de modo que pierde su tiempo en denunciarme. Yo no he perdido a ninguna
mujer; ustedes se pierden solas. Se pierden solas porque les gusta el
vicio, porque son unas...
Pero era inútil que madame se desgañitase y que corriese detrás de
Nacha, porque Nacha no oía y a cada momento se tapaba las orejas,
haciendo enfurecer más a madame. Iba Nacha por los pasillos de la casa
taconeando fuerte y golpeando las puertas, sin olvidarse de soltar de
cuando en cuando alguna palabra ofensiva para la dignidad profesional
de la francesa. En esta forma, Nacha adelante y madame detrás, llegaron
a la escalera, que Nacha bajó como una exhalación. Al abrir la puerta
de cristales, una ancha y suntuosa puerta, vió a la vieja en lo alto
de la escalera y le sacó la lengua, clasificando su oficio con ciertos
términos que no suelen figurar en los censos.
--¡Vieja puerca, criminal!
--_Allez-vous en! Cochonne! Devergondée!_
Nacha subió a un carruaje y se fué a su casa. Apenas entró en su
cuarto se quitó el sombrero y se arrojó sobre la cama, llorando
convulsivamente. Temblaba toda entera, como si estuviese a punto de
que le diera un ataque de nervios. Aunque se esforzaba por ahogar su
llanto no pudo lograrlo del todo. Una muchacha que vivía en la pieza
vecina entró alarmada, preguntándole qué le ocurría y ofreciéndosele
para llamar al médico.
--Déjeme sola, quiero estar sola...
--¿Se enojó conmigo?--preguntó la muchacha dulcemente, una gordita de
ojos negros y piel morena y suave que se llamaba Julieta.
Nacha, conquistada de pronto por la bondad de la gordita se incorporó y
le dió un par de besos, y sin cesar en su llanto le pidió que la dejara
sola.
--¿Y el médico?--insistió la muchacha.--Es mejor que venga. Usted no
está bien.
--Bueno, que venga--contestó Nacha, y volviéndose contra la pared,
siguió llorando agitadamente.
El médico llegó a la noche. La enferma no había querido comer, y
continuaba en la cama, vestida aún con su traje de calle. El médico,
un muchacho petulante que les hacía ojitos a las mujeres de la casa
y se cobraba en especie sus asistencias, dijo que toda era nervios.
Nacha había sufrido un _detraquement_, y necesitaba reposo físico y
tranquilidad moral.
¡En verdad que había padecido la infeliz Nacha en los dos últimos
días! El agravio que le hiciera la dueña de la pensión; el haberse
desilusionado de la virtud; la caída en brazos del amigo a quien fuera
a pedir dinero, le habían causado un mal inmenso, le habían suprimido,
de golpe, brutalmente, toda su esperanza de transformación. Pero todo
esto no era nada junto a su resolución de retornar a la vida. Fué
obra de un momento, casi instantánea, ¡pero qué enorme esfuerzo de
voluntad debió hacer, en medio de la desorganización de su existencia
y de la angustia que apretaba su corazón! Entre sus sufrimientos y
sus vacilaciones, nada le había atormentado tanto como el recuerdo de
Monsalvat. Más que la certidumbre de su vida fracasada, le llenaba de
desesperación el pensar en aquel hombre a quien ya no dudaba de amar.
Su imagen, presente siempre a los ojos de Nacha, habíase agrandado
gigantescamente ahora, ¡ahora, en los momentos en que ella se perdía!
Cuando entró en la casa del vicio, le pareció que la sombra de
Monsalvat, en medio de la escalera, quería impedirle pasar. Pero ella
había cerrado los ojos y, bajando la cabeza, había cruzado por entre la
sombra. Luego, durante el tiempo que allí permaneció, no dejó de verle
un solo instante. Si oía un ruido, creía que él entraba. Si una voz
surgía de los corredores, temía que fuese su voz. Hasta llegó en cierta
ocasión a levantarse, creyendo haberle visto pasar.
¿Dónde estaría ahora Monsalvat?, se preguntaba Nacha. ¿Por qué no iba a
buscarla? ¿Cómo no adivinaba que ella necesitaba su protección? Porque
sin ella sucumbiría, caería hasta abajo, hasta lo más hondo del mal,
hasta la última capa del lodo de la tierra. ¿Por qué Monsalvat no se
apareció en la casa del vicio, como ella esperaba, para salvarla y
arrebatarla de allí? ¿Por qué no se aparecía ahora, para, libertarla de
sus sufrimientos?
Se acordó entonces de que Monsalvat le había dicho, la única vez que
hablaron, que ella debía sufrir. ¡Sufrir para ser perdonada, para
rescatar su vida, para merecer el tesoro de la compasión! Sí, él le
había dicho eso mismo. Se alegró de haber recordado aquellas palabras
que daban un poco de luz a su existencia miserable. Se preparó para
aceptar el sufrimiento, para resignarse al dolor, y se durmió un tanto
tranquilizada, ya sin lágrimas ni desesperaciones.
XII
¡Setiembre! ¡Primavera! Buenos Aires con sus calles arboladas, sus
parques, sus plazas, los largos paseos que forman al río encantadora
vereda, florecía mágicamente, se manchaba de verde, de todos los
matices del verde. Se dijera que la mano del Infinito retocaba el
gigantesco cuadro un poco descolorido que le entregara el invierno,
exacerbando el esmeralda de los parques ingleses; agotando en las
copas de los paraísos y en el musgo el amarillo de Nápoles; arrancando
violentamente de las frondas el manto suave y aterciopelado hecho de
azules, de tierra de Siena y de tintas neutras, para vestirlas con
un áureo traje que el amarillo aurora y el sepia y el cobalto hacían
claro y vibrante; vaciando en los grandes parques todo el óxido de
cromo de su paleta cósmica; rejuveneciendo a los sauces, en un genial
abuso de esa gutagamba que nos trae el recuerdo de fantásticos reinos
tropicales; y haciendo estremecer los mediodías en ensueños de oro.
¡Oh primavera de Buenos Aires, llena de gracia y de armonía, sin los
embadurnamientos de las tierras cálidas, sin el cromatismo espeso de
los países del sol, sin la pesadez de las comarcas donde la naturaleza
adormece las energías humanas! ¡Oh primavera de Buenos Aires! El oro
llueve del cielo con musical ritmo y parece también surgir de los
árboles y las plantas y las hierbas; envuelve los edificios; exalta de
vigor y de luz los rostros humanos y enciende los ojos de las mujeres,
en ansias de amar. ¡Oh primavera de Buenos Aires!
Para Monsalvat, sin embargo, era una primavera triste. Monsalvat no
sentía aquella gloria de la luz, de los colores, de los sonidos. No
advertía el contento de las cosas, la canción de dicha que asomaba
en los ojos de las gentes. Sentíase solo, absolutamente solo en el
Universo. Era extraño al mundo en que vivió, mundo ahora enemigo. Era
extraño al mundo de los que sufren, por su procedencia y su situación.
Murió su madre, no encontraba a su hermana, no encontraba a aquella
mujer en la que concretaba su nueva vida. Sentíase solo, no tenía
amigos. Los amigos de otro tiempo se burlaban de sus ideas y de sus
ideales. Hablaban de _pose_, creíanle medio loco. ¿Qué podía tratar con
ellos, que no fuesen los motivos triviales de la gran farsa social? No
le comprendían. No querían ni oirle. Su prédica debía ir hacia otra
parte, hacia aquéllos que alguna vez impondrían la justicia, hacia
aquéllos que debían rebelarse alguna vez. Sentíase espantosamente
solo. Si por acaso alguien hablaba de la belleza del día, él callaba,
contestando en su interior que todo aquello no tenía existencia para
él. ¿Qué había fuera de nuestras sensaciones? Lo material, ¿tenía
realidad fuera de nosotros? Y bien: sus sensaciones le decían que no
había a su alrededor sino tristeza, dolores, soledad, negrura en las
cosas y en las almas. ¡Estaba solo! Jamás sintióse tan solo. El mundo
era su triste creación, la obra de su alma sufriente. No; aquella
primavera era una estación de amargura.
Mientras Nacha se ocultaba en la casa de pensión, con su ingenuo
propósito de otra vida distinta, Monsalvat la buscaba. Había estado a
buscarla, en compañía de Torres, en aquella casa de madame Annette, a
principios de Setiembre, un mes antes que Nacha fuera allí, llevada por
su triste fatalidad. Había estado en la casa de otra mujer, Juanita
Sanmartino, y nuevamente la decepción había llenado su espíritu de
tinieblas. ¿Dónde estaba Nacha? Nadie sabía nada. Torres afirmaba que
no había vuelto a "la vida", pues si hubiese vuelto a la vida habría
ido a cualquiera de aquellas casas. Torres imaginaba que viviese con
otro, tal vez con algún antiguo conocido, tal vez con alguno que
encontró al acaso. Y mientras pensaba así mal de ella, ella sólo
pensaba en ser honesta y en aquel hombre del cabaret, cuya imagen la
acompañaba en su reclusión.
¿Y Eugenia Monsalvat? Tampoco nadie sabía nada de ella. ¿Se cambió de
nombre tal vez? ¿Habría muerto? ¿Arrastraría por las regiones malditas
de la ciudad su vida dolorosa?
A fines de Setiembre, Monsalvat encontró un motivo de distracción para
su soledad espiritual: su oficina. Acababa de ser nombrado segundo jefe
de una repartición en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Pasaba
allí las tardes trabajando. Algunos colegas, llevados por las leyendas
que ya circulaban sobre carácter y las opiniones de Monsalvat, solían
buscar su conversación. Pero él, inaccesible y desconfiado, apartaba
hábilmente las insinuaciones indiscretas.
Una mañana de ese mismo mes, Monsalvat fué a la casa donde murió su
madre. Quería hablar con Moreno, con la hija de Moreno. Desde aquella
mañana que vió el amor de Irene, no quiso Monsalvat volver a aquella
casa. Temía a aquel amor de Irene. Él era libre, y podía dejarse querer
y quererla. Ella no ignoraba lo que hacía. No engañaba él a nadie,
pues, aceptando el amor de aquella muchacha bonita, apasionada, buena.
Se encontraba solo en el mundo, sin una alma amiga en el horizonte de
su vida. ¿Porqué huir entonces de Irene? Era que pensaba en Nacha.
La había buscado inútilmente, no tenía ninguna noticia de ella,
ignoraba si se acordó de su amigo alguna vez. Sin embargo, él pensaba
en Nacha. Creía cometer una mala acción queriendo a otra mujer, y
sentíase obligado respecto a Nacha, como si le hubiese jurado promesas
fundamentales. ¿Tal vez había terminado por enamorarse? Esta idea le
obsesionó una semana. Se juzgó ridículo, se despreció a sí mismo,
intentó abandonar todo lo que pudiera acercarle a Nacha. Pero no hizo
nada. Y, al contrario, más pensaba en ella y más ansiaba encontrarla.
En cuanto a Irene, no la había olvidado. Aunque él no fué a la casa,
le envió dinero varias veces, sumas que parecieron enormes a la pobre
gente. Irene le había escrito agradeciéndoselas y rogándole que le
permitiera ir a verlo a su casa, ya que él se negaba a visitarla.
Aquel día de fines de Setiembre, Monsalvat se encontró con toda la
familia Moreno. Esto le alegró, pues temía hallar sola a Irene.
--¡Mi doptor!--exclamó al verle Moreno, extendiéndole los brazos.--¡Mi
gran doptor! ¡El salvador de mi pobre raza maldita! ¡El grande entre
los grandes! ¡El faro luminoso de la ciencia jurídica! ¡El excelso y el
bondadoso!
Monsalvat protestaba de elogios tan disparatados y quería apartar de
sí los brazos obstinados de Moreno. La mujer reía de las palabras
del marido y a la vez estaba llorosa de emoción. Besaba una mano
de Monsalvat y le señalaba los niños, con los ojos húmedos de
agradecimiento.
--No admitimos su modestia, doptor. Queremos ser sus perros. Somos unos
pobres perros, todos nosotros, y nada más. ¡Pensar que Moreno, y la
familia de Moreno...! _¡Cuantum mulatur ab illo!_ como dijo Cicerón. Ya
ve que no olvido mi latín. ¡La cultura, doptor! He sido hombre de ley,
viví entre libros y sentencias. Y ahora, un perro vil, un borracho,
un...
Irene, en un rincón del cuarto, de pie, se cubrió el rostro,
avergonzada. Desde que entrara Monsalvat, no se había movido,
aguardando que pasara la avalancha de agradecimientos y humillaciones,
que preveía de parte de sus padres. Monsalvat también se sentía
molesto. Por fin apartó a aquella gente y extendió la mano a Irene.
--¡La flor de mi casta!--exclamó Moreno, agregando
melancólicamente:--¡Ah, si no fuéramos pobres! No la entregaba sino a
un príncipe. Perdone, mi doptor. O a un doptor Monsalvat, que es tanto
como un príncipe, porque es príncipe de la jurisprudencia...
Ni Monsalvat ni Irene oyeron aquellas cosas. Monsalvat se había
turbado y estremecido al notar en su mano la mano de Irene que
abrasaba, al sentir sobre su rostro los ojos abrumados de pasión de
aquella mujer que palpitaba y ardía desde el extremo de sus cabellos
hasta la punta de los pies. Monsalvat quedó paralizado frente a ella. Y
sin saber qué decirle, volvióse para hablar con Moreno.
Después de algunas frases sin interés, interrumpidas por las
adulaciones de Moreno, Monsalvat se despidió. Dijo que había ido para
saber si Irene tenía la noticia que él necesitaba.
--Se la voy a dar. Venga--dijo Irene con extraña energía, mientras
temblábanle los labios y echaban fuego sus ojos.
Monsalvat se despidió y salió al pasadizo que conducía hasta la
escalera. Un pasadizo oscuro y angosto. Moreno quiso seguirle, pero
Irene ordenó a su padre que se quedara.
--Ella lo manda. Ya ve, mi doptor, adónde ha ido a parar mi autoridad
paterna. Soy un simple perro. Obedezco y me retiro, de miedo al látigo.
¡Procurador célebre, a esto has llegado! Tu carrera terminó, el mundo
se acaba. ¡Mi doptor, a sus pies!
En la oscuridad del pasadizo, Monsalvat e Irene caminaron uno detrás de
otro algunos metros. Luego se acercaron, se rozaron. Monsalvat sintió
el ardor violento de toda aquella mujer, sintió que algo fascinante
le atraía hacia ella. En lo oscuro, los ojos de Irene, enormes, se
entornaban y volvían a abrirse. Su cuerpo tenía ondulaciones de
serpiente.
--La noticia, ¿cuál es?--preguntó Monsalvat con, la voz torturada.
--¡Ésta!--rugió Irene sordamente, con los dientes apretados, poniendo
sobre la boca de Monsalvat la pulpa roja de sus labios abrasadores,
absorbentes, estremecidos.
Monsalvat la besó también. Creyó desvanecerse. Toda su voluntad había
desaparecido. Escuchaba las locuras precipitadas, ardorosas de Irene.
Le rogaba hacerla suya, llevársela. Le tomaba las manos, se apretaba
contra su cuerpo. Pero de pronto, Monsalvat reaccionó. La imagen de
Nacha surgió ante sus ojos, y sintió que una fuerza poderosa, que
venía desde el fondo de su alma, le apartaba de Irene. Vió en aquella
muchacha apasionada, un peligro para sus ideales. Vió derrumbada toda
su obra. Vió perdida la sola justificación de su vida. Dijo adiós a
Irene, le pidió perdón y se dirigió hacia la escalera, fuerte, sereno,
inaccesible.
--No, no me deje así--clamaba Irene.--Yo seré su sirvienta. Yo lo
adoro. Me voy a morir, me voy a perder si no me quiere.
Monsalvat seguía su camino sin oir aquellas voces de la tierra. Su alma
retornaba por el camino que lleva a la montaña.
--¡Es horrible mi desgracia!--gritó Irene, arrojándose contra la pared,
sacudida por violentos sollozos y temblores.
Este incidente exacerbó en Monsalvat el ansia de encontrar a Nacha.
Empezó a recorrer los cabarets, los restoranes nocturnos, los teatros.
Todo inútil. Pasaban los días y los días y ni la menor noticia de
Nacha. Comenzaba a desesperarse. Pensó entonces que tal vez la calle
tuviese respuesta a su ansiedad. Y se hizo un hijo de la calle. Horas
enteras vagando. Horas enteras, por las mañanas, por las tardes, por
las noches. Las calles del centro, aquéllas por donde pasan las mujeres
de placer, conocieron su silueta atormentada.
Creía ver a Nacha, y apresuraba el paso. Seguía a una mujer. No era
Nacha. Buscaba su rostro entre las muchedumbres que en Florida, por las
mañanas, pasean su inactividad. Lo buscaba entre el gentío de Florida a
la tarde, entre el gentío que va marchando sin premura, por la calzada
sin carruajes, mientras estalla la luz de las vidrieras y empuja hacia
arriba las sombras que caen desde las altísimas casas. Lo buscaba entre
las mujeres, casi todas jóvenes y bonitas, que disimuladamente recorren
Florida en busca de su pan, de su cariño, de su placer. Lo buscaba, por
las noches, en las vías que convergen hacia los teatros, los cines, los
cabarets. Lo buscaba en los teatros, en los cines y en los cabarets.
Y así su sombra iba recorriendo las calles, como la de aquéllos que
van buscando tímidamente una mujer ocasional. Iba insensible a los mil
ruidos de la calle, a los gritos de los vendedores de diarios, a las
bocinas de los autos, a los timbres de los tranvías, a los gramófonos
que sonaban en los comercios, al obstinado arrastrarse de los pies
sobre las veredas, a las voces del vendedor de juguetes, del vendedor
de lotería, de la florista. Iba insensible a las luces de los enormes
focos, a los avisos luminosos, a los letreros azules, rojos, verdes,
amarillos de las lamparitas que coronaban las casas, a veces cerca del
cielo, en un décimo piso. Iba insensible al lujo de las vidrieras, a
las joyas prodigiosas, a las flores, a los libros. Iba insensible al
maravilloso espectáculo que es la calle en la cosmopolita, complicada,
exuberante, estruendosa, enérgica, inquieta, dinámica Buenos Aires. Iba
insensible a todo. Él no veía sino a Nacha.
Todo inútil. Nacha no aparecía. Y había llegado Octubre. Mes y medio
sin verla. Desesperado, pensó en dejarlo todo, en volver a su antigua
existencia, faltando al deber que se impusiera de encontrar a Nacha. Y
buscaba argumentos para justificar el abandono de "su deber". ¿No era
Nacha una putilla? ¿Y entonces? ¿Se iba a enamorar de una mujer así?
¿Por qué concretar en ella un ideal, un deber, una razón de existir?
¿Acaso la perdió él? ¿Y para qué quería encontrarla?
Monsalvat tenía la sensación de que Nacha iba a perderse
definitivamente. Y se echaba él la culpa de la perdición. Él fué a
su casa, él la aconsejó, él la indispuso con su amante. Luego, él la
había perdido. La buscaba para rehabilitarla, para llevarla al camino
del bien, para que recuperase su personalidad, para que volviese a
vivir, a tener esperanza, a amar, a soñar. Era un ser humano y no debía
dejarlo en la esclavitud. Igual hubiera hecho con otras, si conociera
a otras. Él conocía a Nacha y quería salvar a Nacha. Que los otros
salvasen a las que conocían. Pero también quería salvarse él mismo.
Quería salvarse de la sequedad del corazón, de la frigidez del alma, de
la inutilidad de su vida. Quería salvarse de su existencia de egoísmo,
de las garras de la vanidad, de la red envolvente de la maldad humana.
Grandes acciones quisiera él acometer. Redimir a los esclavos del
trabajo infamante, a los esclavos de sus pasiones, a las esclavas de
los vicios ajenos y de la voracidad de los de arriba. Pero a falta de
grandes acciones, él contentábase con levantar a una pobre y buena
muchacha. Sembraba una semilla, solamente. Pero invitaba a otros para
que sembraran a su vez.
En medio de sus dudas, había surgido en Monsalvat una gran esperanza.
Ahora tenía dinero, e imaginaba que con dinero todo podía lograrse.
El Banco Hipotecario le había entregado, a principios de Octubre,
cuarenta mil pesos por la hipoteca del conventillo. Pero ya una parte
de esta suma había desaparecido. Su madre dejó deudas y la mulata, que
fué sirvienta de ella, le hizo a Monsalvat un chantaje. Aconsejada
probablemente por Moreno, Celedonia le amenazó con publicar unas cartas
de Eugenia si no le daban dos mil pesos. Monsalvat tuvo que entregarlos
para recoger las cartas.
Una tarde de octubre, Torres, a quien encontró en la calle, le dijo:
--Una noticia. Nacha ha vuelto a "la vida". Sé que ha estado hace pocos
días en la casa de madame Annette.
Aquello era un dolor para el corazón de Monsalvat. Y sin embargo, era
también una luz. Parecíale que Nacha estaba frente a él. Y estuvo
frente a él y a su lado, llenándolo todo, aquella tarde y aquella
noche, y el día siguiente y los demás días.
Monsalvat sufría ahora más que nunca. ¡Y era también ahora más feliz
que nunca!
XIII
Diez días estuvo Nacha enferma, en aquella pensión de la calle Lavalle.
Su historia circuló en la casa, referida por Julieta, interesando
a todas las mujeres. Las muchachas de mala vida, pero que aún no
han caído enteramente, son sentimentales y un poco románticas y
simpatizan con los héroes y las heroínas de las historias de amor.
Nacha, enamorada de un hombre con quien habló sólo una vez, que no
sabía en realidad quién era ni dónde estaba, y teniendo que ser infiel
a ese cariño platónico y extraño, debía caer en gracia a aquellas
muchachas. Todas la compadecían en el fondo de sus almas y encontraban
natural aquel ataque nervioso que arrojó en la cama a Nacha. ¡Tener
que dedicarse a la vida, queriendo tanto a un hombre! ¿Y cómo era ese
hombre? ¿Qué hablaron aquella vez? ¿Buenmozo, simpático? La enloquecían
a preguntas.
--¡El más simpático de los hombres que he conocido en mi vida! El más
bueno, el más santo... ¡Qué lindas cosas me decía!
Y refería la historia de sus breves amores por centésima vez. Detallaba
las miradas, las explicaba. Se detenía en aquella larga conversación,
cuando ella le contó su historia y lloró a torrentes y él la conminó a
cambiar de vida.
--Pero vos fuiste una sonsa--le decían las muchachas.--¿Por qué te
reíste de él en el cabaret? ¿Por qué lo echaste? Si no lo hubieras
echado, ahora estarías con él...
--Es que nosotras somos así--decía otra.--Somos malas, el destino
quiere que seamos malas...
Y quedaban todas tristes, pensativas, imaginando aquella historia de
amor y recordando otras historias en que ellas fueron protagonistas.
Pero ninguna como la de Nacha, que les parecía más hermosa que los
folletines. Y tanto les fascinó el amor de Nacha, que todas llegaron
a envidiarla y a desear algo semejante, aunque les tocase sufrir como
ella y aunque padeciesen hambre y enfermedades.
La patrona de la casa, doña Lucía, era una viejita pequeña y
silenciosa. Tenía dos piezas bien arregladas, pero sin gusto. Allí
pasaba todo el día leyendo. No comía con sus pensionistas. Era
tan tímida que no se atrevía a visitarlos ni a buscar su amistad.
Pertenecía a una familia provinciana muy principal, pero ella
usaba otro apellido. Parecíale que, dada la clientela de su casa,
desprestigiaría a su familia llevando su verdadero nombre. No era que
en Buenos Aires fuere muy conocida su familia ni menos que doña Lucía
tuviese demasiado afecto a sus parientes. Era que la viejita tenía un
respeto supersticioso por las buenas familias, y antes se dejara matar
que contribuir, al descrédito de un apellido que ella creyese ilustre.
Algunas de las muchachas habían logrado sacarle ciertos detalles
de su vida. Viuda de un militar que murió loco, perdió luego a su
única hija. Pobre, sola, olvidada de sus parientes que no tuvieron
ninguna consideración para con ella, se instaló en la pensión de una
amiga. La pensión fué decayendo poco a poco, recibiendo una clientela
equívoca. Doña Lucía no miró aquello con buenos ojos, pero no se
hubiera nunca atrevido a hacerle a su amiga una observación. Cuando su
amiga murió, ella se quedó con la casa. Estaba resuelta a no admitir
sino gente honesta, recomendada. Pero su timidez le impedía reclamar
las recomendaciones o dudar de su legitimidad. Crédula, además,
aceptaba cuanto le decían las muchachas. Al cabo de los años terminó
por habituarse a su clientela. Las muchachas respetaban y admiraban a
aquella señora de aspecto severo, que frecuentaba las iglesias y tenía
parientes encumbrados.
Cuando Nacha pudo levantarse, visitó a doña Lucía. Se le entró en su
cuarto, tranquilamente, sin mayores preámbulos. La viejita, a quien
aquellos procedimientos intimidaban, no sabía qué decirle. Pero eso
no era obstáculo para Nacha, que tenía la confidencia fácil y gustaba
referir su historia. Agradeció a doña Lucía sus atenciones con
motivo de su enfermedad, las copas de Oporto, los remedios pagados a
la farmacia. Doña Lucía la enteró de que todo eso fué costeado por
tres muchachas: por Julieta, por Sara y por Ana María. Nacha quedó
asombrada. ¿De modo que aquellas muchachas, que quince días atrás no
la conocían, se sacrificaron por ella? Recordó las escasas ganancias
de Sara, que recorría las calles del centro y cuyo terror de la
policía impedíale manifestarse a los transeúntes; la vida de escasez
de Julieta, que frecuentaba una casa muy reservada, donde ganaba
poco; la mala salud de Ana María, que debía gastar tanto en médico
y en remedios, y comprendió que las tres se privaron de satisfacer
necesidades esenciales a fin de que a ella nada le faltase durante su
enfermedad.