en su emoción, bajaba la cabeza. No sabía cómo conducirse con aquel
hombre bueno y sencillo. Pensaba que ella también debía ser sencilla.
No tenía derecho a ocultarle nada, ni a disfrazar sus pensamientos ni
a mentirle. No preveía el fin de aquella entrevista. No había resuelto
nada de antemano. ¿Se dejaría llevar por los acontecimientos? Si
Monsalvat quería hacerla suya, se le entregaría en cuerpo y alma. Si no,
¿qué pasaría? Monsalvat la había llevado a un sofá próximo, y allí
hablaban ahora.
Monsalvat refirió cuánto había hecho por encontrarla. A veces le
parecía que aquella mujer no era digna de una pasión como la suya, y
temiendo el análisis, temiendo que su pensamiento quedase con aquella
preocupación, se interesaba más en el relato, ponía más entusiasmo
y emoción. Todos sus sueños desfilaron también en larga caravana.
Su vida de otros años, su vida de ahora. Explicó los ideales que le
atormentaban y sin los que ya no podría vivir. Había encontrado el
sentido de la existencia: darse a los demás, hacerlo todo por los
demás, vivir nuestra vida para los que necesitan de nosotros.
Nacha le escuchaba silenciosa. Ella, en ciertos momentos de ensueño,
imaginó que su primera entrevista con Monsalvat, si alguna vez se
encontraban, pasaría entre besos enormes y cariños de una ternura
extrahumana. Para ella, eso era el mayor amor. Pero ahora comprendía
que había otro mayor amor. Y estaba impávida, sorprendida, sin saber
si alegrarse o entristecerse. Aquel hombre no era de su mundo. Era un
enigma, era tal vez un ser demasiado superior. Jamás lo comprendería.
Ella, una pobre muchacha de la vida, sin talento, sin virtud, sin nada,
¿cómo iba a alzarse hasta una alma como aquélla?
Y una tristeza inmensa embelleció su rostro. Monsalvat preguntó la
causa de esa tristeza. Nacha hizo un esfuerzo para no llorar. Toda su
energía la puso en dominarse. Y se venció a sí misma. Ahora era fuerte.
Una resolución acababa de definirse en su voluntad.
--Es que... yo no lo quiero a usted. No llegaría a quererlo nunca. ¡Yo
jamás seré suya!
Monsalvat quedó hundido en una estupefacción dolorosa. No comprendía
nada, absolutamente nada. Su experiencia le enseñaba que aquella mujer
lo quería. Había sentido la presencia de un gran amor entre los dos.
La había sentido con la misma evidencia con que pudiera sentir una
presencia humana. Y ahora... No, no era posible. ¿Qué misterio había
allí? ¿Estaría Nacha dominada otra vez por Arnedo? Intentó convencerla
de que sí le amaba ella. Sentía esa necesidad de convencer que sienten
en semejantes casos todos los que aman. Y como todos los que aman,
daba argumentos que parecerían débiles, a veces ridículos, quizás
infantiles, mirados fríamente. La fuerza de esos argumentos residía
en el tono de la voz que los decía, en la sinceridad y la emoción del
sentimiento.
--No, no lo quiero. Es inútil. Jamás podré quererlo. ¡Ha sido muy bueno
usted conmigo, muy generoso, muy leal! Lo quiero como a un amigo del
alma, nada más...
Monsalvat comprendió entonces hasta dónde llegaba su pasión. Alguna
vez creyó que lo que en él había era sólo el deseo de regenerar a
aquella muchacha, digna de otra suerte. El deseo de evitar que dejase
de ser una persona humana, cayendo al más hondo abismo del mal. El
deseo de realizar una obra de bien, ya que hasta entonces sólo de sí
mismo se ocupó. Y también creía amarla. Pero su amor aparecía mezclado
con todos aquellos sentimientos y preocupaciones. Ahora veía con terror
que todos sus ideales, sus sentimientos, sus deseos de regeneración
desaparecían o pasaban a un segundo término. Ahora, él era solamente
un hombre que amaba, y ella una mujer: la mujer amada. Nacha ya no era
una prostituta, una mujer que necesitase regeneración. Todo esto no
existía, y sólo quedaba el cuerpo y el alma de una mujer por la cual
daría su vida. Se olvidó enteramente de todo. Una convulsión violenta
agitó su alma y su corazón.
--Sí me quiere, Nacha. Y debe ser mía. Mía para toda la vida. Le
prometo hacerla feliz. Si hay en mí alguna ternura, alguna bondad,
algún deseo de bien y de belleza, todo será para usted, Nacha. Haré lo
que usted quiera, lo que usted mande...
Se detuvo con temor. ¿Hasta dónde iba a llegar? Pasó por su
espíritu la idea de ofrecerle ser su marido. Enrojeció, turbóse
profundamente. Parecióle absurda semejante idea. Pero luego, pensando
que sólo por este medio lograría tener a Nacha, se aferró a la idea
desesperadamente. Nacha no habría de negarse a un ofrecimiento así.
Comprendería la magnitud de su cariño. Un hombre de su situación,
un hombre de talento, respetado, casándose por amor con una pobre
muchacha que había caído. Nacha agradecería, estimaría su sacrificio.
--Nacha--comenzó Monsalvat con un acento augusto y solemne;--yo la haré
mi mujer. Nos casaremos...
Nacha sintió una profunda conmoción. Quiso hablar y la voz salió hecha
un gemido. ¡Qué horrible lucha! Lo amaba con una extraña pasión. En
este momento más que nunca. Al oir sus palabras de bondad, más que
nunca. Al oir su ofrecimiento, más que cuanto pudo amarlo nunca. Una
voz le decía que cayera entre sus brazos. Algo le empujaba hacia él
desde adentro de su ser. Pero otra voz le decía que ella no tenía
derecho, ella, una prostituta, para unirse a un hombre como aquél.
Aquella voz le gritaba que sería una criminal si aceptaba la unión con
aquel hombre, hundiéndole para siempre ante la sociedad. Aquella voz
le ordenaba el sacrificio. Le ordenaba ser aun más sublime que él. Le
ordenaba vencerse, sufrir, someterse a su destino y no arrastrarlo a
él junto con ella. ¡Voz espantosa, que surgió no sabía de dónde! ¡Voz
que venía tal vez desde aquella tarde, desde que oyó las palabras de
Monsalvat, invitándola a sufrir para rescatar su vida! ¡Voz formidable
que llenó toda el alma de la torturada, la afligida, la triste Nacha, y
le ordenó hablar y levantarse! Su sacrificio habíale dado una extraña
serenidad. Estaba pálida como una muerta. Sonreía para no llorar.
Invocaba todo su amor para no ceder.
--¡Nos casaremos, Nacha!--clamaba Monsalvat desesperado.
Ella luchaba contra la voz que le aconsejaba ceder. Pero ya perdía sus
fuerzas, ya iba a aceptar.
--¿Por qué, Nacha? ¿Qué misterio hay en esto...? Yo la quiero, usted me
quiere...
La tentación fué vencida. Nacha recordó otros momentos de su
existencia. Hizo un esfuerzo sobrehumano. Comenzó a reir.
--No, jamás podría quererlo. ¡Amor ridículo! No le creo, además. Esto
es una farsa indigna. Lo eché de mi casa y lo echaría otra vez. Ha
querido burlarse de mí, de una infeliz muchacha de la vida. Ha querido
ilusionarme, ¡quién sabe con qué propósito! Pero ahora, me reiré yo de
usted. ¿Sabe? Me burlaré, como en el cabaret. ¡Yo, casada! ¡Y casada
con usted, con un loco! ¡Yo, una puta, convertida en señora honesta,
llevando un apellido ilustre!
Y se echó a reir, con una risa sonora, falsa, abominable.
Monsalvat se hundió en su asiento, con las manos en la cabeza, sombrío
de dolor. No comprendía nada.
--Está loca, se ha vuelto loca,--exclamaba.
Nacha estaba a punto de desmayarse. Cuando le vió cubrirse el rostro,
ella se volvió hacia la pared para dejar salir un llanto breve y
desesperadamente angustioso. Algo desahogada, más fuerte en su fuerza,
sentóse en una silla y esperó. Monsalvat no tardó en levantarse. Estaba
pálido él también. Se acercó a ella y le tendió una mano, casi sin
mirarla.
--Alguna vez...--dijo, con voz impresionante, rota, afligente,--alguna
vez... ¿nos veremos?
--¡Nunca! ¿Para qué? No lo quiero. Déjeme sola. Olvídese, si es verdad
que me quiere. Y salga pronto. Estoy enferma. Déjeme sola...
Monsalvat no quiso insistir. No hubiera tampoco podido hacerlo. Tomó
su sombrero, y salió. Se fué como un hombre que está al fin de sus
fuerzas. Parecía un enfermo, tal vez un loco, quizá un borracho. Se fué
vacilante. Y cuando salió, quedó su alma allá en ese cuarto. Un inmenso
dolor quedó en aquella pieza de vergüenza y miseria, y la dignificó, la
embelleció.
Nacha ya no podía más con su sufrimiento. Se arrancó el sombrero en un
gesto desesperado, destrozándolo. Y gimiendo con los gemidos de mil
dolores inmensos, llorando con el llanto de mil desgracias funestas, se
arrojó sobre el lecho de impureza, hecha un doliente gemido, hecha un
doliente y clamoroso llanto.
La paralítica apareció en la puerta. Creyó comprender el drama de
Nacha, y no le dijo una palabra. Prefirió alejarse. Quedóse adentro un
cuarto de hora, conversando con las muchachas, un poco entristecida por
aquella tragedia interior que le recordaba viejos dolores íntimos de
su alma. Ella también, en su juventud, tuvo un amor allá en Italia. Y
el amor quedó trunco, violentamente trunco. Luego vinieron los malos
días, lejos de su familia, abandonada de todos. Se entregó a otros
hombres a quienes no quería. Sufrió con toda su alma. Vino a parar
en la existencia infamante que llevaba, viviendo del vicio ajeno, en
un ambiente que en nada se parecía al dulce hogar de sus padres, de
sus buenos padres que habíanse ido de la tierra llorando el deshonor
de la hija. Ahora, vieja, enferma, ¿qué podía hacer sino seguir así?
No quiso entristecerse más. Tenía experiencia de la vida y sabía que
la tristeza perjudica a los intestinos y al hígado. Y charló con las
muchachas, con la alegría de todas las veces en que había comenzado a
ponerse triste.
Luego entró un amigo que solía colarse hasta allí, para elegir su amiga
ocasional. Era un simpático muchacho que se prendara de Nacha. Preguntó
por ella a la paralítica, en secreto, para no ofender a las demás con
su preferencia. La paralítica se hizo conducir en su cochecito adonde
estaba Nacha. Aún seguía ella llorando, hundida la cabeza en el lecho
impuro.
--Nacha... no llore tanto, hija. ¿Para qué sufrir de esa manera? ¡Oh,
los hombres no valen nada, mujer! Desprécielos. Usted vale más que el
mejor de ellos. Porque usted tiene corazón. Mientras ellos, ¿qué tienen?
Dijo una obscenidad, contestándose a sí misma, y se puso a reir.
--Vaya, Nacha. Está un amigo suyo. Todos son iguales. Ninguno vale más
que otro. ¡Canallas y canallas! Ellos pierden a las mujeres y después
las abandonan y las desprecian. Vaya, mujer. Diviértase un rato con su
amigo...
Le hizo una caricia en el hombro. Le dijo que lo mandaría a ese cuarto
al amigo y se dispuso a salir. Nacha se irguió repentinamente. Secóse
las lágrimas, y casi tranquila, fuerte otra vez, dijo:
--No, no señora. No lo mande. Ni a él ni a ningún otro. Voy a irme para
siempre.
--¿Por qué, mujer? ¿Está enojada conmigo?--exclamaba atónita la
paralítica, viéndola ponerse el sombrero.--¿No vuelve más a esta casa?
--Ni a ésta ni a ninguna otra. No estoy enojada, señora. Ha sido muy
buena conmigo. Yo se lo agradezco. No la olvidaré nunca.
--¿Y entonces...?--preguntó la paralítica, desorientada.
Nacha callaba terminando de arreglarse. Luego besó a la paralítica, le
tomó ambas manos y le dijo, llorosa, mientras la barbilla temblábale:
--Es que... quiero ser digna de ese amor...
--Ah, comprendo. Quiere ser honrada un tiempo para casarse después...
La paralítica dijo esto sencillamente, convencida de que no podía
tratarse de otra cosa. Pero la expresión de Nacha le mostró que no era
eso. Algo más grande, más bello, más raro, aparecía en los ojos de
aquella sufriente criatura.
--¿Qué es entonces? Dígamelo. Ya sabe que yo la estimo, mujer. Y que
haré por usted todo lo que me pida. Si quiere ser honrada y precisa
dinero para serlo, sobre todo al principio, yo haré el sacrificio de
dárselo. Economizaré para dárselo.
Conmovida, Nacha contestó:
--¡Qué buena es usted, señora! Le agradezco sus palabras con toda el
alma. Y porque es tan buena, se lo diré. No, yo no pienso casarme.
Jamás aceptaría que él se sacrificara en esa forma. Pero él me quiere
con una enorme pasión. El destino me ha elegido para que me quieran de
ese modo tan grande, con tanta pureza. Y quiero ahora ser honrada. No
para casarme, sino para ser digna de esa elección, para ser digna de
ese amor, para ser digna de estar en sus pensamientos y en su corazón...
La paralítica la atrajo hacia sí y la abrazó. Nacha soltóse en seguida,
a punto de llorar. Y sin decir una palabra más, salió del cuarto
precipitadamente y se lanzó escaleras abajo.
Hacía muchos años que no era tan feliz como en este instante.
XVI
Una tarde, Torres, que acababa de almorzar con Ruiz de Castro en un
restorán de Esmeralda, creyó ver a Nacha. Era ella. Nacha entraba en
la misma tienda donde estuviera empleada hacía seis años. Con ella
entraron otras muchachas. Faltaban pocos minutos para las dos, hora
en que las empleadas volvían a su trabajo. Hubiera ido a hablarla.
Pero Ruiz de Castro le narraba su aventura con aquella gordita
encantadora que discutió en su casa con Monsalvat. La defensora de las
instituciones. La entusiasta oradora cuyas palabras aplaudió tanto la
aristocrática asistencia a la comida.
--¿Y qué tal, eh?--preguntó Torres, más por vicio que por interés en la
conversación, pues todos sus sentidos estaban en aquella silueta que la
alta puerta de la tienda había devorado precipitadamente.
--Una gloria, hermano--contestó Ruiz, que era un indiscreto.--Lloró a
mares. Una delicia...
Torres llegó a su casa y en seguida fué a hablar con Monsalvat.
Vivían juntos. Monsalvat habíase enfermado seriamente después de su
entrevista con Nacha. Sus nervios, sin disciplina ninguna, le habían
llevado a una situación anormal. Pasaba del más profundo abatimiento
a la exaltación. No dormía. No probaba la comida. Torres le indicó un
régimen. Pero como no lo cumpliera ni quisiera cumplirlo, un buen día
se llevó al enfermo a su casa. Le hizo pedir licencia en el ministerio
por dos meses. Él certificó un surmenage agudo.
Torres no creía que el estado de Monsalvat fuese únicamente debido
a su pasión por Nacha. Conocía toda la historia espiritual de su
amigo, y veía allí una serie de complejas causas. El brusco cambio
de su alma le había afectado profundamente. Vivía disgustado de sí
mismo, reprochándose su inutilidad, su egoísmo de los años anteriores,
hasta su incapacidad para transformar el mundo. Torres había hecho lo
imposible para demostrarle que fué un hombre verdaderamente útil, que
no hubo en él tal egoísmo. Había sido mejor que casi todos los hombres
de su generación, y la prueba era su prestigio. Monsalvat argumentaba
que todo eso sería verdad desde el punto de vista mundano, según el
criterio de la mentira que dominaba la sociedad.
--Yo he sido un inútil y un egoísta--insistía Monsalvat.--No menos
inútil y egoísta que los grandes políticos, los estancieros, los
abogados y los hombres de sociedad. Todos hemos sido egoístas. No me
condeno sólo a mí mismo. Ya ves cómo también condeno a los demás. No
hay en el mundo sino maldad, egoísmo, bajeza... Yo he participado de
todo eso. Por esta causa me desprecio, abominando de mi vida pasada.
Torres callaba para no exasperarlo.
Era también evidente que el conocimiento de la vida de su hermana, de
la degradación a que llegara su madre y la muerte de ella, habían
perjudicado a su organismo gravemente. Luego, la pasión de Irene, el
asunto del conventillo, aquella excursión por el mundo de las vencidas,
contemplando miserias. ¡Y, por fin, lo más terrible de todo: el vicio y
la muerte de Eugenia, conocidos por la crónica de policía de un diario!
Claro que su amor por Nacha, su fracasada ansia por regenerarla, el
saberla en el vicio, tal vez por culpa suya, según él pensaba, era la
causa principal de su desmoronamiento; pero todo lo demás ofrecía una
importancia enorme.
Ahora, después de dos meses de vida reposada, Monsalvat era otro.
La compañía de Torres, especialmente, le había hecho un bien
extraordinario. Torres le obligaba a comer, le daba inyecciones para
fortificarle, le obligaba a tomar sol y aire y hasta se levantaba a
acompañarlo cuando los insomnios eran muy tenaces.
Torres le hubiera ya curado enteramente, pero la maldad humana lo
impedía. En los tres meses, Monsalvat había recibido cuatro anónimos.
En uno le llamaban hijo de puta, no como el que emplea esa frase sin
referirse a persona determinada, sino aludiendo a su madre. En otro
le decían que se había entregado a la mala vida, vivía de las mujeres
y era anarquista. Los dos restantes le amenazaban con el manicomio.
Cada anónimo fué un gran disgusto. Exaltaciones, nervios, insomnios,
inapetencia. El primero, sobre todo, renovó la eterna preocupación de
su vida, lo que había sido, según él, la causa de su fracaso.
El médico se preguntaba que quién mandaría esos anónimos. Porque
la situación de Monsalvat no era para despertar envidias. En el
ministerio sus nuevos ideales habían trascendido; le miraron con
antipatía, con desdén. Hasta el ministro desconfió de él. En la
sociedad distinguida había perdido todo su prestigio. Ercasty le
desacreditaba con un método, una constancia y una eficacia admirables.
Enterado, por amigos comunes, de los propósitos de Monsalvat respecto
a Nacha y a otras muchachas de la vida y de aquella afanosa búsqueda
por las casas malditas, propaló infamemente la voz de que Monsalvat
había caído muy abajo. Al principio no hubo sino insinuaciones. Pero
acabó por decir que era un vulgar "canflinflero", un explotador de las
mujeres. No faltó quien le supusiera en espantosos planes anárquicos,
ocupado en preparar asesinatos colectivos y bombas de dinamita.
Pero hasta su posición pecuniaria estaba perdida. Los cuarenta
mil pesos que le dieron por la hipoteca del conventillo, habían
desaparecido. Pagó deudas de la madre, algunas de importancia.
El chantaje de la mulata le llevó dos mil. Moreno y su familia
consiguieron sacarle unos mil, poco a poco. En su recorrido por las
casas de citas dejó como cuatro mil. Cada relato de tristezas y sus
correspondientes lágrimas, a veces de cocodrilo, costábanle cien pesos.
Como en ocasiones necesitaba disimular, llevábase a una muchacha a la
pieza que le destinaban. Allí era el asombro de ella cuando Monsalvat
no la besaba siquiera, interesado únicamente en saber de Nacha.
Arrancábanle dinero por noticias falsas. Una vez robáronle la cartera
del bolsillo. Las obras de blanqueo y ampliaciones en el inquilinato le
costaron diez mil pesos. Monsalvat pensaba en el momento de pagar el
servicio de su hipoteca correspondiente al segundo semestre. Tendría
que vender la propiedad. Imposible ahorrar. Con su sueldo apenas vivía,
y los inquilinos no pagaban o pagaban poquísimo.
Aquella tarde Monsalvat leía en la cama cuando entró Torres. Leía
los evangelios. Una inmensa serenidad en el rostro de Monsalvat. Una
inmensa serenidad en aquel cuarto de luz tibia y crepuscular. Torres
abrió la ventana para que entrase el sol y el aire. Todo se animó. Las
cosas salieron de su recogimiento. Una colcha dorada, luminosa, se
extendió sobre el lecho.
--¿No ves?--preguntó el médico que ahora se tuteaba con Monsalvat.--Te
pasas los días encerrado, casi en la oscuridad. Así nunca te pondrás
bien. ¿Y el régimen de vida, eh? No lo cumples. Debes ir a Palermo.
Tomar sol. No leer ni escribir.
--Yo sé lo que me conviene.
--¿Qué te conviene? Te estás volviendo misterioso...
Monsalvat siguió leyendo. Torres permaneció allí unos segundos y luego
se retiró sin decirle nada.
El médico, desde hacía un mes, observaba a su amigo con enorme
curiosidad. La inteligencia de Monsalvat se había afinado y
profundizado. Estaba aún débil su cuerpo, pero su espíritu era más
fuerte que nunca. Razonaba con una lógica irrebatible. Adivinaba las
cosas por medias palabras. El médico atribuía todo esto al ejercicio
mental. Su amigo no hablaba casi con nadie, no salía, leía muy poco.
Pensaba, en cambio, todo el día. Pensaba y recordaba, buscando la
interpretación a su vida pasada, buscando el sentido de su vida.
Analizaba los seres que conoció, con un encarnizamiento extraño.
Torres quedóse estupefacto más de una vez en que Monsalvat le adivinó
sus pensamientos.
--¿De qué te asombras?--exclamó en cierta ocasión Monsalvat.--Lo que
ocurre es que ahora estoy viviendo hacia adentro. Hasta hace seis meses
he vivido exteriormente, he vivido más la vida de los otros que la
mía propia. Una vida objetiva, falsa, mentirosa. Como es la tuya y la
de casi toda la gente. Una vida materialista, sin trascendencia, sin
misterio, sin inquietud espiritual verdadera. Pero después he abierto
los ojos y he comprendido. He analizado, he mirado para adentro. Y en
mí mismo he encontrado muchísimas cosas que ignoraba. Ahora sé lo que
tengo en mí y lo que vale en mí y lo que debo dar a los demás. Ahora
empiezo a sospechar por qué vivo...
--Ya sabía yo que...
Torres se interrumpió. No quería terminar la frase, y fingió distraerse.
--¿Por qué no sigues? ¿Te has olvidado lo que ibas a decir? Pero yo lo
sé. Has querido decir que sospechabas que aquel amor y aquellas cosas
del año pasado me llevarían al misticismo...
--¿Eh? No, no he pensado eso, precisamente.
Pero sí lo había pensado. Monsalvat sabía que Torres, hombre ordenado,
normal en todo, sometido a la sociedad, detestaba los pensamientos
y las actitudes exaltadas, a los que daba el nombre de misticismo.
Comprendía la culpa de la sociedad en la miseria del mundo, porque era
bueno y sencillo; pero no aceptaba los heroísmos por los cuales había
de llegarse a suprimir la Injusticia. Admiraba a Monsalvat, pero al
mismo tiempo consideraba aquella pasión por redimir a los otros como
una chifladura. El hombre normal, según Torres, debía aceptar las
cosas como estaban. El rebelde, el que ante la miseria de los de abajo
explotaba en un sollozo, o en una obra abnegada pero inútil, era un
loco.
Desde aquella rápida visión de Nacha, Torres anheló hablarla. Esperó
varias veces a la entrada y a la salida de las muchachas de la tienda,
parado en la esquina, como quien aguarda el tranvía. La vió entrar y
salir y ella también le vió. Pero ¿por qué le huiría ella? Convencido de
que Nacha nada quería saber de Monsalvat, cuya íntima amistad con él no
ignoraba, abandonó su empeño.
Pasaron varios días. Monsalvat no hablaba nunca de Nacha. Torres le
imaginaba olvidado de ella.
Una mañana--era en Marzo--, Torres fué muy temprano al cuarto de
Monsalvat, para disuadirle de su propósito de marcharse.
--¿Irte para qué, eh? Te quedas aquí dos meses más, hasta que no
queden ni rastros del surmenage que has tenido. ¡Cosa seria, hombre!
¿Y a dónde vas a ir sin un cobre? ¿Eh? Supongo que no volverás a tus
quijoterías, a desfacer entuertos, a redimir a los que no tienen
redención posible. Todo eso es ridículo, porque no conduce a nada.
La acción de uno solo es tiempo absolutamente perdido. Y hasta una
inmoralidad. Como que es llenar la cabeza de la pobre gente con sus
ilusiones disparatadas. No, m'hijo. El mundo estará mal, bueno. Pero
¿qué se va a hacer? Hay que aceptarlo como está, tomar la vida por el
buen lado, y adelante. ¿Eh?
Monsalvat no contestaba. Acostado, con el codo en la almohada y la mano
en la sien, tenía los ojos en el hueco de la ventana. Pero no miraba
hacia allí. Miraba hacia dentro, hacia muy adentro de su corazón. O
miraba hacia dentro de otros seres que no estaban allí, de otros muchos
seres que él veía allí mismo, intercalados entre su amigo y él. Las
palabras del médico le llegaban desde muy lejos. Desde tan lejos que
apenas comprendía su significado. Mientras tanto, la ventana parecía
encenderse. Toda en oro, vibrante, ofrecía a Monsalvat la Luz.
Sonó el timbre de la calle. Monsalvat, sin moverse, dijo:
--Es el cartero. Trae una carta de Nacha para ti.
Torres sonrió de aquel presentimiento. Sonrió forzadamente, con el
temor de que anunciase la verdad. Se levantó e iba a salir, cuando el
sirviente entró con una carta. El médico firmó el recibo que había
traído el mensajero, sobre una mesita que Monsalvat tenía junto a su
cama. No advirtió que Monsalvat no quitaba los ojos del pequeño papel.
Luego, abrió la carta. Quedó desconcertado. Monsalvat reía, gozándose
de la actitud cortada de su amigo.
--Es Ruiz de Castro que quiere verme. Un asunto. No dice
qué--tartamudeó Torres, guardando la carta en un bolsillo.
Y salió, confuso y perplejo, mientras Monsalvat sonreía aún.