Llamaron a la puerta. Nacha se estremeció, sobresaltada. Se arregló

rápidamente para ocultar su llanto y se dirigió a la puerta de la

habitación. Era la sirvienta, que traía una carta de Arnedo. Aterrada,

no se animaba a abrirla. Se la entregó a Monsalvat, quien la leyó.

Arnedo comunicaba que aquella noche iría a comer con cuatro amigos.

Nacha tomó el papel y se quedó inmóvil, muda, mirando a lo lejos.

Monsalvat le habló, pero ella permanecía en silencio, con el ceño

arrugado, sin mirarle. Una expresión trágica parecía esculpida en su

rostro. Temblaba toda entera, ligeramente. De pronto, llevándose las

manos a la cabeza, exclamó:

--¡No, no, no! ¡No puede ser! ¡Es una locura! Váyase, váyase

ahora mismo. No quiero verlo nunca más. He estado loca. ¡Váyase

inmediatamente!

Monsalvat la miraba estupefacto, sin saber qué pensar de aquella

actitud. Creyó que perdía para siempre a Nacha. Intentó hablar,

explicar. Pero era inútil. Ella le señalaba la puerta, implacable,

resuelta, con una energía desconocida. Monsalvat tuvo que salir. Y

se fué con el corazón destrozado y con la certeza de que una gran

catástrofe había caído sobre su vida. Nacha ni siquiera le dijo adiós.

Las dos líneas de Arnedo habían bastado para que Nacha volviese a la

realidad, es decir, a lo que ella creía la realidad. Lo que imaginaba

una locura, una cosa imposible, era la realidad verdadera. La otra, la

que ella vivía, era una realidad fugaz e inconsistente.

En un esfuerzo enérgico abandonó sus lágrimas y sus recuerdos. Se

sintió otra vez la Nacha de antes, Lila, la bailarina de tangos y la

mala mujer de la vida. Desechó por un instante hasta la memoria de Riga.

Pero luego, hacia las cinco, su corazón pudo más que su voluntad.

Repentinamente, con desesperación, como con temor de volverse atrás,

se puso en un segundo el sombrero, bajó a la calle, se fué en un

automóvil al cementerio.

Llegó en el momento de los discursos. Se situó lejos del lugar,

disimulando para no ser notada. Vió con infinita tristeza que apenas

veinte personas habían ido a despedir al poeta. Cuando todos partieron,

se acercó al nicho donde fuera colocado el cadáver de su amigo. Con el

pañuelo en los ojos permaneció allí largo rato. En su inmovilidad, su

humilde traje negro, su llanto silencioso, su actitud de sufrimiento,

parecía una imagen del Dolor. La tarde estaba oscura. Lloviznaba

y hacía frío. Cuando arreció la lluvia, Nacha se apartó de allí

lentamente y volvió a su casa.

VI

Monsalvat no se explicaba cómo, después de los acontecimientos de la

noche anterior y de aquella tarde, podía encontrarse en el palacete de

Ruiz de Castro, comiendo en compañía de personas mundanas. Parecíale

que se traicionaba a sí mismo, que no era fiel a su transformación

espiritual. ¡Y qué abismo entre la vida dolorosa de Nacha y la vida

feliz de las lindas mujeres que le rodeaban! ¡Y qué abismo entre su

diálogo atormentado, trágico, sufriente con la pobre muchacha y las

conversaciones, elegantes y risueñas, que burbujeaban en aquella mesa

aristocrática!

Era curioso que el contacto con la realidad le hubiese hecho olvidar

sus sensaciones pasadas. Sólo tenía en este instante una vaga idea de

cuanto sufriera y de cuanto le aconteciera. Pensaba haber vivido horas

de exaltación, tal vez de alucinante delirio. Pensaba haber vivido

horas de obsesión, dominado por un poder extraño, sin advertir la

existencia de las cosas que le circundaban, ajeno en absoluto a lo que

no fuesen sus preocupaciones.

Había salido de la casa de Nacha en un estado que no podía definir, y

en el que se mezclaban la excitación, la desesperación, el sufrimiento,

la lástima de Nacha y de sí mismo, y el fastidio contra sí mismo.

Anduvo vagando por las calles hasta que, un poco tranquilizado, acudió

al Ministerio para informarse del empleo que le ofrecieron y buscar

distracción. Allí encontró a Ruiz de Castro, que le invitara hacía días

para una comida en su casa y que le exigió su presencia. No se negó.

¿Por qué negarse? ¿Iba acaso a abandonar la sociedad para siempre? Y

ahora estaba allí, rodeado de mujeres elegantes y de hombres de mundo.

Ruiz de Castro, ex-condiscípulo de Monsalvat, era un hombre

extremadamente amable. Su ocupación principal consistía en hacerse

simpático a todos: viejos y niños, hombres y mujeres. Tenía un aire a

la vez donjuanesco y algo afeminado, unos grandes y bellos bigotes,

un cuerpo erguido. Llevaba altos cuellos, las más ricas corbatas,

anillos magníficos. Jamás se le vió con un traje que no pareciese

recién llegado de la sastrería, y no dejaba los guantes ni en los más

terribles días del verano. Dueño de una pequeña fortuna, se había

casado con una viuda millonaria, y daba comidas y pequeñas reuniones,

donde congregaba a personas de la más alta sociedad. Abogado, famoso

_causeur_, muy inteligente. Leía mucho, entendía en cosas de arte

y considerábase muy por encima de su medio. Sus invitados eran

todos hombres de positiva cultura: médicos y abogados prestigiosos,

profesores universitarios, políticos de talento, algún literato.

Ellos y sus mujeres, _amateurs_ en arte, gustaban hablar de cuadros

y esculturas, de música y de versos. Naturalmente, lo argentino para

nada se tomaba en cuenta. Aquella noche se discutió sobre Zuloaga,

cuyas obras de la Exposición Universal apasionaban a los artistas y a

los diletantes; sobre Rodín; sobre la música de Debussy y de Strauss.

Las mujeres parecían tener mayor conocimiento y sensibilidad que los

hombres. De las diez que allí había, todas elegantes, todas bellas,

todas inteligentes--¡eran argentinas!--una escribía con real talento,

si bien no publicaba; otra conocía el arte y la literatura de Francia

mejor que la mayoría absoluta de los escritores argentinos; y otra,

una muchacha, vecina de Monsalvat, había hecho estudios filosóficos,

siguiendo en París los cursos de Bergson.

Monsalvat juzgábase un extraño en este ambiente. A algunas de las

jóvenes damas no las conoció hasta entonces, si bien tenía relación

con los maridos. Su presencia allí era debida al cariño que sentía por

él Ruiz de Castro. Su amigo que, como buen argentino, y sobre todo

como buen porteño, admiraba ingenuamente el éxito, se habituó desde

la Facultad a considerar como un ser excepcional a aquel muchacho que

obtenía la más alta clasificación en sus exámenes, que daba en clase

eruditas conferencias y que iba a merecer la medalla de oro. Ruiz de

Castro, además, veía en su amigo el prototipo de la distinción. Le

encantaban los modos absolutamente naturales y sencillos de Monsalvat,

su accionar sobrio y elegante, y aquél su deseo de no llamar la

atención, ni por el vestir ni por el hablar, cosa que no era en él

buscada y que le preocupase en todo momento, sino algo espontáneo y

oportuno. Ruiz de Castro fué quien más contribuyó a vincularle en

la sociedad. Le obligó a entrar en el Jockey; y le hacía invitar a

bailes, seguro de que Monsalvat no haría jamás un mal papel y deseoso

de que la sociedad reconociese el valor espiritual y personal de su

amigo. Pero Monsalvat amaba demasiado la modestia y tenía un temor

del ridículo que llegaba a lo enfermizo. En el horror de "estar mal"

o de llamar la atención, callaba sus opiniones, por interesantes que

fuesen. Reservado y desconfiado de sí y de los demás, nunca dejaba ver

el fondo de su alma. No fué, pues, conocido y apreciado sino de algunos

íntimos y de las mujeres que le quisieron. Para éstos era un espíritu

profundo, noble, generoso; un ser sin ambiciones, modesto y sencillo;

un hombre de vida interior y de muy fuerte cultura. Para los demás, era

un individuo gris, monótono, poco interesante.

Los temas de la conversación separaban a Monsalvat de sus compañeros

de mesa. Jamás le atrajo el arte, y de literatura conocía muy poco.

Había leído enormemente; pero novelas, versos, crítica, sólo por

rara excepción. Así es que cuando aquellas mujercitas se extasiaban

ditirámbicamente hablando de Chabas o de Loti, él se sentía fuera de

lugar y hasta se avergonzaba en su interior.

Monsalvat no pensaba ni quería pensar en nada de lo que le apasionó

durante la tarde y la noche antes. La actitud de Nacha, arrojándole de

la casa, le había humillado y le había hecho desear la normalidad. Se

creía un estúpido, y veía que era inútil pretender regenerar a esas

mujeres. Tampoco se acordaba de su hermana ni del Pampa Arnedo, ni de

su conversación con Torres. Parecíale que el frac contribuía a hacerle

olvidar todo eso y que le revestía de egoísmo y de superficialidad.

En su condición de soltero, uno de los dos únicos en aquella reunión

de jóvenes matrimonios, Monsalvat había sido colocado entre las dos

únicas "niñas", como se llama absurdamente aquí a las muchachas. La

de su derecha, Elsa, era una criatura deliciosa, rubia, virginal, de

una frescura adorable. Sus hombros un tanto angélicos dábanle cierto

aire ingenuo, de pintura boticceliana, que no estaba de acuerdo con

las rosas ardientes de sus mejillas y sus labios. Pero, al revés de

las pinturas primitivas, no había en sus líneas nada de anguloso

ni de rígido. Las curvas de su cuerpo, la caída de sus hombros, el

corte de su cara, la forma de su nariz y de su boca, eran de líneas

suaves, tendiendo a la redondez. Al hablar hacíalo con una candidez

encantadora. Monsalvat la conoció en París, hacía cinco años. Allí pasó

ella largo tiempo y allí se educó. Poco antes de llegar a Buenos Aires

había seguido los cursos filosóficos de Bergson. Tenía un singular

conocimiento de autores y de libros. Monsalvat, en París, había vivido

en el mismo hotel que ella, y una vez que entró en su departamento vió

con asombro que la virgen boticceliana leía el _Satiricón_ de Petronio,

las novelas de Willy y otros libros igualmente cándidos. Tenía

veinticinco años de edad y varios centenares de adoradores. Gustaba

enamorar a los hombres. Sus grandes y trasparentes ojos azules, de una

belleza extraña, miraban de tal modo que no había un sólo hombre capaz

de resistir a su encanto. Les sonreía maliciosamente, les alababa su

talento o su distinción y aun su belleza. Escuchaba, sin turbarse ni

alterarse, las mayores enormidades, que ella solía provocar. Nunca se

comprometía excesivamente de palabra, pues todo cobraba en sus labios

un tono candoroso. Se la criticaba mucho. Elsa se azoraba discretamente

cuando una crítica llegaba hasta ella, y sonreía para mostrar la poca

importancia que concedía a esas cosas. No tenía ilusiones respecto al

amor y al matrimonio. Como no sentía el amor, no creía en él. Y el

matrimonio le interesaba poco. ¿Qué idea podía tener del matrimonio,

ella que veía a todos los maridos, aun los que pasaban por ejemplares,

hacerle el amor apenas los provocaba y hasta perder la cabeza y cometer

tonterías? Juzgaba el mundo peor de lo que era, al través de las

novelas francesas y de las cosas que le contaban algunos amigos, por

el placer enfermizo de decírselas a una mujer. Veía en todas partes

el instinto, la perversión. Era que ella no había inspirado nunca un

sentimiento verdadero y noble, y no lo advertía a su alrededor. Y en

cuanto a sus amigas, interesábase tan poco por ellas que jamás les

preguntaba sus intimidades sentimentales. Despreciaba en el fondo a las

mujeres, y las encontraba infelices cuando hablaban del amor de sus

novios o de sus maridos. Ella sabía a qué atenerse, al respecto. En

más de una ocasión, después de oir alabar a alguna la fidelidad de su

marido, ella buscó hablar aparte con el modelo de fidelidad, y en menos

de media hora, previas algunas miradas, Elsa lograba que él le pidiese

una cita o por lo menos que quisiera tomarle una mano. Monsalvat había

tenido con ella diálogos audaces. Pero ahora, en plena crisis de su

conciencia, en pleno despertar de su alma, no hubiera podido, no

hubiera materialmente podido, renovar aquellas conversaciones.

La vecina de la izquierda, Isabel, tenía una inteligencia vivaz y

carecía de encantos físicos. Aquella noche, sin embargo, estaba

realmente agradable. Sabía sacar partido de sus pequeñas ventajas,

sobre todo de sus ojos: ágiles, simpáticos, confiados, interrogantes

y siempre prontos al azoramiento. Su cara era demasiado larga, su

boca demasiado grande. Tenía dientes feos, pero no los ocultaba. Al

contrario, como era hábil en el arte de reir--una risa joven, sana,

sin malicia, sin maldad--los mostraba a cada rato. Su temperamento

y sus ideas se oponían con singular evidencia a los de Elsa. En

Isabel dominaba el espíritu tradicional, la antigua familia de remota

alcurnia española, el cristianismo, mientras Elsa procedía de las

nuevas familias, del espíritu moderno, pagano y cosmopolita, de la

actual Buenos Aires. Al contrario de Elsa, Isabel era toda ilusiones

y entusiasmo. Discutía con exaltación, apasionadamente. No sospechaba

el verdadero espíritu de Elsa, y cuando oía hablar de ella reía, un

poco asustada y un poco avergonzada. Juzgaba al mundo muchísimo mejor

de lo que era. En su trato con los hombres, sólo se interesaba por

los solteros. Pero la idea de casarse ella, le aterraba, la hacía

enrojecer. No sospechaba las injusticias del mundo. En todo caso,

creía que los pobres debían resignarse. Tenía un respeto supersticioso

por los sacerdotes, cuyas palabras, de cualquier tema que se tratase,

eran el Evangelio para ella; y los imaginaba perfectos, santos,

absolutamente puros.

La conversación entre Monsalvat y las dos muchachas había sido

insignificante. Elsa pretendía hacerla entre ambos más íntima, según

acostumbraba con todos sus interlocutores. Pero él huía. Más bien

hubiera hablado con Isabel. Pero, ¿comprendería Isabel sus inquietudes,

ella que, educada en un medio dogmático, jamás debió dudar de nada?

Desentendido casi en absoluto de sus vecinas, hablando con ellas poco

menos que maquinalmente, atendió a algo que decía una joven dama,

sentada frente a él. Era una gordita bastante graciosa y letrada,

charlatana, criticona. Hablando de teatros, dijo:

--¡Ah, pero al Odeón no se puede ir! No se puede ir sino a las noches

blancas. No es que a mí me guste tanta blancura. ¡Qué esperanza! Pero

es un horror las piezas que dan esos franceses... No se ve en el

escenario sino gente mal... Es una ofensa la que hacen a los abonados,

obligarlos a oir dramas entre obreros, atorrantes, ladrones, ¡toda la

chusma, en fin! Yo no sé para qué dan esas piezas...

Isabel, como casi todas las personas que oyeron, aprobó. Elsa miró a

Monsalvat de reojo y le sonrió. Monsalvat había sentido una fulminante

indignación contra aquella joven dama que mezclaba a los ladrones y a

los obreros y que no quería saber nada de las miserias humanas. Tuvo en

los labios una frase, pero pensó caer en ridículo y se la guardó.

--Dígale lo que piensa. Debe decírselo--dijo Elsa.

Entonces Monsalvat, sintiendo que tenía el deber de hablar, adelantó el

busto hacia adelante y contestó a la gordita:

--Señora... esas piezas se dan para ustedes. Es la única forma de que

ustedes, las señoras elegantes y distinguidas, adquieran alguna noticia

de los grandes sufrimientos humanos.

--¿Y a qué fin oir miserias?--exclamó la cristiana Isabel.--Una va al

teatro a divertirse...

--Si el teatro y el libro no las enterasen...--empezó Monsalvat,

pero varias voces le cortaron la palabra, entre otras la del médico

Ercasty, quien refunfuñaba y cambiaba signos de inteligencia con otros,

indicando a Monsalvat mediante rápidas miradas.

La voz de la gordita predominó.

--¿Y para qué quiere que nos enteremos, Monsalvat? Yo no necesito

enterarme. Que cada cual se arregle como pueda. Cuando yo tengo mis

pesares, y creo que todos los tenemos alguna vez, no voy a contárselos

a nadie; de modo que tampoco es justo que me obliguen a mí a sufrir

con las penas de los otros. Además, no se trata de penas morales, sino

de odios, crímenes, insultos a la sociedad. Si hay gentes que tienen

hambre, que trabajen; pero yo no quiero ir al teatro para enterarme de

cosas que no me interesan y no puedo remediar. Menos quiero ir para

que me echen la culpa. El otro día he visto una pieza imposible: _La

fille Elisa_. Pocas veces he estado más disgustada. ¿Qué tenemos que

ver nosotras con esas mujeres? No, no, Monsalvat. Usted defiende malas

ideas.

Ercasty tendió la mano a la gordita y la felicitó. Luego pretendió

burlarse de Monsalvat, diciendo que le habían hundido. Ercasty era

médico, pero nunca ejerció su profesión. Ocupaba un alto cargo

administrativo. Tenía cuarenta años, un vientre bastante pronunciado e

ideas ultrarreaccionarias. Muy inteligente, solía manejar ciertas armas

poco comunes en la sociedad argentina, como la paradoja, la ironía,

el sarcasmo. Pero siempre que no le tocasen a él. Cuando le herían

se exasperaba violentamente. No transigía con la democracia, con el

liberalismo ni menos con el espíritu individualista. Tenía el culto de

la Sociedad. Vivía según las ideas de la sociedad, los sentimientos

de la sociedad. Una opinión contraria a los hábitos sociales, a las

ideas sancionadas, le parecía un delito. Fué muy amigo de Monsalvat,

hacía años, cuando Monsalvat, en aquellos artículos de _La Patria_,

que la sociedad aplaudía, justificaba con talento y erudición las

iniquidades que suelen justificar los diarios, las gentes distinguidas,

los escritores exquisitos y esos buenos católicos que interpretan las

doctrinas de Jesús a la medida de su satánico egoísmo. Ahora Ercasty

odiaba a su antiguo amigo.

--No se convierta en abogado de esa gente, Monsalvat, ¡por

Dios!--exclamó la gordita.

--¿De qué gente?

--Pero de la chusma, de la gente mal, del pueblo, como dicen ustedes...

--¡Del pueblo soberano!--agregó Ercasty con desprecio.

--No los defienda--continuó la dama.--Ya ve lo que quisieron hacer en

Mayo. Vienen al país una infinidad de extranjeros distinguidos, de

embajadores, de señoras, hasta personas de la alta nobleza europea. ¿Y

qué se les ocurre a esa gente? Vengarse de su haraganería, perjudicar a

su patria, haciendo fracasar las fiestas. Una infamia, no me diga. ¿Qué

hubieran dicho esos extranjeros ilustres? ¡Y aprovecharse de un momento

como ése para conseguir ventajas! No tiene nombre, Monsalvat, no tiene

nombre.

--A todos los gringos huelguistas y perturbadores,--dijo el médico,

bufando de enojo,--y a los malos argentinos que los seguían, yo, de ser

gobierno, los hubiera fusilado en la Plaza de Mayo. Hubiera sido un

espectáculo interesante.

Monsalvat ya no podía continuar escuchando. Una violenta indignación

comenzaba a hacer temblar todo su ser. Él, habitualmente sereno,

tranquilo, sin odios para nadie, hubiera acogotado a aquel miserable

que hablaba de fusilar en masa al pueblo. Ahora ya no dudaba de

que todas aquellas gentes eran sus enemigos. Veía en ellos a los

representantes de sus viejas ideas, de esas ideas que ahora execraba.

Leía en sus rostros la satisfacción insolente de vivir, la afirmación

del egoísmo más inhumano, el espíritu de iniquidad; la hipocresía, el

orgullo, la carencia de simpatía humana. Para Monsalvat no había en

aquellas vidas sino mentira. Esos hombres y esas mujeres no tenían

una existencia propia: vivían para los demás, pensando en los demás,

con la moral, el criterio, la estética, todas las ideas de los demás.

Eran mentira sus opiniones, mentira sus sentimientos, mentira sus

gustos, mentira su amor y su odio. Habían tomado la vida como una

gigantesca farsa. Ninguno pensó jamás en vivir sinceramente, en buscar

un significado a la existencia. Con su filosofía acomodaticia, con

su economía política infame, con su caridad hipócrita, ellos,--es

decir, la sociedad, los bienhallados, las clases dirigentes,--eran los

culpables de que tantos desgraciados padeciesen hambre, los culpables

de la vida de Nacha, los culpables de todos los dolores que amontonaba

sobre el mundo la Injusticia Social. ¿Cómo era posible que hubiese

necesitado llegar a los cuarenta años para comprender todo esto? ¿Cómo

era posible que durante una hora que llevaba sentado allí, hubiese

olvidado sus sentimientos de la tarde? No se arrepentía de haber

asistido a aquella comida, pues ahora ya no dudaría nunca de cuál era

su lugar. Él tenía que estar frente al orgullo, frente a la mentira,

frente a la maldad. Todos aquellos compañeros de mesa eran instrumentos

de la Injusticia Social y había que terminar con sus privilegios, con

sus ideas, con sus sentimientos. Había que imponer a la fuerza, aunque

fuese a sangre y fuego, el mutuo amor de los hombres. Había que enseñar

a esos hombres que se dicen cristianos cómo debemos amarnos los unos a

los otros. Y mientras los observaba y los oía, decíase, recordando las

palabras que le salieran del alma en su diálogo con Torres, que era

necesario destruir, destruirlo todo, de arriba a abajo, para edificar

un mundo nuevo.

¿Y sus dos vecinitas? Aquellas criaturas resultaban para él dos

instrumentos del mal, dos monstruos de egoísmo, dos almas vacías, dos

seres sin corazón. Una, el egoísmo del placer; otra, el egoísmo de una

casta. Monsalvat veía que no pensaban sino en ellas: en sus fiestas y

en sus vestidos, en sus lecturas y en sus cortejantes, en sus vicios o

en sus prácticas religiosas y sociales. Para ellas el mundo estaba bien

como estaba, y todo podía continuar del mismo modo hasta la consumación

de los siglos. Ninguna aspiración fuerte y espontánea al bien de los

demás, ningún acto para remediar los sufrimientos de los que allá abajo

se retuercen en la angustia. Personitas de biscuit, nacidas para

adornar la sociedad en que viven, no querían conocer sino el buen lado

de la vida. Alguna vez, en el teatro o en un libro, tuvieron noticia

de la cruel tragedia de los ínfimos; pero se apartaron con desagrado,

porque aquello no era para sus almas frágiles y aristocráticas.

Monsalvat asombrábase de cuánta ignorada y cuánta inconsciente maldad

significaba esa actitud ante la vida de los otros, y pensaba en el

clamor que va ascendiendo y ascendiendo y llenando colosalmente el

ámbito de las ciudades y que un día, tal vez muy próximo, estallará en

venganzas formidables.

Pero al mismo tiempo, Monsalvat pensaba si todas sus opiniones

y sentimientos no serían obra de su condición de hijo natural.

Seguramente que sus enemigos lo creerían así. Dirían que él era un

amargado a causa de su bastardía, un vengativo que culpaba del gran

pecado de su madre a los demás y a la sociedad. ¿Y sería así, en

efecto? No, no. Había una justicia por encima de todas las razones

humanas, y esa justicia, independiente de los agravios personales

y de los propósitos de venganza, condenaba la Iniquidad y había

decretado--¡no podía ser de otra manera!--si bien para un día lejano,

el fin de todo aquello que él odiaba.

Por fin, cuando ya no pudo soportar más lo que oía, cuando ya no pudo

detener más aquello que quemaba en su interior y que salía en llamas

a los ojos, habló. Produjo asombro. Ruiz de Castro, que le sabía

tímido, enemigo de atraer la atención, le miraba estupefacto. El

médico estallaba en pequeños movimientos de indignación, y pretendía

interrumpirle. Isabel parecía encontrar razón a Monsalvat, pero

dominaba sus impresiones, no sabiendo si aquello que oía sería contra

la religión. Elsa gozaba como de un pecado exquisito, gozaba de aquella

emoción nueva, y contemplaba sonriente y voluptuosamente ingenua a

Monsalvat.

¿De qué hablaba Monsalvat? De la horrible desigualdad social. De que

unos tengan millones mientras otros no tengan para comprar pan. De que

unos vivan en palacios colosales, con parques magníficos, mientras

allá en el inmundo, en el oscuro, en el frío cuarto del conventillo se

amontonan en promiscuidad monstruosa diez seres humanos. De que a unos

les sobre de todo: bienes, comodidades, placeres, cultura, educación;

y que ese sobrante no sea para nadie, que no vaya a los que carecen de

todo. De que unas mujeres posean docenas de trajes y collares de diez

mil pesos y todo el lujo y todo lo innecesario, mientras otras pobres

mujeres deben vender su cuerpo, entregarse al que pasa, perder su vida,

su salud y su alma, para poder vestirse y comer.

--¿Y por qué no trabajan?--interrumpió colérica la gordita, que había

escuchado espantada a Monsalvat.

Nacha Regules: Novela · 第 4 / 19 段