NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
Las palabras en itálicas están indicadas con _sub-índices_.
Las reglas ortográficas del castellano cuando esta obra fue publicada
por primera vez eran diferentes a las existentes cuando se realizó la
transcripción.
Por ejemplo "vió", "fué", "dió", en esa época se escribían con acento
ortográfico, mientras que vocablos que actualmente llevan acento
ortográfico, como "reír" y "oír", cuando la obra fue publicada no
lo llevaban.
El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido
el de respetar las reglas de ortografía vigentes al momento de la
publicación de la obra. Sólo errores evidentes de ortografía, impresión
y/o puntuación, han sido corregidos.
La cubierta del libro fue modificada por el Transcriptor y ha sido
puesta en el dominio público.
El Índice de capítulos ha sido agregado por el Transcriptor.
* * * * *
MANUEL GÁLVEZ
NACHA REGULES
NOVELA
[Illustration]
EDITORIAL PAX
BUENOS AIRES
1919
DEDICO ESTE LIBRO
A LAS MUJERES DE CORAZÓN,
PARA QUE NO IGNOREN CÓMO ES DE TRISTE LA VIDA
DE SUS HERMANAS QUE CAYERON,
Y LES TENGAN PIEDAD Y LES OFREZCAN SUS MANOS
PARA LEVANTARLAS DEL TERRIBLE ABISMO.
ÍNDICE DE CAPÍTULOS
CAPÍTULO Pág
I 7
II 22
III 33
IV 47
V 58
VI 74
VII 92
VIII 107
IX 118
X 132
XI 147
XII 159
XIII 169
XIV 186
XV 202
XVI 215
XVII 226
XVIII 239
XIX 251
XX 264
XXI 277
XXII 287
XXIII 302
XXIV 313
EPÍLOGO 321
I
Noche de Agosto. Buenos Aires ardía en millones de luces, deliraba en
fiestas jubilosas, se exaltaba en la fiebre de su adolescente energía.
En Mayo comenzaron las fiestas. Vinieron millares de gentes desde todos
los rincones del país, desde las repúblicas vecinas. Y aun desde Europa
vinieron.
Durante los grandes días, el gentío, en procesión monstruosa y lenta,
cubrió el asfalto de las calles centrales. El pasar de las gentes era
infinito; las calles y las casas parecían moverse. Al atardecer, cuando
la multitud se espesaba, las calles producían la sensación de algo
que se iba hinchando. Por las noches, cuarenta teatros e innumerables
cines y conciertos apretaban, en sus salas, desbordantes trozos de
muchedumbre.
En los cabarets se codeaban el ruidoso libertinaje y la curiosidad.
El cabaret porteño--sólo el nombre de común, con el de París--, es un
baile público: una sala, mesas donde beber y una orquesta. Jóvenes de
las altas clases, sus queridas, curiosos y algunas muchachas "de la
vida" que acuden solas, son los clientes del cabaret. El tango, danza
allí casi exclusiva, y la orquesta típica--compadritos y mulatillos en
su mayoría--, instalan entre el champaña y los smokings el alma del
arrabal. Los músicos cantan ciertos tangos, gritan, golpean sobre las
maderas de los instrumentos, gesticulan. Las siluetas de los danzantes
se tuercen, se enredan, se paralizan. Y el bandoneón, con sus notas
bajas y oscuras, subraya los tangos de largas sombras dolorosas.
Pero no todo en el cabaret es danza. Algunas noches el escándalo corta
de golpe el baile, de un cabo al otro de la sala, como un vibrante y
enorme tajo. Una terca mirada a la mujer de otro, un violento choque de
parejas o una sospecha de burlas, hacen hinchar las bocas de amenazas
y zigzaguear los revólveres. La "patota", protagonista usual de estas
escenas, es un grupo de jóvenes malcriados. Su placer más fuerte
consiste en molestar, insultar, agredir con los puños o con armas,
trastornar en gresca tabernaria las reuniones pacíficas. Indignarse
contra los patoteros o querer repulsar sus agresiones, es ofrecerse
al brazo habituado o a la bala certera, que surgirán a traición,
canallescamente.
Aquella noche de Agosto, en uno de estos cabarets, atestado de gente,
se bailaba con frenesí. Dijérase que una gigantesca mano invisible,
desde lo alto de la sala, revolvía las parejas insaciablemente. Todas
las mesas, ocupadas. Las botellas de champaña sacaban sus cuellos
aristocráticos de la prisión glacial que las ahogaba. Bajo las luces,
los colores de las toalés femeninas se exacerbaban; y las carnes, que
los pródigos escotes mostraban, aparecían relucientes, vibrantes y
doradas. Tangos y más tangos. Dibujábanse, con rapidez cinematográfica
y en mezcolanza fortuita, actitudes elegantes e involuntarias
caricaturas. Los músicos, agitándose, gritaban "¿Qué me batís?", y
otras frases de malevos. Una pareja de tanguistas emergió del conjunto
entre aplausos. Súbitamente, el bloque movible se abrió redondamente
en su centro, y allí, rodeada por el brocal de los rostros, por las
palabras admirativas y pintorescas y por los aplausos, la pareja se
contorsionó y se rehizo hasta el infinito, en matices minuciosos, bajo
la turbia ansia sensual de un tango ardiente, que el bandoneón aplacaba
con el dolor de sus sombras.
Cuando esto cesó, muchos ojos se amontonaron sobre un hombre
extraño, solitario en una mesita. Era extraño a fuerza de tristeza y
preocupación. Era extraño, por su absoluta indiferencia hacia todo lo
que le rodeaba. Vestía de negro, con elegancia y severidad. Su rostro
era magnéticamente atrayente. Se sentía que ese hombre tenía un alma.
Y que esa alma sufría. Por sus facciones se diluía una expresión
atormentada.
Fuera de su propia preocupación, sólo le acompañaba, en aquella su
soledad, el mirar disimulado de una lindísima muchacha que, con varias
personas, ocupaba una mesa próxima. Aquel hombre no estaba en el
cabaret. Sus ojos, cuando no eran para la vecina, ascendían a lejanos
mundos. Iban sin duda a buscar cosas muy distantes, para llenar con
algo la soledad de su alma o para dárselas a aquella mujercita en la
punta de una mirada.
Los individuos en cuya compañía estaba ella, formaban una patota. Eran
cinco y tenían en su mesa tres mujeres. No pertenecían aquellos sujetos
a la sociedad aristocrática, pero eran lo que se llama en Buenos Aires
"gente bien". Sus apellidos tenían representantes en la política y en
los negocios y salían con frecuencia en las crónicas sociales de los
diarios. Personalmente, no eran ellos distinguidos. Hablaban a gritos,
reían a carcajadas, usaban términos compadrones, bailaban exagerando
los hombros, ostentaban su champaña y llevaban, en pleno invierno,
trajes claros y corbatas llamativas. Unos "guarangos" típicos, pues.
La muchacha que había impresionado al hombre solitario estaba triste.
Una dulce melancolía circulaba por su rostro alargado, por sus ojos
ardientes y oscuros, por su boca, quizás un poco grande. Y todo en ella
completaba el melancólico atractivo de su persona: el enorme sombrero,
que le daba un aire ingenuo; la elegancia, un poco al desgaire, de su
vestir; la actitud de abandono y _nonchalance_ de sus largos brazos,
flacos pero bien modelados, y cubiertos hasta más allá del codo por
guantes blancos; su escote, que hacía resaltar el dorado desvanecido
de la piel; sus cabellos de un color rubio amortiguado, que le caían
en guedejas formando un lindo marco a la tristeza de su rostro. El
hombre advirtió que ella se esforzaba inútilmente en alegrarse y reir
con sus compañeros. La tristeza se había entercado en su persona, y a
su voluntad le faltaba fuerzas para alejarla. Hubo un momento en que la
tristeza aumentó hasta desbordar. Entonces sus compañeros lo notaron.
Uno de ellos, en quien ya el vino operaba, gritó:
--¿Pero qué te pasa, ché? ¡Avisá si te está por dar el cólera!
Era un individuo desgarbado y feo, chato, movedizo, chillón,
gesticulante. Llamábanle el Pato. Sus amigos festejaron la gracia con
risotadas. La muchacha intentó una sonrisa. Y por la ventana de esa
sonrisa, el hombre solitario vió el pozo interior del sufrimiento de
aquella criatura. Y su rostro se contrajo ligeramente.
--Metéle champán, no más, que es bueno pal dolor de barriga--continuó
el Pato, alentado por el éxito.
--No hagás caso, Nacha--dijo una de las mujeres, fríamente, como por
obligación.
Nuevas risas en el grupo y aun en las mesas próximas. La muchacha,
avergonzada, miraba con desconfianza y miedo hacia todas partes. Cuando
sus ojos se encontraron con los del hombre solitario, aumentó su
vergüenza.
La orquesta concluyó un tango. En la quietud que siguió, los patoteros
se burlaron de Nacha. Uno, que parecía el amante, incitaba a los demás.
Las mujeres se afiliaban hipócritamente a aquella bajeza. Casi todo el
cabaret llegó a tomar parte en la burla. En cierto momento, Nacha, que
ya no podía soportar aquello, se llevó las manos a la cara. Entonces el
Pato gimió grotescamente:
--¡Ay, ay, ay!--, mientras algunos espectadores dislocaban sus hocicos
en un escándalo de carcajadas exageradas, o coreaban al llorón:--¡Ay,
ay, ay!
--¡Me estás poniendo en ridículo!--exclamó el amante, dirigiéndose a
Nacha y agregando una palabrota.
Y otra vez, en la orquesta, un tanto. Las notas lánguidas, los ritmos
cojeantes, el espeso abejeo del bandoneón, desalojaron a los gemidos
y a las risas. Ya las parejas se hamacaban, o se deslizaban con los
cuerpos rígidos y los rostros graves. El dueño de Nacha se levantó para
bailar con ella. La infeliz resistía, y él, tomándola de los brazos con
violencia, la plantó en medio de la sala.
--¡Dejáme! No puedo bailar...
--¡Vas a bailar, te digo! ¡...ciendo papelones!
--Mirá que no puedo, por favor...
Pero el sujeto ya la había tomado de la cintura y entraba con ella en
la rítmica agitación. El hombre solitario se había estremecido al ver
aquella brutalidad. Dentro de él una lucha se agrandaba. Muchos pares
de ojos, convergiendo en este hombre, pregustaban inquietamente un
drama.
Nacha, sin ánimos para bailar, no tardó en desasirse y en volver a
la mesa, que estaba sola, pues sus compañeros danzaban. El sujeto,
sonriendo de rabia, se sentó a su lado, la injurió y la amenazó.
Hablaba adelantando la mandíbula inferior, apretando los dientes y
haciendo con los labios contorsiones de enojo y de desprecio.
--¡Me la vas a pagar esta noche!--se le oyó mascullar una vez, mientras
la sacudía de un brazo.
El hombre solitario examinaba a aquel sujeto alto y corpulento,
cariancho, afeitado, con una cicatriz en la barba, de grandes espaldas,
de piel oscura, de ojos chicos, duros y algo indígenas y de modales
autoritarios y antipáticos. Gran perla en su corbata-plastrón, polainas
blancas sobre los botines de charol y enormes anillos en los dedos.
Individuo de ésos que abundan entre la gente porteña. Rastacueros,
exhiben sus pesos y sus mujeres. Viven maritalmente con alguna muchacha
bonita, pues si no lo hicieran así, si no tuvieran "hembra", se
sentirían sin prestigio. Pasan las noches en los teatros y cabarets con
otros amigos y sus queridas. Beben champaña, hacen ruido, molestan,
hablan a gritos, "titean" a algún "candidato" ocasional. Son rumbosos,
agresivos, audaces. ¡Cuidado del que mire a sus mujeres! ¡Cuidado del
que detenga en ellos los ojos! El revólver les abulta el muslo derecho
y es habitual apéndice de su mano. A las mujeres las tratan como a
bestias de placer, sin delicadeza, ni ternura, ni simpatía humana. Y
sin embargo, las mujeres se ligan fuertemente a ellos, tal vez porque
los consideran muy machos, porque saben lucirlas y porque la violencia
del instinto es tan grande en ellos que les hace inagotables en el
amor. Algunos de estos hombres tienen título de abogado, o llevan un
apellido notorio. Son todos carreristas y jugadores. Viajaron por
Europa, injuriando, con su arrogancia y su rastacuerismo, a las gentes
civilizadas. En París iban siempre acompañados de prostitutas, y
escandalizaban en las tabernas y cabarets para mostrar su gracia y su
coraje criollo. Tipos repugnantes, mezcla de bárbaros y civilizados, de
compadritos y personas decentes, constituyen la descendencia urbana del
gaucho Juan Moreira. ¡Seres sin escrúpulos, sin moral, sin disciplina,
sin más ley que su capricho y su placer!
Mientras tanto, Nacha, con las manos en el rostro, lloraba. El patotero
se enfurecía, levantaba la voz, y la amenazaba cada vez con mayor
enojo. La llamaba histérica, farsante, ridícula; y decía que todo
lo aguantaba, menos los lloriqueos y los papelones. En el hombre
solitario se iba desdibujando la inmovilidad de su silueta. Sin duda ya
no podía soportar tanta maldad.
La fina espada del violín degolló el tango que agonizaba. Los patoteros
y sus mujeres retornaron a la mesa. El llorón, ante las lágrimas de la
víctima, volvió a sus ayes gemebundos. De pie, con los puños sobre los
ojos y en la actitud de un pelele estúpido, berreaba grotescamente.
La bulla explotaba en todos los lugares del cabaret. Cada átomo del
cabaret reía. La víctima terminó por habituarse al espectáculo, y las
lágrimas, en vez de subir a los ojos, fueron cayendo muy adentro. Y
hasta fingió indiferencia, levantando los hombros y haciendo con los
labios un desdeñoso gesto. Pero aquél que la miraba leyó en sus ojos,
todavía enrojecidos, la confesión de un hondo sufrimiento.
Cuando el nuevo tango aplastó bajo sus pies innumerables la farsa
innoble, otro de los patoteros, un muchachón flaco y alto, de cintura
entallada femeninamente, quiso bailar con Nacha.
--Ya he dicho que no quiero...
--¿Qué?--exclamó el amante, abalanzándose sobre elle y agarrándola de
los brazos, resuelto a levantarla.
--Por favor, no puedo, no puedo...
--¡Qué no puedo, ni no puedo!
La lucha duró un segundo. El hombre triunfó. Arrancándola de la silla,
la sacó del sitio y la empujó hacia el centro de la sala, para que su
amigo la tomara y bailara. Pero el perverso lo hizo con tal fuerza,
que la arrojó al suelo.
En el mismo instante ocurrió algo inaudito. El hombre solitario, que
al comenzar la lucha se había puesto de pie, avanzaba ahora. Avanzaba
serenamente hacia el brutal sujeto. Estupor. Sensación. Por entre la
masa de los espectadores culebreó un temblor de inquietud. Un anillo de
siluetas ansiosas encerró a los protagonistas. Cortóse el tango. Sobró
un gemido del bandoneón, que entristeció de negruras el ambiente.
--¿Qué hay?--escupió el patotero al rostro del intruso, mientras en sus
ojos con algo de indio, y ahora más achicados y endurecidos que nunca,
surgía una chispa de odio bárbaro, de maldad primitiva y ancestral.
Asombraba la impavidez del intruso. Frente al victimario de Nacha,
permanecía sereno, casi indiferente. Apenas si un lacónico tic de los
labios y un temblor en las manos denunciaba su indignación. Mirando
fijamente a su interlocutor, dijo con firmeza y lentitud:
--Exijo que no maltrate a esa mujer.
Nadie supo si esto era inconsciencia o coraje. De regular estatura y
más bien delgado, parecía que debiese ser devorado por aquel hombrón
semibárbaro que era el patotero, y por sus cuatro compinches que, en
ley de patota, le acometerían a golpes o a balazos. La estupefacción de
los cinco hombres, sorprendidos de que uno solo se atreviese con ellos,
había paralizado sus movimientos.
--¿Qué dice?--preguntó el patotero, como si no hubiese oído bien.
--Que le exijo...
Un súbito y unánime ataque de los cuatro patoteros guillotinó su frase.
Simultáneamente removióse la concurrencia. Rodó alguna silla. Unos
contra otros, aplastáronse muchos cuerpos sobre la estrecha puerta de
salida.
--¡Apártense! ¡Nadie toque a ese hombre!--rugió despóticamente el dueño
de Nacha.
Garras ansiosas y puños vibrantes quedaron en el aire. Luego el mandón,
como sus amigos permanecieran junto al intruso con su asombro y sus
deseos agresivos, los impelió uno a uno, hacia la mesa. Después se
encaró con los espectadores. Sin duda tuvo intenciones provocativas,
pero viendo allí una multitud, se limitó a decir:
--¡... pasao nada, señores! ¡A bailar!
Y dirigiéndose a la orquesta, gritó:
--¡Siga la música! ¡Tango!
La orquesta, que se había deshecho ante el escándalo, se rehizo
instantáneamente. Recogida en sí misma unos segundos, empujó con
presteza un tango al medio de la sala. Y la gente, parte por temor al
mandón y a su patota, y parte queriendo olvidar un incidente que era
lógico terminara a balazos, bailó en seguida. Pasado el peligro, a
todos convenía suprimirlo para que no volviese.
Mientras tanto, los dos hombres, de pie, hablaban.
--No me conoce usted--dijo el sujeto, sobando sus anillos, como para
entretener las manos rencorosas que, estremecidas, ansiaban dar el
salto.--Pero yo lo conozco. Usted es el doctor Fernando Monsalvat.
Y bueno, señor Monsalvat; voy a darle un consejo, ¿sabe? No se meta
con nosotros, y váyase. Inmediatamente, sin chistar. Usted es más
viejo que yo, tendrá más o menos cuarenta años; yo tengo treinta y soy
más fuerte y estoy acostumbrado a estas cosas. Además, ahí están mis
compañeros, saliéndose de la vaina, como quien dice. Váyase a su casa y
no se exponga. Y si le doy este buen consejo, es porque tengo razones
para dárselo.
Los patoteros se preguntaban con los ojos quién sería aquel hombre. Se
preguntaban qué razones tendría su amigo para impedir que le rompiesen
el alma. La muchacha, sentada, no quitaba los ojos de su defensor. La
orquesta tocaba un tango sollozante, cortado de silencios, lúgubre a
veces por el grueso esfumino del bandoneón. Innúmeras parejas bailaban,
abrochadas las mujeres a los hombres. Monsalvat había oído con
indiferencia a su interlocutor. Y replicó, sereno:
--Nada sé de su consejo. Lo que quiero es que no maltrate a esa infeliz.
--¿Qué...? ¿Infeliz?
Retrocedió fulminantemente, como en impulso de ataque. Sus ojos
picotearon con rapidez a su alrededor. Una mano buscó el revólver. Pero
la tranquilidad de Monsalvat le detuvo. Perplejo, azorado, creyóse un
poco en ridículo. Aquel hombre ni le provocaba, ni le temía. Vió que la
gente, aun sus amigos, no advirtieron su actitud, y decidió suavizarse.
Se calmó otra vez. Pasaron dos o tres minutos. Monsalvat seguía allí,
fuerte en su silencio y en su serenidad. De su alma surgían efluvios
misteriosos que comenzaban a penetrar en el espíritu de su enemigo.
Iba éste desconcertándose. Abandonó su aire bravucón y dijo, riendo
falsamente, en tono despreciativo:
--No lo toco porque le tengo miedo, ¿sabe? Usted parece muy tigre. Y me
da lástima por mis compañeros. No quisiera que se los comiese vivos...
Calló, comprendiendo la miseria de sus palabras y su inoportunidad.
Fastidióse contra sí mismo. Luego se acercó más a su interlocutor, y
colocándole una mano sobre el hombro, le dijo:
--Mire, señor Monsalvat... Agradezca que... Bueno, no se lo digo...
Agradezca que soy quien soy. Pero para que vea su equivocación al
juzgarme, va a hablar con ella ahora mismo. Puede preguntarle lo que
quiera.
Se apartó y trajo a la muchacha. La presentó. Ella, aterrada, pálida,
sonreía absurdamente. Sin duda imaginaba algo malo, perentorio, fatal.
Sus ojos, temblorosos, se anidaron por un instante en la mirada vasta
y profunda de Monsalvat. Pero la voz del dueño los arrancó de aquel
refugio.
--Este señor,--profirió el patotero--me cree un asesino. Más o menos.
Bueno... Decíle si estás contenta o no con tu suerte. Decíle la verdad.
¿De qué tenés miedo?
Monsalvat miraba a Nacha con encanto y tristeza. Pero apenas la veía.
Sus ojos, empapados de una piedad dolorosa, habían rehecho la verdadera
imagen de aquella muchacha de la vida. Ella no se atrevía a mirarle y
levantaba la vista hacia su hombre. A Monsalvat parecía no interesarle
aquel interrogatorio, cuyo resultado adivinaba.
--Respondé: ¿no estás contenta?
--Sí, sí estoy contenta--dijo ella, con voz apenas perceptible.
--¿Y por qué? Porque vivís tranquila, tenés casa... ¿No es así?
Nacha comprendió que era necesario hablar, declararse satisfecha. De
otro modo, el enojo del patotero contra el intruso rebotaría hacia
ella. Y se soltó a hablar, a borbollones, casi incoherente.
--Sí, estoy contenta. ¿Cómo no estarlo? Tengo una casa, vivo feliz...
Ya no ando de aquí para allá, rodando, como antes. En mi casa hay lujo,
gasto la plata que quiero. Tengo dos sirvientas. ¿Qué más puedo decir?
Ahora sé lo que es la tranquilidad, después de tanto sufrir... Después
de...
Y continuó, ya lanzada. Hablaba como en el vacío, sin dirigirse a
nadie. Hablaba para ella misma, para distraerse con sus propias
palabras. No para Monsalvat. Ella deseaba que Monsalvat no la oyese.
Parecía una sonámbula. ¡Era un hablar, un hablar...! Monsalvat no la
escuchaba. La miraba, y nada más. Bastábale sentir a su lado toda
su dulzura. Bastábale la suavidad, el temblor de sus palabras y la
melancolía de sus ojos. El tango les daba a las palabras y a los ojos
una ardiente tristeza. El bandoneón los ennegrecía con el humo de su
desoladora amargura. Y hasta el dueño de Nacha parecía sensible a la
influencia letárgica y adormecedora de aquella música.
--Bueno, basta--interrumpió el patotero.--¿Ha visto? ¿Se ha convencido?
¿No le dije que estaba haciendo un papelón?
Luego, echándose hacia atrás, soltó una carcajada llena de altanería.
Había cesado el tango y su influjo sobre las almas y las cosas. Había
recobrado el sujeto su personalidad. Dirigiéndose a su querida, la
empujó hacia sus compañeros. Sentados a la mesa, ellos esperaban la
conclusión de la escena.
--Y ahora, váyase de aquí en seguida. Pero antes, quiero decirle quién
soy. Le interesa, amigo. No se vaya. Podemos otra vez encontrarnos y...
Míreme bien...
El individuo se puso serio. Su mano derecha apartó el smoking y buscó
la cintura. Luego dijo, en voz baja y grave:
--Soy Dalmacio Arnedo, el Pampa Arnedo, como me dicen.
Monsalvat se estremeció. Sus facciones se convulsionaron.
Instintivamente alzó una mano, pero en seguida la dejó caer. Los
patoteros se arrojaron sobre él. Al mismo tiempo, alguien gritó:
--¡La policía!
El cabaret hirvió en agitados remolinos. Luego, fué una calma inquieta,
una paz que se improvisó para los ojos turbios de la autoridad.
Desde un principio, se había formado entre los espectadores un partido
en favor de Monsalvat. Su actitud frente a la patota le dió enormes
simpatías. Algunos comprendieron la fuerza de este hombre. La situación
de la muchacha infundió lástima, si bien nadie se sentía con ánimos
para salir en su defensa. Dos o tres personas, entre las más apiadadas
o prudentes, habían llamado a la policía, para que se instalara allí,
en previsión de un escándalo.
Los patoteros, al grito de alarma, volvieron súbitamente a sus
lugares. Monsalvat, mirando al individuo, masculló un "¡canalla!".
Arnedo, desde su mesa, le contemplaba con sonrisa maligna, mientras
sus amigos, sentados, hacían ruidos con la boca y se retorcían y
brincaban, simulando una desaforada alegría. Nacha miraba a su defensor
con lástima. ¿Quién era ese hombre? ¿Qué quería de ella? La policía
comprobó, en rápida ojeada, que el orden "no había sido alterado". Y
se fué en seguida, solemne de prudencia, satisfecha de aquel inseguro
remiendo de paz que su presencia había hilvanado en el cabaret.
Monsalvat volvió a su mesa y pagó el gasto. El Pato comenzó a cantar,
con la música de una zarzuelita en boga:
--¡Ya se va, ya se va, ya se va!
Los demás patoteros, y aun algunos neutrales, corearon. Monsalvat,
al levantarse, vió que la muchacha también cantaba y reía. Se detuvo
un instante como para arrojarle una mirada de reproche. Dos lágrimas
asomaron a sus ojos. Y silenciosamente, sin apresurarse, salió del
cabaret, mientras el llorón volvía a su primer estribillo:
--¡Ay, ay, ay! ¡Ay, ay, ay!
II
Fernando Monsalvat encontrábase en una encrucijada de su vida. Hasta
entonces--y tenía cerca de cuarenta años--, nunca vaciló en su
camino. Pero ahora parecía que todo hubiese cambiado en él y que una
transformación fundamental estaba operándose en su alma. Había vivido
toda su vida sin juzgar el mundo de que formaba parte. Había sido un
hombre más o menos feliz. Pero desde hacía algunos meses miraba todas
las cosas con espíritu crítico y se consideraba desgraciado.
Era hijo natural. Su padre perteneció a una familia aristocrática y
poseyó muchos millones. Había muerto repentinamente, sin testar, cinco
años atrás. Su madre, hija de unos franceses que tenían un pequeño
comercio, había sido seducida a los diez y ocho años. Su padre, como
el chico era inteligente y distinguido, y su descendencia legítima
formábanla sólo mujeres, le dió una buena educación. A fin de que no
viviese con la madre, mujer inconsciente e ignorante, llena de ideas
absurdas, internó a su hijo en un colegio. Sólo en las vacaciones
veía el niño a la madre. Fernando recordaba las visitas de su padre
a la casa, las discusiones con su madre, los consejos que a él le
daba. Una vez le llevó a una de sus estancias cerca de Buenos Aires,
una propiedad inmensa como un estado, con bosques maravillosos, con
una casa que era un magnífico palacio, y con galpones repletos de
toros gigantescos y lanudas ovejas. Pero más que todo, recordaba cómo
su padre le llevaba casi a escondidas, y cómo no había contestado
claramente cuando un amigo, en el tren, preguntó quién era el
muchachito. Más tarde, en el colegio, aprendió su situación por algunos
chicos que conocían a la familia legítima de su padre. Desde entonces
comenzaron sus primeras timideces y vergüenzas a causa de su condición,
y esto influyó en su vida poderosamente.
Cuando salió del colegio entró a estudiar Derecho. Fué un alumno
excelente, y desde antes de recibirse ingresó en un famoso estudio de
abogado. Socio más tarde del abogado, ganó dinero y algún prestigio.
Pero por una cuestión de conciencia abandonó el estudio y se fué a
Europa, donde permaneció dos años. Al regreso, teniendo treinta y dos
y no deseando continuar en la profesión, obtuvo un consulado para una
ciudad de Italia. Hacía seis meses que había vuelto, después de siete
años de ausencia, ahora para quedarse en el país.
La madre de Fernando vivía aún. Enferma y envejecida, parecía achacosa,
pero no pasaba de los sesenta años. Su hijo la veía poco. Ocupaba ella,
en la compañía de una sirvienta mulata, casi una negra, un departamento
bastante pobre, en una casa de varios pisos, frente al parque Lezama.
Fernando tenía también una hermana.
Fernando Monsalvat había vivido como cualquier hombre decente de su
condición social. Trabajó en el estudio de abogado con gran tenacidad,
y como cónsul se desempeñó notablemente. Desde niño tuvo afición a
los libros. Se había dedicado a la sociología; de cuando en cuando
publicaba algún artículo. Sus opiniones eran tenidas en cuenta y se
las comentaba en ciertos círculos intelectuales. Hombre mundano, a
pesar de su timidez y su desconfianza, frecuentó los clubs en Buenos
Aires, los grandes teatros, las carreras. A bailes asistió poco,
pues, sin duda por ser hijo natural, no le invitaban en todas partes.
Cuando estudiante vivió de una buena pensión que le pasaba su padre.
Ahora, a la vuelta de Europa, se encontraba sin más recursos que los
provenientes de una propiedad que su padre le regalara al recibirse de
abogado y que le rentaba trescientos pesos mensuales.
Hasta qué punto la condición de bastardo había influido en su
temperamento y en su orientación en la vida, era algo increíble. Cierto
que, siendo estudiante en la Facultad, algunos muchachos distinguidos
no quisieron ser sus amigos, y que más tarde, en sociedad, fué
desdeñado en varias ocasiones. Pero él exageraba hasta el absurdo la
realidad de estos desprecios. Si alguien no le saludaba en la calle,
al pasar, atribuía el hecho al propósito de ofenderle. Si en un baile
una muchacha solicitada por él rehusábase a darle el brazo, alegando
tener excesivos compromisos, Monsalvat pensaba: "No quiere mostrarse
conmigo porque sabe mi origen". Cuando en los exámenes le clasificaban
con una nota inferior a la que creía merecer, no dudaba de que la
culpa la tenía su condición de bastardo. Y así en todo. Jamás pasó
un día que no tuviese una preocupación de esta índole. No se irritaba
contra los demás; al contrario, le parecía natural que, dadas las
ideas dominantes, se le tuviese en menos. Pero se sentía humillado,
disminuido.
Todas estas cosas le obligaron a aislarse y contribuyeron a afirmar
su vocación por el estudio. No tuvo nunca verdaderas amistades. Se
consideró solo en la vida; solo espiritualmente, pues relaciones le
sobraban. Era un hombre correcto, y, no obstante su frialdad aparente,
amable y simpático, aunque con frecuencia se manifestase un poco huraño.
Lo único que varias veces le hizo creerse menos solo, fueron sus
aventuras con mujeres. Era en cuanto a mujeres un hombre raro. Al revés
de todos los jóvenes de su tiempo, apenas conocía a las muchachas "de
la vida". No había entrado sino ocasionalmente en una casa pública.
Pero había tenido varias amantes: entre ellas alguna dama de la
sociedad distinguida. Tenía el don de agradar a las mujeres: una voz
acariciadora, unos ojos profundos. Sabía despertar la compasión; y
como nadie ignora, es el deseo de compadecer lo que más pierde a las
mujeres. Pero Monsalvat no siempre las buscó: algunas le buscaron a
él. En dos o tres casos creyó haberse enamorado; ¡ilusión, y nada
más! Tampoco ellas le quisieron apasionadamente: todo era instinto,
sensación; modesto amorío, cuando mucho.
En todas las demás cosas de la vida pudo considerársele un modelo y una
excepción. Muy caballeresco, muy sencillo, sin antipatías para nadie,
bondadoso y servicial, lleno de delicadezas. Jamás debió un centavo,
ni aduló a quienes podían darle algo, ni tuvo deslealtades para con sus
amigos ni devolvió mal por mal, ni se condujo en caso alguno en forma
que no fuese clara y sincera.
Fué, pues, Fernando Monsalvat un hombre útil y honesto. Sin embargo,
desde hacía algunos meses consideraba que había vivido mal. Creía
haber llevado una existencia egoísta, mediocre, estéril para el
bien. Se avergonzaba sobre todo de sus artículos sobre cuestiones
morales y sociales, pensados con espíritu de casta, con el criterio
individualista, insincero y convencional, que dominaba en la Facultad y
obtenía los aplausos de los políticos hábiles y cultos. Se despreciaba
por haber seguido la corriente, por haber vivido y pensado como los
hombres de su mundo. ¿Qué gran obra de bien había realizado? Vivió
para sí, trabajó para ganar dinero, escribió para obtener prestigio
y alabanzas. Vivía ahora atormentado secretamente, disgustado de sí
mismo, de la sociedad y hasta de la vida.
¿Cómo le había sobrevenido semejante crisis de conciencia? En los
espíritus nobles y generosos tales situaciones son naturales: hay
momentos en la vida en que hacen examen de su conducta, y entonces
abominan del pasado. Pero ¿cuántos cambian de rumbo? Generalmente
todo queda en el fondo del alma; y descontentos, pesimistas, tristes,
continúan por el mismo camino, viviendo aquella misma vida que odian.
Monsalvat sentíase acometido por la necesidad de un ideal y de una obra
que rescatase sus treinta y nueve años inútiles. ¿Iba a seguir como
antes, su existencia de egoísmo y de complicidad con el mundo?
Pero Monsalvat había llegado a su tragedia interior no naturalmente
sino por motivos poderosos.
Dos pequeños hechos de igual índole, ocurridos en París, ennegrecieron
el ánimo de Monsalvat. Convencido de que no debía permanecer en
su soledad, quiso casarse, para lo cual intentó pretender a una
aristocrática muchacha con la que hiciera gran amistad en Roma. Pero
apenas la familia y aún la propia interesada vieron las intenciones
de Monsalvat, se esfumó toda la simpatía; alguien llegó a insinuarle,
tal vez por encargo de la muchacha o de sus padres, que él no podía
pretenderla. Luego, en el hotel donde se alojaba, conoció a otra
compatriota. Amistad, primero; un poco de flirt, después. Se interesó
Monsalvat y hasta creyó haberse enamorado. Definió sus pretensiones,
y fué tratado como un insolente, como si con su actitud intentara
humillar a la preclara casta. Monsalvat, ante situaciones de esta
especie, no sufría por sí mismo, no se avergonzaba de ser lo que era:
sufría por la injusticia de los demás.
Monsalvat sentía un profundo disgusto de que fuese su propio
sufrimiento lo que le hubiese llevado a abrir los ojos con respecto
al mundo de que formaba parte y a su impávida injusticia. Motivos
egoístas, llamaba él a sus razones. Pero en realidad no lo eran, pues
a él le preocupaba su caso por lo que tenía de general y de humano.
Por otra parte, nuestras razones egoístas influyen casi siempre en la
realización de las grandes cosas.
Unos seis meses antes de aquella noche del cabaret, Fernando Monsalvat,
con su dolor y su desilusión a cuestas, había llegado a Buenos Aires.
Al principio se asombraba de juzgar a las gentes y a las instituciones
con tan gran rigor. ¿Por qué todo lo veía malo? ¿Pesimismo? Pero luego
comprendió que sus juicios severos eran la simple obra del espíritu
crítico que había surgido en él. Hasta entonces aceptó las cosas
como inmutables. La vida le había ofrecido cuantos goces quiso. Tuvo
dinero, fué amado, alcanzó algún prestigio. Nada le importaron ni las
imperfecciones, ni las iniquidades del mundo. Demasiado lleno de sus
libros, de su vida, de sus placeres, no advirtió los trágicos lamentos
subterráneos de los que gemían allá abajo. Vivía en un mundo feliz, en
una sociedad sin angustias. Pero ahora se le estrujaba el corazón y, en
la soledad de sus días, clamaba inquietamente por tantos años estériles.
Una tarde, la casualidad le hizo comprender hasta qué punto había
sido egoísta su vida. El automóvil en que iba se había detenido
al doblar una esquina, en la plaza Lavalle. Una multitud avanzaba
cantando. Era domingo. Todas las puertas cerradas. La canción avanzaba
por en medio de la calle, y también por entre los árboles. Avanzaba
irritada, exasperada, tumultuosa. Monsalvat no veía sino las mil bocas
frenéticas de aquella canción que le intimidaba y a la vez le atraía,
y una bandera roja que parecía el alma de aquella canción. Bajó del
automóvil. Y en esto, un clarín brutal desinfló la multitud, como el
pinchazo de un puñal en una odre. Sonaron tiros. Los sables policiales,
ciegos, enloquecidos de sangre, golpeaban las bocas proletarias que
contestaban rabiosamente, dolorosamente, cantando su canción. Pero la
violencia de arriba fué más fuerte que la ingenua violencia de la
canción. La multitud se derramó por las calles próximas, se deshizo.
Los sables buscaron ansiosamente a los que se escondían en los huecos
de las puertas cerradas. Los ojos de los que huían volvíanse enormes de
espanto. Allí, en la calle, quedaba el crimen, solo, brutal, despótico,
monstruoso. Nadie recogía los muertos ni los heridos. Las casas de
los bienhallados, de las familias de abolengo, de los burgueses y
comerciantes permanecían cerradas, mudas. Monsalvat, enfermo de
indignación, con el alma hecha un clamor, creyó advertir en aquello una
complicidad horrible.
Su transformación, sin embargo, era puramente interior. Algo había
cambiado su vida: no frecuentaba el club, no iba a fiestas, no veía a
la mayor parte de sus antiguos amigos. Pero en los seis meses, ¿qué
había hecho de positivo? ¿Había descubierto, acaso, su verdadero
camino? Estas preguntas le atormentaban sin cesar, y le sumían en
largas horas de meditación.
Sólo había resuelto no trabajar como abogado. ¿Para qué necesitaba
ganar tanto dinero? ¿Para guardarlo? ¿Para gastarlo en vanidades?
Pensó que pudiera darlo. Pero, ¿a quién y cómo? Un amigo, abogado
ilustre, que estimaba el saber jurídico de Monsalvat, quiso asociarle
a su estudio; pero él no aceptó. Prefería un empleo, y lo pidió al
Ministerio de Relaciones Exteriores, donde su preparación, adquirida
en siete años de consulado, sería muy útil, y donde se le apreciaba
grandemente. El Ministro le prometió un empleo y Monsalvat lo esperaba
para aquellos días.
Mientras tanto, vagaba por las calles, triste y distraído. Huyendo de
sus relaciones y de las fiestas del Centenario, gustaba recorrer los
barrios pobres, los arrabales. A veces, en algunos festejos populares,
se metió entre la multitud. Oyó las conversaciones de la gente y habló
con varios hombres y mujeres. Se sorprendía de encontrarse tan bien
entre ellos. Se sentía pueblo. Y era en efecto pueblo, por su madre,
hija de obreros que llegaron a pequeños comerciantes. Un día fué a
ver aquella casa,--un pequeño conventillo--de cuya renta vivía. Se
indignó contra el encargado. Aquello era un antro inmundo e inhabitable
donde se hacinaban unas quince familias de desgraciados trabajadores.
¿Cómo nunca se le ocurrió verlo? preguntábase, disgustado contra sí
mismo. Pero luego recordó que lo había visitado varias veces, antes
de su segundo viaje a Europa. Sólo que entonces aquella miseria le
parecía cosa natural y hasta excelente. ¿No eran acaso situaciones
como aquéllas las que despertaban las ambiciones de los obreros y
los llevaban a trabajar con heroísmo y a enriquecerse por la fuerza
de su voluntad? ¿No eran esas situaciones el primer escalón de la
fortuna, en este país privilegiado "donde no se hacía rico sólo el
que no quería serlo?" Monsalvat recordaba avergonzado sus antiguas
ideas del liberalismo económico, de ese inicuo sistema que parecía
inventado por los ricos para seguir explotando a los pobres. ¡Ah,
sus magníficos artículos de otros años, cuánto daría por no haberlos
escrito! Tuvo intenciones de hipotecar el conventillo con el propósito
de transformarlo en una casa higiénica.
En sociedad, y sobre todo entre los hombres, el estado de ánimo de
Monsalvat fué tomado a la burla Él apenas hablaba de sus ideas y sus
preocupaciones, pero su aislamiento y algún artículo reciente en
que explotara su sentimiento de protesta, indignando a las gentes
distinguidas que le aplaudieron antes, revelaban algo raro en él, que
la sociedad comentaba encarnizadamente. Unos decían que estaba loco;
otros le consideraban enfermo. Más de una persona seria le miró con
miedo, como a un enemigo de las instituciones.
Pero Monsalvat no era enemigo de nadie. Demasiado bueno, los
sentimientos de rebeldía no duraban mucho en su corazón; se
transformaban, a poco de nacer, en una indecible pena, en una angustia,
en un desasosiego físico y moral. Sólo se odiaba a sí mismo, sólo se
rebelaba contra sus años egoístas.
¿Qué quería ahora? ¿Qué buscaba? ¿Dónde pensaba hallar su camino? No
sabía. No sabía absolutamente nada de lo que pudiera ocurrirle. Sentía
a su alrededor un vacío enorme. Una sensación de infinita soledad le
acompañaba incesantemente. Horas enteras pasaba meditando en su destino
futuro. Su corazón se había sensibilizado de un modo extraño, y todo su
ser parecía estar ya pronto para una fundamental transformación de su
vida.
Una noche la curiosidad le llevó al cabaret. Ignoraba lo que fuese
aquello. Hízole impresión el espectáculo. Los tangos, en la orquesta
típica, causáronle una emoción intensa. El cabaret le pareció una
nota de color en la aridez inmensa de Buenos Aires. Aquella noche se
sintió más solo que nunca. En el cabaret y en los tangos encontraba,
no sabía por qué, la misma tristeza profunda que él llevaba en su alma.
A veces, cuando el bandoneón surgía como desde un hondo abismo, la
música del arrabal, la música aquélla que hacía pensar en crímenes y en
paisajes de miseria, le hablaba de desolaciones, de desesperanzas, de
la amargura del vivir.
Aquella noche sus ojos encontraron los de Nacha por primera vez.
Se miraron sorprendidos, algo azorados, como si se conocieran. La
muchacha se había turbado. Bajaba los ojos, enredaba sus dedos unos
con otros. Monsalvat permaneció en el cabaret dos horas, insistiendo
en aquel flirt. Jamás le atrajeron las mujeres fáciles, cuya ausencia
de reserva consideraba nada femenina. ¡Pero aquella criatura tenía
tan lindos ojos! Pensó que tal vez ella pudiera amarle. Pensó que su
soledad sería menos grande si una mujer le comprendiese. Al salir del
cabaret la siguió en un auto. Ella y su amigo entraron en la casa donde
seguramente vivían. Monsalvat bajó del coche y esperó un momento, en
medio de la calle, bajo la oscuridad de la noche. Ella salió al balcón
y permaneció allí un instante, mirando a veces hacia la calle.
Monsalvat retornó al cabaret algunas noches. Pero no la vió. La
sensación de su soledad se le hizo aguda. Su inquietud aumentó.
Parecíale que el mundo le rechazaba. Le fué más urgente que nunca el
encontrar el sentido de su vida.
En esta situación se encontraba Fernando Monsalvat, en los días
anteriores a la escena del cabaret.
III
Cuando salió Monsalvat del cabaret era la una. Apenas puso un pie en la
vereda, el frío, que esperaba a la puerta como un ladrón, le saltó a la
garganta y al rostro. Se abroqueló con el cuello del sobretodo y echó a
andar lentamente. Su paso vacilaba un poco, y su mirada, siempre en el
suelo, avanzaba por la vereda sin desviarse, como siguiendo un riel. En
la primera esquina se detuvo un instante, pensando.
Pasaba gente. Salía de los espectáculos retardados y de los cafés.
Tranvías atestados, carruajes, automóviles. La calle,--viviendas
familiares, comercios dormidos, estaba pobre de luz. En los puntos más
negros, mujeres solitarias y anhelantes esperaban escondidamente el
paso de los hombres. Monsalvat siguió una cuadra hacia el sud, por la
calle en sombra, hasta que le envolvió el polvillo de oro del barrio
luminoso. Las inmensas vidrieras de los cafés exhibían multitud de
mesitas y de bustos humanos, bajo una espesa humareda de cigarrillos,
ardientes ondas de luz y densas marejadas de tango. En las esquinas
de las calles, restos de aglomeraciones se estaban ahí estúpidamente.
Mujeres de ojos ágiles, algunas lindas y elegantes, torcían hacia
las sombras, encabezando pequeños grupos de hombres, dispersos y
disimulados. Bocinas de automóviles, conversaciones en todos los
idiomas. El timbre de un tranvía detenido acribillaba la noche,
impacientemente, con pinchazos sonoros. Pero a pesar de toda la vida y
la luz del barrio, ya no duraban en su integridad ni el ansia de vivir
ni la energía de las primeras horas nocturnas. Aquel sobrante vital,
que aún se retardaba, apegado a su noche como a un vicio, difundía en
la calle una invasora sensación de cansancio.
Monsalvat seguía caminando. Insensible a la vida de aquellas calles
luminosas, no veía sino sus propios sufrimientos. Iba cada vez más
lentamente, como quien apenas puede andar porque lleva una agobiante
carga de sensaciones dolorosas. Quería ordenar estas sensaciones,
quería recordarlo y comprenderlo todo; pero no lograba sino exasperar
su dolor y aumentar el peso de su carga. Sufría como jamás había
sufrido. Hasta el imaginar las mutuas miradas con Nacha le hacía
sufrir, pues la veía desgraciada, víctima de su urgencia de vivir y de
la ajena perversidad; desleal y mala para con él, que la defendiera.
Le hacía sufrir el recordar sus momentos desesperados, cuando se
sentía incapaz, cobardemente incapaz de librar a Nacha de los ruines
que la humillaban; el recordar sus momentos de dolor al mirar tanta
tristeza en un ser humano. Le hacía sufrir el pensar en aquel minuto
de angustia, cuando sintió que una cosa desbordante, imperativa,
enorme, crecía en su alma y en su corazón, le arrancaba del asiento, le
empujaba hacia los miserables que maltrataban a Nacha, y penetraba todo
su ser de un coraje desconocido. Y sobre estos dolores multiformes,
le hacía sufrir abrumadoramente, destacándose por encima de todos,
haciéndolos más intensos y más crueles, ennegreciendo su vida, el
recordar que había conocido al hombre que engañó a su hermana, a aquel
Dalmacio Arnedo que había tal vez llevado a la depravación a la infeliz
Eugenia Monsalvat; el recordar que había soportado su nombre, sus ojos
y sus burlas; el recordar su angustia cuando la perdición de Eugenia;
y más que nada, el recordar lo poco que hizo por educar a su hermana
menor que él, lo poco que hizo por salvarla cuando fué perdida y lo
poco que hizo hasta entonces por encontrarla, por arrancarla de la
infamia en que tal vez vivía.
Caminaba lentamente, por la calle luminosa, cuando sintió que le
tocaban un brazo. Era Amílcar Torres.
--Dos palabras, Monsalvat. Entremos aquí, ¿eh?
Penetraron en un café inmenso. Una orquesta de señoritas, con la
sensibilidad lánguida de su valse tzigano, endulzaba las miradas de
los hombres y les hacía entreabrir las bocas beatíficamente. Torres y
Monsalvat se sentaron.
--Yo fuí quien dió parte a la policía--dijo Torres, marcando sílaba por
sílaba, con acento muy expresivo, exageradamente enérgico, y sonriendo
luego de pronto, con afectada malicia.
Era médico, y parecía un moro con sus encrespados cabellos negros,
sus cejas retintas, sus ojos muy oscuros y adentrados y sus dientes
blanquísimos. Llevaba un bigote espeso, de guías cortadas. Sonreía
siempre, unas veces con tristeza, otras con ironía, otras con adoptada
malevolencia.
Monsalvat no contestó. El médico cambió de postura, colocándose de
lado. Montó una de sus largas piernas sobre la otra, de modo que
ambas, sobresaliendo del territorio que podían naturalmente ocupar,
obstaculizaban el tránsito.
--Y he venido siguiéndolo--dijo, torciendo la cabeza para hablar de
frente a Monsalvat,--porque es indispensable que le advierta una cosa.
Cuidado con esa gente, ¿eh? ¡Si los conozco! ¡Capaces de asesinarlo! Y
he visto que... usted... y la muchacha... ¿eh?
Hizo un gesto señalando sus ojos y los de Monsalvat. Nuevamente había
pasado de la expresión enérgica, un poco exaltada, a una expresión
sonriente y maliciosa. Y vuelta la cabeza a su posición primera,
obligado así a mirar de reojo, agregó:
--No niegue, hombre. ¡Si he visto todo! La muchacha es linda, no hay
duda. Pero... cuidado, ¿eh? Lo pueden saquear...
--¿No estará exagerando usted, Torres? A mí me parece que la muchacha
no es de ésas que...
--Que... ¿qué?--preguntó el médico, mirando siempre de reojo y
sonriendo burlonamente.--No la conoce.
Y en seguida se colocó de frente a Monsalvat. Adoptó un rostro
colérico, y con acento misterioso y grave, como quien hace una
afirmación transcendental, pronunciando señaladamente cada sílaba,
exclamó, mientras levantaba la mano derecha y movía el dedo índice en
el aire:
--Por ésa... ¿eh?... ¡se ha hundido más de uno!
Y retornó a su anterior postura cómoda, con aire indiferente y
filosófico.
Monsalvat no creía. Los dulces ojos de Nacha negaban esas miserias de
que hablaba Torres. Pero, ¿y si fuese verdad? Ansiaba saber, necesitaba
saber. Cada segundo que iba pasando, crecía en él una pasión de saber.
Sin embargo, no preguntaba nada. Torres le adivinó sus deseos, y, feliz
de mostrar su sabiduría en vidas ajenas, habló largamente de Nacha y de
su amante.
--Ese Arnedo, el Pampa, como le dicen, es de avería. Tipo de meter
bala y falsificar firmas. Se ha escapado raspando, dos veces, de ir
a la cárcel por estafador. Y usted ha visto cómo trata a su querida,
¿eh? La tiene dominada. Un tirano. Un salvaje. Pero... le deja un poco
de libertad para que... ¿eh?... para que ella enamore a individuos
con plata. Después, por medio de ciertas combinaciones... ¿eh?...
¿me comprende?... le sacan a la víctima los pesos que quieren. No se
asombre. Estas mujeres...
--¿Cómo se llama ella? ¿Quién es?--interrumpió Monsalvat, disgustado
de oir aquellas cosas, temiendo que su amigo continuase refiriendo
monstruosidades en las que él no podía creer, no quería creer.
--Su nombre de guerra es Lila, y se llama Ignacia Regules. Nacha
Regules le dicen. La madre tenía una pensión de estudiantes, que
todavía existe. Yo la conozco a la madre, porque una vez...
--Cuénteme de Nacha, mejor.