Pero lo que más le asombraba--pues ella hubiese hecho lo mismo que

Julieta y Sara, ya amigas suyas--, era la intervención de Ana María.

La había visitado sólo dos veces, en los diez días de su enfermedad.

La primera vez entró en el cuarto con Julieta. Nacha se impresionó

desagradablemente. Ana María semejaba un espectro. Muy flaca,

desencajada, amarilla, con los ojos enormes y como asustados. Nacha

la creyó tuberculosa. Tenía un tipo fino, de persona aristocrática.

Nacha, durante aquella primera visita, casi no habló por mirar la

flacura de Ana María, la piel transparente de sus manos, sus hombros

puntiagudos, su pecho completamente liso. Hablaba Ana María con una voz

rara, lenta, melancólica, con quién sabe qué acento de ultratumba. Las

otras muchachas jamás pudieron obtener datos sobre su vida. Aseguraba

llamarse Ana María González, pero no era verdad. No tenía ninguna

ilusión, ni voluntad de vivir, ni le interesaba nada. Julieta, por un

amigo, supo que Ana María había vivido algunos años con verdadero lujo.

Había sido lo que se llama una gran cocota. Espléndida casa, dinero en

abundancia, automóvil propio. Y después, hacía pocos meses, de golpe,

la decadencia. Había en su persona algo de misterioso que impresionaba

a Nacha. La segunda vez que se vieron, fué a una hora en que Nacha

encontrábase sola en su cuarto. Ana María, mirándola fijamente,

con sus extraños ojos muy abiertos, quiso que Nacha le contara su

historia. Nacha refirió todo, desde que dejó la casa de su madre. Ana

María no se interesó por nada de esto, y no escuchó siquiera. Pero

cuando Nacha comenzó a hablar de Monsalvat, Ana María fué toda oídos.

Escuchaba con toda su alma, con todos sus sentidos, con todos los

átomos de su cuerpo. Cuando Nacha concluyó, Ana María se fué sin decir

palabra. Salió del cuarto como una sonámbula. Nacha comprendió que un

pensamiento absorbente la envolvía, la hacía enmudecer, guiaba sus

pasos, atraía sus ojos.

Desde esa tarde, a los tres días de llegar a la casa, Nacha no volvió

a ser visitada por Ana María. Con Julieta y con Sara solían hablar de

ella. Julieta--una gordita sonriente y suave, de ojos aterciopelados y

llenos de sombra y de labios muy rojos--conservaba aún restos de pudor.

Era soñadora y esperaba en una pasión que viniera a salvarla. Sin

embargo, tenía a veces una expresión melancólica y solía manifestarse

pesimista. Pero no se consideraba vencida, y había logrado reducir

sus relaciones con los hombres al mínimo indispensable para pagar la

pensión y otros pequeños gastos. Trataba de agradar a los mejores que

conocía--los más serios y los más buenosmozos--a fin de que ellos la

prefiriesen. De este modo, sólo se veía con dos o tres amigos. Y esto

hacía que las otras muchachas la considerasen como una mujer honesta.

Una de ellas era Sara. Tenía Sara todo el aspecto de una muchacha caída

en el más espeso y profundo lodo. Se dijera una fruta podrida. Pero

no era así, pues no llevaba un año de perdición. Parecía gastada por

el vicio. Gustaba de oir cuentos picarescos, de hablar obscenidades.

Cuando en el comedor alguno de los hombres que vivían en la casa les

daba a las muchachas una broma arriesgada, Julieta bajaba la cabeza y

hasta se ruborizaba, mientras Sara respondía con alguna enormidad. Era

esbelta, delgada, ágil, de piernas y brazos largos. En su bonita cara

alargada llamaba la atención la boca: una boca grande, excesivamente

movible, un poco levantada en los extremos. Los labios, rojos como

la pulpa de las granadas, estaban siempre humedecidos. Para hablar

movía sin cesar la cabeza y la boca, y gesticulaba con los brazos y

las piernas. Raras veces se la veía sentada. Conversaba paseándose.

No podía decir una frase sin desplazarse dentro de un radio de dos o

tres metros, sin levantar las piernas como si empezase una danza, sin

manotear, sin reir y abrir la boca cuan grande era, dejando ver sus

desiguales y largos dientes. Carecía de reserva, de pudor, y buscaba

a su clientela en la calle, en Esmeralda, en Corrientes, con una

inconsciencia que a Julieta le daba pena. Julieta la aconsejaba, pero

sus palabras resbalaban por la epidermis de Sara sin penetrar en su

espíritu. No parecía darse cuenta de su situación, de su vida, de la

diferencia entre ella y las mujeres honestas. En cuanto a los hombres

eran todos iguales para Sara. Todos le resultaban simpáticos, pero no

trataba de acaparar a ninguno. Doña Lucía la detestaba. La hubiera

echado, de atreverse a ello. Sara recibía hombres allí mismo y varias

veces la habían pillado con pensionistas de la casa. En su cuarto,

sobre todo cuando la acompañaba algún muchacho alegre, solía cantar,

hablar a gritos, reir a carcajadas, con gran escándalo de doña Lucía,

que cambiaba de colores y pedía a los santos que le sacasen a aquella

pensionista tan comprometedora. Lo único que infundía temor y respeto

a Sara era la policía. Una vez la arriaron en plena calle, y desde

entonces, en sus recorridas, se había vuelto prudente. Ana María no la

soportaba. Varias veces, en la mesa, al oirla despotricar, se había

levantado. Sara, manoteando y estremecida por sonoras carcajadas,

llamábala madama Pompadour, nombre que nadie sabía de dónde lo sacara y

por qué lo aplicaba a Ana María.

--Debe ser media loca, Ana María--solía decir Nacha.--Yo le tengo miedo.

--No, mirá--argüía Julieta.--Es una muchacha que sufre mucho. ¡Quién

sabe de dónde habrá caído hasta llegar a esta vida! Yo la compadezco.

¡Es tan buena, la pobre!

--¡Cuándo no!--exclamaba Sara, riendo y paseándose por el cuarto.--Para

vos todas son buenas. A mí me parece una orgullosa. Se cree superior a

nosotras.

--¿Y no es superior a nosotras?--preguntaba Julieta.

Nacha, ya casi sana, veía con terror el momento de su completa salud.

Porque entonces tendría que dedicarse a lo que tanto temiera, a lo que

detestaba, a lo que le era la vergüenza y la degradación. Hubiera dado

años de su existencia por poder ser honesta. Y creía enfermarse de

nuevo si intentaba recomenzar "la vida". Pero no era tanto por esto, ni

por amor a la honestidad que deseaba ser honesta; era por Monsalvat,

cuyo recuerdo la acompañaba incesantemente, mañana, tarde y noche,

despierta y en sus sueños, cuando hablaba con sus amigas y cuando leía

en la soledad de su cuarto. Y ahora, su amor a Monsalvat se había

engrandecido, alimentado con el relato de su historia y los comentarios

con las muchachas.

Una tarde, cuando Julieta regresó de la casa adonde iba todos los días,

Nacha le pidió consejo.

--Yo quiero ser buena--le dijo a Julieta, que la escuchaba

melancólicamente.--Es por él, vos sabés... Me ocuparía en cualquier

cosa, entraría en alguna tienda... ¿Te parece posible que yo sea buena?

Julieta sonrió con su natural dulzura y tomándole una mano se puso a

acariciarla, mientras sus ojos se fijaban en el suelo.

--¿Por qué no me contestás? ¿Te parece imposible que yo... que

una mujer... por amor, pensando en un hombre a quien se adora...?

¿Imposible? Decíme la verdad. Mirá, si no me la decís, si no me hablás

con el corazón... no sos mi amiga... ¿Es imposible, sí?

--Sería posible si dependiese sólo de nosotras. ¡Pero la gente nos pone

tantas dificultades! ¡La gente no quiere que nos volvamos buenas, Nacha!

Las dos sabían cuán verdadero era esto, y permanecieron un largo rato

silenciosas, profundamente tristes, doloridas, mirándose como dos

hermanos que han perdido a la madre.

No obstante, Nacha tentó un último recurso: buscar a Monsalvat. Iría

hasta el fin del mundo, hurgaría por debajo de la tierra. Preguntó

a los dos estudiantes que vivían en la casa, un par de bandidos y

haraganes que por nada se interesaban. Uno de ellos, el mono Grajera,

un negrito petizo, feo y charlatán, estudiante crónico de Derecho,

vividor, tramposo, conferencista sobre la tuberculosis en Catamarca,

profesor de patines en San Luis, periodista en Jujuy, actor del teatro

criollo en Santa Fe, inventor de un sistema para no pagar en los

hoteles y pensiones, era gran amigo de Nacha. Se habían conocido hacía

años, en la casa de huéspedes de su madre. Grajera fué amigo de Riga, y

de ahí la simpatía de Nacha por Grajera, que era además muy gracioso y

divertido. Nacha le encargó que averiguase el domicilio de Monsalvat.

Grajera tenía buena voluntad. Lo que le costaba era acordarse del

encargo, realizar las gestiones. Así es que nada consiguió.

El otro muchacho, estudiante nominal, pues nada estudiaba, era un

cordobesito Belderrain, hijo de un célebre abogado y juez, de un hombre

austero cuya muerte fué en Córdoba un duelo general. Panchito, echado

de su casa, volvió a Córdoba cuando la muerte de su padre. Ahora estaba

otra vez en Buenos Aires, incorregible como siempre, carrerista,

mujeriego, entrampado en todas partes. Nacha le pidió también que

averiguase de Monsalvat. Pero Panchito no pensaba sino en el programa

de la próxima carrera, en redoblonas y candidatos y en otros asuntos

turfísticos. En un cuaderno apuntaba los detalles de las carreras: la

velocidad del viento ese día, el peso de cada caballo, el estado de

la pista y cuanto es posible imaginar. No obstante tanta ciencia en

carreras, Panchito perdía infaliblemente.

Viendo que por medio de sus amigos nada lograría, Nacha recurrió a una

echadora de cartas. Era una mujer horrible, amarillenta de cara, de

expresión estúpida. Se la recomendó Sara, diciéndole que la mujer ésa

adivinaba todo, que a ella nunca le había fracasado. Nacha la llamó

a la casa. Y ahí estaba, llena de ilusiones, emocionada, silenciosa,

esperando el fallo de la individua.

La mujer sacó una baraja mugrienta, mezcló las cartas e hizo cortar a

Nacha con la mano izquierda. Luego, con las diez y ocho primeras cartas

que salieron formó una cruz de aspas, mientras decía en voz baja unas

palabras que Nacha no entendió. Después hizo tres montoncitos y fué

descubriendo las cartas. La mujer pensó un rato. En tanto hablaba, iba

señalando las cartas.

--As de oros y cuatro de bastos--dijo la mujer.--Esto significa el fin

de una enfermedad. Pero aquí está también el cuatro de copas. Es el

triunfo amoroso. Y triunfo completo, porque el dos de copas, ¿lo ve?,

indica proposición de casamiento. Después... Ah, aquí aparece una mujer

morena, y una grave enfermedad.

--¿Una mujer? No puede ser, fíjese bien.

--Es una mujer. No dice que haya amor. Pero es una mujer, señorita.

Nacha estaba pensativa, buscando la exacta interpretación de todo

aquello. ¿Estaría enfermo Monsalvat? ¿Querría tal vez a otra mujer?

Esta idea le fué insoportable. Preguntó por lo que le interesaba más,

por el paradero de Monsalvat.

--Aquí está el rey de bastos, que quiere decir hombre moreno, firme y

generoso.

--¡Él es, él es! ¿Dónde está?

--No se sabe dónde está. Pero aquí tenemos el dos de espadas, señorita.

Esto es carta, noticia, llegada de una persona. El hombre moreno le va

a escribir o va a llegar de un momento a otro.

Nacha pagó con gusto los cinco pesos que la mujer le cobró. Era el

último dinero que le quedaba. Pero era feliz. Todas las cosas le

hablaron de esperanzas desde ese momento. Varias veces al día imaginaba

que Monsalvat aparecía en la casa. Al día siguiente, como adivinara la

llegada de nuevos huéspedes, salió al patio. Quedó asombrada al saber

que un matrimonio, y una hija como de doce años, parientes de Panchito,

habían llegado de Córdoba. Después que los huéspedes se instalaron,

todas las muchachas y algunos hombres se metieron en el cuarto de

Panchito. Querían enterarse. Panchito, medio dormido todavía, recibió

acostado a sus visitantes. Grajera, en una cama opuesta, roncaba. Sara

intentó despertar a Grajera. Propuso hacerle cosquillas, destaparlo,

echarle agua. Pero las demás muchachas se indignaron.

--¡Qué quieren que haga!--exclamaba Panchito, con su acento

cordobés.--Este animal se viene aquí. Yo le he dicho lo que es esta

casa. ¡Y se ha quedado, no más! Pero no me explico cómo... ¡Ah, ya sé!

No había caído. Es cosa de mi vieja, claro. Como yo le escribo que

estoy en una casa muy decente, de una familia muy cristiana, donde me

hacen confesar dos veces por mes, la vieja le habrá dicho a este bruto,

a este rural, que vive en el campo, en San José de la Dormida, que

venga a parar aquí.

--¿En dónde vive?--estalló Sara, con la boca de oreja a oreja.

--En San José de la Dormida, pues. Un pueblito, allá por...

El nombre del pueblo suscitó una serie de chistes que estremecían de

placer a Sara. Panchito rogó a las muchachas que se condujeran bien.

No quería que su parienta se enterase. Y luego echó a todo el mundo,

porque iba a seguir durmiendo.

A la tarde, Grajera y Belderrain entraron en la pieza de Nacha,

enfermos de risa. Ocurría que habían encontrado a Sara en gran amistad

con la cordobesa. Sara, recostada, con las piernas al aire, oía las

cuitas de la señora, los interminables relatos de sus enfermedades, el

temor de una grave operación que iban a hacerle.

Doña Lucía estaba encantada con sus nuevos huéspedes. La cordobesa

le dijo que había preferido esa casa porque sabía que se trataba de

personas muy cristianas. La vieja agradecía, cambiando de colores

incesantemente. Pero sus nuevos huéspedes la obligaban a darles bien de

comer. Y contra su deseo vióse en el caso de exigir a Nacha el pago de

su pensión.

Nacha quedó muy triste. Pero comprendió que doña Lucía estaba en su

derecho. No podía permanecer allí sin pagar. Pasó la noche cavilando.

Imaginó mil recursos: jugar, comprar un billete de lotería, pedir

prestado. Al día siguiente continuó sus fantasías. Pero a las dos de

la tarde se vistió de calle y se dirigió a la casa de la Sanmartino.

A Julieta no quiso decirle nada. Tenía vergüenza de que supiese. Pero

no por el hecho en sí, no por la venta de su persona; sino por la

traición--que eso significaba su acto--hacia aquel amor tan bello,

que parecía ennoblecerla y purificarla ante los ojos de las demás

muchachas de la casa.

Nacha conocía de otras épocas a la célebre Juanita Sanmartino. Era

italiana y parecía hermana de la reina Victoria. El mismo empaque, la

misma nariz ganchuda, el mismo peinado fantástico y un poco ridículo.

Tenía como la Annette una hija. Y para lograr la futura honestidad de

su hija comerciaba con la deshonestidad o con la desgracia de otras

mujeres. La hija estaba allí, entre las muchachas. Era una chica de

catorce años, bonita, ingenua, inocente. El poder de la inocencia es

tan grande que subsiste aún en medio de los pecados más visibles. La

hija de Juanita no era tonta, pero no comprendía nada. En su candor

adorable creía que aquellos hombres y mujeres eran simples amigos que

se encerraban en los cuartos para hablar de secretos. Nacha volvió de

casa de Juanita aplastada, vencida. Pagó unos días de la pensión y

después fué a su cuarto y se echó sobre la cama, llorando.

Una presencia extraña la hizo levantarse. Ana María estaba frente

a ella, más desencajada que nunca. Nacha dió un pequeño grito. Ana

María quiso tomarle una mano. Pero Nacha, horrorizada del contacto, se

estremeció.

--¿Por qué... me... tiene... miedo?

La voz de Ana María parecía salir debajo de la tierra.

--Nacha... ¿quiere contarme su historia?

Temerosa de Ana María, Nacha refirió su historia nerviosamente, con

precipitación. Ana María se iba poniendo pálida, cada vez más pálida.

Sus manos le temblaban. Sus ojos parecían absortos en quién sabe qué

lejanos recuerdos. Ya era de noche y no había luz en el cuarto. Nacha

no se atrevía a levantarse para ir a encender la luz eléctrica.

--Siga... siga--rogó Ana María, al ver que Nacha se había interrumpido.

Nacha comentaba ahora el interés de Monsalvat por salvarla.

--A veces pienso que me debe querer enormemente. ¿Qué hombre hace lo

que hizo él por mí? Pero otras veces creo que no es por mí. Creo que es

por su hermana, por una hermana que fué engañada y se perdió. Creo que

hizo por mí lo que quisiera hacer por ella.

La expresión de Ana María era cada vez más extraña. ¡Qué vaguedad en

sus ojos! ¡Qué misterio, qué anuncios de muerte en toda ella! Nacha,

aterrorizada, estaba a punto de llamar. Ana María no hablaba, inmóvil,

casi inmaterial. Por fin se levantó sin decir nada y se fué, vacilante,

teniendo que apoyarse en los muebles para poder caminar. Cuando Julieta

y Sara vinieron, Nacha les contó.

--¿Lo conocerá a Monsalvat? ¡Quién sabe si no ha sido su amante!--dijo

Sara.

--¡Ah, ya sé!--exclamó Nacha, estremecida.--¡Es su hermana! ¡Pobre Ana

María! ¡Es su hermana, su hermana!

Julieta se precipitó en el cuarto de Ana María para averiguarle.

La encontró tendida en la cama, insensible, como si dormitase. La

contempló un rato. Ana María abría a veces los ojos, pero no debía

ver nada. Se dijera que estaba soñando. Julieta le habló, asustada,

comprendiendo que aquello no era normal. Pero Ana María no contestaba.

Julieta permanecía indecisa, sin saber qué hacer, cuando vió que Ana

María se inquietaba, que decía cosas ininteligibles. Julieta entonces

llamó a Sara y a Nacha. A las tres se les ocurrió darle cognac. Ana

María empeoró. Ahora se quejaba, aunque débilmente. Pero a poco se

fué agravando, hasta llegar al delirio. Llamaron al médico. Toda la

gente de la casa fué a curiosear. Unos entraban en la pieza. Otros

preguntaban a los que salían. Doña Lucía, llena de escrúpulos, no se

animaba a entrar. Cuando el médico llegó, la enferma agonizaba. No

tardó el médico en comprender lo que ocurriera. En el suelo encontró

una jeringuilla de Pravatz. En la mesa de noche, un frasco de morfina.

Julieta y Nacha, antes que se arreglara el cuarto para velar a la

muerta, buscaron ávidamente en los cajones algún indicio de su

verdadero nombre y apellido. No tardaron en encontrarlo. Atadas

con una cinta azul, hallaron cartas viejas. Casi todas tenían como

encabezamiento "querida Eugenia", y otras "tu hermano Fernando". Entre

las cartas había tres retratos: el de un hombre de edad, el de una

mujer y de Fernando Monsalvat. Nacha se apoderó del último retrato.

Ya no quedaban dudas de que la desgraciada morfinómana era Eugenia

Monsalvat.

Nacha no había visto morir a nadie, y aquella muerte le impresionó

de un modo horrible. Veíase agonizante, sola, abandonada de todo el

mundo. Recordaba cuanto le dijera Monsalvat e imaginábase que moría

sin que nadie tuviese para ella una palabra de compasión, imaginábase

que la arrojaban en la tumba con el desinterés con que se arrojaría

a un perro. Tal terror tenía, que le era imposible quedarse sola ni

un instante. No quiso acostarse en toda la noche. Una vez que intentó

dormir vestida, se despertó a los pocos minutos, y, creyendo que estaba

encerrada en un cajón de muerto, dió un grito que alarmó a toda la

gente de la casa.

Permaneció la noche entera velando a Ana María. La cordobesa y doña

Lucía dirigieron el arreglo del cuarto y amortajaron el cadáver. Sara,

que después de comer salía todas las noches a la calle, se quedó,

silenciosa y llena de miedos fantásticos. Ella y Nacha se comunicaban

sus terrores. La cordobesa dijo que era necesario rezar. Y así los

hombres que había en la casa contemplaron el espectáculo de las tres

muchachas que, dirigidas por la cordobesa y emocionadas y llorosas,

rezaban el rosario en coro. Fué una escena desoladoramente triste. El

pobre cajón de pino, los dos únicos velones amarillos, aquel rezo por

la infeliz prostituta que murió en la miseria y lejos de su familia,

el dolor de aquellas mujeres que parecían llorar arrepentidas, todo

impresionaba a los tres o cuatro hombres que presenciaban el cuadro.

La vida de la muerta, triste como la vida de las desdichadas que

rezaban por ella, estaba allí, en aquel cuarto de dolor. Se dijera

que los largos días de eso tan desesperante que se llama la "vida

alegre", que las noches de placer de Ana María, que sus besos y sus

risas y las copas del champaña que bebió en sus años de gran cocota,

se habían convertido en crespones funerarios y ennegrecían las paredes

del cuartucho. Se habían convertido también en lágrimas y velaban los

ojos de las demás mujeres. ¡Lloraban las pobres mujeres! Lloraban su

pasado, lloraban su futuro, lloraban su muerte en la soledad y en la

miseria. Y lloraban sobre todo lo que era peor que todo: ¡lloraban su

desesperación!

En un momento, cuando comenzaron las mujeres a rezar, los dos

estudiantes, ambos despreocupados, incrédulos, incapaces de comprender

lo que hay de serio en la vida, tuvieron una misma idea. Los dos

quisieron hacer algo por aquella muerta, quisieron asociarse a aquel

dolor. Y se persignaron casi al mismo tiempo, zurdamente, escondiéndose

el uno del otro. Los dos advirtieron la maniobra del compañero. Y lo

que en otra ocasión hubiera sido tema de chacota, sólo les sacó una

imperceptible sonrisa, una sonrisa dolorosa, penetrada de piedad. ¡Los

dos sabían que estaban velando el final de una vida trágica! ¡Los dos

sabían que estaban también velando la inquietud angustiosa de unas

cuantas vidas trágicas!

XIV

En los oídos de Monsalvat sonaban incesantemente, trágicamente, las

palabras del médico: "Ha vuelto a la vida". ¿Por qué no diría el

médico: "Ha vuelto a la muerte"? Pero no. Había dicho bien. Aquella

vuelta a "la vida", a la mala vida, a la falsa vida, es decir a la

muerte, ¿no era acaso el principio de la vuelta a la verdadera vida?

¡Cuántas esperanzas de encontrar a Nacha! Todo el universo estaba

lleno de esperanzas. Los letreros de las calles hablaban de encontrar

a Nacha. Las bocinas de los automóviles, los gritos de los vendedores,

todos los ruidos multiformes de la ciudad multiforme, le aseguraban que

pronto encontraría a Nacha. Si pensaba en lo horrible, en lo inhumano,

en lo doloroso de la vida actual de Nacha, Monsalvat sentía el vacío en

su corazón. ¡Ah, imaginar que en ese momento, ella tal vez se vendía a

otro hombre...! Mejor no pensar en nada. Aquello era espantoso. Y sin

embargo, si aquello no existiese, quizás nunca la encontraría.

Comenzó entonces, junto con el médico, a buscar a su amiga. Fué un

viaje doloroso, un largo viaje doloroso a través del mundo de las

desgraciadas. Una peregrinación de su alma a través de las tierras

bajas donde moran las mujeres que perdieron su alma. Un martirio de su

corazón, en medio de innumerables corazones martirizados. ¡Y eso que

las primeras etapas de su viaje sólo abarcaban los primeros círculos

de aquel infierno de las mujeres malditas! Eran los círculos ésos, los

lugares que pudiera frecuentar Nacha. Había otros círculos infernales

más trágicos, más monstruosos en el dolor y la bajeza.

Bajó Monsalvat al infierno en compañía del médico. La puerta del

infierno era la puerta de la casa de madame Annette. Allí podría

leerse las palabras del Dante: "Por mí se va a la ciudad del llanto;

por mí se va al eterno dolor; por mí se va hacia la raza condenada...

¡Oh, vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!" Pero no era

aquélla la única puerta de este infierno. Había infinitas puertas por

donde entraban las desgraciadas para no salir jamás. Sólo que en la

casa de la Annette estaba la puerta principal: la puerta de oro.

--¿Nacha Regules?--exclamó la francesa, con azoramiento.--_Connais pas!_

El médico insistió, comprendiendo la falsedad de aquella negativa.

Madame Annette, con sus modos ordinarios y su voz desagradable,

persistía en su actitud. Monsalvat sentía un indefinible malestar.

¿Cómo semejante mujer, antipática, plebeya, malhumorada, consiguió

poner aquella casa y mantener la clientela que decía el médico? ¿Qué

arte especial poseía la bruja? ¡Ah, seguramente que debajo del lujo

ostensible había espantosos crímenes! Seguramente, que la bruja sabía

satisfacer a su aristocrática, su exigente, su refinada clientela,

con bocados exquisitos, logrados por los más viles engaños y las más

odiosas miserias.

--¿Llamo a las muchachas?--preguntó la francesa con brusquedad,

desconfiando de sus visitantes, pues a Torres apenas le conocía y había

observado el disgusto de Monsalvat.

--Iremos al comedor. Las convidaremos con champaña--contestó el médico.

Tres mujeres entraron. Una, era aquella chica que allí mismo conociera

Nacha. Monsalvat se estremeció al ver a la criatura. Sus ojos cayeron

como látigos sobre el rostro de la Annette, que bajó los suyos, más

temerosa que avergonzada. Torres llamó a la chica al sofá donde él

estaba. La Annette salió para preparar el champaña y dejar solos a los

visitantes y a las muchachas.

Nacha Regules: Novela · 第 10 / 19 段