Fernando pensaba con horror en la existencia que tal vez llevaba

Eugenia. ¿Sería una muchacha de mala vida? Recordó a Nacha, e imaginó

que quizá ellas se habían encontrado y conocido. Nacha, Eugenia...

¡Extraño destino el suyo! Había pasado toda su vida alejado de esta

clase de mujeres, y he aquí que ahora debía mezclarse con ellas, como

un hermano. Nacha, Eugenia... ¿Amaba a Nacha? Y si no, ¿por qué pensaba

en ella todo el tiempo, aun en medio de sus desgracias? ¿Y a dónde

le conduciría su amor? Si encontraba a Eugenia la llevaría a vivir

con él. ¿Y por qué no a Nacha también, para que viviesen los tres

fraternalmente? Eugenia, Nacha... La hermana y la que amaba. Mezclaba a

las dos muchachas hasta hacer de ellas una sola. Sus almas, sus vidas

y hasta sus rostros se convertían en uno, y de aquellos dos seres

desdichados salía un símbolo del dolor humano. Era la eterna víctima

del egoísmo, de la ignorancia, de la maldad de los hombres. Era la

eterna víctima de los bienhallados del mundo.

La llegada de Torres le sacó de sus pensamientos. El médico le explicó

la gravedad del caso y le envió a buscar oxígeno. Monsalvat se hizo

acompañar por Moreno.

En el carruaje, preguntó al procurador por Eugenia. Según la madre,

Moreno sabía su domicilio, pero lo ocultaba para obtener dinero. Y en

cuanto a Eugenia, no quería que supiesen dónde vivía. Moreno aseguró no

acordarse. Pero averiguaría.

--Es algo difícil, mi doptor, pero basta que usted... Nuestra pobreza,

como comprenderá...

--Tendrá el dinero que quiera. Pero mañana mismo, ¿entiende? mañana

mismo la trae a la casa de mi madre.

Moreno prometió traerla. Y luego se puso a hablar de Eugenia, de su

belleza, del lujo que llevaba. ¡Era una desgracia! Pero ¿qué se iba a

hacer? Y agregó filosóficamente, para consolar a Monsalvat:

--No hay que afligirse demasiado. ¡Son cosas de esta vida, mi doptor!

Cuando volvieron con el oxígeno, Aquilina acababa de morir.

VIII

Cuando Nacha entró en su casa sentíase algo tranquilizada. El

arrechucho de la tarde, al expulsar con violencia a Monsalvat, había

pasado casi enteramente. Cierto que aquello trastornó todas sus ideas,

hasta el punto de no querer saber nada de lo que hacía un instante

fuera el ideal de su vida. El nuevo cambio, la impresión de dulzura

que sentía, la tristeza profunda que le causaba el recordar su actitud

hacia Monsalvat, eran debidos únicamente a su visita al cementerio.

Parecía que el espíritu de Riga la hubiese dulcificado, la hubiese

penetrado de bondad. En su mansedumbre de ahora, ni siquiera comprendía

aquel impulso extraño que le hiciera echar de su casa a Monsalvat.

Había vuelto a desear ser buena. Dijérase que había recogido en el

cementerio una lección de bien. Después de haber visto el humilde

féretro de su amigo, después de despedirle con lágrimas silenciosas y

algunos padrenuestros, ¿cómo había de ser mala? ¿Cómo no querer ahora

abandonar la vida que llevaba, y que no era sino el vestíbulo--¡ah,

bien lo sabía!--de otra vida peor?

Pero, ¿cómo hacer? Nada se le ocurría que fuese realizable. Comprendía

que Monsalvat le hubiera dado la solución, y se desesperaba,

maldiciéndose e injuriándose, por haberle arrojado de la casa. Ella

confiaba en que Monsalvat no habría de ofenderse, que le perdonaría

todo. Pero ¿dónde encontrarlo ya que era poco probable que él la

buscara? ¿Quién era? ¿En qué se ocupaba? ¿Qué amigos tenía? ¿Qué

lugares frecuentaba? No sabía nada, absolutamente nada, fuera de su

nombre.

Por un singular fenómeno, Nacha empezaba a confundir a Monsalvat y

a Riga. ¡Cosa extraña: no podía pensar en uno sin pensar también

en el otro! Las cualidades de Monsalvat se las aplicaba a Riga y

las del poeta bohemio a Monsalvat. Tal vez tuvieran algo de común

espiritualmente, pero en lo físico eran muy desemejantes. Monsalvat

daba una impresión de serenidad; Riga, al contrario, parecía todo

nervios y exaltación. Por otra parte, Monsalvat era un espíritu fuerte;

Riga, un débil, un abúlico. Monsalvat tenía todas las condiciones para

triunfar en la vida, y en cierto sentido relativo había triunfado; Riga

era de aquéllos que nacen destinados al fracaso, era del número de los

vencidos de sí mismos, de los vencidos de la vida. Pero fuera de estas

diferencias, los dos fueron buenos, generosos, nobles, sin envidia,

sin maldades de ninguna clase. ¡Ah, qué suerte tuvo ella en haber

encontrado un amigo como Monsalvat, y qué desgracia tan tremenda, tan

irremediable el haberlo perdido para siempre!

Cuando a la noche llegaron Arnedo y luego sus amigos y sus amigas,

Nacha estaba absolutamente fúnebre. Quería hablar, reir como los

demás, pero las palabras se le quedaban en la punta de los labios

y la risa se le convertía en tristeza. No sabía cómo ocultar sus

preocupaciones; y todo fué inútil, porque Arnedo y sus amigos no

tardaron en observarlas. Arnedo parecía disgustadísimo. En cierta

ocasión, desde una pieza vecina, Nacha sorprendió al Pampa y a uno de

sus amigos este diálogo:

--¿Pero y por qué no la largás, hombre? Una mujer que todo el día se lo

pasa con cara de Viernes Santo...

--Antes no era así. Ninguna como ella para conversar, para bailar,

para dirigir la cocina, para vestirse, para entretener a la gente con

mil cantitos y musiquitas... Era antes muy divertida, Nacha. Y buena,

ardiente...

--¿Y qué le pasará?

--De todos modos estoy resuelto a dejarla. Te conté de aquello... el

asunto de Belgrano... Pues va así--dijo levantando el brazo con el puño

apretado.

--Entonces, ya tiene Nacha sustituta. Pero contáme, hombre. ¿Ha habido

hoy novedades?

Nacha no quiso escuchar más y fué a la salita, donde se reunió con las

otras dos muchachas, algo menos triste después de oir lo que había oído.

En el comedor Nacha se esforzó con más éxito por parecer alegre. Bebió

vino con exceso, pero disimulando. Ya no le importaba nada de Arnedo,

pues sabía que su suerte estaba decretada, pero quería "dejar una buena

impresión de ella" en todas las personas que la rodeaban y a las que

nunca tal vez volvería a ver.

Mientras tanto, el recuerdo de Monsalvat y de Riga no se borraba de

su imaginación. Veía a los dos en el fondo de la copa; en medio de

las puertas, mirándola tristemente y reprochándole con los ojos su

conducta; en frente de ella, a su lado. En una ocasión, habiéndola

hablado uno de los amigos de Arnedo, creyó que era la voz de Monsalvat

y estuvo a punto de nombrarle al volverse. Pero en seguida se dió

cuenta, y tapándose la boca con una mano se ruborizó ligeramente. Otra

vez le pareció que Riga entraba, y adelantó el cuello hacia la puerta,

con cierto asombro de sus comensales.

Arnedo y sus amigos hablaban de las fiestas del Centenario de la

Revolución, que aún duraban; de teatros y cabarets, de la belleza de

las artistas, y de las carreras. Comían allí tres mujeres y cuatro

hombres. Uno de los hombres llevaba smoking. Eran los mismos del

cabaret, los que se burlaron de Monsalvat; y como el suceso no era

vulgar, no tardaron en hablar de él.

--Pero, ¿quién es ese idiota?--preguntó uno, aquel sujeto desgarbado,

flaco, feo, gesticulante y chillón que daba los ayes burlescos en el

cabaret y al que llamaban el Pato.

Todos los ojos se dirigieron a Nacha, los de Nacha miraron inquietos y

rápidos a las demás personas de la mesa.

--Es hermano--dijo Arnedo, dándose importancia--de una de mis mejores

conquistas. ¿Se acuerdan de Eugenia?

Nacha se quedó fría, helada. ¿Sabría Monsalvat? Y ¿dónde estaba esa

Eugenia? ¿Estaría en "la vida" también? Ah, era casi seguro. Ahora

se explicaba la actitud de Monsalvat, sus palabras emocionantes de

aquella tarde. Monsalvat no la quería en realidad; y no era sólo por

ella, Nacha Regules, que tenía tan hermosos sentimientos, sino por su

hermana. No había en él sino lástima, porque tenía una hermana así. Y

claro: ¿cómo iba a querer un hombre como Monsalvat a una infeliz, a una

muchacha de la vida?

Otro de los comensales, el del smoking, un muchachón narigudo y

altísimo, apodado el Loro, afirmó que Monsalvat escribía en _La

Patria_. Varias veces él vió artículos con ese nombre al pie. Los

cuatro hombres creyéronse entonces obligados a expresar su desprecio

por Monsalvat. Un hombre que se pasaba las horas escribiendo y leyendo

debía ser forzosamente un sonso. El desprecio de estos muchachos era

sincero. Productos de la incultura que les rodeaba, veían en los

hombres de estudio a sus más fuertes enemigos. No comprendían que se

pudiera vivir para otra cosa que para el placer, y entendían por placer

la satisfacción de sus instintos primarios. Odiaban el libro y aun el

periódico, adivinando en la obra de la inteligencia una fuerza poderosa

que podría acabar con sus indiadas.

Mientras comían, trataban de ser graciosos. Pero las gracias, para

estos descendientes de Moreira, consistían en referir estúpidos chistes

a los que llamaban cuentos alemanes, en arrojarse pelotillas de miga,

en ponerse a cantar o a gritar súbitamente. A lo mejor, el Pato se

hacía el que lloraba; era su gracia predilecta. O el Loro se levantaba,

desaparecía y volvía con un sombrero de mujer en la cabeza. O el Pampa,

con el revólver al aire, hacía como si pelease con una sin dejar ni un

segundo de vociferar enormidades. Y los demás coreaban con risas y con

incoherentes músicas.

Nacha, ya alegre enteramente, comenzó a canturrear y a golpear con

el cuchillo en el vaso. Los compañeros la siguieron y en un instante

se formalizó una orquesta. El Loro se subió encima de la mesa para

dirigir; los demás se habían parado en distintas sillas.

--Ché, ché, sujetá hermano--gritaba Arnedo al Loro, para que bajase de

la mesa.

La sirvienta, parada en el umbral, contemplaba aquella escena y se

retorcía de risa. Era una baraúnda de gritos, chillidos, ayes, cantos,

golpes sobre las copas, interjecciones, malas palabras. Por fin Nacha

se puso a bailar la jota. Arnedo se le fué encima, y, abrazándola,

gritó desaforadamente:

--¡Así te quiero ver, mi negra! ¡Ahora te reconozco!

--Salí, andáte con la de Belgrano. Ya me podés echar porque tenés quién

te tolere...

Arnedo se quedó paralizado, mirando en redondo. Con su inteligencia

nublada no podía recordar a quién había contado. Tenía los ojos fijos

en Nacha, como traspasándola.

--Me vas a decir quién fué... ahora mismo. Si es que no me has hecho

seguir... Porque sos capaz, grandísima....

Nacha le miraba con asombro, sin comprender casi.

--¿Qué? ¿Qué he dicho yo?

Arnedo iba a abofetear a Nacha, que se llevó las manos a la cara, para

defenderse. Estaba hecho una furia. No le importaba que Nacha supiese

sus aventuras; él mismo se las había contado más de una vez. Lo que

le irritaba, humillándole en su criterio de compadrón, era que ella lo

dejase, y que hubiese encontrado un pretexto para ello. Él creía que

Nacha se iba con Monsalvat; y esta idea de que su querida prefiriese a

otro, se le hacía intolerable.

¿O te han contado éstas?--exclamó de repente, asaltado por una idea, y

encarándose con las otras dos mujeres.

--Yo no sé nada--dijo una de ellas.

--Es la primera vez que oigo esa historia--aseguró la otra.

Arnedo, que estaba de pie, junto a la mesa, se apoderó de su copa que

quedara llena de vino y la vació de un trago. Permaneció pensativo unos

segundos, y en seguida, llevándose la mano derecha a la cintura, le

gritó a aquel de sus amigos con quién hablara aparte aquellas palabras

que sorprendió Nacha:

--Me había olvidado... No puede ser si no vos el chismoso y el

traicionero. ¡Mal amigo! Siempre te creí un canalla, y ahora me las vas

a pagar todas...

Había sacado el revólver, y lo blandía arriba y abajo, en todas

direcciones. Los otros amigos le sujetaron el brazo, pero no le

quitaban el arma temiendo que hiciera fuego. La escena hubiera acabado

desastrosamente a no entrar Amiral. Este Amiral era el prototipo del

calavera pobre. Frecuentaba las _garçonnieres_, los "cotorros". Siempre

se le veía junto a alguna pareja, sin compañera propia, naturalmente.

Bebía el champaña que pagaban los otros, iba en los automóviles de los

otros y hasta recogía algunas migajas de los amoríos de los otros.

Muy alto, muy flaco, de brazos interminables, piernas esqueléticas,

cara chupada, bigotes gruesos y torcidos hacia arriba, ojos saltones

que parecían de vidrio, el pobre Amiral estaba lejos de ser un tipo

interesante. Además su eterna pobreza le convertía en un ser ridículo.

Pero Amiral nació para la vida galante. En el siglo XVIII hubiera

sido un marqués enamorado y madrigalesco. Ahora sólo era un infeliz.

Su prestigio, porque aunque parezca extraño lo tenía, provenía de

sus viajes a Europa. En nuestro país nada procura tanto respeto y

buen nombre como el haber viajado por Europa. Cuanto más tiempo

allí, más méritos. Amiral viajaba cada dos años. Viajaba pobremente,

llevando él mismo su maleta, no usando jamás coche, no dando casi

propinas. Generalmente se instalaba en París, donde vivía a costa de

los argentinos. No conocía de París sino la vida galante, es decir,

la triste vida galante de los bulevares, de _L'Abbaye d'Theleme_, de

los cabarets y de las casas amuebladas de la Chaussée d'Antin. Pero

en Buenos Aires todo esto le encumbraba gloriosamente, y él hablaba

con fruición de la vida galante en París. Al oirle, se creyera que

fué amante de alguna gran cocota, pero en realidad a las mujeres de

este género apenas las había visto dos o tres veces y muy de lejos. Él

decía que en Buenos Aires "no había ambiente", y sus amigos acataban

la autoridad de Amiral, y le compadecían y se compadecían por no estar

en París. Cuando en los círculos que frecuentaba se discutía sobre

mujeres, no era raro oir que se invocase la autoridad de Amiral:

"Amiral dice que en París...". Y ya nadie discutía más.

--Pero, señores, ¿qué es esto? Parece un campo de Agramante.

Entró riendo como siempre y haciendo vastos gestos con sus brazos,

que movía de adentro hacia afuera, los dos a un tiempo, describiendo

grandes curvas.

--No es posible... Muchachos distinguidos como ustedes, buenos amigos...

La intervención de Amiral desarmó a Arnedo, que guardó el revólver.

Una de las mujeres quiso explicar el incidente, pero Amiral la detuvo,

oponiéndole sus manos, allá en el extremo de sus quijotescos brazos

interminables.

--No, no, no... Nada de explicaciones. Todo terminado, jóvenes amigos.

Y ahora, alegría y felicidad. ¡Champaña! A ver usted, ¡dos botellas de

champaña!

La sirvienta, que entrara en este instante, acató la orden del intruso

y se apareció con las dos botellas. Amiral brindó por la paz y el

eterno amor de los esposos Arnedo, y volvieron otra vez las risas,

los gritos, los bailes, los ruidos, la música de los cuchillos en las

copas. Arnedo exigió que Nacha declarase que no pensaba abandonarlo, y

Nacha dijo lo que le pidieron. Entonces, bajo la protección de Amiral,

se reconciliaron. Arnedo sacó a Nacha de su asiento, llevándola al

suyo, la sentó sobre sus rodillas y la acarició, entre las protestas

burlonas y las risas y gritos de los demás. "¡Ché, ché! Hasta ahí no

más... Ya basta. Mirá que nos vamos", le decían los amigos.

La primera botella se había ya terminado y estaban en la segunda,

cuando Nacha, que se iba poco a poco entristeciendo, se soltó a llorar.

--¿Qué significa esto?--preguntó Amiral.

--Nada--dijo Arnedo.--Cada vez que se mama le da por lloriquear.

Nacha, completamente ebria, comenzó a hablar. Los demás se reían como

locos viendo sus gestos, sus muecas, oyendo aquellas cosas incoherentes

que decía.

--¡Tanto que lo quise y se ha muerto!--gemía Nacha, entrecortando las

palabras.--Estuvo aquí esta tarde, me dijo que me quería, y ya se había

muerto. No hubo un hombre más bueno ni más santo... ¡Ay, Dios mío!

Lo que hizo en el cabaret no lo hace nadie. ¡Carlos Riga se llamaba!

¡Desgraciada que soy! Me dijo que sufriera... Era necesario sufrir...

Pero yo quiero vivir, vivir... Quiero vivir y sufrir. ¡Me ofreció su

amistad! ¿Y para qué? ¿Para morirse? Todos los que quiero se mueren.

Se ríen ustedes de mí... ¿Y por qué? ¿No digo la verdad? Soy una

arrastrada, pero soy mujer, y he sufrido y fuí madre y sé lo que es el

cariño... No me iré de esta casa...

--¡La ha agarrado lindo, la Nacha!

--¡Es mejor la tranca que el pasador!

Pero Nacha ya no oía ni comprendía. Los ojos se le cerraban de sueño y

no tardó en dejar caer la cabeza sobre sus brazos y quedar allí en la

mesa profundamente dormida.

Se levantó muy tarde al día siguiente. La sirvienta le entregó unas

líneas de Arnedo. Le decía el amigo que no quería verla un minuto más

en la casa, que podía irse con Monsalvat o con quien fuese. Necesitaba

el lugar de ella para otra, y le incluía un billete de cien pesos.

Nacha estaba serena, aunque avergonzada del espectáculo de la noche

anterior. Se alegraba de que su amistad con Arnedo terminase así. Era

mejor concluir de una vez. Ahora le parecía que él también le tenía

ley. Si no, ¿por qué le escribía en lugar de echarla a puntapiés o por

medio de la sirvienta? Era una delicadeza extraña en el Pampa. Tuvo la

tentación de quedarse, por capricho únicamente. Pero no. ¡Al diablo el

Pampa! Quería ser honrada, ensayaría.

Escribió dos palabras a Arnedo, para asegurarle que no le guardaba

rencor ni antipatía y para devolverle los cien pesos. Luego arregló su

baúl, tranquilamente, sin pensar en nada. Cuando acabó, lo hizo bajar,

y llamando un carruaje dió la dirección de una casa de huéspedes,

cuyo aviso leyera en _La Patria_. "Casa seria, de confianza", decía

el diario. Nacha había sentido una gran alegría al tropezar con este

aviso. Ya se imaginaba que había andado buena parte del camino de la

honestidad.

IX

La muerte de su madre y todo cuanto ella le refiriera sobre Eugenia,

habían producido en Monsalvat como un sopor de la voluntad y del

entendimiento. Se dejaba vivir, se abandonaba a la corriente de las

horas que pasan, como una pequeña planta en medio de un gran río. No

soñaba, no pensaba, no recordaba. Alguna vez, sin embargo, supuso que

aquel estado de pasividad espiritual debía ser análogo al de Nacha, que

se dejara arrastrar por la vida sin pensamiento, sin voluntad y sin

ensueños.

Pero esta situación no podía durar largo tiempo en un espíritu como

el de Monsalvat. A los pocos días de la noche en que murió su madre,

ya comenzó a sentir la necesidad de la acción. Dos preocupaciones le

acosaron: la de encontrar a su hermana y la de resolver la situación de

las pobres gentes de su conventillo.

Una mañana el corredor encargado de hipotecar la propiedad le refirió

que el asunto estaba ya arreglado. No había sino que escriturar. El

Banco le entregaba cédulas por valor de cuarenta mil pesos. Monsalvat

se trasladó inmediatamente al inquilinato.

--¿Por qué no ha cumplido usted mis órdenes?--le preguntó al encargado.

--¡Las he cumplido, hombre, las he cumplido! Pero esta gente no vale

ná. Ahí los tiene: son peores que los marranos.

Se trataba de diversas disposiciones higiénicas que Monsalvat no

veía realizadas. El encargado era un aragonés testarudo, insolente y

entrometido. Gustaba hacerse el gracioso, pronunciando algunas palabras

como los andaluces. Parecía inquieto por la presencia de Monsalvat.

--¿Pa qué va usté a hablar con ellos? No le dirán más que mentiras. Hay

que darles leña, hombre, y no buenas palabras ni favores.

Pero Monsalvat, apartándole porque se interponía en su camino, se

dirigió a uno de los cuartos que vió abiertos. Vivía allí un italiano,

empleado municipal, con su mujer y sus dos hijitos. El hombre había

ido al trabajo. Monsalvat preguntó a la mujer si el encargado le había

transmitido sus órdenes. La mujer dijo que no.

--¿No ve? ¿Pa qué les pregunta ná?--exclamó el aragonés, triunfalmente.

Y agregó, lanzando una carcajada:

--¡El pueblo soberano!

Monsalvat le exigió que se retirase, y el hombre, protestando, se alejó.

--¿Cuánto ha pagado este mes?--preguntó Monsalvat a su inquilina.

La italiana supuso que pretendía aumentarles el alquiler y creyó del

caso afligirse, alegando la pobreza, las deudas, las enfermedades.

Monsalvat exigía que le dijesen cuánto pagaba y la pobre mujer,

temblando, declaró que veinte pesos. Las palabras de la vieja

disgustaron a Monsalvat, que ordenara al encargado cobrar sólo la mitad

de los alquileres. Pero la vieja interpretó al revés aquel disgusto del

patrón. Se enojaba porque pagaban poco, y ahora le subiría el alquiler.

¡Esta América!

Cuarto por cuarto, Monsalvat fué preguntando cuánto pagaban los

inquilinos. Eran quince los cuartos; y como algunos habitantes no

estaban, pronto los recorrió a todos. Luego se encaró con el encargado

para reprocharle su desobediencia. Ordenó que reuniese a toda la gente

y que abandonara la casa ese mismo día. Cuando todos los inquilinos

presentes estuvieron reunidos en el patio, Monsalvat les comunicó su

decisión: en adelante cada cuarto pagaría la mitad del alquiler.

--Pero esto no durará mucho--continuó--, porque he resuelto transformar

la casa. Quiero que ustedes vivan con comodidad y con limpieza y que

tengan aire y sol. Quiero que vivan como seres humanos y no como

animales. Cuando las obras comiencen, ustedes buscarán otro conventillo

donde vivir, y luego volverán a éste, convertido en una linda casa.

Monsalvat esperaba que sus palabras serían recibidas con entusiasmo.

Pero no fué así. Algunos torcían el gesto, otros cuchicheaban. Una

vieja se puso a hacer pucheros y un gallego protestó contra el abuso de

querer echarlos de la casa para subir después los alquileres. Monsalvat

llamó al protestador.

--¿No comprende que lo que quiero es el bien de ustedes? Viviendo con

higiene, con aire y con luz se enfermarán menos y la vida no les será

tan dura.

Pero el hombre no comprendía. Si ellos se encontraban bien, ¿por qué

obligarles a aceptar lo que no pedían? ¿Que vivían como los puercos? Y

bueno: ¿acaso vivieron antes de otra manera? Eso que decía el patrón:

la higiene y el aire, eran buenos para los ricos. ¡Los pobres estaban

tan conformes sin aire! Y respecto a la higiene, maldita la falta

que les hacía. Además, si la vida de los pobres era dura, no les

correspondía a los ricos pretender mejorarla.

--Cada cual en sus asuntos--terminó el gallego.

Y que no les dijeran que sus ofrecimientos eran desinteresados porque

no lo creerían. Ya conocían demasiado a los ricos. Todos iguales. Si

a veces cedían por un lado era para reventarlos por otro. Así es que

podía el patrón marcharse con sus rebajas de alquiler y su reforma del

conventillo. No aceptaban la rebaja, no. ¡Ellos no se moverían de allí!

Y al decir esto, clavaba los ojos en Monsalvat, provocativamente.

Los que oían, que eran más de la mitad de los habitantes de la casa,

aprobaron al orador. Monsalvat, lleno de tristeza y desaliento, les oía

decir: "Tiene razón", y veía en algunos las miradas de odio hacia él.

No quiso contestar al hombre. ¿Para qué? Se limitó a asegurarles que

ese mes sólo pagaría diez pesos cada cuarto, y se alejó, dejando a sus

oyentes exaltados y discutiendo.

Mientras Monsalvat iba en camino de su hotel, pensaba que no debía

desanimarse. Al contrario, era preciso insistir, luchar contra ellos

en beneficio de ellos. Comprendía que faltaba la obra de cultura y que

ésta debía ser paralela a aquélla que procuraba el bien material.

¡Pobres hombres los que veían las cosas como sus inquilinos! He aquí

que los había embrutecido la triste vida que llevaban. Una organización

social vergonzosa los había deprimido y explotado, y desconfiaban de

todo, hasta de las mejores intenciones y hasta de aquéllos que sólo

ansiaban su felicidad. Ahora más que nunca Monsalvat comprendía cuál

era su camino. Ya no dudaba de su deber del momento. El obstáculo le

infundía fuerzas y se dijera que una gran luz llenaba todo su corazón.

Iba llegando al hotel cuando alguien, saliéndose de un carruaje, le

hacía señas de detenerse. Era Ruiz de Castro, elegante, perfumado,

enhiesto, conquistador como siempre. Junto con él bajó del coche

Ercasty. Saludó a Monsalvat con afectada cortesía, que contrastaba con

el aire de desagrado que mostró al verle.

--Pero hombre,--exclamó Ruiz, dirigiéndose a Monsalvat--no te imaginas

el toletole que armaste aquella noche. He tenido una interminable serie

de disgustos por culpa tuya.

Nacha Regules: Novela · 第 6 / 19 段