Era la idea de que su destino no debía ser aquella vida que estaba

viviendo. ¿Por qué no podía ser feliz? ¿Por qué no podía, siquiera,

vivir tranquila? ¿Por qué tanto sufrimiento? ¿Qué le esperaba? ¿Y

qué esperaba ella allí? Resolvió que esa existencia era transitoria.

Indudablemente su situación era un alto, tal vez un puente por donde

iría a otra parte. Pero, ¿adónde? ¿Por qué vivía allí, cerca de aquel

hombre? ¿Casarse? No, jamás lo imaginó seriamente. Un sueño, un sueño

demasiado hermoso, que no tenía ni aun el derecho de soñarlo. ¿Ser la

amante de él? ¡Oh, nunca, nunca! Y él no lo deseaba tampoco. Entonces

se preguntó qué sentía por él. ¿Lo quería? ¡Lo admiraba! Jamás creyó

que hubiese almas tan grandes. Monsalvat representaba para ella toda

la bondad del mundo. Pero, ¿quererlo de otro modo, con los sentidos?

Al principio, cuando lo encontró en el cabaret, quizá sí; pero ahora,

no. Ahora era un padre, un hermano, un hijo. Lo quería demasiado para

poder quererlo como a un hombre. Con enorme lástima, a veces. Le veía

perdiendo su vida por ella. Le veía dejando su posición, abandonado de

los amigos y la sociedad, solitario, descuidando su empleo, pobre, ¡y

todo por ella! Le veía arrojado de su mundo como un perro. Y entonces,

el mal pensamiento volvía. ¿Si ella huyese de él? ¿Si ella supiese

que su destino no era el ser buena, y retornase a la vida? ¿Y Arnedo?

¿Qué quería con ella Arnedo? Comparó los dos hombres. Monsalvat, todo

alma, todo ternura, todo idealismo. Arnedo, todo fuerza, materialidad,

brutalidad. Monsalvat atraía su alma, sus pensamientos, lo mejor de

ella. Temblaba de pensar que el Pampa volviese a atraer su cuerpo, sus

sentidos que no lograban habituarse a la castidad, sus deseos que eran

lo peor que había en ella. Temblaba de pensar que Arnedo ejerciese su

dominio de antes. Y sufría hasta el llanto incansable, por Monsalvat y

por sí misma.

XVIII

Un atardecer de Junio en que a causa del tiempo, fastidiosamente húmedo

y del calor sofocante que anunciaba tormenta, Monsalvat saliera al

balcón de su cuarto, vió venir a Nacha. Instantáneamente presintió lo

anormal. Nacha parecía dolorida, enferma.

Se encontraron en el patio. Monsalvat preguntó qué pasaba. Lo preguntó

más que con palabras, con los ojos, con su actitud, con su corazón que

gritaba dentro de él la pregunta, con su alma que ya adivinaba un gran

dolor. Nacha le tendió una mano, llorosa, derrotada, acobardada por la

vida. Fué su respuesta. Monsalvat comprendió que debía ser muy grande

su sufrimiento para que, delante de gente, Nacha, reservada siempre, le

tendiese así la mano. Las cabezas, asomadas a las puertas, sonrieron

de la pareja sufriente. Las mujeres, y algunos hombres que trabajaban

o hablaban en el patio, miraron y se echaron a reir. Alguno miró y se

hizo el disimulado, como si aquello que veía fuese algo malo, algo que

era indiscreto mirar. Pero Monsalvat y Nacha sufrían tanto, que no se

separaron. Monsalvat condujo a Nacha hasta su cuarto, sosteniéndola de

un brazo. Allí ella refirió su dolor.

Había sido en la tienda. Desde hacía días estaba fatigada, enferma.

¡Y ocho, nueve horas sin sentarse! A veces la mandaban a otros pisos,

tres o cuatro pisos más arriba o más abajo, que debía subir cargada

con mercaderías, por la escalera, pues no tenía derecho para utilizar

el ascensor. Esa tarde, bajaba con un maniquí. Advirtió que no podría

bajarlo, que no tenía fuerzas. La obligaron. Le cargaron encima el

pesado armatoste de madera. Bajó un piso, desfalleciente, destrozada.

Se sentía mal. Iba a dejarlo, ahí no más, en el rellano de la escalera,

cuando le mandaron decir, con otra empleada, que si no seguía quedaba

expulsada de la tienda. Y siguió. Bajó otro piso. Algunos empleados

reían al verla pasar. Otros la compadecían en silencio. Pero no pudo

más. Amontonó sus fuerzas que huían, que se dispersaban, y bajó unos

escalones. Y entonces,--no supo cómo fué--, cayó en medio de la

escalera, rodó hasta el rellano. Perdió el sentido. Cuando despertó

estaba rodeada de empleados. El gerente, con el reloj en la mano, la

miraba. El maniquí, en pedazos, era llevado por alguien. Preguntó si

podía irse a su casa. Le contestaron que se le descontaría el tiempo

que faltaba para concluir la jornada. Y que se le descontaría el

tiempo que había durado el desmayo. ¡Por eso el gerente miraba el

reloj y la observaba! No hubiera creído si no lo hubiese visto con sus

ojos, si no se lo hubiesen dicho. Aquella maldad tan enorme le dió

fuerzas. Comprendió su triste esclavitud, el egoísmo de esa gente. Y lo

comprendió todo mejor, cuando al salir le dijeron que debía pagar el

maniquí. ¿Pagar? No había entendido, asombrada, medio alelada, mirando

con ojos enormes. ¿Cómo pagar? Pagar, sí. Pagar todo el maniquí.

Pagarlo por mensualidades, que se le descontarían. Cada mes, cobraría

diez pesos menos. ¡Diez pesos menos! No quería creer. ¿Y cómo iba a

vivir con diez pesos menos? "Usted se arreglará", le dijeron. "Eso es

cosa suya". Ella calló. Vió que era inútil. Ellos tenían la fuerza, el

dinero, la tradición. Debían tener razón también, pues tenían tantas

cosas, ¡todas las cosas que dan la razón a los ricos contra los pobres!

Cuando Monsalvat salió del cuarto vió en frente a Mauli y otros

vecinos. Le miraron risueñamente. El encargado, que acababa de dejar el

grupo y se alejaba hacia la puerta, trató de que Monsalvat no le viese.

Se detuvo en una puerta, disimuladamente, dando la espalda. Monsalvat

pasó de largo, sin fijarse en él.

Y entonces el hombre volvió. Fué a golpear en el cuarto de Nacha.

Todavía lloraba la pobre Nacha. Le hizo entrar. Era un hombre de

aspecto desagradable, a fuerza de parecer manso y dulzón. Miraba

siempre al suelo y de reojo; jamás de frente. No reía nunca. Tenía

modales de sacristán. Solía meter una mano en la manga del otro brazo,

y caminaba con los pies hacia adentro y sin hacerse sentir. Para con

la gente del conventillo no tenía entrañas. La familia que llegara a

deber quince días, quedaba expulsada, así tuviese enfermos graves. Era

cobarde, pero contaba para todo con la protección de la policía.

--Pues... he venido... señorita... o señora... tal vez sea más

propio... a decirle que mi conciencia me obliga... a advertirle que...

Espero que comprenderá. Su conducta en esta casa no debe permitirla

una persona... honorable como creo ser, una persona en quien ha

depositado su confianza la respetable propietaria, la augusta dama

que...

Nacha no comprendía. Miraba a aquel sujeto odioso, hipócrita y

perverso, tratando de adivinar sus propósitos. No imaginaba qué pudiera

querer con ella aquel hombre.

--¡Vamos! Hágase usted ahora la inocente... Yo lamentaría tener que

explicarle. Quisiera que usted, por sí misma, advirtiese que ésta

es... una casa decente... ¡claro!... y no una casa de ésas donde viven

mujeres... Sí, eso es. Mujeres como tantas... ¡jé, jé! que usted

conocerá... ¡jé, jé! En fin... señorita... o señora... no quisiera

más visitas de hombres. Para eso... ¡jé, jé!... para eso están...

naturalmente... las posadas.

--Usted se equivoca--gritó Nacha, poniéndose de pie bruscamente.

El hombre bajó los ojos al suelo con exagerada humildad, se hizo más

pequeño y dijo:

--Todos somos humanos y podemos equivocarnos... ¡jé, jé! Pero...

conocemos su vida. Yo no digo nada. No es por nada. Pero... no negará

usted haber visitado cierta casa de la calle... en fin, adonde no iba a

rezar el rosario... precisamente. ¡Jé, jé!

Nacha, rabiosa, se acercó al sujeto. Le hubiera escupido en la cara,

le hubiera arrojado de allí. Pero una mano invisible la detuvo. Pensó

en el escándalo, en Monsalvat. Pensó en que aquel miserable individuo

tenía también la fuerza, como representante de la dueña. Aquel monstruo

era el testaferro de una dama multimillonaria. Él administraba para

ella, cobraba para ella. Con el fin de que ella no perdiese treinta o

cuarenta pesos, el hombre expulsaba a gentes hambrientas que debían

alquileres, las arrojaba a la calle. Arrojaba a infelices viudas,

abarrotadas de hijos. Arrojaba a enfermos, a moribundos. La cuestión

era que la gran señora cobrase sus rentas íntegras, para repartir

luego sumas enormes, cientos de miles, entre conventos y cofradías,

voluntaria y criminalmente ignorante de los trágicos dolores humanos de

donde provenía su dinero.

--Yo... por mí, podría usted quedarse. No me meto en vidas ajenas. Pero

la señora, ¡jé, jé! no quiere mujeres de... de su clase...

Nacha no pudo más y en su exaltación, en su sufrimiento, le gritó al

hombre, como si le escupiese:

--¡Cállese, monstruo infame! ¿De qué clase? ¡Fuera de aquí! ¡Ahora

mismo! ¡Canalla, cobarde, víbora!

El hombre abrió la puerta. Y desde el umbral, casi a gritos, para que

le oyeran del patio, pero en actitud humildísima, sonriendo dulcemente,

gruñó como una bestia herida:

--¿De qué clase? De la suya... ¡Jé, jé! De la clase de... ¡jé, jé!...

¡de las putas!

Nacha cayó al suelo, aplastada, temblante. Y al mismo tiempo, una

risa horrible, satánica, espantosa, que venía del patio, penetró como

dos puñales en sus oídos. Su ser entero se irguió. Quiso gritar su

protesta. Pero cayó, vencida, inutilizada. Y en seguida, un enorme,

infinito frío envolvió su cuerpo, su corazón, su alma. Tembló con

frenesí. Temblaron sus manos, sus piernas, sus dientes, su ser entero.

Monsalvat no supo nada. Aquella noche tenía lecciones, y apenas fué por

un minuto a la pieza de Nacha, cuando volvió de comer. Nacha disimuló

cuanto pudo. Monsalvat habló de aquel asunto de la tienda, rogando a

Nacha que no se afligiese. Pronto vendería aquel conventillo suyo, y

todo ese dinero sería para ella.

Tres días a la semana Monsalvat daba clase a algunos obreros del

barrio. Al principio sus alumnos fueron tres o cuatro. Pero ahora

solían ir hasta veinte. Todos leían. Él les enseñó a dos o tres. Ahora

les hablaba de diferentes cosas, de historia, de viajes, de moral. Su

elocuencia sencilla atraía a aquellos hombres sencillos. Algunas veces,

comentando un suceso del día o una página de un libro, les evocaba

una sociedad nueva, una era de amor entre los hombres, donde hubiese

justicia. Entonces la voz se tornaba suave, casi mística, plena de

simpatía humana y de fervor.

Pero aquella noche, Monsalvat no podía hablar a sus discípulos con

palabras como las de siempre. Aquella noche odiaba. La injusticia para

con Nacha, en la tienda, había removido hasta lo más hondo del pozo

de su alma. Una multitud de detalles dispersos y olvidados habían

vuelto a vivir en su interior, agrandados todos allá en una existencia

subconsciente, unidos todos, viviendo juntos, en aquellos momentos, con

una tremenda intensidad.

Los obreros iban entrando en su cuarto. Daban la mano a Monsalvat y

hablaban con él unas palabras. Monsalvat les preguntaba por los hijos,

por la mujer, por la madre. Luego sentábanse. Algunos permanecían de

pie. Cuando fueron las nueve en punto, Monsalvat comenzó.

--Hoy--dijo--he comprendido una cosa fundamental. Y es que yo,

al hablarles a ustedes de que el amor transformaría al mundo, me

equivocaba. Me equivocaba funestamente. Porque el amor jamás llegará

a ser. El amor no puede transformar el mundo. El amor no puede crear.

Hace mil novecientos años oyó el mundo la más sublime palabra de

amor. La elocuencia de esa voz es tal, que ninguna la ha superado ni

ha de superarla nunca. Y si esa voz nada logró, ¿qué hemos de lograr

nosotros? Si esa voz no ha sido comprendida por los hombres, no

obstante su prestigio, quiere decir que los hombres no comprenderán

nunca ninguna voz que hable de amor. Es preciso entonces predicar el

odio. Sí, el odio. Predicar el amor es ser cómplice de la iniquidad.

Predicar el amor es trabajar para que todo siga como ahora, esperando

el advenimiento de lo que jamás vendrá. El amor es una cosa casi

siempre pasiva, inerte. El odio es acción. El odio nos dará la fuerza

y por la fuerza llegaremos a implantar el amor. Esto hay que hacer.

Por el odio alcanzar el amor. Por la violencia, que es el instrumento

del odio, imponer la paz, la fraternidad, la justicia. Por otra parte,

al usar el odio y la violencia, nosotros, los de abajo y los que como

yo estamos con ustedes, no haríamos sino emplear los procedimientos

que ellos emplean. Ellos, los de arriba, nos desprecian, nos odian.

Ellos emplean la violencia en todos los momentos de su vida. Ellos

han organizado el odio y la violencia. Ejercen la fuerza no sólo

ocultamente sino visiblemente. Yo he visto cómo ejercen violencia

sobre las vidas y la salud, imponiendo a otros hombres trabajos

monstruosos e infamantes. Yo sé cómo ejercen violencia sobre los

espíritus, condenándolos a una eterna ignorancia. Yo sé cómo ejercen

violencia sobre las mujeres, sobre las almas y los cuerpos femeninos.

Aun los que vienen con palabras buenas nos odian y sólo quieren que

continúe nuestra esclavitud. No, mis amigos: el amor nunca vendría

a liberarnos. ¿Oiría la voz del amor el accionista inglés que cobra

enormes dividendos por su parte en los ferrocarriles, en las grandes

tiendas, en los frigoríficos argentinos? ¿Oirían la voz del amor, la

verdadera voz del amor, esos propietarios de conventillos, que arrojan

a la calle a mujeres y niños enfermos? No, nunca. Toda esa gente no

quiere entender más lenguaje que el de los cheques y los billetes de

Banco. Pero hay otro lenguaje que pueden comprender, aunque no quieran

comprenderlo: el lenguaje de nuestra violencia.

Los discípulos escuchaban inmóviles, bajo una intensa emoción. Algunos

parecían sufrir. Otros miraban a su maestro con piedad dolorosa. Otros,

sin duda, recordaban. Era evidente que más de uno apenas comprendía,

que la inteligencia de casi todos ellos buscaba una relación entre

el pasado y aquellas palabras. Habían sufrido la vida entera, habían

vivido siempre miserablemente, habían conocido ayer no más el hambre;

pero los años les habituaron a su existencia triste.

Hubo un instante de silencio. Nadie se movía. Nadie, ni Monsalvat, se

hubiera atrevido a hablar. Algo de grande, de augusto, estaba allí,

entre aquellos hombres, como una cosa visible. Y todos miraban eso que

allí estaba. Y eso estaba en todas partes. Estaba adentro de cada uno,

en los ojos del compañero, en el eco de campana remota y misteriosa con

que seguían sonando las palabras del maestro, en el rostro doloroso de

Monsalvat, en la quietud profunda, en el latir recio de los corazones.

El silencio continuó aún. Uno quiso hablar, pero miró a los otros y

calló. Monsalvat también quiso hablar, pero miró a sus discípulos y

nada dijo. Continuó todavía el silencio... Al fin, comprendieron todos

que estaban de más las palabras y se levantaron al mismo tiempo. Uno

por uno dieron la mano a Monsalvat. Nunca el maestro sintió las manos

más cálidas, más vibrantes, más vigorosas. Algunos tenían lágrimas en

los ojos. No se sabía si estaban contentos o si estaban tristes.

Cuando se retiraron sus discípulos, Monsalvat tuvo la sensación de

haber realizado una obra de justicia y de haber dado un paso hacia la

transformación del mundo. Sentimental e imaginativo, sin el sentido

de la realidad, creía en la eficacia de las fórmulas abstractas y de

las vaguedades que predicaba. En su ardoroso anhelo de reformar el

mundo había algo de misticismo, y faltaban las fórmulas concretas, los

métodos de acción, la creencia de que era necesaria una disciplina. En

su exaltación un tanto individualista y lírica, imaginaba que mediante

los justos y lógicos sentimientos de rebeldía como los que predicara

aquella noche, y sólo mediante ellos, pudiera llegar a organizarse una

sociedad mejor.

Al día siguiente, Monsalvat fué llamado por la policía. No se

inquietó, pero supuso que le hubiera denunciado el espía. Le condujeron

a la oficina del jefe, un militarote despótico y _poseur_, que adoptaba

aires de Bonaparte y tenía el rostro afilado y seco. Monsalvat le

conocía. El jefe le trató con superioridad.

--Malos consejos, amigo--decía el militar, paseándose lentamente, con

la mano a la espalda y aumentando la natural rigidez de su esquelética

figura.--Ideas disolventes... Incomprensible que un hombre de su

situación conspire contra las instituciones, contra la patria. Como

si todo no estuviese perfectamente organizado. Como si cualquiera no

pudiese hacerse rico en este país. Ideas sacadas de cuatro libros

infames, perniciosos. Cosas de esa Europa vieja y podrida, principios

sin aplicación en esta tierra generosa, donde nadie tiene hambre, donde

nadie podrá quejarse de injusticias...

Monsalvat, que observaba tercamente el artesonado, se estremeció.

Miró al jefe con azoramiento. Imaginó que se burlaba. Pero advirtió

su seriedad, su convicción. Monsalvat, entonces, recordó haber oído

eso mismo mil veces, diez mil veces, un millón de veces. Y lo que era

peor, recordó haber escrito él mismo esas palabras, exactamente esas

palabras, esas mentirosas y cobardes palabras que sólo parecían un

pretexto para seguir engañando, explotando, robando y asesinando, para

justificar todas las ignominias que ejecutaban en este país los hombres

de presa, el infinito y poderoso mundo de los hombres de presa.

No era probable que Monsalvat escuchase ni contestase a aquel hombre.

El mismo jefe lo comprendió así, y terminó la entrevista. Antes de

despedir a Monsalvat le hizo leer una ley social que aún regía.

Monsalvat la repasó en una ojeada y se fué, saludando al jefe con una

simple inclinación de cabeza.

Este incidente, en apariencia fútil, entristeció a Monsalvat. Quedóse

pensando en lo que había llegado a ser, recordando todo el último año

de su vida.

En aquel cuarto de la policía, en la actitud del jefe para con él, en

el mero hecho de ser llamado, había comprendido todo lo que perdió,

había visto todo lo que fué y todo lo que había dejado de ser. Antes,

tuvo posición, dinero, prestigio, amigos. Ahora nada tenía. Ahora

era un pobre diablo a quien la policía lo llamaba y lo amenazaba.

Y todo, ¿para qué? En un año, ¿qué había remediado? Sacó del fango

a tres o cuatro mujeres, enseñó a leer a varios hombres, pero todo

esto, ¿qué representaba dentro del océano infinito del sufrimiento

y de la ignorancia de los hombres? Monsalvat era fuerte, fuerte en

su convicción y en su fuerza moral, fuerte en su amor del Bien y en

su ternura y en su piedad: pero ahora dudaba. Conocía ya la infinita

amargura de la tentación. En un instante de debilidad moral hasta pensó

en abandonarlo todo y volver a su mundo, a su posición de otro tiempo.

Una tristeza, vasta como el universo, le enfriaba el corazón, el alma,

la cabeza. Sentíase en medio de un páramo horrible, lejos de todos,

olvidado de todos. Sentíase espantosamente solo, en medio de la lúgubre

y helada soledad del mundo. Y este hombre bueno, que había buscado

aquella vida por el bien de los demás, que todo lo había dado por

los otros, que se había entregado a su obra con alegría, con fe, con

inaudito valor físico y moral, acabó por llorar... Lloró por él mismo,

por su propia vida, por el fracaso de su existencia entera, ahora y

para siempre. Lloró Monsalvat... Pero él aún no sabía que los hombres

más fuertes desfallecen y que esas tristezas y esas breves lágrimas no

son sino un descanso, un alto que hace crecer las fuerzas para seguir

la jornada.

XIX

Aquella misma tarde, mientras Monsalvat sufría de incertidumbre, Nacha

iba hacia Belgrano, donde vivía Julieta.

Desesperada, atormentada por la angustia, parecíale eterna la marcha

lenta del tranvía. Sus nervios se exaltaban a cada detención. Miraba

con odio a las mujeres que tardaban en bajar o subir, que tardaban

siglos, causándole un sufrimiento atroz. Dos o tres hombres que

estaban próximos a ella pretendieron flirtear, pero Nacha les clavó

unos ojos tan duros y despreciativos que los sujetos, avergonzados, no

insistieron. A la media hora del viaje compró un diario. Pero no pudo

leer. No entendía nada. Hizo esfuerzos inauditos para concentrar su

atención en la crónica de policía. Lograba leer dos líneas, un párrafo

y luego su imaginación saltaba a otras cosas. Después se daba cuenta de

que no leía, y nuevamente empezaba, siempre con idéntico resultado. Por

fin estrujó el diario y lo aplastó con sus pies.

El tranvía marchaba ahora por calles solitarias y con mayor velocidad.

Bajaron dos muchachas obreras y detrás de ellas se descolgó un

individuo de mirada ansiosa, que sin duda las creyó buena presa. Al

lado de Nacha un hombre leía una revista ilustrada y poco a poco,

maquiavélicamente, trataba de poner su pierna en contacto con la de

su vecina. A Nacha le distrajo un instante la pueril maniobra del

conquistador, pero acabó por arrinconarse y apelotonarse en su sitio,

huyendo de aquella estupidez.

Al cabo de una hora, Nacha llegó por fin a Belgrano. Bajó del tranvía

y se hundió en la sombra silenciosa de las calles arboladas. Iba casi

corriendo. Pasaban los chalets elegantes, con jardines y magníficos

árboles, respirando una vida de paz y comodidades. En algunas calles

los árboles formaban techo. De los parques y jardines salía el

delicioso olor de las flores. Nada, fuera de los pasos de uno que otro

transeúnte, interrumpía el silencio del barrio. Todo estaba penetrado

de dulzura y de calma. Pero no para Nacha. Aquel dolor y aquel terror

que la empujaban impedíanle ver y sentir.

Julieta trabajaba en Belgrano, en una tienda de la calle Cabildo.

Ganaba muy poco, casi como Nacha. En cambio sus gastos eran

insignificantes, pues vivía en casa de una familia amiga, que le

cobraba una miseria por darle un cuarto y la comida. Las gentes de

la casa eran de su pueblo; unos infelices, tanto el marido como la

mujer. Julieta los encontró por casualidad, cuando buscaba pensión.

Antes de quedarse, les refirió honestamente su vida y sus propósitos

de regeneración. No quería engañarlos, decía ella. La mujer vaciló un

poco, pero el marido, un socialista militante, afirmó declamatoriamente

y con grandes gestos y frases oratorias, que allí no se tenían

prejuicios y que él consideraba hasta un deber contribuir a la

regeneración moral de cualquiera que la necesitase.

Cuando Nacha llegó a la casita, Julieta no estaba. Quedó hablando

con el matrimonio, mientras un enjambre de chicos la rodeaba. El

buen hombre le hacía mil preguntas, distrayéndola un tanto de sus

cavilaciones. Nacha intentaba atenderle, seguir la conversación; pero

no podía. A cada rato se quedaba con la mirada perdida, inmóvil, la

expresión contraída. Más de una vez abrió los ojos enormemente, como

con pánico.

Por fin apareció Julieta. Entraron en su cuarto.

--¿Pero qué es esto? ¿A esta hora?--exclamaba Julieta con

inquietud.--¿Te pasa algo? Vení, contáme todo...

Se sentaron al borde de la cama.

--Vengo huyendo...--dijo Nacha, con una voz vacilante y poniendo sobre

el brazo de su amiga su mano que temblaba.

--¿Huyendo...? ¿De quién?

--No sé... Huyendo de Monsalvat, de Arnedo, de aquel hombre perverso de

la casa... Huyendo de mí misma. Tengo miedo de mí, Julieta. ¡Si vieras

qué presentimientos! Te aseguro que todo está negro para mí, que todo

está lleno de horrores, de crímenes, de... ¡qué sé yo!

--¿Presentimientos?

--Sí, presentimientos. Adivino que va a pasar algo, algo grave,

tal vez terrible para mí. Julieta, Julieta, escucháme... Tengo el

presentimiento de...

No podía continuar. Temblaba toda entera. Sus ojos se habían agrandado

de terror. Julieta le decía que no hablara más y la acariciaba como

una dulce hermana.

--No, no... Necesito decirte. Tenés que saberlo, Julieta. Tenés

que saber que este presentimiento mío, que me enloquece, que me

desespera... es el de que voy a perderme otra vez...

Julieta le pidió detalles. Ayudada por su amiga, Nacha refirió sus

temores.

Arnedo la perseguía. Rondaba la tienda, la había esperado a la entrada

y a la salida, le habló una vez. Pretendía llevársela con él. Era

caprichoso, terco, vanidoso, malo, sin escrúpulos. Siempre consiguió

cuanto quiso. ¿Qué podría ella, una pobre mujer débil, contra aquella

voluntad poderosa? ¿Qué podría ella, que sentía hacia ese hombre una

atracción inexplicable? No lo quería, no. Lo odiaba. Fué malo, brutal,

desdeñoso para con ella. Sin embargo, jamás lo hubiera dejado, y

ahora... ahora se iría con él si él insistía demasiado. Y esto era

lo que la aterrorizaba: irse con Arnedo, perder todos sus esfuerzos

para ser buena; hacer sufrir a Monsalvat, a ese hombre que la adoraba

y había dejado todo por ella; ponerse, otra vez, en el camino de la

infamia.

--Pero Nacha... Es preciso luchar. Parecías salvada, y me salvaste a

mí. ¿Por qué has de perderte si no querés?

--Será mi destino... ¡Siempre dije que mi destino era ser mujer de

la vida! Cada vez que quise entrar en el buen camino la fatalidad me

sacó de allí y me perdió. Ahora me parece imposible que yo pueda ser

honrada. Todo está contra mí. Ya ves en la tienda... ¡Qué vida aquella!

--¿Y por qué no se lo decís todo a él, a Monsalvat? Te adora, lo

arreglará en seguida. Estoy segura de que él puede más que Arnedo. Que

lo haga poner preso. Váyanse de esa casa...

Nacha Regules: Novela · 第 14 / 19 段