacha para con él.
Sólo en tres o cuatro ocasiones transcendentales, en medio de grandes
penas, se habían besado en la frente. Pero ahora, aquellos cariños le
parecían cosa natural. Lo que no sabía era cómo interpretarlos, ¿Le
amaría Nacha? ¿Le amaría con amor de amante y no como una hermana,
según creyó hasta entonces? Por su parte, él sentía un renacer de todo
su amor. Una dulzura interminable le iba invadiendo. Sin embargo,
exclamó:
--¡No vale la pena vivir así!
Estas palabras decidieron instantáneamente a Nacha. No le miró ella,
pero adivinó que él esperaba. Y con lentitud, llenos de lágrimas los
ojos, le acercó la cabeza y puso sus labios en los de él.
--¡No digas eso, no digas eso!--le susurraba ella sin dejar de
besarle.--No hay que hablar contra la Vida porque es insultar a Dios.
En medio de su gran tristeza, Monsalvat era feliz. Nacha era también
feliz. Veía que él la amaba siempre y que sus palabras y sus cariños le
consolaban. Y era, sobre todo, feliz Nacha, porque sentía cuánto amaba
a aquel hombre. ¿Cómo no lo comprendió antes? Pero pensó que era mejor
así. De este modo, la revelación de su amor disminuía enormemente el
mutuo sufrimiento de la tragedia.
Nacha sintió que había llegado el momento de hablarle a Monsalvat de
"su idea".
--Quiero decirte una cosa. Escúchame. Vas a ver cómo todo tiene
solución en la vida...
Monsalvat dirigió su rostro hacia ella, como para mirarla. Pero no
dijo una palabra. Presentía lo trascendental para su vida. Presentía
algo muy bello y muy grande. Su corazón latía con golpes de una
extraña fuerza. Su alma vivía aquel silencio con la vida de años
enteros. Recogido en lo más hondo de su alma, esperaba. Esperaba con
una ansiedad mezclada de fe, de sufrimiento, de amor. Había en su
trágica expectativa tal vez un poco de lo que hay en los momentos que
preceden a una tempestad o un poco de lo que debió haber en el alma de
Beethoven, momentos antes de escribir la Patética.
Pero ya el silencio terminó. Ya oía él la voz de Nacha que salía muy
lenta, impregnada de la emoción del instante, confiada y resuelta.
--Una vez... hace más de un año... me pediste... una cosa. Yo entonces
me negué... Me negué, queriéndote en el alma... para no inutilizar tu
vida... Lo diste todo por mí... lo perdiste todo por mí... Ahora, yo
puedo pedirte aquello mismo...
Calló. Instantáneamente vió lo que era Monsalvat: un hombre enfermo,
ciego, que nunca podría trabajar lo suficiente para vivir con holgura;
un hombre solo, sin nadie en el mundo; un hombre sin más porvenir que
su tristeza y su noche. Pero entornó los ojos y continuó:
--Ahora... yo quiero... que te cases conmigo...
Monsalvat meditó un momento, con la cabeza inclinada. No se movía. No
se movía tampoco Nacha. Ninguno quería turbar aquel silencio en que se
resolvía la tragedia de dos vidas.
--No--afirmó Monsalvat.
Nacha se echó a llorar. Él entonces explicó.
--Te quiero demasiado, Nacha, para aceptar tu sacrificio. Que me
acompañes, que me cuides durante un tiempo, está bien. Pero que te unas
para toda tu vida con un inválido, ¡nunca, nunca!
¡Cómo sonaron estas palabras en el corazón de Nacha! Dos martillazos no
le hubieran dolido más. Pero tuvieron la virtud de redoblar su firmeza.
Le inspiraron las palabras de salvación.
--No es sólo por cariño ni por agradecimiento... ¡Es por mí misma!
--Piensa que sufrirás toda tu vida y que eres joven, Nacha. Piensa que
faltándome recursos podrás padecer hambre y miserias...
--Sufriré con resignación... Una vez me dijiste que era necesario
sufrir... ¡No he olvidado nunca tus palabras!
--Pero, ¿toda, toda la vida, Nacha?
--Toda la vida. Lo acepto y lo deseo. Quiero rescatar la mía. Quiero
merecer ser perdonada.
--¿Por quién, Nacha?--exclamó él, atrayéndola.
--No sé. Por Dios, si existe. Por la Vida, contra la cual he faltado.
Por el Amor, al que tanto ofendí. Por mí misma. ¡Necesito perdonarme a
mí misma...!
Monsalvat le ofreció sus labios. Era su respuesta.
--Tu vida es mía--dijo ella dulcemente y con una sonrisa de felicidad,
que Monsalvat sintió.--Tu dolor es mío. Ya sólo la muerte conseguirá
separamos.
Monsalvat veía una gran Luz. ¡Era una Luz infinita que llenaba el
mundo, que estaba también dentro de su alma y que se proyectaba hacia
el futuro, hasta el término de sus días!
EPÍLOGO
Dos años habían pasado desde el casamiento de Nacha. Ella y Monsalvat
vivían en la casa de huéspedes de la calle Tacuarí, que Nacha gobernaba
hábilmente. Su hermana, casada con su médico, habíase marchado a una
provincia lejana. Nacha no tenía sino ternuras para su marido, y él,
con aquella mujer a su lado, casi no necesitaba de sus ojos.