rápidamente para ocultar su llanto y se dirigió a la puerta de la
habitación. Era la sirvienta, que traía una carta de Arnedo. Aterrada,
no se animaba a abrirla. Se la entregó a Monsalvat, quien la leyó.
Arnedo comunicaba que aquella noche iría a comer con cuatro amigos.
Nacha tomó el papel y se quedó inmóvil, muda, mirando a lo lejos.
Monsalvat le habló, pero ella permanecía en silencio, con el ceño
arrugado, sin mirarle. Una expresión trágica parecía esculpida en su
rostro. Temblaba toda entera, ligeramente. De pronto, llevándose las
manos a la cabeza, exclamó:
--¡No, no, no! ¡No puede ser! ¡Es una locura! Váyase, váyase
ahora mismo. No quiero verlo nunca más. He estado loca. ¡Váyase
inmediatamente!
Monsalvat la miraba estupefacto, sin saber qué pensar de aquella
actitud. Creyó que perdía para siempre a Nacha. Intentó hablar,
explicar. Pero era inútil. Ella le señalaba la puerta, implacable,
resuelta, con una energía desconocida. Monsalvat tuvo que salir. Y
se fué con el corazón destrozado y con la certeza de que una gran
catástrofe había caído sobre su vida. Nacha ni siquiera le dijo adiós.
Las dos líneas de Arnedo habían bastado para que Nacha volviese a la
realidad, es decir, a lo que ella creía la realidad. Lo que imaginaba
una locura, una cosa imposible, era la realidad verdadera. La otra, la
que ella vivía, era una realidad fugaz e inconsistente.
En un esfuerzo enérgico abandonó sus lágrimas y sus recuerdos. Se
sintió otra vez la Nacha de antes, Lila, la bailarina de tangos y la
mala mujer de la vida. Desechó por un instante hasta la memoria de Riga.
Pero luego, hacia las cinco, su corazón pudo más que su voluntad.
Repentinamente, con desesperación, como con temor de volverse atrás,
se puso en un segundo el sombrero, bajó a la calle, se fué en un
automóvil al cementerio.
Llegó en el momento de los discursos. Se situó lejos del lugar,
disimulando para no ser notada. Vió con infinita tristeza que apenas
veinte personas habían ido a despedir al poeta. Cuando todos partieron,
se acercó al nicho donde fuera colocado el cadáver de su amigo. Con el
pañuelo en los ojos permaneció allí largo rato. En su inmovilidad, su
humilde traje negro, su llanto silencioso, su actitud de sufrimiento,
parecía una imagen del Dolor. La tarde estaba oscura. Lloviznaba
y hacía frío. Cuando arreció la lluvia, Nacha se apartó de allí
lentamente y volvió a su casa.
VI
Monsalvat no se explicaba cómo, después de los acontecimientos de la
noche anterior y de aquella tarde, podía encontrarse en el palacete de
Ruiz de Castro, comiendo en compañía de personas mundanas. Parecíale
que se traicionaba a sí mismo, que no era fiel a su transformación
espiritual. ¡Y qué abismo entre la vida dolorosa de Nacha y la vida
feliz de las lindas mujeres que le rodeaban! ¡Y qué abismo entre su
diálogo atormentado, trágico, sufriente con la pobre muchacha y las
conversaciones, elegantes y risueñas, que burbujeaban en aquella mesa
aristocrática!
Era curioso que el contacto con la realidad le hubiese hecho olvidar
sus sensaciones pasadas. Sólo tenía en este instante una vaga idea de
cuanto sufriera y de cuanto le aconteciera. Pensaba haber vivido horas
de exaltación, tal vez de alucinante delirio. Pensaba haber vivido
horas de obsesión, dominado por un poder extraño, sin advertir la
existencia de las cosas que le circundaban, ajeno en absoluto a lo que
no fuesen sus preocupaciones.
Había salido de la casa de Nacha en un estado que no podía definir, y
en el que se mezclaban la excitación, la desesperación, el sufrimiento,
la lástima de Nacha y de sí mismo, y el fastidio contra sí mismo.
Anduvo vagando por las calles hasta que, un poco tranquilizado, acudió
al Ministerio para informarse del empleo que le ofrecieron y buscar
distracción. Allí encontró a Ruiz de Castro, que le invitara hacía días
para una comida en su casa y que le exigió su presencia. No se negó.
¿Por qué negarse? ¿Iba acaso a abandonar la sociedad para siempre? Y
ahora estaba allí, rodeado de mujeres elegantes y de hombres de mundo.
Ruiz de Castro, ex-condiscípulo de Monsalvat, era un hombre
extremadamente amable. Su ocupación principal consistía en hacerse
simpático a todos: viejos y niños, hombres y mujeres. Tenía un aire a
la vez donjuanesco y algo afeminado, unos grandes y bellos bigotes,
un cuerpo erguido. Llevaba altos cuellos, las más ricas corbatas,
anillos magníficos. Jamás se le vió con un traje que no pareciese
recién llegado de la sastrería, y no dejaba los guantes ni en los más
terribles días del verano. Dueño de una pequeña fortuna, se había
casado con una viuda millonaria, y daba comidas y pequeñas reuniones,
donde congregaba a personas de la más alta sociedad. Abogado, famoso
_causeur_, muy inteligente. Leía mucho, entendía en cosas de arte
y considerábase muy por encima de su medio. Sus invitados eran
todos hombres de positiva cultura: médicos y abogados prestigiosos,
profesores universitarios, políticos de talento, algún literato.
Ellos y sus mujeres, _amateurs_ en arte, gustaban hablar de cuadros
y esculturas, de música y de versos. Naturalmente, lo argentino para
nada se tomaba en cuenta. Aquella noche se discutió sobre Zuloaga,
cuyas obras de la Exposición Universal apasionaban a los artistas y a
los diletantes; sobre Rodín; sobre la música de Debussy y de Strauss.
Las mujeres parecían tener mayor conocimiento y sensibilidad que los
hombres. De las diez que allí había, todas elegantes, todas bellas,
todas inteligentes--¡eran argentinas!--una escribía con real talento,
si bien no publicaba; otra conocía el arte y la literatura de Francia
mejor que la mayoría absoluta de los escritores argentinos; y otra,
una muchacha, vecina de Monsalvat, había hecho estudios filosóficos,
siguiendo en París los cursos de Bergson.
Monsalvat juzgábase un extraño en este ambiente. A algunas de las
jóvenes damas no las conoció hasta entonces, si bien tenía relación
con los maridos. Su presencia allí era debida al cariño que sentía por
él Ruiz de Castro. Su amigo que, como buen argentino, y sobre todo
como buen porteño, admiraba ingenuamente el éxito, se habituó desde
la Facultad a considerar como un ser excepcional a aquel muchacho que
obtenía la más alta clasificación en sus exámenes, que daba en clase
eruditas conferencias y que iba a merecer la medalla de oro. Ruiz de
Castro, además, veía en su amigo el prototipo de la distinción. Le
encantaban los modos absolutamente naturales y sencillos de Monsalvat,
su accionar sobrio y elegante, y aquél su deseo de no llamar la
atención, ni por el vestir ni por el hablar, cosa que no era en él
buscada y que le preocupase en todo momento, sino algo espontáneo y
oportuno. Ruiz de Castro fué quien más contribuyó a vincularle en
la sociedad. Le obligó a entrar en el Jockey; y le hacía invitar a
bailes, seguro de que Monsalvat no haría jamás un mal papel y deseoso
de que la sociedad reconociese el valor espiritual y personal de su
amigo. Pero Monsalvat amaba demasiado la modestia y tenía un temor
del ridículo que llegaba a lo enfermizo. En el horror de "estar mal"
o de llamar la atención, callaba sus opiniones, por interesantes que
fuesen. Reservado y desconfiado de sí y de los demás, nunca dejaba ver
el fondo de su alma. No fué, pues, conocido y apreciado sino de algunos
íntimos y de las mujeres que le quisieron. Para éstos era un espíritu
profundo, noble, generoso; un ser sin ambiciones, modesto y sencillo;
un hombre de vida interior y de muy fuerte cultura. Para los demás, era
un individuo gris, monótono, poco interesante.
Los temas de la conversación separaban a Monsalvat de sus compañeros
de mesa. Jamás le atrajo el arte, y de literatura conocía muy poco.
Había leído enormemente; pero novelas, versos, crítica, sólo por
rara excepción. Así es que cuando aquellas mujercitas se extasiaban
ditirámbicamente hablando de Chabas o de Loti, él se sentía fuera de
lugar y hasta se avergonzaba en su interior.
Monsalvat no pensaba ni quería pensar en nada de lo que le apasionó
durante la tarde y la noche antes. La actitud de Nacha, arrojándole de
la casa, le había humillado y le había hecho desear la normalidad. Se
creía un estúpido, y veía que era inútil pretender regenerar a esas
mujeres. Tampoco se acordaba de su hermana ni del Pampa Arnedo, ni de
su conversación con Torres. Parecíale que el frac contribuía a hacerle
olvidar todo eso y que le revestía de egoísmo y de superficialidad.
En su condición de soltero, uno de los dos únicos en aquella reunión
de jóvenes matrimonios, Monsalvat había sido colocado entre las dos
únicas "niñas", como se llama absurdamente aquí a las muchachas. La
de su derecha, Elsa, era una criatura deliciosa, rubia, virginal, de
una frescura adorable. Sus hombros un tanto angélicos dábanle cierto
aire ingenuo, de pintura boticceliana, que no estaba de acuerdo con
las rosas ardientes de sus mejillas y sus labios. Pero, al revés de
las pinturas primitivas, no había en sus líneas nada de anguloso
ni de rígido. Las curvas de su cuerpo, la caída de sus hombros, el
corte de su cara, la forma de su nariz y de su boca, eran de líneas
suaves, tendiendo a la redondez. Al hablar hacíalo con una candidez
encantadora. Monsalvat la conoció en París, hacía cinco años. Allí pasó
ella largo tiempo y allí se educó. Poco antes de llegar a Buenos Aires
había seguido los cursos filosóficos de Bergson. Tenía un singular
conocimiento de autores y de libros. Monsalvat, en París, había vivido
en el mismo hotel que ella, y una vez que entró en su departamento vió
con asombro que la virgen boticceliana leía el _Satiricón_ de Petronio,
las novelas de Willy y otros libros igualmente cándidos. Tenía
veinticinco años de edad y varios centenares de adoradores. Gustaba
enamorar a los hombres. Sus grandes y trasparentes ojos azules, de una
belleza extraña, miraban de tal modo que no había un sólo hombre capaz
de resistir a su encanto. Les sonreía maliciosamente, les alababa su
talento o su distinción y aun su belleza. Escuchaba, sin turbarse ni
alterarse, las mayores enormidades, que ella solía provocar. Nunca se
comprometía excesivamente de palabra, pues todo cobraba en sus labios
un tono candoroso. Se la criticaba mucho. Elsa se azoraba discretamente
cuando una crítica llegaba hasta ella, y sonreía para mostrar la poca
importancia que concedía a esas cosas. No tenía ilusiones respecto al
amor y al matrimonio. Como no sentía el amor, no creía en él. Y el
matrimonio le interesaba poco. ¿Qué idea podía tener del matrimonio,
ella que veía a todos los maridos, aun los que pasaban por ejemplares,
hacerle el amor apenas los provocaba y hasta perder la cabeza y cometer
tonterías? Juzgaba el mundo peor de lo que era, al través de las
novelas francesas y de las cosas que le contaban algunos amigos, por
el placer enfermizo de decírselas a una mujer. Veía en todas partes
el instinto, la perversión. Era que ella no había inspirado nunca un
sentimiento verdadero y noble, y no lo advertía a su alrededor. Y en
cuanto a sus amigas, interesábase tan poco por ellas que jamás les
preguntaba sus intimidades sentimentales. Despreciaba en el fondo a las
mujeres, y las encontraba infelices cuando hablaban del amor de sus
novios o de sus maridos. Ella sabía a qué atenerse, al respecto. En
más de una ocasión, después de oir alabar a alguna la fidelidad de su
marido, ella buscó hablar aparte con el modelo de fidelidad, y en menos
de media hora, previas algunas miradas, Elsa lograba que él le pidiese
una cita o por lo menos que quisiera tomarle una mano. Monsalvat había
tenido con ella diálogos audaces. Pero ahora, en plena crisis de su
conciencia, en pleno despertar de su alma, no hubiera podido, no
hubiera materialmente podido, renovar aquellas conversaciones.
La vecina de la izquierda, Isabel, tenía una inteligencia vivaz y
carecía de encantos físicos. Aquella noche, sin embargo, estaba
realmente agradable. Sabía sacar partido de sus pequeñas ventajas,
sobre todo de sus ojos: ágiles, simpáticos, confiados, interrogantes
y siempre prontos al azoramiento. Su cara era demasiado larga, su
boca demasiado grande. Tenía dientes feos, pero no los ocultaba. Al
contrario, como era hábil en el arte de reir--una risa joven, sana,
sin malicia, sin maldad--los mostraba a cada rato. Su temperamento
y sus ideas se oponían con singular evidencia a los de Elsa. En
Isabel dominaba el espíritu tradicional, la antigua familia de remota
alcurnia española, el cristianismo, mientras Elsa procedía de las
nuevas familias, del espíritu moderno, pagano y cosmopolita, de la
actual Buenos Aires. Al contrario de Elsa, Isabel era toda ilusiones
y entusiasmo. Discutía con exaltación, apasionadamente. No sospechaba
el verdadero espíritu de Elsa, y cuando oía hablar de ella reía, un
poco asustada y un poco avergonzada. Juzgaba al mundo muchísimo mejor
de lo que era. En su trato con los hombres, sólo se interesaba por
los solteros. Pero la idea de casarse ella, le aterraba, la hacía
enrojecer. No sospechaba las injusticias del mundo. En todo caso,
creía que los pobres debían resignarse. Tenía un respeto supersticioso
por los sacerdotes, cuyas palabras, de cualquier tema que se tratase,
eran el Evangelio para ella; y los imaginaba perfectos, santos,
absolutamente puros.
La conversación entre Monsalvat y las dos muchachas había sido
insignificante. Elsa pretendía hacerla entre ambos más íntima, según
acostumbraba con todos sus interlocutores. Pero él huía. Más bien
hubiera hablado con Isabel. Pero, ¿comprendería Isabel sus inquietudes,
ella que, educada en un medio dogmático, jamás debió dudar de nada?
Desentendido casi en absoluto de sus vecinas, hablando con ellas poco
menos que maquinalmente, atendió a algo que decía una joven dama,
sentada frente a él. Era una gordita bastante graciosa y letrada,
charlatana, criticona. Hablando de teatros, dijo:
--¡Ah, pero al Odeón no se puede ir! No se puede ir sino a las noches
blancas. No es que a mí me guste tanta blancura. ¡Qué esperanza! Pero
es un horror las piezas que dan esos franceses... No se ve en el
escenario sino gente mal... Es una ofensa la que hacen a los abonados,
obligarlos a oir dramas entre obreros, atorrantes, ladrones, ¡toda la
chusma, en fin! Yo no sé para qué dan esas piezas...
Isabel, como casi todas las personas que oyeron, aprobó. Elsa miró a
Monsalvat de reojo y le sonrió. Monsalvat había sentido una fulminante
indignación contra aquella joven dama que mezclaba a los ladrones y a
los obreros y que no quería saber nada de las miserias humanas. Tuvo en
los labios una frase, pero pensó caer en ridículo y se la guardó.
--Dígale lo que piensa. Debe decírselo--dijo Elsa.
Entonces Monsalvat, sintiendo que tenía el deber de hablar, adelantó el
busto hacia adelante y contestó a la gordita:
--Señora... esas piezas se dan para ustedes. Es la única forma de que
ustedes, las señoras elegantes y distinguidas, adquieran alguna noticia
de los grandes sufrimientos humanos.
--¿Y a qué fin oir miserias?--exclamó la cristiana Isabel.--Una va al
teatro a divertirse...
--Si el teatro y el libro no las enterasen...--empezó Monsalvat,
pero varias voces le cortaron la palabra, entre otras la del médico
Ercasty, quien refunfuñaba y cambiaba signos de inteligencia con otros,
indicando a Monsalvat mediante rápidas miradas.
La voz de la gordita predominó.
--¿Y para qué quiere que nos enteremos, Monsalvat? Yo no necesito
enterarme. Que cada cual se arregle como pueda. Cuando yo tengo mis
pesares, y creo que todos los tenemos alguna vez, no voy a contárselos
a nadie; de modo que tampoco es justo que me obliguen a mí a sufrir
con las penas de los otros. Además, no se trata de penas morales, sino
de odios, crímenes, insultos a la sociedad. Si hay gentes que tienen
hambre, que trabajen; pero yo no quiero ir al teatro para enterarme de
cosas que no me interesan y no puedo remediar. Menos quiero ir para
que me echen la culpa. El otro día he visto una pieza imposible: _La
fille Elisa_. Pocas veces he estado más disgustada. ¿Qué tenemos que
ver nosotras con esas mujeres? No, no, Monsalvat. Usted defiende malas
ideas.
Ercasty tendió la mano a la gordita y la felicitó. Luego pretendió
burlarse de Monsalvat, diciendo que le habían hundido. Ercasty era
médico, pero nunca ejerció su profesión. Ocupaba un alto cargo
administrativo. Tenía cuarenta años, un vientre bastante pronunciado e
ideas ultrarreaccionarias. Muy inteligente, solía manejar ciertas armas
poco comunes en la sociedad argentina, como la paradoja, la ironía,
el sarcasmo. Pero siempre que no le tocasen a él. Cuando le herían
se exasperaba violentamente. No transigía con la democracia, con el
liberalismo ni menos con el espíritu individualista. Tenía el culto de
la Sociedad. Vivía según las ideas de la sociedad, los sentimientos
de la sociedad. Una opinión contraria a los hábitos sociales, a las
ideas sancionadas, le parecía un delito. Fué muy amigo de Monsalvat,
hacía años, cuando Monsalvat, en aquellos artículos de _La Patria_,
que la sociedad aplaudía, justificaba con talento y erudición las
iniquidades que suelen justificar los diarios, las gentes distinguidas,
los escritores exquisitos y esos buenos católicos que interpretan las
doctrinas de Jesús a la medida de su satánico egoísmo. Ahora Ercasty
odiaba a su antiguo amigo.
--No se convierta en abogado de esa gente, Monsalvat, ¡por
Dios!--exclamó la gordita.
--¿De qué gente?
--Pero de la chusma, de la gente mal, del pueblo, como dicen ustedes...
--¡Del pueblo soberano!--agregó Ercasty con desprecio.
--No los defienda--continuó la dama.--Ya ve lo que quisieron hacer en
Mayo. Vienen al país una infinidad de extranjeros distinguidos, de
embajadores, de señoras, hasta personas de la alta nobleza europea. ¿Y
qué se les ocurre a esa gente? Vengarse de su haraganería, perjudicar a
su patria, haciendo fracasar las fiestas. Una infamia, no me diga. ¿Qué
hubieran dicho esos extranjeros ilustres? ¡Y aprovecharse de un momento
como ése para conseguir ventajas! No tiene nombre, Monsalvat, no tiene
nombre.
--A todos los gringos huelguistas y perturbadores,--dijo el médico,
bufando de enojo,--y a los malos argentinos que los seguían, yo, de ser
gobierno, los hubiera fusilado en la Plaza de Mayo. Hubiera sido un
espectáculo interesante.
Monsalvat ya no podía continuar escuchando. Una violenta indignación
comenzaba a hacer temblar todo su ser. Él, habitualmente sereno,
tranquilo, sin odios para nadie, hubiera acogotado a aquel miserable
que hablaba de fusilar en masa al pueblo. Ahora ya no dudaba de
que todas aquellas gentes eran sus enemigos. Veía en ellos a los
representantes de sus viejas ideas, de esas ideas que ahora execraba.
Leía en sus rostros la satisfacción insolente de vivir, la afirmación
del egoísmo más inhumano, el espíritu de iniquidad; la hipocresía, el
orgullo, la carencia de simpatía humana. Para Monsalvat no había en
aquellas vidas sino mentira. Esos hombres y esas mujeres no tenían
una existencia propia: vivían para los demás, pensando en los demás,
con la moral, el criterio, la estética, todas las ideas de los demás.
Eran mentira sus opiniones, mentira sus sentimientos, mentira sus
gustos, mentira su amor y su odio. Habían tomado la vida como una
gigantesca farsa. Ninguno pensó jamás en vivir sinceramente, en buscar
un significado a la existencia. Con su filosofía acomodaticia, con
su economía política infame, con su caridad hipócrita, ellos,--es
decir, la sociedad, los bienhallados, las clases dirigentes,--eran los
culpables de que tantos desgraciados padeciesen hambre, los culpables
de la vida de Nacha, los culpables de todos los dolores que amontonaba
sobre el mundo la Injusticia Social. ¿Cómo era posible que hubiese
necesitado llegar a los cuarenta años para comprender todo esto? ¿Cómo
era posible que durante una hora que llevaba sentado allí, hubiese
olvidado sus sentimientos de la tarde? No se arrepentía de haber
asistido a aquella comida, pues ahora ya no dudaría nunca de cuál era
su lugar. Él tenía que estar frente al orgullo, frente a la mentira,
frente a la maldad. Todos aquellos compañeros de mesa eran instrumentos
de la Injusticia Social y había que terminar con sus privilegios, con
sus ideas, con sus sentimientos. Había que imponer a la fuerza, aunque
fuese a sangre y fuego, el mutuo amor de los hombres. Había que enseñar
a esos hombres que se dicen cristianos cómo debemos amarnos los unos a
los otros. Y mientras los observaba y los oía, decíase, recordando las
palabras que le salieran del alma en su diálogo con Torres, que era
necesario destruir, destruirlo todo, de arriba a abajo, para edificar
un mundo nuevo.
¿Y sus dos vecinitas? Aquellas criaturas resultaban para él dos
instrumentos del mal, dos monstruos de egoísmo, dos almas vacías, dos
seres sin corazón. Una, el egoísmo del placer; otra, el egoísmo de una
casta. Monsalvat veía que no pensaban sino en ellas: en sus fiestas y
en sus vestidos, en sus lecturas y en sus cortejantes, en sus vicios o
en sus prácticas religiosas y sociales. Para ellas el mundo estaba bien
como estaba, y todo podía continuar del mismo modo hasta la consumación
de los siglos. Ninguna aspiración fuerte y espontánea al bien de los
demás, ningún acto para remediar los sufrimientos de los que allá abajo
se retuercen en la angustia. Personitas de biscuit, nacidas para
adornar la sociedad en que viven, no querían conocer sino el buen lado
de la vida. Alguna vez, en el teatro o en un libro, tuvieron noticia
de la cruel tragedia de los ínfimos; pero se apartaron con desagrado,
porque aquello no era para sus almas frágiles y aristocráticas.
Monsalvat asombrábase de cuánta ignorada y cuánta inconsciente maldad
significaba esa actitud ante la vida de los otros, y pensaba en el
clamor que va ascendiendo y ascendiendo y llenando colosalmente el
ámbito de las ciudades y que un día, tal vez muy próximo, estallará en
venganzas formidables.
Pero al mismo tiempo, Monsalvat pensaba si todas sus opiniones
y sentimientos no serían obra de su condición de hijo natural.
Seguramente que sus enemigos lo creerían así. Dirían que él era un
amargado a causa de su bastardía, un vengativo que culpaba del gran
pecado de su madre a los demás y a la sociedad. ¿Y sería así, en
efecto? No, no. Había una justicia por encima de todas las razones
humanas, y esa justicia, independiente de los agravios personales
y de los propósitos de venganza, condenaba la Iniquidad y había
decretado--¡no podía ser de otra manera!--si bien para un día lejano,
el fin de todo aquello que él odiaba.
Por fin, cuando ya no pudo soportar más lo que oía, cuando ya no pudo
detener más aquello que quemaba en su interior y que salía en llamas
a los ojos, habló. Produjo asombro. Ruiz de Castro, que le sabía
tímido, enemigo de atraer la atención, le miraba estupefacto. El
médico estallaba en pequeños movimientos de indignación, y pretendía
interrumpirle. Isabel parecía encontrar razón a Monsalvat, pero
dominaba sus impresiones, no sabiendo si aquello que oía sería contra
la religión. Elsa gozaba como de un pecado exquisito, gozaba de aquella
emoción nueva, y contemplaba sonriente y voluptuosamente ingenua a
Monsalvat.
¿De qué hablaba Monsalvat? De la horrible desigualdad social. De que
unos tengan millones mientras otros no tengan para comprar pan. De que
unos vivan en palacios colosales, con parques magníficos, mientras
allá en el inmundo, en el oscuro, en el frío cuarto del conventillo se
amontonan en promiscuidad monstruosa diez seres humanos. De que a unos
les sobre de todo: bienes, comodidades, placeres, cultura, educación;
y que ese sobrante no sea para nadie, que no vaya a los que carecen de
todo. De que unas mujeres posean docenas de trajes y collares de diez
mil pesos y todo el lujo y todo lo innecesario, mientras otras pobres
mujeres deben vender su cuerpo, entregarse al que pasa, perder su vida,
su salud y su alma, para poder vestirse y comer.
--¿Y por qué no trabajan?--interrumpió colérica la gordita, que había
escuchado espantada a Monsalvat.