Nacha decíale en la carta que deseaba hablarle. Pero no a la entrada

ni a la salida de la tienda. Parecía ignorar que Monsalvat viviese con

él. Era honesta. Vivía muy modestamente en un conventillo. Ansiaba

saber de Monsalvat. Quería que él no la creyese una perversa ni

desagradecida. Si se portó mal con él, fué por salvarle a él mismo. Por

salvarle de ella, del amor de una mujer indigna. Habíanle asegurado que

estaba enfermo. Necesitaba saber si era verdad, si era por causa de

ella que estaba enfermo.

A la noche Torres fué al inquilinato. Una casa muy decente, habitada

por familias de modestos empleados.

--¡No sabe lo que he sufrido!--le dijo Nacha.--Una tarde nos

encontramos en una casa. Y yo...

Torres estaba enterado de aquel encuentro. Nacha entonces siguió:

--Pero usted no sabe por qué hice eso. Fué por tanto quererlo. Para

no hacerle mal. Para que él, un hombre distinguido y de bien, un

alto empleado, no se perdiera ante el mundo uniendo su vida a la de

una... ¡qué sé yo! Desde ese día he sido honrada. Ahora vivo, aunque

muriéndome de sufrimiento. Pero este sufrimiento lo acepto por él y

para rescatar mi vida de antes. Lo acepto para que él no sufra. Para

que él me olvide y sea feliz y vuelva a vivir. Aunque yo me muera.

¡Para lo que sirvo!

Estaban solos, frente a frente, con una mesita de por medio y una

lámpara triste, apartada a un lado. Torres sintió como si las sombras

del cuarto se acumulasen bajo su garganta y le apretasen ahogándole.

Vió mucha luz en el rostro de Nacha. Pensó en la horrible fatalidad de

los destinos humanos.

Pero la emoción pasó. Y el hombre mundano, el hombre cargado de

prejuicios, de mentiras y de maldades, aun siendo bueno, arrojó de

aquella conciencia al hombre sencillo.

--¡No sabe lo que he sufrido!--repitió Nacha.--Desde esa tarde me gano

la vida trabajando. Pasé días de hambre, de miseria. Después entré

en la tienda. Once horas por día, y treinta pesos de sueldo. Tengo

un interés, también. Pero hay multas, por cualquier cosa. En total

gano sesenta pesos, más o menos. Y las once horas parada, sin poder

descansar un minuto. A veces me hacen subir cargada hasta el quinto

piso. No podemos usar los ascensores. Es una vida penosa, la mía. Y

todo por él. No para que él me quiera. No para ser digna de unirme a

él. Solamente para ser digna, aunque de lejos, de ese amor que él me

tiene...

Torres entornaba los ojos, meditando. Mientras tanto, la mirada de

Nacha se llenaba de confianza y de paz. Torres pensaba que aquella

honestidad de Nacha era un peligro para Monsalvat. Pensaba que era

necesario salvar a su amigo para siempre, que era necesaria la mentira

para obtener este bien. Temió ser débil, no atreverse a la mentira.

¡Era triste que, aun para las cosas buenas, fuese indispensable, a

veces, mentir! Una voz le preguntó si creía que aquello que meditaba

era realmente una cosa buena. Vaciló ante esa voz de su conciencia.

Pero recordó la opinión del mundo, la moral del mundo, los sentimientos

del mundo. Entornó los ojos, hizo un gesto como de quien arroja una

mala idea, y dijo, con la voz hecha pedazos:

--Es preciso no verlo más, Nacha, ¿eh? Nunca. Él, además se ha olvidado

de... Sí. Ahora él quiere a otra mujer. Piensa en formar su hogar. No

hay que destruirle sus buenos propósitos y sus ilusiones, ¿eh?

Nacha no veía nada. Todo estaba oscuro. Sólo sintió que una sílaba

afirmativa salía mecánicamente de su garganta, que una mano suya se

alargaba sin fuerzas. Luego, un contacto rápido de su mano con otra

mano, un ruido de puerta, un ruido de pasos que se alejaban. Y todo

seguía en la misma oscuridad, en la misma horrible, trágica oscuridad.

Sentada junto a la mesita, sin sentidos para las cosas, no oyó que

llamaban a su puerta, que un hombre entraba y que allí, frente a ella,

esperaba. Un golpe sobre su corazón y una luz interior le hicieron

levantar los ojos. Creyóse enferma. Imaginó que todo era un delirio.

Hubiera gritado, pero algo sin fin, algo que enormemente se hinchaba

dentro de ella, deshacía en polvo su voz.

--Nacha...--dijo entonces el hombre con una dulzura inmaterial.

--¿No es un delirio? Dígame que no sueño...

Por fin aquellas dos tristezas estaban frente a frente. No hablaban.

Las palabras jamás expresarían tan intensamente lo que expresaban

los ojos de Monsalvat y el llanto acongojante de Nacha. El cuarto se

poblaba de recuerdos, de escenas dolorosas, de sufrimientos antiguos.

El cuarto adquirió una extraña vida, una vida misteriosa, la vida de

algo que se ha llenado de almas.

Nacha continuaba llorando. Y era que lloraba por toda su vida. Por

lo que fué y por lo que debió haber sido. Por lo que no quiso ser y

por lo que el mundo la obligó a que fuera. Monsalvat, junto a ella,

le acariciaba las manos. El cuarto seguía poblándose de misterio y de

almas. Monsalvat tuvo allí, frente a él, los distintos hombres que

había sido en su vida. Les pedía cuentas de su vida. Les veía el alma

hasta el fondo y los maldecía. Frente a Nacha desfilaban también las

distintas mujeres que vivieron en su cuerpo. Aquélla que fué mala y

aquélla que fué buena. Aquélla que fué víctima, aquélla que fué débil...

La luz de la lámpara se apagó. En medio de la absoluta oscuridad se

vieron mejor las almas. Los dos se comprendieron. Los dos sintiéronse

desgraciados. La luz que había dentro de cada uno buscaba la otra luz.

Las cabezas se acercaron. Y sin saberlo, sin buscarlo, un beso puro, el

primer beso, unió a aquellas almas como a dos hermanos.

XVII

Allí, en aquella casa, para estar cerca de Nacha, había instalado

Monsalvat su vida. Fué esa misma tarde. Torres, que leyera el recibo

de la carta de Nacha, había ido a la agencia de mensajeros, y allí

logró saber dónde Nacha vivía. Llegó al conventillo. Sus ojos ansiosos

leyeron el aviso de una pieza con muebles que se alquilaba. El edificio

era una gran casa de familia, democratizada en conventillo; la pieza,

en el piso alto y sobre la calle, fué alquilada inmediatamente por

Monsalvat. Y así cuando apareció en el cuarto de su amiga, ya era

habitante de la casa.

Torres no logró saber adónde había huido Monsalvat. Ignoraba el

domicilio de Nacha; y una vez que la encontró a la salida de la tienda,

ella fué impenetrable. Nada sabía. No lo había visto. Ni una sola

noticia de él. Nacha no se reprochó estas falsedades. Quería tenerlo

a Monsalvat allí cerca, su alma junto a su alma, su alma sólo para

ella. Temía de los amigos, de la oficina, de todo. Y a la tarde, cuando

regresaba de la tienda, traía el corazón hecho una angustia, en el

temor de no encontrar a su amigo.

Pero todo este amor era solamente fraternal. El primer beso fué también

el último. El sufrimiento había espiritualizado el amor. Nacha, que

había dado su cuerpo a muchos hombres, sabía lo poco que valía el amor

físico. Ella no podía ofrecer al que amaba una cosa de tan poco precio

como su cuerpo, una cosa que había sido para quien quería pagarla.

Para Monsalvat, su alma, su corazón, lo poco bueno que había en ella.

Para Monsalvat su ternura, que la sentía infinita; para Monsalvat su

sufrimiento, que lo sabía infinito. Y él tampoco la deseaba. Nacha,

de simple mujer, se había inmensificado en símbolo. En ella estaban

todas las mujeres que padecían la misma pena, todas las víctimas del

egoísmo humano, todas las abandonadas por la sociedad, todas las hijas

del lodo y de la miseria. En ella estaba su hermana. Si alguna vez

deseó a Nacha, eso fué pasajero, un sentimiento transeúnte en su alma.

Reconocía que este sentimiento le había llevado hacia ella. Veía aquí

la sabiduría del instinto, la bondad callada de la naturaleza. Aquel

deseo, en momentos de vacilación e inquietud de su conciencia, le

condujo al Camino, le condujo al bien. Ahora, ya no era un hombre de

sociedad ni un abogado de prestigio ni nada. Para el mundo, se había

hundido. Pero para él, se había salvado. Era un hombre bueno. Había

encontrado el sentido de su vida: darlo todo a los demás, sufrir por

los demás. ¿Qué le importaba el resto, si en aquello estaba su bien?

Pasaba así el tiempo. Nacha iba por las mañanas a la tienda y regresaba

al atardecer. Monsalvat sólo salía para su oficina y para llevar, allí

donde había alguna gran miseria, el pan de su consuelo. Al volver de la

oficina, reunía a los chicuelos del conventillo y les enseñaba a leer.

Las noches eran para la amistad con Nacha. Eran para el ensueño, con un

libro entre las manos y el silencio a su lado, como un perro fiel. Eran

para pensar en los otros, en los que sufren su miseria. Eran para aquel

ideal Amor, que ahora ya Nacha comprendía.

Pero una vez Nacha dijo sus dudas. ¿Por qué sacrificar la propia vida,

la tranquilidad, la felicidad, por los otros? Si era tanta la miseria

del mundo, ¿qué podía la obra individual, pequeña y lenta? ¿Y por qué

dar toda el alma a una cosa sin recompensa visible? Monsalvat contestó:

--No, Nacha. Sacrificarnos por los demás es un deber. Es la única razón

de vivir. Si todos lo hiciéramos así, piensa en lo bella que sería la

vida. Es un deber de conciencia, porque siempre debemos poner nuestra

vida de acuerdo con nuestras opiniones y nuestros ideales. Es un deber

hacia aquéllos a quienes les hemos quitado su parte de felicidad.

Otros, casi todos, no cumplen. Y no sólo no cumplen su ley de amor

sino que quieren ser egoístas y malos. Pero esto mismo, Nacha, ¿no nos

obliga a nosotros? Tenemos que ser perdonados por nuestras culpas hacia

nuestros hermanos, por la inmensa culpa de la sociedad, en la que todos

tenemos nuestra parte.

Se detuvo, entornando los ojos como si mirase alguna luminosa imagen

lejana. Luego, al cabo de un silencio, agregó:

--La obra individual tiene la prodigiosa virtud del ejemplo. Una obra

de bien nunca es perdida. Despertará otras almas, y cada una de estas

almas abrirá los ojos a otras almas adormecidas. Y así, poco a poco,

llegará el día. El mundo se va preparando para la llegada del gran

día. Desaparecerá la injusticia, la miseria no será sino una palabra

olvidada.

Monsalvat escribía. Había compuesto dos piezas de teatro que Nacha le

copiaba. Eran dos obras extrañas, un poco incoherentes, atormentadas,

humanas, llenas de Amor y de Piedad. En los teatros se interesaron,

pero no osaban representarlas. Alguien las calificó de antisociales;

las consideraron un peligro para las instituciones. Era natural,

había en ellas demasiada simpatía humana. La Bondad y la Justicia

constituyen, como se sabe, el mayor peligro social.

Un domingo, Nacha recibió una visita. Julieta, aquella gordita de la

pensión de Lavalle, venía a contarle su dolor. No era ahora sonriente,

Julieta. Un estremecimiento minucioso, sutil, breve, agitaba casi

imperceptiblemente sus manos y sus facciones. El destino había

derrumbado sobre aquella juventud el muro aplastante de la tragedia.

Cerraron la puerta del cuarto. En el patio, explotaba la garrulería de

los chiquillos. Julieta se echó a llorar con ansias. Nacha, sin saber

nada, lloraba también.

--Soy muy desgraciada. Nacha--habló por fin Julieta.--¡Era el miedo que

yo tenía! Tanto pensar en esto, y ahora... No sé qué va a ser de mí.

Quería decírselo a alguien, pedir un consejo. Anteanoche estuve por...

¡Sufro tanto! No podré resistir mi sufrimiento.

Nacha miró a su amiga de arriba a abajo, indagándole en su cuerpo

aquellas penas tan grandes. Pero no; no era eso. Así lo dijo un gesto

negativo de Julieta.

--¿Qué, entonces?

Apenas la última sílaba hubo salido de sus labios, Nacha sintió en

ella el horror. La idea, penetrando bruscamente en su alma, la hizo

enrojecer. Sobresaltada, levantó los brazos. Los ojos vieron la

tragedia. Una mano se estiró hasta Julieta y oprimió con tremenda

fuerza nerviosa el brazo de la amiga. Julieta bajaba la cabeza,

afirmando. Sufría como muchas vidas. Detrás de aquella lluvia de sus

lágrimas había una noche infinita, enorme, espantable.

--¿Eso? ¿Lo que hablamos en la pensión cuando...? No, no es verdad...

¡No puede ser, Dios mío!

Nacha en voz baja, por el terror de recordar aquello, nombró la

enfermedad espantosa y maldita, el subterráneo veneno de familias

enteras y de pueblos enteros, el Fatum implacable de millones de

tragedias humanas.

--Eso mismo. No sé cómo... ¡Es un horror, Nacha! ¡Dios me castiga! Mi

vida, ¿qué será? Se acabó todo, todo, todo... Quedaré paralítica, me

volveré loca...

Nacha calmaba con ternura de hermana aquel dolor monstruoso. Sus

mejores palabras fueron para la amiga desgraciada.

Entró Monsalvat, Julieta no lo conocía y se estremeció. Intentó

levantarse, componerse el rostro, ocultarse, todo a la vez. Nacha,

apenas lo vió entrar, detuvo a Julieta con las dos manos y le dijo,

imperiosamente:

--Es él. No te movás. Él te salvará. Contále todo; Decíle cómo vino la

desgracia. Yo quiero que él te salve. Será feliz de poder salvarte. No

llorés más, Julieta. Los dos te ayudaremos en tu vida. Te ayudaremos

como hermanos...

Monsalvat, inmóvil, contemplaba aquellos sufrimientos. Sintió la

tragedia en sí mismo. Sin oir las palabras de Nacha, absorto en

las voces de su corazón, permanecía de pie, junto a la puerta,

esperando que Julieta hablase. Pero la infeliz, enferma de vergüenza

y sufrimiento, callaba. Nacha insistió. La envolvió en palabras

cariñosas, se levantó, la besó en la frente. Julieta entornó los ojos

y quedó así un rato. Un poco de paz iba entrando en su alma. Su vida

desfiló ante su dolor presente, y cuando abrió los ojos vió a Monsalvat

en el lugar de Nacha.

--Cuénteme todo--ordenó Monsalvat.

Al decir estas palabras, Monsalvat no era ni curioso ni entrometido.

Pero él sabía ya hasta qué punto infunde confianza, y aun consuelo, al

que sufre, el decirle, con sinceridad y en el instante oportuno, que es

necesario que nos cuente todas sus penas. Las palabras conminatorias

como las de Monsalvat, logran casi siempre la confidencia plena en una

mujer que llora. ¡Y cómo se agradece la orden enérgica! Parece que

al oirla, y que al oir que es necesario decirlo todo, el que sufre

sintiera un apoyo inmenso a su lado, una fuerza protectora de su

debilidad, un remedio para su dolor. "Cuénteme todo, es necesario que

yo lo sepa todo". Las mujeres, antes estas palabras tan masculinas,

siéntense ya consoladas y gozan el placer de verse protegidas por el

hombre, pequeñas, débiles, sufrientes ante el hombre.

Julieta, sin mirar nada, sin ver nada, habló:

--Cuando vivíamos en el Tandil éramos ricos. Mi padre tenía estancia,

mis hermanas mayores se educaban en los mejores colegios de Buenos

Aires. Pero un día, mi padre se suicidó. Quedamos pobres. Nos vinimos a

Buenos Aires. Aquí, en la ciudad, vivimos de una rentita que nos quedó.

Apenas lo suficiente. Mis hermanas, a los tres o cuatro años de vivir

aquí, se casaron. Las dos son ricas. Yo no iba al colegio, porque tenía

que trabajar en casa. Mis hermanas no ayudaban a mamá. Aquella vida era

triste para mí. Ni paseos, ni placeres, ni diversión ninguna. Trabajar

y acompañar a mi madre. Tuve un novio. Me quería con toda su alma, me

dijo. Yo lo adoraba. Un día me llevó no sé adónde. Yo estaba enamorada,

creía que nos casaríamos, y él hizo su voluntad. Quedé pronto en una

situación que era un continuo sufrimiento para mí. Inventamos una

visita a una amiga, y se realizó el crimen que él quería. ¡Es el dolor

de mi vida! Si mi hijito viviera, nada me importaría sufrir. Volví a

casa, pero mis hermanas supieron todo. Un día, quisieron que mamá me

echara. El marido de una me dijo una palabra que nunca debió decirme.

Yo no era eso. Yo había caído por amor, me engañaron. ¡Qué sabía yo de

la vida, ni de los hombres! Mamá intentó defenderme, pero ellas dijeron

a mamá que si me defendía, se quedarían sin madre. Me fuí de la casa,

dispuesta a trabajar. Padecí hambre. Una época, dormí en un cuarto de

diez pesos. No tenía para comer. Fuí a una sociedad de beneficencia, a

pedir socorros. Dije que me moría de hambre, que tendría que perderme

si no se me ayudaba. Me contestaron que una muchacha fuerte y joven

debía trabajar. Que no faltaba trabajo...

El llanto comenzó a borrar las palabras, a cortarlas, a mezclar las

sílabas limítrofes. No importaba. Monsalvat y Nacha conocían aquella

historia. La habían oído muchas veces. Era la eterna historia de las

mujeres caídas, la obra de la maldad de unos cuantos y del egoísmo y

la inconsciencia de todos. Aquellas hermanas brutales no perdonaban

porque la sociedad y el dinero les ordenaban no perdonar. Fueran

pobres, y la compasión habría estado en ellas. Julieta refirió su

lucha atroz por el pan. Quería ser honesta, y a cada paso la acechaba

un hombre que intentaba comprarla. Si le ofrecían trabajo, los mismos

labios protectores exigían su cuerpo. ¡Más bien no fuera bonita! Cayó

defendiéndose, llegó a sirvienta. Ella, hija de un estanciero; ella,

que tenía hermanas casadas con ricos. Limpió letrinas y comió las

sobras, ella, que nació para ser una "niña" como las otras, una señora

como sus hermanas. Por fin, no pudo más, y cedió. El vicio la poseyó

brutalmente. Rodó por las casas de citas, fué sencillamente una ramera.

Pero aprendió a vivir, y limitó su bajeza. Y entonces, dentro de su

vida de prostituta, se hizo seria y ordenada. Soñó en salir de allí.

--Pero hace pocos días, me pidieron el cuarto en la pensión. Debía

mucho. En la casa adonde ganaba la plata, me iba mal. No había

tenido suerte. Después, quince días con influenza. Y esa tarde que

me pidieron el cuarto, salí a la calle. Nunca había hecho eso. Nunca

salí a ofrecerme al primero que pasara. Nunca llegué a caer tan abajo.

Pero me echaban del cuarto... No supe lo que hacía, no pensé. Fué mi

desgracia terrible. Ahora, ¿qué hacer? Seguir en la vida, sería un

crimen. Trabajar... si no encontré antes trabajo, ¿qué será ahora? Y

sin embargo, ahora preciso más que nunca, porque quiero curarme, porque

quiero ser buena y...

Un sollozo angustioso devoró la palabra que seguía. La cabeza cayó

sobre el aro temblante de los brazos. Monsalvat dijo:

--Todo se ha de arreglar. Lo poco que tengo es suyo. No me agradezca

nada. Me enojo con usted si me agradece. Nadie es dueño de nada.

Solamente los perversos creen tener derecho exclusivo a sus bienes. No

se aflija por su situación. Yo le arreglaré todas sus dificultades,

de cualquier clase que sean. Hablaré con sus hermanas, hablaré con su

madre, si así lo quiere. Pero no me agradezca, por favor. No es sólo

por usted que haré esas cosas. Es por los demás, por todos los demás. Y

es sobre todo por mí. ¿Comprende?

Aquel día Monsalvat había cobrado el sueldo. Acababa de pagar su pieza.

Entregó el resto a la muchacha, que se negaba a aceptarlo, pero que al

fin lo guardó, obligada por Monsalvat y Nacha.

Monsalvat dejó solas a las dos amigas.

Al salir, vió en el cuarto de enfrente, parado en el umbral y con

las piernas cruzadas, un sujeto que le miraba con sonrisa siniestra.

Era el tuerto Mauli, personaje odioso. Nacha le tenía horror. Nadie

sabía en qué trabajaba. Decíase que era pesquisa policial. En sus

ojos canallescos, en su frente achatada, en su nariz repugnantemente

abierta, en su expresión viciosa y criminal, asomaba el presidio. Su

aparición espantaba a Nacha. Su figura horrible, hacíale ver todas

las degradaciones, todas las maldades, lo más monstruoso que puede

caber en un ser humano, lo más inhumano que puede caber en un hombre.

Todo el mundo le temblaba. Nacha supo una vez que el infame conocía su

vida. Durante una semana no durmió, aterrorizada; pero como el tiempo

transcurría sin ningún mal para ella, se calmó. A Monsalvat le vigilaba

con más descaro que a Nacha. Llegó hasta seguirle por la calle.

Cuando Monsalvat volvió al cuarto de Nacha, Julieta ya se había ido.

Nacha pensaba, muy triste. Monsalvat unió esta pena a la tragedia

de Julieta. Pero no era esto. Nacha sufría preocupaciones que

siempre estaban con ella, que ella guardaba, que eran sólo de ella,

su exclusiva propiedad. Su pobreza miserable, era una. La poderosa

institución para cuya grandeza trabajaba, arrojábale por mes treinta

pesos. Era preciso que aquella muchacha desgraciada, que aquella hija

de la tierra argentina sufriese, para que los accionistas ingleses,

los millonarios de Londres, recibieran magníficos dividendos. ¿No

bastaba treinta pesos y la miseria que le echaban como intereses de las

ventas, sobras de opulencia, basuras ignominiosas? Pues que vendiese su

cuerpo. Para eso era mujer joven y bonita. ¿Qué podía importar a los

accionistas, a los respetables miembros del directorio local, que sus

empleadas se degradasen? Ni siquiera lo agradecían. No lo ignoraban.

Nadie ignora la imposibilidad de que una empleada de tienda viva con

treinta pesos. Pero el ídolo Dividendo exigía un monstruoso altar

construido por millones de sufrimientos, por millones de bajezas, de

humillaciones. Para formar un buen tanto por ciento se necesitaban

océanos de lágrimas. La libra esterlina debía sonar a besos vendidos,

a ayes de millares de almas sacrificadas antes de nacer, a angustiosos

llantos de madres infelices. Cada cheque representaba una buena suma

de ilusiones destruidas, de vidas mutiladas, de pudores arrojados a la

calle.

Nacha padecía de pobreza. Cosía para particulares o para otras tiendas,

a media noche. Si dijera una palabra, Monsalvat le daría todo,

absolutamente todo, hasta quedarse sin un centavo, hasta quedarse sin

comer. Monsalvat hubiera tenido la más grande alegría en hacer eso.

Pero Nacha callaba. Le había dicho que ganaba más, lo suficiente para

vivir. Callaba por delicadeza, para que Monsalvat no se exaltase contra

quienes explotaban el trabajo de las mujeres.

Pero no era éste el único sufrimiento de Nacha. Tenía muchos más. En

los últimos días le preocupaba una idea, una terrible idea. Y era que

había visto al Pampa, y se imaginaba que aquel hombre la perseguía

otra vez. Lo vió una tarde, quizá por casualidad, a la salida de la

tienda. Ella huyó entre una aglomeración que en la esquina de la

tienda esperaba el tranvía. Y como viese que él la buscaba, parado

en la esquina, tendiendo sus miradas por las calles convergentes,

ella subió a un carruaje. Otro día, lo vió rondando la tienda, a la

hora de la entrada. Nacha no quiso mirarlo, aterrada. La compañera no

comprendía por qué Nacha le apretaba el brazo y le hacía doler. Después

lo encontró a Arnedo diariamente. A veces estaba con un amigo. El día

antes, como ella entrara sola, un poco tarde, él le habló. Se acordaba

siempre de ella. La extrañaba. Tenía una voz cariñosa y le hundía los

ojos en sus ojos. Ella temblaba. Un miedo infinito le impedía decir

una palabra. Había sentido, con verdadero espanto, que aquel hombre no

podía serle indiferente.

Y en su casa, frente a Monsalvat, Nacha sufría con toda su alma.

Pensaba en Arnedo, pensaba en Monsalvat y sufría. Sus pensamientos la

atormentaban como si fueran instrumentos de inquisición. Le hacían

daño en su cuerpo, restaban fuerza a sus ojos, le impedían trabajar de

noche. Una vez, el mal pensamiento que hasta entonces sólo asumiera

formas vagas, distantes, nebulosas, se concretó horriblemente. Pensó

lo que no quería pensar. Deseó morir para no pensar más aquello. Era a

media noche, cosiendo.

Nacha Regules: Novela · 第 13 / 19 段