Monsalvat de arriba a abajo, observándole con descaro, o alzaba sus
ojos al cielo, sobre todo cuando Monsalvat hablaba.
--También sólo a éste se le ocurre defender a las locas. Las señoras te
han supuesto el calavera más grande que existe en todo Buenos Aires.
¡Un libertino formidable, hijo!
--Es sensible que se equivoquen--dijo Monsalvat.
--Yo lo lamento en cuanto esa equivocación es un error y todo error es
una fealdad y una llaga. Pero en cuanto a mí, poco me preocupa. No
dejaré de ser lo que soy.
El médico se sintió molesto al oir estas palabras y abandonó su actitud
pasiva. En su veneración a la Sociedad, no admitía que el individuo
fuese otra cosa que aquello como lo consideraba la sociedad.
--Eso es una estupidez--dogmatizó agresivamente.--El juicio público es
lo que vale, la sanción general.
Monsalvat no le contestó.
--No me arrepiento de haber defendido a esas pobres mujeres--dijo,
dirigiéndose a Ruiz de Castro.--Te aseguro que no las conocemos. Las
imaginamos unas simples bestias, unos seres sin alma, sin personalidad.
Y nos equivocamos. Son seres que sienten, sufren, aman y odian lo mismo
que cualquiera de nosotros. Y aunque así no fuese, aunque estuvieran
bestializadas, ¿de quién es la culpa?
--Una idiotez, echar la culpa a la sociedad de la vida de esa
gente--afirmó rotundamente el médico.--Hacen lo que hacen porque son
degeneradas...
--No son degeneradas; son víctimas. Muchas quisieron trabajar, y los
salarios irrisorios y las deudas las arrojaron al vicio. Algunas pocas
serán degeneradas, hijas de alcoholistas; pero del alcoholismo de los
padres, ¿estamos seguros de no tener la culpa? No. La causa del mal,
como de otros males, está en mí, en Ruiz, en usted, en aquél que pasa
en automóvil. La causa del mal está en el propietario de la fábrica,
en el dueño de la tienda, en las leyes criminales que sancionan la
injusticia, y en nuestras ideas y nuestros sentimientos. La causa está
en nosotros porque nos falta simpatía humana, sentido de la justicia,
piedad. Infinidad de esas pobres muchachas podrían aún ser salvadas,
pues no han caído enteramente. ¿Y qué hemos hecho para salvar a una
sola? Esas muchachas tienen un alma, tienen derecho a la vida, poseen
un corazón. Ellas van a morir, como nosotros. Son hermanas nuestras.
¿Y qué hemos hecho? ¿Les hemos dicho a nuestros hijos: no fomentes
el mal? ¿Hemos entrado alguna vez en uno de los lugares donde viven,
con otro propósito que no sea el de satisfacer nuestro instinto? El
comerciante, el industrial, ¿les tendió la mano cuando las vió a
punto de caer? ¿Les aumentó el salario? ¿Les dijo una palabra humana,
afectuosa, buena? Y nosotros protejamos a ese comerciante y a ese
industrial. Para que ellos puedan ganar millones, creamos impuestos
sobre el hambre del pueblo. ¿Quiénes son los culpables? ¿Podemos decir
que no hemos contribuido, siquiera con nuestra complicidad, a que la
pobre mujer se envilezca? Todos somos cómplices de infinitos crímenes.
Un collar de perlas representa la muerte de unos cuantos indígenas en
el golfo Pérsico o en Ceilán. Y el ajuar de una novia contribuye a la
tuberculosis o a la prostitución de una infeliz obrerita.
Ruiz de Castro se había puesto serio. Era un alma buena, accesible
a las grandes cosas. No así el otro, que veía todas las cuestiones
desde el punto de vista aristocrático. En este caso, él no pensaba que
Monsalvat pudiese o no tener razón; sus palabras eran inconvenientes y
en consecuencia le irritaba el oirlas. Para este individuo, un hombre
de su clase, un caballero, debe tener las ideas y los sentimientos de
su clase. Monsalvat, a su juicio, procedía como un plebeyo, como un
traidor al defender a los obreros y a las prostitutas, a los esclavos
de toda especie. Permitía que se les defendiese en forma protectora
o con palabras paradójicas, pero nunca como lo haría un hombre del
pueblo o un revolucionario: atacando a la sociedad, insultando a la
gente distinguida, despreciando la tradición. Este individuo hubiese
maltratado a Monsalvat en aquel momento. Pero como su coraje era de la
boca para afuera, limitábase a soltar improperios. Monsalvat sentía
lástima de aquel hombre.
Cuando Ruiz y su acompañante se despidieron, Monsalvat se dirigió a la
puerta del hotel. En ese instante se volvió y tuvo una penosa sonrisa
al ver la boca del médico, abultada de palabrotas. Iba a entrar en
el hotel, pero como todavía era temprano--las once de la mañana--se
encaminó a la casa donde viviera su madre, para hablar con Moreno.
En la puerta encontró a la hija de Moreno. ¡Qué penosa impresión le
produjo a Monsalvat la pobrecita! Se dijera una bella flor pisoteada y
llena de la suciedad del conventillo. En sus ojos se leía la vergüenza
por aquel padre que tenía, el dolor de la vida miserable, las angustias
del hambre. Ella y la madre cosían, bordaban, buscaban por debajo
de la tierra los centavos indispensables para aquel pan de cada día
que muchas veces faltaba. Ella, Irene, vestía y lavaba a sus siete
hermanitos y llevaba las costuras a los registros y las tiendas. Una
tristeza, su vida. Una tristeza sin ninguna esperanza. Decían en la
casa que el padre intentó venderla y que ella, aterrorizada, huyó con
su novio para evitar esa vergüenza. Decían también que el novio la
engañó. Y decían que cuando faltaba en la casa el pan, Irene, arreglada
con sus mejores galas, iba a buscar el dinero para comprarlo. Monsalvat
le había tomado cariño. La vió aquella noche tan humilde, tan dispuesta
a cualquier trabajo, tan afectuosa para con Aquilina, tan hábil para
preparar los remedios y dárselos.
--Voy aquí cerca--contestó a una pregunta de Monsalvat y con una
sonrisa triste.--Hay una mujer que ha perdido un hijito de dos años. Es
viuda. No tiene trabajo.
--¿Quiere llevarle algo de mi parte? ¿De nuestra parte?
Dijo Irene que ya ella le llevaba. Eran sus ahorros. Monsalvat insistió
tanto en saber cuánto le llevaba, que Irene, aunque avergonzada,
no pudo ocultárselo. Le llevaba dos pesos. Monsalvat sonrió con
lástima profunda y le puso en la mano todo lo que tenía en su
bolsillo. Monsalvat hubiera querido darle a Irene aquel dinero, pero
no se atrevió a ofrecérselo. Sospechaba que en su casa sería tan
indispensable como en la casa de la viuda.
Moreno había salido, como siempre. Apenas si iba allí para dormir. Su
mujer tampoco estaba. Había ido a buscarle trabajo, como mandadero, al
mayor de sus hijos. Monsalvat subió a los cuartos de Moreno. Quería
hablar a solas con Irene. Ella parecía emocionada de aquella visita.
Los cuartos estaban en desorden y pidió a su visitante toda clase de
disculpas. Los chicos entraban y salían, mugrientos, flacos, medio
desnudos. Irene revelaba su emoción en un incesante parpadeo que le
daba una gracia singular.
Hablaron de Eugenia Monsalvat. Irene la conocía.
--¿Cómo es? Dígame de ella todo lo que sepa. ¿Es buena? ¿Se acordó
alguna vez de mí?
Era muy buena Eugenia. Ella la quería mucho. Iba a la casa vestida con
mucho lujo. Decían que tenía dinero a montones. Pero Eugenia trataba
de hacer todo el bien posible. Nunca se olvidaba de traer algo para la
madre de Irene. A Irene le llevaba también algún vestido u otro regalo
cualquiera. Y jamás dejaba de darle los mejores consejos. Estaba linda,
muy linda. Ella la había oído acordarse de su hermano. Decía que si
por algo deseaba no vivir como vivía, era por su hermano, que sufriría
tanto de saberla en su situación.
--¿Y dónde está ahora? ¿Usted cree que Moreno la traerá?
Irene enrojeció. A las preguntas de Monsalvat repuso, toda turbada, que
su padre no sabía dónde se encontraba Eugenia. Nadie lo sabía tampoco,
porque ella nunca quiso dar su dirección. Su padre quería sacarle
dinero a Monsalvat. Irene le rogó que no se lo diera, pues lo quería
para beber, y él los hacía a todos muy desgraciados en la casa cuando
bebía. Era inútil buscar a Eugenia. Nadie tenía la menor idea de dónde
pudiese vivir. Sólo quedaba esperar. Eugenia no tardaría en aparecer
allí, para visitar a su madre. Y entonces le dirían que había muerto y
que su hermano la buscaba.
--Dígale también, Irene, de la mejor manera, que su hermano la perdona
y que quiere que vivan los dos juntos.
Monsalvat se había emocionado ligeramente al pronunciar estas palabras
y su emoción tuvo un eco inmediato, y para Monsalvat insospechado, en
el corazón de Irene. Ambos sintieron que aquella común emoción los
acercaba, y se miraron profundamente. Monsalvat tuvo la adivinación de
que la pobre muchacha lo amaba.
--¿Y usted?--exclamó Monsalvat.--¿Por qué no tiene un empleo?
--He buscado trabajo pero no pude encontrar. Cosemos aquí, con mamá.
Ella sabe bordar y me enseña. ¡Pero ganamos tan poco, tan poco! Hay
días que no tenemos qué comer. Nuestra vida es muy triste. ¡Y sin
esperanzas de mejorar!
Irene hablaba medio llorosa, como si todos los recuerdos de su miseria
se amontonasen frente a ella. Monsalvat callaba, dominado por la pena
y la emoción. Irene refirió su existencia detalladamente, relató
los malos tratos que les daba Moreno, sus sufrimientos cuando los
hermanitos lloraban de hambre.
--No puedo oirlos llorar. Se me parte el corazón. Soy capaz de todo,
con tal de que no padezcan, los pobrecitos.
De pronto Irene soltó el llanto. Monsalvat intentó consolarla, le habló
como un hermano. Pero de pronto, se levantó para marcharse. La imagen
de Nacha, dominadora y bella, se había instalado en su espíritu. Irene,
al ver a Monsalvat que pretendía irse, le tomó primero una mano y luego
se arrojó a sus pies, llorando entrecortadamente y pidiéndole que la
llevase.
--Seré su esclava, su sirvienta. Usted socorrerá a mis padres y a mis
hermanitos. Ellos comerán su pan. Lléveme, señor. Yo lo quiero, lo
venero. Si no me lleva, no sé qué será de mí. Me iré con el primero que
pase. Seré como Eugenia. Tendré lujo, tendré carruaje, ayudaré a vivir
a mi familia.
Monsalvat la obligó a levantarse. Quedaron frente a frente, ella
llorando, él pensativo, sombrío.
--Hace un año la hubiera llevado, Irene. Ahora, no me es posible. Pero
no es necesario que usted se humille para que yo favorezca a los suyos.
Tendrán todo lo que yo pueda darles, todo, Irene. Pero prométame no
hacer disparates. Yo seré su amigo, yo vendré a visitarla.
Irene, sin decir nada, se arrimó a un ángulo del cuarto y se puso a
llorar con ansias, moviendo la cabeza con desesperación. Monsalvat
salió del cuarto con el alma estrujada.
Durante todo el día, Monsalvat pensó en Irene. Pero a la tarde resolvió
hacer dos visitas trascendentales: a Nacha y a Torres. No podía demorar
más en ver a Nacha, y en cuanto a Torres, necesitaba rogarle que le
ayudase en buscar a Eugenia.
Fué primero a la casa de Nacha. Llamó a la puerta, y quedó frío,
cohibido, casi asombrado de encontrarse con Arnedo. El patotero lo miró
de arriba a abajo, estupefacto.
--¡Era entonces verdad que la sarnosa aquella andaba con usted! ¿Y a
qué viene? ¿A buscarla? Sepa que hace diez días la eché. Ahora andará
rodando por ahí, como una putilla cualquiera.
Hablaba en tono que pretendía ser mordaz, ocultando el enojo que le
producía la presencia de Monsalvat. Pero Monsalvat había recuperado su
dominio de sí mismo. Y serenamente, declaró que nada tenía con Nacha.
La prueba era que ignoraba su salida de aquella casa. Si algo hubiese
habido entre ellos, ¿no eran diez días un plazo demasiado largo para
pasarlo sin verse ni una vez?
--De todos modos--dijo Arnedo, convencido del argumento--, no tenía
usted para qué venir aquí. Y ahora mismo le ordeno que se vaya. Si no,
lo echo por la escalera.
Monsalvat no se inmutó. Le miró a los ojos con tanta sencillez, con
tanta paz, que Arnedo abandonó su intención violenta.
--¿Por qué tomar las cosas de ese modo?--dijo Monsalvat.--Yo quisiera
que usted me escuchase con un poco de paciencia. He venido a ver a
Nacha. Pero no con el propósito que usted ha podido suponer, sino para
traerle bien. Yo sé que ella desea ser buena. ¿No le parece que es
lo justo, lo humano apoyarla en su propósito? Si usted la ha querido
alguna vez, no le impida seguir el buen camino, déjela que se salve.
Arnedo le escuchaba con las manos en los bolsillos y los ojos en el
suelo. Al principio tuvo deseos de reir, pues todo aquello le parecía
una ridiculez, "cosa de sonso". Pero luego acabó por ponerse serio. Se
dijera que meditaba las palabras de Monsalvat.
--Pero no es por Nacha solamente que he venido. Quería también hablar
con usted. Quería preguntarle dónde está Eugenia Monsalvat.
Dijo esto con una grave elocuencia, en un tono casi solemne que
impresionó al patotero.
--Mi madre ha muerto y ella me rogó que la buscara, y debo cumplir el
deseo de mi madre, que fueron sus últimas palabras. Nadie sabe dónde
está. Arnedo, haga usted una obra de bien y dígame...
--No sé dónde está. Si llegara a averiguarlo...
Al despedirse, los dos hombres se dieron la mano. Arnedo acababa de
comprender a Monsalvat. Sabía que no era un cobarde. Sabía que lo
perdonaba. Sabía que había en él algo que no había en los demás. Lo
acompañó hasta el ascensor, y allí le dió otro apretón de mano.
Monsalvat fué a la casa de Torres. El médico estaba en su consultorio.
Escuchó los deseos de su amigo, sin mirarle, para no aumentar su
dolor y su vergüenza. A Monsalvat no le importó hablar de su hermana
ante Arnedo, pero ante Torres, ¡qué tremendo esfuerzo le costó! Y aún
faltaba lo peor: decirle que también quería encontrar a Nacha.
Torres iba a creer que estaba enamorado y tal vez se reiría. Pero no
fué así, sin embargo. Cuando Monsalvat, reuniendo todas las fuerzas
de su espíritu, le habló de la necesidad de buscar a Nacha, Torres
contestó que era efectivamente necesario buscarla.
Y era que él también había comprendido a Monsalvat.
X
La casa de pensión donde Nacha se había instalado pertenecía a una
vieja solterona francesa, mademoiselle Dupont. A Nacha la había
conquistado mademoiselle con sus modos amables, sus finezas, su
_politesse_, su solemne aspecto de virtud y austeridad. La pobre
Nacha no había sido en su vida muy bien tratada, sobre todo durante
los últimos años; y ahora, al verse rodeada de atenciones, estaba
encantada. Atribuía a cariño y simpatía las amabilidades de memoria de
mademoiselle, y consideraba que la francesa le hacía un honor inmenso,
increíble, al demostrarle su afecto. En realidad, mademoiselle era
tan arrugada de espíritu como de cara. Su sentimentalismo, puramente
verbal, consistía en el abuso de ciertas palabras y frases cariñosas
o compasivas como _ma petite_, _ma cherie_, _oh quelle douleur_,
_tres gentille_ y otras. Al oirla se creería que para ella todo era
delicioso, encantador, exquisito, digno de compasión, de simpatía.
En el fondo, hija de unos protestantes de Bayona, pero católica, era
una mujer seca, egoísta, y un poco ridícula. A todos sus pupilos
los trataba como a Nacha, y les prodigaba parecidas amabilidades.
Mademoiselle tendría cuarenta y cinco años, pero representaba más
de cincuenta. Era alta, rígida de movimientos, ligeramente rubia.
Tenía un rostro un tanto hombruno, de facciones angulosas; la nariz
muy puntiaguda y el borde superior de los dos agujeros excesivamente
recortados hacia adentro. La cabellera le daba cierto aire fantástico;
usaba un peinado alto y anticuado que le cubría gran parte de la
frente, le tapaba las orejas, y en los lados se desflecaba hacia los
hombros y la cara. Cuando quería ser amable, hablaba inclinándose
ceremoniosamente hacia su interlocutor, y sonriendo siempre y achicando
sus ojuelos, ya pequeños de por sí.
Mademoiselle solía visitar a Nacha en su cuarto.
--¡Siempre solita!--exclama juntando las manos y moviendo la
cabeza.--¿Permite un poco de compañía?
--¡Cómo no, mademoiselle! Con mucho gusto...
Sentábase junto a Nacha y le decía cuánto cariño le había tomado, su
deseo de que nunca dejase aquella casa y el placer que le daba su
conversación.
--¡Es una señorita tan buena, usted, Nashá!
--¡Qué he de ser buena, mademoiselle!
La francesa continuaba en sus elogios, hasta que llegaba el momento de
las averiguaciones. Quería saberlo todo. Si Nacha tenía familia, en
qué había trabajado, de qué vivía. Nacha temblaba cuando mademoiselle
comenzaba con sus preguntas. No sabía qué contestarle. Si en lugar de
la francesa hubiera sido otra persona, se habría incomodado; pero como
era mademoiselle, atribuía aquel testarudo interrogatorio al cariño que
sentía por ella, al deseo de serle útil y de conocerla mejor.
--¿Para qué quiere saber?--exclamaba Nacha algunas veces.
--Oh, no es por nada, señorita Nashá. No vaya a creer. ¡Es que yo la
amo tanto! Usted es una señorita tan gentil, tan pura...
Cada vez que mademoiselle hacía alusión a la pureza de su pupila, Nacha
se ruborizaba. La francesa observaba de reojo y quedaba compungida,
ruborizada también.
--¡Oh, yo veo bien lo que es usted! No como otras que yo he conocido.
Yo amo tanto la virtud que no comprendo cómo algunas mujeres... Yo
no sé... Usted sabe, yo he sido educada en principios tan puros, tan
puros... Mis padres eran muy religiosos, y verdaderamente austeros.
Ellos me inculcaron sus principios, y por eso yo soy tan exigente en
esta materia que no permito, no acepto, la menor falta. ¡Oh, no, no!
Todo, menos las faltas contra la pureza...
Nacha se preguntaba con terror si mademoiselle sabría algo de su
vida, y llegaba a la conclusión de que lo ignoraba todo, pues de no
ser así la habría arrojado de la casa. Con tantas declaraciones de
pureza y santos principios, confirmados por la austeridad y rigidez
de las costumbres, Nacha llegó a admirar a mademoiselle como a un ser
sobrenatural. Hasta la tomó como modelo y deseó imitarla. Sugestionada
por la francesa, no quería ni salir a la calle, pensando que en la
calle estaban la tentación y el vicio.
Permanecía el día entero en su cuarto, recordando los incidentes de
los últimos días, soñando, preguntándose quién era Monsalvat y qué
pretendió de ella. ¿Era realmente lo que parecía? ¿O sería un farsante
y un sinvergüenza, que se valía de un lenguaje noble y afectuoso para
quitársela a Arnedo y llevársela con él? Podía ser así, pues para los
hombres todos los medios eran buenos cuando se trataba de conseguir
una mujer de su capricho. Y que ella había gustado a Monsalvat no
tenía duda. Recordaba cómo sus ojos se cruzaron, la primera vez que
se vieron, a la salida del cabaret; cómo la había seguido hasta su
casa; cómo había vuelto al cabaret para verla; cómo había salido en
su defensa. Porque ella no creía que por piedad o por lástima se
hubiese él expuesto a las injurias y a las violencias de la patota; un
hombre sólo se expone por amor. Además, Nacha recordaba las miradas de
Monsalvat, antes del incidente. No, no podía dudar; aquel hombre la
quería.
Pero ella, ¿debía agradecérselo? No sabía si amarlo o detestarlo. A
veces, creía que lo adoraba; pero otras, al pensar que estaba en medio
de la calle y que tendría que volver a la vida, lo odiaba con todas las
fuerzas de su alma. ¿Por qué fué a la casa, a atormentarla? ¿Por qué le
dijo aquellas cosas, sabiendo que una mujer como ella no puede cambiar
de vida, porque está maldita? ¿Sería un perverso Monsalvat, que sólo
pretendía hacerle mal?
Su cabeza se confundía entre todas estas preguntas e indecisiones. A
veces, se echaba a sí misma la culpa de su situación. Se reprochaba
haber arrojado de la casa a Monsalvat, en lugar de haber aceptado el
afecto que le ofrecía. Debió ella haber pedido que concretara sus
propósitos, que le expusiera un plan y le dijese en qué forma estaba
dispuesto a ayudarla. Tal vez se hubieran entendido. Tal vez ahora
vivieran juntos... Y al pensar esto, Nacha sentía un extraño rubor
subiéndole a la cara.
Mientras tanto, Nacha vivía del dinero que le entregaron por algunas
alhajas. Se arrepentía no haber aceptado la suma que quiso darle
Arnedo. Al fin y al cabo, ¿no era ella una... mujer perdida? ¿Qué
tantos escrúpulos para aceptar un dinero, ella, que vendía su cuerpo
por dinero? Mademoiselle había exigido el pago adelantado de la
pensión, de modo que tuvo que desprenderse de una pequeña alhaja el
mismo día que se instaló. Quedábanle otras, pero tan modestas, que no
le darían ni para vivir un mes.
Al salir para siempre de la casa de Arnedo no tuvo la intención de ser
honrada. Convencida de que su destino era ser una mala mujer, tenía
resuelto volver de nuevo a la vida. Pero ahora, dos cosas la detenían:
el recuerdo de Monsalvat, y mademoiselle. Mientras viviese en aquella
casa jamás incurriría en una falta grave; sería cometer una deslealtad
para con mademoiselle. La virtud de la francesa la tenía impresionada,
y le había hecho admirar la Virtud. Encontraba un gran encanto, una
verdadera tranquilidad en vivir honestamente. No era la ausencia de
remordimientos lo que más le atraía, sino la pureza en sí misma.
Pero más fuerte que todo esto, mucho más fuerte, era el recuerdo de
Monsalvat. Ella lo había arrojado de la casa, hasta creía haberlo
injuriado. Pero él la había vencido, dejándole una marca para siempre,
inyectándole algunos conceptos y argumentos fundamentales que ella
jamás olvidaría. Con amor o sin amor hacia aquel hombre, el hecho
era que no pasaba un cuarto de hora que no pensase en él, y que
este recuerdo, mientras permaneciese en su espíritu, le impediría
recomenzar "la vida". Si alguna vez, llevada no por exigencias de
dinero sino fisiológicas o simplemente por hábito del vicio, pensó en
caer de nuevo, inmediatamente la imagen de Monsalvat se le presentó a
sus ojos, tiránica y a la vez bondadosa, conminándola a abandonar la
tentación.
Transcurrió así un mes y medio. Nacha vivía en el aburrimiento y en la
más absoluta inacción. Se levantaba a las once, almorzaba con los demás
huéspedes, pasaba la tarde recostada en un sillón, pensando, leyendo, o
dejando vagar a su imaginación un tanto lenta, o en charla confidencial
con mademoiselle. No salía casi nunca. A la noche, después de comer,
jugaba a las cartas con algunos de los huéspedes y se acostaba muy
tarde.
No quería visitar a sus amigas, temiendo que le devolviesen la visita
y la comprometieran con mademoiselle. Y menos a sus antiguos amigos,
que podrían ir a la casa con cualquier pretexto. Sólo deseaba salir
para averiguar algo sobre Monsalvat. No tenía la menor idea sobre sus
ocupaciones, sus amistades, su posición, los lugares que frecuentaba.
Estaba segura de que al cabaret sólo había ido por excepción,
casualmente quizás, y que, no teniendo esperanza de encontrarla a ella,
no volvería jamás.
Con los pensionistas había hablado de él, pero no logró ningún dato
porque ellos no lo conocían. Solamente uno dijo haber leído artículos
suyos en el gran diario _La Patria_. Nacha habló por teléfono a _La
Patria_, preguntando el domicilio de Monsalvat, pero le contestaron que
lo ignoraban.
Uno de los pensionistas, que sospechó lo que era Nacha, le hizo el
amor apenas habló con ella dos veces. Era un empleado de un banco, un
sujeto meloso y pegajoso, feo, vulgar e insípido. La invitaba a pasear.
Quería que fuese con él a Palermo, al cine, a algún teatro, a tomar el
té en tal o cual parte. Nacha le manifestaba desprecio, pero el hombre
insistía. Terminó por ofrecerle dinero, de pronto, a boca de jarro, una
noche que conversaban en el balcón del cuarto de Nacha.