comprarlas. O porque el trabajo, tal como ahora se halla organizado,
es otra iniquidad que mantenemos egoístamente. ¡Yo no sé cómo todo ese
mundo de abajo no ha venido todavía a exterminarnos, a degollarnos en
masa! Es la justicia que merecemos. Viene con lentitud, señora, pero
ya llegará. Vaya preparando usted un lindo escote para ese día. Donde
ahora siente el calorcito de las perlas, sentirá el filo de un sable...
Protestas e indignaciones. Elsa rió y aplaudió, divertidísima. Isabel
se convirtió en enemiga de Monsalvat. Todo aquello, según ahora
comprendía, estaba en contra de lo que opinaban los Padres. ¡Qué
horror! La gordita le llamó a Monsalvat anarquista, asesino y enemigo
del orden.
Se habían levantado de la mesa y se distribuían en pequeños grupos. La
gordita parecía empeñada en discutir con Monsalvat. Ruiz de Castro se
acercó sonriendo.
--¿Están arreglando el mundo?
--Es Monsalvat que se ha vuelto un anarquista peligroso.
--No hay nada tan peligroso como el decir la verdad--sentenció
Monsalvat.
--Pero más peligrosos que la verdad suelen ser los soñadores, ¿no es
cierto?--dijo Ruiz de Castro, dirigiéndose a la gordita.
--Claro. Y si no, vea lo que ha dicho Monsalvat de esas mujeres. Por
poco no ha dicho que yo tengo la culpa de que... de que ellas se... en
fin, ya me entienden. ¡Demasiado entienden ustedes de estas cosas! Yo
creo que a esas infelices les falta temor de Dios. Antes que dedicarse
a esa vida, debieran pedir limosna, colocarse como sirvientas,
recurrir a tantas sociedades caritativas, irse a la cosecha, ¡qué sé
yo! Trabajo no puede faltar. Lo mismo que los hombres. En lugar de
hacerse anarquistas o socialistas o andar de huelga en huelga, debían
conformarse con la voluntad de Dios, resignarse con su suerte. ¡Qué se
ha de hacer!
--¡Es cierto!--exclamó Isabel, arrastrando las últimas sílabas, como
muy impresionada, y con la convicción de quien ha encontrado un
argumento definitivo.--¡Es ciertísimo! ¿Por qué hacen huelgas? Es mal
hecho, eso.
La gordita, después de un profundo suspiro, agregó con acento
melancólico:
--¡Cada uno debe aceptar el lote que le toca en la vida!
--Cuando es el suyo--dijo Ruiz de Castro sonriendo,--se puede pensar
así. Pero yo, en vez del lote suyo, preferiría el que le ha tocado a su
marido.
--¿El mío?--exclamó ella, sin darse por aludida.--¡Pero si nosotros
somos casi pobres! No diré que estemos en la miseria, pero fuera del
sueldo de mi marido como diputado, no tenemos sino unas rentitas
insignificantes y una estancia aquí cerca de Buenos Aires. Y sin
embargo, no me quejo de mi suerte. Otros tienen millones... Y bueno: no
los envidio, y me conformo con la voluntad de Dios.
Monsalvat no quiso oir más. Ruiz de Castro seguía dando bromas a la
gordita. Monsalvat continuó en el pequeño grupo. Cerca de él, Ercasty
y dos amigas despellejaban a una joven dama de gran belleza. Ercasty
la acusaba de tener un amante. Furioso y justiciero, decía que esa
mujer ofendía a la sociedad y que era un deber higiénico rechazarla,
hundirla. Sus vecinas aprobaban, por fórmula. Monsalvat, que sabía
las infamias del marido de la criticada, su abandono del hogar, sus
borracheras, sus trampas, encontraba humano y lógico que esa mujer
amase a otro hombre. Lo que no comprendía era la indignación de
Ercasty. ¿Por qué se convertía en abogado de la sociedad con tanta
furia? ¿Qué ídolo monstruoso era la sociedad, que exigía el sacrificio
de los ensueños de amor, de los instintos naturales, de la necesidad de
cariño? ¿Qué ídolo monstruoso, venerado tan absurdamente por hombres
cultos?
¿Qué le quedaba a Monsalvat por hacer allí? Sentíase desdeñado. Estaba
de más, no era aquél su sitio. Se despidió de los dueños de casa y se
fué. En la calle, el aire de la noche despejó su cabeza. Se encontraba
aturdido, aplastado, medio enfermo. Caminó a pie largo rato y se
serenó. Pensó que por última vez en su vida había visto una imagen del
mundo de la injusticia. Su ruta se había definido ahora enteramente. El
bien estaba allá abajo, y la única ocupación de un hombre digno y bueno
era luchar por los oprimidos. Sí, él daría su vida y el poco dinero que
le quedaba por los tristes de la tierra. ¿Le creían vengativo? Él bien
sería su venganza.
Llegó al hotel a las doce. Sentíase disgustado otra vez de sí mismo.
Se quitó el frac, lo arrojó al suelo con desprecio y se puso a pensar
en Nacha. ¿Por qué le echó de la casa, después de haber aceptado sus
palabras y de haberle referido su lamentable historia? ¿Se habría
enamorado él de Nacha? ¿Sería el amor hacia ella lo que le llevaba a
las actitudes de esa noche? ¡Ah, Nacha, Nacha! ¡Qué no daría por verla,
aunque fuese por un milésimo de segundo!
Cuando salió de su ensimismamiento vió sobre su mesa una carta. Era de
su madre. Decíale que estaba enferma, gravísima, y que sentía venir la
muerte. Le rogaba que fuera a verla, apenas recibiera la carta. Unos
segundos después, un auto, llevando a Monsalvat, volaba hacia la casa
de la enferma.
VII
La madre de Monsalvat, Aquilina Severín, vivía en el cuarto piso de
una casa de departamentos, frente al Parque Lezama. Aquilina fué en
su juventud muy bonita, pero ahora, a los sesenta años, no guardaba
ni rastros de su belleza. Era hija de unos modestísimos comerciantes
franceses, y trabajó en una casa de modas de la calle Florida. Un día
la encontró en la calle el padre de Fernando, que la siguió, la enamoró
pacientemente después y llegó a seducirla. Aquilina tenía veinte años
cuando nació su hijo. Poco después, su amante, Claudio Monsalvat, se
casó con una niña de su condición social, pero esto no fué obstáculo
a que pasara una pensión a Aquilina y a que la visitase de cuando en
cuando. Las visitas terminaron con una reanudación de las relaciones,
y diez años después de Fernando nació Eugenia. Claudio había
escriturado una propiedad a nombre de Aquilina, pero dejó el mundo sin
testar a favor de sus hijos naturales. Aquilina quiso que sus hijos
interviniesen en la testamentaria, trató de pleitear con la familia
legítima de Claudio, pero Fernando, que estaba entonces en Europa, se
opuso enérgicamente. Aquilina vivió de los doscientos cincuenta pesos
que rentaba su propiedad, hasta que después de la muerte de Claudio la
vendió, mal aconsejada por un procurador del barrio. El producto de la
venta aprovechó a diversos vividores, y Aquilina se quedó en la calle.
Su hijo la sostenía ahora.
La madre de Fernando era una infeliz. No había mujer más crédula e
ignorante. Apenas sabía leer: sólo cursó tres grados de la escuela
primaria. Las comodidades de que la rodeó Claudio fueron para ella el
máximo de la felicidad. Se creyó una gran señora, digna de merecer las
envidias de todo el mundo. Sus padres no habían sido casados, de modo
que ella no tenía las preocupaciones corrientes respecto al matrimonio.
Como los franceses, consideraba el amor y todo lo relativo a este
sentimiento con un respeto sagrado. Pero no era muy exigente en la
calificación del amor, dándole muchas veces este nombre a lo que sólo
era instinto o placer.
Con semejantes ideas la educación de su hija debió resultar un
desastre. Fernando,--que desde los ocho años fué interno en un
colegio, pasando con su madre sólo las vacaciones y que a los
quince fué separado de ella por su padre para que viviese solo,
lejos de ese ambiente detestable,--se interesó muchas veces por
la educación de Eugenia. Aconsejó a su madre que la mandara a la
escuela y le prohibiera ciertas amistades. Pero Aquilina le contestaba
invariablemente:
--¿Para qué? ¿Qué va a sacar con eso? Yo no he estudiado y bien feliz
que soy. Yo sé lo que hago y nadie tiene que meterse en estas cosas.
Ella estudiará si le gusta.
Eugenia tuvo, pues, a la calle por principal maestra. Pasábase el
día con otras chicuelas en la vereda o en los balcones, cambiándose
miradas amorosas con los muchachos. Eugenia, con su cuerpo elegante y
sus bellos ojos negros, fué deseada por innumerables hombres, algunos
de los cuales llegaron hasta besarla por la fuerza. A los quince años
sabía cuanto hay que saber. Claudio Monsalvat apenas se preocupaba de
su hija, parte por considerarlo inútil, y parte porque tal vez dudaba
de su paternidad. En la época del nacimiento de Eugenia, Claudio
sospechó de la fidelidad de Aquilina; pero por no hacer cuestiones y
porque Aquilina era la madre de Fernando, aceptó el presente que le
ofrecían.
Cuando Eugenia tuvo veinte años se corrigió un poco de su haraganería.
Hasta intentó emplearse en una tienda. Pero Aquilina se opuso,
diciéndole que ganaría una miseria, que se mataría de trabajo y se
envejecería y que podría perjudicar a su padre y a su hermano. El
deseo de Aquilina era que Eugenia encontrase un hombre que la quisiera
y le pusiese casa. Comprendía que su hija no podría casarse sino con
un obrero o un inservible, y prefería un acomodo de ésos, que ella
consideraba como cosa natural y que miraba sin el menor escrúpulo.
Aquilina no era por ello una mujer abominable; deseaba para su hija su
propia situación y la de su madre, que ella reputaba excelentes. Creía
románticamente en los amores eternos, en la fidelidad, en las promesas
de los hombres. A su hija no le declaró nunca sus intenciones, ni menos
a su amante ni a su hijo, pero Eugenia las adivinó.
En la casa vecina moraba una familia principal y rica. Uno de los
muchachos la comía con los ojos a Eugenia y le demostraba sus deseos
mordiéndose el labio inferior y entornando los ojos. Pero no se animaba
a hablarla, tal vez por temor a Fernando, que en aquel tiempo visitaba
a su madre dos o tres veces por semana. Un día, Aquilina le dijo a
Eugenia, con un tono que revelaba un propósito inconfesable:
--A ver si te lo pescás, pues, al muchacho ése. ¡Es rico y tan buenmozo!
--Pero mamá; ¿cree que él puede casarse conmigo?
--No sé, eso se verá después. En todo caso, si es serio, fiel,
cariñoso, no importa que...
Se detuvo, al notar el disgusto y la tristeza en los ojos de su hija.
Porque Eugenia, aunque parezca raro, era en el fondo honesta. Anhelaba
encontrar un hombre que la quisiera y que se casara con ella. Pero por
lo que había oído a la madre, creía que a los hombres era menester
atraerlos y "pescarlos", y de ahí las miradas y las coqueterías con
todos los muchachos y las concesiones que les hacía o estaba dispuesta
a hacerles.
Por aquel tiempo, Aquilina tomó a su servicio a la mujer que desde
entonces, durante diez años, la acompañó. Era una mulata jacarandosa,
sensual, bien parecida, de grandes ojos y gruesos labios. Se llamaba
Celedonia y tendría unos cuarenta años. Daba que hablar a todo el
barrio, y hacía entrar de noche a sus amantes en la casa. Fernando,
aun ignorando este pormenor, quiso que su madre la echara; pero su
empeño fué inútil. Para Aquilina, Celedonia no era una sirvienta sino
una compañera, la más divertida de las compañeras. Le llevaba todos
los chismes del barrio: las trampas de los que pasaban por ricos,
las peleas entre maridos y mujeres, los amoríos pecaminosos de las
señoritas y los de las sirvientas, las "cosas" de los señores, los
vicios de cada cual. En Carnaval se disfrazaba y concurría a los bailes
del teatro Victoria, donde se encontraba con otras gentes de su raza.
Volvía a la casa medio borracha, al día siguiente, y luego se pasaba
la tarde contando a su patrona cuanto había visto. Para Aquilina, los
relatos picarescos y un poco obscenos de Celedonia significaban una
ventana abierta al mundo de la vida alegre. Reía como una loca al oir
las zafadurías de la mulata. Gozaba con aquellas descripciones de cosas
para ella inaccesibles, y se dijera que envidiaba la felicidad de
Celedonia. Su hija solía escuchar a veces los cuentos de la mulata sin
que a la madre se le ocurriese hacerla retirar.
Poco antes de partir Fernando para Europa, en su último viaje, Eugenia
conoció a Arnedo. El muchacho, audaz, dominador, elegante y muy
buenmozo, no tardó en enamorarla. La primera vez que la vió, pasando
casualmente frente a la casa, le demostró su interés. Fingió asombro
al mirarla, como quien recibe una impresión muy fuerte. Se detuvo un
instante en la vereda y luego se instaló en la esquina. Pasó varias
veces frente a ella y terminó por acercársele. Eugenia, que estaba en
la puerta, sola, se hizo un poco hacia atrás, pero Arnedo le tomó la
mano, al tiempo que le clavaba los ojos y le ordenaba:
--¡Quédese!
--Pueden venir.
--No me importa nada. La he visto y me he vuelto loco--exclamó él con
simulado arrebato.
Hablaron. Se dijeron sus nombres. Él declaró una pasión fulminante,
al tiempo que acariciaba la mano de ella. Durante algunas noches
conversaron en el zaguán, unidos de la mano. Eugenia no dudó de la
pasión de Arnedo, quien le prometió que se casarían muy pronto.
Eugenia no quería ir a la cita que le exigía su amante. Le había tomado
un poco de miedo. Pero como era un temperamento pasivo, dócil a la
voluntad masculina, y un tanto tímida,--sin contar con el placer que
naturalmente recibía en las caricias,--se prestaba a todo en el zaguán,
hasta el punto de que Arnedo, viendo imposible la cita, resolvió allí
mismo el problema que le preocupaba. Desde ese momento el muchacho
fué dueño y señor de Eugenia. La madre y la mulata sabían de aquellos
amores, pero habían dejado hacer: la madre porque sospechaba que Arnedo
era el hombre que ella esperaba y confiaba en la habilidad de su hija
para atraparlo; y la mulata por pura afición celestinesca.
Un buen día, cuando Fernando se encontraba en Europa, Eugenia huyó con
Arnedo. Aquilina imaginó que era el golpe anhelado. No se lo explicaba,
a la verdad, pues bien pudieron tratar con ella aquel asunto; pero
sospechó que tal vez ahora los procedimientos habían cambiado. Por
su parte Eugenia, cuando vió que Arnedo la llevaba a su casa, a su
_garçonniere_, pensó que aquello sería "una cosa seria". Pero Arnedo
la dejó después de un año. Eugenia volvió a vivir con la madre, que
sólo le reprochó su inutilidad para atrapar a los hombres. La muchacha
estuvo avergonzada durante algunas semanas, sobre todo en presencia de
sus conocidas del barrio. Esto pasó poco después, apenas la mulata le
consiguió otro amante. A este amante sucedió otro, y otro más tarde.
La muchacha no tardó en asistir a una casa que le recomendó la mulata,
hasta que se perdió completamente. Un día, viendo que no podía vivir
junto a su madre porque la perjudicaba, y además porque le desagradaba
su tolerancia para con ella, se fué de la casa. Ni siquiera dijo a
dónde iba. Durante meses nada supo Aquilina de su hija.
A Fernando Monsalvat le ocultaron la primera fuga de su hermana la que
ocurrió durante su primer viaje de dos años. Pero como al no recibir
cartas de Eugenia él exigiese una explicación, no hubo más remedio,
poco tiempo después de la definitiva escapada, que declararle la
verdad. Cuando volvió de Europa quiso saberlo todo. Le dijeron que
huyó con un tal Arnedo y que nada más sabían de ella. A Monsalvat le
disgustó tremendamente la actitud de Eugenia, sobre todo por lo que a
él podría perjudicarle si llegara a saberse. Este disgusto contribuyó a
que no quisiera quedarse en el país y a alejarle por siete años.
Desde su llegada, Fernando visitaba poco a la madre, no obstante que
ella estuviera enferma, con las piernas paralíticas. Aquella mulata
siempre junto a Aquilina, testigo inevitable de sus conversaciones, le
repugnaba. Una vez quiso echarla, pero Aquilina le rogó por favor que
no lo hiciera. Además, la mulata no precisaba de la autorización de
Aquilina para quedarse. La dominaba enteramente, era dueña absoluta de
su voluntad. Manejaba el dinero de Aquilina, la cuidaba y acompañaba
fraternalmente, de igual a igual. Aquilina adoraba a su hijo, pero,
como la mulata le tenía odio, no pudo impedir que le demostrara mala
voluntad y le alejara de la casa. Pero Fernando no dejaba por esto de
visitar a su madre. Lo que hacía era llevar libros o diarios y leerlos,
ya que allí de nada se podía hablar.
Cuando aquella noche Fernando llegó al departamento donde vivía su
madre, encontró llenos de gente los cuartos. Adivinando que su madre
estaba moribunda, corrió a su dormitorio con el corazón apretado. Allí
estaban la mulata y otra mujer haciendo curaciones y una muchacha como
de veinte años, muy bonita y decente.
Monsalvat apartó a las mujeres y se inclinó para besar a su madre.
--¿Han llamado al médico?--preguntó luego.
--Oh, ¡qué médico ni qué macana!--exclamó la mulata
despreciativamente.--Ahí tiene a Mamita Juana, que sabe más que todos
los dotores juntos.
Fernando, sin contestarle, se dirigió a la puerta. Miró a los hombres
que allí estaban y preguntó quién podía llevar una carta urgentemente.
Un sujeto encanecido y de larga barba, de espaldas encorvadas y vestido
miserablemente, se adelantó, extendiendo una mano.
--¿Ya no se acuerda de mí, doptor Monsalvat? Soy Moreno, el procurador
Moreno. Hemos trabajado juntos...
Monsalvat se acordó en efecto de aquel hombre. Fué su procurador
durante pocos meses. Luego supo que vivía miserablemente, de pequeñas
gangas en los tribunales.
Monsalvat sacó un lápiz que llevaba en el sobretodo, una tarjeta de su
cartera y se puso a escribir. Moreno hablaba, mientras tanto.
--Y aquí me tiene, doptor: viviendo, que no es poco trabajo. ¡Ya se
acabaron para mí aquellos tiempos en que trabajaba como procurador!
Créame doptor que, sin vanidad, me siento orgulloso de mi obra de
entonces. La ciencia jurídica de mi país me debe algo. He intervenido
en grandes pleitos, y los he ganado. Digo los hemos ganado, porque la
verdad es que también debo dar su lugar al abogado. Pues ahora me ve,
doptor. Con diez hijos, pobre como las ratas, descendiendo la cuesta
amarga...
Moreno tenía ademanes de persona bien nacida, y en medio de su miseria
revelaba su buen origen. Olía un poco a bebida barata, y no andaba muy
limpio. Pero en la oscuridad del corredor parecía mejor de lo que era.
--Lleve entonces esta carta, urgentemente. Se va en un automóvil y
espera. Tiene que traer en seguida al doctor Torres.
Fernando le dió el dinero y le recomendó que se apresurase. E iba a
retirarse cuando una mujer que allí estaba dijo:
--No lo deje ir solo, señor. Se va a meter a chupar en el primer
almacén...
--Es la compañera de mis luchas y privaciones--dijo Moreno
declamatoriamente.--Vea cómo me trata, doptor. ¡Y me lo debe todo! Le
he dado diez hijos y mi nombre, elevándola hasta mi posición social...
--Es un infeliz, señor. Y no tenemos diez hijos sino siete. Dice eso
para que usted le dé plata.
La mujer hablaba entre enojada y risueña. Los otros hombres y mujeres
que allí estaban, sin acordarse para nada de la enferma, reían.
--Mejor es que lo acompañe mi marido--dijo una de las mujeres,
indicando a un hombre.
--Bien. Acompáñelo--dispuso Monsalvat.
Moreno adoptó un aire grave y ofendido, y poniéndose una mano en el
pecho declamó:
--Doptor, lo que he oído es una ofensa que...
--Déjese de historias, amigo Moreno, y váyase pronto--interrumpió
Monsalvat, retirándose.--Le pagaré bien este servicio.
--Si usted lo manda, mi doptor, así lo haré--dijo él, agachando la
cabeza humildemente.--Basta que usted lo disponga, doptor. Lo mismo que
en otros tiempos lejanos, que se fueron para no volver, el procurador
Moreno será...
El hombre que le acompañaría le agarró de un brazo y se lo llevó.
La mujer de Moreno quedó maldiciendo su destino, mientras las otras
seguían riendo. Fernando ya estaba en el cuarto de la madre.
Aquilina se hallaba verdaderamente grave. Ciento cuarenta pulsaciones.
Un ataque al corazón creía Monsalvat que fuese aquello. ¿Qué hacerle?
Se acordó de los paños fríos y se los mandó preparar a la muchacha,
que resultó ser la hija mayor de Moreno. La curandera permanecía en
el cuarto, entre gozosa de presenciar el futuro fracaso del médico y
fastidiada. La mulata estaba a su lado, con la jeta larga, mirando
despreciativamente a Monsalvat.
--Déjenme solo con mi madre--ordenó Fernando a las mujeres, que
salieron refunfuñando.
Aquilina, al verse sola con su hijo, se puso a llorar. Hasta ese
momento no pensó sino en el horror de morirse. El pánico le abría los
ojos desmesuradamente y le enturbiaba su mirar. Pero ahora, parecía que
la presencia de su hijo comenzaba a hacerle bien. Mientras lloraba,
Fernando hacíale caricias en la cabeza y en las manos y la besaba.
--Hijo--comenzó la enferma, cuando pudo hablar;--he sido una mala
madre. Quisiera verla, antes de morirme. Buscála ahora mismo, para que
venga mañana. ¡Mala madre, Dios mío! Se perdió por mi culpa. Yo sabía
todo y todo lo permití...
Volvió a llorar. Fernando quiso consolarla, asegurándole que exageraba.
Fernando era sincero, pues no creía que en realidad su madre hubiese
consentido en la perdición de su hija. No quería creerlo; no solamente
por afecto a Aquilina, sino principalmente por amor propio. ¿Cómo
resignarse a tener como madre una mujer tan criminal? Pero él sabía que
Aquilina no era criminal sino inconsciente, una pobre infeliz, echada a
perder por la ignorancia y por el ambiente que la rodeaba.
--Sí, una mala mujer--repetía Aquilina.--Después que mi hija se dedicó
a la vida yo la recibí aquí en casa y acepté la plata que me traía.
Y al principio, cuando Arnedo la dejó, ella quiso vivir aquí, quiso
ser buena. Pero esa mulata la volvió a perder. Y yo lo sabía todo,
todo... ¡Perdonáme, Fernando! ¡Perdonáme todo el mal que te he hecho
a vos también! Yo he visto más de una vez que eras desgraciado por mi
culpa. Si hubiese sido una buena madre hubiera deseado morirme para
no perjudicarte. Pero no me importaba nada, ésa es la triste verdad,
hijo. Felizmente, ya me voy. Ahora serás libre de esta cadena que debe
pesarte tanto. Pronto, cuando nadie se acuerde de esta pobre mujer, no
habrá quién te reproche que seas el hijo de la Aquilina Severín. Ya
falta poco, Fernando. Siento que me muero. El corazón se me detiene...
Fernando apenas la escuchaba. Al principio, la terrible confesión de
su madre le hizo retirar la mano instintivamente. Luego se dobló sobre
sí mismo y quedó con los codos en las rodillas, las manos unidas y
los ojos cerrados. Aquello le causaba un dolor agudo, penetrante; un
dolor que sentía en cada uno de los átomos de su ser. La confesión de
su madre le avergonzaba, pero a la vez le liberaba. Parecía que al
calmarse Aquilina con la declaración de sus culpas, él sintiera también
que una cierta paz comenzaba a adentrarse en su corazón. Al principio
creyó que su madre le repugnaría, que la odiaría. Pero al contrario:
ahora la amaba más que nunca. Todo el anhelo de piedad que llevaba
dentro se concretaba en la madre, y terminó llorando acongojadamente
y besando a Aquilina y abrazándola con un cariño que fué la única
felicidad de esa mujer en aquellos momentos dolorosos.
--Madre, yo soy el culpable, y no usted--dijo cuando cesó el llorar
y la ternura.--Y a declararle eso, a explicarle la razón de mi
culpa iba a venir esta tarde, antes que usted me llamase. Yo soy el
culpable, sí. Yo soy más inteligente, más culto que ustedes; tengo más
conocimiento de la vida; ando entre gente muy superior a ustedes. Me
correspondía a mí ejercer una especie de tutela sobre mi madre y mi
hermana, vigilarlas, educarlas si era posible. Yo debí ser enérgico. Y
no hice absolutamente nada de esto. Iba a la casa de ustedes lo menos
posible, para no recibir aquella sensación de ser hijo natural que me
era tan molesta. Nunca me interesé realmente por ustedes. Eugenia,
¿qué me debe? ¿Qué consejos le dí con verdadera sinceridad? ¿Cuándo
le hablé con el corazón en la mano, fraternalmente? Y después, cuando
aquel Arnedo empezó a enamorarla, ¿qué palabras eficaces le dije?
Debí quedarme junto a ustedes, acompañarlas para evitar lo que era un
peligro común. Y en lugar de esto me fuí a Europa, disgustado de mi
madre y de mi hermana, huyendo de ellas, dejándolas abandonadas.
--Yo te hice desgraciado. Has sufrido por mi culpa.
--Por su culpa, no. He sufrido por culpa de la soledad. Pero no
importa. Todo eso está ya lejos, madre. He llegado por fin a conocerme
a mí mismo y a conocer la sociedad.
Aquilina se reagravó. Fernando, impaciente en espera del médico,
dispuso que la mujer de Moreno le aguardase en la puerta de calle. Su
madre se ahogaba, necesitando oxígeno probablemente.
--Hay que buscarla--decía ella, casi sin poder hablar.--Necesito que me
perdone... Buscarla... Me muero, hija mía...