Monsalvat habló con una magnífica morena de ojos indígenas, que dijo

ser paraguaya. Resabios de las razas nativas, de los guaraníes, había

en su rostro y en su hablar. No sabía nada de Nacha. No la oyó nombrar

jamás. Monsalvat, que veía una víctima en cada mujer de la vida, le

rogó su historia. Imaginaba toda clase de ignominias de parte de los

padres, del novio, de otras gentes. La muchacha declaró que aquélla era

la gran vida. Placeres, libertad, dinero. No trabajaba, los hombres

le decían lindas palabras. Enorme sensualismo había en sus ojos y sus

labios. Debía ser una satiresa, una vampiresa. Amaba el placer por el

placer. Elogiando su vida, echaba besos al aire, cruzaba los brazos

en el pecho y los apretaba con terrible lujuria. Bebió el champaña en

pequeñísimos sorbos, con infinita voluptuosidad, sacando la punta de

la lengua y moviéndola de un lado a otro picarescamente, mientras hacía

estremecer sus flancos y guiñaba un ojo a su vecino. Monsalvat habíase

entristecido. Aquella mujer representaba para él lo irremediable. Tal

vez nadie la considerase víctima, y sin embargo lo era tanto como las

otras. Víctima de herencias mortales, víctima quizás de un alcoholismo

que provenía de miserias involuntarias, de miserias materiales

impuestas por la sociedad, o de miserias producidas por el odio, por

los prejuicios, por la maldad. Todo se encadenaba en el mundo. Un mal

venía de otro mal. Por ello era necesario reconstruirlo todo, para

arrojar de la tierra el demonio de la injusticia, que hace infelices a

tantos seres y a sus hijos y a hijos de sus hijos.

Mientras tanto, Torres obtenía algunos informes de su interlocutora. La

chica se acordaba de una muchacha buena, que estuvo allí una tarde. Se

había compadecido de ella, y se llamaba Nacha. Se había ido enojada con

madama, porque... un cliente... cosas de ese señor... en fin...

Torres llamó aparte a la Annette. Inventó una historia desfavorable a

Nacha. La buscaban para hacerla meter presa. Madame, entonces, declaró

que, en efecto, estuvo allí una tarde.

--Métala pronto en la cárcel, porque esa mujer no es una persona

decente. Yo no debo a nadie un centavo. Yo educo a mi hija como una

buena madre. Yo tengo amigos entre lo mejor de Buenos Aires, usted

sabe. ¿Y ella? _Une canaille! C'est de la merde, des gens comme ça! Cré

nom!_

Salieron de allí los dos amigos. En la puerta encontraron una conocida

de Torres, que bajaba de un auto. Era Amelia, cada vez más picante y

más fresca. Torres le preguntó por Nacha.

--Va a la casa de Juanita. Me han dicho ayer. Yo le confieso, ché

mediquín, que no la entiendo a Nacha. ¡Ir a la casa de Juanita! ¡Qué

pavada! ¿No? Una debe conservar su situación. No hay que descender sin

motivo. Ir a esa casa es rebajarse... Cierto que aquí una debe tratar

con vejestorios y con sonsos, pero... ¿Y cómo me encontrás, mediquín?

¿Me pongo vieja? Bueno, hijo, te dejo porque me esperan arriba...

Adiós. Muy buenmozo, tu amigo. ¡Adiós, viejo!

Era aún temprano, las seis de la tarde, y decidieron visitar a Juanita

Sanmartino. Los recibió en una inmensa sala, llena de cortinados y de

pretenciosos muebles. La italiana, con su habitual prosopopeya, con el

cuerpo erguido, su cabeza de Reina Victoria, saludó amablemente a los

dos hombres. Monsalvat, de pie, veía pasar por el corredor una chicuela

como de trece años. Escondidas detrás de las persianas, algunas mujeres

espiaban a los visitantes. Monsalvat se hallaba emocionado. Creía notar

en todas partes, en cada rincón de la casa, en el aire, en los muebles,

las huellas de Nacha. Pero también adivinaba que allí no la encontraría.

--Ha venido aquí algunas veces, esa muchacha--decía en tono amable,

moviendo la cabeza con lentitud, Juanita.--Muy simpática. Bastante

linda. Estaba aquí contenta. Pero ya no viene. Sin duda, ha hecho

alguna buena amistad...

Se interrumpió, mirando a los dos hombres, en el temor de haber

molestado a alguno de ellos. Monsalvat no había podido evitar un

sacudimiento de todo su ser, como si le hubiesen aplicado una corriente

eléctrica.

--Ha dejado de venir. Sí... no sé por qué... A veces los clientes se

llevan a las muchachas de la casa. Les ponen un departamento... Pero no

creo que sea el caso...

Monsalvat palideció. ¿La había perdido otra vez? Torres preguntó quién

era el cliente que hizo amistad con Nacha, y la Juanita no vaciló en

darle su nombre. Luego, cuando quedaron en silencio, el médico miró a

su amigo y le hizo una indicación con los ojos. Monsalvat comprendió.

Era el momento de averiguar de Eugenia. El hermano no se atrevía. El

médico entonces lo hizo. Nada supieron. Sospechando que se cambiara el

nombre, Monsalvat la describió. ¿Pero era exacto el retrato? ¡Tantos

años sin verla! Juanita no pudo asegurarles nada. Allí estuvieron

varias muchachas del tipo que pintara Monsalvat.

Iban a salir. Juanita, sin faltar a su solemne dignidad de reina de

opereta en el destierro, les ofreció la casa. A Torres lo conocía desde

años atrás, y no ignoraba la existencia de Monsalvat, cuyo apellido

ilustre había visto en los diarios tantas veces.

--¿Y esa criatura que andaba por el corredor?--preguntó Monsalvat a

Torres con angustia, cuando estuvieron en la calle.

--Es la hija. Curioso, ¿eh? Juanita se sacrifica por ella. Espera

retirarse del negocio, venderlo en buenas condiciones, cuando haya

amontonado una fortunita ¿sabe? Para que su hija pueda ser virtuosa,

¿eh?, explota ella el vicio de los demás.

Monsalvat dijo que aquella niña no podría ser virtuosa. La curiosidad,

las conversaciones que oía, los cariños que sorprendería, lo que

adivinaba tal vez...

--Te equivocas. Las muchachas de la vida estiman la virtud más que

nosotros. Deliberadamente no dirán nada que ella no pueda oir. Ahora,

es probable, ¿eh?, que algunas veces se distraigan... Además, esa chica

debe considerar el amor, y estas cosas que no lo son, aunque algo se

le parecen, como un simple negocio... Ve que todas se venden... ¿eh?

Todas las que ella conoce. Y ella también se venderá, a un buen hombre

que tenga alguna fortuna. Se venderá, pero no por veinte pesos sino por

cien mil. Se casará bien.

Monsalvat comenzaba a creer que jamás encontraría a su amiga ni a

su hermana. ¡Demasiado vasto aquel infierno! ¡Demasiado oscuras,

intrincadas, revueltas las catacumbas del mundo subterráneo! Su

acompañante díjole que no perdiera la esperanza. Y para que la tuviera,

le mostró una larga lista que sacó del bolsillo. Una lista siniestra,

espantable. Doscientas casas del género de aquéllas que visitaron;

aristocráticas unas, burguesas otras, modestas la mayoría. ¡En alguna

habían de hallar a las dos mujeres que buscaban! Monsalvat quedóse con

la lista. Recorrería él una veintena de casas, aquéllas donde las dos

muchachas pudieran tal vez acudir. Las recorrería él solo. No podía

permitir que el médico perdiera su tiempo.

Pero Torres empeñóse en llevarle a una casa donde seguramente les

darían noticias. Se anunciaron, y una sirvienta les hizo entrar en un

vasto dormitorio. Allí no había el olor a agua de rosas y la elegancia

al por mayor de la casa de madame Annette, ni el lujo espeso y mediocre

en medio del que Juanita reinaba. Aquí todo era sencillo, sin llegar a

la pobreza. No tardó en aparecer la dueña de la casa.

--Florinda--dijo el médico--, le presento al doctor Monsalvat. Mi amiga

Florinda, la más simpática de las criollas...

--A sus órdenes, caballero. Puede mandarme. No le crea a este adulón.

Es un antiguo amigo... de otros tiempos, ¡ay! que pasaron... Pero tome

asiento, señor. Muy honrada con su visita. Le ruego que me mande, para

servirle...

Florinda era una criolla cuarentona, alta, flaca, más bien fea.

Casada y con un batallón de hijos, que vivían al fondo de la casa, y

el menor de los cuales tenía seis meses. El marido ignoraba lo que

ocurría allí. No tenía la menor noticia del comercio de su mujer. Y

era tan prudente--¡tan bueno, decía Florinda!--que no preguntaba por

la procedencia del dinero que le daba de comer. Salía de su casa muy

temprano y regresaba a la noche, cuando no había peligro de enterarse

de ciertas cosas. Admiraba y amaba a su fiel consorte, modelo de

esposas y de dueñas de casa. Considerábala una gran señora. Sus

presunciones de distinción, su hablar dengoso y arrastrado, sus maneras

y palabras bondadosas, su pulcritud desconcertante, todo le encantaba a

aquel marido ideal.

--¿Me pregunta por Nacha, el caballero?--interrogó Florinda, con su voz

finita y su acento ingenuo, suavísimo, un poco dormilón.--Sí, señor.

Sí, la conozco. Una señorita muy distinguida, muy formal, muy buena.

La conozco, caballero. Tengo el placer de conocerla. Yo le profeso un

gran cariño. Porque yo sé estimar a las personas que valen, a las de

condición elevada. No me gusta la mala educación. Y yo me permito creer

que la buena educación no se aprende. ¿Verdad, caballeros? No, no se

aprende. Se la adquiere desde la cuna. El buen nacimiento es el mejor

pergamino...

Hablaron un buen rato. A Torres le divertía aquella mujer. De cuando en

cuando el médico soltaba alguna frase, alguna palabra de doble sentido

o un poco arriesgada, y Florinda bajaba los ojos, enredaba los dedos en

los pliegues de la bata y sonreía con rubor.

Florinda ignoraba el paradero de Nacha. Y a Eugenia jamás la oyó

nombrar. Los amigos salieron. Florinda los despidió con una infinita

serie de inclinaciones, sonrisas, palabras amables, ofrecimientos y

toda suerte de cortesías.

--Ahí tiene una mujer que se cree honrada--dijo Torres--y ha vendido a

su propia hija. Curioso, ¿eh?

--Todos somos culpables--exclamó Monsalvat, como si continuase su

pensamiento.--En esa venta de la hija fué criminal el que la compró,

y fueron criminales los padres de la madre, y los padres y los amigos

del que la compró y los profesores que tuvo y los autores de los libros

que leyó. ¿Quién queda sin culpa? ¿Quién hizo algo para que la venta

no sucediese? Y los que legislan, ¿qué ley dictaron para evitar estos

males? Y los que vigilan, ¿no fueron cómplices?

Torres no aceptaba este colectivismo de la culpa que predicaba

Monsalvat. El culpable de cada crimen era para él quién lo cometió

o quién fué cómplice directo. ¿La sociedad? ¡Bah! Estaba muy lejos

eso. Una abstracción. No existía sino el individuo, y la sociedad era

un conjunto de individuos. Se despidió de Monsalvat, pues no quería

discutir con él. Monsalvat razonaba poco. Afirmaba. Y sus afirmaciones

eran dogmáticas, rotundas. A veces, parecían las ideas y las palabras

de un iluminado.

Monsalvat se llevó la lista que le entregara Torres. Y con ella

continuó al día siguiente su viaje por las comarcas malditas.

Dos días más tarde, habiendo caído por casualidad bajo sus ojos la

crónica policial de un diario, leyó allí la muerte de su hermana. El

diario lo contaba todo, daba el nombre de la morfinómana, la llamaba

gran cocota, y, después de haber arrojado impúdicamente a la vergüenza

pública un apellido estimado, aun moralizaba, con esa chirle filosofía

de diez centavos que suelen babear algunos diarios. Para Monsalvat

la muerte de Eugenia, y en semejantes condiciones, fué un terrible

golpe. Envejeció diez años de repente. Se sintió aún más solo. Y

desde entonces, su empeño en encontrar a Nacha se hizo frenético y

exasperado. Apenas abandonaba su oficina, tomaba un taxi y allá se iba,

todas las tardes, a buscar a Nacha. Así pasó todo Octubre.

Pero aquellos círculos infernales no eran para que impunemente los

recorriese el primer venido. Monsalvat no conocía esos ambientes.

Y padeció de mil maneras. Sufrió burlas, humillaciones, insultos.

En algunas casas le sacaban dinero; en una lo robaron. Más de una

vez no le dejaron entrar, y le cerraron la puerta arrojándole

dicterios y palabrotas. Sufrió también por las infelices. Salía de sus

exploraciones por aquellas selvas del mal, con el corazón dolorido, con

el alma toda en sangre, con el cerebro oscuro, gastado, oprimido.

¡Y todo era inútil! En ninguna parte conocían a Nacha. Y pasaba

el tiempo y la esperanza. Monsalvat tuvo, entonces, momentos de

escepticismo. Añoró, en rápidos segundos de debilidad, su vida de

antes. Se creyó vencido. Cayó en honda tristeza.

Intentó olvidar. Planeó varios artículos. Pensó en aquella

reconstrucción del conventillo, suspendida por la terquedad de los

inquilinos. ¡Pobres gentes! Explotados desde muchos siglos atrás.

Explotados sus abuelos, sus padres, ellos. Y por esto, los infelices

no veían las buenas intenciones. No creían, no podían creer en ellas.

Imaginaban que los propósitos de Monsalvat ocultaban quién sabía qué

nueva forma de explotación. Consideraban abusivo el que se les arrojase

de allí. Protestaban iracundamente contra el nuevo encargado, que

pretendía obligarlos a un mínimo de higiene. Monsalvat deseaba comenzar

pronto las obras. Si no, los cuarenta mil pesos que acababa de darle el

Banco Hipotecario desaparecerían entre los verdaderos pobres a quienes

ayudaba y los falsos pobres que explotaban su buena fe y su simpatía

humana.

Un atardecer, a principios de Noviembre, fué al conventillo. Chiquillos

mugrientos, desnudos, andaban por entre las sombras del patio. Algunas

mujeres esperaban a su hombre o a sus hijas. Guisaban frente a varios

cuartos. Un acordeón sonaba hacia el fondo. El patio estaba obstruido

por cajones, tablas, canastas, por mil objetos diferentes. Los

chiquillos corrieron como locos anunciando al patrón. Se dijera que

avisaban a sus madres la presencia del enemigo.

Se llenó el patio de gente. Muchos inquilinos habían vuelto ya de sus

trabajos. Una muchacha, bastante bien vestida, de gran sombrero, se

acercó al grupo. Monsalvat habló:

--Ustedes desconfiaron de mí. No tenían razón, pero hicieron bien. Yo

no les hablé con el corazón en la mano. Quise, pero no supe hacerlo.

Ahora yo les digo: ustedes son mis hermanos. Yo quisiera libertarlos

del sufrimiento. Pero yo no soy sino un hombre. Yo puedo hacer poco

por ustedes. Yo les daría esta casa, pero esta casa está en hipoteca.

Y está en hipoteca para que ustedes tengan aire, luz, higiene. Para

que vivan como hombres. Todo el dinero que me entregaron, será para

convertir a esta casa infame en una casa habitable. Y entonces ustedes

volverán. Y me pagarán muy poco, menos que ahora todavía. Sólo me

ayudarán para el servicio de esa hipoteca. Yo podría vender la

casa, alquilarla a otro. Pero no puedo permitir que se les amontone

como a las bestias, que se les mantenga entre el lodo. Porque el

amontonamiento, el lodo, la falta de higiene, la ignorancia es lo que

hace persistir la explotación. Yo les pido que no duden de mí. Yo no

soy un enemigo. Soy un amigo que les tiende los brazos...

Pero ellos no comprendían. "Quiere burlarse", exclamó una voz agria.

Alguien le gritó que se callara y se fuera. Un viejo reía de aquella

broma. Los chicuelos, perdido el miedo, aplaudieron y gritaron.

Discutían los oyentes entre ellos. Todos seguían dudando. Un criollo,

que era tipógrafo y anarquista, iba a hablar en nombre de los que no

aceptaban el arreglo, cuando un tumulto se produjo.

--¡Es esta loca de la calle que nos quiere hacer traición!--vociferó

una mujer enseñando los puños a la muchacha elegante.

Todos se fueron hacia ella. La insultaron, la amenazaron, le dijeron la

palabra infamante. La muchacha se defendía enérgicamente. Pero al fin

se echó a llorar, y entonces los inquilinos se apaciguaron. Sólo a las

mujeres les enojó aquel llanto. No comprendían que una mujer de la vida

pudiese llorar sinceramente. Las mujeres hubiesen querido maltratarla,

vengándose así de sus sombreros y sus trajes, que eran para ellas

lujosos. La muchacha defendía a Monsalvat, aseguraba que era bueno y

que deseaba el bien de todos.

Monsalvat, en otro tiempo, se hubiese asombrado de que entre tantas

gentes, buenas gentes en su mayoría, sólo una muchacha de mal vivir

le comprendiese. Pero ahora encontraba esto muy natural. Sabía que

una muchacha de ésas había pasado por los más grandes sufrimientos

por que puede pasar un ser humano, y sabía qué escuela de bondad y de

comprensión es el dolor. Además, una muchacha de la vida, aunque haya

nacido en el pueblo, no pertenece al pueblo. Tiene íntimo y continuo

trato con los ricos, y no tarda en adquirir los hábitos de vida de los

ricos, por lo cual la muchacha podía comprender a Monsalvat mejor que

las otras personas del conventillo. Y hay aún algo más: esas muchachas

han conocido innumerables hombres, y si bien han sido víctimas de

algunos y saben hasta dónde llega la perversidad de ellos, saben

también hasta dónde puede llegar la bondad de otros. Y finalmente, esas

muchachas, tolerantes para con todos los defectos, confiadas, algo

infelices, son atolondradamente optimistas, y a pesar de los golpes

terribles de la maldad, que ha destrozado su vida, no suelen, en su

fácil credulidad, dudar de las promesas de los hombres. Y así como no

les asombran las mayores maldades, porque están habituadas a sufrirlas,

tampoco les asombran los actos más bondadosos, porque están habituadas

a ser objeto de ellos.

Monsalvat tuvo que marcharse. Comprendía que era imposible convencer

a aquella gente de ese modo. Pero volvió al otro día y al siguiente,

y todos los días. Se hizo amigo de cada uno de sus inquilinos. A los

que le debían el alquiler se lo perdonaba. Consiguió trabajo, mediante

recomendaciones, a dos o tres habitantes de la casa.

Un día la muchacha que le defendiera le contó su historia. Era una

chica bajita, de expresión suave y un poco triste, de temperamento

pasivo y silencioso. Se conducía en la casa muy correctamente, y a

nadie le constaba su oficio, si bien lo habían adivinado.

--Tuve un novio que me deshonró, uno al que le dicen el Pato y que

le entra por llorar cuando se emborracha. Nunca supe su verdadero

apellido. Un canalla. ¡Y de buena familia, seguramente! Tan canalla

que me llevó a la casa de una tal Florinda. ¡Qué monstruo de mujer esa

Florinda! Me tenía encerrada; y para que no me escapase, me quitaron

el vestido que llevé puesto. No podía salir, ni comunicarme con mamá.

Florinda me obligaba a entrar en el cuarto con los hombres. Pero yo

lloraba de tal modo, que los hombres, señores de edad casi todos,

se compadecían y se iban sin tocarme, después de haberme pagado. La

ladrona de Florinda me quitaba la plata, y le daba la mitad al Pato.

¡Qué gente! ¿No? Pero yo fuí débil; me entregué a dos o tres muchachos

que me gustaron. Era que en mi desesperación trataba de gustar a alguno

para que me sacase de aquella cárcel. Y así sucedió. Un amigo, revólver

en mano, me sacó de allí. Me llevó a vivir con él, hasta que después

de tres años me despidió para casarse. Yo me había enamorado como

una loca, y al verme separada de él empecé a hacer disparates. Quise

matarlo, en la casa donde él vivía. Él me quitó el arma y me perdonó.

Después tomé bicloruro, y me salvé de la muerte por casualidad. Después

me entró por la cocaína, y una noche, en Armenonville, me desmayé.

Asustada, dejé la cocaína. Dejé también el cabaret a donde empezaba a

ir. Y aquí estoy, esperando siempre que él vuelva a mí. Se ha casado,

pero yo sé que volverá. Y espero. Si no estuviese segura de que

volverá, ya me habría suicidado.

Todos los esfuerzos que hizo Monsalvat para que la muchacha abandonara

el mal vivir, fueron inútiles. No quería recibir favores de ningún

hombre que no fuese el que amaba.

Monsalvat le preguntó, una de las primeras veces que habló con ella, si

conocía a Nacha. Le contestó que no. Pero una semana después, contenta

y risueña, le dijo que acababa de tratarla.

--¿Nacha, no? ¿Una delgadita, que fué amiga del Pampa Arnedo? Va a la

casa de la paralítica, una vieja enferma que anda por la casa en una

silla con ruedas. Yo voy allí todos los días. Nos hicimos ya muy amigas

con Nacha. ¿Sabe?

Monsalvat ya no oía. En la soledad del mundo, no escuchaba sino el

canto de su corazón.

XV

¡Día de los que no se olvidan nunca, día transcendental, y a la vez

feliz y angustiosamente doloroso, fué aquel quince de noviembre para

Nacha Regules! La tarde anterior faltó a la casa de la paralítica.

Había cambiado de pensión, disgustada por la convivencia en la casa

con un individuo despreciable: un macró. Nacha ignoró hasta pocos

días antes, el género de vida de aquel sujeto que se llevaba tan bien

con su mujer y era amable con las muchachas, y tenía amistad con los

estudiantes. Pero una tarde vió a la francesa que saludaba tiernamente

a un hombre que entraba en su cuarto, mientras el marido, en el de al

lado, se había puesto a leer diarios. Averiguó. La enteraron de todo.

Eran cosas... que pasaban, le dijeron las muchachas. Ella protestó, se

quejó a la patrona. El sujeto vino a hablarle. Era un hombrón robusto,

rubio, de bigotes galos, ojos saltones y boca repugnante. Pronunciaba

mal el castellano.

--Usté habló mal de mí, pego usté es equivocad. Yo soy hombge

honogable. Yo nunque he gobade un centav a personne. Nunque. ¡Sa

pensad! Yo no debe tampoco un centav a personne. ¡Sa pensad! Ahoga, lo

que hace mi mujeg, eso no impogte a personne. Es la vida pgivad...

Nacha no quiso hablar con él. Por no ofenderlo, le dijo que tenía

razón. Pero dos días después se fué de allí. Por un motivo que también

la honraba, no iba a la casa de la Sanmartino. Un amigo que allí

hiciera, le exigió un día ciertas torpezas que ella odiaba, por lo cual

no volvió más. Desde entonces frecuentaba la casa de la paralítica,

presentada allí por Julieta.

La tarde del quince de noviembre llegó a la casa de la paralítica

muy temprano, a las dos de la tarde. La paralítica estaba sola y le

rogó que le leyera. Un novelón infame, en varios tomos. Nacha, que

llegara preocupada, triste, nerviosa, sin saber por qué, se distrajo

con aquel relato de aventuras ridículas, narradas en una forma que a

ella le resultaba cómica. Leyó casi una hora. La paralítica, mujer

muy inteligente y sensata, despreciaba también aquellas historias de

asesinatos espantosos y espeluznantes escenas. Pero no tenía otra cosa

para distraerse y se hacía leer aquello. A las tres, la sirvienta, con

cierto misterio, llamó a la señora. La paralítica se hizo conducir

en su cochecito hasta la primera pieza de la casa. Al rato volvió,

anunciando a Nacha una sorpresa.

--¿Quién es? Dígame quién es señora... Por amor de Dios... Si no me

dice, no podré ir...

El corazón golpeaba en su pecho como el badajo tumultuoso de una

campana. Golpes de temor, de dolor, de una ansiedad indefinible.

Aquellos golpes decíanle que allí estaba Monsalvat. Y temblaba toda

entera, asustada, vacilando entre huir o arrojarse en los brazos de

aquel hombre que amaba.

--Es un amigo suyo. ¿Para qué quiere saber quién es? Yo no lo conozco,

además. No sé su nombre. Sé que es buena persona, y me basta. La está

esperando. Vaya pronto, mujer. Le aseguro que es un amigo... Pero,

¿qué le pasa? ¿Tiene miedo de algún mal? Yo necesito saberlo. Porque

entonces no la dejo ir...

Estas palabras la decidieron. El temor de no verle se apoderó de su

alma y de su cuerpo y la empujó por el corredor hasta la pieza donde la

esperaban. Seguía temblando. Ignoraba aún lo que le diría, qué actitud

iba a tener. Una ansia de llorar comenzaba a acumularse en sus ojos.

Todavía en la puerta, dudaba de entrar. Creía desmayarse. Las cosas

se habían nublado. Oyó la voz de la paralítica que le mandaba entrar.

Oyó la voz imperativa de su amor que le mandaba abrir la puerta... No

supo más. Alguien debió abrir desde adentro y cerrar después. Temblaba

y lloraba. El corazón golpeaba en aquella campana vibrante que era su

pecho. Con las manos en el rostro, no veía a Monsalvat. Pero lo sentía

a su lado. ¡Sentía su corazón junto al suyo!

Cuando levantó los ojos, Nacha vió el sufrimiento de Monsalvat. Era un

sufrimiento formado de recuerdos dolorosos, y del presentimiento de una

fatalidad que se levantaba entre ellos. Era un sufrimiento que hacía

más intensa la dicha de encontrarse.

--Nacha... Aquella tarde me echó de su casa... ¿Por qué hizo eso? Fué

entonces el comienzo de mi desgracia. Tal vez yo procedí mal, y ahora

le pido perdón. Desde aquel día, sólo he pensado en usted. El problema

de su vida ha venido a ser el problema de mi vida. La he buscado por

los lugares donde podía buscarla. La he buscado sufriendo...

Nacha Regules: Novela · 第 11 / 19 段