Este estado de las cosas, y el temor de no encancerar mas las llagas,

ocasionó el dar dos oficios á la imposicion que se les habia de

poner á los indios de encomienda: el primero de tributo que debian

pagar á los encomenderos, en nombre de Su Magestad, y el segundo

por ser de satisfaccion tan moderada, que lentamente, pero del modo

que únicamente hacian posible las circunstancias, compensase á los

miserables indios el precio de los sudores pasados. Sobre la materia

se tuvieron diferentes congresos en la Asumpcion del Paraguay, cabeza

del Rio de la Plata, y en Santiago del Estero, capital del Tucuman.

Concurrieron hombres doctos, que habian manejado con particular estudio

las materias, los gobernadores de las provincias, y procuradores de las

ciudades.

Ya parece que era llegada la hora en que á la infernal hidra del

servicio personal se le segase la cabeza, que se habia mantenido con

la muerte de tantos infelices americanos. Todos conspiraban unánimes

á este fin: los Reyes en sus cédulas, el visitador en las juntas,

los gobernadores con el poder de sus bastones, los consejeros con la

rectitud de sus pareceres, y los predicadores y personas de celo con

sus sermones y razonamientos. Nada faltaba ya, sino que se arreglasen

las ordenanzas y que las aceptasen las ciudades. Lo primero pendia

del visitador, y las escribió con tanto acierto, que merecieron la

aprobacion del Monarca, y se insertaron despues entre las leyes de

Indias, _libro_ VI, _título_ 17.

Lo segundo pendia de las ciudades y encomenderos, y estos y aquellas

llevaron pesadamente la promulgacion del nuevo deuteronómio, que

ceñia los límites á su interminable codicia, y cortaba las alas á

su ambicion. Las ciudades nombraron procuradores, la Asumpcion del

Paraguay al capitan Francisco Aquino, y Santiago del Estero á D.

Fernando de Toledo y Pimentel, cuarto nieto del primer Duque de Alba,

para que tratasen en la Audiencia de Chuquisaca la revocacion de las

nueve ordenanzas; por si acaso en este rectísimo tribunal, no tenia

su apelacion el feliz despacho que deseaban. Señalaron al célebre

Hernando Arias de Saavedra (Sol en esta ocasion eclipsado) procurador

á la Corte, para que abogase por la mayor injusticia en el tribunal de

la rectitud mas síncera. Los gastos de los procuradores costeaban los

encomenderos, liberales en esta ocasion, y pródigos de sus bienes.

En los tribunales de Indias tuvieron los procuradores de las ciudades

tan mal éxito como era mala la causa que patrocinaban; ordenando con

real severidad se guardasen inviolablemente las ordenanzas del vistador

D. Francisco Alfaro.

Desde fines de 1609, ó principios de 1610, tenia el gobernalle del

Paraguay D. Diego Martin Negron, y á no ser él piloto tan diestro,

hubiera por ventura en tiempos tan turbulentos naufragado la provincia.

Pero su prudencia en sosegar los principios de tumultos, y su

constancia en promover con inflexibilidad la justicia de los indios

contra las pretensiones de los encomenderos, le descubrieron aquella

senda que debiera ser trillada de los hombres de gobierno; media entre

la condescendencia y severidad, templando la rigidez y acrimonia de

la una con la dulzura y suavidad de la otra, cediendo sin ceder á

los encomenderos, y con algunas leves condescendencias, promoviendo

constante las reales órdenes, y amparando los indios en los derechos de

su libertad. El intimó un auto, bien necesario en las circunstancias,

para que ningun español llevase indios al beneficio de la yerba del

Paraguay, al sitio de Mbaracayú, multando con penas graves á los

transgresores, y confiscando cuanta yerba beneficiasen por manos de

indios.

Admitió con singular humanidad una embajada del cacique de los

Guaycurús, excediendo en las demostraciones de cariño la inurbanidad de

los bárbaros, y obligándolos á recibir Misioneros. Promovió con celo

cristiano el culto divino, no solo entre los españoles, sino entre los

indios, adornando sus iglesias con algunos donativos que dispensaba su

liberalidad en beneficio de la devocion de los neófitos. Obras de tanta

cristiandad merecian eternizarle en el gobierno: pero la muerte que á

nadie perdona, privó á estas provincias de un celoso promotor de los

intereses de la religion cristiana, y de un ministro real, dotado de

prendas bien singulares.

§. XX.

GOBIERNO DE D. HERNANDO ARIAS DE SAAVEDRA.

1615-1620.

Tomó el gobierno interino el general D. Francisco Gonzalez de Santa

Cruz, y á poco mas de dos meses tuvo sucesor el año de 1615, en

Hernando Arias de Saavedra, tercera vez asunto al gobierno de la

provincia, siempre benemérito del baston; y en esta ocasion mas que

nunca por aquella su vida privada, que apuntamos arriba, tan ajustada y

cristiana que servia de egemplar á la imitacion, y de regla á cuantos

observaban sus procederes. Fomentó con esmero las ordenanzas del

visitador Alfaro, y las nuevas reducciones de Guayrá y Paraná.

Entendió personalmente en el desagravio de los indios obligando á los

encomenderos á que les satisfaciesen el trabajo de los años pasados,

y los dejasen libres para concertarse con quien á justo precio les

llamase para sus menesteres. Obra prolija que pedia toda la entereza

y cristiandad de Hernando Arias. La extension de la provincia, el

derramamiento de los encomenderos por las alquerias en espacios

tan dilatados; sobre todo, la resistencia y obstinacion de los

poseedores de encomiendas, pedian un ánimo varonil para contrastar las

dificultades, igualando á fuerza de brazos la eminencia de los montes

con la llanura y profundidad de los valles.

Donde no podia asistir personalmente diputaba jueces de autoridad y

rectitud que atendiesen á la cobranza de los salarios, castigando con

pena pecuniaria los delincuentes, y obligándolos á la satisfaccion del

convenio, conforme á los arreglamientos de las ordenanzas. Dos eran los

principales oficios de estos superintendentes: el primero asistir en el

tiempo de los ajustes, para que no interviniese fraude con detrimento

de los pobres indios: el segundo asistir al tiempo de los pagamentos,

para que en cantidad se arreglasen los salarios á la imposicion de las

ordenanzas.

Poco era para un corazon tan piadoso, y pecho tan cristiano, el

desagrávio de los indios, sino promovia la Fé entre los infieles. Logró

en su gobierno considerables aumentos en Guayra y Paraná, y se dió

principio á la conversión de los Uruguayos, cuyo país si holló hasta

aquel tiempo algun español, pagó con la vida su atrevimiento.

Pocas veces se habrá visto baston mas dignamente empuñado, ó en

beneficio y desagrávio de pobres, ó en los progresos y aumentos

de la Fé. El nombre glorioso de Padre de la patria, y tutor de la

religion cristiana, le venia muy adecuado, y por eso era repetido en

boca de todos en obsequio y atencion de sus méritos y operaciones

extraordinarias. Ninguna cosa se caia mas de su peso que anhelar á

mas gloriosos ascensos. Pero Hernando Arias tenia pensamientos muy

diversos: y siempre vivió ageno de honores; y mas placer hallaba en

el régimen pacífico de su familia y casa, que en el gobierno de una

república tumultuante, que solo se sugeta forzada, y obedece á espensas

del rigor.

Para lograr el cumplimiento de sus deseos, y dar con el fin de su

gobierno mejor ser á la provincia, despachó á D. Manuel de Frías,

procurador á la Corte, para que informado el Consejo sobre la extension

casi interminable de la Provincia, insistiese con eficacia en su

division, cuya necesidad en otras ocasiones habia representado. No era

excesivo el número de ciudades: pero los límites de la provincia eran

de vasta extension, ó por mejor decir sin término. Las dilatadísimas

campañas que corren hasta el Estrecho de Magallanes; las que caen

al norte hasta la Cruz Alta, que deslinda el territorio de Tucuman,

Rio de la Plata, y las riberas del rio Paraguay con las naciones

circunvecinas; los espacios mas imaginarios que trillados, en que se

extendia sin límite, hasta los confines del Brasil, la provincia de

Guayra, eran del gobierno del Paraguay, y obligaban al Gobernador á ser

peregrino dentro de su propia jurisdiccion.

Sobre eso, los estremos rara ó ninguna vez recibian el influjo de

su cabeza: ó porque llegaban con remision sus órdenes, ó porque

absolutamente les faltaba impulso para tocar en su término. A las veces

sucedia que las autoridades intermédias, que debieran ser el conducto

mas fiel, embarazaban el progreso de aquellos influjos, que hacia

necesarios el estado presente de las cosas. Era pues muy necesaria la

division, y tal la juzgó el Consejo Real de Indias, en vigor de la

representacion que hizo D. Manuel de Frias, quien vino con el gobierno

del Paraguay, y empuñó el baston, el año de 1620. Cuyos sucesos no poco

escandalosos referirá la historia en su propio lugar.

Casi al mismo tiempo se dividió el obispado del Paraguay, en el que hoy

conserva ese nombre, y en el del Rio de la Plata. Habia vacado desde

la muerte de Fray Reginaldo de Lizarraga hasta el año de 1617, en que

ocupó la silla episcopal el Dr. D. Lorenzo Perez de Grado, natural de

Salamanca, provisto desde el año de 1602 al arcedianato del Cuzco. Era

sugeto de literatura escogida, y muy señalado en el derecho canónico.

Su celo pastoral y conmiseracion con los indios, hicieron memorable su

gobierno, promoviendo con teson incansable la observancia de las reales

ordenanzas, y repartiendo entre los indios la renta de su obispado.

Proseguia aun con el gobierno de la Provincia tucumana, D. Alonso

Rivera, héroe bien esclarecido, cuyas hazañas inmortalizan las

historias de Flandes, Italia, Chile y Tucuman:--varon enteramente

grande por los ardides militares, por su industria y constancia en

apurar al enemigo las fuerzas, hasta rendirle. En este gobierno hizo su

nombre harto glorioso, sugetando los Pampas que infestaban á Córdoba:

humillando los inconstantes Calchaquís, siempre tumultuantes y rebeldes

al homenage ofrecido. Para contenerlos en los debidos términos, fundó

en la villa de Londres, año de 1607, la ciudad de San Juan de la

Ribera. No es menos recomendable por el fomento que dió al visitador

Alfaro, y la piadosa cristiandad con que favoreció los indios contra

las injustas pretensiones de los encomenderos.

Estos se quejaron agriamente contra el Gobernador: mas, ¿qué víbora

no se enrosca, cuando la toca la vara, para arrojar su veneno? Mucho

concibieron sus émulos y lo derramaron en cien capítulos, que le

opusieron ante el juez de residencia, pero todos de tan leve peso,

que el menor viento de sus arregladas operaciones los desvaneció sin

dificultad. Fué término de su gobierno el año de 1611, y en él dejó á

sus sucesores un ejemplo memorable do sujecion y rendimiento.

Tuvo sucesor el mismo año de 1611 en D. Luis Quiñones Osorio, caballero

de Alcántara, principal de la casa y solar de San Roman de los Quiñones

y de la villa de Quitanilla, en el reino de Leon. Diez años habia

servido el empleo de Juez oficial de la real hacienda en la imperial

villa de Potosí, con tanto desinteres, que celando los reales haberes

con atencion de vigilante ministro, descuidaba con cristiano despego de

sus creces y aumentos temporales. El encargó la conversion de los Ojas,

Ocloyas y Paypayas, naciones fronterizas á Xujuy, cuyas vecindades

infestaban con furtivas correrias.

Eclipsó D. Luis Quiñones de Osorio al visitador Alfaro, adelantando sus

proyectos, é insistiendo con teson en la puntual observancia de las

reales ordenanzas. Resistiéronse los encomenderos pero la Provincia

tucumana conoció, que á la sombra de un gobierno justo, ingénuo y recto

no prevalece el desórden, ni el poderoso avasalla con impunidad los

fueros del inocente desvalido.

Años antes el Gobernador Alonso de Rivera y el Obispo Trejo habian

informado al Consejo sobre la necesidad de erigir el seminario que

ordena el Tridentino para el servicio de las catedrales, el cual era en

Santiago necesario por la falta de ministros hábiles en las funciones

eclesiásticas. A este fin llegó cédula del Sr. D. Felipe III, en que

aprobaba la ereccion, ordenando se encomendase á la Compañia el régimen

y gobierno de los seminaristas.

La misma idea de fundar seminario se habia concebido en Córdoba.

Tratóse luego de poner las manos á la obra y disponer cómoda habitacion

para los convictoristas, y religiosos á cuya direccion habia de entrar

el nuevo seminario. Seis mil pesos exhibió el ilustrísimo Señor

Trejo para comprar las casas de Juan de Burgos, uno de los primeros

conquistadores, capaces de admitir buen número de seminaristas. Luego

que en Córdoba corrió la voz del seminario que pretendía fundar

el ilustrísimo Obispo, se alegraron notablemente los ciudadanos,

conociendo que la mas noble parte de su felicidad les habia de venir

de la enseñanza en buenas letras y virtudes cristianas de sus hijos,

deseando con impaciencia el dia en que se habia de dar principio á la

fundacion.

Este habia de ser el de los Príncipes de los Apóstoles San Pedro y San

Pablo, del año de 1613, en que el Obispo pontificó, bendijo las becas,

y se las vistió de su mano á catorce colegiales, hijos de la primer

nobleza y distincion, descendientes de los primeros conquistadores.

No fué de mucha duracion este seminario, pero en los pocos años su

consistencia llenó la esperanza de la provincia con frutos bien

sazonados.

SERIE

DE LOS SEÑORES GOBERNADORES DEL PARAGUAY, DESDE D. PEDRO DE MENDOZA,

HASTA D. FULGENCIO YEDROS, SEGUN CONSTA DE LOS LIBROS CAPITULARES QUE

SE CONSERVAN EN EL ARCHIVO DE LA ASUMPCION; _por el P. Bautista_.

DESCUBRIMIENTO DEL RIO DE LA PLATA.

1512-1534.

_Juan Diaz de Solis_, piloto mayor del Rey, de cuya órden, aunque á su

propia costa, salió de España para estas partes y costas magallánicas,

entonces por ninguno otro surcadas, pues fué su derrota el año del

Señor de 1512: y mediante ella, y estar ya declarado por el Papa

Alejandro VI, que desde Santa Catalina hácia el sur pertenencian estas

navegaciones y conquistas á los Reyes de Castilla, y haber navegado

dicho Solis siguiendo la meridional, hasta cuarenta grados, desde donde

retrocediendo dió con la boca del Rio de la Plata, entrándose por ella,

tomó posesion de aquella tierra, y dió á este rio (que los naturales

llamaban _Parana-guazú_, que suena lo mismo, que “rio como mar”) el

título de su apellido: por el cual fué conocido hasta Gaboto, que fué

el segundo que lo navegó, y que le dió el nombre de Rio de la Plata,

por la que de él llevó á España.

Antes de la llegada de Gaboto, Hernando de Magallanes reconoció su

boca, aunque no entró por él, sino que se enmaró hasta descubrir el

estrecho de su nombre y las islas Filipinas, donde murió, quedando

en su lugar Sebastian Cano, que surcó ambos mares. Como de estos dos

descubrimientos de Solis y Gaboto, aquel español, vecino de un lugar

de Andalucía, llamado Uría, y este veneciano, resultase que muchos

caballeros hidalgos se ofreciesen al Emparador á poblar esta tierra,

que segun daba muestras, era muy poderosa y rica; entre los que con mas

ardimiento hicieron esta pretension, fué D. Pedro de Mendoza.

PRIMERA PARTE.

GOBERNADORES DEL PARAGUAY Y RIO DE LA PLATA.

I.

D. PEDRO DE MENDOZA.

1535-1537.

D. _Pedro de Mendoza_, deudo de D.ª María de Mendoza, muger del Señor

Secretario D. Francisco de Cobos; como era criado de la casa real,

y gentil-hombre de boca del Emperador, y por otros respetos, obtuvo

fácilmente esta gobernacion de Su Magestad, con título de Adelantado,

y merced que se le hacia de Marquez de lo que poblase y conquistase,

con todo el rio de la Plata, y en doscientas leguas de una y otra

parte de sus costas. Esforzáronse con esto muchos caballeros de toda

España, ofreciéndose á D. Pedro con sus caudales y personas, teniendo

á mucho honor los que eran admitidos en su compaña. De hecho, salieron

de San Lucar de Barrameda, y se hicieron á la vela en catorce navíos,

el 14 de Agosto 1535; y despues de varios sucesos que ofreció esta

navegacion, tomó puerto y posesion de su adelantamiento en la isla

de San Gabriel, frente al parage donde está fundada hoy la Colonia

de los portugueses, y único asilo, hasta entonces, de los españoles,

para verse de algun modo libres de las continuas invasiones de los

indios infieles de tierra. Dió órden á su hermano D. Diego de Mendoza,

pasase á la parte de Buenos Aires y poblase por aquella costa donde

mejor le pareciese. Como en efecto, como media legua mas abajo de la

boca del Riachuelo, fundó un lugarcillo y casa fuerte, con el título

de _Puerto de Santa Maria_, el que por las crueles invasiones de los

naturales de aquella comarca, y muerte de D. Diego y de los suyos, no

tuvo estabilidad. Viendo este suceso, y la suma penuria en que estaba

toda su armada, que se componia de dos mil y docientos hombres, sin

las mugeres y niños, dió órden el Adelantado de mandar al capitan

Gonzalo de Mendoza por víveres al Brasil; y para pasar rio arriba,

nombró por su teniente general á Juan de Oyolas, y lo despachó con

doscientos hombres, á que registrase aquellos _paranás_ y sus costas,

y viese si podia proveer la armada de algunos bastimentos. En efecto,

así se hizo: pero ni con estas providencias, y otras que le parecieron

acordadas, pudo estorbar la peste, hambre é innumerables otras plagas,

que le habian consumido casi la mitad de la gente; y tenia, segun se

mostraba adversa su fortuna, que sucumbir él y su resto al cúmulo de

tantas desdichas y miserias. Contrarrestado así, y afligido su ánimo,

determinó dejar aquella empresa, ya para sus fuerzas insoportable. Y en

efecto, dejando, ó manteniendo siempre de su teniente general, para las

conquistas del rio arriba, al capitan Juan de Oyolas, en las cuales, de

su órden, se hallaba entendiendo; y para las pertenecientes á Buenos

Aires, isla de San Gabriel, puerto de _Sancti Espiritus_, donde dejaba

alguna gente y casa de su habitacion, &c., nombrando con el mismo

cargo de general, al capitan Francisco Ruiz; dadas otras providencias,

tomó un navío con la gente que le pareció, y se embarcó para España á

principios del año de 1537, en cuya navegacion acabó miserablemente su

vida, su marquesado, adelantamiento y gobierno.

Conserváronse algun tiempo los conquistadores bajo de la conducta y

mando de sus generales: mas, como las calamidades, en lo que pertenecia

á Buenos Aires, se aumentaban cada dia, tuvo por bien el retirarse Ruiz

con parte de su gente á la Asumpcion, informado de que se pasaba mejor

allí, por la amistad grande que los españoles habian contraido con el

cacique Paraguá, señor de aquella tierra, y con sus indios guaranís; y

que por esta causa quedaba Gonzalo de Mendoza con 60 soldados fundando,

y estableciéndose ya. Todo esto se hizo así el año de 1537. Llegados

los de Buenos Aires á la Asumpcion se hallaron con la novedad de haber

los Payaguás (hasta hoy infamísima raza, que domina todo aquel reino)

despedazado y muerto á traicion al capitan Juan de Oyolas y á todos

sus soldados, de vuelta del descubrimiento del Paraguay arriba. Con

este incidente, y no conviniéndose los capitanes en quien habia de ser

su superior y general, se abrió una cédula del Emperador, que se le

habia fiado al veedor de Su Magestad D. Alonso de Cabrera; y leida en

alta voz y visto su contenido, que era en substancia:--“Que en caso de

morir el Adelantado, sin haber antes ni despues persona legítima que

hiciese sus veces en el gobierno, se juntasen todos los conquistadores

á elegir entre ellos mismos sugeto apto para tal cargo.” Eligieron, en

virtud de esta real providencia, dada en Valladolid, á 12 de Setiembre

de 1537, y nombraron de unánime consentimiento por su Gobernador y

Capitan General, al capitan D. Domingo Martinez de Irala, quien aceptó

el gobierno, y le comenzó con mucho acierto, y á satisfaccion de todos,

este mismo año de su eleccion, que fué el de 1538.

Segun lo arriba dicho parece está claro haber sido el primer Gobernador

de estas provincias del Rio de la Plata, entonces unidas, el Señor

D. Pedro de Mendoza: cuyo gobierno duró mas de año, despues de haber

entrado y tomado posesion de ellas; y por su fin y muerte, y de sus dos

gefes, el que las serenó, aquietó los turbados ánimos con las pasadas

desgracias del tiempo, las conquistó, redujo á policía, estableció por

capital y república de todas ellas la ciudad del Paraguay, con título

de la Asumpcion de Nuestra Señora, é hizo todo, porque ninguno hizo

tanto, es y fué.

II.

D. DOMINGO MARTINEZ DE IRALA.

1538-1541.

Era este caballero capitan de la armada de D. Pedro, y lo habia sido

en España aventajado, y de mucho honor y cuenta, así por sus bellas

prendas y valor, como por su conocida sangre y casa, que trae y tiene

su orígen de la villa de Vergara, provincia de Guipuzcoa. De este

cúmulo de prendas, heredadas y adquiridas, resultó el acierto de su

gobierno, siendo el mayor el haber recogido en la Asumpcion el resto

de la gente que habia dejado el general Ruiz en Buenos Aires, para

que todos unidos en esta nueva fundacion, formasen un cuerpo, que se

pudiese mantener, pues divididos todos perecerian, como se habia visto

practicamente, que apenas se contaban setecientos hombres, de dos mil

y tantos que entraron á esta conquista. De este acuerdo resultó el

que los que se hallasen sueltos, que eran los mas, fuesen tomando por

mugeres las hijas de los naturales, que ellos mismos se las ofrecian y

daban gustosos, para emparentar con hombres tan valerosos y de buenas

partes. Con esto vino á tener tanto aumento esta provincia, que en

menos de cincuenta años ya se habia poblado hasta Buenos Aires, y rio

arriba hasta Xerez, Santa Cruz de la Sierra y provincia del Guayra. Se

mantuvo en su gobierno este señor hasta el año de 1541: en cuyo año se

recibió y entró al Paraguay por Gobernador y su Adelantado.

III.

D. ALVAR NUÑEZ CABEZA DE VACA.

1541-1542.

Era este caballero natural de Xerez de la Frontera, pero vecino de

Sevilla, y nieto del Adelantado D. Pedro de Vera que conquistó las

Canarias: pasó de tercero á la conquista de la Florida, que intentó

hacer Panfilio Narvaez y los suyos: los cuales todos fueron muertos y

comidos de aquella gente bárbara y caribe: de cuyo destrozo le libertó

aquel Señor que cuida aun de proteger á la avecita que viene á la red

del cazador. Así libre, cuando mas cautivo y preso él y un esclavo

suyo, determinó este Señor, en tan duro cautiverio, serlo de sus

acciones, viviendo tan ajustadamente como si estuviera en Sevilla; que

miróle Dios, y le preservó de aquel general estrago.

Tomáronle aquellos bárbaros tanta estimacion y respeto, que lo

eligieron por su capitan y gefe principal; y de cautivo vino á ser

señor casi absoluto. Mas como todo su anhelo era verse entre los suyos,

determinó de atravesar desde allí á Méjico; como lo hizo con gran

trabajo, por la suma distancia y las fragosidades de aquel inculto

país, gastando en esta jornada diez años.

Puesto en Méjico, determinó pasarse á Castilla, en donde llegó á tiempo

que ya se sabia allí la muerte de D. Pedro de Mendoza, y el estado en

que quedaban las conquistas del Rio de la Plata. Se presentó al Rey

pidiendo este gobierno y adelantamiento, con cargo de conquistar y

poblar toda esta tierra. Lo que, vistos sus méritos, se lo concedió el

Rey, con estas mismas capitulaciones; y de hecho en cinco navios de

armada se embarcó en San Lucar, año del Señor de 1540.

Llegó á Santa Catalina, y cansado de la navegacion, que no le fué muy

favorable, determinó tirar de allí por tierra al Paraguay: y así lo

hizo, dando órden que las naos siguiesen su derrota hasta San Gabriel,

y dejando allí las mayores, siguiesen las otras hasta la Asumpcion.

Todo lo egecutó con tanta felicidad, que ni en las 400 y mas leguas que

dicho Cabeza de Vaca atravesó por tierra, ni en la penosa navegacion

del Rio de la Plata, le faltó un solo soldado.

Historia del Paraguay, Río de La Plata y Tucumán · 第 18 / 21 段