sabe mi vida. La ha contado a toda la casa. Por eso me desprecian. Se
ríen de mí, me insultan. El encargado me ha dicho una palabra que yo
he merecido antes. ¡Y si supieras! Ese Mauli es de la policía, según
dicen. Es un espía. Y hoy, al salir de la tienda, lo he visto hablando
con el Pampa. Me quedé helada, muerta, en medio de la vereda. Ellos se
escondieron. Parecían muy amigos. ¡Quién sabe qué estarían tramando
contra mí! He pensado una infinidad de cosas horribles. No hubiera
podido irme a casa. Por eso he venido aquí. Quiero estar lejos de esos
hombres, de Monsalvat, de mí misma, de todos mis temores. Tengo miedo
que pase algo, hoy, mañana, no sé cuándo...
Julieta insistió en que Monsalvat debía saberlo todo.
--No, no es posible. ¿Cómo voy a decirle que soy capaz de irme con el
Pampa?
--¿Pero no lo querés a Monsalvat? No te entiendo, Nacha. Antes lo
adorabas. Toda la vida hablaste de él con admiración, con fanatismo...
Y ahora...
--Ahora lo quiero más que nunca. Lo he visto grande, bueno, perfecto. A
mi padre no lo querría más. A Dios mismo no podía quererlo tanto. Pero
es amor de hija, de hermana, de amiga, ¡qué sé yo! Ha querido hasta
casarse conmigo...
--¿Y por qué no aceptaste, Nacha?
--Por eso: porque lo quiero demasiado. Ha perdido todo por mí. Su
posición, su fortuna, sus amistades, su salud. Y yo no puedo consentir
en que esto siga así. Él debe volver al mundo, a su mundo, y dejarme a
mí entre los de abajo. Una muchacha de la vida como he sido, no tengo
derecho a casarme con él, a anularlo para siempre. Si él fué generoso
conmigo, yo también quiero ser generosa con él. Si él se ha sacrificado
por mí y su sacrificio ha sido inútil, yo debo devolvérselo, obligarlo
a que deje una vida sin...
--¿Inútil, Nacha? ¿No somos honradas nosotras? Él te ha cambiado en una
mujer honesta, y yo creo que éste es el bien más grande que una puede
querer.
Nacha quedó en silencio. Luego se acercó a Julieta y casi al oído le
susurró estas palabras, lenta y dolorosamente:
--Seré honesta, sí, pero no soy feliz. Sufro más que nunca. La
desgracia me persigue. Mi destino no debe ser esta vida, porque si lo
fuese yo estaría contenta y tranquila.
Julieta no quiso continuar con el tema. Y volvió a decir que era
necesario enterarle de todo a Monsalvat. Trató de convencer a su amiga
y la convenció. Quedaron en que irían juntas a casa de Nacha, después
de comer allí rápidamente. Hablarían con Monsalvat, y Julieta aquella
noche se quedaría a dormir con Nacha.
Monsalvat, mientras tanto, esperaba ansiosamente la aparición de su
amiga. Había llegado de la Policía, y al no encontrar a Nacha en su
cuarto se alarmó. Una vecina le dijo que tal vez anduviera buscando
casa, porque el encargado "la había puesto en la calle". Monsalvat
encontró al encargado allí cerca, en el patio. Hablaron. Era ya de
noche. De los cuartos salían olor a comida, arrorrós de una madre que
hacía dormir a su hijo, lloriqueos de chicuelos, el bordoneo de una
guitarra, las voces de dos viejos que discutían en genovés.
Monsalvat exigía explicaciones al encargado. El sujeto, hasta entonces,
fué humilde y adulón para con Monsalvat. Pero ahora, al saber que la
policía le llamaba al orden, pretendía imponérsele. Comenzó a acudir
público. El encargado no abandonaba sus modos untuosos, y mostraba una
actitud de víctima, que parecía justificada por las palabras enérgicas
de Monsalvat.
--Señor mío... puede gritar si quiere, insultarme, hasta pegarme.
Comprendo que soy un pobre hombre, un hombre modesto, un infeliz. Pero
yo... debo obedecer. Y la señora, la respetable dueña de esta casa,
una verdadera matrona... aunque el señor lo dude... una persona que es
la virtud personificada, no permite en sus propiedades ni... gentes de
ideas peligrosas... ni menos... mujeres como ésa...
Al oir el insulto a Nacha, Monsalvat perdió el resto de serenidad que
podía quedarle. Apretó los puños, como aprontándose para saltar sobre
el hombre.
--Así es que le ruego... señor mío... que nos abandone. Lamentaremos
perder su honorable compañía... sí... ¡qué se ha de hacer! Y en cuanto
a esa... señorita... le diré, con perdón de las modestas señoras que me
escuchan, que no deseamos aquí busconas, es decir...
El coro, ya numeroso, rió a carcajadas. Monsalvat, exasperado, agarró
del saco al hombre y le dijo con una voz que temblaba:
--¡Miserable, ya tendrá su castigo...!
Monsalvat no había terminado la frase cuando miró a su izquierda.
Quedó rígido. La cara de Mauli, que le miraba sonriendo perversamente,
allí, junto a él, le reveló su nulidad y su impotencia. Aquel hombre
siniestro era la autoridad, la ley, la fuerza, la razón. Aquel residuo
de calabozo era el orden social. Aquel montón de estiércol era el
sostén de las instituciones. ¡Era su enemigo hasta entonces oculto y
ahora visible, el enemigo de él, que allí representaba la justicia
verdadera y la bondad humana!
Ante la palabra de Monsalvat, el encargado no reaccionó. Pareció
hacerse más humilde, más poquita cosa. Pero sonreía, con una apenas
perceptible sonrisa de infinita perfidia e hipocresía. Con los ojos
bajos, y la voz llena de mansedumbre, susurró:
--El señor me ofende... pero yo acepto sus ofensas en castigo de mis
culpas. Dios me premiará mi humildad. En cambio, yo no ofenderé al
señor. Al contrario, si no se opone, influiré con la respetable señora
propietaria para que... para que le pongan al señor un traje muy
bonito, le rapen la cabeza y le den unas duchitas frías...
La gente festejó con explosivas risotadas la alusión al manicomio que
hacía el encargado. Estimulado por el éxito, el hombre continuó:
--Y a la señorita... digo mal, perdón humildemente, señor mío,... a la
princesa del cuarto número veintidós... yo la obsequiaría con... con...
Monsalvat le había vuelto las espaldas hacía rato y trataba de abrirse
paso para salir, pero la gente se lo impedía, obligándole perversamente
a escuchar aquellas inepcias.
--¿Qué? ¿Qué le daría?--gritaban las mujeres, deschavetadas en
carcajadas grotescas.
--Pues le daría... ¡perdón por la palabra!... ¡una libreta!
Rió aquella gente con grosería y brutalidad. Algunos aplaudieron. A
Monsalvat, que se abría camino a codazos, le arrojaban al rostro la
infame alegría. Al encargado le palmeaban, le pinchaban en el vientre,
le hacían repetir sus gracias. Monsalvat, lentamente, seguido de
aquellos hombres y aquellas mujeres, iba remolcando su dolor. No oía,
no veía, no sentía nada. Si en algún momento su cariño a Nacha le
ordenó la violencia, en seguida comprendió que con ello se perdería
para siempre, que perdería a su amiga. No, jamás la dejaría sola,
abandonada a la maldad trágica de los hombres. A la maldad de los ricos
y a la maldad de los pobres. Y seguía su calvario, latigueado por las
palabras soeces, por las risas, por las miradas de satisfecha venganza.
Monsalvat, ya en su cuarto, pensó en aquella humanidad. ¡Ah, ahora
comprendía la inutilidad de sus ideales, la inutilidad de su obra!
Nada podía hacerse, nada, desesperadamente nada, mientras los hombres
fuesen malos. ¿Pero quién tenía la culpa de todo aquello? La tenía la
sociedad, la tenían los bienhallados. Ellos dejaban a las pobres gentes
en la ignominia de su maldad natural. De su maldad natural, no. De su
maldad adquirida, de su maldad que provenía del hambre, de la pobreza,
de la desigualdad, de la falta de higiene, de las enfermedades.
Monsalvat pensaba en aquéllos que le ofendieron, que todavía seguían
riéndose bajo su ventana, y les absolvía, considerándolos como simples
víctimas.
Llamaron a su puerta. Eran Julieta y Nacha.
Nadie las vió entrar, sino Mauli. El sujeto estaba en la vereda.
Intentó disimular su presencia, pero apenas ellas pasaron el zaguán
y subieron la escalera, corrió a hablar con el encargado. Los dos
hombres, en puntas de pie, llegaron hasta el cuarto de Monsalvat y
miraron y trataron de oir por el ojo de la llave. Vieron a Nacha
sollozando, vieron que Monsalvat se ponía triste. Pero no sintieron
compasión ninguna. Y se alejaron, al notar que las muchachas se
despedían.
Monsalvat al quedarse solo, se resistió a creer cuanto había oído. ¿Era
posible que Nacha no le quisiera ahora? ¿Que pudiera irse con Arnedo,
sobre todo odiándolo, como aseguraba? Monsalvat en algún momento
imaginó haber soñado. Durante toda la noche, tuvo a su lado como una
compañera inseparable, a la Desesperación. Sus manos sintieron las
manos heladas de la amiga invisible, oyeron sus oídos sus palabras
fatales, sus labios se estremecieron con sus besos abominables. Durmió
la Desesperación en su lecho y fué su amante: una amante trágica,
horrible y ardiente.
Poco después de la salida de Julieta y Nacha, Monsalvat había ido a
la policía. Él no desconfiaba de Mauli. Por repugnante que fuese el
hombre, era empleado policial y no había entonces motivos para temer de
él. Así se lo dijo a Nacha, con lo cual logró tranquilizarla un tanto.
En la policía prometiéronle que mandarían un agente para vigilar la
casa. El agente entró en el conventillo, fué hasta el cuarto de Nacha
y le aseguró que vigilaría toda la noche.
A la mañana siguiente, Julieta, que había dormido en el cuarto de
Nacha, se fué a su trabajo. Quedaron en que Nacha la llamaría si
retornaban sus terrores.
Pero no ocurrió así. Nacha fué a la tienda y volvió casi contenta.
El haber declarado a Monsalvat cómo era su cariño hacia él, parecía
haberle liberado. Hasta entonces creyó que lo engañaba, que se conducía
mal con él. Ahora, ¡qué enorme peso se había sacado de su conciencia!
Por otra parte, Monsalvat había comprendido. Cierto que él sufría, pero
Nacha esperaba que ahora volviese a su mundo y se olvidara de ella.
Monsalvat no vió a Nacha cuando regresó ella de la tienda. Del
ministerio se dirigió a la casa de Torres. El médico llegaba de la
calle en ese instante.
--Yo te lo advertí--dijo Torres al oir a Monsalvat, que le contaba
la conversación con Nacha.--Nada bueno ibas a sacar de meterte con
esas mujeres. Y ahora, ¿eh? son las desilusiones y las amarguras. En
fin, has perdido casi un año de tu vida. Pero no es solamente eso.
Tu reputación está por el suelo. Tienes que rehabilitarte ante la
sociedad, ¿eh?
Monsalvat escuchaba todo esto, profundamente dolorido. No
comprendía cómo este amigo, el único que conservara, le ignoraba
tan absolutamente. Él había ido a confiar su angustioso sufrimiento
al solo ser de su condición que aceptaría escucharle, y he aquí que
sus palabras eran mal interpretadas. Consideró inútil explicar, y,
sin dar la mano a Torres, salió de aquella casa, abatido y enfermo.
Ya no esperaba nada de nadie. La vida pesaba demasiado para él. Ni
ilusiones, ni esperanzas. ¡Oh abismos de la soledad! Todo perdido,
irremediablemente perdido.
No quiso volver a su casa. Anduvo vagando por las calles, distrayendo
sus pensamientos. A la hora de comer entró en una Brasileña y tomó
un café con leche. Luego siguió su vagar por las calles, como un
sonámbulo, interminablemente, lentamente. Por fin se fué a su casa
y se puso a leer. Pero tuvo que dejar la lectura. Trató entonces de
escribirle a Nacha una larga carta. Trató de convencerla de que ella le
quería, de contagiarle su sentimiento, de mostrarle los días claros y
sonrientes que vendrían para ellos si Nacha aceptase su cariño.
Pasó una hora, pasaron dos horas, pasaron tres horas... Monsalvat
escribía y rompía, y continuaba escribiendo. Se levantaba, daba
unos pasos, volvía a sentarse. Eran las dos. Todo dormía. La calle,
silenciosa; el conventillo, silencioso.
Pero no duró mucho tiempo este silencio. De pronto, oyó como si un
automóvil se detuviese allí cerca. Luego oyó como que abrían la puerta
y como si pasos de hombre cruzaran el patio disimuladamente. Se asomó a
la calle y no vió nada. Salió entonces al pequeño corredor sobre el que
daba la puerta de su cuarto. Pero el corredor tenía una alta pared que
impedía ver. Bajó las escaleras y llegó al patio. No andaba un alma.
Todo estaba en silencio. Solamente en el cuarto de Mauli, casi frente
al de Nacha, había luz. Supuso que el sujeto habría llegado. Monsalvat
volvió a su cuarto. Se acostó. Y por efecto del cansancio, no tardó en
dormirse.
Al cabo de unos minutos un ruido extraño le despertó. Parecióle un
grito. Pero un grito apagado, ahogado, tal vez un grito lejano. Sin
embargo, debió ser allí cerca, en la calle, bajo la puerta. Oyó casi
simultáneamente voces de hombres, ruidos de pasos y de un automóvil que
se acercaba. Saltó de la cama y se lanzó al balcón.
Debió dar un grito espantoso. Había visto el automóvil detenerse a la
puerta, y cuatro hombres que llevaban una mujer y la metían dentro
del carruaje. Y vió el coche que huía, la mujer que gesticulaba y los
vecinos que se asomaban a las ventanas. Y él seguía gritando, como un
loco, en la impavidez de la noche. Y se arrojó escalera abajo, y salió
a la calle, mientras el automóvil huía a todo escape y doblaba en la
primera esquina.
XX
Monsalvat, descorazonado, no sabía qué hacer. En la policía no pudieron
darle la menor noticia del paradero de Nacha. Sólo constaba, por el
testimonio de tres vigilantes, que, en la noche de la desaparición de
Nacha, un automóvil pasó a toda velocidad, hacia las dos de la mañana,
en dirección al sud. Uno de los agentes aseguraba haber visto dentro
una mujer, a la que varios hombres sujetaban. Otro agente afirmaba que
no iba en el auto mujer ninguna. Torres, a quien Monsalvat consultó
el caso, le manifestó su satisfacción. A su juicio se trataba de un
rapto simulado, en complicidad con la propia Nacha, que tal vez deseaba
apartarse de Monsalvat y no sabía cómo hacerlo.
--Lo probable, ¿eh?, es que se haya ido con Arnedo. Esa muchacha,
acostumbrada a tener un hombre, no podía vivir en el celibato, ¿eh?,
a que tu apostolado la condenaba. Se acordaría del Pampa, seguro. Y
esos bichos, esos muchachos compadrones, saben interesar a las mujeres.
La que se enamora de uno de ellos es para toda la vida. ¡Si conoceré
casos! Te digo que es una suerte. Ahora, ¿eh?, podrás ser libre. Ya era
ridículo lo que estabas haciendo.
Monsalvat le miró fijamente, con dureza. Torres comprendió el reproche
de su amigo pero no desistió. Estaban en el consultorio del médico,
de pie, frente a frente. Torres vestía un largo delantal blanco que
acentuaba su aspecto morisco y hacía más negros sus ojos, sus cortos
bigotes y su cabellera enrulada.
--Sí, ridículo--insistió el médico.--¿Crees que están los tiempos
para acciones sublimes? Querer salvar a una infeliz muchacha de la
prostitución, pase. Enamorarse y hasta querer casarse con ella, pase
también. Todos los días ocurren barbaridades de ese calibre. Pero lo
absurdo es que un hombre de tus aptitudes se dedique al oficio de
apóstol y ande entre atorrantes y mujeres perdidas, con el propósito de
redimirlas.
Monsalvat no quiso escuchar una palabra más. Y salió de allí, sin
despedirse, triste y abatido.
Pocos días después recibió una carta de Nacha. Eran cuatro líneas,
escritas con precipitación. Decíale que la habían encerrado en una
casa mala de la Boca y que el Pampa no la veía. Rogábale que no la
buscase. Era su destino el ser una mujer de mala vida. ¡Era su destino
y debía cumplirlo! Terminaba deseándole que fuese feliz y pidiéndole
que volviese a su mundo, a aquella vida sin preocupaciones, de donde
ella le había sacado sin saberlo. Monsalvat permaneció un largo rato
contemplando la carta, releyéndola, deteniéndose en cada palabra como
si buscase entre líneas las señas de la casa donde sufría Nacha.
No se dió por vencido Monsalvat. Se propuso buscar de nuevo a Nacha.
Había conservado aquella lista de las mal llamadas casas de citas,
que no eran en su mayoría sino vulgares lenocinios, más o menos
clandestinos. No figuraba en la lista ninguna casa de la Boca. Pero
había diez o doce de Barracas. Una tarde, después de la oficina, se
dirigió a una de ellas.
Era un departamento bajo, al fondo de una casa de dos pisos, en el
rincón oscuro de una calle cortada. Llamó a la pequeña puerta. Salió a
abrirle una vieja desdentada, inmunda, repugnante. La mujer, descalza,
barría el piso lleno de agua. Monsalvat no había visto nunca un tan
lamentable ejemplar humano. La vieja, alta, toda huesos, se cubría con
un batón, que, muy abierto arriba, dejaba ver el comienzo de dos pechos
flácidos, trágicos de fealdad. Para no mojarse habíase arremangado el
vestido y veíansele las piernas hasta la rodilla. Tenía un vientre
abultado; puntiagudo. Completaba su figura una cabeza desgreñada y
una boca que reía nauseabundamente. No había un diente en aquella
boca. Veíansele las encías, anfractuosas y lívidas. Monsalvat preguntó
por la dueña de la casa. Era aquel harapo humano. La vieja le pidió
disculpas, en un castellano de conventillo, y le hizo entrar en una
pieza, rogándole que esperara mientras iba ella a vestirse. Un extraño
olor, que resultó ser de incienso, apestaba el cuarto, lleno de humo.
Con sonriente asombro Monsalvat vió las paredes atestadas de estampas
de santos. En una repisa una vela iluminaba a un San Antonio. Las
estampas eran deplorables cromos. Las había sobre la cabecera de la
cama, sobre las cuatro paredes, hasta sobre la puerta del cuarto. Unas
eran pequeñas, otras tendrían medio metro de altura. Estaban unas junto
a otras, sin orden, tapizando de bienaventuranza las paredes. Monsalvat
pensaba si en aquel cuarto, entre tan austeros testigos, las alumnas
de la dueña de casa ejercerían su oficio.
La mujer volvió, algo arreglada. Detrás de ella entró una muchacha
como de diez y siete años, de pelo colorado, muy sorda y pobremente
vestida. Monsalvat imaginó que fuese alguna sirvienta de casa pobre de
las inmediaciones. Cuando la vieja supo el motivo que allí llevaba a
Monsalvat, le pidió dinero. Monsalvat le dió un billete de diez pesos.
La vieja recordó entonces que, el día anterior, una muchacha refirió
allí la historia de una mujer robada y encerrada en cierta casa de la
Boca.
--¿Dónde puedo ver a esa muchacha?
La vieja hizo que la chica se le acercara y le gritó al oído que quién
contó esa historia. La chica dijo un nombre.
--Ah, es una que no ha de volver. Estuvo aquí por casualidad. Pero
puede verla, ¿sabe dónde? ¿Conoce la casa de la Vasca? Pues allí hay un
baile mañana a la noche. La muchacha irá. Pregunte por Getrude. Es una
media flacona, morenucha, mañera...
Monsalvat no quiso irse sin reprochar a la vieja su oficio, y sobre
todo el recibir muchachas menores. La vieja reía desmesuradamente, con
su boca desdentada, descoyuntándose y echándose para atrás. A cada rato
se pasaba la manga por la nariz.
--Bah, usted se cree entonces que nosotras perdemos a las muchachas.
¡Sería bueno! Mire, diga: yo tengo, ¿a ver?... cincuenta y dos años.
Nada más. Y parece que tuviera sesenta y cinco, lo menos. Y mire: en
veinte años que llevo en este oficio no engañé ni perdí a ninguna
mujer. ¡Sería bueno! Yo no he obligado a las mujeres a perderse.
Oficio ilícito, dice usted. Pero es lícito ser dueño de la gran tienda
_La Ciudad de París_, donde es tan poco lo que pagan a las empleadas
que las obligan a perderse. Diga: yo sé muchas cosas del mundo. Antes
he tenido otra posición. A mi casa iban personajes. ¡Sería bueno! Pero
yo no exploto a nadie, propiamente, como en esas tiendas. Yo no soy
cómplice de crímenes, como los _asionistas_ de esas grandes empresas.
Mire: las mujeres no perdemos a otras mujeres. Son los hombres, los
ricos principalmente, los que pierden a las mujeres. Son los dueños de
conventillos, los dueños y gerentes de fábricas. ¡Casa de prostitución!
¡Sería bueno! Más casa de prostitución que la mía es cualquiera fábrica
donde pagan a las mujeres treinta pesos. Y últimamente, ¿a ver?, si
alguna mujer pierde a otra no somos las pobres. ¡Qué jorobar! Son las
ricas, con su lujo, con el mal ejemplo que dan... ¡Sería bueno!
A la noche siguiente, Monsalvat se dirigió a la casa de la Vasca, donde
encontraría a Gertrudis. Debió andar por calles oscuras, siniestras.
Por fin encontró la casa, en un recoveco de callejuelas, cerca del
Hospicio de las Mercedes.
Era un paraje extraño, de una rara austeridad de color y de líneas,
y de una desolación enorme. Imposible concebir nada más áspero, más
trágico. Una calle angosta y corta ascendía entre dos paredones, que
al final torcían bruscamente. Desde allí no se veía sino el cielo y
la noche, y, hacia la parte por donde Monsalvat entrara, los muros y
los árboles del manicomio de mujeres. Circulaba un silencio de yermo,
dormía una soledad de crimen. Monsalvat sintió un escalofrío, un vago
miedo. Pero no un miedo de los hombres, sino un miedo del silencio, de
aquella paz lúgubre, del infinito. Monsalvat torció por la calleja.
Ahora vió muchas luces lejanas. El paisaje se había hecho más vasto.
Un lirismo con quién sabe qué de fatal se dilataba en la noche. De un
lado de la calle, una pared baja; y en lo hondo, un ancho y negro cauce
de ferrocarril. Inmensos bultos sombríos y sin formas--vagones que
dormían--se aglomeraban y confundían allá abajo. Muy lejos, hacia la
masa de la ciudad, advertida en algo de grande que estremecía el aire,
surgía el polvillo de las iluminaciones eléctricas. Hacia otras partes,
mezclábanse sombras vagas y amarillentas luces. En el lado izquierdo
de la calle alineábanse unas cuantas casas. Una de ellas era la que
buscaba Monsalvat.
La puerta estaba entornada y llamó. Se oían conversaciones, risas,
música de un piano. Le gritaron que entrara y entró. Al fin del zaguán,
una muchacha que bebía cerveza en compañía de un compadrito le preguntó
qué deseaba. El aspecto de Monsalvat debió infundir desconfianzas al
compadrito. Contestaron que la señora estaba ocupada, que había baile
en la casa. Pero Monsalvat insistió sin vacilaciones y lo hicieron
pasar. La señora, una vasca altísima y fornida a quien encontró en el
patio, desconfió también. Monsalvat inventó una historia para poder
quedarse, y además le dió dinero a la mujer. Gertrudis era la muchacha
que bebía cerveza. La señora la llamó aparte, para que hablase con
Monsalvat.
--¡Yo qué sé!--exclamaba Gertrudis.--He oído contar eso, ¡pero vaya a
saber si es verdad! Y a más, que no me acuerdo. Hace muchos días.
--No hace muchos días, porque el robo fué la semana pasada...
--Bueno, no sé. ¿No le digo que no sé nada? Y a más, que no fuí yo la
que contó. Sería otra cualquiera.
Monsalvat advirtió que el compadrito los espiaba. En las piezas
interiores bailábase un tango. Monsalvat veía desde el patio el perfil
de un mulatón que tocaba el piano. Era un pianista pintoresco. Golpeaba
la madera del piano, silbaba, a veces cantaba. Se advertía el aire
espeso de los cuartos; llegaba hasta el patio la sensualidad de la
danza como una cosa que fermenta. Había en el ambiente moral algo de
descompuesto. Monsalvat iba a marcharse, fastidiado, cuando la muchacha
cambió. Le pareció a Monsalvat haber notado una señal que el compadrito
hiciera a la muchacha. Pero no dió importancia al hecho. Gertrudis,
ahora sonriente y amable, decíale que iba a darle la dirección de la
casa, y le pedía por favor que no contase porque podían asesinarla. En
esto se acercó el compadrito. Saludó a Monsalvat sacándose el sombrero.
Gertrudis dijo una calle y un número. Y le explicó al muchacho de qué
se trataba. El compadrito se ofreció para acompañar a Monsalvat. Él
conocía la casa, y si el señor iba solo, no lo dejarían entrar. El
muchacho se hacía sencillo, humilde, bueno. Monsalvat pensó que tal vez
sería un trabajador, algún muchacho decente. Y en su optimismo de la
humanidad, acabó por aceptar la compañía. El muchacho se despidió de
tres o cuatro amigos y salieron.
Caminaron como un cuarto de hora, por calles oscuras y enteramente
desconocidas para Monsalvat. Comenzaban a abundar los terrenos baldíos.
De pronto, al acercarse a una esquina, el muchacho produjo un silbido
extraño. Parecía que hubiese agujereado la oscuridad. Monsalvat iba a
preguntarle qué ocurría, cuando se sintió rodeado por cuatro sujetos
que lo amenazaban con puñales y revólveres. Comprendió la inutilidad de
hablar ni de indignarse, y entregó cuanto tenía.
Monsalvat no se desanimó. Tampoco sintió enojo contra los ladrones.
Pensó que tal vez aquellos pobres diablos necesitasen ese dinero, y
no se acordó más del incidente. Caminó en la misma dirección a que le
habían traído, suponiendo llegar en seguida al río. Y así ocurrió.
Apenas vió el Riachuelo se juzgó en tierra civilizada. Y después
de informarse, se echó a caminar, dispuesto a hacer a pie el largo
trayecto que era necesario para llegar por allí a la Boca.