En el distrito de la Nueva Rioja cae Famatina-guayo, cerro famoso

por las novelas que se cuentan, y por los metales de que, segun se

dice, abundan su senos. Algunos hacen subir al tiempo de los Incas

el beneficio de opulentísimas minas, que enriquecian los imperiales

erarios de estos soberanos, en cuyo nombre ministros de exacta rectitud

y probada fidelidad, velaban sobre los beneficios y atendian á la

cobranza de los derechos.

Contribuyó á la prosperidad de la Rioja el alzamiento de los

Tabasquiniquitas y Mogas, situados en la falda de la serranía

que cae al poniente de Córdoba: porque vencidos y derrotados por

Tristan de Tejeda, valeroso y afortunado capitan, pidieron la paz y

ofrecieron vasallage. Con su auxilio se empeñó este gefe en nuevos

descubrimientos, tirando mas al poniente, y arrimándose mas á la ciudad

de Todos Santos con la conquista de los Escalonites y Zamanaes, que

pretendió agregar á la ciudad de Córdoba. Pero el Gobernador Velazco,

que miraba á la Nueva Rioja con particular cariño, le cedió los indios

que pacificó el capitan cordobes, adjudicándole el terreno que ocupaban

los Tabasquiniquitas, los Mogas, los Escalonites y los Yamanaes.

En 1593 emprendió la fundacion de otras dos poblaciones: la primera,

que llamó San Salvador, fió á D. Francisco Algañaraz, noble

Guipuzcoano, en cuyas venas corria la noble sangre de los Ochoas,

señores de Algañaraz, y la de los Murgias y Vilasteguis. Era persona de

valor y prudencia, cuyo especimen habia dado en varias operaciones, que

á su valor y discrecion fiaron los gobernadores pasados, concluyendolas

siempre felizmente y con aplausos. Para la fundacion alistó algunos

pobladores de las ciudades, y la efectuó con suceso tan feliz, que ni

en los tiempos pasados con las invasiones de los Calchaquís, ni en los

presentes con la de los Chaquenses, degeneró de los espirítus de su

fundador.

Está situada la ciudad en una quebrada que corta la serranía de

Calchaquí en el valle de Xibixibe, entre los rios Jujuy y Siancas,

casi en los veinte y cuatro grados de latitud. Goza temperamento poco

saludable, expuesto á tercianas y á unos tumores que engendra la

malignidad de las aguas en la garganta, que por acá llaman cotos. Tiene

pocos vecinos, pero ricos y bien avenidos. Los primeros pobladores se

aplicaron á sugetar los infieles rayanos, cuya altivez humilló el valor

español; los Purmamarcas, los Osas, los Paypayas, los Tilcanes, los

Ocloyas, y Tilianes, naciones sepultadas en eterno olvido, que parte

habitaban la aspereza de las sierras, parte se dilataban á las márgenes

del Bermejo, y que sin embargo no dieron mucho cuidado al animoso

fundador. Mayor resistencia hicieron los Humaguacas, siempre indómitos

y obstinados en inquietar con correrias á los castellanos.

La segunda poblacion que de órden de Juan Ramirez de Velazco se

principió, es la villa de Madrid de las dos Juntas, sobre el Salado,

donde este incorpora sus aguas con el rio de las Piedras. Su duracion

fué de poco tiempo, y solo permaneció hasta el año de 1603, en el cual

sus vecinos y los de Talavera, desamparadas sus ciudades, de comun

acuerdo y hermanable sociedad fundaron otra, dos leguas de la villa de

las dos Juntas, á la cual llamaron Talavera de Madrid. Nombre que borró

el tiempo, y prevaleció el de Esteco, con el cual hasta el dia de hoy

es conocida, aun despues que la arruinó un terremoto.

§. XVI.

GOBIERNO DE D. FERNANDO ZARATE.

1597-1598.

Al octavo año de su gobierno llegó sucesor á D. Juan Ramirez de

Velazco en D. Fernando de Zarate, caballero del órden de Santiago: tan

cristiano como valeroso, tan circunspecto como vigilante, tan celoso

de los reales derechos, como de los divinos honores, sugeto de tanto

caudal para el gobierno, que á un tiempo empuñó el baston de Tucuman y

Rio de la Plata. En tiempo de su gobierno intentaron los ingleses dos

veces tomar el puerto de Buenos Aires: pero nuestro Gobernador celando

los honores del Rey Católico presidió el puerto con las milicias

tucumanas, y levantó un fuerte para reparar semejantes acometimientos.

Visitó ambas provincias con tanta vigilancia y teson, que de fatiga y

cansancio, antes de concluir la visita falleció al segundo año de su

gobierno, y fué de todos tan llorado en muerte, como amado en vida.

Por este tiempo llegó á Tucuman Fray Fernando Trejo, digno sucesor

de Fray Francisco de Victoria, hijo del seráfico Padre, el cual

florecía en virtud y letras, en su convento de Lima, y recibida la

cédula de merced el año de 1594, el siguiente tomó posesion de la

silla episcopal. Fué Prelado que llenó las esperanzas que de él se

tenian. Pastor celoso del bien de sus ovejas; padre universal de todos,

abrazando sin distincion de personas al noble, al plebeyo, al indio,

al etiope; si alguno le merecía especial cariño era el desvalido y

necesitado, que disfrutaban su renta episcopal con tanta alegria de

ellos, como sentimiento del misericordioso limosnero, por no tener mas

que dispensar á los pobres.

Casi al mismo tiempo tomó el gobernalle D. Pedro Mercado Peñalosa,

noble caballero, piadoso, cristiano y valeroso soldado. De su gobierno

ha quedado confusa noticia, de continuas guerras que tuvo con los

infieles por el alzamiento de los Calchaquís, á los cuales contuvo su

valor para que no asoláran las ciudades fronterizas, que enfrenaban de

algun modo su indómito orgullo.

§. XVII.

GOBIERNO DE D. DIEGO VALDEZ DE LA BANDA.

1598-1600.

Todo este tiempo, desde la expulsion de Fray Alonso Guerra, careció

de pastor el Rio de la Plata. Tres fueron provistos: Fray Luis Lopez

Solis, Fray Juan Almaraz, Agustinianos, y D. Tomas Vazquez de Liano,

Canónigo magistral de la santa Iglesia de Valladolid, ó de Zamora, como

dicen otros. El primero, promovido al obispado de Quito, y el segundo

al de la gloria, no pasaron á sentarse en la silla episcopal del Rio de

la Plata, y cedieron su lugar al tercero, digno de llenar el vacio de

tan ilustres prelados.

Pero la provincia del Rio de la Plata no habia aun espiado sus

atentados sacrílegos, ni merecia tener varones tan consumados, y parece

quiso Dios dar muestras de su justo enojo, sacando de este mundo en

Santa Fé de Vera, al Ilmo. Vazquez de Liano, echando ceniza sobre el

fuego prendido por D. Diego Valdez de la Banda, que empezó á gobernar

el Rio de la Plata, en 1598.

Embarcáronse juntos, y en la navegacion tuvieron pesados encuentros y

sensibles competencias, y hallo expresa memoria de la tolerancia con

que el Ilmo. Liano sufrió los improperios y befas del Gobernador, que

miró con poco acatamiento al príncipe eclesiástico.

Llegados á Santa Fé, esperando el Ilmo. las bulas para consagrarse,

le llamó Dios para sí con incomparable sentimiento de las personas

religiosas. No mucho despues al Gobernador Valdez de la Banda asaltó

la última enfermedad, en cuyo discurso gritaba dando voces:--“Traigan

silla para el Señor Obispo, que me viene á visitar.” Cláusulas finales,

que repetidas con sobresalto del moribundo Gobernador, dieron á los

presentes materia de varios discursos.

§. XVIII.

GOBIERNO DE HERNANDO ARIAS DE SAAVEDRA.

1602-1609.

Con el nuevo siglo empezó la provincia del Rio de la Plata á respirar

aires mas benignos: los tumultos civiles que todo lo consumen, se

acabaron con muerte de los principales motores: los indios desengañados

con la experiencia, y humillados con el castigo, no daban cuidado á la

milicia española: los gobernadores, mas á propósito para descuadernar

provincias que para gobernarlas, habian finalizado sus dias.

Por muerte de D. Diego Valdez de la Banda entró á gobernar Hernando

Arias de Saavedra, ó por eleccion segun la cédula del Emperador Carlos

V, otras veces citada, ó por nominacion del Señor Virey, en cuya virtud

gobernó hasta el año de 1602, en que recibió cédula real fecha en 18 de

Diciembre de 1601 que le conferia en propiedad el baston del Rio de la

Plata.

Hernando Arias, pues, sucedió inmediatamente á D. Diego Valdez, y

como tenia ánimo guerrero, emprendió algunas operaciones militares.

Entró, aunque no sé puntualmente el año, á la provincia del Estrecho de

Magallanes, internándose desde Buenos Aires, doscientas leguas tierra

adentro. El suceso no correspondió al valor del capitan ni á la fortuna

de sus empresas: porque él y su gente quedaron prisioneros de guerra en

manos de bárbaros. Tuvo Hernando Arias la fortuna de soltarse de las

prisiones, y entrando segunda vez con milicia mas numerosa, libertó sus

compañeros, y castigó los infieles.

Otras dos facciones emprendió en su gobierno, aunque no es averiguado

á punto fijo el año:--la conquista del Paraná, y la del Uruguay. En

la primera operacion, con parte de la milicia, tuvo que diferir la

conquista: en la segunda perdió toda la milicia compuesta de quinientos

soldados. ¡Tanto era el furor de los Paranás y Uruguayos, y la ciega

obstinacion con que defendian el originario suelo!

Por este tiempo gozaba la iglesia del Paraguay un insigne Prelado,

sobrino de mi glorioso Padre San Ignacio, el ilustrísimo Fray Martin

Ignacio de Loyola, nobilísimo Guipuzcoano. Profesaba el seráfico

instituto en la provincia de San José, y resplandecia en virtudes

religiosas, humildad, despejo mundano, y celo apostólico, que obligó á

abandonar primero el mundo, y despues la Europa, viniendo al Paraguay

donde se egercitó como fervoroso misionero en la instruccion de los

gentiles. En tan santa y loable ocupacion, le alcanzó la órden de

restituirse á España, y como sus parientes eran nobles, consiguieron

que se le hiciera propuesta de varias mitras, que no admitió su grande

humildad, con edificacion de la Corte. Pero como á la propuesta

se añadiesen órdenes terminantes, eligió entre los muchos que le

propusieron el pobre y retirado del Rio de la Plata, para el cual fué

presentado á 9 de Octubre de 1601, y consagrado en Valladolid, pasó

luego á tomar posesión de su silla episcopal.

El año de 1603 celebró sínodo, en que el celo, prudencia y discrecion

respladecieron sobremanera.

Concluido el sínodo, visitó el Ilmo. las ciudades de su obispado,

con grande utilidad de sus ovejas: y le sucedió que navegando del

Paraguay á Buenos Aires, halló náufragos en la orilla á los PP. Marciel

Lorenzana y José Cataldino, que enjugaban la ropa á los rayos del sol,

y los consoló con palabras llenas de amor y suavidad. A pocos meses de

llegado á Buenos Aires, murió á principios de 1606.

Sucedióle el Ilmo. Fr. Reginaldo de Lizarraga, natural de Vizcaya en

España, hijo esclarecido de la familia de Predicadores, lustre de su

provincia limense, prior y definidor de ella, provincial de Chile, y

despues Obispo de la Imperial, en cuyo tiempo (año de 1598) sucedió la

fatalísima rebelion de los Araucanos de la Concepcion, adonde trasladó

su cátedra episcopal. Fué promovido á la Asumpcion del Paraguay, y tomó

posesión el año de 1608.

La conversion de los gentiles hizo muy señalada la época del año

siguiente, que lo fué también de su muerte, dando los jesuítas

principio á la conversión del Guayrá, Paraná y Guaycurús. Habíanse

tentado varios medios, y el de las armas no produjo el efecto deseado.

Sobre eso la Real Magestad tenia expedida una cédula, en que ordenaba á

Hernando Arias que procurára efectuar la pacificacion de los indios por

medio de la predicacion, y no por el estrago y ruido de las armas.

Efectivamente, el Gobernador Hernando Arias y el Ilmo. Lizarraga,

suplicaron al P. Provincial Diego Torres que señalára misioneros para

Guayra: y como en el P. Provincial ardia el celo de las almas, luego

puso los ojos en los Padres José Cataldino y Simón Malzeta, italianos

de nacion, y escogidos para la conversion del gentilismo guayreño.

Mas gloriosa por mas dificil, aunque no tan feliz en el suceso, fué la

empresa de los Guaycurús, nacion la mas inculta, vagamunda y bárbara

que conoce la América Meridional. Habitaban al occidente del Paraguay,

fijando á veces su acampamento en la derecera de la Asumpcion sobre

la márgen opuesta. Nada igualaba el atrevimiento de su ánimo, y el

desprecio con que miraban los españoles, contra los cuales se hallaban

en la sazon mas irritados que nunca: porque intentando asaltar la

ciudad en la noche de la fiesta de la Asumpcion de este año, cuando

divertidos con el regocijo pensaban en solazarse, los previno Hernando

Arias matando algunos de ellos, é irritando los demas para la venganza.

Tal era el estado de los Guaycurús, desesperado á juicio de los mas, é

incapaz de admitir el yugo de la ley de Cristo.

A D. Pedro Mercado y Peñalosa, sucedió el año de 1600, en el gobierno

de Tucuman, D. Francisco Martinez de Leiva, caballero del hábito de

Santiago, mas memorable en las historias chilenas, por su valor contra

los Araucanos que en las tucumanas por sus facciones militares; ó

porque sosegados los indios no ofrecieron egercicio á su valor, ó

porque la muerte aceleró los pasos y cortó antes de tiempo el hilo de

su vida.

Ocupó su lugar D. Francisco Barraza y Cárdenas: pero su gobierno,

mas breve que el de su antecesor, finalizó la muerte el año de 1605.

Sucedíole Alonso Ribera, célebre en las campañas de Flandes, defensa

de Cambray, sorpresa de Amiens en el ardid del carro de nueces,

operaciones militares en Italia, y valor experimentado en Chile. Su

gobierno en Tucuman por ahora solo ofrece de particular el haber

humillado al orgulloso Calchaquí, al cual puso freno el año de 1607

dentro del valle de Londres, con una ciudad que llamó San Juan de

Ribera. El año de 1609 deshizo la villa de Madrid de las dos Juntas,

y la incorporó con la de Esteco, trasladando ambas á dos leguas de la

villa de Madrid, de esta banda del rio Salado.

Proseguia en el gobierno de su iglesia el ilustrísimo Fray Fernando

Trejo, ejemplar de prelados, celando con incomparable vigilancia el

bien espiritual de sus ovejas, tan padre de los pobres en lo que

repartía de sus rentas, como pastor amoroso en la defensa y proteccion

de su rebaño, oprimido á la sazon con extorsiones indecorosas. Defendió

los límites de su obispado contra la pretension del ilustrísimo D.

Alonso Ramirez de Vergara, que se apropiaba el derecho á los pueblos de

Humaguaca y Casabindo.

§. XIX.

GOBIERNO DE D. DIEGO MARTIN NEGRON.

1610-1615.

A Hernando Arias de Saavedra, cuyo gobierno terminó á fines de

1609, ó principios de 1610, siguió D. Diego Martin Negron, digno

sucesor de varon tan esclarecido. Era D. Diego caballero de prendas

sobresalientes: su cristiandad realzaba la heredada nobleza, su

discrecion le hacia amable, y su entereza respetable á todos. Tuvieron

en él los indios padre amoroso que se compadeciese de sus necesidades,

y protector inflexible de los fueros de su libertad, desatendidos, ó

atendidos solamente para que la codicia de los encomenderos no los

traspasase mas culpablemente. Punto era este que inútilmente lamentaban

y repetian con frecuencia desde el púlpito los predicadores, con aquel

efecto que si predicáran á estatuas de mármol, sordas á los gritos del

pregonero. Lamentábalo tambien el Gobernador D. Diego, y esforzábase

como justo y compasivo: pero uno solo contra la multitud de poderosos

encomenderos, no podia prevalecer. Arrojo fué, que no desmerece el

nombre de cristiano, el intentarlo, pero el brazo que habia de vencer

este obstáculo pedia superior movimiento y poder mas soberano.

Tal fué el que trajo el año de 1611 el Dr. D. Francisco Alfaro, Oidor

de la Real Audiencia de Chuquisaca, persona benemérita y de conocidos

talentos para el empleo. Pero antes que registre la historia sus

operaciones, y el fomento que tuvo en nuestro Gobernador, será bien

tomar de atras la carrera, y referir los pasos que sobre el asunto

se habian dado para desterrar el servicio personal de los indios:

punto que pide larga relacion; pero ceñida en pocos términos, es en

sustancia como sigue.--Con el descubrimiento de las Indias empezó el

uso y abuso de los naturales, privándoles, á título de conquista, de la

amada libertad que Dios y la naturaleza les habia concedido, no menos

á ellos, que á los que pretendian hacerse dueños y señores. ¡Quien

dijera que por descubrirse en el corazon de la Europa un nuevo reino,

incognito hasta nuestros dias, y admitir con humanidad los regnícolas

á los descubridores, habian estos de adquirir derecho á cautivar y

poner en mísera servidumbre á los naturales! Y como si fuera poco

hacerse dueños de sus opulencias y ricos minerales, ponerlos tambien en

miserable esclavitud!

Este infame abuso, que parece obra de una fantasía delirante, introdujo

en América la insaciable codicia, poco ó nada satisfecha con los

inagotables tesoros y minas de que abundan las Indias. Muy á los

principios empezaron á tratar á los naturales cual esclavos, y como

lotes de negros, se transportaban navíos enteros de unas provincias

en otras para ser vendidos en públicas almonedas. Materia era esta

de gran sentimiento para los Católicos Monarcas, cuya piedad celó de

propagar la Fé; y su conmiseracion con los indios les hizo dictar

medidas que juzgaron oportunas para remediar males tan graves, y á la

nacion española indecorosos: expediendo á este fin varias cédulas á

los señores Vireyes, Audiencias y Gobernadores. Pero la suma distancia

debilitaba la fuerza, y atenuaba el rigor de mandatos tan severos.

No obstante, á esfuerzos de aprémios y severas penas, despues de algun

tiempo se abrogó la envejecida costumbre de cautivar naturales, y de

reducirlos á miserable esclavitud. Bien que en antiguos y recientes

monumentos hallamos algunas _malocas_, (esto es, entradas á cautivar

y apresar indios para venderlos, y servirse de ellos furtivamente en

los domésticos ministerios). Verdad es que desde el tiempo del Señor

Felipe II cesó casi del todo la infame profesion de las malocas entre

los españoles; y si tal cual vez osó la codicia atropellar los reales

mandatos, se buscó asilo de inmunidad en las tinieblas, para no ser

descubiertos con el hurto en las manos.

Pero la codicia, grande artífice de novedades para sus intereses, se

ingenió en llevar adelante sus ciegos proyectos, y con la introduccion

de un nuevo abuso suplió la privacion de otro. Desterrada la esclavitud

de los indios, ocupó su lugar el servicio personal, á que eran

obligados los miserables por un moderado tributo.

Sabido es en las histórias de Indias, que los Católicos Monarcas

premiaban el valor de los conquistadores y personas beneméritas con

el repartimiento de algunas parcialidades ó pueblos de indios, mas ó

menos numerosos, á proporcion de los méritos y carácter de los sugetos,

transfiriendo en ellos el derecho que tenian Sus Magestades de exigir

el tributo que antes de la conquista pagaban á sus caciques, Incas y

Emperadores. Llamábanse estos repartimientos, encomiendas, y las que

las poseian, encomenderos, los cuales personalmente ó por medio de

otros, que se llamaban pobleros y egecutores, velaban sobre el trabajo

de los oficiales, y aprovechamiento del tiempo, logrando instantes de

trabajo por no malograr los aumentos de sus intereses.

El fin de los Católicos Reyes en estos repartimientos; las obligaciones

que imponian á los encomenderos; la piedad y conmiseracion con que

mandaban fuesen tratados los indios de encomienda, pueden llamarse

pensamientos inspirados del Cielo para la conversion de los Americanos

y propagacion de la Fé entre ellos. Pero la insaciable codicia que

todo lo trastorna, convirtió el moderado tributo en esclavitud de los

tributarios, y abrogada aquella, en vez de un corto y pequeño gravámen,

oprimió á los miserables con el servicio personal, el cual, fuera del

nombre, tenia todos los caractéres, y producia todos los efectos de la

esclavitud.

Era el servicio personal, para explicarlo de una vez, una opresion

tiránica, que compelia á los indios con sus mugeres, hijos é hijas

á trabajar de noche y dia en utilidad de los encomenderos: era una

libertad esclava: libertad en el nombre, y esclava en la substancia,

en los efectos y en la realidad: era un disfraz de servidumbre, que

empobrecia la pobreza de los indios, y enriquecia los tesoros de los

encomenderos: era un dogal, que á fuerza de increibles vejaciones y

trabajos excesivos, sofocaba los espirítus de los indios, y privaba á

millares de la vida: era un tocar alarma, para que se rebelasen con

la opresion, y sacudido el yugo de Cristo, sacudiesen tambien él del

español, como lo egecutaron en Chile los Araucanos; en Tucuman los

Calchaquís, Pulares y Diaguitas; en el Paraguay, los Guaycurús, Paranás

y Guaranís, y en el Rio de la Plata, los Frentones, Querandís y otros

muchos.

Este abuso infame y opresion injusta de consecuencias infernales,

conmovió los ánimos de los Católicos Reyes, y desde luego se desvelaron

en desarraigarlo. Pero su empeño en muchos años no surtió efecto

favorable; ya por la ambicion de unos, ya por la pusilanimidad de

otros, que no tenian ánimo y les faltaba aliento para hacer frente

á los encomenderos. Las cédulas expedidas á este fin respiraban

misericordia y piedad, capaz de mover corazones mas dóciles y menos

obstinados: pero la resolucion denodada de los encomenderos, y su

temerario atrevimiento, resuelto á cualquier arrojo, obligó á los

reales ministros á suprimir los instrumentos de su comision para

abrogar el servicio personal; hechos cómplices del delito, incursos en

fea desobediencia á las reales órdenes, los que mas debieran promover

su egecucion en materia de tanta importancia.

Así se pasaron muchos años, los Reyes mandando, los Gobernadores

desobedeciendo, los encomenderos triunfando, y los varones de celo

suspirando inutilmente. ¡Tales eran y tan profundas las raices que

habia echado la codicia en los corazones de los encomenderos! Entrado

ya el siglo décimo septimo, tocó Dios el corazon de D. Juan de Salazar,

hidalgo portugues, avecindado en Tucuman: caballero piadoso, cristiano

y rico, que pasado á España, consumió toda su hacienda abogando en

presencia de Felipe III en favor de los indios contra el servicio

personal, y ultimamente murió, no sin sospecha de veneno, juez

comisionario con ámplios poderes para desarraigarlo en la provincia de

Cuyo.

Este generoso y compasivo portugues, consiguió, estando en la Corte,

que en el reino de Chile se estableciese Real Audiencia, y para las

provincias de Tucuman, Rio de la Plata y Paraguay se asignase un

visitador, cuya principal incumbencia habia de ser el exterminio del

servicio personal, odioso á los indios, y denigrativo de la nacion

española. La cédula se expidió en 27 de Marzo de 1606, pero su

egecucion retardaron algunos accidentes, aparentes ó verdaderos. El año

de 1610 nombró la Real Audiencia de Chuquisaca á D. Francisco Alfaro,

para que informado personalmente de las cosas en las tres provincias

del Paraguay, Rio de la Plata y Tucuman, arreglase el tributo que se

debia exigir de los indios en reconocimiento de vasallage.

Era el licenciado D. Francisco Alfaro ministro integerrimo, de méritos

adquiridos con la inflexible rectitud de sus operaciones: celoso

protector de los indios, cuyos agravios habia vindicado en Panamá

y Chuquisaca, en el empleo de Oidor de los dos tribunales. No era

fácil hallar sugeto mas adecuado para el intento: juicio reposado y

penetrativo de las materias: sumo desinteres y limpieza de manos, que

no se mancharon con el lodo de regalos, ni polvorearon los donativos:

inflexibilidad y rectitud, con pecho de bronce para rebatir los golpes

de la sinrazon, y de los que ciegos atropellan á los que pretenden

encaminarlos, expédito en los negocios, no demorando la decision de

las causas sino cuanto pedia el fundo de las materias. El empleo de

visitador, con que vino á las províncias de Paraguay, Rio de la Plata y

Tucuman, era ocupacion de muchos años para otros: pero él lo concluyó

con feliz acierto dentro del año de 1611.

Tres eran los cardinales puntos de su incumbencia. El primero miraba

á la libertad de los indios, no imaginária y de nombre como hasta

el tiempo presente, sino real y verdadera, á la cual directamente

obstaba el servicio personal: el segundo miraba á los desagravios por

las injusticias pasadas, y el tercero á la tasa moderada de tributos:

punto, á la verdad escabroso, y de vado bien difícil: parte por la

pobreza presente de los encomenderos, para satisfacer á los indios las

injusticias pasadas: parte porque, aun en quien se suponia suficiencia

de caudal, se creia faltar voluntad por los intereses de la codicia.

Historia del Paraguay, Río de La Plata y Tucumán · 第 17 / 21 段