socarronamente y gozándose en la curiosidad de su amigo, sonrosado de
mostrar tanto interés por una muchacha de la vida.--Le contaré algo
de lo que sé. Pero no todo, ¿eh? Lo más interesante lo reservo. Bueno.
El caso es que Nacha, en la pensión, se enamoró de un estudiante. Huyó
con él de la casa. Una barbaridad, porque allí mismo hubieran podido...
¿eh?... El tipo la usó dos años, creo. Después la abandonó en un estado
que... ¿se da cuenta? Nacha fué al hospital. El hijo nació muerto.
Al salir del hospital entró ella en una tienda. Quería ser honesta.
Pero usted sabe lo que pagan las tiendas, ¿eh? Una miseria. Y hay las
multas. Y hay también el gerente que exige... ¿comprende? Total, que
con estas cosas y el mal ejemplo de algunas compañeras, acabó por
frecuentar ciertas casas donde ganaba diez veces más que en la tienda y
con un trabajo... ¿eh?... relativamente fácil y agradable...
Y guiñaba un ojo, mirando a Monsalvat.
--Y usted, ¿cómo sabe esas cosas?
--Ah, eso no se dice...
Nacha había sido amiga de un íntimo de Torres. Una vez que él
la atendió como médico, ella le contó su historia. Pero Torres,
misterioso, lleno de cábulas, un poco mistificador, gozaba en ocultar
sus fuentes informativas. Así creía dar más valor a sus noticias, y
saboreaba el placer, para él exquisito, de intrigar a su interlocutor.
Monsalvat no había cesado de remover sus sufrimientos. Miraba a
su amigo con fijeza, miraba hacia la orquesta, dejaba a sus ojos
recorrer las caras de los desconocidos que le rodeaban. Pero en su
lugar veía a su hermana, seducida y abandonada, prostituida tal vez;
veía a su madre, llorando su propia ignominia y la de su hija; veía
a Nacha Regules, bajo la garra brutal del Pampa Arnedo; se veía a
sí mismo feliz, viajando, conquistando bellas mujeres, escribiendo
artículos, o en el Club o en una fiesta, mientras Eugenia Monsalvat
caía cada vez más abajo, se vendía al primer pasante, y mientras
millones de mujeres padecían idéntica miseria; y veía al mundo de
los bienhallados, insensibles a la tortura eterna de los de abajo,
orgullosos de su dinero, de su fácil virtud, robando a los pobres sus
mujeres, comprándoselas, pervirtiéndoselas, y gozando egoístamente de
sus placeres, al mismo tiempo que sus hermanos los pobres, hombres
como ellos, seres que han de morir como ellos, seres con una alma
como la de ellos, sufren tormentos espantosos, bajo los tentáculos de
aquellos monstruos apocalípticos que se llaman el Hambre, la Miseria,
la Prostitución.
--¿Y después?--exclamó Monsalvat, notando que Torres le observaba,
y deseando saber la vida de Nacha, toda la vida de esa mujer que en
aquellos momentos imaginaba como un símbolo de las desgraciadas.
--¿Después? Dejó la tienda. ¿Y sabe por qué? ¡Porque quería ser
decente! Decente... ¿eh? Se ocupó entonces en trabajos más modestos, no
recuerdo cuáles, hasta que fué a dar a un café-concierto como camarera.
¡Fíjese! Decente y camarera... ¿Se da cuenta?
Monsalvat, sombrío de sufrimiento, casi mudo de indignación contra la
sociedad, insinuó que tal vez Nacha fuese buena. Su deseo de trabajar y
ser honesta demostraba algo en su favor.
--¿Buena? Sí, todas son buenas, casi todas. Se las juzga mal a estas
infelices. Yo las conozco, ¿comprende?, y puedo asegurar que tienen
corazón. Si hacen maldades es inconscientemente, sin saber... Y sus
ideas morales son a veces elevadas. Elevadas, así como lo oye...
Ahora Torres ya no sonreía. Sin duda se habían metido en su espíritu,
desalojando su aparente y superficial escepticismo, algunos recuerdos
de los innumerables que tenía del mundo de las tristes, algunos
recuerdos de bondades, de extrañas lealtades, hasta de heroísmos:
oscuros, silenciosos y bellos heroísmos.
Ante los ojos de Monsalvat estaba Nacha. Allí estaba exigiéndole que
fuera a salvarla. Y él la salvaría de su vida lamentable, de sus horas
futuras y del recuerdo de sus horas pasadas. En su espíritu se instaló
el deber de hablar con ella. ¿Cómo la vería? ¿Dónde? ¿Para decirle qué?
Lo ignoraba. Pero él la vería, él la salvaría. Y la salvaría no sólo
por ella, no sólo porque era un pobre ser humano desgraciado, no sólo
porque era linda y se había mirado con él. La salvaría por su hermana,
por él. Sí, por él mismo.
--Son simples víctimas estas infelices--agregó Torres.--Nacha me
contó una vez que en la tienda, en las fábricas donde trabajó, en
las oficinas donde pedía empleo, en todas partes, los hombres la
perseguían. Y es que nosotros los hombres... ¿eh?... somos todos,
hasta los que parecemos decentes, unos vulgares canallas. ¿No le
parece, ché? Y dígame si una mujer que apenas gana para comer, que vive
miserablemente, puede resistir a la tentación de un individuo amable,
tal vez buenmozo, que le ofrece sacarla del infierno en que vive... No,
ellas no tienen la culpa...
Monsalvat, ahora, veía al mundo como un astro siniestro, poblado por
seres infames. Todo era negro, horriblemente negro; un abismo de
perversas sombras. Él mismo era un criminal. Había seducido, había
comprado caricias con recomendaciones y favores. Comprendía que era un
canalla, tal vez como aquel vecino, y como el otro y como todos los
hombres que allí estaban y como todos los hombres del mundo. Aquella
modistilla que sedujo, aquella obrerita que fué su amante, ¿serían
también rameras, más o menos disimuladas? ¿Y por culpa suya? ¿Se
venderían también? ¿Habrían perdido todo derecho al aprecio del mundo,
todo derecho a ser personas, todo derecho a ser compadecidas? ¿Y por
culpa suya? Se despreció a sí mismo enormemente, y este desprecio le
hizo soportable su dolor.
Mientras tanto, el valse de _La viuda alegre_ flotaba lánguidamente
sobre la espesura del aire, como tules sinuosos, ondulantes,
armoniosos, luminosos, casi impalpables. Pero a Monsalvat aquella
música se le envolvía a su cuerpo, se le envolvía hasta el infinito,
como una venda interminable, como una venda que cada vez le oprimía
más y que aumentaba sus sufrimientos traidoramente. Una melancolía de
placeres mundanos se desflecaba de cada frase musical, de cada compás,
de cada nota, para derramarse sobre el aire espeso del local. Siempre a
Monsalvat le tornaron triste estas músicas de los bares y de los cafés,
pero esa noche todo su ser llagaba, y los tules flotantes de aquellas
melodías herían su alma lamentablemente.
--¿Y después?
Torres, que había callado, contestó a la pregunta casi mecánica, casi
inconsciente de su amigo, refiriendo cuanto sabía de Nacha. La unión
con un poeta bohemio, un muchacho romántico, Carlos Riga. La miseria
espantosa, el alcoholismo de Riga, el abandono por Nacha, que no
soportaba el hambre y que creía perjudicar al amante, quedando a su
lado. Luego, el convencimiento de que era inútil querer ser honesta.
La prostitución disimulada: dos meses con uno, seis con otro... Hasta
que un día aceptó la idea de que viviendo con uno sólo, era infiel a
Riga, al que adoraba. Y se entregó "a la vida", frecuentó las casas de
citas. En una casa la encontró Arnedo. Bonita, inteligente, con mucho
trato adquirido en "la pensión" de su madre, con cierta cultura que se
le pegara cuando vivió con el poeta y entre muchachos escritores, Nacha
era un tesoro para el Pampa, que deseaba una querida que luciese.
--¡Qué tristezas!...--exclamó Monsalvat lúgubremente.--¿Y habrá muchas
como ella que...?
--¡Miles y miles! Lo sé porque soy médico. Médico de policía,
¿comprende? Y mi tesis, ¿eh? fué precisamente sobre prostitución.
Habló del tema, con los detalles más horribles. Monsalvat, que lo
ignoraba, tenía sus ojos, sus oídos, sus sentidos todos, su alma entera
y todo su cuerpo, ávidamente, en las palabras del amigo. Torres habló
de las prostitutas vergonzantes, perdidas por el hambre; de aquéllas
otras, víctimas de la maldad humana y de las preocupaciones morales:
del novio que las sedujo y de la feroz moral paterna. Habló luego de
las otras, las desdichadas convertidas en cosas, sin personalidad,
sin alma, sin libertad. Esclavitud monstruosa, bajo la avaricia del
traficante y de "la patrona". Esclavitud en la degradación obligatoria,
sometidas las tristes mujeres a suplicios enormes. Esclavitud aceptada
por la sociedad y por el Estado y protegida por las policías. Habló
Torres de cómo los traficantes engañaban a las muchachas en Austria
o en Rusia, llegando hasta casarse y traer la esposa virgen a Buenos
Aires, para obtener de su venta un mayor precio; de cómo las mujeres
eran vendidas a otros traficantes en pública subasta; de cómo estos
hombres ganaban millones, tenían clubs, daban varios miles de votos a
los políticos y se codeaban con personajes; de cómo las mujeres eran
violentadas, atormentadas, y de cómo Buenos Aires era un vasto mercado
de carne humana.
Monsalvat no podía hablar. Pensaba en su hermana, imaginaba su vida.
Veíala abandonada, luchando por no caer, cayendo quizá. Veíala luchando
de nuevo, por no caer más abajo. Y hundiéndose al fin en el lodo, tal
vez bajo la garra de los traficantes; torturada, esclavizada, muerta...
No podía hablar Monsalvat. Inmóvil seguía oyendo, seguía viendo. El
mundo era una pesadilla lúgubre. Al cabo, pudo decir, balbuciente:
--¿Y qué se hace para remediar...?
--¿Qué se va a hacer? Nada. Sería preciso deshacerlo todo. Construir de
nuevo la sociedad...
Y entonces Monsalvat, oprimiendo con fuerza extraña un brazo de su
amigo, con los ojos húmedos de emoción, con la voz solemne de los
grandes momentos, dijo lentamente, firmemente:
--Pues se deshace todo, se destruye todo... ¡Y se levanta una nueva
sociedad!
Torres asintió con su expresión, sugestionado por la fuerza moral
que sentía en Monsalvat, por el ambiente de emoción que acababa
de crearse entre ellos, por aquel gran Bien y aquella gran Bondad
que hablaban las palabras y los ojos del amigo. Asintió... Pero en
seguida vino la reacción. Se defendió en su interior contra el lirismo
ingenuo de Monsalvat. Miró a su alrededor. Volvió enteramente a la
realidad. El hombre instintivamente generoso desapareció. Surgió el
hombre de mundo, el hombre como todos, el hombre formado por las
ideas y los sentimientos de todos, que empezó a encontrar ridículo
todo aquello: Monsalvat, sus palabras, sus quijoterías, su dolor por
cosas irremediables, aceptadas, sancionadas, necesarias. Surgió en
seguida, casi encima, el médico. ¿No era todo eso cosa de nervios, de
desequilibrio? Y dijo, escéptico, superficial como antes:
--Es un problema complejo, sin solución...
Monsalvat no le oyó. No oía sino una voz milenaria que le gritaba su
culpa propia, su parte de culpa en el gran crimen social. Una campana
lúgubre, hueca, desesperada era su corazón. Sus ojos veían el mundo
como un escenario trágico. La tragedia de su madre, primero: de su
madre engañada, sufriendo toda su vida, haciendo desgraciados a sus
hijos. La tragedia de su hermana, luego. La tragedia de Nacha, después.
Y como un coro lamentable, como un coro eterno, el coro más doloroso,
más horrible, los llantos de las desgraciadas, los llantos de sus
padres y sus hermanos, los ayes de sus hijos suprimidos, los gritos de
la vergüenza, los clamores del hambre.
--¿Qué le pasa?--le preguntó Torres.--Será mejor que nos vayamos. Son
las tres de la mañana.
Monsalvat accedió a marcharse. Dijo no sentirse bien. Se despidió
de Torres, que iba hacia el norte, y él bajó hacia el sud, hacia la
Avenida de Mayo, donde vivía.
En cuanto llegó al hotel, se acostó. Pero no durmió en toda la noche.
Sin saber por qué, recordaba la matanza de los proletarios en la
plaza Lavalle, y su canción se mezclaba molestamente, quitándole el
sueño, con uno de los tangos del cabaret. Después, en una especie
de semisueño, fué una cabalgata de imágenes espantables, un gemido
aullante que se acercaba y crecía y se acercaba cada vez más, y era el
gemido de la humanidad sufriente. Ya de día, dormitó unos instantes;
pero esta sombra de sueño le trajo una pesadilla que le atormentó el
corazón. Un fantasma monstruoso, cubierto de oro, sedas y piedras
preciosas, y con unas fauces de bestia apocalíptica y unas garras
trágicas, estaba allí, en su cuarto. Apenas cabía. Se acercaba a la
cama, abría sus fauces, iba a devorarle. Y ese monstruo de vientre
repugnante, donde yacían infinitas generaciones de los tristes del
mundo, era la Injusticia Social.
Monsalvat se levantó tarde. Estaba tranquilo. Sentía una nueva vida en
él. Las cosas todas tenían una nueva vida, un nuevo sentido. ¿Cuál era
la nueva vida? Lo ignoraba. Pero sabía que en su interior comenzaba a
crecer ahora una gran claridad.
Almorzó y salió a la calle. Pensó, sin decisión, en ir a casa de su
madre. Pero caminando, caminando, sus pasos le llevaron en dirección
distinta. Iba distraído, impregnado su espíritu de serenidad. No
advertía por cuáles calles andaba. Cuando se enteró, vió con asombro
que estaba a pocos metros de la casa de Nacha. Atribuyó el hecho a una
voluntad del destino, y sin vacilar, con calma, seguro de que hacía una
cosa buena, entró en la casa.
IV
Nacha no había podido dormir. Pocas veces en su vida de sufrimiento
pasó una noche tan angustiosa. Al llegar del cabaret, Arnedo se acostó
sin decir palabra, Aquella mudez de indio aterrorizó a Nacha. El miedo
de ser abandonada y de tener que refugiarse en "la vida", el miedo a
aquel hombre malo y violento, se mezcló entonces a las inquietudes
de ese día: a la inquietud por su antiguo amante, Carlos Riga, el
poeta bohemio que agonizaba en un hospital; a la inquietud por aquel
hombre del cabaret, apasionado y noble, y cuya acción caballeresca
sólo mereció de ella una burla, una burla de miedo, de timidez; de
inconsciencia; a la inquietud por algo que esa noche creció en su alma
extrañamente y que ella debió ocultar a Arnedo como si fuese un crimen.
No había dormido un solo minuto. Presentía su desgracia. Adivinaba que
el Destino quería su perdición. Un film incoherente y fragmentario,
hecho de reminiscencias de esa tarde, de retazos de su vida, de
sufrimientos futuros, de inmensos miedos, de raquíticas esperanzas,
pasaba ante sus ojos. Pasaba a veces precipitadamente, a veces con
ritmo de locura, a veces lento y doloroso como una trágica paz.
¡Cómo había ansiado que aquella noche transcurriera rápidamente!
Para que no quedaran ni huellas de las horas de tormento que estaba
viviendo, imaginaba sepultarlas bajo eternidades de olvido. Mientras
tanto, esperando el amanecer, a cada rato encendía luz para ver la
hora. Vió las cuatro, las cuatro y media, las cinco... ¡Nunca, nunca
tardó tanto el día en llegar! Más de una vez pensó que el reloj
atrasaba; se levantó para mirar si amanecía. Pero todo estaba oscuro
y sombrío; apenas si una vaga lividez, allá en el fondo del cielo,
presagiaba la posibilidad del amanecer. ¡Cuándo llegaría la mañana,
para traer un poco de luz a su tristeza!
Toda la noche vió al hombre del cabaret. ¡Cómo la miraba! Nunca la
miraron de ese modo. No había en los ojos de aquel hombre los deseos
que ella advirtió siempre en los demás. Era otra cosa, otra cosa...
Sobre todo desde que comenzaron a burlarse de ella. ¿Pero por qué la
miraba así? Ya algunas noches antes, estando en el cabaret con el
Pampa y sus amigos, sus ojos se encontraron con los de ese hombre. Su
mirada se sintió atraída por la de él. No había podido evitarlo. Él la
siguió, sin duda para ver dónde vivía; esperó en la calle y ella salió
un instante al balcón. ¿Quién era? ¿Pretendía separarla de Arnedo y
llevarla con él? ¿Y por qué quiso defenderla, perjudicándola? Él era
culpable, en gran parte, del enojo de Arnedo. Ella lo odiaba al Pampa,
pero no podría dejarlo. La tenía dominada. La insultaba, la abofeteaba,
y ella, en lugar de rebelarse, seguía más sumisa que nunca. ¡Qué
extraña, la vida! Nacha pensaba que jamás se entendería a sí misma. A
veces creía tener en su interior otra persona que la obligaba a las
cosas inexplicables que hacía contra su voluntad. Y si no, ¿por qué
se condujo tan desagradecidamente, tan vilmente con ese hombre que la
había defendido, que se interesaba por ella, que la quería, tal vez?
¿Por qué cometió esa indignidad? Durante toda la noche había tratado
de no pensar en el desconocido. Pero era inútil. En sus actitudes, en
sus ojos y en sus palabras veía algo de grande y de fascinante que
le diferenciaba de cuantos ella conocía. ¡Qué coraje y qué rareza el
atreverse con la patota! Se sentía incomprensiblemente atraída hacia
él. Temía encontrarle alguna vez y al mismo tiempo deseaba verle de
nuevo. ¿Y para qué deseaba verle? No sabía, no sabía y no deseaba
saberlo.
Pero si esta preocupación era absorbente, no lo era menos el imaginar
su porvenir. ¡Ah, si el Pampa la arrojase de su casa! Era horrible
tener que buscar otro hombre, mendigar una protección, caer quizás en
lo que tanto temía. Decíase que aceptaría los favores del sujeto más
perverso, del más brutal, antes que vivir pasando de mano en mano. Lo
que llamaban "la vida" se le presentaba como un fantasma aterrador.
Ella se había dado a "la vida" en dos ocasiones de su existencia, y
sabía que el vivir así significaba un atroz tormento, inagotables
temores, la angustia del mañana. Prefería morir antes que resignarse
a aquello. Ella quería ser buena, ser honesta, y nada envidiaba tanto
como la situación de las mujeres que tienen la enorme dicha de poder
vivir normalmente. Ella no se arrepentía de lo que había sido, de lo
que era todavía. ¿Era suya la culpa? Un miserable la engañó; su madre,
dominada por un hombre inconsciente y falto de toda simpatía humana,
se negó a recibirla, arrojándola así al vicio; y en las tiendas, las
fábricas, en todas partes donde estuvo empleada, la persecución de
los hombres y la penuria de los sueldos la obligó a envilecerse. Pero
ella no guardaba rencor contra nadie. A su madre ya la había perdonado
y hasta le encontró razón. No, nadie tenía la culpa. Todo era obra
del destino, que la condenara a ser mujer de la vida. Una implacable
fatalidad la había empujado violentamente hacia el mal. Inútil
defenderse, luchar. El mal era más poderoso que la voluntad de una
pobre mujer. El mal la había vencido, arrojándola torpemente sobre un
infame lecho de alquiler.
En cuanto al poeta bohemio que fué su amigo, el recordarlo atenuaba un
poco los sufrimientos de la noche. Fué bueno, leal, compasivo. Tenía
un gran corazón, sabía las más bellas palabras de consuelo que se
inventaron en el mundo. Riga la había hecho más inteligente y le había
enseñado a aceptar sin protesta las injusticias del destino. Y ahora,
¿estaría muriéndose? ¿Habría muerto ya, tal vez? La tarde anterior
había leído en un diario la noticia de la enfermedad del poeta. Y esto
la aniquiló, poniendo en su alma tal tristeza que en toda la noche del
cabaret no pudo desasirse de ella un solo instante.
Nacha creíase casi culpable de la muerte de Riga. Porque ella le
abandonó precisamente cuando él más necesitaba su apoyo. ¿Por qué hizo
eso? ¿Por qué esa eterna contradicción en su vida? Dejó su casa cuando
más quería a su madre y a su hermana; adoraba a Riga, y huyó de su
lado; sentía simpatía y admiración por aquel hombre del cabaret y se
burlaba de él. ¿Por qué era así? La noche entera pensó en Riga, desde
el instante en que le conoció hasta el minuto trágico del abandono.
Fué en la casa de huéspedes de su madre. Allí se hicieron los dos
bastante amigos. Más tarde, perdida ya ella, supo las desgracias del
bohemio, y en medio de las gentes infames o groseras que le rodeaban
le recordó como una alma noble y pura. Años después se encontraron,
cuando ella trabajaba como camarera en un café-concierto. Riga pasaba
por momentos de inmensa angustia. Se vieron algunas noches, se contaron
sus penas, se emocionaron por sus mutuos sufrimientos. Y se unieron.
Vivieron juntos tres años, adorándose, adorándose en medio de la
miseria, del dolor, de la desesperación. Los dos trabajaban, pero el
Destino, que quería ensañarse en ellos, fué más fuerte y los venció. Y
cayeron, cayeron... Riga se hundió en el vicio, dejó de escribir. Ella
padeció hambre, quitándose el pan de la boca para que él no pereciera.
Pero llegó un día en que todo debía concluir. No era posible padecer
ya más. La vida y la juventud reclamaban sus derechos. Y entonces ella
se fué, llorando, sufriendo hasta más no poder, destrozada física y
moralmente.
Poco antes de las siete saltó otra vez de la cama sin que Arnedo la
sintiera, y, envuelta en su kimono, salió a la puerta del departamento.
Vivían en un cuarto piso. Se acercó al ascensor y tocó el timbre para
llamar al portero. Cuando el hombre subió, le pidió ansiosamente el
diario _La Patria_, al que se hallaba suscrito Arnedo; y como le dijese
que aún no llegara, lo mandó comprar con urgencia. Mientras el portero
iba en busca del diario, Nacha, inquieta, no hacía sino asomarse a la
ventana de la calle y salir a la puerta del departamento. La mañana
estaba neblinosa y el cielo tenía un color amarillento, sucio. Había
mucha humedad y los vidrios y las maderas sudaban largas gotas. Nacha
tuvo un doloroso presentimiento. ¿Qué podía anunciar un día semejante
sino tristezas? Pálida, temblando, corrió hacia la puerta, donde ya el
hombre esperaba con el diario.
Abrió el periódico, buscó ávidamente... Allí estaba la terrible noticia
que le traspasaba el corazón y la estremecía y le apretaba la garganta
como una garra implacable. Sin fuerzas, pudiendo apenas caminar, fué
hasta la salita y se arrojó en un sofá, con el diario en la mano. Se
sentía deshecha. Allí permaneció mucho tiempo. Lloraba, lloraba la
pobre Nacha... Aquel muerto, que el diario despedía con frases de
cariño, era Carlos Riga, el poeta todo corazón, todo bondad, que había
sido su amante y su amigo en los mejores años de su vida; el muchacho
ingenuo que había purificado a su alma de lo material; el idealista que
la había llenado de ilusiones y de ensueños; el hombre bueno que jamás
tuvo para ella una palabra que no fuese afectuosa. ¡Ah, cómo no iba a
llorar la muerte de un alma como aquélla! Ella no lo veía jamás, no
podía verlo, pero deseaba saber que vivía para no ser del todo mala y
no caer en el fango completamente.
¡Cómo lloró! Y era que aquella muerte se llevaba para siempre las
únicas horas felices de su existencia de esclava, de su horrible
existencia de paria. ¡Se llevaba su sola esperanza de redención!
Toda su vida iba a ser trastornada ahora. Era llegado el momento de
hacer examen de conciencia, de recordar, de recordarlo todo, todo...
¡Y estaba tan olvidada del pasado! Pero no porque hubiese querido
olvidarse de su madre, de su hermana, de los años de la casa de
huéspedes, de las dulces horas de amor que viviera con Carlos Riga.
Era que para poder vivir necesitaba olvidarse de todo aquello. ¡Una
continua lucha por olvidar había sido su vida!
Cuando Nacha se levantó del sofá, después de haber leído infinitas
veces el cariñoso suelto de _La Patria_ en elogio del poeta muerto, ya
no tenía lágrimas, de tantas que había llorado. Compuso su rostro, pues
temía que el Pampa ya estuviera en pie y viese su fisonomía alterada,
y se dirigió a su cuarto de vestir. No oía ruido ninguno en el
dormitorio, y se asomó. El Pampa roncaba, ignorando el drama interior
que se desarrollaba a su lado. Entonces Nacha fué a su ropero y sacó el
libro de Riga. Ella lo había comprado antes de ser su amante. Después
él le puso una dedicatoria, amorosa y sentimental, que ocupaba las dos
primeras páginas en blanco. La leyó apresurada, temiendo que Arnedo
se levantase, hojeó el volumen varias veces y terminó por besarlo
enternecidamente, con los ojos en lágrimas.
Luego volvió a la salita, tomó su desayuno, habló con la cocinera,
intentó escribir a su hermana. Después no supo qué hacer. Habitualmente
se quedaban en la cama hasta las once o las doce. Allí se desayunaban
y leían el diario. Pero aquella mañana no hubiera podido permanecer en
el lecho común, junto al Pampa. Tampoco podía quedarse en el cuarto de
vestir. Temblaba de encontrarse frente a frente con Arnedo, pues sabía
que él iba a pedirle cuenta de su tristeza de la noche anterior y de su
empeño en no bailar. Se fué al comedor, que era el cuarto más alejado
del dormitorio. Creía retardar así el momento que temía. Permaneció
allí casi una hora, pensando en Riga, imaginando lo que el Pampa le
diría. Se vió golpeada por su querido, arrojada de la casa a puntapiés.
¿Qué iba a pasar? Varias veces preguntó a la sirvienta si el señor se
levantaba. Por ella supo cuándo se despertó, cuándo pidió el desayuno,
cuándo fué al baño. Era de extrañar que no preguntara por ella, y
este silencio le aterrorizaba. Por fin, a las doce, sabiendo que iba
a terminar de vestirse, se preparó a esperarle. Estaba intranquila,
turbada, muy nerviosa.
Luego, oyó sus pasos en el escritorio, cuarto vecino al comedor. Sintió
que abría la puerta. Desde allí, mirándola apenas y sin darle los
buenos días, el Pampa la llamó por medio de una seña.