la francesa se empeñó en llevarla a una reunión. Nacha, curiosa y
deseando divertirse, aceptó. Fueron en carruaje a una casa de la
calle Independencia, lejos del centro. En la puerta, Nacha leyó una
pequeña placa puesta en la pared, donde debajo de un nombre había estas
palabras: "Se enseña la felicidad". Dentro, en una sala de reducido
tamaño, había varios bancos y sillas y unas cuantas personas. Un
individuo idéntico a los tziganos de las orquestas, de pie, frente al
auditorio, hablaba. En el instante de entrar, el individuo ordenó:
"Cadena general". Nacha no pudo menos de reir, porque aquellas palabras
le recordaban el baile llamado de lanceros. Mademoiselle la amonestó
con una mirada seca y solemne. Los concurrentes, hombres y mujeres,
apenas oyeron la voz de mando, se dieron todos de la mano y así
permanecieron un instante hasta que el individuo, adoptando una actitud
llena de unción, dijo que ya el espíritu había penetrado en él. Uno de
los presentes hizo varias preguntas al espíritu y el hombre contestó
a todas, en un tono quejumbroso, lánguido, como de ultratumba. Cuando
terminaron las preguntas, Nacha, que estaba asustada al principio,
quiso hablar con Riga para preguntarle qué debía hacer. Pero no se
atrevió, además de que ya era tarde y el hombre dió por concluida la
sesión.
Cuando volvieron a la casa no hablaron Nacha y mademoiselle sino de
la reunión espiritista. Mademoiselle creía a pie juntillas en todo
aquello. Y al mismo tiempo era católica, muy devota, y hasta amiga
de unos Padres franceses que solían ir a la casa. Nacha preguntaba a
mademoiselle si los espíritus lo sabían todo.
--Oh, _oui_, todo, todo... El pasado, el porvenir, lo que a usted le
conviene, todo, todo...
--¿Mejor que las cartas, entonces? ¿Y que las adivinas?
--Oh, mucho mejor, _ma petite_. Las adivinas, ciertas veces, engañan.
Pero los espíritus, usted sabe, _ma cherie_, no engañan _jamais_. ¿Cómo
quiere que un espíritu engañe? _Oh, c'est pas possible, mon amour!_
Nacha solía recibir la visita de una mujer que le sacaba las cartas,
una vez por semana. Pero eran tan vagas las respuestas que pensó
consultar a la madre Antonia, la famosa adivina de Barracas. Ahora
prefería hablar con Riga, mediante el profesor de felicidad. Sabía que
el poeta no iba a engañarla, pues era bueno, sincero y la quiso siempre
de veras. Sin embargo, en las otras dos o tres veces que fué a la
reunión espiritista no se animó a invocar el espíritu de Riga. No fué
por vergüenza o por pudor, sino porque temió que Riga se enojase y le
reprochara duramente su vida.
Una mañana le ocurrió a Nacha con mademoisselle un incidente pintoresco.
Nacha solía entrar en la pieza de mademoiselle sin llamar. Pero siempre
entró a la tarde, o a la noche, o en las altas horas de la mañana.
Ocurrió que aquella mañana de octubre era domingo y Nacha, que había
madrugado para ir a misa, quiso abrir la puerta de mademoisselle,
que resistía como si estuviese atrancada con una silla. La francesa
debió gritar: "no entre", pero Nacha, oyendo mal, empujó. Y apenas
pisó el umbral dió un grito, y, cerrando la puerta bruscamente, huyó
corriendo. Había visto a mademoisselle incorporada en la cama, con los
ojos inyectados, y junto a ella dos tremendos bigotes que pretendían
ocultarse.
--Oh, señorita Nashá, si usted supiera...--le dijo después
mademoisselle, muerta de vergüenza, colorada, tartamudeando.
--No se preocupe mademoisselle. ¿Cómo cree que yo me voy a asombrar? Yo
sé bien que una persona no puede vivir sin querer. Y menos una persona
tan buena como usted.
--¡Oh, no, no! Usted es una santa, _ma petite_. Yo he cometido un
pecado muy grave, muy grave.
Se afligía tanto que Nacha, para consolarla, le contó algunas cosas
de su vida. No le dijo que había frecuentado las casas de citas,
pero sí que tuvo muchos amantes. La francesa se iba consolando y a
la vez poniéndose seria. Cuando Nacha terminó, dijo que tenía varios
quehaceres y se fué.
Nacha creyó que su amistad con mademoisselle, después de lo ocurrido,
sería más íntima que nunca. Una semana después, mademoisselle le pidió
el pago del mes que le debía.
--Oh, señorita Nashá, no es por nada, usted sabe, pero las cosas andan
mal. Los pensionistas... algunos... no pagan puntualmente.
--Yo le pido que espere un poquito, mademoisselle. Un mes no es nada
para usted. Mire que estoy muy pobre. He vendido las pobrecitas alhajas
que tenía. Buscaré un empleo, trabajaré... Pero no me apremie. Sí, sea
buena, por favor...
Y le tomó una mano, cosa que mademoisselle solía antes hacer con
ella, y que había hecho sin fin de veces aquel domingo cuando rogaba
a su pupila para que no revelase a nadie el tremendo secreto que le
sorprendiera. Mademoiselle retiró la mano con alguna sequedad y se
levantó.
--No, no puedo esperar, señorita. Mañana me trae su pensión. No le
cuesta nada ganarla. Usted tiene amigos muy... benévolos, que se la
darán gustosamente. ¡Oh, gustosamente! _C'est ça._
Nacha enrojeció de vergüenza y de ira y contestó:
--Está bien. Mañana tendrá el importe de mi pensión.
Toda la noche la pasó Nacha llorando.
Una de las cosas que más le preocuparon fué la conducta de
mademoisselle para con ella. La creyó una persona excelente, buena,
cariñosa; y ahora veía que se había equivocado. La creyó una alma
pura, sin defectos, y había sorprendido un secreto que estaba lejos de
certificar su pureza. Pero si no era pura, ¿por qué afectaba serlo?
Nacha se desesperaba. Había creído conocer la pureza de cerca, había
imaginado que era cosa factible y bella la virtud, y ahora sabía lo que
eran la pureza y la virtud.
--Porque mademoisselle--pensaba--, no sólo se dice pura sino que
los demás también lo creen. Sí, lo creen, y la prueba es que tiene
sacerdotes amigos que vienen a visitarla. Si no fuese tenida por santa,
esos sacerdotes no vendrían, no serían sus amigos... Entonces, quiere
decir que la virtud consiste en ocultar las cosas... Sí, así debe de
ser. Y ahora me acuerdo de muchos señores considerados como personas
respetabilísimas, que, en las casas de citas, me proponían... Claro,
así es. La virtud no existe. Los virtuosos, los honestos, los puros son
los que se ocultan, "los que se cuidan", como suele decirse.
Pero Nacha no lloraba por esto, aunque había tenido una inmensa
desilusión. Lloraba porque sus esfuerzos por ser honrada, como ella
decía, eran inútiles. Al día siguiente volvería a ser lo que fué. Y
todo por culpa de mademoisselle, que, pura y de tan santos principios,
la arrojaba en el mal tranquilamente y como pago de su discreción.
Ya no dudaba de que el destino era cruel con ella, de que se había
empeñado en que fuese una perdida. Y bueno: lo sería, ya que no había
otro modo de vivir, ya que todos se lo ordenaban.
Al día siguiente, a las tres de la tarde, se vistió con su mejor
vestido y--cosa que desde un mes y medio atrás no hacía--, se puso
en la cara crema Simón y en los labios un poco de rojo. Elegante,
voluptuosa, tentadora, salió a la calle y se dirigió en un coche al
escritorio de un abogado amigo, de aquél íntimo de Torres que durante
varios meses la protegiera.
--Cien pesos, nada menos--decía el abogado, moviendo la cabeza de
arriba a abajo, con los labios apretados y el inferior alargado en una
mueca de asombro.
--Para usted no es nada--argüía Nacha, intimidada por la frialdad del
recibimiento.
--Es mucho m'hijita. ¡Cien patacones en estos tiempos! Te daré
cincuenta... Es todo lo que puedo. ¡Tantos gastos! Mi mujer es muy
gastadora, y después las niñeras, las amas, qué sé yo. ¡Un titeo!
En fin, yo creo que con cincuenta del _páis_ se pueden hacer muchas
cosas...
Nacha tomó los cincuenta pesos desilusionada, y dijo que se los
devolvería. El abogado hizo un vasto gesto redondo sobre su cabeza,
como diciendo que no pensara en ello y se ocupó en mirar a su
visitante. Debió gustarle, porque se puso un poco nervioso. La miraba
con los ojos brillantes, cuando ella se levantó para irse.
--¿Ya? Pero no nos podemos despedir así. Eso no, m'hijita. ¿Nunca te
acordaste de mí, de aquellos tiempos?...
Nacha había ido a pedir dinero a este hombre porque lo creía el más
desinteresado de sus amigos y tenía la esperanza de que por simple
simpatía y amistad le prestase o le diese la suma que necesitaba. Y así
cuando el abogado se le acercó, la abrazó y fué a cerrar la puerta con
llave, ella tuvo un gran disgusto. Intentó defenderse, pedirle que la
dejara, decirle que ahora quería ser honrada; pero pensó que no tenía
derecho a nada de eso. ¿Qué era ella, sino una...? Además, ¿no le había
dado dinero él? Entonces podía hacer lo que quisiera. Eso era lo lógico
y lo humano.
Una hora después, medio llorosa y muy triste, entregó a mademoisselle
los cincuenta pesos correspondientes a la primera quincena.
--Oh, pero aquí falta, señorita. ¿Y la otra quincena? _Pardon_, yo no
puedo, absolutamente no puedo esperar.
--Unos días, dos o tres, nada más--dijo Nacha, con rabia, mirando
agresivamente a mademoisselle.
--No, _pas possible_. Hoy estamos a catorce de octubre. Tiene su
pensión pagada hasta mañana. Esperaré sólo hasta mañana.
Había pensado Nacha en recurrir a Torres, cuando al día siguiente, muy
temprano, la sirvienta le dijo que uno de los Padres deseaba hablarla.
Nacha fué a la salita. Allí el Padre la esperaba. Era un hombre
redondo. Redonda la figura, la cabeza, la cara. Redondos los gestos,
los gruesos y cortos dedos. Hablaba redondeando la pequeña boca. Nacha
no salía de su asombro por aquella visita inimaginada.
--Sí, pues... es el caso... que... mademoisselle...
El Padre, de pie, parecía meditar en el modo de salir del paso. Miraba
al suelo y tenía una mano derecha sobre la boca, retirándola sólo para
hacer un molinete en el aire con los dedos o una ligera castañuela.
--Usted sabe bien lo que es mademoisselle. ¡Una señorita tan austera,
tan perfecta! Sus padres, desgraciadamente, no habían recibido la
Luz, eran protestantes. Pero buenas personas, gentes muy virtuosas, a
pesar de todo, que temían a Dios... La Providencia había velado por
mademoisselle. Usted sabe que sus padres murieron y que la recogió una
tía, muy buena católica, y que en casa de esta santa señora _devino_
católica...
Nacha miraba con asombro al Padre, sin saber a dónde iría a terminar
todo aquello. El Padre tenía actitudes pilluelescas, y a veces daba
tales saltitos que parecía que le hiciesen cosquillas. A lo mejor, no
encontrando una palabra, se detenía, levantaba los ojos al cielo, los
bajaba, hacía un molinete complicado, luego una castañuela y un pequeño
salto cambiando la colocación de las piernas, como en un cuadro de
baile. Pero ni por ésas aparecía la palabra, y el buen Padre debía
hacer un rodeo que resultaba a Nacha interminable.
--Y bueno, usted sabe, comprende que... En fin, señorita, me parece que
su vida no ha sido... ¿cómo diré?... precisamente... ejemplar... No sé
si me explico... Y usted sabe, comprende, que en esta casa, donde...
donde... ¿cómo diré?...
Aquí una castañuela, un blanqueo de los ojos y un par de movimientos
de costado. Preparaba un magnífico molinete cuando la palabra buscada
apareció, y radiante, feliz, exclamó:
--Donde... resplandece... precisamente... resplandece la más acrisolada
virtud... usted, con su vida, con sus costumbres, no... no... es
decir... en fin, que no conviene que permanezca aquí...
--En una palabra: me echa de la casa--dijo Nacha, roja de indignación.
--Oh, precisamente, echarla... usted sabe... usted comprende...
--Está bien, Padre. Hoy mismo me iré. Y hágame el favor de dejarme sola.
El Padre le hizo una gentil y redonda reverencia, y salió. Pero apenas
había puesto los pies en el corredor, volvió, oyendo que Nacha le
llamaba.
--¿Alguna cosa...?
Nacha había pensado decirle quién era la virtuosa mademoisselle y las
exactas noticias que ella tenía sobre su "acrisolada" pureza. ¡Cómo iba
a gozar viendo la cara del Padre Chatelain al oir evocar la escena del
dormitorio! Ahora se vengaría de aquella mujer perversa, hipócrita,
canallesca hasta ser repugnante.
--¿Y bien, señorita? Yo estoy esperando...
Pero Nacha se entristeció de pronto y pensó que las miserias de la
vieja maldita no justificaban su venganza. No sería mala por nada
de este mundo. Que la echara a la calle la francesa, que contase a
los Padres cuanto ella le contó en secreto para consolarla, que la
injuriase, que hiciera con ella lo que quisiese, jamás revelaría a
nadie lo que prometió callar.
--No es nada, Padre. Déjeme sola, no más...
Apenas el sacerdote desapareció, la infeliz se arrojó sobre una silla.
Y con el cuerpo doblado hacia adelante, las manos en la cara y los
ojos estupefactos, permaneció casi un cuarto de hora. Después suspiró
hondamente, sacudió la cabeza con violencia como para alejar algún
pensamiento triste, y exclamó:
--¡Es mi destino!
Luego se vistió poniéndose el mismo vestido que el día antes y salió a
la calle. Detuvo un automóvil que pasaba y le dió la dirección de una
casa de huéspedes de la calle Lavalle, donde vivían muchachas de mala
vida.
XI
La casa de madame Annette, situada frente a una plaza, era lo más
aristocrático que Buenos Aires poseía en el género. Allí acudían los
millonarios, los grandes políticos, los nombres de más alta alcurnia
social. A veces se encontró medio ministerio, aunque no reunido en
consejo sino disperso en diferentes sitios de la casa. Y era voz
pública que cuando en la cámara de diputados no había quórum, solía
telefonearse a aquella distinguida mansión y que jamás esta medida
poco reglamentaria dejó de producir el más brillante resultado. Desde
la entrada, no se respiraba allí sino lujo: sedas, bordados, dorados,
muebles elegantes, ricas alfombras, espesos cortinados. Un persistente
olor a agua de rosa circulaba por los cuartos, cerrados, misteriosos,
invitando a los más dulces coloquios.
Nacha esperaba en una pequeña salita interior, en compañía de una
desconocida. Madame había salido para recibir a un visitante. De pronto
apareció en el umbral una figura que era familiar a Nacha. Al verse,
las dos mujeres se saludaron y se besaron.
--Pero vos aquí... ¿Cómo? ¿No te casaste?--decía Nacha, un poco
avergonzada por Amelia, y en voz baja para que no oyese la desconocida.
--Sí, me casé, ché... Pero, ¿qué querés? ¡Así es la vida!
Hablaba a gritos, riendo y con una desfachatez sin igual. Movía con
voluptuosidad su cuerpo de serpiente y accionaba sin cesar con sus
largos brazos un poco delgados. Olía fuertemente a violeta y vestía de
un modo algo fantástico y exuberante pero no desprovisto de elegancia.
--No me hagás cargos. Escucháme un poco, hija. Te prevengo que me casé
dispuesta a ser honrada... No te exagero. El diablo harto de carne
dirás... ¡Pero si vieras qué nene era mi marido! ¡Un horror! Siendo
soltero, trabajaba. En un bazar. Pero después de casarse dejó el
empleo y pretendió vivir a mi costa. Quería que yo fuese la de antes.
Y vas a ver... Entonces, yo le dije: "Eso no, ché. Yo seré una tal
por cual, pero, ¿darte de comer a vos? ¡En la vida, hijito!" Lo eché,
vas a ver... Y entonces, volví a la vida. Y aquí me tenés... ¿Cómo me
encontrás? ¿No me voy poniendo vieja, ché?
--Espléndida, Amelia. Más elegante que nunca. ¡Qué cuerpo!
--De primo cartello, ¿verdad? Pero aquí, esto no se aprecia. Nada más
que vejestorios. ¡Un horror! Y a mí que tanto me gusta la juventud,
la fuerza, el entusiasmo, el... ¿Te acordás de cuando era anarquista,
de cuando decía que era preciso vivir la vida? ¡Qué tiempos aquéllos,
Nacha! Ésos eran los buenos tiempos.
--Y ahora, ¿ya no sos anarquista?
--¿Yo? Pero estás loca, m'hija. Esas son pavadas. Mirá: yo he acabado
por convencerme de que nosotras, las mujeres de la vida, somos una de
las más sólidas columnas de la sociedad...
Había dicho esta última frase declamatoriamente, con intención
sarcástica. Luego, ante el asombro de Nacha, se puso a reir,
inclinándose muellemente hacia un lado, con sensual _nonchalance_.
Interrumpió el diálogo la llegada de madame. Al ver a Amelia, la
francesa la saludó con adulonería y la llamó aparte. Las dos salieron
inmediatamente. La desconocida miró a Nacha con intención de hablarla.
Pero Nacha estaba absorta, pensando en las extrañas causas que llevan
a la perdición a una mujer. Amelia era pura franqueza y si dijo que se
casó en el deseo de volverse honrada, así debía de ser. Y he ahí que
el marido, a quien ella, por honestidad, refiriera toda su vida, la
arrojaba otra vez en el vicio, ahora para siempre.
La entrada de una chica la interrumpió en sus pensamientos. Nacha miró
con encanto y a la vez con estupor a la deliciosa personita; una niña
graciosa, bella, con aire de ingenuidad. Como Nacha no le quitase los
ojos y quisiese como sonreirle, la chica le dijo, sencillamente:
--¿Cómo se llama usted? ¡Qué buena parece!
--No soy buena, pero quisiera serlo.
La chica sentóse al lado de Nacha y hablaron las dos con mutua
simpatía. Nacha se enteró con verdadero disgusto que la recién llegada
tenía diez y siete años apenas. Y como era bajita, muy delgada, frágil,
y tenía aquel aspecto ingenuo, representaba menos aún: catorce o quince
años. Nacha pensaba con horror en el crimen infame que significaba
dejar que se perdiese una criatura así. ¿No sabrían los padres?
Y madame Annette, ¿cómo aceptaba recibirla? Y los hombres que la
conocían, esos respetables señores tan amigos de madame, ¿era posible
que no tuviesen una palabra de protesta, de indignación o siquiera de
lástima? ¡Ah, ella no comprendía el mundo! A ella y a todas las mujeres
como ella el mundo las despreciaba, las injuriaba, les arrojaba todos
los delitos y todas las miserias, y sin embargo ella se apiadaba de una
criatura como la que tenía a su lado, y conocía muchas mujeres de su
clase que nunca hubieran permitido un crimen semejante. Nacha quería
preguntar a la chica algo importante, pero no se animaba. Sobre todo la
presencia de la otra mujer la cohibía.
--Pero decíme--susurró Nacha dando a su voz un tono confidencial y
tomando una mano de su reciente amiga:--¿Por qué...? ¿Cómo es que...?
La chica levantó hacia Nacha sus grandes ojos claros e ingenuos,
interrogándola.
--¿Por qué venís a esta casa?--terminó Nacha ruborizándose de su
curiosidad.
La chica puso una encantadora carita de pena, y alzando otra vez los
ojos hacia Nacha, y mirándola con franqueza, le contestó naturalmente,
sin asomo de reproche hacia nadie ni de malicia:
--Me manda mi tía.
--¿Y hace mucho que hacés esta vida?
--Dos meses.
--Y antes, ¿tuviste un novio, verdad? Te engañó, te deshonró...
--No, nunca tuve un novio. Mi tía me obligó a venir...
--¡Pero es posible! ¿De modo que aquí conociste el primer hombre?
--Aquí, sí...
Nacha se quiso morir. Enrojeció de indignación. La chica le contó su
breve historia. Sus padres eran españoles y vivían pobremente en La
Coruña. Hacía como ocho años llegó una hermana de la madre a aquella
ciudad; una señora rica, dueña de una tienda en Buenos Aires. La chica
tenía diez hermanos y la tía propuso a los padres llevársela a Buenos
Aires, donde iba a prosperar; y los padres, naturalmente, aceptaron. La
tía fué muy buena para con la criatura, pero la tienda marchaba cada
vez peor hasta que vino la quiebra. Entonces, la mujer llamó un día a
la sobrinita, y diciéndole que estaban muy pobres y que necesitaba su
ayuda, le prometió mandarla a una casa donde ganaría dinero con muy
poco trabajo.
--No teníamos ni qué comer--continúo la chica. ¡Qué iba a hacer mi
tía! Yo no sabía de qué se trataba y vine. Pero al volver a casa le
dije a mi tía, llorando, que esa casa no era seria, y le conté lo que
había pasado. Mi tía me rogó que me conformara y me pidió que hiciese
su voluntad, asegurándome que ella era la responsable de todo. Pero a
mí... no sé... no me pareció bien todo eso. Yo pensaba que debía ser
una cosa mala lo que hacía. Pero ella me convencía de que no. Según
mi tía, todas las mujeres tenemos que ser así. ¿Será verdad? ¿Qué le
parece a usted?
Nacha, acongojada, no sabía qué contestarle.
--Y yo, ¿haré mal? ¿Qué le parece?
Madame Annette entró de nuevo y se llevó a la chica. Nacha se levantó y
quiso ir hacia madame, pero al pisar el umbral del cuarto vecino vió
un hombre y se detuvo. Volvióse entonces a la desconocida, y que hasta
ese instante le fuera antipática, para exclamar:
--¡Qué iniquidad! ¡No he visto nunca, en mi vida, una maldad igual a
la de esa mujer que explota a esta infeliz criatura! ¡Es odioso esto,
repugnante!
--No se enoje tanto--expresó humildemente la otra, cuando Nacha,
sofocada y fuera de sí, se hubo sentado.--Es inútil protestar. ¡Yo he
visto tantas cosas que ya nada me asombra, absolutamente nada!
La mujer hablaba con acento extranjero, aunque correctamente. No era
bonita ni muy elegante, pero tenía unos azules ojos maravillosos y una
gran expresión de inteligencia. Nacha, que hasta entonces no la había
advertido en realidad, la observó y la encontró muy simpática, más
aún: extrañamente simpática. En seguida hicieron amistad. Durante un
cuarto de hora hablaron sin cesar, hasta que la mujer acabó por contar
su historia a Nacha. Pertenecía a una familia honesta y conocida, de
un pueblo del norte de Francia. Un empresario de teatros, o un agente
suyo, sabiendo que ella cantaba bien y que sus padres se hallaban en la
pobreza, le ofreció un buen contrato para América.
--Yo jamás había cantado en teatros, pero en conciertos y otras fiestas
había adquirido un gran dominio del público y me animé, resuelta a ser
menos gravosa a mis pobres padres. Y llegué a Buenos Aires. Cuando
vi qué clase de teatro era aquel donde debía cantar, me sublevé. ¡El
Royal, usted se imagina! Pero por fin, pensé que no dejaría de ser
una muchacha honesta aunque anduviese entre bandidos y me conformé.
Me llevaron a una _pension d'artistes_, donde tenía la obligación de
vivir. La primera noche me llamaron para presentarme a varios señores,
y vi... lo que se ve aquí, más o menos... Comprendí entonces lo que era
en realidad aquella _pensión d'artistes_. No me presté a las exigencias
de madame, y se produjo un escándalo mayúsculo. Abandoné la casa, dejé
a un lado el contrato y me eché al mundo a vivir, a seguir siendo
honrada. ¡Ah, qué ilusión la mía! En ninguna parte hallaba trabajo. Por
fin en un bazar francés me dieron un empleo. Allí vendía objetos de
lujo, obras de industria artistica. Pero resultó que también aquella
casa... ¡En todas partes la tentación! Me gustó uno de los clientes, me
enamoré, después me abandonó...
Se interrumpió para descansar de su fatiga. Quedóse con una irónica
sonrisa entre los labios, mirando hacia adelante, pero sin ver otra
cosa que el vuelo de sus recuerdos.
--Cuando pienso en mis padres--continuó--soy una desgraciada. Daría mi
vida por volver a verlos. Les contaría todo, les pediría perdón, yo
creo. ¡Pero cómo ir a Europa! ¡Se precisa tanto dinero para eso!
Entró madame Annette.
--Nacha, venga usted. Voy a presentarle a un viejo amigo, un buen amigo
de esta casa. Pero, déjeme ver. ¿Está bien calzada? Sí, está bien.
Las medias podrían ser mejores. Es lástima. Bueno, pero otra vez que
este amigo, que es una persona muy respetable, muy ilustrada, venga
a visitarla, póngase las mejores medias y los mejores zapatos que
encuentre en Buenos Aires.
Nacha iba a preguntarle algo, pero madame volvió a hablar:
--Pórtese bien, m'hijita. Usted es una linda muchacha y debe portarse
bien. Muy complaciente, ¿eh? ¿Me entiende?
Madame dejó a Nacha bajo la augusta protección de uno de los más
venerables padres de la patria, y se asomó al balcón de uno de los
tantos cuartos que daban sobre la calle. Miró con gran interés hacia el
fondo de la plaza, a través de los árboles magníficos, como si esperase
algo importante. Esperaba, en efecto, la llegada de su hija, una
niña de diez años, medio pupila en un colegio de monjas. ¿Por qué no
vendría? Madame se enternecía pensando en el fruto de sus canallescas
entrañas. Soñaba a su hija como un modelo de perfecciones, un ser puro
y cándido, bien casada, feliz, respetada. Y todo se lo debería a ella,
madre admirable, que tuvo el arte de instalar un negocio como no había
otro en Buenos Aires, una casa de verdadera distinción, de alegría;
una casa donde sólo en champaña se ganaban cien pesos diarios. Madame
se preciaba de conocer la fuerza y solidez de las instituciones, y con
su talento administrativo, su _savoir faire_, su arte de francesa,
había logrado realizar una fortuna, con el apoyo y la bendición de la
Política, de la Alta Banca y de la Aristocracia.
Unas palmadas, asombrándola, la sacaron de su ensueño. Era el padre de
la patria, hecho una furia. Madame escuchó sus quejas y fué a buscar a
Nacha, que había huido a la salita donde estuvo antes esperando, y que
se arreglaba frente a un espejo.
--Nacha, ¿cómo es esto? ¿Quiere desacreditar mi casa?
--No, madame; pero no vuelvo más.
--Usted es una tonta, mujer. ¡Qué tantos escrúpulos a su edad!
Nacha se puso roja como el fuego, y, con los ojos brillándole
enojadamente, gritó a madame:
--No se meta conmigo porque doy parte a la policía. Usted está
corrompiendo una criatura de diez y siete años. Es una perversa. Vieja
degradada... monstruo...