debieran desagradar sus vicios, y no la integridad del santo Prelado,
fueron los artifices de este escándalo, y egecutores de la prision,
á la cual no faltó circunstancia para sacrílega. El se encaminó al
palacio episcopal, acompañado de hombres facinerosos, llenando el aire
de _muera, muera el Obispo_. El capellan del Prelado se asomó á la
ventana, y noticiado del suceso:--“Señor, le dice, conjuracion es de
los vecinos, contra Vuestra Señoria es el motin: la muerte maquinan,
pues vienen gritando, _muera, muera el Obispo_.”
El cual se revistió de pontifical, y abiertas las puertas, al
encontrarse con los sacrílegos, les pregunta amigablemente: _¿A quien
buscais? cois? Si yo soy, aquí me teneis._ El buen Pastor imitó á
Jesus, y ellos abusaron de su mansedumbre, consumando el sacrilégio.
Los unos le acometen con insolencia; los otros ponen las manos en él
con impío atrevimiento: quien derriba al suelo la mitra, quien le
despoja del báculo, y despedaza las sagradas vestiduras. El alcalde lo
pone en duras prisiones, y embarcado en una balsa, tratado con sumo
rigor, lo acompaña hasta el puerto de Buenos Aires, á donde llegarian
entrado ya el año de 1586.
Aquí fué donde Dios dió un sensible testimonio de su justicia,
derramando instantaneamente sobre los sacrílegos agresores el vaso
de ira y venganza que atesoró tanta iniquidad. El alcalde murió
repentinamente: parte de los cómplices experimentaron el rigor de la
divina justicia, y parte el castigo de la humana. En pocos dias se
vió el inocente Obispo libre de acusadores, admirando todos aquel
egemplar de serena tranquilidad que no inquietaron las olas de tantas
calumnias, desacatos y atrevimientos. Al mismo tiempo fué elevado al
obispado de Mechoacan en la Nueva España, el cual gobernó seis años
con mayor aceptacion que el del Paraguay: y aunque no le faltaron
contradicciones, consiguió reformar en partes las costumbres depravadas
del pueblo. Murió tan pobre como habia vivido, y si religioso no tuvo
para costear los gastos de la consagracion, le faltó siendo Obispo para
los del entierro.
Mientras el alcalde de la Asumpcion entendía en la prision del Obispo,
el teniente de la provincia, Alonso de Vera y Aragon, se hallaba en
lo interior del Chaco acalorando la fundacion de una ciudad sobre
el Bermejo. El nombre _Chaco_ en diversos tiempos ha tenido varias
acepciones con mayor y menor latitud de significado. Los indios que
habitaban entre el Pilcomayo y el Bermejo, llamaban _Chacu_ al congreso
y junta de vicuñas y guanacos que, levantados de los cazadores y
desfilados hácia el centro, concurrian en el sitio destinado para la
caza. De los animales trasladaron los españoles el nombre al pais,
alterando la última letra, y llamándolo Chaco, con significado tan
limitado que solo se extendia á la península que hacen el Pilcomayo y
el Bermejo. Con el tiempo se amplió el significado, aplicándolo á una
dilatadísima provincia que corre entre el Salado y Paraná, desde la
jurisdiccion de Santa Fé, y abarcando los Llanos de Manso, se dilata
por la costa occidental del Paraguay, ocupando por muchas leguas al
norte y poniente los paises intermedios.
Habitaban el Chaco diversas naciones, varias en ritos, costumbres y
exterior contextura de rostro y facciones: cuyo catálogo omito por no
fastidiar al lector con nombres peregrinos. Al presente solo es mi
asunto referir como el teniente Alonso de Vera y Aragon fundó la ciudad
de la Concepcion del Bermejo en lo interior del Chaco. Habia corrido
el pais el año de 1583 en seguimiento de los Guaycurús y Nacoguaques,
que daban muestras de alzamiento con las hostilidades que ejecutaban en
los contornos de la Asumpcion. Prendóse entonces del contorno y deseó
fundar ciudad para contener el furor de los chaquenses.
Viéndose ahora con el gobernalle de la Provincia por nombramiento de Su
tio el Adelantado, puso en obra lo que tenia prometido. Escogió ciento
y treinta y cinco soldados, y saliendo á correr la campaña, le hicieron
poderosa resistencia los Guaycurús, los Nacoguaques, los Mogosnas, los
Frentones y los Abipones: pero acosados de la caballería, se retiraron
cediendo el paso á los españoles; los cuales llevaron sus armas al pais
de los Matarás, y en sitio ameno y de pingue meollo situaron la ciudad
de la Concepcion, á distancia de algunas leguas del Bermejo, mas abajo
de la laguna que llaman de las Perlas.
§. XIII.
GOBIERNO DE D. JUAN TORRES DE VERA Y ARAGON.
1587-1591.
Al segundo año de su fundacion llegó á la provincia el adelantado Juan
Torres de Vera y Aragon, á quien demoraron en Chuquisaca dependencias
domésticas. Al siguiente año, señaló ochenta soldados á cargo de
Alonso de Vera, el Tupí, otro sobrino suyo, para principiar una ciudad
en la costa oriental del Paraná; y lo egecutó con leve oposicion de
los infieles que señoreaban el terreno, poniendo los fundamentos de
la ciudad en altura de 27 grados y 42 minutos, y 318 grados y 57
minutos de longitud, segun las observaciones del Padre José Quiroga.
El sitio es delicioso, casi sobre la junta del Paraná y Paraguay,
donde incorporados estos dos rios, corren por una madre, sin confusion
de aguas, ofreciendo á la vista espectáculo agradable en una linea
divisoria que no da lugar por algunas millas á mezclarse los puros
cristales del Paraná con las turbulentas aguas del Paraguay.
A la ciudad denominó San Juan de Vera: pero hoy suena poco ese nombre,
y ha prevalecido el de _Siete Corrientes_, por otras tantas en que
parece dividirse el rio. Tomada posesion del sitio, erigieron los
españoles el sacro-santo madero de la Cruz en parage algo distante del
fuerte, que levantaron para reparo contra los infieles. Arrimáronse
estos en gran número para desalojar los nuevos huespedes, los cuales
con esfuerzo y valor frustraron las diligencias de los indios. Entonces
uno de ellos, que acaso descubrió el santo madero, explicó su furia
contra él, aplicando fuego para convertirlo en cenizas. Pero las llamas
respetaron la Santa Cruz, y el sacrílego cayó muerto de un balazo.
Consérvase hasta el dia de hoy el sagrado leño, que en memoria del
suceso se llama _la Cruz del Milagro_.
Tucuman al parecer estaba concebido con infeliz horóscopo de malignos
influjos. Estos no eran pasageros de pocos dias: duraban años y mas
años, y el golpe principalmente descargaba sobre las cabezas. A Gonzalo
Abreu sucedió Hernando Lerma, caballero sevillano, dotado de brillantes
prendas y crecidos méritos, que daban esperanza que seria pacifico y
prudente gobernador. El era antes de su asumpcion al gobierno semejante
á Abreu, y lo que fué despues de empuñado el baston. El primer acto de
su autoridad fué prender á Abreu, y con dos pares de grillos encerrarle
en estrecho calabozo, diputando guardias de toda satisfacción que
veláran sobre su seguridad, con orden de negarle comunicacion con
personas que podian aliviar sus trabajos y endulzar sus tristezas.
Clamaba el infieliz inútilmente porque Lerma intentaba con martirio
prolongado darle cruel muerte. Al fin á los ocho meses de prisionero,
oprimido de miserias y dislocado con tormentos, murió en un calabozo,
pagando con fin tan lastimoso la tiranía con que trató á D. Gerónimo
Luis de Cabrera. Por este mismo tiempo llegó á su diocesis el Ilmo.
Fr. Francisco de Victoria, del órden de Predicadores en la provincia
de Lima: religioso de una consumada literatura, virtudes heróicas y
singular talento de gobierno. Habia antes despachado á D. Francisco
Salcedo, dean de la catedral con título de administrador del obispado.
Al principio pasó buenos oficios con el Gobernador, hasta que los
malsines con hablillas los malquistaron. El Gobernador lleno de
enojo, explicó su cólera, negándole el título de licenciado, que no
constaba hubiese recibido en ninguna universidad, y el deanato, porque
Su Magestad solo habia concedido licencia para cuatro beneficiados.
Con esto se banderizó la ciudad, siguiendo unos al Gobernador por
interes, otros al Dean, abrazando la razon. El Dean, conocido el génio
arrebatado del Gobernador, se ausentó á Talavera, quedando sus fautores
á discrecion de un émulo poderoso. Contra ellos convirtió los aceros
de la venganza, tratándolos con sumo rigor en la cárcel, imponiendo
al alcalde severo mandato de no sacarlos del cepo, ni avisarle de
su muerte hasta despues de tres ó cuatro dias. Su ira se extendía
de los culpados (si puede haber culpa en no condescender á injustas
pretensiones), á los parientes y conocidos. Los escribanos tuvieron
con él mala cabida, y sin mas culpa que no firmar sus instumentos de
iniquidad, fueron despojados de sus bienes y puestos de cabeza en el
cepo. A Francisco Ramirez, fiel criado suyo, y obsequioso á su señor,
porque asistió de testigo ante el administrador del Obispado, le
castigó colgándole en un cadalso.
No solo con semejantes personas era el Gobernador atrevido: á los
sugetos mas respetables perdia el decoro, y trataba con términos
irreverentes. Los Oidores en su boca eran bachilleres ignorantes.
El año de 1582, despachó la Real Audiencia provision de algunas
ordenanzas para el arreglo de la provincia, que bien lo necesitaba,
pues tanto desórden y libertad habia reinado desde el principio. No
reparó Lerma en eso, y como cuidaba poco de arreglamiento, escribió á
los cabildos de las ciudades que no las obedeciesen. Los excesos del
Gobernador llegaron al último extremo, y los fieles frecuentaban las
iglesias, suplicando al Señor por la defensa de su causa, y libertad
de su rebaño, que lo despedazaba el lobo carnicero, traspasando todos
los derechos humanos, natural y divino. El Dean Salcedo, ausente en
Talavera, buscó asilo en el Convento de Ntra. Sra. de la Merced, morada
de santidad á todos respetable, menos á Lerma, de cuyo órden Antonio
Mirabal con algunos injustos ministros de justicia, fué al convento,
y entrando en la celda donde yacia enfermo el Dean: _Levántese de
la cama_, le dice, _y dése preso por el Gobernador_. El Dean con
eclesiástica entereza se armó con la inmunidad de su fuero; pero como
ese era poco arnés para Mirabal: _Levántese_, repite, _que sino lo
llevaré arrastrando_. El lo dijo, y lo egecutó, asiéndolo por los
cabezones.
Al ruido y tropel salió de su celda el Padre Felipe de Santa
Cruz, varon autorizado, comendador del convento, y convertido al
ministro sacrílego:--_Así, Mirabal_, le dice, ¿_se trata á un Dean y
Administrador del Obispado_?--Mirabal, nada embarazado con la gravedad
respetable del padre Comendador, respondió en pocas palabras una
desenvoltura, que no se explica con muchas:--_Esperad, perro_, le
dice, _que luego volveré por vos_. Asegurado á satisfaccion el Dean,
volvió al convento con el mismo tropel, y prendió al Comendador con
otros religiosos y clérigos, cuyo encarcelamiento duró hasta que Lerma
salió preso para Chuquisaca. Entretanto se consumia el Obispo, y el
celo de la casa de Dios abrasaba su corazon. Las ciudades envueltas
en disturbios; los tribunales sin justicia; el gobierno en manos de
un tirano; las iglesias profanadas, las inmunidades invadidas; los
ministros del Señor en prisiones, y las armas eclesiásticas sin vigor,
hacian en su piadoso corazon eco lastimoso, que avivaba el dolor con la
memoria del mal que cundia y la imposibilidad de remediarlo.
A los dos años de su gobierno, Hernando Lerma fundó una colonia en
el valle de Salta, sacando para el efecto los principales pobladores
de las ciudades. Al principio se dificultó sobre el sitio donde se
debia plantear la ciudad, y se resolvió colocarla en un ameno valle al
oriente de Calchaquí, medio entre los rios de Arias y Siancas, sobre
unas cienegas que por allá llaman _tagaretes_, de calidades nocivas, y
que hacen el sitio poco apetecible.
Dióse principio á la ciudad á diez y siete de Abril de 1582, y se llamó
ciudad de Lerma en el valle de Salta de la provincia de Tucuman. No
cuidó Lerma de señalar patron á la colonia, satisfecho al parecer con
tenerla á la sombra de su nombre. A los seis meses se sortearon algunos
santos por mano de Petronilla, niña de pocos años, la cual sacó al
glorioso San Bernardo, cuya fiesta solemnizan en una capilla que está
fuera de la ciudad, la cual reconoce por su principal patron á San
Felipe Apóstol, y de su nombre se llamó la ciudad San Felipe de Lerma,
asiento de los Gobernadores de esta Provincia.
La situación fué en los principios útil por el reparo de los tagaretes
que dificultan la entrada, y solo la franquean por estacadas que
ingenió la industria. Los Cochinocás, los Humaguacas y Calchaquís
molestaron con frecuentes asaltos la nueva poblacion: pero solo sesenta
españoles la defendian vigorosamente. ¡Tanta era la valentia de los
primeros conquistadores, los cuales pocos en número, vencian grandes
ejércitos de indios! Al fin se rindieron á capitulaciones de paz con la
ventaja de condiciones, que prescribe el vencedor al vencido.
Cuando el capitan Tristan de Tejeda volvió á Córdoba de la fundacion de
Salta, halló que se habian alzado los indios de Tintin, los de Cosle,
los de Conlara y Tulian, los de Nondolma, Conchuluca, Qaisquizacat,
Tunun y Cantacalo, conspirando todos contra los pobladores de
Córdoba; dando principio al alzamiento con la muerte de un religioso
y de algunos yanaconas de servicio. Tenian varias emboscadas, y
su acampamiento en el Morro, camino de Chile, á donde lo buscó el
capitan Tejeda; y presentada la batalla, derrotó al enemigo con tanta
felicidad, que sin daño de su milicia, puso en huida el principal
ejército y á los que estaban en celadas.
Casi por el mismo tiempo el Gobernador Lerma efectuó la prision del
reverendo P. Fray Francisco Vasquez, del órden de Predicadores, á quien
el ilustrísimo Victoria nombró administrador del Obispado. Refugióse el
Administrador á la catedral, pensando hallar amparo en el acatamiento
al venerable Sacramento del altar. Mas ¡cuando un sacrílego respetó
á Dios! Intentó sacarlo con osadia; y porque los primeros ministros
de justicia que citó respetaron la santidad del lugar, los mandó
reemplazar por otros mas de su genio, que prendieron ignominiosamente
al Administrador.
La voz de tantas maldades, y el respeto perdido á los tribunales
superiores, llegó á Chuquisaca, cuya real Audiencia, en 6 de Noviembre
de 1583 dió comision al capitan Francisco Arevalo Briceño, alguacil
mayor de la Audiencia de Charcas, para prender á Lerma, y llevarlo
preso á Chuquisaca para hacerle los cargos correspondientes á sus
procederes. Briceño efectuó la prision sin ruido, alegrándose todos de
ver al lobo enredado en los lazos que tenia armados para otros. Llevado
á Chuquisaca, se empezó la residencia, pero llegando el juez á quien
privativamente estaba cometida la real Audiencia, alzó mano, y fué
conducido en prisiones á Tucuman.
El juez era D. Juan Ramirez de Velazco, en cuyas venas latía la
nobilísima y antiquísima sangre de los reyes de Navarra: caballero
benemérito por sus servicios en las campañas de Sena, Milan y Flandes,
en el alzamiento de los Moriscos de Granada, y en la toma de Portugal:
habia hecho doce viages á las Indias, y contaba treinta años de
servicios calificados en utilidad de la monarquía. Era de inflexible
rectitud y natural conmiseracion con los pobres indios. No pudo llegar
á Tucuman hasta el presente año, y trajo consigo de Chuquisaca á Lerma
para entender en su residencia.
Con su atractivo, y amables prendas se concilió la voluntad de los
primeros conquistadores, y espuso á Su Magestad los servicios de
cada uno para que los premiára, segun la graduacion de los méritos.
Restableció el estado eclesiástico en su debido honor, convidando con
expresiones de singular veneracion á los ministros del Señor, que se
habian ausentado por los desacatos de Lerma, para que se restituyeran á
la Provincia. En el primer año de su gobierno se efectuó la entrada de
los jesuitas en el Tucuman.
El bárbaro Calchaquí, que unas veces daba fingida paz, otras se
declaraba en manifiesta guerra, daba cuidado, especialmente á la nueva
ciudad de Salta, de cuya existencia pendia la franca comunicacion con
el Perú: y aunque el Gobernador Velazco, desde el principio quizo
enfrenar su atrevimiento, ocupado en la visita y otros negocios del
gobierno, no le fué posible hasta el año de 1589, en el cual al frente
de cien españoles y trescientos indios flecheros, llevando en su
compañia al celosísimo P. Alonso Barzana, entró á Calchaquí con el fin
de domar la cerviz del insolente enemigo.
No eran esos los pensamientos del P. Barzana, el cual como santo
los tenia de paz y reconciliacion, intentando con buenos términos
amansar al leon. En efecto el siervo del Señor, confiando en Dios,
adelantándose á los españoles, se presentaba intrépido al ejército
Calchaquí, los cuales armados de arco y flecha para matarle, templaban
su ferocidad con pocas palabras que les decia, y se daban de paz.
Vez hubo, que estando los dos campos para presentar la batalla, se
interpuso el P. Barzana, los desarmó y redujo á tratados de paz.
Todo el valle y sierra de Calchaquí quedó allanado á esfuerzos de su
fervoroso celo, el cual, sin uso de armas, sín efusion de sangre y en
poco tiempo, consiguió lo que las armas españolas no efectuáran en
mucho.
Pacificado el Calchaquí, se restituyó el Gobernador Velazco á Santiago,
y entendió en los negocios de gobierno. Los indios de encomienda, con
su diligencia, convertian sus faenas en útiles emolumentos: trabajaban
en los obrages de lana y beneficio de los tintes, cuyos efectos
transportados al Perú producian oro y plata. Embarazosa cuestion
fuera averiguar si los antepasados fueron mas ricos y opulentos que
los presentes. Lo cierto es que fueron mas laboriosos, y tuvieron
corrientes las maniobras que utilizaba incomparablemente la provincia.
Restituido de Calchaquí, y concluida la residencia de Lerma, el
Gobernador Velazco lo despachó preso á la corte, donde murió en
prisiones con tanta pobreza, que no tuvo para enterrarse.
El Adelantado Juan Torres de Vera y Aragon gobernó muchos años la
provincia, al principio por tenientes generales, y personalmente desde
el año de 1587, con plena satisfaccion de los españoles, paz y quietud
de los indios. Aunque podia prometerse honrada y sosegada ancianidad en
prosecucion del adelantazgo, sobre el seguro de los méritos adquiridos
y acatamiento con que todos le miraban, reconociéndole padre y fundador
de la Villa Rica, Xerez, Buenos Aires, Concepcion y Corrientes, el
dulce amor de su patria, Estepa en Andalucía, le movió á renunciar el
adelantazgo, por los años de 1591.
Por el mismo tiempo, ó entrado ya el año de 1592, se rebelaron los
Mogosnas y Frentones, sitos en las vecindades de la Concepcion
del Bermejo, alzados por sus hechiceros, los cuales, temiendo ser
derribados del alto sólio en que estaban por los PP. Alonso Barzana
y Pedro Añasco, que á la sazon evangelizaron el reino de Dios en las
vecindades del Bermejo, sublevaron los paisanos, prometiéndoles feliz
suceso con el auxilio de sus dioses, que conspirarian en su ayuda
contra los españoles, impíos tiranos de su libertad. Los Mogosnas
creyeron á los hechiceros y dieron principio al alzamiento con la
muerte de algunos españoles, y de D. Francisco de Vera y Aragon,
hermano de D. Alonso de Vera, el fundador de la Concepcion, y teniente
actual de la ciudad.
El sentimiento de D. Alonso por la muerte del hermano fué grande, y
resolvió la venganza castigando á los rebeldes. Para lo cual juntó sus
milicias, y aliandose con algunos indios de mayor confianza, dió sobre
ellos, y mató gran número de amotinados. Los demas se confederaron con
los Frentones y otras parcialidades de indios, y empezaron á fatigar
tanto á los Concepcionistas y con tal obstinacion, que les obligaron
á desamparar la ciudad, retirándose sus moradores á las Corrientes,
el año de 1632, casi al cuadragésimo-séptimo de su fundacion. Materia
verdaderamente sensible, por lo que facilitaba el comercio de Tucuman,
y digna de que algun ministro adquiera nombre grande, y haga méritos
para nuevos ascensos con su reedificacion.
§. XIV.
GOBIERNO DE D. HERNANDO ARIAS DE SAAVEDRA.
1592-1594.
Por la renuncia de Juan Torres de Vera y Aragon entró á gobernar D.
Francisco Zarate, segun el P. Francisco Bautista, que dice haberlo
sacado del libro capitular de la Asumpcion, añadiendo que substituyó
en su lugar de Teniente General á Juan Caballero Bazan. Aunque la
autoridad del P. Bautista es grande por su diligencia y teson en
revolver antiguedades del Rio de la Plata, nos parece, siguiendo la
autoridad del P. Pedro Lozano, que el que inmediatamente sucedió al
Adelantado Juan Torres, fué Hernando Arias de Saavedra, electo por
pluralidad de votos, segun la cédula del Sr. Carlos V, otras veces
citada, que todavia estaba en vigor. La asignacion de D. Fernando
Zarate, y substitucion en Juan Caballero Bazan, no sucedieron hasta el
año de 1594, en que recibió cédula, y órden para que con retencion del
gobierno de Tucuman, se encargára tambien del Rio de la Plata.
Hernando Arias de Saavedra, pues, el año de 91 ó 92, empuñó el
baston. Era hijo de Martin Suarez Toledo, y de Ana Sanabria, hija
del Adelantado Juan Sanabria, natural de la Asumpcion, que se gloria
de haber dado cuna á uno de los mayores caballeros del Nuevo Mundo.
Esclarecido en las artes de la paz y de la guerra, de prendas tan
sobresalientes, que los Ministros de la Casa de contratacion de Sevilla
colocaron su retrato entre los heroes eminentes que han producido las
Indias. Soldado tan valeroso, que capitaneando el ejército español, se
presentó el general de los infieles, bárbaro, agigantado, de fornido
cuerpo, robustas fuerzas y terrible aspecto, provocando con altiva
presuncion á nuestro heroe, para medir las fuerzas, y resolver la
campaña con la victoria, ó desgracia de los dos generales. Admitió
Hernando Arias el combate, que fué muy reñido á vista de los dos
campos, por la destreza de una y otra parte en eludir los golpes del
contrario, hasta que Saavedra derribándole en tierra, y segándole la
cabeza con la espada, se restituyó glorioso á su campo entre faustas
aclamaciones de los suyos.
Visitó la provincia con singular aceptacion, inspirando en los
españoles conmiseracion con los indios. Navegando al puerto de
Buenos Aires, descubrió en los indios remeros una talega de yerba
del Paraguay, que ellos llaman en su idioma _Caá_; que se empezó
á beneficiar durante su gobierno, y aunque por entonces disimuló,
saltando en tierra, quemó en pública plaza la talega, diciendo á
los indios: “no estrañeis esta demostracion, porque á ella me mueve
el grande amor que os profeso, pues oigo, que me dice presagioso el
corazon, que esta yerba será la ruina de vuestra nacion.”
§. XV.
GOBIERNO DE D. JUAN RAMIREZ DE VELAZCO.
1595-1597.
A Hernando Arias sucedió D. Juan Ramirez de Velazco, que habia
gobernado la provincia de Tucuman con satisfaccion y crédito. No
ocurrió cosa memorable en su tiempo: pero harto lo es el haber
acreditado su prudencia en las dos provincias, manteniendo en paz á los
españoles, y teniendo á raya á los indios.
La pacificacion del valle de Calchaquí, y el humilde rendimiento de
estos guerreros esforzados, contribuyeron á la quietud de los demas,
sugetándose y ofreciendo homenaje los menos fuertes con el egemplo de
los mas animosos. En toda la provincia se gozó quieta tranquilidad, á
expensas de su gobernador Juan Ramirez de Velazco; que el año de 1590
recogió un donativo que ofrecieron gratuitamente las ciudades á su Rey,
cuyos tesoros estaban exaustos por los gastos de la infeliz armada de
Inglaterra, y largas guerras de Flandes.
Al siguiente año de 1591 planteó una ciudad en el país de los Diaguitas
en 30 grados de altura, á espaldas de la cordillera chilena, que le
cae al poniente, sacando para la fundacion setenta españoles, soldados
valerosos, y sugetos de caudal para costear los gastos de la conquista.
A la poblacion denominó Ciudad de Todos Santos de la Nueva Rioja, cuyo
principio, que despues la enriqueció, fueron numerosas encomiendas de
indios para la labor y beneficio de los campos.