agujereantes de Arnedo. Quedó cohibida. No sabía adónde mirar. El
Pampa la observaba con una dura sonrisita perversa, complaciéndose en
turbarla y afligirla. De pie, apoyando su espalda en una mesa, Arnedo
tenía ambas manos en los bolsillos del pantalón y la galerita sobre la
nuca.
--Quiero saber ahora mismo qué te pasaba anoche.
--Nada, estaba enferma, te lo dije...--habló ella sentándose.
El Pampa, como si no hubiera oído, se puso a silbar un tango. Nacha,
muerta de miedo, apenas podía hablar.
--Enferma, ¿eh?
Los ojos del sujeto se clavaron sarcásticamente en los de la muchacha.
Hubo un silencio que a ella le pareció inacabable. Oía el sonar de unas
llaves que el Pampa agitaba con la mano dentro de un bolsillo. El Pampa
fingía sonreír, cuando de pronto, en un impulso de exasperación, casi
gritando y acompañando su exclamación de palabrotas, exclamó:
--¡Enferma! ¿Te pensás que me vas a engañar, sarnosa?
Nacha, asustada, se retiraba hacia el sofá. Le temblaban las piernas y
las manos. Tartamudeando, medio llorosa, le pidió que no gritara así,
que ella no había querido ofenderlo.
--¡He de gritar, desgraciada! Ya te he dicho que no permitiré que
tengas amores con nadie. Tenías anoche esa cara de idiota porque te
gusta alguno, quién sabe si el sarnoso que salió a defenderte. Y no he
de tolerar que me pongás en ridículo. ¿Me has oído? Yo no mantengo una
mujer para que vaya a lloriquear, a los cabarets y a hacer papelones.
--Estaba enferma, te digo.
--¡Mentira, he dicho! Si volvés a repetir ese pretexto, te rompo el
alma.
--Perdonáme, Pampa... No grités así...
Arnedo empezó a pasearse por el cuarto y a vociferar como un
energúmeno. De su boca salían las más groseras interjecciones. Sus
ojos brillaban terriblemente. Nacha pensó en decirle la verdad: que su
tristeza era debida a la agonía de aquel hombre a quien tanto quiso;
pero tuvo la certidumbre de que Arnedo no le creería. Además, ¿no tenía
razón para sospechar que su sentimiento hacia un hombre a quien nunca
veía, y por lo mismo que Arnedo no podía comprenderlo, irritase más al
Pampa? Prefirió callar, soportar en silencio sus injurias y su enojo.
Al fin, Arnedo decidió marcharse, ya algo apaciguado. Dijo que no
volvería para almorzar. Y salió sin mirarla. Nacha le siguió hasta la
puerta, sumisa, llena de miedo todavía. Hasta se le acercó, como para
que él le diese un beso o le hiciera un cariño; pero Arnedo la apartó
con desdén y golpeó tras sí la puerta del departamento. Nacha, apenas
salió el Pampa, se echó a llorar. Necesitaba este desahogo. Y quedó
contenta, pues el encuentro "había salido bien" para ella.
Durante el mediodía y las primeras horas de la tarde, no pensó sino en
Riga. Había resuelto ir al cementerio, quería ver dónde lo enterraban.
Se vestiría de negro, muy sencillamente, a fin de no llamar la
atención. Deseaba también ser digna, en aquellos momentos siquiera, del
poeta humilde que tanto la había querido.
Había terminado de vestirse, a eso de las tres, cuando la sirvienta
vino a anunciarle que preguntaban por ella.
--¿Quién es? ¿Qué quiere?
--Un señor. Pero se niega a decir quién es.
Nacha tuvo un presentimiento. El corazón comenzó a latirle
apresuradamente.
--¿Y no sabe que yo no recibo a ningún hombre? ¿Un señor, dice? ¿Bien
vestido?
--Sí, señora.
--Dígale que no estoy. Pero espere... Sí, dígale que no estoy, no más.
La sirvienta salió, para volver en seguida.
--Señora... no ha querido irse... no ha querido por nada,--decía la
muchacha alarmadísima, haciendo grandes gestos con los brazos.--Se ha
entrado en el escritorio. Es un señor bien vestido, pero...
Nacha, nerviosa y con un poco de miedo, se dirigió al escritorio. Su
estupefacción fué inmensa al encontrarse frente al hombre del cabaret.
V
--¿Quién es usted? ¿Qué quiere conmigo?--preguntó Nacha, pasado el
primer momento de asombro y al ver a su visitante silencioso.
--¿Quién soy? Un hombre cualquiera, que la ha visto sufrir y que se
interesa por sus desgracias.
--Pero señor... Debió comprender que no deseaba volver a verlo. No
puedo recibirlo. Me hace un mal viniendo aquí. Me expone a un disgusto
serio, tal vez a perder mi situación.
--Su situación es lo que usted más detesta...
--¿Cómo sabe? No es cierto. Aquí vivo tranquila, tengo casa, soy
libre...
La mirada del hombre la hizo interrumpirse. Callaron. El visitante no
apartaba sus ojos de Nacha. Ella veía que él intentaba hablar, pero
evidentemente no se atrevía. Por fin, emocionado, y con una voz dulce y
triste, empezó:
--Nacha... sé que así es su nombre... no me ha dicho la verdad. Ni vive
tranquila, ni es libre. Usted sufre. Anoche he comprendido hasta qué
punto sufre. Desde que la he visto he sentido por usted una profunda
lástima...
--¿Ah, sí?--exclamó Nacha, riendo falsamente.
Estaba resuelta a no continuar aquella conversación. En aquel instante
se encontraba molesta ante ese hombre que se había entrado en la casa,
que la estaba comprometiendo y que todavía se permitía declararle que
sentía lástima de ella.
--Sí, una profunda lástima--repitió él, que no se dió por aludido al
verla reir.
--¡Qué bueno! ¿Sabe que es un tipo notable?--dijo Nacha, riendo siempre
forzadamente.
--¡Vida dolorosa la suya!--continuó el visitante, como si hablara solo
y no hubiese oído las palabras de Nacha.--Vive en la humillación, en el
sufrimiento, en el terror constante de lo que vendrá. Eso no es vivir,
Nacha.
--¿Será morir, entonces? ¿Sabe que me divierte? ¡Lástima que deba irse
en seguida! Porque si el Pampa lo encuentra... ¡Ojalá viniera pronto!
Estaban aún de pie, en medio del cuarto. El visitante oía con tristeza
a Nacha, que desahogaba su nerviosidad en palabras y palabras,
precipitadamente, mezclándolas con un incesante reir simulado y con
incoherentes movimientos de las manos y de los brazos.
--¿Se ha creído que yo me interesaba por usted...? ¡Qué gracioso! No se
haga ilusiones. ¡Da risa pensar! Porque usted está loco. Solamente un
loco hace estas cosas... Además, yo lo quiero al Pampa. ¡Ahí tiene lo
que somos las mujeres! Me trata mal, me desprecia, me pega... Y bueno:
yo no he de abandonarlo por cualquier monigote que se presente...
El hombre, por toda respuesta, le tomó una mano y la condujo hasta el
sofá. La hizo sentar. Y con la misma voz de dulzura, de sinceridad y
de afecto que hacía unos instantes, le habló así:
--Si usted, Nacha, no se rebela contra ese hombre, es porque teme una
vida peor. Sufre intensamente sólo de pensar que mañana, el día en que
la abandone, tendrá que andar de mano en mano.
--Eso no. ¿Con qué derecho me insulta? Yo soy una mujer honrada, ¿sabe?
Honradísima.
Y encontrando, sin duda, cómicas sus palabras, se echó a reir de
pronto. Parecía que en aquella risa mala mostraba Nacha un gran
desprecio de sí misma y a la vez el orgullo de vivir como vivía. Su
interlocutor la compadecía cada vez más.
--¿Por qué es así, Nacha?
--¿Cómo?--exclamó ella, sin cesar de reir.
--¡Quiere aparentar lo que no es! Quiere parecer mala y es buena.
Nacha, bruscamente, se puso seria. Bajó los ojos al suelo y así estuvo
unos segundos. No se movía. Revelaba una honda preocupación. Al cabo
levantó los ojos, y con lentitud, serenamente, miró al desconocido. Le
miró hasta el fondo de los ojos y quedó asombrada de la limpidez y de
la paz que había en ellos. Bajó los suyos otra vez, y otra vez volvió
a levantarlos hacia él. Al cabo de un largo silencio, con voz suave y
triste, hablando lentamente, le preguntó:
--¿Quién es usted? Dígame cómo se llama...
Él le dijo quién era.
--Fernando... Monsalvat...--repitió ella, como si quisiera grabarse
este nombre.
Y agregó, con una dulce sonrisa y con acento suave:
--¿Por qué ha venido a esta casa? ¿No es para traerme ningún mal?
--Es para traerle bien, amiga mía.
La muchacha volvió a sonreir y de nuevo bajó los ojos para mirar en
seguida a Monsalvat.
--Amiga mía... ¡Qué lindas palabras! ¿De veras, sería mi amigo? ¿Amigo
del corazón? ¡No sabe el bien que me hace, hablándome así! ¡No sabe
el bien que me hace diciéndome que no soy mala! Pero sí, soy mala.
Solamente que hago todo lo posible para que me crean peor.
Bajó aún más la voz, y, un poco avergonzada de sus palabras, dijo:
--Las mujeres de la vida tenemos necesidad de aparentar otra cosa.
Parece que así nos olvidamos mejor... Parece que así fuésemos otras
mujeres. Yo hasta creo que puedo no culpar a la de antes, de lo que
hace la desgraciada que soy ahora...
Quedó en silencio, profundamente pensativa.
--¿Por qué tanto empeño en olvidar?--preguntó Monsalvat.--¿No sería
mejor recordar, ya que para ustedes el presente es tan triste?
--¿Triste? No, no es triste. Con el criterio del mundo, puede ser; pero
en la realidad, no. El presente es para nosotras peor que triste: es
vacío, es inconsciente. Vivimos en el aturdimiento, vivimos casi... sin
saber que vivimos...
--Pero recordar el buen pasado, soñar... ¿por qué no?
--¿Recordar?--preguntó ella con una expresión tristemente dolorida,
como si un mundo de viejos sufrimientos se hubiese agolpado a su
imaginación.--¿Para qué recordar? ¿Para sufrir?
--Sí, amiga mía: para sufrir. Si ustedes no sufrieran, serían criaturas
odiosas. Si son dignas de simpatía y de piedad, es porque sufren. Por
eso, ustedes deben desear, buscar, bendecir el dolor...
Nacha se llevó las manos a la cara. Monsalvat, en medio de la pena y de
la compasión que experimentaba, púsose contento. Aquel dolor de Nacha
significaba para él una esperanza.
--Pero no--exclamó Nacha, de pronto, exaltándose otra vez.--Nosotras no
tenemos el derecho de sufrir.
--No hay derecho más respetable para el ser humano.
--¿Pero no ve que debemos estar siempre alegres, bailar, reir, dar
caricias? ¿Cómo podríamos ser mujeres de placer si sufriéramos?
Dejándonos dominar por el dolor, nos volveríamos antipáticas, porque en
nuestro oficio no ser expansivas y alegres, no estar dispuestas para
las bromas o las caricias, es ser odiosas, es como si robáramos el
dinero que se nos paga.
Una sonrisa de amargura apareció entre sus labios. Monsalvat la
escuchaba doblado, con un codo en la rodilla y la mano en el mentón,
mirándola fijamente, como si quisiera beberle el alma.
--Nosotras necesitamos hacernos otro modo de ser--continuó
Nacha.--Necesitamos cambiarnos el carácter como nos cambiamos el
nombre. ¿Acaso nos mudamos nombre por vergüenza o por temor de nuestra
familia? No, no es eso. Nos ponemos otro nombre porque así nos parece
que no somos nosotras... Es como en el carnaval. Usted se disfraza y
hace y dice cuantos disparates se le ocurren. ¿Y se avergüenza después?
No, porque le parece, una vez quitado el disfraz, que no era usted
mismo...
Después de un breve silencio, Monsalvat preguntó:
--¿Y anoche? ¿Por qué esa tristeza suya?
Por su conversación con Torres, él sabía cuál era el motivo. Sin
embargo, esperó la respuesta con ansiedad.
--Ahí tiene las consecuencias de sufrir. No se va al cabaret para estar
triste y para llorar como una sonsa. El Pampa tenía razón en su enojo.
Pero yo, ¿qué iba a hacer? Estaba llena de dolor... Un verdadero amigo
de otro tiempo, el único hombre que he querido de veras, se estaba
muriendo. Hoy es un día de tristezas para mí. ¡Suerte que estoy sola!
Así podré recordar muchas cosas lindas. Hoy puedo darme el placer de
sufrir...
Al oir estas palabras, Monsalvat se estremeció. Se sentía feliz de que
Nacha sufriese, pero al mismo tiempo aquel amor hacia el bohemio le
infundía una vaga tristeza. Interrumpió a Nacha para decirle que había
conocido a Carlos Riga.
--¿Lo conoció? ¿De veras? ¿Dónde, cuándo?
Desde este instante, Nacha consideró a Monsalvat como a un hermano. La
extraña simpatía que experimentaba hacia su visitante llegó al colmo.
Le tomó una mano y le rogó que le contase todo lo que supiese de Riga.
Le miraba con una gran ternura. Los últimos restos de desconfianza
habían desaparecido. Ahora le hubiera contado toda su vida, mostrado
toda su alma. ¡Haber conocido a Riga! ¿Qué mayor título para alcanzar
su amistad?
Hablaron de Riga largamente. Monsalvat refirió que le conociera por
Eduardo Itúrbide. Pero no fueron amigos. Monsalvat jamás frecuentó
los círculos literarios y bohemios que frecuentaba el poeta. Nacha
exaltó las cualidades de su amigo: el alma más bella que hubo nunca,
el ser más generoso, el corazón más lleno de bondad. Parecía que se
iba emborrachando al acordarse de Riga. Hablaba como aturdida, en un
monólogo atropellado, frenético a veces, en frases cortadas. Llegó un
momento en que los ojos se le llenaron de lágrimas, en que temblaba, en
que una grande emoción la conmovió intensamente.
--Y pensar que esta mujer, que esta mujer miserable que le habla, lo
abandonó... ¡A él, el más bueno de los hombres! Y todo por miedo a la
pobreza, al hambre... Yo he sufrido mucho, pero mucho, Monsalvat...
Sufrí cuando el hombre que me deshonró quiso que evitáramos nacer al
hijito que yo llevaba en mi vientre. Mi hijito, que era para mí la
única seguridad de la vida, lo único que podía acercarme a mi madre,
lo único que podía volverme a la vida honrada... ¡Cómo sufrí! Usted
ahora me ve llorando y me tiene lástima, y esto no es nada al lado de
la angustia de aquellos días, cuando supe que había tanta maldad en los
hombres, tantas miserias en la vida. Padecí entonces horriblemente... Y
sin embargo, tampoco eso era nada al lado de lo que sufrí al abandonar
a Riga...
La pobre muchacha se puso a llorar con tal ansia que era como si toda
la casa temblase con su llanto. Monsalvat, penetrado de un gran dolor,
le decía palabras consoladoras. Y él mismo no sabía de dónde sacaba
aquellas palabras, pues jamás las oyó ni las pronunció en su vida. El
intenso sufrimiento de Nacha le hacía a él un extraño bien.
--Me acuerdo de aquella mañana en que lo dejé. Me acordaré en todos los
días que me dé Dios. Vivíamos en un cuarto pobrísimo, oscuro, chico,
sin aire, ¡el cuarto más miserable del más miserable conventillo! Ni
muebles teníamos... Apenas nos quedaban dos catres, viejos, rotos,
sucios... Yo no había dormido esa noche. La pasé llorando, meditando mi
plan, imaginando la pena de él cuando no me encontrase...
Se detuvo un momento, porque el llanto la ahogaba. Aspiró el aire con
toda la fuerza de sus pulmones, y prosiguió:
--Al amanecer me vestí y arreglé un atadito con las pocas ropas que
tenía. Todo fué hecho con calma... con toda la calma imaginable.
Quería retardar el momento terrible. Por fin llegó. ¡Iba a dejarlo, a
él, que tanto me quería! ¡Cómo me costó resolverme! Lo miré. Dormía
profundamente. Me acerqué en puntas de pie, lo besé en la cabeza... No
sé lo que pasó por mí en aquel momento. Debí recostarme en la pared,
porque el mundo se deshacía para mí. Me faltaba el corazón. Creí que
me iba a morir. Allí estuve un largo rato, sin moverme, estupefacta.
Cuando tuve fuerzas para apartarme de allí, me senté en mi catre
llorando. Debí llorar lo menos una hora. Después comencé a salir. Cada
paso me costaba un dolor en el alma. Avancé así, paso a paso, un paso
cada siglo, ahogada en llanto, mirándolo siempre a él... ¿Por qué lo
dejé? ¿Por qué, Dios mío, cometí esa infamia? Por fin, llegué a la
puerta; y cuando creí que nadie de la casa podía verme, eché a correr,
eché a correr como una loca, bajé la escalera... no, me arrojé escalera
abajo, y cuando estuve en la calle, caí en el umbral y me quedé allí yo
no sé cuánto tiempo llorando...
Monsalvat tenía que luchar consigo mismo para no emocionarse.
--Tiene que contarme su vida, toda su vida, desde que dejó la casa de
su madre...
Nacha resistió un poco, pero terminó haciéndole la confidencia plena de
sus desgracias.
--Yo tenía veinte años, pero era una chica. No sabía otra cosa que
pelearme con mi hermana y cambiarme sonrisas y miradas con los
pensionistas de mi madre. Uno de ellos, que se llamaba Belisario
Ramos, consiguió enamorarme. Yo lo consideré mi novio y no dudaba de
que se casaría conmigo. Una mañana se fué de la casa. Convinimos en
encontrarnos esa tarde en la plaza del Once. "Para hablar de tantas
cosas", me dijo él; "para combinar nuestros planes, ya que ahora nos
será difícil vernos." Me hizo subir a un carruaje y me llevó muy lejos,
a una casa cerca de la Chacarita. Yo no me imaginaba lo que él había
planeado. Intentó la violencia contra mí. Yo me defendí, lloré, le pedí
por favor que me dejara. Todo fué inútil. Era fuerte, era hábil y yo
estaba enamorada. ¿Qué otra cosa podía suceder si no lo que sucedió?
En fin, había pasado mucho tiempo, y yo, afligida por mi madre y mi
hermana que me esperarían, quise salir de allí. Me dijo entonces que
era demasiado tarde para volver a la casa. Me desesperé, lloré otra
vez. Una mujer, dueña de la casa, vino a aconsejarme, a convencerme
que me quedara allí con Ramos, que viviéramos juntos... Yo pensé que
ante mi madre y toda la gente de la casa, ya estaba deshonrada. ¿Qué
iba a decir si volviese? ¿Cómo explicaría semejante tardanza? Me
quedé, resignada a todo, deseando que la policía viniese a buscarme y
me llevase a casa. Y viví con Ramos, que es el hombre más canalla que
hay en el mundo. No trabajaba en nada; el dinero con que comíamos era
el que él pedía prestado y no devolvía jamás. A los dos meses quiso
explotarme. Llevó al cuarto a algunos estudiantes que tenían dinero,
y me dejaba sola con ellos, para que yo los enamorase. ¡Un miserable
de la peor especie! Por fin, después de año y medio de la tarde
funesta, supe con alegría que iba a ser madre. El canalla pretendía
que no dejásemos nacer a nuestro hijito, a ese hijito mío que sería mi
única dicha en la vida. Discutimos, me pegó brutalmente. Al último,
me abandonó. Yo le escribí a mi madre, y mi madre no quiso oírme. El
abandono del padre de mi hijo fué para mí algo monstruoso. No sólo por
dejarme así, sino por la crueldad que eso significaba, por la maldad
que mostraba aquel hombre. Me desprecié por haberlo querido y tuve
una enorme lástima de mí misma. Me enfermé, fuí al hospital, perdí mi
hijito, que nació muerto...
Se detuvo, fatigada, sufriente, dominada por la emoción. Monsalvat
la contemplaba tan bonita, con su aire bastante distinguido, con su
aspecto modesto, realzado ahora por aquel sencillo vestido negro que
se había puesto para ir más tarde al cementerio. Monsalvat veía que
era muchacha buena y honesta en el fondo, una víctima de la voracidad
masculina, del egoísmo, de la injusticia social.
Nacha refirió luego sus esfuerzos para trabajar y vivir honestamente.
Entró en una tienda, donde padeció mucho. Como no sabía hacer nada,
le dieron la última categoría de las vendedoras. Veinticinco pesos
mensuales y once horas de trabajo. Tenía un interés en lo que vendiese;
pero como las vendedoras primeras se acaparaban todas las ventas,
lo que ella ganaba en tal concepto era una miseria. No tenía, pues,
ni para comer. El gerente le hizo el amor, amenazándola con echarla
si no se le entregaba. Las compañeras eran casi todas víctimas como
ella, pero habían resuelto su situación: tenían amantes que les daban
dinero, o frecuentaban las casas de citas. Eran unas perdidas, muchas
de aquellas muchachas. No hablaban sino de regalos, de alhajas, de
vestidos y de obscenidades. Un día, una de ellas, con la que había
hecho gran amistad, le dijo que era inútil querer ser buena y resistir.
Todas caían, tarde o temprano, porque ése era el destino de las
muchachas pobres, porque así lo querían los ricos. Era una excelente
muchacha, trabajadora, buena, todo corazón; le declaró que ella, para
sostener a su madre viuda y sus cinco hermanitos, necesitaba acudir dos
o tres veces por semana a cierta casa oculta donde iban señores serios.
--Era inevitable que yo me perdiese--continuó Nacha.--¿Qué iba a
hacer? Tenía a dos pasos la tentación. Luché algunas semanas, pero las
deudas, el hambre, la necesidad de vestirme bien, el lujo que veía a mi
alrededor, hasta la creencia absurda de que así me libraba del gerente,
contribuyeron a perderme. Y un día, le pedí a mi amiga que me llevara
a aquella casa...
Bajó los ojos, avergonzada. Monsalvat le rogó que siguiera, diciéndole
que ella no tenía la culpa, que eso debía ocurrir fatalmente. Nacha
siguió, refiriendo todo lo que había sufrido durante las primeras veces
que acudió a aquella casa.
--¿Y vivió mucho tiempo de ese modo?--preguntó Monsalvat, aprovechando
un silencio de su interlocutora.
--Seis meses. Pero un día, sentí tanta repugnancia de semejante vida,
que dejé la tienda y no volví más a aquella casa. Trabajé en costuras,
fuí corsetera, hice flores artificiales... No tuve suerte. Fuí bajando
poco a poco, aceptando cada vez los oficios más modestos. ¡Y siempre
llena de deudas! Mientras tanto, no había hombre que no me pretendiese.
Por huirles cambié de oficio en más de una ocasión. Les tuve odio,
miedo, repugnancia. Por fin, después de varios años de un continuo
padecer, vine a caer como camarera en un café-concierto. Allí fué más
insoportable la persecución de los hombres, pero ganaba bastante con mi
trabajo y tenía un cuartito limpio y decente, con muebles míos. Allí,
una noche, después de un año, me encontró Riga...
--¿Y después?
--¿Después que abandoné a Riga? Pues... volví a caer, esta vez para
siempre. Viví unos meses con uno, un año con otro, hasta que terminé
por entregarme completamente a la vida. En una de esas casas reservadas
me encontró Arnedo y me sacó.
Quedaron silenciosos un largo rato. Nacha estaba inmóvil. Tenía los
ojos enormemente abiertos. ¿Qué miraba? ¿En qué pensaba? Monsalvat
creyó que había llegado el momento trascendental, y dijo:
--Ahora, Nacha, tiene que cambiar de vida...
Ella, sin mudar de posición y sin mirarle, movió dos veces la cabeza,
lentamente, de derecha a izquierda.
--¿Cómo? ¿Y su arrepentimiento...?
--Yo no estoy arrepentida--contestó ella pronunciando sílaba por sílaba
y mirando a Monsalvat.--No estoy arrepentida porque no he buscado el
mal.
--¿Pero no lamenta la vida...?
--Dios sabe que he sufrido espantosamente. ¿Cómo no he de lamentar una
vida tan desgraciada?
--Y entonces, ¿por qué no quiere dejarla?
--Quiero, pero no puedo. Mi destino es ser una mala mujer.
Monsalvat sintió en ese instante que el sentimiento de su corazón
asomaba a sus labios, pronto a persuadir y a inflamar el corazón de
Nacha en el vehemente anhelo del bien. Le tomó las dos manos, que ella,
con un débil movimiento de resistencia, intentó negarle.
--Nacha, hay que cambiar de vida inexorablemente. Es preciso que usted
sea usted misma, que recupere su personalidad, que viva. Que viva,
¿comprende? Que pueda soñar, amar, recordar... Su alma exige ser libre,
y la libraremos de la esclavitud... Piense en todo lo que ha sufrido.
Pues todo eso no es nada, absolutamente nada, junto a los padecimientos
trágicos que le esperan. La juventud pasará pronto para usted, y un
día se encontrará vieja, enferma, fatigada, hecha un harapo humano. La
devorará la tuberculosis, le contagiarán males horribles; y si no se
vuelve idiota, se quedará paralítica. Pero antes, irá cayendo, cada
vez más abajo, más abajo... Llegará un día en que será definitivamente
esclava. El traficante que acecha en cada esquina le echará sus garras,
y, una vez en la casa triste de las mujeres explotadas, se volverá una
simple bestia de placer. Y allí no hay vida verdadera, ni esperanzas,
ni porvenir. No hay ni amor, porque no es amor el instinto criminal
del compadrito que la maltratará y la robará. Será vendida como un
mueble, en subasta. ¿Cuánto vale esta mujer? Tanto. Llévesela, es suya.
Y rodará hasta los antros más inmundos para servir de placer a los
hombres más abyectos, a los más repugnantes. Después, nadie la querrá
por vieja y por fea. Los hombres más asquerosos le tendrán asco, y
su esperanza será morir en un hospital, sola, sin una lágrima que la
llore, sin una palabra de piedad en su agonía. Nadie sabrá que dejó
usted el mundo. Será arrojada en su tumba, como se arroja dentro de la
tierra un perro muerto...
--¡No siga, no siga, por amor de Dios! ¡Es espantoso!
--Es la verdad, Nacha. Es lo que le espera si no cambia de vida.
--Sí, sí. Quiero ser otra. Y usted me ayudará, usted, que es tan
bueno...
La infeliz criatura lloraba desesperadamente, con sollozos cortados,
retorciéndose, echando hacia atrás la cabeza, estirando los brazos y
levantándolos como en una trágica imprecación al cielo.