ni a la salida de la tienda. Parecía ignorar que Monsalvat viviese con
él. Era honesta. Vivía muy modestamente en un conventillo. Ansiaba
saber de Monsalvat. Quería que él no la creyese una perversa ni
desagradecida. Si se portó mal con él, fué por salvarle a él mismo. Por
salvarle de ella, del amor de una mujer indigna. Habíanle asegurado que
estaba enfermo. Necesitaba saber si era verdad, si era por causa de
ella que estaba enfermo.
A la noche Torres fué al inquilinato. Una casa muy decente, habitada
por familias de modestos empleados.
--¡No sabe lo que he sufrido!--le dijo Nacha.--Una tarde nos
encontramos en una casa. Y yo...
Torres estaba enterado de aquel encuentro. Nacha entonces siguió:
--Pero usted no sabe por qué hice eso. Fué por tanto quererlo. Para
no hacerle mal. Para que él, un hombre distinguido y de bien, un
alto empleado, no se perdiera ante el mundo uniendo su vida a la de
una... ¡qué sé yo! Desde ese día he sido honrada. Ahora vivo, aunque
muriéndome de sufrimiento. Pero este sufrimiento lo acepto por él y
para rescatar mi vida de antes. Lo acepto para que él no sufra. Para
que él me olvide y sea feliz y vuelva a vivir. Aunque yo me muera.
¡Para lo que sirvo!
Estaban solos, frente a frente, con una mesita de por medio y una
lámpara triste, apartada a un lado. Torres sintió como si las sombras
del cuarto se acumulasen bajo su garganta y le apretasen ahogándole.
Vió mucha luz en el rostro de Nacha. Pensó en la horrible fatalidad de
los destinos humanos.
Pero la emoción pasó. Y el hombre mundano, el hombre cargado de
prejuicios, de mentiras y de maldades, aun siendo bueno, arrojó de
aquella conciencia al hombre sencillo.
--¡No sabe lo que he sufrido!--repitió Nacha.--Desde esa tarde me gano
la vida trabajando. Pasé días de hambre, de miseria. Después entré
en la tienda. Once horas por día, y treinta pesos de sueldo. Tengo
un interés, también. Pero hay multas, por cualquier cosa. En total
gano sesenta pesos, más o menos. Y las once horas parada, sin poder
descansar un minuto. A veces me hacen subir cargada hasta el quinto
piso. No podemos usar los ascensores. Es una vida penosa, la mía. Y
todo por él. No para que él me quiera. No para ser digna de unirme a
él. Solamente para ser digna, aunque de lejos, de ese amor que él me
tiene...
Torres entornaba los ojos, meditando. Mientras tanto, la mirada de
Nacha se llenaba de confianza y de paz. Torres pensaba que aquella
honestidad de Nacha era un peligro para Monsalvat. Pensaba que era
necesario salvar a su amigo para siempre, que era necesaria la mentira
para obtener este bien. Temió ser débil, no atreverse a la mentira.
¡Era triste que, aun para las cosas buenas, fuese indispensable, a
veces, mentir! Una voz le preguntó si creía que aquello que meditaba
era realmente una cosa buena. Vaciló ante esa voz de su conciencia.
Pero recordó la opinión del mundo, la moral del mundo, los sentimientos
del mundo. Entornó los ojos, hizo un gesto como de quien arroja una
mala idea, y dijo, con la voz hecha pedazos:
--Es preciso no verlo más, Nacha, ¿eh? Nunca. Él, además se ha olvidado
de... Sí. Ahora él quiere a otra mujer. Piensa en formar su hogar. No
hay que destruirle sus buenos propósitos y sus ilusiones, ¿eh?
Nacha no veía nada. Todo estaba oscuro. Sólo sintió que una sílaba
afirmativa salía mecánicamente de su garganta, que una mano suya se
alargaba sin fuerzas. Luego, un contacto rápido de su mano con otra
mano, un ruido de puerta, un ruido de pasos que se alejaban. Y todo
seguía en la misma oscuridad, en la misma horrible, trágica oscuridad.
Sentada junto a la mesita, sin sentidos para las cosas, no oyó que
llamaban a su puerta, que un hombre entraba y que allí, frente a ella,
esperaba. Un golpe sobre su corazón y una luz interior le hicieron
levantar los ojos. Creyóse enferma. Imaginó que todo era un delirio.
Hubiera gritado, pero algo sin fin, algo que enormemente se hinchaba
dentro de ella, deshacía en polvo su voz.
--Nacha...--dijo entonces el hombre con una dulzura inmaterial.
--¿No es un delirio? Dígame que no sueño...
Por fin aquellas dos tristezas estaban frente a frente. No hablaban.
Las palabras jamás expresarían tan intensamente lo que expresaban
los ojos de Monsalvat y el llanto acongojante de Nacha. El cuarto se
poblaba de recuerdos, de escenas dolorosas, de sufrimientos antiguos.
El cuarto adquirió una extraña vida, una vida misteriosa, la vida de
algo que se ha llenado de almas.
Nacha continuaba llorando. Y era que lloraba por toda su vida. Por
lo que fué y por lo que debió haber sido. Por lo que no quiso ser y
por lo que el mundo la obligó a que fuera. Monsalvat, junto a ella,
le acariciaba las manos. El cuarto seguía poblándose de misterio y de
almas. Monsalvat tuvo allí, frente a él, los distintos hombres que
había sido en su vida. Les pedía cuentas de su vida. Les veía el alma
hasta el fondo y los maldecía. Frente a Nacha desfilaban también las
distintas mujeres que vivieron en su cuerpo. Aquélla que fué mala y
aquélla que fué buena. Aquélla que fué víctima, aquélla que fué débil...
La luz de la lámpara se apagó. En medio de la absoluta oscuridad se
vieron mejor las almas. Los dos se comprendieron. Los dos sintiéronse
desgraciados. La luz que había dentro de cada uno buscaba la otra luz.
Las cabezas se acercaron. Y sin saberlo, sin buscarlo, un beso puro, el
primer beso, unió a aquellas almas como a dos hermanos.
XVII
Allí, en aquella casa, para estar cerca de Nacha, había instalado
Monsalvat su vida. Fué esa misma tarde. Torres, que leyera el recibo
de la carta de Nacha, había ido a la agencia de mensajeros, y allí
logró saber dónde Nacha vivía. Llegó al conventillo. Sus ojos ansiosos
leyeron el aviso de una pieza con muebles que se alquilaba. El edificio
era una gran casa de familia, democratizada en conventillo; la pieza,
en el piso alto y sobre la calle, fué alquilada inmediatamente por
Monsalvat. Y así cuando apareció en el cuarto de su amiga, ya era
habitante de la casa.
Torres no logró saber adónde había huido Monsalvat. Ignoraba el
domicilio de Nacha; y una vez que la encontró a la salida de la tienda,
ella fué impenetrable. Nada sabía. No lo había visto. Ni una sola
noticia de él. Nacha no se reprochó estas falsedades. Quería tenerlo
a Monsalvat allí cerca, su alma junto a su alma, su alma sólo para
ella. Temía de los amigos, de la oficina, de todo. Y a la tarde, cuando
regresaba de la tienda, traía el corazón hecho una angustia, en el
temor de no encontrar a su amigo.
Pero todo este amor era solamente fraternal. El primer beso fué también
el último. El sufrimiento había espiritualizado el amor. Nacha, que
había dado su cuerpo a muchos hombres, sabía lo poco que valía el amor
físico. Ella no podía ofrecer al que amaba una cosa de tan poco precio
como su cuerpo, una cosa que había sido para quien quería pagarla.
Para Monsalvat, su alma, su corazón, lo poco bueno que había en ella.
Para Monsalvat su ternura, que la sentía infinita; para Monsalvat su
sufrimiento, que lo sabía infinito. Y él tampoco la deseaba. Nacha,
de simple mujer, se había inmensificado en símbolo. En ella estaban
todas las mujeres que padecían la misma pena, todas las víctimas del
egoísmo humano, todas las abandonadas por la sociedad, todas las hijas
del lodo y de la miseria. En ella estaba su hermana. Si alguna vez
deseó a Nacha, eso fué pasajero, un sentimiento transeúnte en su alma.
Reconocía que este sentimiento le había llevado hacia ella. Veía aquí
la sabiduría del instinto, la bondad callada de la naturaleza. Aquel
deseo, en momentos de vacilación e inquietud de su conciencia, le
condujo al Camino, le condujo al bien. Ahora, ya no era un hombre de
sociedad ni un abogado de prestigio ni nada. Para el mundo, se había
hundido. Pero para él, se había salvado. Era un hombre bueno. Había
encontrado el sentido de su vida: darlo todo a los demás, sufrir por
los demás. ¿Qué le importaba el resto, si en aquello estaba su bien?
Pasaba así el tiempo. Nacha iba por las mañanas a la tienda y regresaba
al atardecer. Monsalvat sólo salía para su oficina y para llevar, allí
donde había alguna gran miseria, el pan de su consuelo. Al volver de la
oficina, reunía a los chicuelos del conventillo y les enseñaba a leer.
Las noches eran para la amistad con Nacha. Eran para el ensueño, con un
libro entre las manos y el silencio a su lado, como un perro fiel. Eran
para pensar en los otros, en los que sufren su miseria. Eran para aquel
ideal Amor, que ahora ya Nacha comprendía.
Pero una vez Nacha dijo sus dudas. ¿Por qué sacrificar la propia vida,
la tranquilidad, la felicidad, por los otros? Si era tanta la miseria
del mundo, ¿qué podía la obra individual, pequeña y lenta? ¿Y por qué
dar toda el alma a una cosa sin recompensa visible? Monsalvat contestó:
--No, Nacha. Sacrificarnos por los demás es un deber. Es la única razón
de vivir. Si todos lo hiciéramos así, piensa en lo bella que sería la
vida. Es un deber de conciencia, porque siempre debemos poner nuestra
vida de acuerdo con nuestras opiniones y nuestros ideales. Es un deber
hacia aquéllos a quienes les hemos quitado su parte de felicidad.
Otros, casi todos, no cumplen. Y no sólo no cumplen su ley de amor
sino que quieren ser egoístas y malos. Pero esto mismo, Nacha, ¿no nos
obliga a nosotros? Tenemos que ser perdonados por nuestras culpas hacia
nuestros hermanos, por la inmensa culpa de la sociedad, en la que todos
tenemos nuestra parte.
Se detuvo, entornando los ojos como si mirase alguna luminosa imagen
lejana. Luego, al cabo de un silencio, agregó:
--La obra individual tiene la prodigiosa virtud del ejemplo. Una obra
de bien nunca es perdida. Despertará otras almas, y cada una de estas
almas abrirá los ojos a otras almas adormecidas. Y así, poco a poco,
llegará el día. El mundo se va preparando para la llegada del gran
día. Desaparecerá la injusticia, la miseria no será sino una palabra
olvidada.
Monsalvat escribía. Había compuesto dos piezas de teatro que Nacha le
copiaba. Eran dos obras extrañas, un poco incoherentes, atormentadas,
humanas, llenas de Amor y de Piedad. En los teatros se interesaron,
pero no osaban representarlas. Alguien las calificó de antisociales;
las consideraron un peligro para las instituciones. Era natural,
había en ellas demasiada simpatía humana. La Bondad y la Justicia
constituyen, como se sabe, el mayor peligro social.
Un domingo, Nacha recibió una visita. Julieta, aquella gordita de la
pensión de Lavalle, venía a contarle su dolor. No era ahora sonriente,
Julieta. Un estremecimiento minucioso, sutil, breve, agitaba casi
imperceptiblemente sus manos y sus facciones. El destino había
derrumbado sobre aquella juventud el muro aplastante de la tragedia.
Cerraron la puerta del cuarto. En el patio, explotaba la garrulería de
los chiquillos. Julieta se echó a llorar con ansias. Nacha, sin saber
nada, lloraba también.
--Soy muy desgraciada. Nacha--habló por fin Julieta.--¡Era el miedo que
yo tenía! Tanto pensar en esto, y ahora... No sé qué va a ser de mí.
Quería decírselo a alguien, pedir un consejo. Anteanoche estuve por...
¡Sufro tanto! No podré resistir mi sufrimiento.
Nacha miró a su amiga de arriba a abajo, indagándole en su cuerpo
aquellas penas tan grandes. Pero no; no era eso. Así lo dijo un gesto
negativo de Julieta.
--¿Qué, entonces?
Apenas la última sílaba hubo salido de sus labios, Nacha sintió en
ella el horror. La idea, penetrando bruscamente en su alma, la hizo
enrojecer. Sobresaltada, levantó los brazos. Los ojos vieron la
tragedia. Una mano se estiró hasta Julieta y oprimió con tremenda
fuerza nerviosa el brazo de la amiga. Julieta bajaba la cabeza,
afirmando. Sufría como muchas vidas. Detrás de aquella lluvia de sus
lágrimas había una noche infinita, enorme, espantable.
--¿Eso? ¿Lo que hablamos en la pensión cuando...? No, no es verdad...
¡No puede ser, Dios mío!
Nacha en voz baja, por el terror de recordar aquello, nombró la
enfermedad espantosa y maldita, el subterráneo veneno de familias
enteras y de pueblos enteros, el Fatum implacable de millones de
tragedias humanas.
--Eso mismo. No sé cómo... ¡Es un horror, Nacha! ¡Dios me castiga! Mi
vida, ¿qué será? Se acabó todo, todo, todo... Quedaré paralítica, me
volveré loca...
Nacha calmaba con ternura de hermana aquel dolor monstruoso. Sus
mejores palabras fueron para la amiga desgraciada.
Entró Monsalvat, Julieta no lo conocía y se estremeció. Intentó
levantarse, componerse el rostro, ocultarse, todo a la vez. Nacha,
apenas lo vió entrar, detuvo a Julieta con las dos manos y le dijo,
imperiosamente:
--Es él. No te movás. Él te salvará. Contále todo; Decíle cómo vino la
desgracia. Yo quiero que él te salve. Será feliz de poder salvarte. No
llorés más, Julieta. Los dos te ayudaremos en tu vida. Te ayudaremos
como hermanos...
Monsalvat, inmóvil, contemplaba aquellos sufrimientos. Sintió la
tragedia en sí mismo. Sin oir las palabras de Nacha, absorto en
las voces de su corazón, permanecía de pie, junto a la puerta,
esperando que Julieta hablase. Pero la infeliz, enferma de vergüenza
y sufrimiento, callaba. Nacha insistió. La envolvió en palabras
cariñosas, se levantó, la besó en la frente. Julieta entornó los ojos
y quedó así un rato. Un poco de paz iba entrando en su alma. Su vida
desfiló ante su dolor presente, y cuando abrió los ojos vió a Monsalvat
en el lugar de Nacha.
--Cuénteme todo--ordenó Monsalvat.
Al decir estas palabras, Monsalvat no era ni curioso ni entrometido.
Pero él sabía ya hasta qué punto infunde confianza, y aun consuelo, al
que sufre, el decirle, con sinceridad y en el instante oportuno, que es
necesario que nos cuente todas sus penas. Las palabras conminatorias
como las de Monsalvat, logran casi siempre la confidencia plena en una
mujer que llora. ¡Y cómo se agradece la orden enérgica! Parece que
al oirla, y que al oir que es necesario decirlo todo, el que sufre
sintiera un apoyo inmenso a su lado, una fuerza protectora de su
debilidad, un remedio para su dolor. "Cuénteme todo, es necesario que
yo lo sepa todo". Las mujeres, antes estas palabras tan masculinas,
siéntense ya consoladas y gozan el placer de verse protegidas por el
hombre, pequeñas, débiles, sufrientes ante el hombre.
Julieta, sin mirar nada, sin ver nada, habló:
--Cuando vivíamos en el Tandil éramos ricos. Mi padre tenía estancia,
mis hermanas mayores se educaban en los mejores colegios de Buenos
Aires. Pero un día, mi padre se suicidó. Quedamos pobres. Nos vinimos a
Buenos Aires. Aquí, en la ciudad, vivimos de una rentita que nos quedó.
Apenas lo suficiente. Mis hermanas, a los tres o cuatro años de vivir
aquí, se casaron. Las dos son ricas. Yo no iba al colegio, porque tenía
que trabajar en casa. Mis hermanas no ayudaban a mamá. Aquella vida era
triste para mí. Ni paseos, ni placeres, ni diversión ninguna. Trabajar
y acompañar a mi madre. Tuve un novio. Me quería con toda su alma, me
dijo. Yo lo adoraba. Un día me llevó no sé adónde. Yo estaba enamorada,
creía que nos casaríamos, y él hizo su voluntad. Quedé pronto en una
situación que era un continuo sufrimiento para mí. Inventamos una
visita a una amiga, y se realizó el crimen que él quería. ¡Es el dolor
de mi vida! Si mi hijito viviera, nada me importaría sufrir. Volví a
casa, pero mis hermanas supieron todo. Un día, quisieron que mamá me
echara. El marido de una me dijo una palabra que nunca debió decirme.
Yo no era eso. Yo había caído por amor, me engañaron. ¡Qué sabía yo de
la vida, ni de los hombres! Mamá intentó defenderme, pero ellas dijeron
a mamá que si me defendía, se quedarían sin madre. Me fuí de la casa,
dispuesta a trabajar. Padecí hambre. Una época, dormí en un cuarto de
diez pesos. No tenía para comer. Fuí a una sociedad de beneficencia, a
pedir socorros. Dije que me moría de hambre, que tendría que perderme
si no se me ayudaba. Me contestaron que una muchacha fuerte y joven
debía trabajar. Que no faltaba trabajo...
El llanto comenzó a borrar las palabras, a cortarlas, a mezclar las
sílabas limítrofes. No importaba. Monsalvat y Nacha conocían aquella
historia. La habían oído muchas veces. Era la eterna historia de las
mujeres caídas, la obra de la maldad de unos cuantos y del egoísmo y
la inconsciencia de todos. Aquellas hermanas brutales no perdonaban
porque la sociedad y el dinero les ordenaban no perdonar. Fueran
pobres, y la compasión habría estado en ellas. Julieta refirió su
lucha atroz por el pan. Quería ser honesta, y a cada paso la acechaba
un hombre que intentaba comprarla. Si le ofrecían trabajo, los mismos
labios protectores exigían su cuerpo. ¡Más bien no fuera bonita! Cayó
defendiéndose, llegó a sirvienta. Ella, hija de un estanciero; ella,
que tenía hermanas casadas con ricos. Limpió letrinas y comió las
sobras, ella, que nació para ser una "niña" como las otras, una señora
como sus hermanas. Por fin, no pudo más, y cedió. El vicio la poseyó
brutalmente. Rodó por las casas de citas, fué sencillamente una ramera.
Pero aprendió a vivir, y limitó su bajeza. Y entonces, dentro de su
vida de prostituta, se hizo seria y ordenada. Soñó en salir de allí.
--Pero hace pocos días, me pidieron el cuarto en la pensión. Debía
mucho. En la casa adonde ganaba la plata, me iba mal. No había
tenido suerte. Después, quince días con influenza. Y esa tarde que
me pidieron el cuarto, salí a la calle. Nunca había hecho eso. Nunca
salí a ofrecerme al primero que pasara. Nunca llegué a caer tan abajo.
Pero me echaban del cuarto... No supe lo que hacía, no pensé. Fué mi
desgracia terrible. Ahora, ¿qué hacer? Seguir en la vida, sería un
crimen. Trabajar... si no encontré antes trabajo, ¿qué será ahora? Y
sin embargo, ahora preciso más que nunca, porque quiero curarme, porque
quiero ser buena y...
Un sollozo angustioso devoró la palabra que seguía. La cabeza cayó
sobre el aro temblante de los brazos. Monsalvat dijo:
--Todo se ha de arreglar. Lo poco que tengo es suyo. No me agradezca
nada. Me enojo con usted si me agradece. Nadie es dueño de nada.
Solamente los perversos creen tener derecho exclusivo a sus bienes. No
se aflija por su situación. Yo le arreglaré todas sus dificultades,
de cualquier clase que sean. Hablaré con sus hermanas, hablaré con su
madre, si así lo quiere. Pero no me agradezca, por favor. No es sólo
por usted que haré esas cosas. Es por los demás, por todos los demás. Y
es sobre todo por mí. ¿Comprende?
Aquel día Monsalvat había cobrado el sueldo. Acababa de pagar su pieza.
Entregó el resto a la muchacha, que se negaba a aceptarlo, pero que al
fin lo guardó, obligada por Monsalvat y Nacha.
Monsalvat dejó solas a las dos amigas.
Al salir, vió en el cuarto de enfrente, parado en el umbral y con
las piernas cruzadas, un sujeto que le miraba con sonrisa siniestra.
Era el tuerto Mauli, personaje odioso. Nacha le tenía horror. Nadie
sabía en qué trabajaba. Decíase que era pesquisa policial. En sus
ojos canallescos, en su frente achatada, en su nariz repugnantemente
abierta, en su expresión viciosa y criminal, asomaba el presidio. Su
aparición espantaba a Nacha. Su figura horrible, hacíale ver todas
las degradaciones, todas las maldades, lo más monstruoso que puede
caber en un ser humano, lo más inhumano que puede caber en un hombre.
Todo el mundo le temblaba. Nacha supo una vez que el infame conocía su
vida. Durante una semana no durmió, aterrorizada; pero como el tiempo
transcurría sin ningún mal para ella, se calmó. A Monsalvat le vigilaba
con más descaro que a Nacha. Llegó hasta seguirle por la calle.
Cuando Monsalvat volvió al cuarto de Nacha, Julieta ya se había ido.
Nacha pensaba, muy triste. Monsalvat unió esta pena a la tragedia
de Julieta. Pero no era esto. Nacha sufría preocupaciones que
siempre estaban con ella, que ella guardaba, que eran sólo de ella,
su exclusiva propiedad. Su pobreza miserable, era una. La poderosa
institución para cuya grandeza trabajaba, arrojábale por mes treinta
pesos. Era preciso que aquella muchacha desgraciada, que aquella hija
de la tierra argentina sufriese, para que los accionistas ingleses,
los millonarios de Londres, recibieran magníficos dividendos. ¿No
bastaba treinta pesos y la miseria que le echaban como intereses de las
ventas, sobras de opulencia, basuras ignominiosas? Pues que vendiese su
cuerpo. Para eso era mujer joven y bonita. ¿Qué podía importar a los
accionistas, a los respetables miembros del directorio local, que sus
empleadas se degradasen? Ni siquiera lo agradecían. No lo ignoraban.
Nadie ignora la imposibilidad de que una empleada de tienda viva con
treinta pesos. Pero el ídolo Dividendo exigía un monstruoso altar
construido por millones de sufrimientos, por millones de bajezas, de
humillaciones. Para formar un buen tanto por ciento se necesitaban
océanos de lágrimas. La libra esterlina debía sonar a besos vendidos,
a ayes de millares de almas sacrificadas antes de nacer, a angustiosos
llantos de madres infelices. Cada cheque representaba una buena suma
de ilusiones destruidas, de vidas mutiladas, de pudores arrojados a la
calle.
Nacha padecía de pobreza. Cosía para particulares o para otras tiendas,
a media noche. Si dijera una palabra, Monsalvat le daría todo,
absolutamente todo, hasta quedarse sin un centavo, hasta quedarse sin
comer. Monsalvat hubiera tenido la más grande alegría en hacer eso.
Pero Nacha callaba. Le había dicho que ganaba más, lo suficiente para
vivir. Callaba por delicadeza, para que Monsalvat no se exaltase contra
quienes explotaban el trabajo de las mujeres.
Pero no era éste el único sufrimiento de Nacha. Tenía muchos más. En
los últimos días le preocupaba una idea, una terrible idea. Y era que
había visto al Pampa, y se imaginaba que aquel hombre la perseguía
otra vez. Lo vió una tarde, quizá por casualidad, a la salida de la
tienda. Ella huyó entre una aglomeración que en la esquina de la
tienda esperaba el tranvía. Y como viese que él la buscaba, parado
en la esquina, tendiendo sus miradas por las calles convergentes,
ella subió a un carruaje. Otro día, lo vió rondando la tienda, a la
hora de la entrada. Nacha no quiso mirarlo, aterrada. La compañera no
comprendía por qué Nacha le apretaba el brazo y le hacía doler. Después
lo encontró a Arnedo diariamente. A veces estaba con un amigo. El día
antes, como ella entrara sola, un poco tarde, él le habló. Se acordaba
siempre de ella. La extrañaba. Tenía una voz cariñosa y le hundía los
ojos en sus ojos. Ella temblaba. Un miedo infinito le impedía decir
una palabra. Había sentido, con verdadero espanto, que aquel hombre no
podía serle indiferente.
Y en su casa, frente a Monsalvat, Nacha sufría con toda su alma.
Pensaba en Arnedo, pensaba en Monsalvat y sufría. Sus pensamientos la
atormentaban como si fueran instrumentos de inquisición. Le hacían
daño en su cuerpo, restaban fuerza a sus ojos, le impedían trabajar de
noche. Una vez, el mal pensamiento que hasta entonces sólo asumiera
formas vagas, distantes, nebulosas, se concretó horriblemente. Pensó
lo que no quería pensar. Deseó morir para no pensar más aquello. Era a
media noche, cosiendo.